Señor mío y Dios mío

En este II domingo de Pascua, con la resurrección casi estrenada no encontramos de nuevo con la duda.

Pareciese que a no había lugar para ella, que después de la luz que atravesó las tinieblas todo debería ser claro y diáfano, cierto

Pero para Tomás todavía no se había dado la Resurrección. El seguía desafiando su confianza anterior, se seguía sintiendo traicionado por aquel Maestro al que había seguido sin dudar.

Su resquemor llegaba hasta sus compañeros. A esas mujeres y hombres que le decían que habían visto a Jesús vencedor de la muerte.

No creía a nadie, quizás tampoco a sí mismo.

Pero otra vez, con la tozudez de la Vida Jesús vuelve a hacerse presente. Saluda con la paz (la de siempre, la que tanta falta nos hace) y se dirige a Tomás.

A él solo, en la comunidad pero fuera de la comunidad. Y e dice lo que ya sabe: que su carne resucitada es la suya, que su dedo tembloroso puede palparla y comulgar con el tacto (el primero y el único que lo hará, bendito Tomás).

Y acto seguido a Tomás ya no le sale ningún discurso, solo la sincera confesión de la intimidad imborrable a un Jesús frágil y hermoso, casi como la brisa: “Señor mío y Dios mío”.

Y ya no hay nada más que decir o que hacer porque ya está todo dicho y hecho en es instante fugaz y eterno que llega también hasta nuestros labios.

Feliz Pascua.

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Vivir resucitando

Muchas veces la resurrección parece que está muy lejana. Que es un más allá que nunca se acerca, que permanece en un tiempo sin contornos.

Creemos que para llegar a ella hay que pasar inexorablemente por la muerte, por ese momento que queremos evitar a toda costa.

Pero la resurrección no es un momento final, un trago postrero. Es ir viviendo de una manera en la que la luz va tomando cuerpo en nuestras entrañas, en lo que somos y seremos.

En estos días donde la muerte hace su danza macabra con más dureza, con más soledad, con más sinsentido, es más necesario pararse para revivirnos.

Hacer una alto (la mayoría lo hacemos obligados pero con mucha generosidad) para ir saboreando la resurrección que ya se despliega en nosotros:

– En cada gesto sencillo de amor (hay tantos…)

– En cada mirada que se deja sorprender por lo que pasa detrás de una ventana como un regalo.

– En la sonrisa que nos regalamos por las redes.

– Es agradecer a desconocidos lo que están haciendo desde el silencio y el trabajo que siempre deberíamos haber agradecido.

– En hacer un poco más llevadera esta espera para los que nos rodean (aunque estemos solos, aunque nos sintamos solos)

– En el recuerdo entrañable de los que ya no están, pero que siguen estando de un modo maravillosamente nuevo.

– En la oración pequeña, tímida, que brota de la esperanza grande.

– En la capacidad que tenemos de salir de nosotros mismos para viajar a lugares olvidados por muchos, pero que sabemos que están habitados por personas que sufren esta pandemia y mucho más.

– En los sueños y en la capacidad preciosa de seguir soñando, aunque nos digan (nos digamos) que no es posible hacerlo ya.

– En millones de cosas, de personas, de belleza derramada por doquier aunque sea entre cuatro paredes.

Todo ello es resurrección. Todo ello es anticipo de lo que va a ser y ya está siendo.

Todo ello es regalo y gracia y caricia y empeño de un Hijo de Dios que vivió resucitando desde el saludo de un ángel a su madre hasta un sepulcro frío que lo quiso retener.

Feliz resurrección cotidiana a pesar de todo y en este pesar que vivimos.

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Soledad de María (habitada)

Una madre que llora la muerte de un hijo (pongamos María o cualquier nombre)

es el dolor sin fondo que asoma desde el vértigo.

Una madre que siente la soledad más profunda

de un vientre que estuvo habitado y que ahora es ausencia.

Una rotura en las entrañas que se dibuja en dos maderos

o en una cama de hospital

o en una frontera olvidada.

La soledad que no puede encontrar consuelo

porque nadie está cerca en esa lejanía absoluta,

en esta distancia infranqueable.

Un gemido que brota de lo hondo

y que rebota en las paredes sin eco de un cielo que parece cerrado.

Un vacío sin Dios, sin vida, sin hijo, sin sentido.

Una soledad sola de oscuridad, de miedo, de congoja, de rabia.

Pero también una intuición,

allá a lo lejos, 

el recuerdo de unas palabras del Hijo:

“No tengáis miedo: Yo soy la resurrección y la Vida”

Una esperanza penúltima,

una sonrisa que mana de la imagen de un niño,

una soledad habitada de una tenue luz,

pábilo vacilante, pero suficiente para volver a confiar.

Para volver a esperar en el amor de las palabras de un Ángel:

“No temas María (pongamos aquí cualquier nombre),

porque para Dios no hay nada imposible”.

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Ahora y en la hora…

Este viernes Santo tiene un sabor distinto. Tiene el sabor de muchas muertes en soledad, casi sin compañía. El sabor de las despedidas inciertas, de tiempos largos de espera y de unos pocos seres queridos que pueden ir al entierro.

Esta hora tiene el sabor amargo de lo extraño, de muchos miles de muertos en todo el mundo que dejan de ser cifras cuando les ponemos rostro.

Esta hora tiene el sabor injusto tener que elegir entre salvar a unos o a otros porque muchas UCI’s están más que sobrepasadas.

Esta hora falsa de decir por boca de algunos que las personas mayores tienen menos valor o que la economía está por encima de las personas.

Esta hora nos ha unido a la humanidad por medio del dolor y del miedo.

Pero también esta hora es la de un madero habitado por la vida, que brota resurrección por todos los nudos, por todas sus astillas.

Resurrección de “aquís” concretos en la esperanza de que saldremos si seguimos cuidando los unos de los otros con gestos sencillos pero imprescindibles. Como los de un tal Jesús en una jofaina o en un pan o en un árbol de muerte que engendró vida.

“Ahora y en la hora de nuestra muerte”, el punto final de una plegaria que resume pasado, presente y futuro en una súplica confiada a una madre que escucha (¡Cómo no va a escuchar!).

Oración que resuena en millones de labios sencillos que saben que la confianza es para aquí y para el más allá, que no depende de nosotros y eso es lo más hermoso.

Por eso, esta hora, también tiene el sabor sabroso de la súplica, de la entrega, de la confianza, del fiarse, del aplauso emocionado y paciente, de los abrazos que todavía podemos regalar a los de casa. De los que se fueron pero se han quedado de un modo muy sutil, pero muy real.

Por ello confiamos, a pesar del dolor, que ya no hay abismo infranqueable entre este hoy y ese mañana. Que el aAmor es quien lo atraviesa, quien lo ha atravesado de una vez para siempre colgado de un madero. Y tras Él todos nuestros amores ya sin caducidad.

Ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

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Sin pan pero con cuerpo

Este Jueves Santo va a ser muy especial en todo el mundo.

La celebración de la institución de la eucaristía, del servicio sacerdotal y del amor fraterno va a ser sin poder comer ni beber el pan y el cáliz de la vida, para la gran mayoría de los cristianos.

No hay pan pero si hay Cuerpo. No hay comida pero sigue habiendo lavatorio, quizás hoy más que nunca.

No hay pan que comer, no hay cáliz que beber. En el mejor de los casos imágenes para ver y para recordar lo que antes hacíamos, en ese antes que ahora nos parece lejanísimo antes del Covid-19.

Cuerpo partido y entregado en tanta generosidad de personas (millones en este mundo) que renuncian a salir por cuidar a los demás. De personas (millones en este mundo) que nos cuidan al resto desde hospitales, camiones, supermercados, limpieza, seguridad, repartos, laboratorios, cementerios…

Millones de personas que son y somos cuerpo de Cristo (para los que tenemos la suerte de creer) o solidaridad hermosa para los demás.

Millones de personas que ejercen su sacerdocio (el de todos) como servicio, que es la única manera de entenderlo desde la jofaina y la toalla de hoy y de siempre.

Millones de personas que son y somos amor fraterno, entendiendo al hermano y la hermana como el cercano y el lejano, en este Cuerpo extendido de Jesús pan, jofaina y (mañana) Cruz (hoy también).

No tenemos Pan, pero tenemos Cuerpo. Tenemos la mejor comunión que podríamos esperar en un Jueves Santo. La comunión de millones de personas de todo el mundo que somos pan, sacerdotes, Cuerpo y Lavatorio, sin quererlo y queriéndolo.

No lo elegimos, pero lo transformamos. Plena eucaristía.

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Este domingo de Ramos

Este domingo de Ramos nos quedaremos sin salir a la calle, sin estrenar ropa, sin sonreír a los desconocidos con los que nos crucemos.

Este domingo de Ramos será sin muchedumbres, sin palmas u olivos que olvidan su aceituna.

Este domingo de Ramos será mas de leer la Pasión, de vivir la Pasión en letras de enfermedad y de hospital y de virus que devora y se cobra vidas preciosas, vidas importantes para todos.

Este domingo de Ramos nos recuerda que la cruz y la alegría siguen siendo verdad. Que la muerte y la vida se entrecruzan en todo el mundo, sin respetar fronteras, títulos o merecimientos.

Este domingo de Ramos es también esperanza de que vamos a salir, maltrechos, diezmados, distintos… Nos anuncia con tozudez que las heridas de otros curan las nuestras, que somos siendo en los demás, que lo individual solo es verdad en el complejo tejido de los millones de personas que formamos una sola humanidad .

Este domingo de Ramos nos recuerda, en carne propia, que el quedarnos encerrados es solidaridad con los que no conocemos, que hay muchas personas que con su trabajo y su generosidad permiten que podamos seguir viviendo.

Este domingo de Ramos también hace que volvamos la mirada a aquellas personas que en otros países, no pueden confinarse porque no tienen para comer, porque de hambre se sigue muriendo.

Este domingo de Ramos es también de alegría porque la humanidad responde, se protege con gestos diminutos, se ocupa de los más frágiles, defiende a nuestros ancianos que no son prescindibles ni números fríos, ni material descartable.

Este domingo de Ramos, ojalá, nos anuncia que muerto el que es la Vida triunfante se levanta. Y en Él una humanidad herida pero restañada, que guardará memoria de tanto regalo ofrecido en silencios y en recogimientos fecundos.

Este domingo d Ramos. Amén.

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Si hubieras estado aquí

En esta situación que nos toca vivir de crisis sanitaria global nos asaltan muchas realidades en nuestro confinamiento. Agradecimiento a todas las personas que con su trabajo y entrega hacen que todo esto funcione y podamos ser solidarios quedándonos en casa; inseguridad porque la pandemia no está controlada y nos puede afectar a cualquiera; descubrir que lo que creíamos importante y urgente no lo era tanto y que el tiempo pasa de otra manera; preocuparnos por los demás rompiendo distancias; darnos cuenta del valor de las cosas pequeñas del día a día y que ahora no podemos disfrutar… Pero, también, la muerte.

Muertes que no se pueden llorar porque no es debido porque en algunos lugares no puedes despedirte de tus seres queridos. Duelos que se van aplazando hasta que todo este termine o, mejor dicho, hasta que todo esto recomience.

En este contexto se nos presenta el evangelio de Lázaro que vale la pena leer y releer, saboreando su millones de matices: Jesús conmovido; Marta y María viviendo la muerte de distinto modo y en distintos grados de confianza; las palabras de una vida que tiene siempre capacidad de recomenzar, de uno u otro modo; lo horrendo de lo caduco que deja de serlo por la acción hermosamente frágil del amor…

Y las palabras de Marta: “Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano”. Una frase que nos recuerda que quizás no haya la posibilidad de estar en el lugar adecuado cuando llega la muerte. Que es pronunciada por muchas personas creyentes y no muy creyentes en un sentido de ausencia de Dios o de lejanía.

Pero para Jesús y su Padre (Dios de vivos y no de muertos) tanto dan cuatro días que un millón de años. La muerte ya está vencida en la soledad del madero que está convertido en árbol de vida de una vez para siempre. No importa el lugar (aunque es mucho más doloroso cuando no te puedes siquiera despedir), importa la promesa siempre cumplida.

Hoy para algunos muertos y para sus vivos no hay siquiera sepulcro al que acudir. Pero (ojalá) esperanza de resurrección, de entrever que la vida se va abriendo camino entre tanta muerte. Camino casi invisible por todo lo que está pasando, pero sendero transitable en el amor que no se apaga nunca.

Ojalá que lo podamos creer así y que entre nuestros reproches a Dios también se nos cuele esa brizna de esperanza de decirle: “Sé que estuviste ahí con él o ella y que estás con nosotros”. Ojalá.

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LUZ

La luz se acercó a la oscuridad. La luz que era Palabra en el comienzo eterno se puso al lado de alguien que gemía, que por sí mismo no podía alcanzar a ver. Un ser invisible por su irrelevancia, opaco para los otros, desde su nacimiento. Toda una vida dependiendo de lo que los demás le quisieran regalar si eran capaces de verlo.

No sabemos si su pecado o el de sus padres (decían los justos, aquellos que eran ciegos aunque veían). Lo cierto es que la Luz no pensó en el pecado sino en la salvación. He hizo barro, como en aquellos días primeros de edén deshabitado, de alfarero. Saliva y tierra que contenían en sí todos los ritos mágicos pasados, actuales y futuros para transfórmalos en átomos visibles.

Y el que no veía se transformó por dentro y también por fuera, tanto que algunos de sus vecinos no lo reconocían. “¿Quién te ha abierto los ojos?”, pero la pregunta se quedaba corta: le habían abierto la vida. Su respuesta también enigmática: “Ese hombre que llaman Jesús”, como si no lo conociese, como si no hubiese estado, desde siempre, con él como un Adán pleno de luz.

Los fariseos obstinados con la brizna en el ojo ajeno: curar en sábado, en el día santo del descanso, no podía ser de Dios. No sabían (no saben) que para Dios no hay sábados ni domingos, mientras exista luz que regalar. Ellos tinieblas que quieren apagar la Luz, que quieren hacer oscuridad del Dios que es vista para todos, raudal de esperanza, comida con pecadores porque son los que pueden hacer fiesta de la nada.

“Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?”. La prepotencia de los que se creen mejores, como aquel otro erguido del Templo que comenzaba su oración con la frase fratricida: “Gracias Señor porque no soy como los demás…”. Guardianes de la moral y del bien hacer que se imponen negando la posibilidad De Dios en lo que consideran profano. Cancerberos de salvación que condenan sin saber que ellos mismos se están condenando en esta negación de la libertad y de la misericordia de Dios. Tantas veces, en tantos lugares, en tanta ceguera… Y la respuesta de Jesús que nos tambalea en los tuétanos juiciosos de los que estamos construidos y de los que tenemos que liberarnos: “Para un juicio he venido yo a este mundo; para que los que no ven vean, y los que ven queden ciegos”

Y la última palabra Jesús: “Si estuvierais ciegos no tendríais pecado, pero como decís que veis vuestro pecado persiste”. El pecado no es pecado cuando nos capacita para poder ver la gran Luz que llama a nuestra puerta. Y el pecado es pecado cuando cerramos los ojos a la posibilidad que todo el mundo tiene de que Jesús haga barro y nos regale la vista… A todos, sin excepción.

Feliz camino hacia la Pascua.

Y

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Blanca sencillez

El relato de la transfiguración nos lleva a la esfera de lo que está por venir pero que ya forma parte de nosotros. Es la resurrección actualizada en cada día que suele pasar desapercibida a nuestros ojos y corazones, pero que está presente.

El relato no da muchos datos del cómo. Solo una blancura que nos recuerda la sencillez simple de lo que es esencial; un diálogo entre Moisés, Elías y Jesús que para nosotros es silencio; unas palabras del Padre (pocas) que nos recuerdan que la escucha es comienzo y camino de seguimiento; la torpeza bienintencionada de Pedro que quiere quedarse en un futuro que todavía no puede ser presente.

Y, por fin, lo más importante y complejo: bajar de la montaña para encontrarnos con lo cotidiano en el que tenemos que vivir la blancura, el diálogo, la escucha y las torpezas, sabiendo que los demás nos necesitan y que nosotros los necesitamos, en este intercambio maravilloso que el amor, anticipo también de lo que va ser en la resurrección futura y en la del aquí hermoso.

Feliz camino hacia la Pascua.

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Tentados

Se comienza la cuaresma con la lectura de las tentaciones de Jesús. Es un texto lleno de simbología que muchas veces nos empeñamos en desentrañar hasta la extenuación.

Pero, quizás, lo más hermoso es su contenido final: el mismo Jesús también fue tentado a lo largo de su existencia.

La encarnación es la que condiciona esta realidad. Y es hermosa porque asegura que en el Hijo Dios también es tentado por el poder, la inmediatez o la salida fácil.

La vida de Jesús y la nuestra está plagada de tomas de decisiones, de múltiples caminos por los que transitar. Es lo que más nos acerca a Dios: esta libertad amorosa.

No sólo la fácil libertad de hacer lo que me parezca o apetezca, sino la responsabilidad de elegir el camino de la donación, del servicio, del olvido de uno mismo para enriquecernos perdiendo.

Una pérdida colmada y amorosa. Una referencia difícil pero que llena la existencia.

Jesús, en relato, supera las tentaciones. Nosotros solemos caer en alguna. Pero este también es el camino: ensayar una y otra vez la posibilidad del amor, el restañar las heridas propias y ajenas, la medida rebosante de lo que somos porque se nos ha regalado. Una y otra vez. Sin perder la esperanza en el amor regalado y entregado.

Feliz camino hacia la Pascua.

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