“Pondré mi arco en el cielo, como señal de mi pacto con la tierra”. (Gn 9,8-15)

En el primer domingo de Cuaresma nos encontramos con este pacto de Dios con la tierra después del diluvio. Una manera hermosa de narrar que Dios no es un dios de premios o castigos, sino un Dios que pone sus colores en el cielo para recordarnos la belleza de la paz (paloma con ramo de olivo). Es como el arcoíris, hecho por las manos de los niños, que se ha visto en los momentos de confinamiento pegado a tantas ventanas. El recuerdo esperanzado de que lo negativo no va a durar para siempre. Un signo muy sutil, efímero, que puede pasar desapercibido si llevamos la mirada encorvada hacia el suelo. No es magia, es imagen de un Dios misericordioso que, sobre todo, acompaña a los más frágiles. Dios en colores.

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