Comunidad

Hoy se nos mete en la casa del corazón resucitado un personaje que no deja de ser cada uno de nosotros: Tomás. 

Tomás el incrédulo, pero también Tomás que se nos derrama en los labios en cada eucaristía, cuando el Espíritu nos trae a la mesa a Jesús pan y vino. Tomás del «Señor mío y Dios mío», pero también del «si no lo veo no lo creo». 

Tomás del gran pecado de no creer. Pero no de no creer en Jesús, sino de no creer a la comunidad. 

Tomás no está cuando Jesús resucitado se aparece a los suyos deseándoles la paz. Y cuando llega a la comunidad, al hogar, se siente extranjero, fuera de lugar, expatriado. 

El evangelio no nos dice porque Tomás está ausente, pero no está. Mas bien no es cominidad. Al no ser tampoco puede creer. No puede dar credibilidad al cuerpo al que pertenece pero del que siente ahora amputado. 

Para volver al cuerpo comunitario Tomás tiene que quebrantar el Cuerpo del Resucitado, sus llagas, que son las de toda la humanidad. Violar el dolor, la pasión y la intimidad de la compasión. Y desde ahí vuelve a creer: «Señor mío y Dios mío». Dios de comunidad, en comunidad de resucitado que nos regala, para regalar, la paz. 

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