Serian las cuatro de la tarde

En esa hora que se queda fijada aunque no haya relojes. Esa hora de encuentros, de ver la vida en la plenitud de un cotidiano que te lleva al lugar donde habita la normalidad de Dios, de un Cordero que realiza el mayor de los milagros: quitar el pecado del mundo. Anular aquello que nos hace esclavos de nosotros mismos, que nos cierra las puertas del paraíso pequeño de las horas y los días de una colina en la que se van desgranando nombres de bienaventurados anónimos de todas las épocas.
Encuentro fijado en el tiempo que deja de ser plano y queda tatuado en el alma, ya diversa para siempre, de cada uno.
Hora de Cordero que pronuncia nuestro nombre con la boca llena de sueños posibles y realizables por gracia.
Hora de encuentro y de atreverse: «Venid y lo veréis»

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