Mercado

El látigo y el Templo es de los pasajes más fuertes del Evangelio. Nos lleva a una imagen de Jesús insospechada, un Jesús como nunca lo habíamos visto y que pasamos sobre él como de puntillas con miedo a que contagie al resto de nuestras visiones de él.

La violencia que se desata y que tira mesas, cambios, suelta animales. La violencia que a muchos les gustaría de imponer el silencio, el respeto. De hacer de nuestros lugares de culto verdaderos museos de cera en los que el movimiento no está permito, mucho menos cualquier signo de vida.

Pero Jesús traslada la cuestión al Templo de su cuerpo (del nuestro) y al mercadeo. Es el Jesús del bullicio que se encuentra a gusto entre la muchedumbre (aunque también tenga ratos de silencio); el Jesús de la eucaristía en una casa y en una cena; el Jesús que entre la multitud anónima sabe distinguir a quién lo toca, buscándola y curándola… No es el silencio por el silencio lo que exige con su látigo, es el dejar de convertir la relación con Dios en un mercado, en una compraventa interesada y miserable, en una relación parasitaria del uno con el otro o de ambos: Dios y ser humano. Eso Jesús no lo tolera como tampoco tolera al «dios» del poder y del dinero.

Tampoco es la pureza ritual del lugar («Adoraréis en espíritu y en verdad»). Traslada las piedras, los exvotos, los dorados y brocados a un no-lugar (utopía) impensable hasta el momento: el cuerpo. Su cuerpo y el nuestro, en ese destino común de común resurrección, de sacralidad desmedida de samaritano que adora el cuerpo roto de su prójimo (el mío también) con las ofrendas de aceite y vino; de la mujer que enjuga los pies del nazareno con mimo extremo de lágrimas y perfume de nardos… De gratuidad sin medida, de mimo exquisito, de devoción exquisita, de postración ante el tabernáculo sagrado y bullicioso del ser humano.

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