Entregar-recuperar

En el contexto de resurrección del Buen Pastor es curioso leer una frase de Jesús poco conocida: “Por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida para recuperarla”.

Un resumen hermoso de la existencia de Jesús y de la nuestra. Amor que se teje entre entregas y recuperaciones. Perder para ganar. Despilfarrar para recuperar gratuitamente.

Creo que no hay mejor definición del amor. Un vaciarse pausado para poder ser más plenamente en una nueva forma coral. No es que el yo se diluya, se resitúa perdiendo trocitos. Pequeños desgarros (a veces son enormes) que van cicatrizando en más pérdidas colmadas.

Amor que engendra amor hasta vaciarse. Pero que, al mismo tiempo, se hace profundidad y sabor a tierra recién amanecida, a domingo de primavera, a ropa de cama recién cambiada… No es fácil de explicar ni de vivir. Pero cuando se intuye mínimamente hace que todo cobre sentido. Un sentido de pérdida recuperada con tintes de ciento por uno.

Este es el Buen Pastor.

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Signos del Resucitado

La presencia de la resurrección en nuestras vidas se suele limitar a un futuro gaseoso, a un deseo de esperanza no palpable en el aquí y ahora.

Quizás deba ser así, pero en el relato evangélico de hoy el mismo Jesús nos da pistas de un ahora cierto.

En primer lugar los discípulos estaban relatando su encuentro con el que parte el pan. Comunión resucitada que actualizamos en cada eucaristía, signo palpable de lo que vendrá.

En segundo lugar la frase de resurrección: “Paz a vosotros”. Siempre el mismo saludo que llega a todos los recovecos de nuestra existencia en medio de luchas y prisas.

En tercer lugar la pregunta del Nazareno por nuestras dudas. Siempre lícitas y comprensibles porque nos movemos en el claroscuro de la vida. No es un reproche. Más bien una pregunta que va al centro de nuestra existencia y que nos sitúa en el centro mismo de nuestra fragilidad para fortalecerla con recuerdos actualizados de salvación.

Y, en último lugar, la carne con las marcas de la pasión por la vida de Jesús que permanecen restañadas por toda la eternidad amorosa en Dios. Agujeros de manos y costado que nos muestran las heridas de nuestras vidas y la capacidad de sanación de la Buena Noticia. La carne glorificada que no pertenece al terreno mitológico de los fantasmas sino a la experiencia sutil del poder de la Vida que misericordiosamente somete a nuestras muertes.

Felices resurrecciones cotidianas

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Ahora mi alma está agitada

La agitación comienza a abrirse camino en el interior de Jesús. Sabe que el trigo tiene que morir para dar fruto, sabe que quien se ama a sí mismo se pierde, sabe que el amor se desparrama sin medida hasta la extenuación… Pero también siente miedo ante la amenaza real que se va dejando en el horizonte: un juicio que antes de celebrarse es de condena y una muerte que es silencio porque ya está todo dicho y hecho.

Se anticipa la angustia. Y surge la petición lógica al Padre: “Líbrame de esta hora”. Es la fragilidad del amor que se agarra a la vida, porque ésta es hermosa, porque vale la pena. No es el egoísmo de aferrarse a lo imposible; sino la belleza de una vida hermosa que ayuda a hermosear la existencia de aquellos que ya habían arrojado la toalla y vivían en la fealdad del abandono y el desamor.

Por eso la petición es lógica y la angustia natural. Y el Padre se compadece hasta los tuétanos, pero también sabe que el amor es entrega y más en Dios-humano-Espíritu. Quizás el Padre lo sabía desde siempre porque amó desde el principio sin comienzo y hasta el final que solo es comienzo… Pero todo ello no le ahorra el dolor… Y a nosotros tampoco.

Feliz camino hacia la Pascua

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Tanto amó Dios al mundo

El empleo del pasado nos puede llevar a error en este texto de Juan. Dice que Dios amó con un amor tan intenso al mundo (no solo a la humanidad) que entregó a su propio Hijo.

El amor siempre supone esta forma de donación, de darse. El Padre se está dando a sí mismo también en el Jesús. Es una entrega generosa que lo enriquece sin medida, porque la humanidad y la creación que salieron de sus manos ahora forman también parte de él con la encarnación. Pero también supone cierta pérdida de la intimidad del mismo Dios que no se guarda a sí mismo en una autocontemplación estéril. Dios es siendo para los demás, para todos y todo.

Pero decía que el empleo del tiempo pasado puede llevarnos a engaño, ya que Dios sigue dándose hoy con el mismo empeño y radicalidad. La salvación está presente y actuante más allá del paso de Jesús por nuestra historia hace unos cuantos siglos. Sigue siendo tan verdad y real en este tiempo de Espíritu.

Pero lo es de una manera distinta (siempre es diversa) a lo que fue. Hoy siguen resonando las palabras y las acciones del Hijo en el cotidiano de una manera multiforme: siempre abierta como sus parábolas pero con esa preferencia por los que menos cuentan, por los que siguen buscando una señal que se eleva para traernos al corazón de unas nuevas relaciones que también son entrega y donación, como las del Padre con el Hijo.

Tanto amor que se sigue derramando y entregando en nosotros para que salgamos y nos regalemos y nos vayamos deshaciendo para rehacernos en la carne transfigurada del amor concreto.

Feliz camino hacia la Pascua ya cercana.

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Mercado y Padre

Este tercer domingo de cuaresma nos lleva a la escena de la expulsión de los mercaderes del templo de Jerusalén. Una acción dura de Jesús con azote de cuerdas y mesas tumbadas con monedas por el suelo. Esta acción es al más puro estilo profético, uno de esos signos fuertes pero que no transforman la realidad. Al poco rato cambistas y animales que se vendían para el sacrificio ya estarían de vuelta en su lógica de compraventa.

Pero lo importante no es la acción concreta, sino todo lo que hay detrás. Jesús siente violada la entraña profunda de la gratuidad en la relación con el Padre. En los evangelios nunca lo vemos ofreciendo sacrificios, ni siquiera está a gusto en el Templo en el que suele tener confrontaciones abiertas.

Jesús es más de caminos y de personas alejadas de este tipo de relaciones mercantiles con Dios. Es más, su sentido sacrificial se entiende como donación de la propia vida, como esa pérdida de uno mismo que engendra ganancias que se multiplican de una manera insospechada.

A Jesús no le molesta el ruido en el Templo, sino el empeño de poner precio a supuestos favores que le compramos a Dios. Esto es lo que rompe su interior y le hace realizar este gesto que nos molesta e incomoda. En nuestro imaginario de Jesús no nos encaja bien los empujones y rifirrafes que contemplamos en el texto. Pero nos deja entrever la gran ofensa interior que tuvo que sentir. La violencia interna que se transparenta fuera al ver el mercado de lo Divino. No sería la primera vez que lo viese, como todo judío tenía la obligación de subir al templo una vez al año. Pero sí que esta vez lo hartó.

Por su cabeza pasarían sus acciones gratuitas (dad gratis…), el acceso sencillo a un Padre que está en el secreto de los comportamientos anónimos (lo leíamos el miércoles de ceniza), la medida colmada y rebosante que usa el Padre con nosotros y que nosotros deberíamos tener con los demás, el pan nuestro cotidiano que se pide cada día y que no hay derecho a acumular, los talentos que se invierten pero que no se meten en el banco en esa usura del miedo que tantas veces nos asalta…

Padre que no es mercado. Padre que es gratuidad exagerada y que nos cuesta tanto vivir.

Feliz camino hacia la Pascua

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Escuchadlo

En este segundo domingo de cuaresma se nos regala el relato de la transfiguración. Nos conduce al corazón mismo de una resurrección anticipada. Por si se nos olvidase que la cruz es solo la penúltima estación.

La atmósfera del texto nos sitúa en un ambiente de ensueño que nos regala la paz: el color blanco que todo lo envuelve, la visión de un diálogo entre las palabras de profetas y la Palabra, la sensación de plenitud de los discípulos que quieren quedarse allí, la voz que surge de entre las nubes, la montaña que acoge…

Un contexto casi irreal en el que pone claridad concreta la voz del Padre: “Este es mi hijo amado; escuchadle”. Por lo tanto, no se trata de disfrutar solo con el sentido de la vista estas briznas de resurrección, sino afinar el oído para escuchar la voz del Hijo.

Un Hijo que es amado y amable. Que derrocha ternura y denuncia, como Elías y Moisés, sus interlocutores, y como todos los profetas. Este Hijo que nos hace pregustar la resurrección a la que todos estamos llamados, pero que en el entretanto también nos hace bajar de la montaña para encontrarnos con aquellos que necesitan saborear la resurrección.

Que nos recuerda que ya tendremos tiempo de construir esas tiendas de disfrute pleno cuando llegue el momento sin tiempo al que todos estamos convocados (hermosa promesa), pero que en el aquí y ahora, también tenemos que mostrar a otros esa blancura que alguna vez intuimos y acariciamos.

Porque es necesario que sepamos y hagamos saber que la cruz solo cobra sentido desde esta blancura de la voz de un Padre que ama desproporcionadamente a su Hijo en todos los hijos e hijas que caminamos por este mundo.

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Empujados por el Espíritu

Este primer domingo de cuaresma nos regala el texto breve del paso por el desierto de Jesús antes de su acción pública.

Por lo breve es hermoso. Sin demasiadas descripciones nos lleva al centro mismo de la experiencia de Jesús. Las tentaciones van a formar parte de toda su existencia, pero aquí el evangelista las dibuja con pocos trazos, en la austeridad de lo profundo y poco explicable.

Quizás lo más importante es que el Espíritu es quien conduce a Jesús al corazón mismo del lugar de la soledad y, por tanto, del encuentro. Ahí se le aparecen todos sus demonios, pero también la sencillez de una certeza: no está solo.

Este pasaje solemos leerlo en negativo, pero anticipa también la riqueza de lo que está por venir: las palabras y los gestos de muchos seres humanos que van a cambiar al mismo Dios por contacto directo. Todo está por llegar, Jesús aún no vivió intensamente esos tres años intensos, pero los va anticipando aquí. Como saboreando lo que después irá muy rápido.

El Padre y el Espíritu habitan en el silencio poblado del desierto y están con él. Quizás también se imaginen lo que está por venir, el derroche de gracia que aún está germinando pero que pronto florecerá. Es como la primavera gestándose entre tentaciones. Una vida en escala de grises, nada en blanco y negro, como la nuestra. Unas certezas básicas: que el Reino ha llegado y que la transformación interior es necesaria para poder acogerlo como niños. Y también muchas dudas, porque el camino no está trazado de antemano. Y esto es lo más maravilloso. Ya el Espíritu irá empujando a Jesús poco a poco hacia los encuentros sanadores. Y a nosotros también.

Feliz paso hacia la Pascua

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Tocar

Jesús toca y se deja tocar. Esto parecería algo lógico y normal, pero no lo es tanto.

En el Evangelio de hoy toca a un leproso. Dice el evangelista que Jesús sintió lástima y extendió su mano para posarla en la carne herida de lepra. Así no solo vio sino que palpó el contagio: contagio físico y contagio moral. La lepra (y otras muchas enfermedades) en el siglo I se creía que era fruto del pecado. Un castigo de Dios que ponía en evidencia comportamientos contra su Ley.

Jesús rompe con esta relación de muerte y castigo y toca el mismo pecado para liberar de una manera plena. En nuestro tiempo nos quedamos solo con la curación física, pero la reintegración en la esfera de la salvación es mucho más profunda.

Un ejemplo claro lo tenemos en la curación del paralítico que bajan en una camilla levantando el tejado. Primero Jesús va a lo esencial (“tus pecados te son perdonados”) y solo ante la incredulidad de los presentes cura lo físico (“coge tu camilla y echa a andar”).

Volver a incluir a estos “expatriados” en el Reino es algo muy hermoso y lleno de significación. Los hace de nuevo hijos del Padre ante los ojos que los excluían. Y va más lejos. Tocando rompe esa maléfica unión entre pecado y enfermedad. Quien toca a un pecador se convierte en pecador, por ello Jesús recibe tantas críticas cuando se acerca a esos hombres y mujeres excluidos. Es más, pone en tela de juicio su ser profeta y mesías porque no se espera de quien lleva esos títulos tal comportamiento. Por ello, muchos dudan y lo abandonan.

Aun así Jesús toca y se deja tocar. Palpa en plenitud lo que estaba muerto y perdido. Nos muestra que la salvación llega en la totalidad del ser humano, en lo físico y en lo moral, siempre relacionados e interdependientes. Nos enseña, a pesar de nuestra tozudez, que es posible integrar todo e integrar a todos. Por ello los malheridos de su tiempo se acercan a él y él los toca y permite que lo toquen, como aquella mujer con flujos de sangre que lo toca de manera anónima por miedo a los demás.

Que toquemos y nos dejemos tocar en todas nuestras heridas y en las llagas de los demás, en un tacto salvífico como el del Maestro.

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Todos te buscan

En la vida de Jesús hay una dinámica de huida del éxito. La publicidad de su vida es algo constatable y evidente. Era alguien que atraía, que ejercía un extraño poder atracción y que despertaba pasiones. La aceptación o el rechazo formaban parte de su cotidiano. No dejaba indiferente y en él se cumplían las palabras, ya antiguas, de ser una bandera de división.
Pero recorriendo los evangelios también caemos en la cuenta de que Jesús está mucho más cómodo en las distancias cortas y en el tú a tú. Las muchedumbres lo buscan y él las acepta, se fija en los detalles que pasan desaparecidos para muchos: “llevan días sin comer, quién me ha tocado el manto, dejad que se acerquen, traédmelo”… Tiene la extraña capacidad de personalizar a la masa, de detectar entre las multitudes a aquellos que están más necesitados de la palabra o el gesto que redime soledades y desamores.
Y cuando uno menos se lo espera, desaparece. Hay que buscarlo en esa huída que lo devuelve a su esencia relacional con el Padre y el Espíritu, pero también con sus semejantes menesterosos de un encuentro personal y casi furtivo. No huye de las personas sino de una fama incontrolable y utiltarista, de un uso egoísta de un poder que muchos consideran mágico y provechoso.
Jesús itinerante y portador de encuentros saludables, de propuestas de cambios y de reconstrucción de vidas. Jesús del camino incierto y abierto a las sorpresas de aquellos que lo transitan y que nunca hubieran soñado toparse con ese hombre sencillamente divino.

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Enseñar con autoridad

Hoy la autoridad es una de las realidades más cuestionadas socialmente. En muchos casos se entiende como imposición, recorte de libertades, sometimiento… Esto también sucede al interior de la Iglesia.

En cambio, Jesús tenía (tiene) una autoridad diversa. Una autoridad que brotaba de su manera de entender la realidad y las relaciones. Que nace también de la obediencia al Padre. Muchas veces se presentó esta obediencia como ciega, exenta de cualquier duda, acrítica, como si fuese una marioneta en manos del Padre Dios. No es cierto.

Jesús discierne, pone en juego su propia libertad para ponerla en consonancia (no sin luchas) con ese gran proyecto que es el Reino. Largos momentos de oración, tentaciones que se deben vencer, ensayo y error, formaron parte de la vida del Nazareno. Es más bien, un ir adecuando la vida al latido del Padre y también este Padre adecua su latido con el de la humanidad. En este doble movimiento, en el que el Espíritu también se entremezcla, se va construyendo la nueva realidad inconclusa del Reino.

Unido a ello surge esa nueva autoridad de Jesús que fascina y cuestiona. No es como la antigua que impone cargas insoportables y fardos inamovibles. Es la del yugo llevadero y la de la carga ligera porque emana de la libertad relacional llevada al extremo. Un amor que se vacía de sí mismo para donarse en gratuidad a aquellos que ya no podían ser amados. A aquellos excluidos y pequeños no amables por sus carencias o por sus excesos. Los que no tenían cartas de ciudadanía en la historia de la salvación, los oprimidos por el mal de los hombres o del sistema.

Obediencia y enseñanza amorosa que devuelven la esperanza de una nueva relación que no sigue los criterios del poder que busca beneficio o rédito: el Reino.

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