Agua

Celebramos el Bautismo de Jesús y también nuestro bautismo. Es momento de revivir lo que la mayoría de nosotros tenemos solo en fotos en papel o en formato digital.

Es nuestro segundo nacimiento. El momento puntual que se expande hacia un futuro y hace que el presente se cristalice en esperanza.

No es solo una identidad o un rol. Es la acción del Espíritu que sigue siendo actor y protagonista en nuestras vidas, con nosotros y no a pesar de nosotros.

Dejarse habitar no es sencillo. Son tiempos recios para dejar que alguien dé una palabra sobre ti o sobre nosotros. Son tiempos de búsqueda de identidades férreas y más o menos estancas en los que es muy complicado dejarse hacer por otros que son distintos a mi o a nosotros. Pero resulta que el Espíritu es lo más diferente a nosotros mismos. Por ello no caben las identidades férreas, intolerantes y excluyentes que hoy tanto aparecen, también al interior de nuestras comunidades.

El Espíritu es adaptación y libertad, rehacer indefinidamente aquellas seguridades que solo crean separación y heridas. Soplo hermoso que no sorprende y nos descentra (tan necesario). Capacidad de vivir a la intemperie de cara a los otros y yendo a donde no queremos ir porque otro nos ciñe. Incomodidad preciosa que nos hace más del Reino y más de los frágiles.

Feliz Bautismo, fiesta del Espíritu.

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Nacer

El esperado de los tiempos nace en este ahora para hacernos intemporales. Para regalarnos todo el tiempo del universo y todo el universo, ya limpio y claro, en el balbuceo de un recién nacido.

Nacer, como nosotros, en infinita fragilidad cuidada y amada.

Sentir, como nosotros, el primer aire que entra en sus pulmones.

Ver, como nosotros, con los ojos cerrados, aún sin estrenar, el murmullo de los astros y el silencio de las sonrisas.

Tocar, como nosotros, con los deditos sin estrenar, la piel de su madre y de José. La piel que siempre nos envolverá eternamente.

Percibir, como nosotros, el frío de la noche en un establo (nosotros en tantos lugares), pero sabiendo que el calor es lo más profundo De Dios en esa carne suya ya para siempre nuestra.

Latir, como nosotros, en su corazón los millones de nombres nacidos y por nacer. Y en ese hueco, casi nada de recién nacido, estar la humanidad entera y la creación anhelando más Vida.

Feliz nacimiento

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Sueños

Ya muy cerca de la Navidad. En este cuarto domingo de adviento descubrimos a un José soñador. A un José preocupado que se fía de la palabra dada por un ser que viene de parte del Dios de la Vida para anunciarle la Vida que está viniendo ya al mundo.

A un José que es padre sin serlo, a un José que es esposo de una manera nueva. Y José me imagino que seguiría soñando a menudo con aquel sueño de niños y de esposa y de planes y de complicaciones y de ponerse en manos de otro. Soñando lo imposible que ya era realidad a los ojos de los soñadores y que hoy también puede seguir siéndolo si confiamos en lo onírico como posibilidad de Dios.

Los sueños no son solo sueños como decía el poeta. Los sueños también pueden ser Dios hecho uno de nosotros en una familia extraña en un mundo que aun se está desperezando, ayer como hoy.

Felices sueños de pesebre a todos.

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Y dichoso…

Juan el Bautista está en la cárcel, a punto de ser ajusticiado, y duda. Me imagino que dudaría de todo. Pero su mayor duda tiene como centro a Jesús: es o no es el Mesías. Habría que esperar a otro?

Jesús le manda recado aludiendo a lo que los demás ven y oyen de su vida. Eso es su mesianismo que libera y reintegra.

A renglón seguido viene una de esas bienaventuranzas, que por estar desligadas de las demás, no solemos tener en cuenta: «Dichoso aquel que no pierde su confianza en mí».

En este tiempo de Adviento la bienaventuranza cobra mayor fuerza. Nos recuerda una actitud fundamental: la confianza. Esperar con firmeza y seguridad. Creer en los demás. En la posibilidad de lo bueno y bello nos rodea, aún en la mayor de las fragilidades. Que la Buena Nueva sigue siendo eso: novedad rodeada de bondad de parte de un Dios que hace lo imposible real: ser uno de nosotros pero con la capacidad de hacer ver, oír, andar, resucitar, liberar, de un modo distinto y que nos lo deja en herencia.

Maravilla de bienaventuranza en Adviento. Confianza renovada en Dios humano y, por ende, en la humanidad divinizada. Que así sea.

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Hágase en mi

Creo que una de las mejores descripciones de María es el evangelio de la Anunciación. Y lo es porque describe todo lo que vivimos los seres humanos y un plus que es de algunos.

Ante una propuesta imposible de un ser imposible se cuestiona, siente miedo, apela a la razón… Por su corazón debieron pasar cientos de nombres y de rostros. Millones de proyecciones de lo que iba a ser una respuesta afirmativa o negativa. Se imaginaría también aquello de que la iba a cubrir la sombra del Altísimo y el posarse del Espíritu. Todo un torbellino vital de lo que sería de ella y de aquel hijo de Espíritu.

Hasta aquí todo normal. El plus es pronunciar el «Hágase en mi». Dejarse hacer, dejarse modelar desde las entrañas. Dejar sus herencia, para siempre, al mismo Dios.

Dejarse hacer por Otro y por otros. No tantos son tan generosos y menos en esta época de hacerse a uno mismo. Bello relato que anuncia lo que es María, el adviento y, si nos dejamos, cada uno de nosotros.

Feliz segundo domingo de Adviento e Inmaculada.

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En lo esencial

Justo en medio del Black Friday damos un salto al vacío y nos metemos en el Adviento.

Nos metemos de lleno en la búsqueda de lo esencial rodeados de ofertas y llamadas al consumo desesperado.

No es fácil salir de esa espiral de los deseos, de las pulsiones del tener para poder ser. El adviento es un momento precioso para poder ir a la esencia de lo que estamos llamados a ser con lo que ya estamos siendo. Tiempo de calma, de gestación reposada, de espera paciente.

Frente al lo quiero ya y lo compro, se abre la posibilidad del permanecer atentos, de recibir lo gratuito, de entretejer sin prisas la salvación del rocío que viene de lo alto para quedarse para siempre.

El Dios que no sabe de negocios toma la decisión amorosa de hacerse uno de nosotros. De regalarse derramado y esparcido en un recién nacido que ya intuimos.

Disfrutemos.

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Rey del universo

Celebramos hoy la festividad de Jesucristo rey del universo. Es cierto que la clave de lectura del título de «Rey» ha de hacerse desde la clave del evangelio del día, pero aún así parece un título demasiado alejado de la Buena Nueva y de la vida de Jesús.

En cambio, la segunda parte, el sustantivo, ofrece muchas posibilidades en la actualidad. Un universo que se comprende como la totalidad en la que estamos inmersos y que nos sitúa en la pequeñez real de lo que somos. Desde la escala del universo aparecemos como un punto diminuto, como algo casi insignificante al lado de otras muchas realidades.

Nos encontramos en medio de la creación como seres capacitados para el cuidado y la contemplación de la inmensa belleza a la que también pertenecemos. Cuidado de los demás (de todo) como esos jardineros del relato del Génesis. Y, también, admirados contemplativos de lo grande y lo pequeño.

Tarea y don que nos acerca al comienzo del adviento.

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Aunque es de noche

El evangelio de este domingo nos habla en la clave apocalíptica de los tiempos finales: guerras, traiciones, conflictos, muerte… entremezclados con mensajes de esperanzada confianza: no os asustéis, yo os daré palabras llenas de sabiduría, no se perderá ni un solo cabello de vuestra cabeza… Todo al mismo tiempo entretejido en paradoja.

Esto me hizo pensar en el poema de S. Juan de la Cruz envuelto también por la voz de Rosalía (otra paradoja). En este poema se encierra todo el conflicto maravilloso que vivimos: la ceguera y la luz, el ir a tientas y el oír el murmullo de la Fuente, el ver a Dios y, al mismo tiempo, saber que nos equivocamos.

Felices los que saben vivir en medio de esta incertidumbre bella. Felices los que saben que muchos se quieren hacer pasar por el Mesías y que rascando un poco se ve su piel de lobos. Felices los que, entre el barullo, saben escuchar el murmullo atenuado del agua. Felices los que siguen buscando el tesoro y la perla y la moneda y la oveja, porque ya han vendido todo lo que podía comprar a Dios y a los otros.

Aunque es de noche vemos a tientas.

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Creer en la resurrección

Los saduceos no creían en la resurrección… esta es la afirmación de principio que desencadena todo el discurso de Jesús.

No es una descripción clara de lo que significa estar resucitado, pero en ello no puede haber mayor claridad.

Nos encantaría que Jesús nos hubiese dado toda suerte de descripciones de lo que va a ser nuestro final y nuestro comienzo. Nos gustaría conocer, con pelos y señales, ese «cómo».

Pero lo fundamental es la descripción que él hace del Padre y de nosotros en referencia a Él: «Dios es un Dios de vivos». La Vida extendida entre un antes y un después. La Vida que continúa tras el breve paréntesis de la muerte. La Vida que se desliza por el continuo del amor que es comienzo siempre nuevo.

No somos inmortales, somos eternos en el regazo de resurrección de nuestro Dios de vivos. Aquí y allá

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Lo imposible de una presencia

Zaqueo era curioso.

Algo se le movió dentro cuando escuchó un buen día que por su pueblo iba a pasar Jesús. No sabemos qué resorte se activó en sus entrañas pero se encaramó a un árbol para poderlo ver, aunque fuese de manera fugaz.

Nunca se podría haber imaginado que aquel profeta se fuese a fijar en él. Un ser indigno de su mirada. En ese momento el corazón le dio un vuelco, como aquel otro día del amor primero o como cuando vio por primera vez el mar.

En el momento en el que escuchó su nombre ya fue lo imposible. Imposible tras imposible se descubrió, sorprendido, en su propia casa, en su mesa, en su alma.

El momento, después de mucho tiempo (quizás el primero de su vida), en el que la intimidad se le hizo real. Su nuevo nacimiento, su bautismo sin agua pero sí con Espíritu, su verdad: daré, devolveré…

Disfrute… Y no hubo más y lo hubo todo de manera inédita. Lo imposible de una presencia.

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