Descanso

La sencillez de la que nos habla Jesús en el `Evangelio de hoy está muy unida a la capacidad que los seres humanos tenemos de admiración, de dejarnos sorprender por las cosas pequeñas de la vida. Por lo cotidiano que no hace ruido, pero que suele portar regalos maravillosos si nos fijamos.

Y esta sencillez va de la mano de la posibilidad de descansar, de no estar en tensión todos los días luchando por metas imposibles o por cambios improbables.

Tiene más que ver con la confianza (eso que en cristiano llamamos Providencia) y con la confianza en los otros, que no son rivales, sino hermanos y compañeros de camino, peregrinos hacia una meta común y gratuita que nada tiene que ver con la competición por los primeros puestos (esos ya están otorgados en el Reino a los más sencillos, para escándalo de muchos).

Descanso que también podríamos traducir como contemplación, como centrarse en lo único importante porque lo demás ya se nos da por añadidura.

Y bendita añadidura que nos saca de la ilógica de la depredación del semejante. Nada nos pertenece. Todo pertenece a los sencillos, a aquellos hombres y mujeres que todo lo esperan y que disfrutan con lo sutil e inútil, con lo incontable de las estrellas del cielo o de las arenas del mar. Algo que nos da muchas claves en la actualidad para vivir de otra manera, para ayudar a construir (en vano se cansan los albañiles) un mundo más habitable para nosotros y para los que vienen detrás, sean de aquí o de allá porque todo es un aquí sin fronteras para los hijos del Padre.

Porque así le ha parecido mejor, aunque a nosotros no nos lo parezca.

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Solo un vaso de agua

El Evangelio de hoy nos habla de perder para ganar. A pérdida colmada de quienes no entran en la dinámica de la competición o del quedar bien.

De los que rompen con la búsqueda de los primeros puestos y centran su existencia en servir desde la gratuidad.

Hoy se nos pide que triunfemos, que ganemos, que hagamos grandes cosas. Jesús nos recuerda el valor de dejar, de desprenderse de lo accesorio para quedarse con lo esencial (una lección que nos ha enseñado el confinamiento y que no deberíamos olvidar)

También el Nazareno nos recuerda el valor de los gestos pequeños cargados de posibilidad de eternidad, porque encierran en sí mismos un esbozo de cariño, de preocupación, de empatía.

Dar un vaso de agua no cambia el mundo.

En clave de Evangelio sí lo hace: solo un vaso de agua.

Que llenemos nuestras vidas de estos gestos hermosos. De vasos de agua fresca regalados.

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VALÉIS MÁS

En el evangelio de hoy la frase que más se repite es: “No tengáis miedo”.

En un momento como el que vivimos quizás resuene con más fuerza en cada uno de nosotros. Tenemos muchos miedos que nos asaltan y, a veces, nos paralizan. El miedo es un mecanismo de defensa que nos salva de muchas cosas, pero no se trata de vivir atemorizados.

Desde la caída de las Torres gemelas parece que el miedo es el que domina y, no pocas veces, a costa de muchas libertades (solo hace falta a pasarse por cualquier Areopuerto).

En este contexto de Pandemia sucede algo similar. No podemos comportarnos de manera insolidaria y poner en riesgo la salud de los demás, especialmente la de los más frágiles. Pero tampoco podemos dejar de preocuparnos por los demás poniéndonos a nosotros mismos de excusa.

El no temer del hoy nos lleva al centro mismo de los que somos, a nuestro valor eterno: el amor que somos y que hacemos.

Y desde la perspectiva del cuidado de Dios. Un Padre que cuida de todos (hasta de los pajarillos que parece que no tienen ninguna fuente de cuidado). Nosotros valemos mucho más que ellos (aunque para Dios también esos pajarillos tienen un valor absoluto). Somos cuidados en o profundo, en lo que vale la pena y puede cambiarnos y cambiar nuestro entorno. En ese centro somos objeto de mimo exquisito por el Padre.

Por ello, no debemos dejar que el miedo nos atenace, que nos impida regalar aquello que no nos pertenece porque viene de Dios. Y está en todos los seres humanos.

Valemos infinitamente en lo infinito del amor que ha de ser derramado, sino se pierde,. Sino nos perdemos en los vericuetos del atesorar carcoma. En lo miserable de nuestros temores mínimos.

“No tengáis miedo…”

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El pan de cada día

Hay muchas personas que creen que la plausibilidad de creer se encuentra en los grandes signos, en la anormalidad, en lo prodigioso.

La fiesta del Corpus nos mete de lleno en lo cotidiano. En lo diminuto de una comida necesaria, de un pan que es para todos y no para unos pocos elegidos.

Es el pan que no hay que ganar con sudores, porque nos viene regalado y que no acepta méritos porque ninguno somos dignos: nos fiamos de una sola palabra que nos sana.

Es tan difícil creer en la gratuidad que, a veces, queremos hacer este Pan inaccesible con normativas morales absurdas, con pruebas de concurso barato.

Pero el Dios Pan siempre se desliga, siempre se libera y nos libera en unas migas que dan para toda la humanidad, que sobran siempre desde la desproporción del Reino. No se escatima a sí mismo. Se sigue donando para que comiéndolo nosotros mismos hagamos amor cotidiano y sencillo. Que nos hagamos migas y demos de comer a tantos seres humanos que carecen de los mínimos necesarios.

Que nos demos nosotros mismos a comer: Feliz Eucaristía sin aspavientos.

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Menos es más

El Espíritu que se nos regala es la no-posesión de Dios. La capacidad de la carne para ser de otra manera de una vez para siempre, en germen pero de manera real.

Es la desposesión de las certezas para ser aprendices y discípulos que viven buscando. Haciendo que la dogmática de pose sea sustituida por el tanteo y ensayo-error, que produce miedo e inseguridad, pero también es libertad y viajes a lo desconocido.

Es el que nos lleva más allá de la institución para abrir las puertas a los que no tendrían cabida en el club de los puros y cumplidores.

En este tiempo de pandemia seguro que el Espíritu nos ha rozado con su sombra cuando nos hemos dado cuenta de que vivir a velocidades de vértigo era un disfraz ante los demás y ante nosotros mismos. Y que la lentitud no es ineficacia sino densidad de vida.

Cuando descubrimos que lo que hacíamos, nuestros planes y proyecciones, no eran imprescindibles para nadie (menos para Dios).

Cuando se nos ha pasado por la cabeza y el corazón que quizás otra manera de vivir era posible para nosotros y para los demás. Y sentimos el vértigo de poder cambiar, siendo felices con cosas pequeñas y de muy poca transcendencia.

Cuando percibimos el valor del silencio y de la soledad acompañada en lo esencial, sin aspavientos y sin creernos salvadores de nadie, ni siquiera de nosotros mismos.

Cuando el menos se ha transformado en el más que iba llenando las horas del hoy (tan densas) y dejando un poso de tranquilidad en la agitación de un mañana inseguro.

Cuando nos descubrimos como seres necesitados tododependientes y no todopoderosos e intuimos que Dios es alguien similar.

En todo ello, casi seguro, está el Espíritu. Pero no es mágico, de nosotros depende ir poniendo en práctica lo intuido, lo saboreado. De nosotros con la ayuda del Espíritu, que sigue susurrándonos en lo hondo que menos es más.

Todo tan divinamente humano.

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DESCENDER

Antes de ascender hay que descender.

Y la vida de Jesús es una imagen de este descenso continuo.

Descenso en dos sentidos: hacia el interior y hacia lo más alejado.

El primer sentido es esa forma de ver del Samaritano, más allá de las apariencias. De lo exterior que nos condiciona juicios y maneras. De entender la realidad, casi siempre por comparación excluyente desde una pretensión de ser mejores (no es raro meter a Dios por medio en ello). Esto supone una conversión, nacer de nuevo… Y muchas veces, casi cada día.

La segunda dinámica, la del descenso hacia los alejados también necesita de la previa conversión repetida. Porque es más cómodo permanecer en el centro, en lo seguro. No sentarse a comer con pecadores y prostitutas.

El descenso a los infiernos no es solo un artículo del Credo que se pasa de puntillas. Es la dinámica de la vida cristiana. Es apostar por estar por encima del escándalo que esto siempre produce a los bienpensantes y bienhacientes. Es cargar con la cruz de los demás que aquí se hace propia. Es acercarse al abismo amoral y, a veces, caer en él, como uno más, como todos.

Todo ello choca frontalmente con la ideología religiosa que separa profano de sagrado, puro de impuro. Pero Jesús la rompió hasta la extenuación de una muerte en Cruz y de una Resurrección que asume en el mismo Padre el descenso continuo: hacia lo interior y hacia lo más alejado.

Por ello, antes de ascender hay que descender.

Es más, hay que ascender descendiendo.

Feliz fiesta de la Ascensión.

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Viviréis

En tiempos en los que la muerte está presente de muchos modos, el Evangelio de este domingo nos regala una clave de esperanza.

En muy pocas frases Juan es capaz de condensar sentimientos, realidades y descripciones que nosotros solo somos capaces de esbozar con esfuerzo y sin demasiado acierto.

Si lo lees seguido parece un galimatías, pero frase a frase te envuelve en sabores vivos que vivifican.

“Vosotros me veréis…” en lo invisible de millones de presencias concretas que nos salen al encuentro en un mundo ya sin fronteras, permeable a la solidaridad o al egoísmo, según queramos vivir y vivirlo.

“…Porque yo sigo viviendo”. Vivimos del aire de lo invisible, de lo impalpable que se puede tocar en el dolor y la alegría de los demás. Y porque Él, el vencedor de la muerte que se deja matar para morir también en nosotros, nos dice que vivimos en Él y por Él.

Uno sabe que no vive por sí mismo (por lo menos así debería ser) y que vivimos por los demás (en esta pandemia lo hemos experimentado). No somos autónomos, somos dependientes, no principalmente por debilidad (también en muchos momentos) sino por confianza. Nos fiamos de los otros que también son portadores del Otro.

De nosotros depende creer, dar el paso hacia el abismo acogedor de quien nos hace vivir. De nosotros depende construir una nueva realidad a partir de ahora, con los otros que también son nosotros. Una sola humanidad con un latido común e invisible, aunque seamos capaces de escucharlo en lo profundo de lo que somos y, sobretodo, queremos ir siendo.

Viviremos.

Amén.

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Caminos

En este confinamiento seguro que hemos recorrido muchos caminos. Caminos de interior. Interior de nuestras casas e interior de nosotros mismos.

Caminos hacia dentro necesarios para poder posar tantas realidades y sentimientos que ahora ya forman parte de nosotros y que ojalá conservemos como un tesoro todos los días de nuestras vidas.

Recuerdos buenos y malos, como el trigo y la cizaña, pero todos necesarios para enriquecernos, para valorar lo que teníamos y lo que tenemos.

Caminos que han hecho transitar por la verdad en medio de tantas fake News que solo buscan crear confusión y sembrar el odio. Nuestra verdad es muy distinta, es como el amor que todo lo perdona, todo lo aguanta, todo lo sostiene. Una verdad humilde porque sabemos que no se impone, no aniquila.

Y también un camino que nos lleva a la vida, que es la vida. Entre tanta muerte descubrimos pequeñas grietas de sepulcro vacío. Palabras de mujeres que nos insiste en que han visto la blancura de la resurrección y que, incluso, han hablado con ella. Palabras que nos invitan a fiarnos, a soñar, a vivir con intensidad y generosidad lo que nos han regalado, que es todo.

Camino, verdad y vida. Ahora y siempre.

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Nada me falta

En un tiempo en el que nos faltan muchas cosas, el salmo de este domingo nos puede hacer mucho bien.

Es Dios-Pastor quien toma la iniciativa y guía. Es él quien nos busca las verdes praderas que antes solo podíamos atisbar detrás de unos cristales y que hoy podemos pisar, por lo menos un ratito.

Es él quien repara las fuerzas, sobretodo las de aquellos que siguen entregando lo que son desde sus trabajos para que los demás podamos seguir viviendo y cuidando a los demás desde nuestras casas.

Es él quien se hace luz en medio de tantas tinieblas personales y comunitarias. En medio de muchas tristezas y desesperanzas, preocupaciones y soledades.

Es él quien nos sirve la mesa, la de todos los días, la de todos los seres humanos; ayudándonos a los que tenemos a compartir con los que menos tienen (hoy son muchos y van a ser más, hemos de estar atentamente generosos).

Es él quien nos perfuma la cabeza, quien nos pone el anillo y el vestido, quien nos sigue invitando, con un abrazo, a que entremos en casa, en la suya, en la de todos.

Es él quien nos asegura la bondad y la misericordia. No solo para con nosotros sino desde nosotros para los demás.

Y es él quien nos repite que podemos vivir en su casa todos los días de nuestra vida, de todas las vidas. En la Casa común que hoy respira un poco más aliviada porque la hemos dejado respirar y restablecerse.

Hoy también celebramos el día de la oración por las vocaciones: que pidamos muchas vocaciones de humanidad entregada, como hemos visto en estos días, creyentes y no creyentes. Estamos muy necesitados de hombres y mujeres como los que hemos admirado en este largo confinamiento, tantos ejemplos sencillos y hermosos.

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De la distropía a la utopía

El camino de Emaús es un tránsito de la desesperanza a la esperanza. Una pareja que va dando vueltas al fracaso y se encuentra con alguien que los saca de sí mismos para conducirlos a otro lugar, a un no-lugar que existe en los corazones y en el pan.

Jesús se hace el encontradizo, como siempre. No espera, va.

Y cuando llega va a lo profundo. No a las apariencias o las lecturas fáciles de lo desastroso. Se sumerge y les (nos) sumerge en el terreno poco transitado de lo que es sin ser, de la posibilidad de darle la vuelta a lo oscuro.

Enciende una pequeña llama, un casi nada, en un relato de lo Escrito que se convierte en narración preñada de vida. “¿No nos ardía el corazón?”. Pero parar percibir este fuego es necesario que el tiempo pase y se aquilate, que cobre la densidad de la separación para que se vuelva a dar el milagro de la unión (siempre distinto y siempre nuevo).

Y cuando la noche va cayendo, cuando el cansancio se hace más presente, se hace la invitación: “Quédate con nosotros”. El moviendo contrario a aquella otra invitación de “Venid y veréis” o de “Zaqueo baja que hoy quiero hospedarme en tucas”. El que es Invitación, ahora, se deja invitar.

Y en un gesto sencillo, repetido millones de veces, se transfigura, se hace presencia inconfundible, abre la utopía de nuevo y… se va.

No abandona, pero se va. Como Mary Poppins, coge su paraguas de esperanza y va a abrir nuevas utopías que den consuelo entre tanta distropia.

Hoy Emaús no está tan lejos de nosotros.

Feliz Pascua utópica.

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