Espíritu Santo

Muchas veces nos pasa desapercibido el Espíritu y en este tiempo de Adviento también. Es lógico porque una de sus características es la de pasar desapercibido, brisa suave que no hace alardes y ni sobre actúa.

Pero en adviento aparece en distintos momentos, también como es lógico (dentro de la ilógica del Reino) porque es artífice de momentos de Dios.

Lo vimos en la Anunciación como sombra que cubre sin violentar, como una ola suave, como llovizna. Lo vemos hoy en el anuncio del Bautista como promesa cierta que se regala en agua generosa y que se convierte en compañero de camino para siempre aunque no lo percibamos. Lo veremos en Belén entre estrellas, ovejas y sonrisas de pastores, de Magos y de padres que no se acaban de creer que ese niño pueda ser el Dios de Abraham, Isaac y Jacob.

Y si nos fijamos bien, en las sutilezas de lo cotidiano, lo podremos intuir en personas, acontecimientos, perdones, niños, pájaros que nos sorprenden con una visita fugaz y, sobretodo, en esos pequeños de los que habla Jesús a los que les pertenece la bienaventuranza del Reino.

Feliz tiempo de Adviento, feliz tiempo de Espíritu.

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Adviento: hacerse niño

Me imagino el adviento como una vuelta atrás, como una regresión imposible, pero real, al mundo de aquellos a los que les pertenece el Reino por el mero hecho de ser niños, sin méritos ni esfuerzos.
Ya sé que no es muy teológico, que incluso puede llegar a ser algo ñoño, que la gente seria y solvente no hace eso, pero es muy hermoso.
Al fin y al cabo el adviento es Dios haciéndose niño, poco a poco, durante nueve meses en los que saboreó el gran milagro de la vida que se va abriendo paso en una multiplicación de células increíble.
Ponerse a la altura de un niño supone ver la vida de otra manera. El tiempo tiene una intensidad especial en el que mañana siempre es hoy. Donde las relaciones se basan en la gratuidad y la confianza y no en la competitividad o la compraventa. Donde el amor se saborea con el tacto y la fragilidad es una virtud y no en enemigo a vencer.
Y el Reino se entreteje con el ladrido de un perro o la cola de un gato que ronronea. O en la caída de una hoja que atrapa tu atención durante años, o en la prisa que no existe porque la destrona la providencia de quien todo lo espera.
Por ello (y por infinitas cosas más) prefiero ser un niño a un importante abogado.
Feliz niñez de cuatro semanas.

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A mí me lo hicisteis

Muchas veces nos afanamos por responder a las preguntas equivocadas. El evangelio de hoy nos da la clave para hacer la pregunta adecuada.

No se trata de responder a la pregunta de dónde está Dios, sino saber con quién está Dios. O con mayor precisión en quién está Jesús.

Y la respuesta no deja lugar a dudas: Jesús es quien tiene hambre, sed, es forastero, está desnudo, enfermo o en la cárcel.

No es solo un estar en esas personas. Es un ser esas personas. Podemos hablar de una presencia real, de una eucaristía viva, de una Teofanía de fragilidad que despierta en nosotros el poder palpar al mismo Hijo de Dios en los márgenes de la vida, en aquello que parece prescindible o molesto. Aquel ante quien se vuelve el rostro sigue siendo presencia real en cárceles, hospitales, calles, fronteras, soledades… no hay que buscar más o hacer teologías imposibles que ricen el rizo de sacralidades enfermizas y acomodaticias.

Todos ellos son el Rey del Universo revestidos de fragilidad a punto de quebrarse. Maravillosa Teofanía.

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Fieles en lo poco

Una de las cosas hermosas de Dios es que a todos nos regala talentos. A unos más y a otros menos, pero todos tenemos algo para negociar.

El Padre nos regala y se regala, pero también nos pide que vayamos y demos frutos. Frutos a veces incontables porque pertenecen a la esfera del amor, a las relaciones distintas que hace brotar el Reino.

En todo ello no se admite la tacañería, el guardarse, la comodidad de la seguridad. El Padre nos imagina como audaces inversores que asumen el riesgo. No se trata de especular con nuestras vidas, sino de entregarlas en lo pequeño, en el día a día que no exige heroicidades y si donaciones sencillas.

La fidelidad de las cosas pequeñas es la más complicada y más si le añadimos lo de no tocar la trompeta para anunciarnos, o no poner caras demacradas por ayunos forzados (no solo en el comer o el vestir o el gastar), o la manía de contar a la mano izquierda lo que hace la derecha. Ese anonimato misericordioso sumado a la fidelidad de semilla que se entierra cotidianamente es lo que nos da forma evangélica. Es la que hace fructificar tantos talentos invisibles que incluso intuyen que en la pérdida está la ganancia… aunque no lo sepamos explicar.

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La sensatez de la luz

En las esperas a veces se nos olvida mantener el fuego encendido. La parábola de las diez vírgenes nos lo recuerda.

Quizás nos pasemos la vida esperando y no disfrutando de los encuentros que nos regalan. Muchas veces vivimos en el anhelo de lo siguiente, de un futuro que soñamos y que, a veces, cuando llega, no responde a nuestras expectativas. En estas esperas indefinidas se nos va gastando el aceite de las lámparas, nos vamos gastando nosotros mismos.

La necedad es lo que nos propone este dinamismo del utilitarismo en el que estamos instalados. También la cultura del usar y tirar, de sacar el máximo rendimiento propio a costa de cosificar también a las personas que nos rodean. En todo ello vamos vaciándonos de una manera necia.

Pero siguen existiendo lugares donde la luz sigue brillando y en los que el aceite rebosa. Son esos lugares invisibles que solo se perciben con el corazón, como nos diría el Principito. Y antes que él nos lo dijo Jesús, que no deja de ser la inspiración de ese pequeño personaje nacido de la imaginación de un aviador que siempre fue niño.

Los lugares invisibles suelen coincidir con personas especiales que los habitan. Son especiales porque la sensatez de su candil nos va señalando las cosas pequeñas que pasan desapercibidas. Realidades diminutas (como el grano de mostaza o una medida de levadura o una pequeña moneda extraviada) pero cargadas de eternidad. Lugares habitados donde el tiempo se hace más denso y palpable, donde los sentidos se agudizan, donde la amada llega a rozar e intuir más plenamente al amado. No están en montañas inaccesibles o en desiertos imposibles. Están en el cotidiano luminoso que no percibimos por las prisas o por el olvido de buscar lo perfecto que no existe. Es cuestión de sensatez de luz.

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Servidores

Servir es uno de los verbos claves del Evangelio. Servicio entendido desde el amor y desde el olvido de uno mismo. Esto choca frontalmente con los títulos que nos ponen por encima de los demás.

Hoy se habla mucho de liderazgo, de visibilidad, de asertividad… Todo ello está bien siempre y cuando se sitúe en este marco evangélico.

No somos maestros, ni consejeros, somos hermanos con un Padre común que hace salir el sol sobre buenos y malos. Esta horizontalidad de filiación nos iguala y nos sitúa a la misma altura que todos los seres humanos. Es más, solo desde esta humanidad común podemos esbozar el mensaje evangélico que es propuesta y diálogo, y no imposición o paternalismo.

Por ello, las pretensiones de medrar, de ocupar puestos relevantes, de adoctrinar, de controlar conciencias, de condenar… lo nuestro es otra cosa, algo tan sencillo como servir.

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Prójimo y Dios

Jesús nos revela en el evangelio de hoy la evidencia que muchas veces olvidamos: Dios y prójimo están indisolublemente unidos.

Es más, el acceso a Dios está mediado siempre por la concreción de una apertura a la carne del otro, de los otros.

Nuestra carne ya no se entiende como algo individual y cerrado, sino en comunión con los demás. Solo desde ahí puede brillar nuestra luz: si no te cierras a tu propia carne…

Pero hoy la noción de prójimo no es como hace unos años. Hoy la encontramos extendida en el espacio y en el tiempo.

En el espacio porque vivimos interconectados y nada nos resulta ajeno o lejano si nos lo proponemos y no cerramos los ojos del alma. Formamos un todo interdependiente.

Los seres humanos y el resto de la biosfera estamos llamados a una convivencia respetuosa y en clave de cuidado. Las heridas del planeta también son las nuestras. Y no podemos olvidar que también somos tierra, no nos pertenece. La Tierra se encuentra entre los sujetos más necesitados de protección y cuidado. Ella también forma parte de los desheredados y de los frágiles. Por lo tanto, también forma parte de ese gran tesoro de la Iglesia que son los pobres.

Y la noción concreta de prójimo también se extiende en el tiempo. Nuestras decisiones y actos no sólo afectan al presente sino que condicionan un futuro que no nos pertenece. Aquí entran en escena las generaciones futuras. Todos aquellos que están por nacer y que dependen de lo que nosotros les dejemos en herencia: la posibilidad de un Planeta vivo y con capacidad para la vida, y una serie de valores que apunten hacia la paz y la convivencia.

En todo ello se resumen la Ley y los profetas. En todo ello está y existe el Dios de la vida en cada uno de nosotros y más allá de nosotros mismos.

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Dios y el César

A Jesús lo ponen a prueba una vez más y de manera hipócrita. No le hacen la pregunta para ver lo qué piensa sino para atraparlo en sus palabras.

Hoy también hacemos y nos hacen este tipo de preguntas que no buscan la verdad sino el poner a prueba para acusar. Hoy también queremos acercar el ascua a nuestra sardina y hacerle decir a Dios cosas imposibles para Él.

Lo que está claro, aunque muchos no lo quieran creer, es que Dios está en las antípodas del poder. Es decir, que Dios no es el César y el César no es Dios.

Y no solo en el sentido literal: ningún partido político o forma de gobierno recibe su autoridad de Dios ni lo representa. Sino también que ninguna forma de poder abusivo o excesivo se puede justificar desde Dios, por mucho se bendiga o se sacralice.

Lo único que está claro en el Evangelio es que el poder que viene del Espíritu es servicio, lavatorio y samaritano. Lo difícil es que nos lo creamos o que lo pongamos en práctica.

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El milagro comunitario

“Porque donde dos o tres estén reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Esta es la premisa que construye la comunidad y la dibuja. No se trata de ser más o menos, sino re estar reunidos en el nombre del Señor Jesús. 
La posibilidad de corregir, de atar y desatar, de pedir… de vivir, está vinculada a esa vida en el Amor que se vincula y plasma en el amor a los demás. Si no estamos reunidos en el nombre del Señor Jesús todo quedará reducido a un ejercicio de buscar perfecciones imposibles o modos de vivir impostados que suelen desembocar en una competitividad asesina: a ver quién es el mejor. 

El Evangelio va por otro lado: desde la centralidad de la Misericordia intentar vivir ese camino titubeante y frágil de la Buena Norticia. 

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Señor, si eres tú…

El episodio de Jesús caminando sobre las aguas en medio de la tempestad no es solo una prueba de divinidad del Hijo que tiene poder sobre los elementos de la naturaleza. Es también una prueba de la cabezonería de los discípulos (también nosotros) en la persona de Pedro.

 MLa cabezonería de pedir pruebas, de pedir las cartas de identidad de lo fantástico e indiscutible para creer. Ese “Señor, si eres tú…” de Pedro, de Tomás, de sus verdugos en la cruz… también de cada uno de nosotros. Qué difícil es aceptar la presencia discreta de Dios en nuestras vidas. Tener la mirada de agradecimiento ante el Dios de las cosas pequeñas que cuida de los lirios y de los pájaros sin aspavientos. Ese que no quiere convertir las piedras en pan porque el alimento es necesario, pero también la Palabra que nos sitúa de otra manera ante lo inmediato y urgente. 

A este Dios de las pequeñas cosas hay que descubrirlo en los entresijos de lo cotidiano, en lo cercano casi invisible, en la belleza sutil. Y no exigirle pruebas de magia omnipotente, sino disfrutar de su presencia en la calma y en la tempestad.  

Él sabe que nos encanta caminar sobre las aguas pero que no podemos. 

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