En lo esencial

Justo en medio del Black Friday damos un salto al vacío y nos metemos en el Adviento.

Nos metemos de lleno en la búsqueda de lo esencial rodeados de ofertas y llamadas al consumo desesperado.

No es fácil salir de esa espiral de los deseos, de las pulsiones del tener para poder ser. El adviento es un momento precioso para poder ir a la esencia de lo que estamos llamados a ser con lo que ya estamos siendo. Tiempo de calma, de gestación reposada, de espera paciente.

Frente al lo quiero ya y lo compro, se abre la posibilidad del permanecer atentos, de recibir lo gratuito, de entretejer sin prisas la salvación del rocío que viene de lo alto para quedarse para siempre.

El Dios que no sabe de negocios toma la decisión amorosa de hacerse uno de nosotros. De regalarse derramado y esparcido en un recién nacido que ya intuimos.

Disfrutemos.

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Rey del universo

Celebramos hoy la festividad de Jesucristo rey del universo. Es cierto que la clave de lectura del título de «Rey» ha de hacerse desde la clave del evangelio del día, pero aún así parece un título demasiado alejado de la Buena Nueva y de la vida de Jesús.

En cambio, la segunda parte, el sustantivo, ofrece muchas posibilidades en la actualidad. Un universo que se comprende como la totalidad en la que estamos inmersos y que nos sitúa en la pequeñez real de lo que somos. Desde la escala del universo aparecemos como un punto diminuto, como algo casi insignificante al lado de otras muchas realidades.

Nos encontramos en medio de la creación como seres capacitados para el cuidado y la contemplación de la inmensa belleza a la que también pertenecemos. Cuidado de los demás (de todo) como esos jardineros del relato del Génesis. Y, también, admirados contemplativos de lo grande y lo pequeño.

Tarea y don que nos acerca al comienzo del adviento.

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Aunque es de noche

El evangelio de este domingo nos habla en la clave apocalíptica de los tiempos finales: guerras, traiciones, conflictos, muerte… entremezclados con mensajes de esperanzada confianza: no os asustéis, yo os daré palabras llenas de sabiduría, no se perderá ni un solo cabello de vuestra cabeza… Todo al mismo tiempo entretejido en paradoja.

Esto me hizo pensar en el poema de S. Juan de la Cruz envuelto también por la voz de Rosalía (otra paradoja). En este poema se encierra todo el conflicto maravilloso que vivimos: la ceguera y la luz, el ir a tientas y el oír el murmullo de la Fuente, el ver a Dios y, al mismo tiempo, saber que nos equivocamos.

Felices los que saben vivir en medio de esta incertidumbre bella. Felices los que saben que muchos se quieren hacer pasar por el Mesías y que rascando un poco se ve su piel de lobos. Felices los que, entre el barullo, saben escuchar el murmullo atenuado del agua. Felices los que siguen buscando el tesoro y la perla y la moneda y la oveja, porque ya han vendido todo lo que podía comprar a Dios y a los otros.

Aunque es de noche vemos a tientas.

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Creer en la resurrección

Los saduceos no creían en la resurrección… esta es la afirmación de principio que desencadena todo el discurso de Jesús.

No es una descripción clara de lo que significa estar resucitado, pero en ello no puede haber mayor claridad.

Nos encantaría que Jesús nos hubiese dado toda suerte de descripciones de lo que va a ser nuestro final y nuestro comienzo. Nos gustaría conocer, con pelos y señales, ese «cómo».

Pero lo fundamental es la descripción que él hace del Padre y de nosotros en referencia a Él: «Dios es un Dios de vivos». La Vida extendida entre un antes y un después. La Vida que continúa tras el breve paréntesis de la muerte. La Vida que se desliza por el continuo del amor que es comienzo siempre nuevo.

No somos inmortales, somos eternos en el regazo de resurrección de nuestro Dios de vivos. Aquí y allá

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Lo imposible de una presencia

Zaqueo era curioso.

Algo se le movió dentro cuando escuchó un buen día que por su pueblo iba a pasar Jesús. No sabemos qué resorte se activó en sus entrañas pero se encaramó a un árbol para poderlo ver, aunque fuese de manera fugaz.

Nunca se podría haber imaginado que aquel profeta se fuese a fijar en él. Un ser indigno de su mirada. En ese momento el corazón le dio un vuelco, como aquel otro día del amor primero o como cuando vio por primera vez el mar.

En el momento en el que escuchó su nombre ya fue lo imposible. Imposible tras imposible se descubrió, sorprendido, en su propia casa, en su mesa, en su alma.

El momento, después de mucho tiempo (quizás el primero de su vida), en el que la intimidad se le hizo real. Su nuevo nacimiento, su bautismo sin agua pero sí con Espíritu, su verdad: daré, devolveré…

Disfrute… Y no hubo más y lo hubo todo de manera inédita. Lo imposible de una presencia.

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Santos y difuntos

En medio de disfraces de monstruos y calabazas, de colores ocres en muchos árboles y atardeceres que se van adelantando en minutos, nos encontramos, sin saber muy bien cómo, con nuestros seres queridos fallecidos y con la compañía de los santos y santas anónimos.

Es una sensación agridulce, entre la ausencia y la presencia. Entre la paz profunda y un desasosiego que inquieta las profundidades de nuestras entrañas. Entre la certeza de lo caduco y la eternidad de los amores.

En todo ello está el Dios de la Vida que se manifiesta y se oculta al mismo tiempo. También descubrimos a ese Jesús de duelo con lágrimas por Lázaro y a ese otro de palabra que hace añicos a la muerte todopoderosa: «Tu hijo no está muerto, está dormido».

Silencios y palabras. Vida y muerte. Tristeza y alegría. Todo entrelazado en la mezcla maravillosa de lo que somos y seremos, de los que fueron y son.

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La comparación odiosa

El evangelio de hoy es un cuadro vivo de lo que significa el dicho: «las comparaciones son odiosas». 

Jesús descubre con su mirada profunda aquello que está oculto para la mayoría de nosotros. Las sutilezas que marcan la diferencia, también en el corazón de Dios. 

Dos personas que realizan una acción exterior en un lugar común, el Templo. Dos personas que, a primera vista, no tienen nada de especial. 

Entre la multitud el Nazareno logra una descripción de eternidad en medio de lo irrelevante. 

El justo y el pecador. Estereotipos que hoy siguen vigentes entre nosotros pero que se hacen añicos con unas frases. 

La conclusión: uno sale justificado (en el perdón) a los ojos de Dios y el otro no, porque no necesita a Dios, se basta consigo mismo. 

Uno pide menesteroso. El otro se exhibe desplegando sus galas morales en contra de los demás. Y, lo que es más grave, queriendo ser portavoz de la voluntad de Dios, de su querer. 

Y el Padre, que ve en lo escondido, nos regala la belleza de volver a entendernos como seres necesitados, como hermanos y no como competidores que arrojen comparaciones odiosas de pretendida superioridad… De esto hoy estamos también muy necesitados. 

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La comparación odiosa

El evangelio de hoy es un cuadro vivo de lo que significa el dicho: «las comparaciones son odiosas».

Jesús descubre con su mirada profunda aquello que está oculto para la mayoría de nosotros. Las sutilezas que marcan la diferencia, también en el corazón de Dios.

Dos personas que realizan una acción exterior en un lugar común, el Templo. Dos personas que, a primera vista, no tienen nada de especial.

Entre la multitud el Nazareno logra una descripción de eternidad en medio de lo irrelevante.

El justo y el pecador. Estereotipos que hoy siguen vigentes entre nosotros pero que se hacen añicos con unas frases.

La conclusión: uno sale justificado (en el perdón) a los ojos de Dios y el otro no, porque no necesita a Dios, se basta consigo mismo.

Uno pide menesteroso. El otro se exhibe desplegando sus galas morales en contra de los demás. Y, lo que es más grave, queriendo ser portavoz de la voluntad de Dios, de su querer.

Y el Padre, que ve en lo escondido, nos regala la belleza de volver a entendernos como seres necesitados, como hermanos y no como competidores que arrojen comparaciones odiosas de pretendida superioridad… De esto hoy estamos también muy necesitados.

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Cuerpo que se deja comer

En la fiesta del Corpus muchas calles se llenan de flores y la custodia recorre los pueblos y ciudades como paseando en Galilea.

Todos los sentidos se ponen en juego y se recrean, salvo el más fundamental que es el gusto.

Nuestro Dios es fundamentalmente comida. Alimento palpable y cotidiano (el pan nuestro de cada día y el vino generoso que alegra la fiesta sin estridencias). A veces, nos olvidamos de que el banquete es la herencia preciosa que nos ha sido regalada.

Pan y vino que contiene la vida de Dios para nuestras existencias. Siempre en común, ligadas por los lazos de una esperanza de millones de rostros y anhelos. Todos distintos y todos fraternos en un Pentecostés de manteles y palabras que van más allá de las nuestras. Tiempo hermoso de disfrute sencillo, sin grandes alardes gastronómicos, sin las complicaciones de la alta cocina, sin juicios de críticos que creen saber más que los demás.

Un banquete abierto, una invitación de caminos y cruces. Un lavatorio diario que nos recuerda lo esencial de dejarse comer y de partirse por los demás.

No es una representación teatral o una sacralidad inalcanzable por su pureza. Es la condensación de la Vida en las nuestras. En pequeños trocitos que salen del Amor que se deja comer.

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Huésped del alma

Llegamos a la Pascua del Espíritu. Al gran protagonista discreto que nos suele pasar desapercibido.

Llegamos al comienzo de nuestra historia, al presente sencillo y al futuro distinto.

Llegamos, después de cincuenta días de encuentros resucitadores, a la posibilidad de hacer nuevas todas las cosas. A Aquel que nos hace gemir de esperanza en el anhelo que es aliento.

El Huésped que hay que acoger y que va a donde quiere. La libertad liberadora que está por doquier y en ningún sitio. El transeúnte de la paz y del gozo. Quien hace capaces a los amantes de buscar el encuentro y nos da sed de ese agua que sacia lo profundo.

Pone todas las cosas al revés y nos trastoca la existencia que creíamos realizada. Alma, hálito, aliento… todo en el cuerpo frágil y bello que media lo divino, como ya lo había hecho en el Hijo.

Nacer del Espíritu. Nacer nuevos a pesar de los años y las fatigas. Ilusión de niño y de poeta. Portador de amaneceres y de estrellas. Belleza que nos sorprende en un pétalo, en una gota, en una sonrisa o en la mano temblorosa que ya gobierna la enfermedad.

Huésped del hálito. Uno en nosotros y pluralidad bendita. Más allá de las instituciones y atravesándolas hacia lo arriesgado verdadero.

Justicia de misericordia y de invitación a la casa del pecador que es buena noticia.

Amor dilatado y concreto, tierno y empeñativo. Azucena.

Ven Huésped y sana las heridas del egoísmo y la discordia. Ven

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