Cuerpo que se deja comer

En la fiesta del Corpus muchas calles se llenan de flores y la custodia recorre los pueblos y ciudades como paseando en Galilea.

Todos los sentidos se ponen en juego y se recrean, salvo el más fundamental que es el gusto.

Nuestro Dios es fundamentalmente comida. Alimento palpable y cotidiano (el pan nuestro de cada día y el vino generoso que alegra la fiesta sin estridencias). A veces, nos olvidamos de que el banquete es la herencia preciosa que nos ha sido regalada.

Pan y vino que contiene la vida de Dios para nuestras existencias. Siempre en común, ligadas por los lazos de una esperanza de millones de rostros y anhelos. Todos distintos y todos fraternos en un Pentecostés de manteles y palabras que van más allá de las nuestras. Tiempo hermoso de disfrute sencillo, sin grandes alardes gastronómicos, sin las complicaciones de la alta cocina, sin juicios de críticos que creen saber más que los demás.

Un banquete abierto, una invitación de caminos y cruces. Un lavatorio diario que nos recuerda lo esencial de dejarse comer y de partirse por los demás.

No es una representación teatral o una sacralidad inalcanzable por su pureza. Es la condensación de la Vida en las nuestras. En pequeños trocitos que salen del Amor que se deja comer.

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Huésped del alma

Llegamos a la Pascua del Espíritu. Al gran protagonista discreto que nos suele pasar desapercibido.

Llegamos al comienzo de nuestra historia, al presente sencillo y al futuro distinto.

Llegamos, después de cincuenta días de encuentros resucitadores, a la posibilidad de hacer nuevas todas las cosas. A Aquel que nos hace gemir de esperanza en el anhelo que es aliento.

El Huésped que hay que acoger y que va a donde quiere. La libertad liberadora que está por doquier y en ningún sitio. El transeúnte de la paz y del gozo. Quien hace capaces a los amantes de buscar el encuentro y nos da sed de ese agua que sacia lo profundo.

Pone todas las cosas al revés y nos trastoca la existencia que creíamos realizada. Alma, hálito, aliento… todo en el cuerpo frágil y bello que media lo divino, como ya lo había hecho en el Hijo.

Nacer del Espíritu. Nacer nuevos a pesar de los años y las fatigas. Ilusión de niño y de poeta. Portador de amaneceres y de estrellas. Belleza que nos sorprende en un pétalo, en una gota, en una sonrisa o en la mano temblorosa que ya gobierna la enfermedad.

Huésped del hálito. Uno en nosotros y pluralidad bendita. Más allá de las instituciones y atravesándolas hacia lo arriesgado verdadero.

Justicia de misericordia y de invitación a la casa del pecador que es buena noticia.

Amor dilatado y concreto, tierno y empeñativo. Azucena.

Ven Huésped y sana las heridas del egoísmo y la discordia. Ven

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Id y anunciad

Llegamos a la fiesta de la Ascensión que también es la fiesta del envío. Es la antesala de la gran Pascua del Espíritu que hace eficaz el empeño de anunciar la Buena nueva a toda la creación.

Los signos de los que nos habla Jesús parecen fantásticos y son utilizados por algunos grupos fundamentalistas (también los hay católicos) como pruebas irrefutables para someter voluntades y conciencias.

Jesús va por otro lado. Son acciones de bien que liberan a las personas, no motivos para engrandecer a los portadores del Evangelio (“Sabía que lo querían proclamar rey”).

Suelen ser signos sigilosos y constantes de cuidado y de entrega de la propia vida. Equívocos, como los mismos milagros de Jesús.

A veces, el anuncio a toda la creación se restringe a un solo lugar sin necesidad de hacer miles de kilómetros. Se hace en lo escondido de una casa con un enfermo a su cargo, o en el silencio de un claustro que contiene en si toda la vida del mundo, o entretejido en la vida de unos ancianos que ya pueden poco pero que son esencia, o en la impotencia de un hijo atrapado en las redes de las drogas…

Ellos cogen serpientes en sus manos que a veces les muerden. Hablan la lengua nueva de la ternura y la donación. Curan imponiendo manos frágiles y temblorosas. Echan el propio demonio de construirse a sí mismos. Beben el veneno mortal de soledades e incomprensiones… y millones de signos más que son anuncio gozoso y sin aspavientos de que la resurrección se vive parcialmente aquí y ahora. Ellos creen.

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Os llamo amigos

Cuando intentamos describir a Dios nos solemos perder en conceptos complicados que poco dicen. Suelen ser abstractos como si Dios fuese los números y operaciones matemáticas de los pitagóricos.

Otras veces nos adentramos por el camino relacional (algo mucho más acertado), pero no acabamos de encontrar los símiles adecuados.

El evangelio de hoy nos da una clave hermosa: “Ya no os llamo siervos, os llamo amigos”.

Al hablar de amistad con Dios se nos va encogiendo el alma, como si sintiésemos la indignidad de una relación no merecida. Decimos que no estamos a la altura, que Dios no puede ser tan cercano. Nos da miedo porque quizás prefiramos la distancia fría que no exige reciprocidad gratuita o gestos de cariño concretos.

La clave que rompe todo alejamiento es la de la elección de amor que Dios hace primeramente. No lo elegimos nosotros como amigo, él nos elige. Ante esto se asombra nuestro ser más profundo contemplando el abismo de generosidad que nos quiere volver a separar. Pero no depende de nosotros. Ya está dado. Sin méritos, sin prebendas. En la desnudez de una relación que no cumple sino que se fragiliza amorosamente.

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Savia

Jesús nos habla hoy de una vid, unos sarmientos y un labrador. Así de sencillo.

Como si fuese un micro relato actual. El Padre es el labrador, la vid Jesús y (aquí está lo maravilloso) nosotros somos los sarmientos.

Esto quiere decir que nos recorre por el interior la misma savia. En lo invisible y escondido la vida fluye sin que muchas veces nos percatemos. Una unión pocas veces consciente pero constante.

Aquí reside la gracia en plenitud: participamos de la vida común en comunidad. Un sarmiento no puede vivir sin la vid, pero tampoco sin otros sarmientos. Y es más, los frutos no nos pertenecen. No es meritorio el racimo porque depende directamente de la vid y de los cuidados del labrador (cuidados que son mimos a su Hijo en nosotros).

Creo que todo ello nos podría evitar muchos empecinamientos estériles y no pocas rivalidades cainitas.

Disfrutemos de la savia que nos recorre en la pluralidad de sarmientos que engendra el Espíritu, sabiendo que las horas y los frutos son del Padre de los surcos.

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Entregar-recuperar

En el contexto de resurrección del Buen Pastor es curioso leer una frase de Jesús poco conocida: “Por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida para recuperarla”.

Un resumen hermoso de la existencia de Jesús y de la nuestra. Amor que se teje entre entregas y recuperaciones. Perder para ganar. Despilfarrar para recuperar gratuitamente.

Creo que no hay mejor definición del amor. Un vaciarse pausado para poder ser más plenamente en una nueva forma coral. No es que el yo se diluya, se resitúa perdiendo trocitos. Pequeños desgarros (a veces son enormes) que van cicatrizando en más pérdidas colmadas.

Amor que engendra amor hasta vaciarse. Pero que, al mismo tiempo, se hace profundidad y sabor a tierra recién amanecida, a domingo de primavera, a ropa de cama recién cambiada… No es fácil de explicar ni de vivir. Pero cuando se intuye mínimamente hace que todo cobre sentido. Un sentido de pérdida recuperada con tintes de ciento por uno.

Este es el Buen Pastor.

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Signos del Resucitado

La presencia de la resurrección en nuestras vidas se suele limitar a un futuro gaseoso, a un deseo de esperanza no palpable en el aquí y ahora.

Quizás deba ser así, pero en el relato evangélico de hoy el mismo Jesús nos da pistas de un ahora cierto.

En primer lugar los discípulos estaban relatando su encuentro con el que parte el pan. Comunión resucitada que actualizamos en cada eucaristía, signo palpable de lo que vendrá.

En segundo lugar la frase de resurrección: “Paz a vosotros”. Siempre el mismo saludo que llega a todos los recovecos de nuestra existencia en medio de luchas y prisas.

En tercer lugar la pregunta del Nazareno por nuestras dudas. Siempre lícitas y comprensibles porque nos movemos en el claroscuro de la vida. No es un reproche. Más bien una pregunta que va al centro de nuestra existencia y que nos sitúa en el centro mismo de nuestra fragilidad para fortalecerla con recuerdos actualizados de salvación.

Y, en último lugar, la carne con las marcas de la pasión por la vida de Jesús que permanecen restañadas por toda la eternidad amorosa en Dios. Agujeros de manos y costado que nos muestran las heridas de nuestras vidas y la capacidad de sanación de la Buena Noticia. La carne glorificada que no pertenece al terreno mitológico de los fantasmas sino a la experiencia sutil del poder de la Vida que misericordiosamente somete a nuestras muertes.

Felices resurrecciones cotidianas

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Ahora mi alma está agitada

La agitación comienza a abrirse camino en el interior de Jesús. Sabe que el trigo tiene que morir para dar fruto, sabe que quien se ama a sí mismo se pierde, sabe que el amor se desparrama sin medida hasta la extenuación… Pero también siente miedo ante la amenaza real que se va dejando en el horizonte: un juicio que antes de celebrarse es de condena y una muerte que es silencio porque ya está todo dicho y hecho.

Se anticipa la angustia. Y surge la petición lógica al Padre: “Líbrame de esta hora”. Es la fragilidad del amor que se agarra a la vida, porque ésta es hermosa, porque vale la pena. No es el egoísmo de aferrarse a lo imposible; sino la belleza de una vida hermosa que ayuda a hermosear la existencia de aquellos que ya habían arrojado la toalla y vivían en la fealdad del abandono y el desamor.

Por eso la petición es lógica y la angustia natural. Y el Padre se compadece hasta los tuétanos, pero también sabe que el amor es entrega y más en Dios-humano-Espíritu. Quizás el Padre lo sabía desde siempre porque amó desde el principio sin comienzo y hasta el final que solo es comienzo… Pero todo ello no le ahorra el dolor… Y a nosotros tampoco.

Feliz camino hacia la Pascua

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Tanto amó Dios al mundo

El empleo del pasado nos puede llevar a error en este texto de Juan. Dice que Dios amó con un amor tan intenso al mundo (no solo a la humanidad) que entregó a su propio Hijo.

El amor siempre supone esta forma de donación, de darse. El Padre se está dando a sí mismo también en el Jesús. Es una entrega generosa que lo enriquece sin medida, porque la humanidad y la creación que salieron de sus manos ahora forman también parte de él con la encarnación. Pero también supone cierta pérdida de la intimidad del mismo Dios que no se guarda a sí mismo en una autocontemplación estéril. Dios es siendo para los demás, para todos y todo.

Pero decía que el empleo del tiempo pasado puede llevarnos a engaño, ya que Dios sigue dándose hoy con el mismo empeño y radicalidad. La salvación está presente y actuante más allá del paso de Jesús por nuestra historia hace unos cuantos siglos. Sigue siendo tan verdad y real en este tiempo de Espíritu.

Pero lo es de una manera distinta (siempre es diversa) a lo que fue. Hoy siguen resonando las palabras y las acciones del Hijo en el cotidiano de una manera multiforme: siempre abierta como sus parábolas pero con esa preferencia por los que menos cuentan, por los que siguen buscando una señal que se eleva para traernos al corazón de unas nuevas relaciones que también son entrega y donación, como las del Padre con el Hijo.

Tanto amor que se sigue derramando y entregando en nosotros para que salgamos y nos regalemos y nos vayamos deshaciendo para rehacernos en la carne transfigurada del amor concreto.

Feliz camino hacia la Pascua ya cercana.

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Mercado y Padre

Este tercer domingo de cuaresma nos lleva a la escena de la expulsión de los mercaderes del templo de Jerusalén. Una acción dura de Jesús con azote de cuerdas y mesas tumbadas con monedas por el suelo. Esta acción es al más puro estilo profético, uno de esos signos fuertes pero que no transforman la realidad. Al poco rato cambistas y animales que se vendían para el sacrificio ya estarían de vuelta en su lógica de compraventa.

Pero lo importante no es la acción concreta, sino todo lo que hay detrás. Jesús siente violada la entraña profunda de la gratuidad en la relación con el Padre. En los evangelios nunca lo vemos ofreciendo sacrificios, ni siquiera está a gusto en el Templo en el que suele tener confrontaciones abiertas.

Jesús es más de caminos y de personas alejadas de este tipo de relaciones mercantiles con Dios. Es más, su sentido sacrificial se entiende como donación de la propia vida, como esa pérdida de uno mismo que engendra ganancias que se multiplican de una manera insospechada.

A Jesús no le molesta el ruido en el Templo, sino el empeño de poner precio a supuestos favores que le compramos a Dios. Esto es lo que rompe su interior y le hace realizar este gesto que nos molesta e incomoda. En nuestro imaginario de Jesús no nos encaja bien los empujones y rifirrafes que contemplamos en el texto. Pero nos deja entrever la gran ofensa interior que tuvo que sentir. La violencia interna que se transparenta fuera al ver el mercado de lo Divino. No sería la primera vez que lo viese, como todo judío tenía la obligación de subir al templo una vez al año. Pero sí que esta vez lo hartó.

Por su cabeza pasarían sus acciones gratuitas (dad gratis…), el acceso sencillo a un Padre que está en el secreto de los comportamientos anónimos (lo leíamos el miércoles de ceniza), la medida colmada y rebosante que usa el Padre con nosotros y que nosotros deberíamos tener con los demás, el pan nuestro cotidiano que se pide cada día y que no hay derecho a acumular, los talentos que se invierten pero que no se meten en el banco en esa usura del miedo que tantas veces nos asalta…

Padre que no es mercado. Padre que es gratuidad exagerada y que nos cuesta tanto vivir.

Feliz camino hacia la Pascua

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