Escuchadlo

En este segundo domingo de cuaresma se nos regala el relato de la transfiguración. Nos conduce al corazón mismo de una resurrección anticipada. Por si se nos olvidase que la cruz es solo la penúltima estación.

La atmósfera del texto nos sitúa en un ambiente de ensueño que nos regala la paz: el color blanco que todo lo envuelve, la visión de un diálogo entre las palabras de profetas y la Palabra, la sensación de plenitud de los discípulos que quieren quedarse allí, la voz que surge de entre las nubes, la montaña que acoge…

Un contexto casi irreal en el que pone claridad concreta la voz del Padre: “Este es mi hijo amado; escuchadle”. Por lo tanto, no se trata de disfrutar solo con el sentido de la vista estas briznas de resurrección, sino afinar el oído para escuchar la voz del Hijo.

Un Hijo que es amado y amable. Que derrocha ternura y denuncia, como Elías y Moisés, sus interlocutores, y como todos los profetas. Este Hijo que nos hace pregustar la resurrección a la que todos estamos llamados, pero que en el entretanto también nos hace bajar de la montaña para encontrarnos con aquellos que necesitan saborear la resurrección.

Que nos recuerda que ya tendremos tiempo de construir esas tiendas de disfrute pleno cuando llegue el momento sin tiempo al que todos estamos convocados (hermosa promesa), pero que en el aquí y ahora, también tenemos que mostrar a otros esa blancura que alguna vez intuimos y acariciamos.

Porque es necesario que sepamos y hagamos saber que la cruz solo cobra sentido desde esta blancura de la voz de un Padre que ama desproporcionadamente a su Hijo en todos los hijos e hijas que caminamos por este mundo.

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Empujados por el Espíritu

Este primer domingo de cuaresma nos regala el texto breve del paso por el desierto de Jesús antes de su acción pública.

Por lo breve es hermoso. Sin demasiadas descripciones nos lleva al centro mismo de la experiencia de Jesús. Las tentaciones van a formar parte de toda su existencia, pero aquí el evangelista las dibuja con pocos trazos, en la austeridad de lo profundo y poco explicable.

Quizás lo más importante es que el Espíritu es quien conduce a Jesús al corazón mismo del lugar de la soledad y, por tanto, del encuentro. Ahí se le aparecen todos sus demonios, pero también la sencillez de una certeza: no está solo.

Este pasaje solemos leerlo en negativo, pero anticipa también la riqueza de lo que está por venir: las palabras y los gestos de muchos seres humanos que van a cambiar al mismo Dios por contacto directo. Todo está por llegar, Jesús aún no vivió intensamente esos tres años intensos, pero los va anticipando aquí. Como saboreando lo que después irá muy rápido.

El Padre y el Espíritu habitan en el silencio poblado del desierto y están con él. Quizás también se imaginen lo que está por venir, el derroche de gracia que aún está germinando pero que pronto florecerá. Es como la primavera gestándose entre tentaciones. Una vida en escala de grises, nada en blanco y negro, como la nuestra. Unas certezas básicas: que el Reino ha llegado y que la transformación interior es necesaria para poder acogerlo como niños. Y también muchas dudas, porque el camino no está trazado de antemano. Y esto es lo más maravilloso. Ya el Espíritu irá empujando a Jesús poco a poco hacia los encuentros sanadores. Y a nosotros también.

Feliz paso hacia la Pascua

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Tocar

Jesús toca y se deja tocar. Esto parecería algo lógico y normal, pero no lo es tanto.

En el Evangelio de hoy toca a un leproso. Dice el evangelista que Jesús sintió lástima y extendió su mano para posarla en la carne herida de lepra. Así no solo vio sino que palpó el contagio: contagio físico y contagio moral. La lepra (y otras muchas enfermedades) en el siglo I se creía que era fruto del pecado. Un castigo de Dios que ponía en evidencia comportamientos contra su Ley.

Jesús rompe con esta relación de muerte y castigo y toca el mismo pecado para liberar de una manera plena. En nuestro tiempo nos quedamos solo con la curación física, pero la reintegración en la esfera de la salvación es mucho más profunda.

Un ejemplo claro lo tenemos en la curación del paralítico que bajan en una camilla levantando el tejado. Primero Jesús va a lo esencial (“tus pecados te son perdonados”) y solo ante la incredulidad de los presentes cura lo físico (“coge tu camilla y echa a andar”).

Volver a incluir a estos “expatriados” en el Reino es algo muy hermoso y lleno de significación. Los hace de nuevo hijos del Padre ante los ojos que los excluían. Y va más lejos. Tocando rompe esa maléfica unión entre pecado y enfermedad. Quien toca a un pecador se convierte en pecador, por ello Jesús recibe tantas críticas cuando se acerca a esos hombres y mujeres excluidos. Es más, pone en tela de juicio su ser profeta y mesías porque no se espera de quien lleva esos títulos tal comportamiento. Por ello, muchos dudan y lo abandonan.

Aun así Jesús toca y se deja tocar. Palpa en plenitud lo que estaba muerto y perdido. Nos muestra que la salvación llega en la totalidad del ser humano, en lo físico y en lo moral, siempre relacionados e interdependientes. Nos enseña, a pesar de nuestra tozudez, que es posible integrar todo e integrar a todos. Por ello los malheridos de su tiempo se acercan a él y él los toca y permite que lo toquen, como aquella mujer con flujos de sangre que lo toca de manera anónima por miedo a los demás.

Que toquemos y nos dejemos tocar en todas nuestras heridas y en las llagas de los demás, en un tacto salvífico como el del Maestro.

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Todos te buscan

En la vida de Jesús hay una dinámica de huida del éxito. La publicidad de su vida es algo constatable y evidente. Era alguien que atraía, que ejercía un extraño poder atracción y que despertaba pasiones. La aceptación o el rechazo formaban parte de su cotidiano. No dejaba indiferente y en él se cumplían las palabras, ya antiguas, de ser una bandera de división.
Pero recorriendo los evangelios también caemos en la cuenta de que Jesús está mucho más cómodo en las distancias cortas y en el tú a tú. Las muchedumbres lo buscan y él las acepta, se fija en los detalles que pasan desaparecidos para muchos: “llevan días sin comer, quién me ha tocado el manto, dejad que se acerquen, traédmelo”… Tiene la extraña capacidad de personalizar a la masa, de detectar entre las multitudes a aquellos que están más necesitados de la palabra o el gesto que redime soledades y desamores.
Y cuando uno menos se lo espera, desaparece. Hay que buscarlo en esa huída que lo devuelve a su esencia relacional con el Padre y el Espíritu, pero también con sus semejantes menesterosos de un encuentro personal y casi furtivo. No huye de las personas sino de una fama incontrolable y utiltarista, de un uso egoísta de un poder que muchos consideran mágico y provechoso.
Jesús itinerante y portador de encuentros saludables, de propuestas de cambios y de reconstrucción de vidas. Jesús del camino incierto y abierto a las sorpresas de aquellos que lo transitan y que nunca hubieran soñado toparse con ese hombre sencillamente divino.

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Enseñar con autoridad

Hoy la autoridad es una de las realidades más cuestionadas socialmente. En muchos casos se entiende como imposición, recorte de libertades, sometimiento… Esto también sucede al interior de la Iglesia.

En cambio, Jesús tenía (tiene) una autoridad diversa. Una autoridad que brotaba de su manera de entender la realidad y las relaciones. Que nace también de la obediencia al Padre. Muchas veces se presentó esta obediencia como ciega, exenta de cualquier duda, acrítica, como si fuese una marioneta en manos del Padre Dios. No es cierto.

Jesús discierne, pone en juego su propia libertad para ponerla en consonancia (no sin luchas) con ese gran proyecto que es el Reino. Largos momentos de oración, tentaciones que se deben vencer, ensayo y error, formaron parte de la vida del Nazareno. Es más bien, un ir adecuando la vida al latido del Padre y también este Padre adecua su latido con el de la humanidad. En este doble movimiento, en el que el Espíritu también se entremezcla, se va construyendo la nueva realidad inconclusa del Reino.

Unido a ello surge esa nueva autoridad de Jesús que fascina y cuestiona. No es como la antigua que impone cargas insoportables y fardos inamovibles. Es la del yugo llevadero y la de la carga ligera porque emana de la libertad relacional llevada al extremo. Un amor que se vacía de sí mismo para donarse en gratuidad a aquellos que ya no podían ser amados. A aquellos excluidos y pequeños no amables por sus carencias o por sus excesos. Los que no tenían cartas de ciudadanía en la historia de la salvación, los oprimidos por el mal de los hombres o del sistema.

Obediencia y enseñanza amorosa que devuelven la esperanza de una nueva relación que no sigue los criterios del poder que busca beneficio o rédito: el Reino.

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Repasando las redes

Jesús sigue llamando hoy. Continúa haciendo su propuesta de seguimiento y recibiendo respuestas positivas y otras negativas.

En los evangelios no solo existen respuestas positivas a la llamada del Maestro, también hay rechazos y negativas. Es más, en un momento se va a quedar solo.

Las razones para decir no son muy variadas: vivir en la muerte (deja que los muertos entierren a sus muertos), dedicarse al trajín del consumo (vender campos), incapacidad para salir de la zona de confort (el joven rico se puso triste), apegarse a un pasado que ya no existe (quien pone su mano en el arado y mira hacia atrás)…

Pero la mayoría de las veces son los propios enredos los que imposibilitan la escucha. Repasar las redes es una labor ardua y tediosa que te impide ver más allá, que te aísla del resto. Hoy ya no existen muchas redes de pesca, pero sí estas otras redes virtuales que nos aíslan y nos encierran en nuestro yo evasivo y esquivo. Hoy repasamos redes que son sociales y paradójicamente individualistas. Cuando pasa Jesús en el cotidiano ocupado estamos con mil ventanas abiertas que ocultan su llamada.

Demasiado centrados en nosotros mismos, poniéndonos casi siempre por delante, nos imposibilitamos para el seguimiento que es un ir detrás, un olvido de uno mismo, un posponer los propios intereses para ganar en libertad amorosa, para descubrir el rostro de los más pequeños que son el mismo Dios.

Desenrredémonos para poder escuchar su voz.

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Venid y lo veréis

En el evangelio de este domingo se nos presenta un relato hermoso de llamada al discipulado. Un relato de preguntas y respuestas, no el directo “sígueme” de los sinópticos. Una pregunta abierta de Jesús que interpela a los dos que lo seguían movidos por las palabras del Bautista (solo se nos da el nombre de Andrés, el otro discípulo es anónimo, puede ser cualquiera de nosotros).

Estos discípulos le piden a Jesús información (“Dónde vives”) y lo que reciben es una invitación: “Venid y lo veréis”. Ellos se quedaron con él un tiempo indeterminado, aunque la delicadeza del evangelista nos regala una hora aproximada de comienzo: “Serían sobre las cuatro de la tarde”.

Para nosotros también es válido este evangelio. La propuesta de seguimiento es más un juego de preguntas y respuestas, un abrir posibilidades, que una imposición sin posibilidad de réplica.

Aunque estemos seguros del valor de llamada el dinamismo de libertades es sagrado. Tampoco es cuestión de presentar una película de Disney o un cómic de superhéroes, ninguno de ellos es evangélico.

Tampoco se trata de dar información, algo que en homilías, procesos formativos, procesos catequéticos y dinámicas de grupo abunda.

Se trataría más bien de propiciar, sin artificios, una experiencia. Y aquí, quien juega un papel determinante, es la comunidad. Una comunidad real con sus luces y sombras. Hombres y mujeres esperanzados y con la conciencia plena de que necesitan ser sanados y perdonados. Que saben que ellos no son el Cordero, sino aquellos que lo señalan y no siempre con éxito. Comunidades que saben que no saben y que celebran lo pequeño cotidiano. Comunidades sin importaciones y que creen (no siempre lo consiguen) que el único poder es el servicio. Comunidades que acogen y apuestan por esos pequeños preferidos de Dios. Comunidades incómodas porque experimentan que no contienen en sí ninguna perfección, sino que necesitan de los demás para construir el Reino, también con los no creyentes.

Desde estas comunidades bienaventuradas, nunca por méritos, se puede intuir al Dios de la Vida. Se puede proponer, con rubor, “Venid y veréis “

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La noche de la luz

La única señal que dan los ángeles a toda la humanidad de que Dios nos ha nacido es que encontraremos a un bebé envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Esa es toda la maravilla que un un ejército de ángeles cantores proclamaron en un noche cualquiera a unos pobres pastores.

A ellos quizás les subo a poco aquel anuncio y a nosotros quizás también. Hubiésemos preferido un signo más impresionante, más claro, más de reyes o de señores o de dioses… siempre tentando a Dios.

Pero el signo de la humanidad frágil, recién llegada para recostarse en el lugar donde comen las bestias es la realidad del Dios con Nosotros. Ese es el comienzo de nuestro propio comienzo, siempre nuevo. Una noche atravesada por la luz tenue de un niño sonriendo entre estrellas y entre amor.

Feliz humanidad de Dios esta noche y siempre

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Espíritu Santo

Muchas veces nos pasa desapercibido el Espíritu y en este tiempo de Adviento también. Es lógico porque una de sus características es la de pasar desapercibido, brisa suave que no hace alardes y ni sobre actúa.

Pero en adviento aparece en distintos momentos, también como es lógico (dentro de la ilógica del Reino) porque es artífice de momentos de Dios.

Lo vimos en la Anunciación como sombra que cubre sin violentar, como una ola suave, como llovizna. Lo vemos hoy en el anuncio del Bautista como promesa cierta que se regala en agua generosa y que se convierte en compañero de camino para siempre aunque no lo percibamos. Lo veremos en Belén entre estrellas, ovejas y sonrisas de pastores, de Magos y de padres que no se acaban de creer que ese niño pueda ser el Dios de Abraham, Isaac y Jacob.

Y si nos fijamos bien, en las sutilezas de lo cotidiano, lo podremos intuir en personas, acontecimientos, perdones, niños, pájaros que nos sorprenden con una visita fugaz y, sobretodo, en esos pequeños de los que habla Jesús a los que les pertenece la bienaventuranza del Reino.

Feliz tiempo de Adviento, feliz tiempo de Espíritu.

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Adviento: hacerse niño

Me imagino el adviento como una vuelta atrás, como una regresión imposible, pero real, al mundo de aquellos a los que les pertenece el Reino por el mero hecho de ser niños, sin méritos ni esfuerzos.
Ya sé que no es muy teológico, que incluso puede llegar a ser algo ñoño, que la gente seria y solvente no hace eso, pero es muy hermoso.
Al fin y al cabo el adviento es Dios haciéndose niño, poco a poco, durante nueve meses en los que saboreó el gran milagro de la vida que se va abriendo paso en una multiplicación de células increíble.
Ponerse a la altura de un niño supone ver la vida de otra manera. El tiempo tiene una intensidad especial en el que mañana siempre es hoy. Donde las relaciones se basan en la gratuidad y la confianza y no en la competitividad o la compraventa. Donde el amor se saborea con el tacto y la fragilidad es una virtud y no en enemigo a vencer.
Y el Reino se entreteje con el ladrido de un perro o la cola de un gato que ronronea. O en la caída de una hoja que atrapa tu atención durante años, o en la prisa que no existe porque la destrona la providencia de quien todo lo espera.
Por ello (y por infinitas cosas más) prefiero ser un niño a un importante abogado.
Feliz niñez de cuatro semanas.

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