PREGON PASCUAL 2018

A la memoria del niño Gabriel Fernández, asesinado el 27 de febrero de 2018 en Níjar, Almería

Cuando Dios se levantó
aquella madrugada sin fecha ni lugar,
el mundo era un caos asfixiante.

Y el Mal oteaba los futuros horizontes…

Las tinieblas invadían la Nada
y la oscuridad abducía briznas diminutas de tenue luz.

Cuando Dios se levantó
aquella madrugada sin fecha ni lugar,
el viento correteaba a una velocidad
que ni el mismo Dios podía medir.

Cuando Dios se levantó
aquella madrugada sin fecha ni lugar,
la Nada chocaba con la Nada
y los abismos la tragaban voraces.

Aquella madrugada ajena a los relojes,
ahíta de grises y nebulosas lechosas,
de ventoleras y agujeros negros
llenos de Nada….

Aquella madrugada confusa y desordenada,
rica en Nada y vacía de Todo.

Y el Mal, envuelto en su capa roja, observaba de lejos…

Cuando Dios dejó su cama eterna,
se sentó a pensar inmerso en el desorden
de un Caos tan eterno como Él,
de una oscuridad tan densa como el Misterio,
de un sin-todo y un sin-nada
que ya le abrumaba desde siempre,
desde su Origen sin origen
y su Historia sin historia.
Desde un Silencio tan cósmico como real,
desde un Vacío tan hondo como inútil,
desde una Soledad trinitaria y críptica.
Opaca.

Y el Mal, tembló de miedo y rabia
aquella madrugada sin tiempo ni lugar.

Fue entonces cuando Dios
se lavó la cara, abrió sus ojos celestes
y se dispuso a la tarea de Crear.

Y transcurrió el día primero, y el día segundo, y el día tercero… hasta el séptimo día.

Fue algo tan sencillo como grandioso.
Dios abrió su corazón y brotó
todo lo que llevaba dentro.
El Amor se desparramó y lo conquistó todo.
Las tinieblas se sosegaron y se refugiaron para siempre
en alguna caverna de algún recodo del Cosmos;
la oscuridad densa se retiró orgullosa y ofendida,
reservada sólo para llenar la primera Noche que nacía.
Y la oscuridad se llamó Noche.

Y el Mal saboreó la oscuridad y se hizo Noche. Hijo de la Noche.

Las brumas embarazadas de humedad
guardaron en nubes primerizas la lluvia eterna.
La Energía se volvió Materia y la Materia se hizo Energía.
Se apretaron las nuevas tierras en esferas
que iniciaron una danza mágica sobre sus mismos ejes.
Y dispusieron sitio a las aguas desparramadas en el Espacio,
para formar lagos, mares y ríos.
Algunas se vistieron de hielo para adornar los casquetes redondos,
otras comenzaron a vagar entre montes en hilachas huidizas
buscando presurosas los Océanos recién paridos.

Y transcurrió el día primero, y el día segundo, y el día tercero… hasta el séptimo día.

Y creó Dios a los seres humanos. Varón y hembra los creó. Y se parecían tanto a Él que en un santiamén se enamoró. Se enamoró de todos. Y los modeló iguales. Y los modeló distintos. Y los amó de igual manera. Y se prometió nunca dejar de amarlos. Y comprendió que sólo el amor es digno de fe. Porque Él era amor. Y se deshizo en amor porque Dios sólo sabía amar, sólo podía amar… ¡No sabía hacer nada más!

Y el Caos se vistió de Cosmos.
Y los planetas se llenaron de colores:
rojo, verde y amarillo; granate, naranja y violeta; blanco y todos los tonos del gris. Y negro, cuando la luz se extinguía.

Y el Mal prefirió el negro por ser oscuro, y el rojo por la sangre de las criaturas.

Y Dios puso su dedo en cada corazón humano, bendijo sus manos, santificó sus rostros, ungió sus cabezas, besó sus pies, limpió sus ojos.
Y Dios sonreía porque estaba contento.
Y Dios se sintió bien aquella madrugada, cuando salió de su cama y decidió empapar con su aliento todo lo que había creado de la Nada.
Y la Nada dejó de ser Nada para ser Todo.
Y el vacío se llenó de vida porque Dios es la Vida.
Y alumbró todos los rincones del Universo,
dio luz a lo que quedaba de penumbra
y rescató las briznas de luminarias dispersas
para formar la Luna y el Sol y las Estrellas.

Y a Dios le gustó lo que había hecho.
Y vio Dios que todo era bueno.

Pero el Mal, escondido de la sonrisa de Dios, penetró en el Misterio de la obra de Dios. Y buscó un sitio en el Centro del Universo. Y en el corazón humano. Y el Mal se enfrentó al Misterio del Amor de Dios.

“Entonces Dios envió a su Hijo Jesús. Y le dio poder en el Cielo y en la Tierra para vencer el Mal.
Jesús fue la Palabra de Dios al mundo, la caricia de Dios a las gentes que están tristes, la mano que enjuga las lágrimas del mundo, la mirada limpia que cicatriza las heridas, la voz misericordiosa en las almas rotas, el ungüento sanador de los ojos inciertos, el aceite que lubrica las soledades eternas… Y la Palabra se hizo Carne y habitó entre nosotros”

Y el Mal asestó el golpe mortal sobre el cuerpo joven del Galileo. Y lo clavó en una cruz llena de pinchos, y le segó la vida a quien era la Vida.

Y Dios callaba aquella tarde de viernes santo.
Y Dios lloraba un llanto tibio y espaciado.
Y Dios oía el grito de su Hijo,
perdido entre millones de gritos de otros hijos, de todos sus hijos.

Y el Mal disfrutaba con su triunfo aparente. Danzaba una danza de la Muerte, visitaba los planetas y las galaxias lejanas llevando la mala noticia: “Entregando su espíritu, expiró”.

Y de nuevo el Sol se nubló, se rasgó el velo del Templo, lloraron todas las verónicas y se escondieron todos los discípulos. Y la primavera fue de nuevo invierno. Y la luz se volvió tiniebla, y el mar se encogió de pena y las cumbres de los montes se vistieron de luto, y una madre, en Almería, sacaba lo mejor que llevaba dentro y se enfrentaba a todas las rabias. Y creía que Gabriel estaba vivo, y que seguía cantando “Girasoles”… Girasoles amarillos, rojos, verdes y blancos. Girasoles de esperanza, girasoles de perdón, girasoles de Vida. De la Vida tierna arrebatada. Tan injustamente. Tan oscuramente. Tan innecesariamente.

Y aquella nueva madrugada,
entre luces y sombras,
Dios se levantó para siempre.
Y levantó a su Hijo único de la tumba.
como a un nuevo Gabriel de 8 años.
Y volvió a amar a sus hijos eternamente.

Aquella madrugada única
Dios venció para siempre
matando a la misma muerte,
sepultando todos los sin-sentidos,
alumbrando radiante las nubes grises,
bautizando con agua limpia los dolores enquistados,
bendiciendo lo que estaba maldito,
acompañando lo que estaba solo,
esperanzando lo que estaba roto,
misericordiando lo que estaba triste.

Aquella madrugada
con fecha y lugar precisos,
en el cuerpo aun caliente de su Hijo asesinado,
se oyó el gran grito de Dios.
Un grito estentóreo.
El grito de respuesta de Dios.
El único grito importante de la Historia.
Rompió la piedra del sepulcro,
glorificó la Humanidad de su Hijo,
y se prometió que nunca más
la Muerte triunfaría sobre la Vida.

Y vio Dios que todo era bueno.
Y siguió viendo Dios que todo seguía siendo bueno.

Aquella madrugada
con fecha y lugar precisos,
el Mal supo para siempre,
que la Vida es más fuerte que la Muerte,
que la Luz había vencido finalmente,
y que la primavera siempre apunta,
a pesar del largo invierno de la vida.

Y el Mal se sintió frágil y derrotado.

Y vio Dios que todo era bueno.
Y siguió viendo Dios que todo seguía siendo bueno.

Ajo, 31 de marzo de 2018
Pascua de Resurrección

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Francisco, 5 años después

Con este texto sé que no voy a decir nada nuevo, nada que no se haya dicho o escrito ya. Ninguna novedad. Simplemente, una necesidad de dar las gracias, de reconocer las palabras, los gestos, la presencia, del obispo de Roma, el papa Francisco, el sucesor de Pedro en la Iglesia de estos últimos cinco años de Pontificado.

Son muchas las opiniones, artículos, comentarios, libros, que en estos años se han dedicado al papa Francisco. Imposible leerlo todo. Hay, además, para todos los gustos. Desde encendidas valoraciones hasta lamentables y desagradables posturas contra el Papa. Yo sólo quiero darle las gracias a este cristiano que es además el obispo de Roma. No sé si es un reformador, un revolucionario, un teólogo, un santo, un hombre carismático. O lo sé, pero no tiene demasiada importancia.

¿Qué es, desde mi punto de vista, lo más notable de este pontificado? En pocas palabras: a mí, personalmente, me ha renovado la ilusión, el entusiasmo, la alegría de sentirme discípulo de Cristo desde mis debilidades y pecados. Francisco está haciendo mucho bien a mucha gente: lo escucho de bocas sencillas y con palabras sencillas. Francisco “es un papa distinto”, está más cercano, se parece más a nosotros, se nos antoja profundamente auténtico, creíble, “esencialista” porque va al corazón del Evangelio. Y sobre todo, Francisco es humano, “tan humano, tan humano”…. Por eso hay nuevos aires en la Iglesia; es un estilo distinto, más nuestro, más “de andar por casa”. “Y estamos contentos…”

Y no hay más palabras. Todas las demás, a favor o en contra, ya han sido dichas. O lo están siendo. Faltaba la mía, tan humilde y elemental como esto: “a mí me está ayudando a ser mejor cristiano y mejor persona”. Por eso, gracias Santidad.

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Lo peor, el odio…

Vivimos tiempos convulsos. En ocasiones oigo escuchar a algunas personas: “Ya no soy capaz de ver los telediarios… me producen excesivo sufrimiento”. Y puede que sea cierto. Es verdad que tenemos que vivir informados, además de formados. Aquello que decía un autor protestante: “Hay que leer la Biblia juntamente con el periódico” (en sus tiempos no había tele). Que quiere decir que nuestra oración no puede estar aislada de la realidad, de lo que pasa en el mundo, de los acontecimientos y esos “signos de los tiempos” de los que hablaba San Juan XXIII. Pero, no está muy desacertada nuestra amiga cuando manifiesta el desasosiego, la tristeza, el dolor, a veces la rabia, que producen algunas noticias. No muchas, pero sí bastantes.

Llevamos una larga temporada, de meses o quizás de años, en que hay una cierta “prensa amarilla”, cargada de morbo, que seguramente “vende” mucho y es muy “mediática”, que nos agobia hasta el punto de desertar de la pequeña pantalla y ponernos a leer un libro, dar un paseo, o, simplemente, hacer calceta, como antes…

Los mayores recordamos aquel periódico de hace ya varias décadas, “El Caso”, especializado en noticias que provocaban escalofrío: asesinatos, raptos, suicidios impensables, sangre y violencia por doquier. No era una publicación “menor”, tal vez fuera el periódico de más venta en España en los años del tardo-franquismo. La morbosidad “vendía”, y eso era bueno para los editores del rotativo.

 Pues eso, que llevamos una temporada en que los telediarios parecen copias en imágenes de “El Caso” de los años 60, 70… Hay una sobreabundante descarga de imágenes que producen sobresaltos; un exceso de crímenes horrendos, accidentes brutales, muertes absurdas, terrorismo en directo y en diferido, parricidios, violaciones impensables… y un sinfín más de noticias “escabrosas”, que no por no ser reales y verdaderas dejan de ser dañinas y van carcomiendo nuestra sensibilidad.

 Por otra parte, nos produce estremecimiento saber que algunos de esos actos violentos, “buling”, “escraches”, (casi todo en inglés, que mola más), terminan en las redes sociales, incluso que son “editados” o “filmados” en directo con el fin de aparecer en las famosas redes sociales. Un genocida que se suicida públicamente ante el Jurado que le juzga, un joven que graba su suicidio, un psicópata que, móvil en ristre, filma su carrera suicida a 200 kms. hora en su coche como un kamikaze del siglo XXI… ¡Demasiado “realismo”, demasiado “reality show” (también en inglés) para conmover más las entrañas y la sensibilidad de quienes somos pasivos receptores de tanta violencia, de género, o de la que sea!

 Por otra parte, los debates políticos, especialmente centrados en “la cuestión catalana” desde hace más de cinco meses… “¡y lo que te rondaré morena!”, parecen auténticas justas medievales, con espadas y caballos, con yelmo y sangre asegurada… o batallas campales de las que aparecen en las películas de guerra… Al final uno no sabe si son adversarios, contrincantes, oponentes ideológicos, o simplemente, “enemigos”. ¡Palabra que procuro desterrar de mi mente! Los debates televisivos se han convertido en revivals aburridos de ataques y ofensas personales! No se discuten ideas, se litiga, lisa y llanamente, para destruir al ¿adversario?, propinando golpes bajos, acudiendo a aspectos de la vida privada de los tertulianos en cuestión. Abundan los llamados “argumentos ad hominem”, es decir, aquellos que van destinados a denigrar la dignidad personal de los demás y no tanto a debatir en un diálogo respetuoso, plural y educado. ¡Se perdieron las formas por olvidar los fondos! Hay que derribar al competidor aunque sea a base de golpes bajos, y tan bajos…

 Eso sí, hay que seguir manoseando y malgastando palabras como diálogo, encuentro, respeto, urgencias sociales, sanidad, salarios, educación, gobierno para todos… ¿Para todos?

 Y se va creando, ya no solamente en las redes sociales, sino en las redes de la vida diaria, las que no están en la nube de Internet, sensaciones de hastío, de desconfianza, de falta de credibilidad, de cansancio… Y, lo peor: comienza a empaparse la vida diaria de odio, de confrontación innecesaria e injusta, de comparaciones entre pueblos y regiones, de lugares comunes cargados de una falsa ironía, o de un humor negro anti-catalanista o anti-españolista, desprecio, rencor, y hasta odio. ¿Xenofobia nacional? Lo peor es el odio. El odio que se escurre en las redes del alma y que tarda mucho en evaporarse. Necesitamos sosiego, paz, comprensión, pasar del negro y el blanco a los tonos grises; se necesita reconciliación real, diálogo bien entendido y aceptación de esa diversidad/pluralidad a la que tanto se acude en teoría pero que tan poco se ejercita en el día a día.

 

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Navidad….así!

Navidad es siempre el viento recio que limpia nuestras vidas de lugareños junto al mar. Navidad es siempre el manto blanco de espuma con que las olas bravías del Cantábrico besan nuestros riscos y se retiran. Navidad es siempre el bosque indómito de los viejos cántabros que se resiste a morir alardeando con troncos y ramas indomables. Navidad es siempre la alfombra multiverde que tapiza nuestros andares y caminos de peregrinos centenarios.

Navidad es siempre la urgencia alborotada de florecillas de mil colores que adornan primorosas nuestros prados en verano.

Navidad es un tul blanquecino que cubre nuestros tejados cuando la nieve asoma en los tiempos interminables del invierno.

Navidad es la brisa, el sopor, el solecillo atrevido del invierno, la lluvia lenta como regadío de jardín. Navidad es el anciano que se apoya en su bastón sentado en un banco verde del parque, amasando su última esperanza.

Navidad es el niño. Siempre el niño. Siempre la niña. Que reflejan pesebres y belenes nuevos en sus miradas por estrenar.

Navidad es el amigo que te saluda con un “buenos días” al llegar y se despide con un “buenos días” al marchar… ¡aunque sea de noche!

Navidad es esperar que pase todo aunque nunca pase del todo. Es acariciar quimeras que soñamos, utopías henchidas de vida.

Navidad es un viaje en globo, acaparándolo todo desde el aire y metiéndolo en algún rincón vacío del corazón.

Navidad es una torta de pan tibio, un vaso de vino negro, un mantel blanco sin manchas, y sillas llenas de gente.

Navidad es la pareja que se mira y se acaricia en su mirada, que entrecruza los dedos y en silencio suspira.

Navidad es brotar manantiales de agua transparente de dos lagos verdes y desolados. Navidad es una mano sucia que se te tiende al pasar, una sonrisa esbozada, un esperar alguna señal ya olvidada de algún caminante.

Navidad es sentir la vida, aunque corra a trompicones, por las venas endurecidas y cansadas; y sentirla, sentir la vida.

Navidad es llorar por dentro ante los muertos de las playas del Mediterráneo; es llorar de rabia, también por dentro, ante la violencia absurda e innecesaria. Es todo el dolor acumulado por el dolor ajeno. Es misericordia, es compasión, es consolación…

Navidad es cuando el Silencio de Dios se vuelve Palabra en un alarde de cercanía que se vuelve alarido de Presencia en un hueco oscuro de Belén.

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Querido y lejano señor Obispo

Cuando acaba de nacer un nuevo otoño y se comenta lo de siempre: “que se caen las hojas”, “que se ponen doradas, rojas y anaranjadas”, “que hay que guardar la ropa de verano y comenzar a ventilar abrigos, guantes y bufandas”… los obispos de buena parte del mundo se encuentran con una de sus tareas más ingratas, delicadas, y, en ocasiones, posiblemente complejas. Es época de hacer encaje de bolillos porque toca “temporada de cambios de parroquias, ceses y nombramientos de curas y/o cargos diocesanos”. A alguno le he oído más de una vez que es de las “cosas” más complicadas de su ministerio episcopal. Alguien me contó la anécdota de un obispo joven que le preguntaba a otro más experimentado ya en los gajes episcopales. “-Monseñor, cómo hace usted los nombramientos?”  Y la respuesta fue inmediata: “-Mal, hermano, mal…”

Y el viejo obispo seguramente tenía razón. Muchos nombramientos se hacen mal, al menos, vistos desde la barrera. Debe ser algo engorroso: curas que no aceptan un cambio, otros que andan goloseando un lugar concreto que quizás no sería el más apropiado, “huecos” que cubrir como sea y a coste de lo que sea… ¡No quisiera estar bajo la mitra de ninguno de nuestros obispos! ¡Y mucho menos en esta época de cambios, (¿cambios de cromos?, a veces), recambios y remodelación  de un tablero de ajedrez donde quizás no muchos quieren ser peón y no son tan pocos los que anhelan (tácitamente, o no) ser alfil, caballo o torre. Lo de rey o reina, siempre es más lejano e inasequible.

Pero yo a veces me pregunto, no muy cándidamente por cierto, por qué nuestros obispos no consultan más a la gente, no sólo al cura en cuestión -el que se traslada o el que es trasladado- sino también a los laicos de las parroquias al respecto; al menos, a “algunos laicos y laicas” que pueden y seguramente tienen algo o mucho que decir. Preguntar por perfiles, actitudes o aptitudes, modelos de entender la Iglesia, biografías… ¡qué sé yo! ¿Para qué están los Consejos parroquiales, si es que están? ¿Cuándo se tomará más en serio la opinión legítima y contrastada del pueblo de Dios? De pronto te cae en paracaídas un cura que “ni está (en el sentir de nadie) ni se le espera”… que puede ser un santo varón, pero que tal vez no es el más idóneo, el que más “garantías” tiene de encajar en esa casilla del inmenso tablero diocesano. ¿No es esto corresponsabilidad y sinodalidad de la que tanto pide Francisco? No se nos consulta, en general. Ni a los curas, ni a las monjas, ni mucho menos a los laicos. Ni para el nombramiento de un nuevo párroco, ni por supuesto, -¡oh insólito atrevimiento!- para la designación  de un nuevo obispo ¿Seremos cristianos de categoría inferior? ¿Tan difícil es sondear el ambiente, asesorarse bien, dejar a la gente presentar ternas o listas, sugerencias al menos….? ¿O habrá que reeditar aquel viejo libro del jesuita Calzada que se titulaba: “Querido y lejano señor Obispo”?

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Redimidos de verdad

Tengo la sensación de que los cristianos no siempre nos experimentamos verdaderamente redimidos por Cristo. Es sólo una impresión. Como si tuviéramos que preguntar: -”¿Oiga, usted se siente realmente redimido por Cristo?” Pero, tal vez, no sólo haya que interrogar a la gente  de nuestras comunidades, a los cristianos “para andar por casa”, a los “cristianos de a pie”. Quizás haya que preguntarlo también a gente en principio más sesuda, “más estudiada”, a quienes han pasado muchos años en los seminarios o han leído algo de teología; de la más “elemental”, incluso.

Existe un sentimiento más generalizado de lo que creemos de que en realidad continuamos siendo los “hijos de Adán” perdidos y desorientados en el caos del Universo, cargados de pecados ignominiosos e imperdonables, herederos de culpabilidades ancestrales, y, por supuesto, culpabilizados y hasta escrupulosamente heridos en nuestras frágiles conciencias. La verdad es que muchos textos litúrgicos no ayudan demasiado. Es “rara” la oración de la liturgia de la eucaristía que no redunde en nuestros pecados, en nuestra miseria ¿”irredenta”?, en nuestra condición de siervos deudores eternamente por la implacable acusación de un Dios justiciero, o, al menos, “exquisitamente Justo” en su única Santidad. ¡Nos pasamos media vida pidiendo perdón! Hasta tal punto que ya no sé si pedimos perdón “de verdad” o es una simple fórmula más a la que nos han acostumbrado. Tan fatua o formalista como cuando nos tropezamos con alguien por la calle y decimos un simple y lánguido: “disculpe”, o, “perdón”… y seguimos caminando apresurados para llegar a tiempo a la próxima cita. Un perdón solicitado por mera educación, fruto de una urbanidad que aprendimos casi desde cuando nos cambiaban los pañales.

Parecemos una comunidad de imputados, de pecadores sin solución, una masa de culpables sin redención posible ante “tamaño” pecado. ¿Dónde queda la extraordinaria teología paulina sobre la gracia, la libertad, el pecado, el perdón… “Donde abundaba el pecado, ahora abunda la gracia…”, y mil textos semejantes. A veces uno se pregunta si efectivamente creemos de verdad que Cristo nos ha redimido con su vida y con su muerte en cruz, borrando toda herida y toda tara fruto del pecado. Así que a parecemos una legión de gente triste, preocupada, angustiada, hasta desanimada porque “seguimos pecando”, por más que intentemos evitarlo. Y tal vez, pienso yo, lo que ocurre es que no creemos suficientemente en el valor redentor, universal y absoluto de la muerte redentora de Cristo. ¡Una verdadera blasfemia! ¡Una duda convertida en “metódica”, sin razón teológica ni espiritual alguna para ello! Como que hay gente, alguna gente, del clero por supuesto, que se empeña de un modo casi patológico en insistir en nuestros pecados, como si disfrutáramos metiendo el dedo en la herida de los pecados de los demás; o como si, (ahora pensando muy mal) fuera un sutil mecanismo para mantener a la gente en la órbita del grupo, para evitar “que se nos escapen”. O, tal vez, para intentar que la tan lamentablemente endeble praxis del sacramento de la Penitencia, terminara por entrar en estado terminal. El pecado existe, ¡vaya si existe! El sacramento del Perdón de Dios sigue siendo imprescindible en el cristiano. Pero la machacona insistencia, a veces con tintes patológicos, en ocasiones desproporcionada, de llevar el pecado en  nuestro ADN de modo irrevocable, pone en peligroso riesgo la fe en una “verdad” central de nuestra fe: ¡Que Cristo nos redimió de nuestros pecados! ¡Que somos hombres y mujeres “salvados”, es decir, liberados de toda atadura que nos impida ser felices! ¡Que la redención de Cristo en la cruz fue definitiva, universal, sin marcha atrás, sin medias tintas que requieran esfuerzos y penitencias interminables para los redimidos! ¡La sangre derramada por Cristo tiene un valor infinito, no “limpió” solamente el pecado de algunos, ni de todos, ni de muchos… redimió -simplemente, “ni más ni menos”- la humanidad caída, el Universo tocado del mal, el pecado en su misma raíz primordial! No creerlo así menoscaba, rebaja y limita el Misterio gratuito de Salvación de Dios a todo lo creado.

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Muéstrate propicio…

Quiero empezar con un ejercicio de honestidad intelectual advirtiendo, con toda sinceridad y humildad, que yo no soy liturgista. Es más, la liturgia pertenece a una de las “disciplinas eclesiásticas” en las que apenas he profundizado durante mis ya muchos años de ministerio sacerdotal. No obstante, como no puede ser de otro modo, he disfrutado y disfruto mucho en las celebraciones, especialmente en la Eucaristía. Son fuente de vida interior, de espiritualidad, de auténtica oración, de contacto y fraternidad con otros cristianos. En definitiva, la Eucaristía entra de lleno en las preocupaciones que todo cura puede y debe tener. Pero, insisto, no soy un liturgista, sino un cura de pueblo.

Hace mucho tiempo que venía deseando un cambio en el Misal Romano. Echaba en falta, sobremanera, una actualización lingüística más adaptada a la gente de hoy, especialmente en las oraciones “variables”: colecta, ofrendas y comunión, especialmente. El lenguaje me parecía anacrónico, determinadas expresiones y palabras me resultaban ajenas a la mentalidad y al lenguaje de la gente corriente y moliente. Por ejemplo, eso del “trueque” referido a las ofrendas litúrgicas quedaba tan complicado en la expresión literaria que prácticamente apenas se entendía. Esa palabra, además, “trueque” (propia de la cultura económica medieval) se ha convertido en un palabro totalmente en desuso y significación para nadie. Es sólo un ejemplo a vuelapluma.

Otra  formulación que siempre me chirriaba era la de “muéstrate propicio…”; es casi, en realidad, un asunto lingüístico, en ningún caso teológico o bíblico, o algo así. Poca gente emplea ya el término “propicio” en el vocabulario diario. Por todo esto, me llevé un alegrón cuando me enteré que, ¡por fin!, una comisión de expertos estaba elaborando una nueva traducción del Misal Romano de Pablo VI, la tercera, creo.

Compré enseguida el Nuevo Misal Romano, con una presentación editorial muy digna, hermosa incluso, hasta solemne. Pero en cuanto empecé a ojearlo y hojearlo, me llevé una decepción; “mi gozo en un pozo”. Continuaba lo del trueque y lo del muéstrate propicio (son sólo dos pequeños arbustos de un bosque intrincado mucho más denso, literaria y lo que es peor, teológicamente). Pero éste no es lugar para entrar en la teología que subyace en estas oraciones; eso se lo dejamos a teólogos, exegetas y liturgistas sesudos.

Sólo quiero hoy mostrar mi malestar a propósito de esas “oraciones variables” de ayer Domingo XVI del Tiempo Ordinario. Dice la oración colecta: “Muéstrate propicio con tus siervos, Señor… para que… perseveren siempre, con observancia atenta, en tus mandatos”. ¡De nuevo lo de “muéstrate propicio“… pero además, “con tus siervos”, y “con observancia atenta”, y todavía más: “…en tus mandatos”. ¿Es ésta una oración colecta renovada, adaptada al lenguaje y la mentalidad de la gente, con una teología post-conciliar? ¡Es peor que la traducción anterior, la segunda!; allí se decía: “Muéstrate propicio con tus hijos, Señor…” Es decir, en el Nuevo Misal hemos dejado de ser “hijos de Dios” para ser “siervos de Dios” (“siervo” es lo mismo que esclavo, criado, sirviente sumiso y machacado… ¡al menos históricamente!. Y así lo entiende la gente). ¿Y qué entendemos por “observancia atenta”? ¿Cómo se explica eso a doña Engracia, a Pili o a Josu los adolescentes que todavía asisten a misa, o al sr. Fernández, intelectual licenciado en Físicas, o a…? ¡Y por supuesto, los “mandatos” de Dios!, es decir, las leyes, las normas, las prescripciones, las cortapisas que nos pone Dios, en definitiva. ¿Qué imagen de Dios y de persona del siglo XXI esconde esta “ingenua” oración colecta? Utiliza palabras (palabros) fuera de uso, caducadas hace tiempo, incomprensibles o con sentido peyorativo para nuestra generación actual; y lo que es peor, “esconden” una teología pre-moderna que no responde a las búsquedas o a las experiencias de Dios del mundo actual. (Pensaba decir algo también de las otras dos oraciones del “Nuevo” (?) Misal: sobre las ofrendas y después de la comunión, pero ya me extiendo demasiado).

Sólo un pequeño detalle: ¿No fue el mismo Jesús de Nazaret quien dijo aquello de: “Ya no os llamo siervos porque el siervo no sabe lo que hace su Señor, a vosotros os llamo amigos…” (Jn.15,15). ¿Es posible que la comisión de expertos en liturgia, biblia, teología, pastoral, antropología, etc., que reformuló estas oraciones desconociera este archiconocido texto de san Juan? ¿O se tratará de un error de traducción? ¿O de un apócrifo?, ¡qué sé yo!

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No lo entiendo

Ayer conocía, como todos, la noticia de la promulgación de un documento por parte de la Congregación para el Culto Divino según el cual “se prohibía a los celíacos comulgar con pan sin gluten”. Por lo visto viene firmado por su Prefecto, el conocido cardenal africano Sarah. El mismo que ya nos viene acostumbrando a decisiones que, simplemente, “no se entienden”. O, al menos, yo no entiendo. El mismo que abogaba no hace mucho por celebrar la eucaristía “ad orientem”, una forma ladina e hipócrita para  no decir, “de espaldas al pueblo”. (Una vez más, “de espaldas al pueblo”). Sinceramente, lo menos agresivo que puedo decir es, simplemente, que “no lo entiendo”, “que no entiendo nada”.

Le faltó tiempo a los medios de comunicación para resaltar en los telediarios del domingo la “gran noticia” de las hostias sin gluten. Sí, la noticia anti-eclesial  iba de hostias, ayer. Lamentablemente. Uno se pregunta muchas cosas. ¿Es de “esto” de lo que tiene que ocuparse la Iglesia, (o un Prefecto del Vaticano, dicho con más precisión)? ¿Cómo es posible que en este mundo tan secularizado en el que vivimos perdamos el tiempo con estas minucias, que además, van en contra -se quiera o no- de personas enfermas, de celíacos? Son inútiles los paños calientes de “comulgar con vino”, o con hostias “con solo un poco de gluten” (¿cuántos miligramos de gluten, Sr. Cardenal,  son precisos para no adulterar o incluso profanar el santo pan, siempre de trigo, como Jesús hizo, y que de este modo la eucaristía sea “válida”?). Es una afrenta clara a las personas enfermas, cristianas, que desean recibir el cuerpo de Cristo. ¿Con qué derecho se les impide comulgar? ¿Por el hecho de estar enfermos? ¿En qué perjudica a la Iglesia, a la comunidad, a la celebración, que alguna persona en alguna muy específica “misa” comulgue con una hostia sin gluten? ¿Tan decisivo es este “problema” para la evangelización y la vida de la Iglesia? ¿Qué debo hacer yo con la señora que cada domingo me trae su forma “especial sin gluten” para poder comulgar, o con la niña que celebró su primera comunión en mayo pasado con “una hostia especial sin gluten”? ¿Pero en qué mundo viven esos señores, en qué burbuja deambulan, conocen la realidad, han sido curas alguna vez, dónde queda el sentido común? ¿Se dan cuenta del daño que hacen ante una opinión pública tan hostil ya de por sí, ante “todo lo que huela a Iglesia o a curas y monjas”?

Vamos a ver. Parece que la “razón” fundamental es “hacer las cosas como las hizo Jesús en la Última Cena”.  De acuerdo, en principio. Pero, entonces, habrá que rehacer todos nuestros templos para construir tarimas donde poder recostarnos y comer como comían los judíos y comía Jesús, habrá que retornar a la estructura de la cena judía que Jesús celebró, con las varias copas de vino, las oraciones y cantos judíos, las bendiciones propias de esa estructura ritual… ¡Todo absurdo! Recuerdo en mis años de cura en América Latina, cuando viviendo en realidades de auténtica pobreza y miseria, donde la gente apenas tenía qué comer, cuando escaseaban las medicinas, cuando la supervivencia era lo único posible, los buenos obispos de ese país, importaban de Europa un vino especial “para consagrar” (no sé qué características “dignas” tendría ese vino), realizando un gasto económico considerable, a través supongo de la Nunciatura, para repartir aquellas botellas de vino de uva “especial” por todas las parroquias e iglesias del territorio. ¡El único vino con la  dignidad y calidad suficientes para convertirse en la sangre de Cristo! Nunca lo entendí. En ese país, la gente bebía y bebe un estupendo vino a partir de frutos naturales, autóctonos, ante la ausencia total de vides. Me pregunto si el Verbo de Dios se hubiera encarnado en México, o en otro país de la “cultura del maíz”, si en esta Europa decadente en tantos sentidos, en vez de pan de trigo tuviéramos que usar pan de maíz, o de cualquier otro cereal para que efectivamente el corpus Christi se hiciera realidad en el pan. Es todo tan absurdo, tan irracional, tan demencial, que realmente prefiero no seguir escribiendo. Estoy enfadado. No sé si el domingo me pondré los ornamentos litúrgicos procedentes de la cultura del Imperio Romano, tampoco sé si tendré que quitar los bancos para que la gente se recueste en el suelo al estilo judío, o si nuevamente tendré que poner el altar “de culo al pueblo” (con perdón) para mirar hacia Oriente. ¿O me sentiré obligado a desobedecer a Su Eminencia el Cardenal Sarah, y utilizar el sentido común para que puedan comulgar la señora celiaca de cada domingo y la niña de 9 años que hizo su primera comunión hace dos meses?

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Olor a Evangelio

El 3 de junio era asesinado brutalmente un joven español a manos del jihadismo en Londres. Ignacio Echeverría. Conscientemente he esperado que transcurriera todo el boom informático que su gesto, considerado heroico, se volatilizara en las redes sociales. El vértigo de las “últimas noticias” siempre nos invade, con cierto aire de periodismo amarillo, llamado a sobresaltar el peor morbo que todos llevamos dentro. Es seguro que hoy (y siempre), algo más de 20 días después de la pérdida innecesaria e injusta de su vida, Ignacio permanezca en el recuerdo de sus más cercanos: familiares, amigos, conocidos, aquéllos que sí que le querían, y no como un “producto” informativo, sino como ser humano, como persona. Desde aquí, sencillamente, humildemente, imperceptiblemente, mi emoción, mi gratitud, mi admiración, mi respeto.

Porque gestos como los de Ignacio, gestos/límite que llegan a entregar lo que más amamos, nuestra vida, escasean sobremanera en el mundo del “sálvese el que pueda”.

Días antes de su inmolación por amor gratuito a una persona desconocida, escribí mi última entrega que titulé “cierto olor a odio”. Lo escribí con desgarramiento y hasta con desesperanza. Ignacio Echevarría respondió a mi escrito entregando su vida y desdiciendo el argumento central de mis palabras. Junto a él, un número importante de bomberos expusieron sus vida en el terrible incendio de Portugal de hace unos días. También la vorágine de los medios han dejado ya de hablar de ellos; han dejado de “ser noticia”. El fuego se apagó, y tal vez también, el recuerdo, la gratitud, de muchos de nosotros. También ellos contradijeron mi escrito de semanas atrás. No sólo puede haber “cierto olor a odio”, sigue habiendo mucho “olor a Evangelio”.

Porque las donaciones extremas de vida, de Ignacio y los bomberos de Portugal, huelen a Evangelio; a humanidad; hayan nacido de la fe cristiana o de un amor con diferentes puntos de partida hacia “la humanidad”. Por eso debo darles las gracias, poner en solfa y entre paréntesis mi percepción de un “cierto olor a odio” a escala de gente anónima. Ni Ignacio ni los bomberos eran conocidos antes de su gesta; eran gente anónima a quienes sólo conocían los más cercanos. Ignacio, creyente en Jesucristo (algo muy poco resaltado desde los “medios”: ¡eso no vende, no es demasiado políticamente correcto!) y los bomberos lusos, me han dado una buena lección. Algo así como “a pesar de todo existe un gran olor a humanidad, a Evangelio, en mucha gente anónima”. Un título demasiado largo, pero suficientemente  esperanzador.

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Cierto olor a odio

Han pasado demasiados años desde que leí, en plena adolescencia, una novela de Martín Vigil que se hizo relativamente conocida en determinados círculos católicos, “Cierto olor a podrido”. No sé por qué la lejana novela de la que poco recuerdo, pero que me satisfizo en aquellas épocas de ilusiones y descubrimientos, me hace remedar su título… y hacerme eco de un cierto olor, ya no sólo a podrido, -que también- sino a “odio” mondo y lirondo.

No creo que diga nada nuevo, seguramente es algo que encontramos en multitud de artículos, comentarios, opiniones, y hasta en algunas intervenciones del papa y determinados obispos. Otra cosa es cómo se entienda e interprete ese “odio”, desde dónde se denuncie o qué consecuencias se deriven de ese “cierto olor”. La tesis parece obvia: da la impresión de estar viviendo o, simplemente, de ser espectadores más o menos pasivos, de una “cierta” ola o escalada de odio en nuestras sociedades.

No voy a referirme a ese odio llevado a sus máximas consecuencias: el odio, como sustrato más hondo, que provoca guerras cruentas; el odio que se traduce en xenofobia como ideología; el odio como raíz de la escalada de la violencia de género que asesina mujeres y niños; el odio hacia a los derechos humanos que en teoría defienden la libertad de desplazamiento de un territorio a otro por parte de migrantes; el odio disfrazado de estrategias y diplomacias envenenadas de algunos partidos políticos (en España y fuera de España); el odio mezclado con insensibilidad y egoísmo de alta gama que subyace en los ya incontables casos de corrupción financiera, política que nos sorprende cada día; el odio vestido de homofobia hacia quienes experimentan una atracción sexual minoritaria, etc. Estas “expresiones de odio”, realizaciones, concreciones, puestas en escena, de un atroz odio antihumano, lo dejo para ser analizado por otros, o para otro momento.

Aquí me refiero a un “cierto olor” que cuantitativa y cualitativamente vengo oliendo en los últimos tiempos. Un olor fétido y nauseabundo que se extiende como una nube tóxica que nos cubre irremediablemente. Se trata de un odio larvado, en claroscuro, semi-escondido; un odio que aletea sobre todo en las redes sociales, en los videos “colgados” que nos presentan peleas absurdas e imbéciles entre chavales/as que se divierten en esas quedadas grotescas para jugar a luchas y pugilatos que luego sean “virales” en internet. Es el  odio de innumerables “tuis”, ese camino patético que esconde la identidad para sacar lo peor que se lleva dentro; es un “odio anónimo”, sin cortapisas ni control, impúdico, desvergonzado, lamentablemente viral y a la vez tristemente pueril, desbocado, rancio, innecesario, irrespetuoso, pero alarmantemente atrevido, amoral, a-ético, ruin, puramente emocional, ¿inconsciente? Puede que sean los años, -los míos, digo- pero me duelen y hasta escandalizan, expresiones tan ofensivas de la más osada radicalidad bañadas de violencia ilógica, absurda, desmadrada. Ya es habitual pedir la cabeza de quien no piensa como yo, machacar sin preámbulos, ni análisis, ni eufemismo alguno, al político de turno que no me gusta; aunque, en una profundización seria, pueda y deba ser digno de ser repudiado. Es una violencia atroz, intestina, nacida más en las tripas que en el cerebro, un odio inviscerado que no sé muy bien de dónde procede. Si Trump no es de los míos hay que cepillárselo; si Maduro es un dictador hay que cortarle la cabeza; si Rajoy es culpable hay que eliminarlo sin juicio previo alguno; y podemos poner todos los nombres que queramos: desde el esperpento dirigente de Corea del Norte hasta el papa Francisco, que por supuesto es marxista-leninista de toda la vida, hereje contumaz, no es teólogo ni filósofo, ni políglota, ni siquiera conoce el Catecismo, y además, “es un populista”; y para más inri, ni siquiera es europeo. Aquí no se salva nadie. La “solución” es la fabricación de armas  de destrucción masiva que alcancen, selectivamente por supuesto, a todos aquellos que no están “en mi onda”, en mis parámetros mentales (si es que los hay), en mi estructura emotivo-afectiva… La venganza se sirve fría, caliente, tibia, o como haga falta. “El ojo por ojo y diente por diente”, se queda corto. Los resentimientos, las heridas que me hicieron, las injusticias que he sufrido, los pisotones ciertos que me han dado toda la vida… son más fuertes y relevantes que “todo lo demás”; reclaman venganza, sangre, aniquilación total pero controlada.

Y este “cierto olor a odio”, que mejor sería expresar como “olor cierto a odio”, no es patrimonio exclusivo de ateos, laicistas, derechosos, podemitas, populistas o financieros con tejemanejes en algún paraíso fiscal. Lo que me interesa resaltar es cómo ese odio, esa venganza, ese resentimiento, ese espíritu justiciero, ese afán de limpiarlo todo a través de mis sucias escobas, está claramente presente en nuestra Iglesia. “Señor, quieres que mandemos bajar fuego del cielo que acabe con ellos?” (Lc.9,54). Basta leer los “comentarios” en multitud de blogs, Facebook, tuits, y todos estos nuevos caminos de comunicación de que disfrutamos que se van convirtiendo en encrucijadas de odio y alejamiento, no de diálogo, de análisis sensato y atinado de las cosas, de profundización inteligente, justa, racional, con sentido histórico, con comprensión humana… de las actuaciones de los demás, sean políticos o no.

Termino con una anécdota. No hace muchos días, una buena señora de mi comunidad tuvo el atrevimiento de pedir a Dios por los jihadistas terroristas. Lo hizo con cierto miedo, porque sabía que eso, simplemente, “no es políticamente (¡ni cristianamente!, por lo visto), correcto”. Al instante fue increpada por otra señora, también una buena mujer: “por esos asesinos no se puede pedir a Dios”. Yo pensé que, “el pobre Dios” lo tiene difícil con tanta variedad de hijos e hijas que tiene en la Tierra. Es padre/madre de una familia desavenida, rota, agresiva, fraccionada y  ”faccionada”, fratricida. Pero resulta que todos son sus hijos e hijas. “¡Menudo problema tiene Dios!”  Y terminé pensando: queda totalmente prohibido leer los textos del evangelio donde Jesús nos ordena: “habéis oído que se os dijo: amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a quienes os aborrecen, y orad por quienes os ultrajan y os persiguen” (Mt.5, 43ss) ¿Se tratará de un texto apócrifo?, pensé después.

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