AUNQUE NO LO SIENTAS…

DSC_1780Parece una forma de encabezar la madurez y el equilibrio cuando, en verdad, es la antesala de la ficción. Cuando te piensas en el silencio de la noche y te preguntas cuánto vives, propones, haces y dices, «aunque no lo sientas», verdaderamente puedes llegar a asustarte.

Hubo un tiempo, muy largo, en el cual en los procesos formativos y en los ámbitos que querían ser de vida, se silenció el sentimiento. Aquellas dinámicas de no mostrar alegría, aunque estuvieses alegre; o no mostrar tristeza, aunque estuvieses roto… favoreció un seco estoicismo que tiene consecuencias de calado importante. Hoy te puedes encontrar con personas en la vida consagrada que tienen muy limitado un sentido imprescindible para la consagración como es la empatía vital. Hay, o puede haber, hermanos y hermanas, que ya no saben muy bien cuándo tienen que llorar, reír, hablar o callar. Hay o puede haber hermanos y hermanas en la vida consagrada que solapan la carencia de madurez humana con capas de espiritualidad o misión o trabajo o gestión… Porque cuando la empatía no ha crecido o se la ha dejado crecer, se viene a confundir, lo que haces con lo que eres; lo que eres con lo que gestionas y la pequeña frontera de la congregación, con la inmensa frontera de la vida. Cuando la afectividad y la visión empática están dañadas nacen las miradas comunitarias de microscopio… nacen las miradas imposibles para el crecimiento sano en comunión.

La encrucijada actual de la vida consagrada necesita, para ser coherentemente iluminada, recuperar la capacidad de sentir y sentir bien. Necesita y lo necesitamos, sentir que estamos en lo nuestro, que es nuestro y lo nuestro nos importa. Y ese sentir ha de ser recíproco, para ello ha de hacerse palpable que las instancias, por nosotros creadas, necesitan a las personas, como son y sienten. No es la persona para la comunidad, provincia u organización; sino la organización, provincia y comunidad para las personas. El camino no es el adoctrinamiento, sino la persuasión, la inclusión, el ánimo y el enamoramiento.

Tener capacidad de observación te lleva a pensar que lo que viven los demás no es ajeno a tu misma vida. No estás lejos ni, mucho menos, estás en otro ámbito, división o estado. Siendo este tiempo nuestro de inmensa pluralidad, es también de evidente confluencia y similitud. Las personas venimos necesitando experiencias de vida que nos proporcionen felicidad, seguridad, amor y reconocimiento. Esto en todos los rincones del mundo, en todas las culturas y edades. Por eso, observarnos y escucharnos adecuadamente, puede ser la salida de una «madeja» que se está convirtiendo en un estilo de desgaste preocupante entre los consagrados. Las iniciativas y trayectos que no pocas congregaciones se proponen no llegan a buen puerto porque se pretende acoger y solucionar las dificultades de las personas sin un acercamiento real a ellas… y eso es imposible.

No sé muy bien si algún tiempo fue de declaraciones o documentos programáticos… Me temo que el actual no es, ni se serena con ellos. Las preguntas más inquietantes son: ¿Qué está viviendo cada uno? ¿Qué percibe de su congregación como respuesta a su vida? ¿Dónde tiene cada persona el corazón? ¿Qué es pertenencia? ¿Cómo sitúa la fragmentación ideológica y afectiva? ¿De quién realmente se fía uno? ¿Estoy enamorado/a de la misión o de «mi trabajo»?

Sospecho, y me perdonarán el atrevimiento, que en buena parte de esas preguntas recurrimos a respuestas que nacen más del «aunque no lo sientas» que de la verdadera fe. Repito que es una sospecha porque en ninguna asamblea y a viva voz se suele oír que no acabamos de sentir lo que decimos sentir… Otra cosa es en el diálogo personal, la confidencia o el silencio ante la cruz, donde irremediablemente aparece la verdad de lo que circula por las venas…

Una vez más, y también en esto, deberíamos concedernos espacios de rehabilitación para recuperarnos en humanidad. Podríamos inaugurar estructuras que reconozcan las personas que son (que somos) y no aquellas que algunos «patrones», de otro tiempo, referían como ideal de perfección. Mucho tiempo repitiendo gestos y afirmando lo que nos gustaría sentir y no sentimos, no termina por ser verdad, todo lo más media verdad o, lo que es lo mismo, una gran mentira. A la pregunta de qué nos está pasando, no se puede responder con los lugares donde estamos, ni con los proyectos que hemos asumido. Hemos de responder con la emoción que nos sostiene y compartimos. Y, ésta, desgraciadamente, la solemos dar por supuesta. Tiene la misma fuerza que cuando en Facebook casi de manera instintiva das al «me gusta» aunque no lo sientas. Sospecho que la vida, toda la vida, la vida consagrada es, y debe ser, otra cosa.

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ESAS ESTRELLAS… FUGACES

UnknownSoy de los que se ofenden con la tradición por la tradición. El, siempre se ha hecho, o la consabida constante histórica me vienen pareciendo las justificaciones de quien tiene poco argumento vital, afectivo y real.

Hoy, sin embargo, tengo que reconocer que hay algo que se repite y repite, como si estuviésemos descubriendo el Amazonas, cuando su realidad, presencia e historia son más que evidentes.

Me refiero a las estrellas fugaces en las congregaciones y órdenes. Todos sabemos que «no deberían existir estrellas fugaces». Si existiesen sería preocupante, porque las congregaciones necesitan habitarse de personas, de carne y hueso, con historia, carencias y necesidad de aprendizaje y conversión. Sobre todo, las congregaciones necesitan personas con vocación. Ese es el quid y no otro.

Constantemente aparecen en congregaciones masculinas y femeninas, estrellas fugaces. Aparecen porque personas débiles –aunque con poder– las fabrican. Indican e inducen cómo tienen que pensar, qué deben decir, incluso, cómo deben corregir a los demás. Esas estrellas fugaces llegan a impostar principios, normas y disposiciones con la fuerza que les da el saberse sostenidos o sostenidas, aunque no sientan ni sepan qué están exigiendo a sus hermanas o hermanos. Llegan a creerse una vida de ficción que, poco a poco, los va asfixiando. Tienen cualidades objetivas, no tantas como cacarean sus mentores y mentoras, pero son personas con cualidades y, al principio, con vocación. Con el paso del tiempo, cuando la estrella va cogiendo fuerza, la vocación va desapareciendo. A esas alturas los creadores del estrellato ya están tan cegados por la luz como para captar la ambigüedad del joven-no tan joven convertido en «profeta, o profetisa de ventura y desventura de sus hermanos».

La dependencia de estas estrellas fugaces es tan de libro que les ofrecemos todo lo que está en nuestra mano y, a veces, lo que no está. Cargos y prebendas para que esté a gusto, aunque siembre desconcierto y repulsa en los coetáneos o coetáneas de la estrella, que solemos zanjar diciendo que tienen celos porque, ni de lejos, llegan a brillar como la estrella fugaz.

Reconozco que me he hartado de hablar del brillo de mentira de las estrellas fugaces. Que son brillos de baratija, irreales, impostados y crueles. Son brillos que suenan, pero vacíos de Dios, llenos de ídolo. Nacen, crecen y se desarrollan las estrellas fugaces en sociedades en crisis. En congregaciones en crisis, en provincias acabadas y en contextos sin fe.

Hace nada me ha llegado la noticia de la caída de una estrella fugaz. Sol lo ha sido todo en su congregación, porque en realidad no ha sido nada. La congregación y sus hermanas han sido la horma para estuviese contenta, feliz y realizada. Destinos a su medida y cargos a su medida, para que la súper estrella creada por la congregación brillase, al precio que fuese.

Su superiora me ha comentado lo que hay y lo que viene. Me ha pedido que lo piense y analice, pero que no dé el nombre. Hasta en la caída la estrella necesita una salida digna, silenciosa y, hasta donde se pueda, honesta. Y lo preocupante no es esto, ni el dato. Las personas pasamos y las instituciones y el don carismático permanecen. Lo importante es la enfermedad de nuestras casas que esta fabricación artificial está denunciando y es que, al precio que sea, necesitamos fabricar estrellas: hijos e hijas que a nosotros se parezcan, personas que, con cara de este tiempo, hablen como si fuesen de otro, «becerros de oro» que serenen la nostalgia de éxito en medio de tanta crisis. Necesitamos sentir que nuestros procesos «producen» biografías de éxito… Aunque con la boca pequeña y de bruces ante el Señor reconozcamos que nuestra única valía es nuestra pobreza. No importa, pasarnos la vida anhelando éxito, reconocimiento y poder.

Acaba de caer Sol, que no se llama así. Estrella fugaz fabricada por sus «hermanas» o, mejor dicho, por las que mandan entre sus hermanas. No será, desgraciadamente, la última caída. Estrellas, satélites y otras fabricaciones de nuestra imaginación no forman parte ni del seguimiento, ni de la fraternidad que busca el reino.

Lo peor de todo, es que mientras escribo estas líneas, en algún lugar se está alentando otra estrella fugaz. Se está creando la ficción de que alguien es y puede ser súper hombre o súper mujer y hasta quizá le estemos o la estemos ayudando a pensar, sentir y hablar como nosotros… porque lo importante es que parezca, aunque no sea.

Eso, me temo, si es contaste histórica.

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VIDA CONSAGRADA: SOLTERÍA O FECUNDIDAD

DSC_1780En la encrucijada actual de la vida consagrada tenemos que preguntarnos, lo más honestamente posible, dónde situar el esfuerzo, qué es lo urgente o, incluso, qué es lo que no puede continuar ni un día más. No es camino el buenismo miope que aparentemente valora todo, porque no valora nada, ni la mirada enferma que necesita quemarlo todo, puesto que todo es signo de pecado o de confusión.

¿Los procesos de innovación y transformación que consideramos imprescindibles, no están, sin embargo, tejidos de decisiones de vértigo envolventes y caprichosas? Desgraciadamente abundan consagrados (ellos y ellas) que para sentirse útiles tienen que estar liberando energía constantemente, por eso continuamente fraguan decisiones que teóricamente abaratan la vida, aunque la hagan imposible, desde el punto de vista fraterno y ecológico.

¿Qué estamos haciendo con la vida consagrada? Pues, en buena medida la estamos sometiendo a una revisión de aquel calibre que vivió la empresa española allá por los lejanos 80. Se trata de una «reconversión industrial», un tanto trasnochada y un pelín alejada de su objetivo principal y primero que es la mística.

Quizá la cuestión radique en las personas que estamos llevando a cabo ­–o proponiendo– las reformas. Cómo son nuestros niveles de fe o adhesiones a la trascendencia. Cómo nuestros principios teologales o económicos; nuestra mirada poética o nuestros diseños productivos y competitivos de la vida. En cierto modo, damos la impresión de garantizarnos los que estamos porque «no es tan seguro que a esto venga alguien más».

La vida consagrada, sin embargo, se identifica mucho más con lo artesano que con lo industrial. Con la mirada «poco práctica» sobre la existencia más que con los ritmos de producción. La vida consagrada se sitúa en aquellos prototipos que los sagaces de nuestro mundo denominan ingenuidad, más que en los núcleos de opinión, interés o marketing. La vida consagrada es, desde el punto de vista de la rentabilidad, absolutamente prescindible porque no condiciona la «cesta de la compra», aunque ahí curiosamente radique su incuestionable atractivo. La vida consagrada desde el punto de vista sociológico tiene muy condicionado su futuro en occidente, sin embargo, desde el punto de vista teológico tiene unas posibilidades inmensas para su porvenir, de otra manera.

El contraste tan fuerte que estamos viviendo nos asoma a una realidad nueva. Juzgar lo que conocemos de los consagrados y sus procesos desde los principios de posibilidad y futuro, redundan en la conciencia de crisis. Conscientes de ser los últimos podemos ofrecer pistas de salvación que, en realidad, son pistas de conservación desde un punto de vista económico, sanitario o de seguridad para quienes estamos. Diré como confidencia muy personal que me preocupa especialmente la colección de empresas «samaritanas» que continuamente se nos ofrecen para hacer negocio (redondo) a costa de nuestra enfermedad, soledad o vejez.

El problema, como en tantas otras cuestiones tiene dos pilares que, a mi modo de ver, están condicionando gravemente las posibilidades de reforma espiritual y estructural de las instituciones de vida consagrada. Un pilar es la identidad. No está nada claro quiénes somos y, mucho menos, que la aparente unidad sea corporativa, dialogada y emocionada. En este sentido, conviene señalar que los procesos formativos, en general, han estado bien intencionados, han cuidado, sobre todo, el parecer y la adaptación a un medio societario desde el punto de vista externo de la persona. Es sorprendente, por ejemplo, que en buena parte de las instituciones se haya dejado de preguntar y, por tanto, cuidar el crecimiento espiritual, directa y personalmente a sus miembros, apenas transcurridas las primeras etapas de formación. Se ha proporcionado un crecimiento de pertenencia coherente en lo corporativo y externo, pero no es tan claro que hayamos sabido o podido atender allí donde se fraguan las decisiones que importan o donde, de hecho, cada persona sitúa el sentido de su vida. Sería complejo catalogar los indicadores de lo que estamos afirmando, quizá solo como ejemplo podamos citar la terrible «esquizofrenia» que vivimos entre los principios de pobreza del deber ser, con los que, de hecho, son. Consecuencia, en buena medida, de la pérdida voluntaria de la conciencia de clase de la vida consagrada. Los orígenes humildes de una buena parte de los consagrados, han vivido una mutación sorprendente al ingresar en las congregaciones u órdenes y este «desclase» está también afectando decisivamente a quienes sienten que deben cambiar, pero experimentan una profunda inseguridad de que el cambio les supone una debilidad que, hoy por hoy, no están dispuestos o dispuestas a asumir.

Otro pilar es la visión. Se trata de la capacidad espiritual para proyectar vida y ver más allá de los límites espacio-temporales de nuestro tiempo. La visión nace del estudio, pero sobre todo de la contemplación y el silencio. Tienen visión aquellos que saben y ven que algunas familias religiosas (incluida la suya) pueden morir, pero nunca morirá la vida consagrada; tienen visión quienes no se matan por lo concreto o por la obra que ellos o ellas han creado. Tienen visión y gozan con el Espíritu quienes de verdad y no solo de «boquilla» valoran cada época de la historia. Tienen visión quienes dialogan y escuchan; quienes innovan y transforman. Quienes ceden y esperan. Tienen visión quienes, en este tiempo, en comunidad, se significan más por los silencios creativos que por las palabras en chorreo. Hace no mucho, me decía un religioso de mi congregación respecto al papa Francisco, cómo está atinando en las apreciaciones sobre las dinámicas de crecimiento y fortalecimiento de la vida comunitaria; y como está describiendo perfectamente los estilos tóxicos, las actitudes más negativas y lacerantes siempre unidas a las palabras impropias, el chismorreo y hasta la difamación. Incluso los estilos de vida google o Wikipedia. Tan presentes en las comunidades y tan silenciosas las comunidades ante sus presencias.

La visión va a devolver a los consagrados a su lugar, sencillo y débil. Es una visión que, sobre todo, trabajará aquello que es posible e irrenunciable para ser comunidad. La visión es poco práctica porque el centro es cada persona. Ya lo urgente no es que las cosas salgan, sino que las personas vivan. Visión invita a escuchar a cada uno y su historia. Invita a dar espacio, protagonismo y posibilidad a cada persona. También a quienes hace mucho les ha negado. La visión libera a las casas de propietarios y jefes; amas y señoras y las llena de hermanos y hermanas que buscan a Dios. Recrear nuestros estilos desde la visión no supone esfuerzo, ni sesudas sesiones de análisis y evaluación que gustan a quienes afectivamente hace mucho que no superan el examen de la vida. Es otro planteamiento. Es vivir sin competir. Es identificar consagración, ante todo, con amor. Porque sin él, es todo un entramado de soltería, más bien gris, sin incidencia ni trascendencia y abocado a la esterilidad. Abocado al fin.

 

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LA VERDAD NO SE COMPRA

DSC_1780Los medios de comunicación vinculados, de algún modo, a la Iglesia tienen una importancia singular en este tiempo. Forman parte de ese tejido transformador del pensamiento para acercar una nueva presencia evangelizadora. No responden a la reiteración de lo conocido, sino que, en conjunto, pretenden mostrar como la normalidad de la vida está plagada de signos que la hacen compatible con el seguimiento de Cristo. Hasta ahí, con los matices que cada publicación escrita o digital tiene, todos de acuerdo.

La cuestión de fondo, sin embargo, es qué nos proponemos, con lo que proponemos. Cuáles son los rasgos inspiradores de nuestro ministerio a través de las publicaciones. Qué verdad empapa nuestras afirmaciones o qué posverdad sostenemos porque «cae bien», es la que conviene o es la que «me paga». (No lo sé a ciencia cierta porque trabajo en un medio que no paga publicidad, pero parece que hay lugares que, si contratas publicidad, hablan de ti… Si no, no existes). Forma parte de un cierto cultivo, que tiene que ver más con el consumo de lo religioso que con la verdad del sentido, misión y transformación social que se propone la Iglesia y las instituciones pertenecientes a ella.

En la Jornada Mundial de las Comunicaciones de este año, el papa Francisco quiere subrayar la necesidad de «Co­mu­ni­car es­pe­ran­za y con­fian­za en nues­tros tiem­pos» y hacerlo desde la veracidad. Sin cebarse en el dramatismo y sin huir de la realidad. Un gran reto de sensatez, veracidad y compromiso con la fe. Desde ahí podemos preguntarnos qué estamos haciendo, qué estamos leyendo o escuchando y a quién.

Hay tres aspectos que se convierten en catalizadores para conocer la veracidad discutible. El primero es la capacidad para convertir una noticia sensacionalista y generalista que colateralmente tenga que ver con la Iglesia, en una noticia eclesial de alcance. El caso no es ya buscar la verdad, es tener al personal entretenido con «mi verdad».

El segundo es la filia y la fobia manifiesta o la incapacidad de reconocer el bien donde esté. Leyendo algunos medios pareciese que hay personas trabajando directamente a pie de cielo, mientras otros jamás, se acercasen al mismo. Esos medios nos ayudan a entender que la noticia eclesial de alcance está en las personas que con rigor están trabajando, en silencio, sin hacer pagos mercenarios.

El tercero es la mirada microscópica. Sólo desde un ángulo. Solo desde una dirección. Un medio que se inspire en la línea de nuestro actual Papa ha de ser un medio con mirada amplia, que abra posibilidades, agilice el pensamiento, facilite la interacción (no el insulto) y reconozca los trayectos que las personas están haciendo en la sinceridad de sus vidas.

Si acercamos el análisis al público que más conozco, los religiosos y religiosas, tengo que reconocer que hay poca dependencia de lo que «dicen que dijeron» determinados medios. La Revista Vida Religiosa es un buen filtro en el que muchas personas, de sensibilidades muy diferentes, van diciendo lo que merece la pena o provoca pena. En conjunto, los religiosos son un cuerpo informado, pero no presionado. Conscientes de necesitar hacerse presentes en los medios, sin obsesiones. La vida religiosa está llamada a transformarse, lo tiene en su ADN, no hace falta que lo subraye un efímero titular. En conjunto, la gente sensata, sabe que la vitalidad de una congregación, una comunidad o un consagrado o consagrada, es absolutamente independiente de que determinado consumo informativo hable de lo que representa. Depende de la verdad con que empape a esta sociedad con una fraternidad creíble…

 

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AGILIDAD EN LAS SUCESIONES: BUCKINGHAM Y LA VIDA RELIGIOSA

DSC_1780Sucedió ayer. Occidente con la respiración contenida porque iba a hacerse público un comunicado en Buckingham Palace. Un antes y un después. Cambio generacional. Abdicación… Un sinfín de conjeturas llenaron buena parte de la mañana y las tertulias. Al final, un escueto comunicado nos decía que el duque de Edimburgo, que cumplirá 96 años, dejará la agenda pública… ¡en otoño!

Me hizo pensar en nuestras sucesiones dentro de la vida religiosa. En los relevos generacionales. Recordé las quejas frecuentes de algunos que creen no tener sitio «por culpa de algunos mayores» y también, lo mucho que nos cuesta cambiar, aunque hemos convertido la palabra cambio «en motor para saber que estamos vivos». No hay mejor modo de que las cosas sigan como están que hablar mucho de cambio, novedad o giro. Quizá lo más apropiado sea el giro porque a la vuelta, nos reencontramos con estilos del pasado a los que les ponemos etiqueta de nuevos.

También he pensado en los liderazgos de nuestro tiempo. Creo que, –es verdad que lo digo sin mucha pasión– mejores que los anteriores. Hoy no se entiende un liderazgo personal o personalísimo. Son de carácter corporativo, coral, armónico… incluso comunitario. En este sentido, las sucesiones, serán casi clamores. Logros de un sentir comunitario lleno de emoción. Llegaremos, por fin al cambio, porque vamos a ponernos de acuerdo en el maravilloso hallazgo de la emoción que a todos y todas nos envuelve y comprende. Dejarán de sucederse las decisiones parciales, circunstanciales y llenas de prejuicios. Dejará de gobernarse pensando en unos pocos para que puedan seguir viviendo «consagración entre algodones», luzcan los esfuerzos, por mínimos que sean, y haya un cuerpo congregacional que, silenciosa e incomunicadamente, saque adelante la «producción» de la congregación. Sí, por paradójico que parezca, la crisis de una familia religiosa y de su gobierno no se mide tanto por los funerales propios, lo elevada que sea su media de edad o el reducido número de personas en activo que la componga. La crisis está en la capacidad para generar silencio interno. Las sumas de «no merece la pena decir nada» que se van acumulando en un «debe» de muerte. El número de personas –con vocación de «nosotros»– que, sin embargo, sostienen su identidad en una independencia absoluta respecto a la que dice ser «su familia». Andrés, que ha vivido la ruptura de su matrimonio hace unos meses, me decía –cuando todavía estaba con su mujer– que no hay nada más duro que hablar del amor que tienes a la persona con la que vives, cuando ya no es amor, ni recuerdo del mismo. Me pregunto si algunos y algunas tendrán recuerdos de amor en su congregación. ¿Habrán experimentado sentirse queridos? ¿Se conformarán «celebrando» con que, al menos, algunos y algunas se quieran? ¿Habrán aceptado que el paso por la vida consagrada es soledad?

Y es que toda esta deriva sobre el liderazgo, a partir de la «agilidad en las sucesiones de Buckingham y en la vida religiosa» me ha hecho pensar en la tarea fundamental entre nosotros: Recuperar a las personas, a todas las personas. El liderazgo de la vida consagrada, que sea ágil, ­–tenga la edad que tenga–, es el que se inspira en el Padre que, día y noche, sueña y planea la vuelta del hijo que decidió apartarse, por eso, al amanecer, sale a la puerta y abre los brazos. No ve al hijo, pero tiene la esperanza de que el hijo lo vea y decida volver y así celebrar la fiesta verdadera de la comunidad.

He releído estos días un artículo de Joan Subirats de hace unos años, me parece muy sugerente algo que entresaqué del mismo sobre el liderazgo: «En junio del 2013, en plena revolución ciudadana en las calles de Sao Paulo, la prensa se acercó a una chica que parecía que dominaba el cotarro y tras entrevistarla sobre los motivos de la indignación que colapsó la ciudad, le preguntaron su nombre. Ella, orgullosamente, dijo: “apunten, mi nombre es Nadie”[1]». Y ciertamente, es un signo de este tiempo. El liderazgo del cambio necesita esa fuerza anónima del «nadie» porque hemos tenido demasiadas propuestas de «salvación» que han engordado a sus protagonistas debilitando la comunidad. Lo importante es que esté asumido y claro que nuestro nombre es nadie, aunque como bien apunta Subirats: «Podemos seguir reivindicando que somos Nadie, pero siempre que tengamos claro quiénes somos Nosotros[2]» y ahí sí que tenemos problema. Porque no está cuestionado el liderazgo, está cuestionada en sí la comunidad.



[1] Subirats, J. Nuevos y viejos liderazgos en El País (05.10.2014).

[2] Subirats, J. Nuevos y viejos liderazgos en El País (05.10.2014).

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LA VIDA CONSAGRADA DESAPARECE. POSVERDAD O MENTIRA

smartphone-1987212_1920Hay días  que te parecen los últimos. Hay noticias que te ponen en la antesala de un final que sucederá, sí o sí. Seguramente forma parte de la tan traída y llevada posverdad que a fuerza de su aparición en nuestras vidas se ha convertido en «tertuliana» de todas las reuniones. La posverdad puede hacer «verdad» cualquier mentira. Basta que emocionalmente cautive y el personal no esté dispuesto a contrastar. Por la red circulan infinidad de posverdades, tantas como autores. Lo mismo cabría decir de titulares de prensa, o máximas que encumbraron o derrotaron candidatos… Es un tiempo de posverdades por doquier.

Que la vida consagrada está viviendo una crisis de adecuación a este momento de la historia es verdad, pero que la vida consagrada esté abocada a su desaparición es una posverdad. A no pocos «defensores» de la Iglesia les encanta sumarse al carro de las posverdades. Llevan muchos años diciendo que la vida consagrada se acaba. Están un poco tensos porque se acaba su voz y la vida consagrada siguen en su itinerario hacia un porvenir de Dios. Son, gracias a Dios, «agoreros de calamidades» sin efecto ni suerte.

Hace poco me decía alguien, ciertamente entendido en estas artes, que la vida consagrada en occidente se acaba porque no hay novicios. Lo dijo con tal rotundidad que no gasté energía en contrastar que no era del todo cierto. Sobre todo, porque yo estoy dando clase a novicios y hay, existen, son y tienen derecho a que se sepa de su existencia. Seguramente mi interlocutor quería decir que los novicios que hay no serán suficientes para sostener, tal cual, la realidad de la vida consagrada que hoy conocemos. Eso es verdad. Que no haya, es una posverdad mayúscula.

Forma parte de la vida consagrada la debilidad, eso es verdad. No forma parte de su ADN la muerte o la desaparición. Eso es posverdad, ingenuidad u otra intención.

En un tiempo en el que el papa Francisco está impulsando una reconstrucción de la pertenencia eclesial desde la pluralidad y la complementariedad tenemos que ser muy limpios en las búsquedas de la verdad, permitiendo que nos diga cada quien quién es y que busca, no sea que digamos nosotros a cada uno quién es, qué debe hacer, convirtiendo las vidas y las relaciones en una suerte de posverdad en donde nada acabe de ser falso, pero nada llegue, tampoco, a ser del todo verdadero. La vida consagrada vive muchas situaciones parecidas. Ha conocido esperanzas y también sobresaltos en todas las congregaciones y órdenes. Creer que todas son lo mismo, sirven las mismas soluciones o, vista una vistas todas, amén de simple, es falso. Es una gran «posverdad» permitida o jaleada, pero irreal, ingenua e injusta. Porque la vida, donde se inserta la consagración, es y necesita ser plural, original, nueva y sorprendente. Es el lugar de Dios, que sí que es la verdad. Por eso, es verdad que desaparecerán algunas formas de vida consagrada, pero nunca desaparecerá la vida consagrada que es el modo más original, directo y claro que tiene Dios para manifestar su gratuidad en cada generación y cultura.

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LA VERDAD NO ESTÁ EN LOS TITULARES

UnknownHace unos días viví un encuentro especial. Un par de religiosos, él y ella, pasaron por la Revista por diferentes causas. En la conversación con cada uno de ellos pude oír esperanzas, retos e inquietudes. En los dos, descubrí vidas a pie de calle, comprometidos con la esperanza y la misericordia. Vidas ocultas que devuelven el recuerdo de que lo nuestro «es otra cosa».

Paramos el tiempo. Pudimos hablar y escucharnos. Los dos son personas formadas e informadas. Se sonreían abiertamente de los titulares de nuestros digitales empleados a fondo en «dar sensacionalismo a lo eclesial». También —me decían— algunos semanarios de la prensa escrita están derivando hacia esa ladera de manera poco disimulada.

Lo que más me llamó la atención de sus vidas es que viven en la misión y no en la crítica. No son ingenuos pero, a la vez, desprenden esa ingenuidad evangélica que atrae. Los dos están ocupados y, sin embargo, tienen tiempo para disfrutar y hablar de Dios.

Vinieron a buscar artículos de formación. Preocupados por entender la inmediatez del presente, saben que no se consigue sino con tiempo de reflexión, escucha y estudio. Mientras buscábamos lo que necesitaban fue cuando espontáneamente brotó la complicidad y comencé a escuchar.

«La vida religiosa necesita más debilidad para tomar decisiones más veraces». «Hemos confundido la misión, lo nuestro es estar entre la gente y no «representando» a la gente». «Una cosa es el olor a oveja de la sencillez y otra, muy diferente, convertir el titular en espectáculo». «Hay una distancia enorme entre la propuesta del Papa sobre la misericordia y los realitys que con la palabra hacemos». «Las imágenes de los misioneros de la misericordia en Roma con cámaras, fotos y mas fotos desacreditan un ministerio de transparencia de Dios». «La vida religiosa no necesita declaraciones institucionales, sino encarnación en la normalidad, que es lo que más nos cuesta». «El sensacionalismo es una manifestación de la fragmentación humana: consumir titulares para seguir viviendo igual». «La intercongregacionalidad real nace de la misión, no de las asambleas o congresos».

No lo he anotado todo, pero sí lo que más me impactó. Me dejaron una paz que seguramente no he sido capaz de poner en palabras. Ella en dos días viajaba a su sitio de misión, la frontera, la de verdad. Me pidió que no dijera cuál. Él a su tarea diaria en la cárcel. Según salían, ella se vuelve y sonriente me dice: «por cierto, nada tan grande como vivir en fe. Es la única seguridad que a mis 40 años tengo». Me quedo un poco desconcertado y al preguntarle me dice que hace poco, leyó en un semanario eclesial en una sección sobre la fe, una entrevista a una periodista famosa, que el titular era: «Me da pudor decir si soy mujer de fe». Nos reímos una vez más y concluimos que en los titulares no está la verdad. Es ese tono amarillo que también se cuela, de vez en cuando, en la información a la comunidad cristiana.

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LA VIDA CONSAGRADA ES CIRCULAR

portada--Mayo-16 No se crean que lo que parece fácil, lo es en verdad. Nada tan recurrente en escritos y palabras como la sencillez, y sinceridad para resultar, a la postre, rasgos bien escurridizos y, en ocasiones, ausentes.

Cuando hablamos de circularidad no estamos solo refiriéndonos a cierta disposición geométrica, que también. Estamos hablando de un estilo de vida en el cual, el centro está claro y la disposición de iguales también.

Está fuera de discusión –teórica, es cierto– que el centro es evidente. Es Jesús y solo él quien convoca, reúne y envía. Es su mirada quien nos convierte milagrosamente en hermanos, aúna voluntades y da rienda suelta a la anhelada sinergia. Es él y esa mirada de misericordia la que permite que la comunidad se levante, empiece de nuevo y se pregunte, cada día, cómo puede acrecentar una respuesta fiel ante un amor que verdaderamente siente.

Solo Cristo el Señor puede sanar un mal de nuestro tiempo que es la ideología convertida en trinchera. Solo él puede reconducir la vida en comunión cuando está distorsionada y sin poesía; con propiedad privada y, por tanto, es temida y reducida a pura funcionalidad.

Situarnos en torno al centro ya no es un discurso tan sencillo. No sabe uno si se trata de «duendes traviesos» los que no permiten que las buenas formulaciones de los textos empapen y guíen la vida, pero hay constatación de que por ahí andan. «Haberlos haylos».

Conforme pasan los días vamos constatando que las dificultades, como las soluciones, las aportamos cada uno. Los problemas para una auténtica circularidad comunitaria –local, provincial o general– existen y, desgraciadamente, no se solucionan con buenos deseos, asambleas o encuentros. Es una cuestión más profunda que tiene que ver con la identidad de las personas y de las estructuras.

De fondo, como en tantas otras cuestiones está el afecto, recibido y donado, integrado y herido que condiciona, para bien y para mal, la espiritualidad, la comunión y la misión. Algunas actitudes –«auténticos duendes»– nos invitan a apropiarnos de cargos, dineros, lugares o estilos; a medir la pertenencia por el afecto a «los míos» y el vacío a los otros; a mirar con hipermetropía y así confundir vida con estabilidad; misión con trabajo y rectitud con ideología.

Ya sé que más que duendes, son «malos espíritus». Prefiero una denominación más amable, para así lograr que se dejen amar, se encuentren –y se encuentren bien– en la circularidad de la comunión de todos más iguales, no tan diferentes.

De momento, seguimos a la espera, mirando la luz del resucitado que está en el centro. Hay que permitir que esa luz baje y llegue a todos y a todas las zonas oscuras, para que luzca la comunidad. Ésta no se logra ni con la suma de datos, ni con la recogida de pensamiento u opinión, sino con la adhesión afectiva. Una vez más, amor dado y recibido. Es muy cierto que dependiendo de cómo nos demos, así es la experiencia personal de integración. Pero no es menos cierto que las instituciones tienen que preguntarse, en sus líderes, qué amor están dando, con qué calidad y con qué pluralidad.

El religioso y la religiosa de nuestro tiempo, si no experimenta estar enamorado o enamorada, si no recibe amor en lo concreto, en su día a día y en sus luchas, no se le puede pedir emoción en lo que vive. Todo lo más, se puede lograr que funcione… y  ya es mucho. Pero muchos funcionando no construyen comunión. Como mucho una empresa. Y nadie normal se enamora de un ciclo de producción.

Cuando lo convertimos todo en trabajo, desaparece la circularidad, la igualdad y la comunión, suele manifestarse la soledad de «solteros y solteras» que ya no saben amar, aunque hablen de amor. Y eso es peor.

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HÉROES Y BANDOLEROS

HÉROESAndo, en este tiempo, en el remate de una tesis cuyo argumento fundamental es que la vida consagrada está avocada a una segunda reestructuración, eso sí, apoyada en el Espíritu. Además me atrevo a aventurar que la «solución de lo nuestro» no viene de «macro proyectos», sino de una reubicación de la comunidad local. El descubrimiento no es grande, es verdad, pero para mi definitivo y sin atenuantes.

Ya hace mucho que sabemos que no solemos tener problema con los postulados mayores. Nuestras declaraciones en pro de la solidaridad y humanidad; palabras como «apertura» y «pluralidad» circulan cómodas por los documentos, pero cojean a la hora de determinar la honestidad, generosidad y verdad como estilo de ser. Somos hijos de esta era y parece que no nos cuesta tanto asumir la declaración de los derechos humanos, como repartir una sonrisa concreta y sensible con el que vive a nuestro lado. No se si en algún momento de la historia bastaba con la constatación; en éste, ciertamente no y, de ahí, que desde este observador privilegiado que es nuestra Revista, no pueda quedarse uno tranquilo en la serena conclusión de que las cosas son así y así seguirán.

No es tan sencillo describir y proponer conclusiones que además den vida. Las cosas no son blancas o negras; buenas o malas. Los estilos son en sí ambiguos y cargados de matices. Tantos como personas o historias en las personas. Lejos de un relativismo, nos acercamos, más bien, a un perspectivismo con su posibilidad y dificultad. Y es que dependiendo de dónde te sitúes el horizonte se presenta abierto o despejado; o bien nublado y denso. Hay vidas tan cargadas y con conflictos internos tan intensos y tan explícitos que no es que se empeñen en ver la dificultad, es que solo experimentan dolor.

Entre mis descubrimientos más queridos, en largas horas de estudio y escucha de la vida religiosa, está aquello que lleva siglos descubierto: casi nada es lo que parece. Y cuando parece, no siempre es. Y asombrado o asombrada te dirás, ¡menudo descubrimiento! No te falta razón. Pero permitirás que en mi ingenuidad me entretenga en algo que seguro tu, ya tienes muy solucionado.

El problema de la vida religiosa no reside en los criterios o ideas guía, sino en la encarnación de los mismos en este presente. La forma de organizarnos puede adquirir tantos estilos como el marketing consiga importar. El fondo, o contiene donación total, interdependencia total, libertad en la misión y fe, o sencillamente no es. Tenemos la sospecha de que cierto malestar en la vida religiosa de nuestro tiempo no procede tanto de lo difíciles que son los patrones vitales que nos imponemos o la rigidez de nuestras estructuras, cuanto de la insatisfacción de la propia vida cuando no está sirviendo a una causa grande, profética y libre. Cuando la persona sabe que lo que vive es tibio, no es malo pero, en absoluto, resonante.

He descubierto que me duele la vida religiosa. Me duele porque es mi vida. Pero también he podido comprobar que no es unívoca esta experiencia. Suelo provocar a un hermano hablándole de su «piel de paquidermo» para describir que, casi nada, lo inquieta o conmueve. Supongo que la procesión va por dentro. Pero también he constatado en la tesis —solo hace falta la tesis de la vida para ello— que con los supuestos no se argumenta la comunidad y si lo hace, nace algo equívoco y vacío. Por eso me he preguntado a lo largo de muchas páginas qué mueve y conmueve a la vida religiosa de nuestro tiempo; qué fuerza tienen las palabras; qué significa vitalmente, en cada uno y en cada una, los procesos de reforma, renovación, reestructuración o revitalización… que, sin ser lo mismo, en esta suerte de control gnoseológico del lenguaje, los hemos unificado y hasta domesticado. Me he preguntado por qué algunas cuestiones muy coyunturales, que hemos decidido nosotros y no Dios, mueven tantas pasiones… Léase provincias, gobiernos, decisiones, documentos programáticos, «dafos» o cargos… y he llegado a la misma conclusión que antes les anunciaba. No tenemos problema en las grandes cuestiones, pero sí en las más pequeñas.

Si alguien repara excesivamente en lo pequeño y concreto es meticuloso; si no repara es disperso y bohemio; si alguien vive al detalle es detallista y si lo lleva al extremo es escrupuloso; si alguien se fija únicamente en los grandes ideales sin saber poner una lavadora es un idealista y convierte la vida de comunión, con su infinidad de minutos prácticos, en un dolor… La dificultad no la encontramos a la hora de la definición, pero sí a la hora de la integración. Cabe incluso la tentación de querer enmendar la plana al mismo Dios porque pudiendo llamar a personas bien complementarias y completas, ha llamado a incompletos que viven el conflicto cada vez que sueñan la complementariedad.

Sufre el que sostiene unos horarios y unas prácticas comunitarias porque es consciente de que el engranaje puede acabar con el misterio y la belleza de la comunión. Sufre además cuando hay hermanos y hermanas que con su vivir están diciendo que esas prácticas no son para ellos. Sufren aquellos que participan a medias o no participan porque, aunque no les dice nada lo que dejan, sienten que están a otro ritmo, otro gas y otro amor. Es preocupante la distancia que experimentamos por ejemplo entre el amor descrito como contenido de la vida religiosa y el amor vivido como protagonista de la misma.

Se han relajado y disminuido los círculos de compartir la experiencia de fe, los echamos de menos, pero cuando se nos proponen no los vemos para nosotros porque los consideramos artificiales, poco concretos y sin vida.

Resulta muy doloroso y hasta hiriente cuando percibimos la acepción de personas, porque no nos vemos tratados con el mismo cariño, confianza o respeto que otros se tratan. No nos duele, cuando somos nosotros quienes creamos praderas cómodas para los nuestros y montañas de sospecha para los otros.

Nos resulta dolorosa la fragmentación y hasta el enfrentamiento. En momentos de consciencia sabemos que es lo que dificulta la misión y la vocación. No sabemos solucionar un círculo vicioso para el que preferimos sea el tiempo quien lo solucione. Eso sí, íntimamente, sabemos que no se va a solucionar.

La infinidad de constataciones de dificultad sobre nuestros estilos de vida superpuestos, nos hace caer en la cuenta que el problema no está en el guión sino en los matices que cada uno introducimos al interpretarlo. Nos consolamos diciendo que somos así; es nuestra época y hay que aceptarlo.

En esas ideas de luz que la tesis me va ofreciendo, veo palpable que nos sobra ropaje. Muchas palabras y bien articuladas que den la impresión de que todo es acogido y, por tanto redimido, no consiguen, sin embargo, implicarnos a todos. Son tiempos de exhaustividad en los que sabemos decirnos todo, de maneras diversas, para que nadie se sienta dolido y todos se vean reflejados. Todavía tenemos corazón provinciano y cuando vemos nuestro nombre escrito, nuestra obra señalada o nuestro «logro», por mínimo que sea, subrayado, se nos pone el corazón contento, olvidando otros vacíos. Sin embargo es una alegría efímera que no llena ningún vacío interior. Hay una segunda cuestión que es la de la información. Cuanto más densa y fiel sea. Cuanto más se prodigue y se multiplique, tenemos también la vana sensación de que la integración se logra. Sin embargo, no solo no es así, sino que conduce a una soledad mayor. Siempre ha habido personas que no se conforman con leer el periódico, lo estudian… y desgraciadamente, no abren un milímetro la capacidad para comprender o ver de otra manera, sino desde la que traían antes de ojearon el titular de la primera página.

Exhaustividad e información por ser amplias y plurales, no mueven adhesión alguna. La clave está en la emoción. La vida religiosa necesita emoción que brota de la vida compartida, el proceso recreado y la fe explícita. Esa emoción será la que haga nacer para este tiempo la vida religiosa que el Espíritu necesita. No son muchos los que han percibido la llamada, pero son varios. Tienen edades diferentes. Conocen la vorágine de la acción denominada misión, siguen creyendo en las personas a pesar de desconciertos y decepciones. Son aquellos y aquellas que cada mañana le dicen a un Jesús, que sigue a la espera: «seguro que hoy es un día diferente». Son los que todavía creen en la oración como fuente de vida y en la vida como fuente de oración. Se emocionan y cantan, escuchan con atención. Tienen tiempo para todo y para todos, no viven a lomos del estrés en una carrera sin destino. Son gente con visión porque no se quedan en los nudos de la cuerda, sino donde ésta puede llegar para atraer a más… Hay religiosos y religiosas que viven intensamente este tiempo y lo leen como tiempo de oportunidad y salvación. Siguen desgranando salmos, pero gozan cuando hay intervenciones en primera persona, cuando abren el corazón y oyen que hermanas y hermanos también lo hacen. Creen en la comunidad, por supuesto, pero no se fijan en la organización sino en la persona. Saben que horarios y ritmos son bien efímeros y solo sirven para que la persona madure y busque su tiempo para la vida: Dios, los demás y uno mismo. Viven apasionados por la misión. Se emocionan cuando oyen, presencian y colaboran con decisiones, que naciendo de la fe, cambian la vida de quien llora, padece o está solo. Han descubierto que la seguridad de la misión no está en plataformas y redes, en coordinadoras o secretariados, sino en un Dios que se mueve en el desconcierto, la incertidumbre, la fragilidad y la libertad.

Viven en las estructuras actuales de sus congregaciones y órdenes. Son responsables y sacan adelante el servicio encomendado, pero su sueño es otro. No tiene ni cadenas, ni ritmos, ni historia, ni inercias que les obligue a seguir haciendo así, lo que lleva años haciéndose. Saben bien que lo que se les ha ofrecido es un papel en blanco para escribir amor y gratuidad con rasgos que la gente de este tiempo entienda.

Son los que, poco a poco, van entendiendo los dones carismáticos de la vida religiosa como aquellos que te impulsan a la presencia no formal ni funcionarial; a la palabra profética alternativa y hasta subversiva. Son consciente de ser dones — es su única protección— con presencia en la presencia en la calle, en la interacción con la vida de tantos contemporáneos que no leerán otra palabra de Dios, que las vidas de hombres y mujeres urgidos por un reino —signo preclaro de la utopía — que tensiona, constantemente este, nuestro mundo-mercado.

Son hombres y mujeres de lo pequeño. De los minutos cuidados y las conversaciones desde lo profundo y para lo profundo de la vida. Son adultos —casi niños— que siguen creyendo que lo bueno no se compra y creen en un mundo que no se mueve por el dinero o la fama. Son así el modo práctico que usa Dios para decirle a esta sociedad que se puede ser feliz sin tener… ¡Toda una osadía!

Estos hombres y mujeres, religiosos, son, ante todo personas. Abiertas al amor, capaces de amar. Los sufrimientos que comporta la vida no están centrados en sí mismos, sino en la impotencia cuando otros, que quieren, lo pasan mal. Saben que hablar de castidad es pronunciar palabras mayores que superan a la persona. Cada día, como niños, aunque bien mayores, le dicen a Jesús que quieren seguir aprendiendo a amar de verdad, —no en texto—, para tener bien lleno el corazón, porque sino no hay consagración. Son de los que saben que la raíz de esta forma de seguimiento —creo que de todas— es el enamoramiento. De otra manera hay cumplidores, organizados y organizadas, adultos jueces… pero muy poca vida y menos vida para dar. Y la vida religiosa no encuentra mejor definición que vida para regalar, en abundancia y en nombre de Dios. Aquellos que esclavizan su propia alegría ahorrándola, deben saber que se pierden la mejor parte de esto nuestro. Una vida regalada es una vida feliz y auténticamente virgen, porque entregada totalmente, no piensa en sí.

Hace algunos años, un buen profesor, utilizaba con sus alumnos, entre los que me encontraba, el término «bandolero» como adjetivo. Lo decía cada vez que veía que no estábamos donde teníamos que estar, o utilizábamos mal el idioma o nos saltábamos el trabajo que se nos había encomendado. Nos hacía tanta gracia que, entre nosotros, también, de vez en cuando, nos llamábamos bandoleros. Quizá se sumaba que en aquel tiempo las pocas series que un adolescente podía ver en la pobre televisión del momento, tenía especial fuerza una sobre bandoleros.

Lo cierto es que esto nuestro tiene mucho de héroes y de bandoleros. Con el debido respeto a cada vida hay mucho de héroe y, me temo, alguna aventura de bandolero. Y casi hasta me alegro. Me ha ayudado mucho a ayudarme y ayudar; a comprenderme y a comprender… y, sobre todo, a creer en el milagro de Dios porque su encarnación en la vida religiosa y en cada persona es tan real como la vida misma. Como me decía un religioso mayor, la presencia de Dios «es tan real como este dolor de huesos…».

Sí, también forma parte de mi descubrimiento académico que hay algo de bandolero y bandolera en aquel y aquella que jaleamos la misericordia como ley de vida. A veces estamos tentados de apropiarnos aquello que solo necesita nuestro aliento. O queremos hacer una justicia que se acomode a nuestro corazón más que al corazón de Dios… A veces, con nuestra buena intención, asaltamos, desconfiamos o ignoramos a quien nos parece no comparte lo mismo que nosotros. A veces, incluso, reducimos la pertenencia a la vida religiosa a caminar en la noche y en manada, para dar miedo y quitarnos el miedo. Reduciendo así nuestra vida religiosa a unos pocos, escogidos y compañeros de fechorías en la clandestinidad, donde circula poco aire porque respiran solo los mismos. A veces, hemos podido ser un poco bandoleros.

Hay, sin embargo, una parte del bandolero que le recuerda que es héroe. Reparte, piensa en los pobres, le duele la injusticia… A veces, aquellos bandoleros de la serie de televisión sólo necesitaban, andar en la luz, asearse y cantar el magníficat… porque sus gestas eran heroicas, aunque clandestinas y un pelín pasadas en la justicia «tomada por su mano».

Por eso he titulado este artículo así. En cada vida hay heroísmo… mucho. Y también alguna gesta de bandolero que hay que saber mirar con amor. Y además, —prometo que es el último descubrimiento— me atrevo a sospechar, porque he podido comprobarlo, que hay muchos religiosos, ellos y ellas, que dejan las actividades furtivas, cuando encuentran espacio de amor en sus congregaciones. Es el momento de aprovechar lo mejor de cada uno, de suprimir los cánones de uniformidad, de acoger, respetar y dar juego. No puede la Iglesia, ni cada congregación, seguir en un discurso comprensivo de un nosotros, si en verdad, no se comprende a cada uno.

Los que nos dedicamos a escribir y proponer, caemos, con frecuencia, en un voluntarismo integrador que es estéril. En el fondo, hablamos de «nosotros» o «de todos», pero tiene un trasfondo de singularidad porque queremos seguir los mismos en lo mismo. Ha tomado cuerpo en nuestra era que para saber qué piensa cada uno, no queda otro camino sino el acercamiento a cada uno, y esto no es fácil.

Más que preguntarnos dónde o de qué manera, la urgencia de este tiempo es sanar, serenar y emocionar a quienes tienen que significar la redención de todos. Es doloroso, pero la vida religiosa no se ha hecho heridas en las duras veredas de la calle, ni en las sombras de la noche solamente, las más dolorosas y sangrantes, se las ha hecho en sus casas, en lo que venimos llamando vida comunitaria. Y eso hay que solucionarlo porque algo que hiere no es vida y, mucho menos, anuncio de comunión.

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FACEBOOK HABLA DE AMIGOS Y LA TV DE MONJAS

relaciones 1En las redes me encuentro que una persona, con más de tres mil amigos virtuales, no tiene quien lo entierre. Además, una religiosa joven, a quien conozco poco, pero admiro más, me habla de su indignación por el trato reality en TV, de algo tan sagrado y poco televisivo como la vocación a la vida religiosa.
Y sin querer, —queriendo—, las dos noticias se asociaron y me crearon malestar. Me hice, de momento, preguntas. Muchas y de difícil resolución.
¿Será todo tan superficial? ¿Estaremos las personas de este tiempo saciadas de profundidad? Prometo que no son argumentos, para ahora esbozar un intento de respuesta. Sencillamente no la tengo.
Aparece muerto con más de 3500 amigos en el Facebook… Nadie se hace cargo y el juzgado pide al ayuntamiento de su localidad que se le de sepultura. Es un titular desconcertante. Nos habla de la soledad de nuestro tiempo. De las vidas superpuestas que no se encuentran. De la verdad de nuestros «me gusta» o no me gusta. De nuestras peticiones de amistad y aceptación de la misma. De un mundo de redes o enredado que valora lo que se cuenta, que vive de la imagen. Nos habla de soledades aparentemente habitadas, de relaciones epidérmicas e, incluso, de vacío o vaciedad de las relaciones duraderas. Personas arrojadas a la vida, convivencias superficiales y funcionales. Nos habla de desconcierto, soledad y enfermedad social. Alguien, en nuestros días, en el seno de una ciudad, bien conectado, con más de «tres mil amigos» en las redes, muere solo sin que nadie se haga eco de su ausencia, ni cargo de su entierro.
La otra noticia, la del reality sobre la vocación religiosa femenina, no es menos desconcertante. Algunos deberían recordar que con determinadas cuestiones ni todo vale, ni es lo mismo. El contraste de una llamada al servicio del reino no encuentra sitio en los guiones de TV, ni en sus cámaras, ni en los diálogos ficticios ni, por supuesto, en jalear términos que ya no son de la vida religiosa del siglo XXI. Estoy seguro que la intención no es mala, pero si ingenua. Convertir la vocación en espectáculo es un dislate y una osadía de ésta, ya decadente, posmodernidad.
Las dos noticias tienen algo en común. No todo es vida, aunque se le parezca. La vida es otra cosa. Mucho más que lo que contamos y más intensa de lo que se ve. Ambas noticias pertenecen a esta sociedad del espectáculo y del cansancio, a la necesidad de salir o creer que algo existe porque se cuenta. Ambas producen tristeza porque se puede estar absolutamente solo, aunque 3500 personas reparen en tu perfil, o porque conviertas tu seguimiento de Cristo en una fuerza irrefrenable que te obliga a dejar el móvil o apagar el cigarrillo. Parece que vivir con profundidad exige un guión distinto a la web, la pasarela o el show mediático.

 

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