Un invierno transido de una llamarada de alegría

AÑO 2008

 

Me llamaron las voluntarias de Cáritas: _Padre, aquí ha venido un chico y no sabemos qué hacer con él. Está sin habla, aterrorizado.

Me acerqué, me dijeron su nombre, un nombre extraño que no consigo recordar. Era un hombre joven. La piel, negro azabache. No hablaba, pero en su rostro llevaba escrita una historia de lágrimas, de angustia, como si viviese dentro de una terrible pesadilla… como si aquellos ojos hubiesen visto de cerca el mal, tan de cerca que el hombre se halló devuelto violentamente al niño que hace tiempo había dejado de ser. El sufrimiento había dejado en aquel hombre la vulnerabilidad de la infancia.

Lo habían encontrado congelado: el invierno no entiende de misericordia. Lo habían recogido y ayudado, pero aquel hombre, más incluso que de una ayuda, me pareció necesitado de una madre.

* * *

La celebración eucarística se abre hoy con una invitación apremiante: “Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito: estad alegres. El Señor está cerca”.

La alegría es un sentimiento que se lleva dentro, y cuando decimos «dentro», decimos «en el corazón», «en el alma», en lo más íntimo de nosotros mismos. Pero donde la alegría se deja ver es en el rostro, espejo del alma y ventana por la que asoma el corazón.

En este domingo, los hijos de la Iglesia somos invitados a vivir anticipada la alegría propia de la Navidad, y la razón única por la que ese gozo se anticipa es que “el Señor está cerca”: Está cerca la celebración anual de su venida. Está cerca el Señor por su venida a nosotros “en espíritu y en poder” cada día de nuestra vida. Está cerca el Señor en su palabra, en su cuerpo repartido, en su cuerpo eclesial.

* * *

Infierno o cielo, terror o alegría, el mal o el bien, cada uno de nosotros lleva marcada en el rostro la huella de lo que ha vivido “de cerca”.

Mi hermano de color negro azabache había visto la muerte, uniformada de violencia, cruel y fría más que el invierno. Mi hermano de color negro azabache llevaba en el rostro huellas nítidas del infierno al que se había asomado. Y es que el infierno toma cuerpo y se revela sin que hayamos de encender una luz para verlo o de abrir los ojos para percibirlo. Es más fácil describir el infierno que el cielo; será porque también es más fácil verlo de cerca.

A nosotros, sin embargo, el apóstol nos invita y con insistencia a “estar siempre alegres”, invitación oportuna y necesaria, pues los creyentes, que experimentamos en carne viva el infierno, sólo podremos conocer la cercanía del Señor, razón y fuente de nuestra alegría, si ilumina nuestros ojos la luz de la fe.

Al decirnos: “el Señor está cerca”, el apóstol busca encender en nuestro espíritu esa luz poderosa que permite ver, saber y proclamar: La salvación está cerca, la gracia está cerca, el perdón está cerca, la reconciliación está cerca, la paz está cerca. Que es como decir: Tenemos amparo, tenemos cobijo, tenemos regazo acogedor, tenemos madre, tenemos Dios.

Y llevamos su huella en la mirada: “¡Estad alegres!

 

AÑO 2017

 

El viento ha soplado con fuerza durante toda la noche. Lo acompañaba la lluvia, tan deseada desde hace mucho tiempo. Y con el viento y la lluvia ha llegado también el frío.

Viento, lluvia y frío sobre la noche de la ciudad.

Viento, lluvia y frío sobre el bosque de Beliones, sobre la vida de los pobres a los que una legalidad inicua priva de derechos.

En el silencio de la mañana, el corazón se desahogaba ante el Señor: “No sé qué pedir; no sé qué nos puedes ofrecer, Dios mío, aun siendo Dios; no sé qué milagro sirve hoy para que los oprimidos tengan un respiro”.

Ahora, al acercarme a la liturgia de la eucaristía dominical, me encuentro, Señor, con que todo en ella habla de ti, habla de nosotros y habla de alegría: “Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres”; “desbordo de gozo con el Señor y me alegro con mi Dios”; “se alegra mi espíritu en Dios mi salvador”; “estad siempre alegres”.

Misterio asombroso es éste: que el invierno, sin consumirse –sin dejar de ser invierno, esa eternidad de nueve años para miles de hombres, mujeres y niños, piel negro azabache-, ese invierno se nos muestra transido siempre de una llamarada de alegría.

Descálzate, Iglesia en Adviento, pues el sitio que pisas es terreno sagrado.

Tú sabes que la alegría se llama Jesús de Nazaret: A donde él llega, los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, los pobres son evangelizados. Con él llegó a la vida de tus hijos la paz, la esperanza, la justificación, la bienaventuranza. Con él se acercó a ti, a tu invierno, un Dios con entrañas de madre, con brazos de padre, una llamarada que, por ser de amor, es de eterna alegría.

Y sabes también que has de compartir lo que has recibido: Has sido evangelizada para evangelizar. Has sido llenada de alegría para alegrar.

* * *

Desde aquella mañana en el despacho de Cáritas a la Eucaristía de este domingo han pasado nueve años.

Espero que aquel hermano entonces enmudecido, y cuantos como él han experimentado el invierno y han visto de cerca el infierno, hayan encontrado en vosotros, Iglesia amada del Señor, el rostro amable de Cristo, el regazo entrañable de una madre, la ternura del corazón de Dios.

Os lo repito: ¡Estad alegres!

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La locura de creer

A los fieles de la Iglesia de Tánger: PAZ Y BIEN.

Podría haber dirigido esta carta a los “insensatos”, a los “locos”, a los “soñadores” de esta Iglesia que peregrina en Tánger, pero continúo haciéndolo a los “fieles”, pues dentro de esa palabra, que a todos nos designa de manera innocua, se encierran esas otras que parecen ofensivas, pero que nos designan con verdad desde la fe que profesamos.

Si os digo que nos disponemos a celebrar la Navidad, no salgo del terreno de lo innocuo. Pero si digo que me dispongo a recordar, porque ésa es mi fe, que Dios se ha hecho hermano de todos, que Dios ha nacido hombre, que Dios se ha puesto al servicio del hombre, que Dios abrazó la pobreza del hombre, que Dios se enfrentó con toda su fuerza al mal del hombre, que Dios experimentó la angustia del hombre, que Dios subió a la patera del hombre, que Dios cruzó las fronteras del hombre, que Dios bajó hasta la muerte del hombre, entonces salgo de lo innocuo hacia lo insensato, hacia la locura, hacia lo que en nosotros ni siquiera llegaría a ser un sueño –pues no podemos soñar a lo divino-, pero que en Dios es un proyecto eterno, una decisión irrevocable y, por eso mismo, ese proyecto, esa decisión, es para nosotros una historia de salvación.

 

El escándalo de la Navidad:

Aunque el mundo parece haberlo olvidado, nosotros celebramos –recordamos-, que no hay Navidad sin el hombre: El Hijo de Dios se hizo hijo del hombre para salvar al hombre.

La Navidad, misterio de la Palabra hecha carne que habitó entre nosotros, es revelación asombrosa de la dignidad humana, de lo que cada hijo de esta humanidad, nacido o por nacer, fuerte o débil, sano o enfermo, justo o pecador, hombre o mujer, niño o anciano, es para Dios.

La Navidad es memoria verdadera de una alegría reservada a la fe de los sencillos, es presencia real de la paz que viene del cielo para los amados de Dios, es sacramento de la salvación con que Dios nos visita, de la luz con que Dios nos ilumina, de la gloria con que Dios nos enaltece.

La Navidad nos recuerda que somos hijos y que, como hijos, somos amados: Somos la niña de los ojos de Dios.

Esta locura, creída, nos saca de los caminos trillados por la sensatez del mundo y nos entrega a la sabiduría del evangelio

El mundo tiene sus reglas, que no son las del reino de Dios. El mundo tiene sus certezas, y no son las del evangelio.

Los poderes del mundo levantan barreras que impiden a los pobres el ejercicio de su libertad, las reglas del mundo condenan a muerte a los pobres, las certezas del mundo certifican que acoger a los pobres no es económico ni razonable ni aceptable.

Los sabios y entendidos del mundo, con sus reglas y certezas, para discernir el bien y el mal, no preguntan a los hombres sino a los números, porque los resultados merecen más consideración que los desvalidos, los réditos son más importantes que los pobres, en la balanza de las opciones los beneficios pesan más que los hambrientos.

Y a Dios, además de nacer hombre, que ya es perder categoría y bajar hasta el abismo, se le ocurre nacer pobre y desvalido, negocio desastroso, intercambio asombroso. En su locura, Dios ha querido nacer perseguido y emigrante, evidencia de que importantes para él no son los beneficios, los réditos, las cuentas: Importante para Dios es el hombre.

 

El desafío de creer:

Hace diez años que llegué a esta Iglesia, y me pareció bellísima porque la vi humilde, pequeña y de los pobres.

Vosotros, “insensatos”, “locos”, “soñadores”, me habéis enseñado el camino real del evangelio. Más que predicar, sois vosotros mismos la predicación, pues, como Jesús, sois buena noticia para los pobres: pan para el hambriento, consuelo para el triste, casa para el desvalido, palabra para el sordomudo, libertad para el oprimido, esperanza para los abandonados, abrazo para los expertos de soledad.

Vosotros, “insensatos”, “locos”, “soñadores”, habéis aceptado con valentía el desafío de creer que Dios se hizo pobre, que Dios nació pobre para los pobres: habéis creído y os ayudáis mutuamente a mantener viva la fe.

Vuestra vida es un escándalo para el mundo: Es la negación de sus cuentas, de sus negocios, de sus valores, de sus principios. Os habéis dejado arrastrar por el efecto llamada de la pobreza y ejercéis un suave y consolador efecto llamada sobre los pobres.

No creo equivocarme si digo que tarea urgente, improrrogable, para los discípulos de Jesús, para los testigos de la Navidad, es la de mostrar a cuantos viven sometidos a la esclavitud del mundo, la evidencia de que el mundo de Jesús –un mundo de hermanos, pobre y solidario- es el único deseable, el único verdadero, el único humano, el único por el que merece la pena luchar y entregar la vida.

No os apartéis jamás del escándalo de la Navidad, el escándalo de hacernos pobres con Cristo para enriquecer a los demás.

 

«Consolad a mi pueblo»:

Queridos: El Señor nos ha concedido la gracia de ser, en Jesús y como Jesús, evangelio para los pobres. Ellos –los minusvalorados, los minusválidos, los oprimidos, los marginados, los excluidos-, ellos son los destinatarios de nuestra vida.

A muchos los conocéis ya de cerca, pero os sabéis enviados a todos.

En los oídos de vuestra fe resuena la palabra del profeta: “Consolad, consolad a mi pueblo –dice vuestro Dios-; hablad al corazón de Jerusalén”.

Vosotros estáis llamados a ser rostro de Dios, sacramentos de su bondad, evidencias de su amor, para el pueblo de los necesitados de amor, de bondad, de Dios.

Amadlos tanto que, sin miedo a equivocarnos, también a ellos, sobre todo ellos, podamos decirles cuando los encontremos: ¡Feliz Navidad!

 

Por mi parte, queridos, os bendigo cuanto sé y puedo.

¡Feliz Navidad!

 

 

Tánger, 10 de diciembre de 2017.

II Domingo de Adviento

 

 

 

+ Fr. Santiago Agrelo

Arzobispo de Tánger

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ESTAD EN VELA:

“Estad en vela”: Lo va diciendo la misericordia a los que caminan oprimidos por el peso de la miseria.  Lo dice la gracia, porque salgan a su encuentro los pecadores.

“Estad en vela”: Te lo dice la salvación que llama a la puerta, y han de velar para abrirle los oprimidos.

“Estad en vela”: Porque el reino de Dios está tan cerca que se ha hecho evangelio y se anuncia a los pobres para que entren en él. Se anuncia ya el Sol que nace de lo alto, y, si él está cerca, han de estar alerta los ciegos porque llega la Luz que quiere iluminarlos.

Velen los hijos de la Iglesia, pues en medio de ellos está la palabra del Señor y busca el corazón de cada uno para hacer morada en él.

En medio de nosotros está el Señor resucitado: que esté en vela la fe para reconocerlo, para escucharlo, para unirnos a su canto eterno, para comulgar con él, para vivir con él…

“Estad en vela”: porque llega el amor que os abraza, llega la paz con que Dios os bendice, llega la alegría con que Dios os regala, llega la vida con que Dios os eterniza.

“Estad en vela”: porque llega Jesús, porque llega el Rey, porque llegan los pobres en los que el Rey nos visita.

“Estad en vela”: Es domingo. Es el día del Rey y de los pobres.

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EL REY

Con razón lo llamas “Rey del universo”, pues lo es. Pero no te engañes a ti mismo haciendo de tu Rey un trasunto perfeccionado de los reyes del mundo.

Tu rey –tu Dios- es tu pastor: A donde tú vas, él va contigo. Si te pierdes –porque en nuestra libertad está perdernos-, no dejará de buscarte, seguirá tu rastro, te recogerá si te has descarriado, te vendará si te encuentra herida…

Tu rey –tu Dios- es tu pastor: Con él, nada te falta; te conduce hacia fuentes tranquilas y repara tus fuerzas.

Así, buscándote, recogiéndote, vendando tus heridas, así reinará el que tiene que reinar hasta que Dios haga de sus enemigos estrado de sus pies.

Y si yo, oveja perdida, descarriada, me pregunto cuándo me encontrará mi Pastor, cuándo podré honrar con mi amor a mi Rey, él mismo me dice: hónrame en los pobres, acúdeme en su necesidad, visítame y abrázame en su soledad.

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Ayer, treinta emigrantes perecieron ahogados en el Mar Mediterráneo.

Hace dos días, más de 300 personas murieron asesinadas mientras oraban en una mezquita.

Hoy no sé cuántos son los que van a morir de hambre.

Tampoco puedo contar los que hoy van a ser explotados, vejados, esclavizados, violados, maltratados, humillados, asesinados…

Sólo quiero recordar, por si todavía queda alguien que no lo sepa, que esas víctimas son El Rey, son El Señor, son el que nos ha de juzgar “cuando venga en su gloria el Hijo del hombre”.

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Feliz encuentro con Cristo:

Los discípulos de Jesús vivimos en el santo temor de Dios, no por miedo del que ha de ser nuestro juez, sino por confianza humilde en el que nos ama.

Tú, Iglesia esposa de Cristo, sabes que, en Cristo, todo se te ha dado porque has sido amada como él es amado.

Te lo recuerda Juan de la Cruz: No le quedan a Dios otras palabras que decirte, no le queden otros dones que hacerte, no le quedan otros mensajeros que enviarte, pues todo te lo ha dicho y dado cuando llevado de la desmesura de su amor envió a su Unigénito para que, creyendo en él, tuvieses vida eterna.

Y porque todo lo has recibido y de nada más eres capaz, ya puedes, olvidada de ti misma, ocuparte de tu Esposo y de sus pobres.

Dichosa tú que, confiada, no por avaricia sino por amor, negocias con los talentos que has recibido.

Dichosa tú que, a los pies del Maestro, escuchas confiada y atenta la palabra del que te ama.

Dichosa tú que, confiada, porque lo amas, en la eucaristía recibes con ternura y agradecimiento de esposa el cuerpo de tu Señor.

Dichosa tú que, confiada, en tu vida te haces una con los pobres en los que tu Señor llama a tu puerta.

Dichosa tú que, confiada, con la certeza que te da la esperanza, ya hoy entras en el gozo de tu Señor, un gozo místicamente anticipado en los sacramentos que celebras.

Feliz Eucaristía, Iglesia amada de Cristo. En la comunidad eclesial y en los pobres, feliz encuentro con tu Señor.

Feliz domingo para todos tus hijos.

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Resecos de ausencia:

Fíjate en los verbos de esta relación: Buscar, desear, madrugar, estar en vela, estar preparados.

Son los verbos de la fe.

No me digas que crees si no buscas, si no deseas, si no madrugas, si no estás con todos los sentidos despiertos por si llega el amor, el que te ama, aquel a quien amas.

Pero de qué estamos hablando, qué es lo que he de buscar, quién está al otro lado de esta relación.

El primer nombre que hoy se le da es el de «Sabiduría», y te la presentan “radiante e inmarcesible”.

Luego, con el Salmista, a ese Otro que se te adentra en el cuerpo como la sed, le das el nombre de Dios. No es un nombre de creencia sino de ausencia y presencia: “Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, mi alma está sedienta de ti, mi carne tiene ansia de ti”.

A su vez, el evangelio te deja entrever que aquel a quien esperas como se espera la dicha, es “el Esposo”, es Cristo Jesús, es la Sabiduría que viene de Dios, es la imagen visible de Dios invisible.

Y tú, Iglesia cuerpo de Cristo, Iglesia esposa de Cristo, Iglesia embellecida por Cristo, madrugas para abrir a tu amado, lo buscas y no lo encuentras, lo llamas y no responde, y, enferma de amor, te mantendrás en vela para acechar el rumor de sus pasos.

Me pregunto si el Dios de mi fe es ese Dios ansiado, añorado, deseado, que al creyente lo deja reseco de ausencia y se le vuelve en el alma memoria persistente como la sed. Me pregunto si ansiar, añorar, desear, recordar, es mi modo de creer en Dios.

Mientras llega la hora de perdernos en Cristo, con el mismo amor habremos de abrazarlo en los sacramentos de su presencia: la creación, la humanidad, los hermanos de fe, los pobres, la palabra inspirada, la eucaristía celebrada y comulgada.

De la última venida no conocemos ni el día ni la hora. Pero no nos sorprenderá esa venida, si cada día estamos en vela para abrazar al Señor en sus sacramentos.

“¡Llega el Esposo, salid a recibirlo!”

Feliz domingo.

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“Guarda mi alma en la paz, junto a ti, Señor”.

La voz de Dios es un clamor contra los que pisotean el derecho de los pequeños. En el día del primer fratricidio, el Señor preguntó a Caín: “¿Dónde está tu hermano?”. Ahora nos pregunta a nosotros: “¿No tenemos todos un solo padre? ¿Por qué, entonces, el hombre despoja a su prójimo y profana la alianza?”

Despojar de su derecho a los pequeños es olvidar lo que son para Dios y qué son para nosotros, es profanar el vínculo de sangre que a todos nos hace familia de Dios. Uno solo es el Padre de todos, un Padre celoso del bien de sus hijos, un Padre que en el corazón de cada uno ha puesto el amor que necesitamos para abrazar a los demás, para mirar por ellos, para cuidar de ellos.

Quien despoja de su derecho a los pequeños, en ellos hace injusticia a Cristo, ignora a Cristo, desprecia a Cristo, desnuda a Cristo, crucifica a Cristo, y, al mismo tiempo, ignora, desprecia y rechaza el Reino que, desde el principio del mundo, Dios ha preparado para los que aman a los pobres, para los que cuidan de Cristo en los pobres.

Tal vez el secreto de la dicha, esté en hacerse pequeño para servir a los pequeños. Tal vez todo consista en que nos hagamos siervos de todos. Tal vez para la dicha no haya otro camino que el de Cristo Jesús, que “siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza”: “Él, que era de condición divina, se despojó de sí mismo, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte y una muerte de cruz”.

Entonces se nos hace oración del corazón el deseo la Iglesia: “Guarda mi alma en la paz, junto a ti, Señor”. Y en el secreto de la fe se posan las palabras del Salmista: En Ti, Señor, “acallo y modero mis deseos, como un niño en brazos de su madre”.

Y así, confiadamente, con ojos humildes y corazón libre de ambiciones, te acercas a comulgar con el último, con el anonadado, con el siervo, con el Hijo, con el más amado, y él saldrá contigo al encuentro de los pobres.

Feliz domingo, Iglesia cuerpo de Cristo.

P.S.: Quiero soñar que, transformados en Cristo, los hijos de la Iglesia llenamos de esperanza el mundo y de alegría el corazón de los pobres.

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Desacato al silencio

El pasado miércoles, día 25, presenté en Madrid, en la sede de la editorial Perpetuo Socorro, el libro «Desacato al silencio», una mirada desde la fe al mundo de los emigrantes.

La liturgia de la palabra del próximo Domingo se abre con una declaración solemne, inapelable: “Así dice el Señor: «No oprimirás al forastero, porque forasteros fuisteis vosotros en Egipto». Y, en el evangelio, oirás, saliendo de los mismos labios, las palabras del mandamiento: “Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser… Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.

Esta vez, servirá de comentario a la liturgia dominical la nota que utilicé en la presentación del libro. Fue ésta:

«A las páginas de este libro –Desacato al silencio– se asoma una humanidad condenada, no por un destino fatal  ni por una providencia descuidada sino por nosotros, a sufrimientos atroces que, si alguien los procurase a un animal, a cualquier animal, sería señalado como inhumano por toda la sociedad.

Sobre esa humanidad, además de la condena al sufrimiento –intemperie, hambre, vejaciones, enfermedades, esclavitud, explotación, miedo-, pesa la condena al silencio, al aislamiento, a la invisibilidad. Si quieren aparecerse –como fantasmas-, habrán de  arriesgarse a morir.

Cada página de este libro quiere ser un acto de desacato al silencio en que la crueldad ha enclaustrado la desdicha de los pobres.

Fe contra silencio:

La legalidad ha declarado la guerra a los pobres y pone cerco de día y de noche a sus míseros refugios. Esa legalidad es un monstruo, que burla las exigencias de la justicia e impide el ejercicio de la caridad.

Todo mi ser se presenta entonces en rebeldía delante de Dios: “Levanto mis ojos a los montes: ¿de dónde me vendrá el auxilio?”  Y dado que mi fe calla, me responde la fe de los emigrantes: “El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra”. Ellos, a su manera, aun sin conocer esas palabras del salmo, las han pronunciado muchas veces en mi presencia: “Dios nos ayudará”; “confiamos en Dios”… Que es como decir: “¡El auxilio me viene del Señor!”

Los que “se hacen llamar bienhechores” de las naciones, los que ejercen la autoridad sobre ellas, tienen poder para privar de pan y de abrigo a los pobres, pero no pueden quitarles la fe. Y eso significa que ellos, los pobres, serán los vencedores aunque parezcan ser siempre los vencidos.

Para ser más fuertes que un ejército, más fuertes que el frío, la lluvia y el viento, más fuertes que el hambre y las enfermedades, más fuertes que la desdicha y la muerte, a los pobres les basta la fe. Esa fe mantiene en alto los brazos para la lucha. Esa fe hace perseverante la palabra que reclama justicia. Esa fe mueve montañas. Y puede que esa fe les permita vislumbrar sufrimiento también en la cara de los soldados que los persiguen, pues “no existen fronteras entre la gente que sufre” (Etty Hillesum).

Y si todavía me pregunto: “¿de dónde me vendrá el auxilio?”, alguien –el salmista, los emigrantes, la comunidad eclesial, mi propio yo, Cristo resucitado- alguien pronunciará un oráculo de respuesta: “No permitirá que resbale tu pie, tu guardián no duerme… El Señor te guarda a su sombra, está a tu derecha… El Señor te guarda de todo mal”….

Y el que ha cruzado ya la frontera del enigma, añadirá: “¡Dios les hará justicia sin tardar!”

Aprendiendo a amarlos:

Aprendiendo de Simone Weil: “El benefactor de Cristo, en presencia de un desdichado, no siente ninguna distancia entre la persona que tiene delante y él mismo; proyecta hacia el otro todo su ser; y desde ese momento el impulso a dar de comer es tan instintivo, tan inmediato, como el de comer uno mismo cuando tiene hambre. Y cae enseguida en el olvido, como caen en el olvido las comidas de días pasados.

A quien así actúa no se le ocurriría decir que se ocupa de los desdichados por el Señor: esto le parecería tan absurdo como decir que come por el Señor. Se come porque no se puede no comer. Aquellos a quienes Cristo mostrará su agradecimiento son los que dan de la misma forma que comen”.

Aprendiendo de San Vicente de Paúl –recomendaciones a una aspirante a Hija de la Caridad-: “Ámalos tanto (a los pobres) que te perdonen la escudilla de sopa que les das”.

Amar a alguien, servirlo, hacerse pobre por él, dar la vida por él, es darle consistencia, es decirle que existe, es darle vida.”

Y aquí quiero traer otra cita –de Eduardo Galeano, El libro de los abrazos– que nos ayudará a entrar en esta dimensión del servicio de la caridad:

Fernando Silva dirige el hospital de niños en Managua. En vísperas de Navidad, se quedó trabajando hasta muy tarde. Ya estaban sonando los cohetes, y empezaban los fuegos artificiales a iluminar el cielo, cuando Fernando decidió marcharse. En su casa lo esperaban para festejar. Hizo una última recorrida por las salas, viendo si todo quedaba en orden, y en eso estaba cuando sintió que unos pasos lo seguían… se volvió y descubrió que uno de los enfermitos le andaba detrás. En la penumbra, lo reconoció. Era un niño que estaba solo. Fernando reconoció su cara ya marcada por la muerte y esos ojos que pedían disculpas o quizá pedían permiso. Fernando se acercó y el niño lo rozó con la mano: _Decile a… -susurró el niño-, decile a alguien que yo estoy aquí”.

Recaudadores y descreídos, mujeres conocidas en la ciudad como pecadoras, adúlteras, mujeres con flujo impuro de sangre, leprosos que llevan en la piel la evidencia de la corrupción interior, sordos que no podrán oír la palabra de Dios, ciegos que lo son por sus pecados, ladrones y asesinos a quienes sólo se puede asignar una cruz para que mueran en ella, todos ellos, al lado de Jesús de Nazaret, se sabrán reconocidos por Dios, acogidos, interpelados y respetados, porque todos se sabrán amados de Dios. Este reconocimiento divino redime de la humillación; la acogida aleja la violencia; el abrazo anula la clandestinidad.”

Conclusión:

Si no vemos a los pobres, no veremos a Dios. La ceguera –la indiferencia- ante el dolor humano es una forma radical de negar a Dios, pues es negación de lo que Dios dice de sí mismo, de lo que Dios es: amor compasivo, amor misericordioso, simplemente amor.

Señor, “que pueda ver”, sólo por la dicha de cuidar de ti.»

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Amor y miedo

El escriba preguntó: “¿Qué mandamiento es el primero de todos?” Y Jesús le respondió: “El primero es: «Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser»”.

Si entras en el misterio de la divina unidad, te habrás asomado al misterio de la divina plenitud, y allí se llenan de luz las palabras de aquel mandato primero que reclama la plenitud de tu amor: amarás… con todo el corazón, con toda el alma

Hoy, en la asamblea eucarística, la palabra de Dios proclama y la fe confiesa la unidad divina “Yo soy el Señor y no hay otro”. Y la palabra escuchada se nos vuelve exigencia de que, en la relación con Dios, vivamos la plenitud del amor.

Un amor así es necesariamente perturbador, inquietante, peligroso; un amor así es vida que da muerte, es muerte que da vida.

Quienes niegan a Dios, como quienes viven ignorándolo, no rechazan la verdad de un enunciado doctrinal sino que huyen de un amor intuido como amenaza por su evidente pretensión de totalidad. Aunque no lo confesemos, el amor nos da miedo, ¡a todos!

Denominador común de ateísmo, agnosticismo, relativismo, indiferentismo, ritualismo, fundamentalismo, moralismo, fariseísmo, magia, es el miedo al amor.

Lo inaceptable de Dios no es que exista, sino que sea Uno, pues esa unicidad lleva aparejada la plenitud de su gloria, de su poder, de su grandeza, de su soberanía, de su dignidad. Por eso “dar a Dios lo que es de Dios” significa necesariamente “amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, con todo el ser”.

Todos lo intuimos, también los ateos, y así multiplicamos los dioses para dividir el amor.

Ahora, a ti que crees, te pido que recuerdes el misterio de tu comunión por la fe con Cristo Jesús, con el Hijo de Dios hecho carne, con el hombre en el que se nos ha manifestado el amor que Dios nos tiene, con el hombre en el que los pecadores le decimos a Dios el amor que le tenemos. Recuérdalo, pues sólo en Cristo podemos amar como tenemos que amar. No te apartes del amor de este Hijo si quieres guardar el precepto del amor al Padre.

Hoy, recibiendo a Cristo en comunión sacramental, recibes la moneda que el Espíritu de Dios acuñó para tu tributo, recibes el amor eterno con que has de amar a tu Dios.

Con todo, no es la de Dios la única imagen que has de reconocer en Cristo Jesús, pues en él se halla grabada también la imagen del hombre. Y si has de tributar a Dios todo tu amor, el hombre no ha de quedar fuera de ese tributo: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.

No tengas miedo: el que te pide amar es el que te da, con su Hijo, su Espíritu, para que ames a Dios con todo tu ser, y al prójimo como a ti mismo.

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Las gabelas de Dios

Muchas veces, para adentrarnos en el misterio de salvación que se celebra en el domingo, hemos pasado por la puerta del salmo responsorial, y hoy también pediremos al salmista que sea él quien nos guíe al inefable silencio donde Dios habita, y a Cristo en quien Dios se nos manifiesta. El salmo, por ser oración, tiene la virtud y la gracia de apartarnos de tentaciones moralizantes, y de introducirnos sin demora en la presencia de Dios.

Todos guardamos en la memoria el dicho de Jesús: “Pagadle al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”. El mandato es claro, “pagad”, y el significado gramatical también lo es, pues todos entendemos que equivale más o menos a “dad”, “devolved”, “entregad”, “restituid”.

Lo que se ha de pagar “al César”, entiéndase «a las autoridades legítimas», a la hacienda pública, eso no es necesario que os lo explique yo, que ya hay quien se ocupa de que lo cumpláis y sin necesidad de que os den muchas explicaciones. Por experiencia sabéis, sin embargo, que el debido cumplimiento de ese «deber con hacienda» no es para vosotros motivo de júbilo, y no suele llevar consigo gritos de aclamación ni cantos de fiesta.

Cosa bien distinta sucede con el “tributo” que hemos de pagar a Dios.

Ahora será el salmista quien nos ayude a comprender. Recuerda, Iglesia amada del Señor, las palabras del salmo, que fueron hoy palabras también de tu oración: “Cantad al Señor, contad sus maravillas, aclamad al Señor, aclamad la gloria del nombre del Señor, postraos ante el Señor”…

A ti se te ha concedido conocer la gloria del Señor, has podido admirar sus maravillas, a ti se te ha revelado su grandeza, conoces el poder de su brazo.

Si te fijas en la creación, los cielos y la tierra, las criaturas todas te hablan de quien todo lo sostiene sobre el abismo de la finitud; y todas ellas “pagan un tributo de reconocimiento y de agradecimiento” a su Creador: “El cielo proclama la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos, el día al día le pasa el mensaje, la noche a la noche se lo susurra”.

Si te fijas en tu propia historia de fe, en la salvación de la que ha sido beneficiario el pueblo al que perteneces, hallarás que el Señor “increpó al mar Rojo, y se secó, los condujo por el abismo como por tierra firme; los salvó de la mano del adversario, los rescató del puño del enemigo… Entonces creyeron sus palabras”, y todos ellos, pagando el tributo debido a su Dios, “cantaron su alabanza”.

Vuelve por un momento al tiempo de tu liberación, vuelve a considerar tu pequeñez y tu debilidad frente al Faraón y a su ejército, y entonces sentirás la necesidad de “pagar un tributo de alabanza y de aclamación” a la grandeza de tu Dios, a su gloria y a su poder, al amor con que ha cuidado de ti.

¿Has encontrado el camino que lleva desde la experiencia de la gracia al tributo del agradecimiento? Entonces deja ya la mano del salmista y entra, guiada por el Espíritu de Jesús, en el misterio de la Pascua cristiana. El Padre Dios te ha entregado como sacramento de su amor a su propio Hijo. En Cristo has entrado en el mundo nuevo, en el que Dios es Rey; en Cristo has conocido maravillas que nunca habrías podido siquiera soñar: ser morada de Dios y que Dios sea tu morada; ser hijo de Dios y, por ser hijo, ser también heredero; ser templo del Espíritu Santo; llevar sobre ti, como si de tu hacienda se tratase, todas las bendiciones con que el Padre Dios podía bendecirte. Tú habrás de seguir contemplando lo que eres, Iglesia santa, y si conoces lo que eres, conocerás lo que has de tributar: “Cantad al Señor un cántico nuevo”. Siempre nueva es la Pascua; siempre nuevo ha de ser tu canto, siempre nuevo ha de ser tu tributo…

Deja la mano del salmista, pero no dejes la mano de aquel con quien vas a entrar en comunión sacramental… Es Cristo quien se te ofrece, es a Cristo a quien recibes, es con Cristo con quien Dios se te da por entero. Todo se te da el que viene a ti. Ahora eres tú quien ha de decidir cuál ha de ser la cuantía de tu tributo… Un tributo de aclamaciones, un tributo de pan para Cristo pobre, el tributo de todo tu ser para quien te amó sin reservarse nada para sí…

Feliz domingo.

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