Las gabelas de Dios

Muchas veces, para adentrarnos en el misterio de salvación que se celebra en el domingo, hemos pasado por la puerta del salmo responsorial, y hoy también pediremos al salmista que sea él quien nos guíe al inefable silencio donde Dios habita, y a Cristo en quien Dios se nos manifiesta. El salmo, por ser oración, tiene la virtud y la gracia de apartarnos de tentaciones moralizantes, y de introducirnos sin demora en la presencia de Dios.

Todos guardamos en la memoria el dicho de Jesús: “Pagadle al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”. El mandato es claro, “pagad”, y el significado gramatical también lo es, pues todos entendemos que equivale más o menos a “dad”, “devolved”, “entregad”, “restituid”.

Lo que se ha de pagar “al César”, entiéndase «a las autoridades legítimas», a la hacienda pública, eso no es necesario que os lo explique yo, que ya hay quien se ocupa de que lo cumpláis y sin necesidad de que os den muchas explicaciones. Por experiencia sabéis, sin embargo, que el debido cumplimiento de ese «deber con hacienda» no es para vosotros motivo de júbilo, y no suele llevar consigo gritos de aclamación ni cantos de fiesta.

Cosa bien distinta sucede con el “tributo” que hemos de pagar a Dios.

Ahora será el salmista quien nos ayude a comprender. Recuerda, Iglesia amada del Señor, las palabras del salmo, que fueron hoy palabras también de tu oración: “Cantad al Señor, contad sus maravillas, aclamad al Señor, aclamad la gloria del nombre del Señor, postraos ante el Señor”…

A ti se te ha concedido conocer la gloria del Señor, has podido admirar sus maravillas, a ti se te ha revelado su grandeza, conoces el poder de su brazo.

Si te fijas en la creación, los cielos y la tierra, las criaturas todas te hablan de quien todo lo sostiene sobre el abismo de la finitud; y todas ellas “pagan un tributo de reconocimiento y de agradecimiento” a su Creador: “El cielo proclama la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos, el día al día le pasa el mensaje, la noche a la noche se lo susurra”.

Si te fijas en tu propia historia de fe, en la salvación de la que ha sido beneficiario el pueblo al que perteneces, hallarás que el Señor “increpó al mar Rojo, y se secó, los condujo por el abismo como por tierra firme; los salvó de la mano del adversario, los rescató del puño del enemigo… Entonces creyeron sus palabras”, y todos ellos, pagando el tributo debido a su Dios, “cantaron su alabanza”.

Vuelve por un momento al tiempo de tu liberación, vuelve a considerar tu pequeñez y tu debilidad frente al Faraón y a su ejército, y entonces sentirás la necesidad de “pagar un tributo de alabanza y de aclamación” a la grandeza de tu Dios, a su gloria y a su poder, al amor con que ha cuidado de ti.

¿Has encontrado el camino que lleva desde la experiencia de la gracia al tributo del agradecimiento? Entonces deja ya la mano del salmista y entra, guiada por el Espíritu de Jesús, en el misterio de la Pascua cristiana. El Padre Dios te ha entregado como sacramento de su amor a su propio Hijo. En Cristo has entrado en el mundo nuevo, en el que Dios es Rey; en Cristo has conocido maravillas que nunca habrías podido siquiera soñar: ser morada de Dios y que Dios sea tu morada; ser hijo de Dios y, por ser hijo, ser también heredero; ser templo del Espíritu Santo; llevar sobre ti, como si de tu hacienda se tratase, todas las bendiciones con que el Padre Dios podía bendecirte. Tú habrás de seguir contemplando lo que eres, Iglesia santa, y si conoces lo que eres, conocerás lo que has de tributar: “Cantad al Señor un cántico nuevo”. Siempre nueva es la Pascua; siempre nuevo ha de ser tu canto, siempre nuevo ha de ser tu tributo…

Deja la mano del salmista, pero no dejes la mano de aquel con quien vas a entrar en comunión sacramental… Es Cristo quien se te ofrece, es a Cristo a quien recibes, es con Cristo con quien Dios se te da por entero. Todo se te da el que viene a ti. Ahora eres tú quien ha de decidir cuál ha de ser la cuantía de tu tributo… Un tributo de aclamaciones, un tributo de pan para Cristo pobre, el tributo de todo tu ser para quien te amó sin reservarse nada para sí…

Feliz domingo.

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A los hambrientos los colma de bienes:

Hoy, profecía, salmo y evangelio hablan de un banquete.

En nuestra sociedad sobrealimentada, es difícil imaginar que alguien sueñe con un banquete. Ese sueño sólo es posible para pobres: es el sueño del mendigo y llagado Lázaro, y lo será también del epulón cuando, atrapado en la soledad de su infierno, una gota de agua le parecerá un banquete más deseable que todo lo que ha banqueteado en los días de la abundancia.

Hoy hemos de hablar de salvación a hombres y mujeres que no saben que la necesitan, que es como hablar de pan a quien le sobra de todo.

Que a nadie le sorprenda que los invitados al banquete de boda desprecien la invitación y se vayan cada uno a sus tierras, a sus negocios, a sus intereses, a su mundo, y que incluso lleguen a maltratar, hasta matarlos, a los criados que llevan la invitación.

Pero tú, Iglesia de Cristo, has llenado con tus hijos –con tus pobres- la sala del banquete de Dios: Tú has creído que tu Dios vendría a ti, que aniquilaría la muerte para siempre, que enjugaría las lágrimas de todos los rostros, que alejaría el oprobio de su pueblo, que vendría a ti con su salvación. Tú te has sentado a la mesa que tu Dios ha preparado para ti. Tú nada temes, pues tu Dios va contigo, su bondad y su misericordia te acompañan todos los días de tu vida.

Hoy, la fe evoca el misterio de la encarnación: Tú has creído y, en Cristo Jesús tu Señor, ves cumplido lo que en profecías y salmos se te había prometido: En Jesús, tu Dios ha venido a ti como tu salvador; en Jesús, tu Dios te ha perdonado, ha borrado la ignominia de tu culpa, ha enjugado con su compasión tus lágrimas, y ha aniquilado tu muerte, pues con Cristo Jesús has resucitado, en Cristo Jesús has sido enaltecida, por Cristo Jesús has sido glorificada.

Hoy, Iglesia de Cristo, en el misterio de la eucaristía vuelves a sentarte con tus pobres a la mesa de tu Señor: y no sólo recuerdas y recibes lo que has creído, sino que se te desvela el misterio de la esperanza a la que eres llamada: el que ahora es tu pastor, mañana será tu plenitud; el que ahora te conduce y repara tus fuerzas, él mismo será la meta de tu camino; el que ahora es tu alimento, mañana lo será todo para ti.

Feliz domingo.

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“La viña del Señor es la casa de Israel”

Así lo dijo el profeta a los habitantes de Jerusalén, a los hombres de Judá. Pero esas palabras se proclaman hoy para ti, Iglesia de Cristo, convocada en la eucaristía al encuentro con tu Señor: Tú eres la viña del Señor.

De Dios y de ti habla el canto de amor que vas a escuchar: “Mi amigo tenía una viña”, “la entrecavó” con palabras de sabiduría celestial, “la descantó” con signos y prodigios de misericordia, “y plantó buenas cepas”, nacidas todas del que es la Vid, y destinadas todas a dar, unidas a la Vid, el vino nuevo del reino de Dios.

El amor del viñador te ha llevado a Cristo Jesús, te ha plantado en la tierra buena que es Cristo Jesús, te ha comunicado la vida de Cristo Jesús. El amor de tu Dios te ha comunicado el Espíritu de Cristo, el buen olor de Cristo, la dulzura fuerte de Cristo.

Tu Dios se cubrió de barro para entrecavar su viña. Tu Dios hizo de piedra su rostro para descantar su viña. Tu Dios, desde lo alto de una cruz, atalaya noche y día las cepas de su viña.

Y, porque el vino de tu vida corriera dulce y fuerte, tu Dios “cavó un lagar”, te unió a la pasión de su Hijo, a la noche de su Hijo, al abandono de su Hijo, a la muerte de su Hijo, al destino de su Hijo, a la resurrección de su Hijo.

Ahora, Iglesia viña del Señor, escucha la amonestación del profeta, pues es hoy para nosotros lo que entonces se dijo a la casa de Israel, a los hombres de Judá: Esperó de ellos que lo recibieran y contra él levantaron vallas y cerraron fronteras; pidió amor a los enemigos y le han dado cosechas de odio a los hermanos; pidió compasión con los pobres y le dan culto a la economía, al lucro, al interés, al beneficio, al dinero; esperó de ellos derecho y le han dado indiferencia egoísta y legalidad opresiva; esperó de ellos justicia y por todas partes se oye el lamento de los abandonados al borde de la vida.

No quiero, Señor, engañarme a mí mismo con ofrendas que no te agradan y comuniones engañosas que no me unen a ti. No quiero, Señor, que caigan verdaderas sobre mí las palabras de tu sentencia: “Se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos”.

Pues que tú nos elegiste, Señor, para dar fruto, no nos dejes caer en la tentación de la apropiación, líbranos de la seducción del Maligno, y haz que por nuestra vida corra abundante hacia los pobres el vino de la misericordia.

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¡Ojalá escuchéis hoy su voz!

Jesús se dirige a “los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo”, hombres con poder, que mantienen un aire de superioridad sobre los excluidos, los desgraciados, pecadores de quienes también Dios se habría olvidado. Jesús se dirige a hombres que se consideran justos, ortodoxos, puros, por encima de la plebe despreciable que los rodea; hombres que, en nombre de Dios y de la ley divina, cierran las puertas de la propia vida al amor de Dios que los visita, al reino de Dios que se les acerca, al Hijo de Dios que los evangeliza.

La mirada de Jesús va a unos y otros: al que desprecia y al despreciado, al ortodoxo y al desviado, al que se cree justo y al que se confiesa pecador, a la Congregación para la Doctrina de la Fe y a las ovejas perdidas del rebaño de Israel.

Un día los sorprenderá en el templo, entregados a la oración, y nos permitirá verlos a los dos desde los ojos de Dios.

Hoy Jesús se dirige a uno de esos dos hijos: al experto, al sabido, al que, mintiendo, a Dios le dice “voy”, al que, mintiendo siempre, a Dios le dice “Señor”, al que, ignorando la palabra de su padre, “no va a trabajar en la viña”.

A ese hijo inquisidor y soberbio, retador y despreciador, los publicanos y las prostitutas le llevan la delantera en el camino del reino de Dios.

Jesús se lo recuerda, por si quieren ver –va Jesús curando ciegos-, por si quieren abrir la puerta a la salvación –va Jesús llamando a los pecadores-, por si quieren apartarse del camino que los está llevando al abismo –va Jesús resucitando muertos-.

Jesús nos lo recuerda, por si queremos entrar en el reino de la misericordia.

Feliz domingo a los pecadores que Dios ama.

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Cuando el gestor de la hacienda es el amor

El Profeta lo dijo así: “Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos –oráculo del Señor-”.

Y la palabra de Dios –la de la Escritura, la del Hijo- nos ayuda a entrar en el misterio de “los caminos de Dios”, en el misterio del Camino por el que hemos de ir si queremos entrar en la Verdad y la Vida.

Dios es el Otro, el totalmente Otro, el Dios escondido.

Cuando digo Dios, digo lo indecible, lo inefable, lo que no cabe en mis palabras porque no cabe en mis pensamientos.

Sólo él, caminando conmigo, hablándome, amándome, puede acercarme al misterio de lo que él es para mí.

En este domingo escuchamos palabras que nos resultan familiares: “El Señor es clemente y misericordioso… El Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas… es justo en todos sus caminos, es bondadoso en todas sus acciones”.

Intuyes que tu Dios perdona siempre, que sólo has de “regresar a él” para encontrarte con su piedad, que sólo has de “abandonar tu camino” para encontrar un perdón que ya te está esperando, que ya es tuyo, tanto como lo es el amor de donde nace.

Dichosos aquellos obreros de la última hora, que recibieron una paga igual a los de la hora primera, ¡dichosos ellos!, y no porque hayan trabajado menos, sino porque en ellos Dios se ha manifestado “bueno” hasta donde nosotros no seríamos capaces de sospechar.

Dichoso tú, hermano ladrón, crucificado con Jesús, que vas a la viña en la última hora de luz, cuando ya la noche incumbe y apenas queda tiempo para injertarte en la Vid, ¡dichoso tú!, porque la Vid misma te ha injertado en su cuerpo para que, con ella, lleves fruto abundante en el día nuevo del Reino de Dios, y, en ella, recibas –paga inesperada, sorprendente, desmedida-  el denario del paraíso.

Habrás observado –se lo digo a la Iglesia-, que en la parábola, más que la viña y su fruto, lo que se considera es la generosidad del propietario y su preocupación porque los jornaleros tengan un salario, que no va a estar en conformidad con lo que hayan trabajado, sino en conformidad con lo que el propietario ha querido darles para que vivan.

La parábola habla de Dios y de ti –se lo digo a cada uno de los hijos de la Iglesia que hoy celebra la Eucaristía-.

Cada uno de nosotros es ese jornalero de última hora que recibe un salario de gloria por lo que no ha trabajado. Cada uno de nosotros es ese crucificado con Cristo, que, injertado en Cristo, entra con Cristo en el paraíso.  Cada uno de nosotros hace hoy comunión con Cristo, con la Vid, con el Hijo; cada uno de nosotros es injertado hoy en la Vid;  y esa comunión es el salario, admirable, sorprendente, único, inmerecido y divino de nuestra entrada por la fe en la viña de Dios, ¡un salario de eternidad para un tiempo de fe!, un salario de gloria que se te da sólo porque has ido a la viña, ¡sólo porque Dios es bueno!

Te has acercado, Iglesia amada del Señor, al misterio de lo que Dios es para ti.

Sólo me queda recordar lo que nosotros hemos de ser para él: “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”, imperativo que parece de perfección, pero que lo es sólo de amor: Amemos como él nos ama.

Feliz domingo.

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Locura contagiosa:

Hemos llegado a un punto en que el creyente, si quiere adentrarse en el misterio de la voluntad divina sobre su vida, ya no puede apartar los ojos de Cristo Jesús, que es la Palabra de Dios hecha carne, la revelación del amor de Dios que nos envuelve.

Guiados por el Espíritu del Señor, hemos llegado a la frontera de lo que es propio de Dios: “El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia”; “tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna”; “Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él”.

Hemos llegado a la “casa de la compasión”, en la que toda deuda se perdona sencillamente porque se pide perdón. Hemos hallado de nuevo abiertas las puertas del paraíso, las hemos atravesado por el bautismo, hemos entrado en la “tierra de Dios”, en la que se mueve la humanidad nueva que tiene por cabeza a Cristo Jesús, humanidad libre, pacificada, bendecida, santificada, resucitada.

La ley que va a regular de ahora en adelante la relación del creyente con los demás –creyentes o no-, es la ley del amor, es la perfección del amor, es el amor que es el mismo Dios.

La medida del amor a los demás ya no la establece la ley del hombre ni se fundamente en sus razones: la medida del amor cristiano es el amor sin medida de Dios; y el fundamento del amor con que hemos de amar a nuestro prójimo lo pone el amor con que Dios nos ha amado: “Os doy un mandamiento nuevo –dice el Señor-: que os améis unos a otros como yo os he amado”.

Ese amor, Iglesia cuerpo de Cristo, no es una idea que se aprende en los libros sino un sacramento que recibes en la fe: Hoy, en la comunidad eclesial, te encuentras con Cristo resucitado, escuchas al que te ama, comulgas con el amor entregado de Dios que es Cristo Jesús. Hoy te haces una con Cristo para ser en Cristo perdonada, reconciliada, amada, elevada al corazón de Dios.

Y esa locura divina se te ha de contagiar, pues única condición puesta para que permanezcamos en el amor que es Dios, es amar a los hermanos como Dios nos ama, como Dios los ama.

Feliz domingo.

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No corrijas si no te sabes amado

La Palabra que escuchamos este domingo parece centrada en la corrección fraterna, y  seguramente hay en esa apreciación mucho de verdad.

Sabéis, sin embargo, que vuestra celebración ha de estar centrada en Cristo, y Cristo –su enseñanza, su vida, su muerte-, será la luz que nos permita acercarnos al misterio de la Palabra de Dios y discernir, iluminados por él, también lo que concierne al ámbito de nuestra solidaridad con los hermanos en la búsqueda de su bien y de su salvación.

Pues de eso se trata, de “solidaridad”, una solidaridad semejante a la que tiene Dios con todos sus hijos: “Si no hablas al malvado, te pediré cuenta de su sangre”. No se preocupa el Señor por su ley sino por la sangre, es decir, por la vida de quien quebranta esa ley.

Es ésta una primera condición que hemos de salvaguardar siempre en nuestra relación con los hermanos: Amar su vida, amarlos.

Por eso, cuando en la oración unos a otros nos animamos, diciendo: “¡Ojalá escuchéis hoy su voz; no endurezcáis vuestro corazón!”, lo decimos con el pensamiento puesto en la ley del Señor, deseamos que todos aclamen a nuestro salvador, pedimos que todos bendigan al Señor, creador nuestro, pero también llevamos en el corazón la vida de nuestros hermanos, y a todos decimos “escucha”, porque para todos deseamos la vida. “A nadie le debáis nada más que amor”. No temas, hermano mío, que el Señor te pida cuenta de tu hermano, si tú lo has amado; no temas que te reclame su vida, si le has ayudado a amar.

“¡Ojalá escuchéis hoy su voz; no endurezcáis vuestro corazón!” Para ti, la voz del Señor, que ha resonado en las Escrituras Santas, se ha hecho voz humana en Cristo Jesús. Fíjate cómo corrige quien ama: recuerda cómo corrige a la mujer que con sus avíos de prostituta entra en el banquete de Simón para llorar agradecida a los pies de la compasión de Dios; mira cómo reprende a Zaqueo el publicano, a la mujer adúltera, al hijo que vuelve de lejos después de haber derrochado la fortuna de la familia; recuerda, escucha, contempla cómo reprende Jesús a los leprosos con los que se manchó, a los pecadores con los que comió, al ladrón que con él entró en el paraíso para estrenarlo en el primer día de la nueva creación.

Y si no eres capaz de recordar lo que otros han vivido como buena noticia de Dios en sus vidas, recuerda lo que tú mismo has podido experimentar en la tuya, y contempla lo que ahora estás viviendo, pues hoy, en esta eucaristía, te recibe el que te ama, te acoge el que te cura, te invita a su mesa el que te salva.

Y esta experiencia de fe nos orienta para definir una segunda condición para una relación cristiana, para una relación según Dios, con los demás: No corrijas si no te sabes amado, curado, salvado.

Habréis observado que ese modo que tiene Jesús de “corregir” es expresión perfecta de lo que Jesús es para los “necesitados de corrección”, o más exactamente, es expresión perfecta de lo que el Verbo eterno, el Altísimo Hijo de Dios, ha escogido hacerse por nosotros y ser para nosotros: pequeño y siervo, humilde y entregado. Anota, pues, hermano mío, una nueva condición para la corrección fraterna: No corrijas si no te haces pequeño y humilde, si no te entregas a todos para servirlos a todos.

Ahora, de labios de Jesús, del que te ama, del que te salva, ya puedes escuchar de nuevo las palabras del Evangelio: “Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, habrás salvado a tu hermano”. Corrige para salvar. Ama para corregir. Aprende de Jesús para amar. Escucha su palabra para aprender. Haz silencio en tu interior para escuchar.

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A ti te necesito, sólo a ti:

El creyente sabe que Dios no es para él una idea, pues lo ha sentido como fuego que abrasa, como caudal inagotable y limpio de agua que refrigera. El creyente no piensa en Dios para poder decir de él algo novedoso o admirable, sino que se acerca a Dios para abrasarse en su fuego, busca a Dios para apagar en él la sed, y sólo dejará de agitarse cuando Dios sea para él el aire que respira, la luz que lo ilumina, la dicha que lo posee.

Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío”. Éste es hoy el estribillo de nuestra oración responsorial. Son palabras de fe para labios creyentes; y serán palabras verdaderas sólo para quien haya conocido al Señor, sólo para quien haya experimentado su fuerza y su gloria, su gracia y su amor.

Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío”. Las palabras de la oración expresan a un tiempo plenitud y vacío, cercanía y ausencia, conocimiento y búsqueda. El orante –Jeremías, el salmista, Jesús de Nazaret, nuestra asamblea eucarística, la Iglesia entera- madruga por Dios para buscarlo mientras Dios camina con el orante y lo sostiene; tú tienes sed de Dios, aunque todo tu ser está unido a él; tienes ansia de Dios, ¡y cantas con júbilo a la sombra de sus alas! Dios es caudal inagotable de agua, y en su presencia nosotros somos siempre “como tierra reseca, agostada, sin agua”.

Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío”. Las palabras de la oración han puesto a Dios en el centro de tu vida: “Tu amor me sacó de mí. A ti te necesito, sólo a ti. Ardiendo estoy día y noche, a ti te necesito, sólo a ti… Tu amor disipa otros amores, en el mar del amor los hunde. Tu presencia todo lo llena. A ti te necesito, sólo a ti”, pues “tú eres el bien, todo bien, sumo bien, Señor Dios vivo y verdadero”. ¡Plenitud y vacío, cercanía y ausencia, conocimiento y búsqueda!

De ti, Señor, dice tu profeta: “Me sedujiste, y me dejé seducir; me forzaste y me pudiste”. Lo cautivaste, Señor, con el atractivo de tu palabra, lo cegaste con el resplandor de tu belleza, y así lo llevaste a tu luz y a su noche, a tu fuego y a su oprobio, a tu gloria y a su cruz.

Considera la noche del profeta: “Yo era el hazmerreír todo el día; todos se burlan de mí… La Palabra del Señor se volvió para mí oprobio y desprecio todo el día”. Considera la noche oscura de Jesús: “Los que pasaban por allí le insultaban, meneando la cabeza y diciendo: Tú que destruyes el santuario y en tres días lo levantas, ¡sálvate a ti mismo, si eres Hijo de Dios, y baja de la cruz! Igualmente los sumos sacerdotes junto con los escribas y los ancianos se burlaban de él, diciendo: A otros salvó y a sí mismo no puede salvarse. Rey de Israel es: que baje ahora de la cruz, y creeremos en él. Ha puesto su confianza en Dios; que le salve ahora, si es que de verdad le quiere”.

Ahora ya puedes, Iglesia de Dios, mirarte a ti misma en el espejo de Cristo, pues otra cosa no eres que el cuerpo del Hijo que todavía está subiendo a Jerusalén, a su noche, al sufrimiento, a la muerte, a la vida. Mírate a ti misma en el espejo de los pobres, que otra cosa no son que el cuerpo de Cristo, tu propio cuerpo, subiendo a la noche de sus angustias.

Si estabas sedienta de Dios porque habías conocido su bondad y su hermosura, su gloria y su poder, ahora que has experimentado la noche, la de Cristo, la de los pobres, tu propia noche, eres delante de Dios como “tierra reseca, agostada, sin agua”. Tenías sed, y la noche hizo que la sed te devore, hasta hacer de ti pura sed de Dios.

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Con Cristo Jesús entra en mi casa la esperanza del mundo

Me pregunto quién es el orante del salmo con que nosotros hemos orado hoy: “Te doy gracias, Señor, de todo corazón; delante de los ángeles tañeré para ti”. Con estas palabras pudo orar Eliacín, siervo del Señor, llamado por Dios a ser un padre para los habitantes de Jerusalén, escogido para dar a la casa paterna un trono glorioso. Él pudo decir con el corazón lleno de agradecimiento: “Me postraré hacia tu santuario, daré gracias a tu nombre”. Pero esas palabras también puede hacerlas suyas con verdad Simón el pescador, apóstol de Jesús, a quien Jesús llama dichoso, porque el Padre del cielo le ha revelado misterios inefables; Simón será la Piedra sobre la que Jesús edificará su Iglesia; a Simón entregará Jesús las llaves del Reino de los cielos; Simón puede llenar de sentido nuevo y pronunciar con asombro renovado todas las palabras del salmista: “El Señor es sublime, se fija en el humilde… Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos”. Con todo, nadie podrá nunca decir las palabras de esa oración con más verdad, más agradecimiento y más gozo que el mismo Cristo Jesús; él es el “Hijo del Hombre, vestido de una túnica talar, ceñido el pecho con un ceñidor de oro”; sólo él puede decir de sí mismo: “Soy yo, el Primero y el Último, el que vive; estuve muerto, pero ahora estoy vivo… y tengo las llaves de la muerte”; sólo él es “el Santo, el Veraz, el que tiene la llave de David: si él abre, nadie puede cerrar; si él cierra, nadie puede abrir”.

Ahora ya puedes, Iglesia santa, decir tú también las palabras de tu oración en comunión con tu Señor, como cuerpo suyo que eres, pues a ti misma puedes verte “revestida con la justicia” que te ha venido de Dios, puedes ver “ceñida tu cintura con la verdad”, puedes ver en tu mano “las llaves” de la reconciliación que tu Señor te ha confiado. Grita tu agradecimiento con más fuerza que si gritases delante de Dios tu necesidad: “Te doy gracias, Señor, de todo corazón…”.

Ya sabes, amada del Señor, con quién has pronunciado las palabras de tu salmo; ya sabes a quién vas a recibir en comunión; ya puedes decir a tu Señor quién es él para ti.

Si digo que tú eres para mí el Primero y el Último, digo, mi Señor, que tú eres mi todo, mi bien, mí único bien. Me gustaría decir con palabras mías quién eres para mí, pero sólo encontraría pobres palabras, sólo sabría balbucir como un niño mientras te miro. Por eso recurro a ti, Señor, para decirte quién eres con palabras tuyas: Tú eres el único de entre nosotros que “ha nacido para todos” los demás; tú eres el único de entre nosotros a quien todos podemos llamar “mi Salvador”; tú eres “la Luz que ilumina el mundo”, el “Pan de cielo” para el camino del pueblo de Dios, el buen Pastor que busca su oveja perdida hasta dar la vida por ella, tú eres la Resurrección y la Vida para todos los que mueren.

Si te recibo, Señor, entra en mi casa la esperanza del mundo; si te acojo, tu santidad me penetra, tu gracia me justifica, tu justicia me ciñe; en las penas “tú eres nuestra dulzura”, en el ardor “tú eres el refrigerio”, en la tristeza “tú eres el gozo”, en la prueba “tú eres seguridad”, en la fatiga “tú eres el descanso”, en la pobreza “tú eres toda nuestra riqueza y satisfacción”. Tú eres quien hace suya mi lepra para que yo quede limpio; tú eres quien toca mis ojos para que vea; tú eres quien me toma de la mano para que camine. Para los esclavos eres libertad, para los pecadores eres perdón, para los pobres tú eres el reino de Dios. Y para mí, Señor, para mí que soy esclavo y ciego, leproso y pecador, para mí, Señor, pido que seas tú solo mi todo.

Iglesia amada del Señor, ya sabes también con quién vas a comulgar, quién te recibe, a quién vas a recibir. No habría comunión de verdad si tú, creyente y pobre, no fueses recibida por Cristo; no habrá comunión de verdad si tú no recibes a Cristo en sus pobres.

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“Ten compasión de mí, Señor”

El evangelio sitúa hoy a Jesús fuera de su tierra, entre paganos, en “el país de Tiro y de Sidón”: El amor lo despojó de sí mismo y lo abajó desde la condición de Dios a la condición de esclavo.

Allí, una mujer, se puso a gritarle: “Ten compasión de mí, Señor”.

La memoria de la comunidad creyente guarda aún el grito de los discípulos de Jesús en la barca sacudida por las olas; y tampoco hemos olvidado la súplica de Pedro que, desde el abismo del miedo y agarrado a su poca fe, había gritado: “¡Señor, sálvame!”

Ahora es una mujer la que, empujada por una gran necesidad y por una fe más grande que su necesidad, se postra ante Jesús para decirle: “Señor, socórreme”.

Más allá de los discípulos y de Pedro con sus miedos, más allá de la mujer con su necesidad, tu fe recuerda que grito y súplica los oyó en otro lugar y evocan en el corazón otro nombre: “A media tarde, gritó Jesús muy fuerte: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Y un instante después: “Jesús dio otro fuerte grito y exhaló el espíritu”.

A ti, Señor del cielo y de la tierra, el amor te hizo semejante a nosotros, te dio una carne de debilidad como la nuestra, un cuerpo de suplicar gritando, de gritar creyendo, de creer confiando.

El amor, Cristo Jesús, te hizo carne compasiva y misericordiosa, evangelio para los pobres, libertad para los oprimidos, luz para los ciegos, resurrección para los muertos, alegría y paz para los amados de Dios.

El mismo amor que por el misterio de la encarnación te hizo pan y salvación para la humanidad, te hace hoy pan y salvación para tus fieles en el misterio de la eucaristía.

Por la encarnación y en la eucaristía, tú, Señor, has hecho tuyo el grito de la mujer –el grito de tu Iglesia, el grito de la humanidad-: “Ten compasión de mí”.

Y es también tuya y de hoy la palabra que llena de esperanza y de alegría el corazón de los pobres: “Que se cumpla lo que deseas”.

***

Hace unos días, en la catedral, un grupo de emigrantes se acercó para pedirme ayuda.

Las razones en las que fundamentaban la petición eran como siempre razones de pobres, pero ese día añadieron una “teológica”, y no fue que “en ellos” es Jesús quien pide –lo que a todos recuerdo con frecuencia-, sino que me sorprendieron diciendo que “en mí” era Jesús quien los ayudaba.

¡Sabiduría de los pobres!: En la Iglesia es Jesús quien pide y es Jesús quien da.

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