Tesis con dolores de parto

Alguna vez ya he confesado que la intensidad de mi vida se puede medir por el tiempo que pasa entre un post y otro de este blog. Como se podrá comprobar con facilidad, este último tiempo está siendo, cuanto menos, “apretado”. A los “encantos” del comienzo de curso y a la acumulación de tareas que parece que se concentran en estos meses se le está sumando que mi tesis está con los últimos estertores antes de morir… o mejor, con dolores de parto de una criatura a punto de ver la luz.

Y, cuando en un trabajo tan arduo y prolongado en el tiempo (en mi caso algo más de cuatro años) empieza a verse el final, se mezclan un montón de emociones: vértigo, emoción, agradecimiento… y la sensación de que, por más alegría que dé ver el cercano final de esta etapa vital, lo importante de esta experiencia se juega más en el camino transitado que en el logro final.

Y me da a mí por pensar que, en realidad, toda nuestra vida es algo parecido a una tesis. Un aprendizaje existencial que requiere mucho tiempo, con la consiguiente paciencia para con una misma y para con las circunstancias, una paradójica mezcla de disciplina y flexibilidad que culmina reconociendo que no sabes prácticamente nada de casi ningún tema, pero del que brota el agradecimiento por lo vivido. Lo mejor es que, cuando tengamos que defender la tesis de la vida, vamos a tener a Quien la defienda por nosotros: el mismo Señor que acompañó escondidamente nuestros pasos cotidianos. Porque, al final, en esta existencia ¿no se trata de gestar una Vida con mayúsculas?

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“Mira al cielo y cuenta las estrellas” (Gn 15,5)

Dicen que el mundo se divide entre alondras, que son quienes están más lúcidas por la mañana, y los búhos, que empiezan a ser ellos mismos a medida que pasa el día. Yo soy, sin duda, búho, así que podéis imaginar lo “bien” que llevo el comienzo de curso y que el despertador decida atacarme sin previo aviso a las seis de la “madrugada”.

Sí, estos días me está costando salir de casa cuando aún es de noche cerrada. Una de las pocas cosas que me dan consuelo tan temprano es lo bien que se ven las estrellas. Siempre me acuerdo de esa promesa lanzada a Abrahán: “Mira al cielo y cuenta las estrellas, si puedes contarlas… así será tu descendencia” (Gn 15,5).

Quiero pensar que también a mí se me hace esta invitación a la esperanza en aquello que desborda con mucho mis capacidades humanas y que sólo Dios es capaz de llevar adelante, que esos luceros evidencian que en la noche siempre hay resquicios para la luz y que también a mí se me promete una Presencia que caminará silenciosamente a mi lado a lo largo de la jornada en forma, muchas veces de estrellas: personas capaces de reflejar sin pretenderlo una Luz mayor y que, de este modo, nos guían por un camino cierto.

Por eso, a pesar del sueño y de la pereza que supone siempre volver a las rutinas, tampoco yo puedo, como Abrahán, contar las estrellas de mi vida ni esquivar la propuesta del “Sol que nace de lo alto” (Lc 1,78) de acoger su brillo para convertirme también yo en su estrellasólo por hoy y mientras despierta el día.

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De atentados y fundadores

Aún no he podido salir del asombro. Esta mañana he celebrado la eucaristía en la parroquia a la que acudo cuando estoy de vacaciones en Bilbao. Mientras media nación seguía conmocionada por los atentados de ayer en Barcelona y todos teníamos el corazón encogido ante tanto sufrimiento gratuito, el sacerdote ha salido al altar diciendo que hoy iba a celebrar una misa votiva en honor de su fundador porque “se podía hacer”.

En ningún momento ha hecho mención a lo que seguramente estaba ocupando la mente y el corazón de cuantos nos reuníamos en la capilla. Ni un recuerdo por las víctimas, ni una petición por la reconciliación… nada que nos hiciera pensar que lo que estábamos celebrando era la vida, muerte y resurrección de Aquél que comparte nuestra condición humana. Nada que nos recordara que los gozos y esperanzas, sufrimientos y alegrías de todas las personas son también las de la Iglesia (cf. GS 1). Eso sí, no ha tenido ningún reparo en pedir a través de su fundador por ellos mismos, por su Congregación y por las vocaciones a su Instituto. No conozco mucho al santo en cuestión, pero me temo que ese buen hombre del s. XVIII se habría sonrojado al descubrir que un “hijo” suyo permanece tan alejado de las inquietudes de la gente corriente.

Quizá algo parecido a lo que mostraba este religioso nos sucede con demasiada frecuencia. Resulta muy fácil resguardarnos de la vida que se cuece a pie de calle escondiéndonos en inalcanzables torres de marfil, olvidarnos de que seguimos a un Jesús que se hizo “uno de tantos” y vibrar más por figuras idealizadas del pasado que por aquellas situaciones que conmovería el corazón de esos mismos personajes. Conmocionada y desconcertada por todo lo sucedido y por esta “peculiar” eucaristía, le pido a Dios que nos permita sentir con la humanidad, descubrir sus huellas también en los periódicos y no mantenernos inmunes ante el sufrimiento humano.

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De dulces y confianza

En los últimos días he disfrutado de unos días en Mallorca. Ahí he estado dando un retiro a unas Hermanas y el viaje ha sido ocasión para descubrimientos, reencuentros, descanso y oración. En el poco tiempo que pude invertir en conocer un poco la isla visité un pueblo precioso, Valldemossa, donde hay un dulce típico que se llama coca de patata y que, a pesar del nombre, no tiene nada de patata.

Últimamente me ha venido a la cabeza más de una vez el comentario que hizo Belén, la cuñada de mi amiga Arantza (un saludo a ambas), sobre la complejidad que esconde cocinar este bollo. Su esponjosidad se debe a que la masa tiene muy poca harina, lo que hace que esté tan “pegajosa” que, quien sigue la receta, no suele fiarse en que esté bien y acaba echando más harina de la recomendable. Vamos, que si una coca de patata está buena es precisamente porque es fruto de la confianza.

Y a mí me da que nos pasa algo muy parecido a lo de este pastel. No solo por lo engañosos que pueden resultar los nombres que damos a las realidades que nos rodean, haciéndonos dudar de que algo dulce pueda tener nombre de tubérculo. También porque la existencia “nos sale bien” cuando confiamos en la vida, en nuestras capacidades, en la palabra de otros y, sobre todo, en la Palabra de Otro.

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Tatuajes

Ahora que el calor saca a la luz todas nuestras miserias y que se multiplican los centímetros de piel a la vista, no hago más que constatar que quienes no tenemos un tatuaje somos una minoría en peligro de extinción. Es verdad que me resulta un poco cómico que, en un mundo alérgico a los compromisos permanentes, no exista reparo alguno en grabarse a perpetuidad lemas o diseños de todo tipo. Pero, más allá de esta llamativa paradoja, no hay más que abrir los ojos para ver que, entre aquellos que tienen más tinta en sus brazos que la que se concentra en las líneas del Quijote y quienes dejan asomar una discreta fecha hay un amplísimo abanico de letras y dibujos que ilustran las más variadas partes del cuerpo.

Y una, que es innegablemente freaky (y está orgullosa de ello), no puede evitar que le venga a la cabeza tanto la prohibición de Levítico de tatuarse (Lv 19,28) como la rotunda afirmación divina de que “aquí estás, tatuada en mis manos” (Is 49,16). Y me da a mí que ambos textos son menos contradictorios de lo que parece, porque tatuarse es, en realidad, resistirse con uñas y dientes a que algo fundamental se olvide. Se trata de desear tener algo siempre presente, ante los ojos, y sentirse definido “desde dentro” por esa realidad. Por eso, lo que el Levítico prohíbe como gesto de vinculación radical con un culto pagano, en el caso de Dios se transforma en expresión de un amor desmedido. Por eso, ante tanto tatuaje a la vista me brota preguntarme qué me tatuaría yo: “Escucha Israel…” (Dt 6,4-5).

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De Corpus y “hierba en el camino”

No sé exactamente qué es lo que hice ayer, pero el caso es que se me borraron todos los contactos del móvil. Después de reponerme del “impacto” de verme sin un solo teléfono grabado, me di cuenta de que podía recuperar con facilidad aquellos números con los que tenía una conversación de Whatsapp abierta. La grata sorpresa fue comprobar que últimamente había mantenido contacto con la mayoría de la gente que, por un motivo u otro, resulta importante para mí. Me vino a la cabeza una frase que se le atribuye a Platón: “No dejes crecer la hierba en el camino de la amistad”. De un modo u otro, a lo largo de los últimos meses no ha habido opción de que la senda que me distancia con la gente que quiero se llenara de maleza a costa de no transitar desde un lado u otro, lo que es, sin duda, un regalo a agradecer y mantener.

Y, claro, estando en la víspera del Corpus, me dio a mí por pensar que en realidad este día no hacemos sino celebrar algo parecido, que el Señor se empeña en que, al menos por su parte, no crezca la hierba en el camino que nos separa o, mejor, que nos une. El empeño obstinado de Jesucristo por mantenerse presente, cercano, amigo, recordándonos que nuestra vida tendrá sentido en la medida en que se parte y se comparte con la suya. Sí: ¡a Él no hay modo de que se le borren los contactos!

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“Siempre tengo tiempo para un café”

Quien me conoce sabe que eso de “siempre tengo tiempo para un café” es una frase que repito con facilidad. Y no es que me guste mucho el café o que tenga tiempo libre como para exportar, porque mi agenda es como un tetris en el que van cayendo piezas que tengo que encajar haciendo equilibrios… Pero, detrás de esta expresión se esconde una convicción que me ha acompañado desde hace años y se me va haciendo cada vez más fuerte: lo primero son las personas y el encuentro cara a cara con ellas. Y, claro, la consecuencia lógica de este convencimiento es la decisión firme de buscar siempre un hueco para ese encuentro personal.

En épocas del año como esta, en la que parece que todo se acumula y las tareas compiten en número y urgencia, una servidora se siente muy tentada a ser un poco más pragmática y renunciar a este lema personal en favor de arañar algún hueco más que me permita la ilusión de avanzar en alguno de los trabajos que se me acumulan.

Con todo, tengo la experiencia de que, cuando con más “ascesis” (de la buena) que seguridad me niego a posponer lo importante por lo urgente, se me devuelve con creces el esfuerzo por encontrar momentos en asombro ante el otro, en confianza regalada y acogida, en admiración ante el misterio de la Vida con mayúsculas que se cuece en lo pequeño, en adoración ante el Dios que se cuela en las rendijas de lo cotidiano, en agradecimiento por el paso del Señor en la existencia de las personas… Y, reconciliada con una agenda que nunca tendrá el tiempo suficiente para todo lo que desearía, agradezco la chispa de lucidez que me permitió mantenerme en la certeza de que “siempre tengo tiempo para un café”… porque es más lo que recibo que lo que doy.

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Conversaciones de tren

Me estoy dando cuenta de que muchas personas aprovechan los recorridos en cercanías para hablar por teléfono. Ahora mismo, cuando regreso a mi casa en las afueras de Madrid, tengo una chica frente a mí que está charlando con una amiga. Aunque no estaba prestando atención a la conversación, me ha llamado la atención que le estaba contando el enfrentamiento que ha tenido con una religiosa (“monja” la ha llamado ella) supongo que en un centro educativo. Le contaba a su amiga que, con el calor que está haciendo, lo normal es que acudieran con tirantes y que esta religiosa le había reprochado a ella que, por ese motivo, venía desnuda. Según he entendido, no se trataba de un enfrentamiento ni directo ni puntual, sino una gota más en un vaso que estaba lleno.

La conversación no me hubiera llamado la atención si no llega a ser por el convencimiento que esta joven le compartía a su amiga: “es como si se arrepintiera de su vocación y lo pagara fastidiando a todo el mundo… y esto sí me ha hecho pensar. ¿Qué nos pasa a la Vida Religiosa que damos esta sensación con tanta facilidad? ¿Pueden unos centímetros más o menos de piel al sol convertirnos en hurañas amargadas para tanta gente? ¿Estamos seguras de que todas las batallas en las que invertimos la carga pesada de nuestras municiones valen realmente la pena ser luchadas? El encuentro con Jesús ¿no tendría que hacernos más empáticas… y más simpáticas, más capaces de percibir cuándo las “bromas” no hacen gracia o cuando incomodamos con nuestros comentarios “sin mala intención”?

Es cierto que los prejuicios son eso, prejuicios, pero también es verdad que a veces los labramos golpe a golpe, comentario a comentario. Quizá, si fuéramos conscientes de que transmitimos sin querer aquello que expresaba esta joven de que, en realidad, no somos felices, tendríamos más cuidado… o nos cuestionaríamos con honestidad qué guardamos en el corazón y se transmite en nuestras actitudes.

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Trabajar y jugar

Eso de celebrar el día del trabajo me ha recordado algo que vimos el otro día con mis alumnos/as de Ciencias Religiosas. Estábamos estudiando con algo de detalle un texto del libro de Proverbios en el que la Sabiduría se presenta personificada y habla de sí misma intentando convencer al auditorio de la conveniencia de acogerla en su vida y dirigirnos según sus criterios (Prov 8,12-36).

Hay un momento en el que “Doña Sabiduría” empieza a describir la creación mientras insiste que, mientras Dios hacía todas esas “obras de ingeniería”, ella estaba a su lado, bien cerquita (Prov 8,22-30). Lo simpático es que, al final de detallar esa acción creadora, afirma que ella estaba jugando ante Él con el orbe de la tierra. La frase hebrea también se puede traducir que estaba jugando en la tierra:

“Yo estaba junto a Él, como aprendiz, yo era su delicia día tras día, jugando ante Él todo el tiempo, jugando en el orbe de la tierra, delicia con los hijos de Adán” (Prov 8,30-31).

La cosa es que, según este texto, ser aprendiz y colaborador de Dios en la Creación, que es la vocación profunda del ser humano, tiene que ver con jugar. Mientras que el trabajo esforzado es el fruto del pecado (cf. Gn 3,17), llevarlo adelante sabiamente tiene un aspecto lúdico. La tarea y nuestra responsabilidad ante ella será la misma, pero lo que no es igual es el modo de realizarla, pues según cómo lo hagamos estamos más o menos cerca de la Sabiduría, disfrutando o no con Ella.

Andamos siempre con las agendas hasta arriba, con miles de cosas que hacer… pero tendríamos que preguntarnos si las realizamos “jugando” o “con el sudor de nuestra frente”, esto es, si trabajamos “sabiamente” o “como fruto de pecado”.

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La burra de Balaam

Los días que estoy en Granada me gusta subir a la Facultad andando. A medida que van pasando los minutos, las calles se van llenando de gente que va al trabajo y de turistas que comienzan un intenso día de visitas. Atravesar la ciudad caminando y ser testigo de cómo va despertando ella y sus habitantes me ayuda a comenzar la jornada rezando y reconociendo la Presencia de Dios y a situarme yo también ante el día que comienza y cómo deseo vivirlo.

Pero, a veces, en medio de estas rutinas, algún gesto se convierte en significativo. Eso es lo que me ha sucedido esta mañana cuando me he cruzado con alguien que, a medida que pasaba ante otra persona se dirigía a él o a ella para decirle: “Dios te ama y te perdona”. No “asaltaba” de forma violenta como un predicador televisivo o algunos espontáneos en el metro de Madrid, sino que lo afirmaba con serenidad, sin pararse y casi pasando desapercibido.

Aunque ese hombre no tenía aspecto de estar demasiado sano psicológicamente hablando, decía una verdad como un puño. Me ha resultado inevitable recordar a un personaje bíblico que a mí me resulta muy significativo y con la que me siento identificada con frecuencia: la burra de Balaam. Y es que, si recordamos a este animal es porque el mismo Dios le hizo hablar para disuadir a su dueño, un vidente pagano, de que no maldijera a Israel.

Como sucedió con ese asno, con la persona con la que me he encontrado esta mañana o conmigo misma, todos tenemos capacidad para que el Señor nos convierta en su boca. Su Palabra puede llegarnos a través de cualquiera, sin hacerlo depender de sus facultades psicológicas, de su coherencia de vida o de su calidad humana. Nada puede condicionar, ni siquiera nosotros mismos, que nuestras palabras, gestos o nuestra vida entera se convierta en un momento determinado en una elocuente expresión de Dios para quien sea capaz de percibirlo… ¡Gracias a Dios! Creo que voy a dar mis clases de hoy con más confianza.

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