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Revista Vida Religiosa

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Ébola: La nueva lepra

Escrito por Manuel Romero.

Diez leprosos andaban por las afueras de la ciudad cuando se encontraron con Jesús y, a distancia, le pidieron que les curara. Otro día, andaba Jesús por la ciudad cuando un leproso se postró y le pidió que lo curara (Cf Lc 17, 11-19; Mc 1, 40-45).

Cada vez que sale un leproso en el evangelio me cuesta explicar la situación de exclusión y de rechazo que sufría, y de miedo que él suscitaba en la gente. Pero la semana pasada pude comprobar, en un programa de tv, los sentimientos que han brotado ante la muerte por ébola de Miguel Pajares; religioso de la Orden de San Juan de Dios.

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Rutinas

Escrito por Ianire Angulo.

¡Cómo nos cuesta retomar las rutinas! Hasta al tren le cuesta, que esta mañana ha estrenado el mes de septiembre con retraso. Bostezos, miradas perdidas, personas que paseaban por el andén como leones enjaulados y cada diez segundos estiraban el cuello para ver si se asomaba en el horizonte la ansiada luz del tren que tenía que haber llegado… ¡todo un estudio sociológico antes de las 7 de la mañana!

Lo más probable es que en estos días nos pase como al tren de hoy, que sintamos que vamos “con retraso” a la vida y que tengamos que “desoxidarnos” para llevar adelante lo que antes del verano nos resultaba mecánico. Menos mal que Dios, como mis compañeros de espera de esta mañana, espera pacientemente a que cojamos el ritmo… con más paciencia que nosotros mismos.

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“INNOVACIÓN EN LA VIDA CONSAGRADA”: SUPERANDO EL MIEDO

Escrito por José Cristo Rey G. Paredes.

La vida consagrada se está planteando –ahora muy seriamente- la necesidad de innovación. En sus capítulos generales constata que no todo lo que antes funcionaba funciona ahora. Sueña con hacerse “contemporánea” de los pueblos, de los hombres y mujeres de nuestro tiempo.  Quiere ofrecerles el testimonio y el servicio que necesitan. No desea dar un testimonio que nadie entiende, ni imponer un servicio que la sociedad minusvalora. La vida consagrada de hoy quiere renunciar a cualquier tipo de imperialismo cultural, y desea ser –cada vez más- “trans-cultural”. Está convencida de que debe descubrir nuevas formas de comunidad y comunión, pero siempre configuradas por la misión y no la misión configurada por una realidad comunitaria no siempre satisfactoria. Más todavía: el Sínodo sobre la Nueva Evangelización y el Papa Francisco en su exhortación apostólica “Evangelii Gaudium” le piden a toda la Iglesia y en ella a la vida consagrada entrar en un serio proceso de conversión pastoral y misionera y últimamente también a una conversión económica desde la perspectiva de la austeridad y los pobres de nuestro mundo. La vida consagrada está dispuesta a re-organizarse, a re-estructurarse para responder al proyecto de una “nueva evangelización”. Todo esto no es posible sin “innovación”. La requiere el cambio de época en que nos encontramos[1]. Pero, ¿porqué?  ¿en qué consiste?

La necesidad de innovación es la respuesta a una serie de porqués que nos han venido martilleando en estos últimos años:

¿Porqué se está paralizando la creatividad misionera y la misión se está convirtiendo en rutina y mero trabajo?

¿Porqué hay personas que nos abandonan en la mejor edad de su vida, u otras -aun permaneciendo- viven como divorciadas de la vida del instituto?

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LLEGA SEPTIEMBRE

Escrito por Fran Caballero.

Es quizá donde más claramente está y donde menos la buscamos. La gente está sedienta de  notoriedad y cambio. De que ocurra algo extraordinario. Parece que si no sucede nada, el día a día se hace inútil y soso. Hay un cierto miedo a volver a la rutina de siempre porque se nos apaga la sorpresa. Creo que no es así. En realidad, uno va descubriendo que la gran sorpresa es cada día. Descubrir en las cosas pequeñas la grandeza de la vida. También en los días en que no pasa nada o no pasa nada notorio. Es más, gracias a los días normales y sin novedad, somos capaces de valorar aquellos otros que se convierten en acontecimiento. Gracias a la simpleza de Sancho, descubrimos el brillo de la utopía en el loco Quijote.

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Con los jóvenes: confianza y cercanía

Escrito por Martín Gelabert.

¿Es posible ofrecer algunas características sobre la religiosidad de los jóvenes de hoy? No de forma genérica ¿Los jóvenes de hoy son más religiosos que los de antaño? Es dudoso. Cuando se trata de temas religiosos, las reacciones son siempre muy personales. Las religiones transmiten ritos, costumbres, doctrinas, modos de pensar y de juzgar. Pero en la fe cristiana, lo fundamental no son los ritos o doctrinas, sino el encuentro personal con el Señor Jesús. Y en esas cuestiones de encuentro, cada uno es “muy suyo” y reacciona de distinta manera.

Además, el encuentro con el Señor Jesús es distinto de los habituales encuentros humanos, ya que se trata del encuentro con una persona que, si bien está muy presente en nuestro mundo, no está ya en el mundo como lo estamos las otras personas. Por este motivo, en el encuentro con Jesús resucitado la mediación del presentador es fundamental. Y el presentador es la Iglesia. De ahí que la pregunta que debemos hacernos como miembros de la Iglesia es: ¿cómo presentar la fe cristiana, cómo anunciar el Evangelio de Jesús, a los jóvenes de hoy?

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Olor a oveja

Escrito por Jesús Garmilla.

Desde que el papa Francisco dijo aquello de que quería pastores con “olor a oveja”, la expresión ha hecho fortuna. Se ha convertido en una especie de santo y seña, de nota distintiva, de DNI imprescindible para cardenales, obispos y curas. Todos entendemos la expresión del papa pampero y lo que quiere decir: los pastores no pueden vivir a su aire, enseñoreándose en su burbuja aséptica e impoluta, alejados del olor (¿mal olor?) que suelen tener los rebaños de ovejas y cabras. El pastor lo es para estar al servicio de su gente. Hasta aquí la interpretación más escueta y espero que correcta de la feliz y mediática expresión del papa. Pero hay algo que me preocupa, o varias cosas, más bien. A veces percibo que estamos clasificando a obispos y curas en dos bandos contrapuestos: los que efectivamente, según la expresión franciscana, huelen a oveja y los que huelen a…. ¡no sé muy bien a qué!, o, tal vez, simplemente los que “no huelen a nada”, sólo a sí mismos: los que tienen las características del H2O: “inodora, incolora e insípida”. Pero tanto trasiego de olores me huele mal. Da la impresión de que algunos de estos pastores han iniciado un proceso -¿real, permanente?- de darse friegas con algún odorizante ovejuno; como si embadurnarse del ungüento mágico fuera actualmente uno de los requisitos para ser pastor, un buen pastor, se entiende. Algunos medios del gremio ya clasifican a obispos y curas según el presunto olor que desprendan. Y, por supuesto, no les duelen prendas en percibir dicho olorcillo en unos o en otros, a partir, claro está, de las siempre presentes ideologías, posturas y posicionamientos, en  distintos campos.

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Sostenidos por su mirada

Escrito por Manuel Romero.

Tras la multiplicación de los panes y los peces Jesús “obliga” a los discípulos a que se vayan en barca a la otra orilla.

Allí donde no conocen lo ocurrido en la pradera ni el entusiasmo de la gente. Les impide regodearse en un triunfo que no es de ellos sino de Dios. Por eso, es Jesús quien despide a la multitud y se queda solo. En esa soledad que nos queda después de una gran acción pastoral.

Aquellos pescadores vuelven a su elemento; al agua. Y cuando están ya lejos de la orilla y se extiende la noche, acaece un temporal de viento contrario y olas que cimbrean la barca. Es en ese momento, de madrugada -cuando aparecen todos nuestros fantasmas- cuando aparece Jesús y no le reconocen.

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“El programa ya existe”

Escrito por Jesús Garmilla.

Tal vez tengamos que reconocer que la (nueva) evangelización, la transmisión de la fe, la misión “ad extra” o “ad intra”, la Iglesia “en salida” -de la que habla Francisco- “nos trae a mal traer” desde hace mucho. La Iglesia siempre lo ha procurado, en ocasiones lo ha conseguido; otras veces, sencillamente, “ha fracasado”. El mandato de Jesús de “id por todo el mundo anunciando el Evangelio” no es moco de pavo. Es una verdadera “empresa”, una tarea ardua y compleja. Y, no obstante, es siempre -ahora también- improrrogable.

Siempre lo hemos intentado. ¿Qué fue si no la “idea luminosa” de Pablo de inculturar el Evangelio, “tan judío” y circunscrito culturalmente a un pequeño e insignifcante pueblo, en las mentes y los corazones de “los gentiles”? ¿Cuál fue si no, el empeño valeroso y atrevido de Cirilo y Metodio en los pueblos eslavos? (Nos lo recuerda preciosamente Juan Pablo II en su encíclica tan olvidada “Slavorum apostoli”) ¿Y los grandes papas del Medioevo ante los pueblos “bárbaros”‘? ¿Qué pretendieron -aunque fueran torpemente abortados desde Roma- los proyectos inculturadores de los jesuitas Nobili, Mateo Ricci y alguno más, en el más extremo Oriente? ¿Y las conocidas “reducciones” del Paraguay, Brasil y otros lugares del Nuevo Mundo? ¿Y (san) Bartolomé de las Casas, y Montesinos…? Ese fue también el pálpito de Pío XI con la Acción Católica, “la niña de sus ojos”,  el siglo pasado. Y es lo que soñaba Suenens cuando a medidados del mismo siglo XX propuso “poner a la Iglesia en estado de misión”. Y fue, por supuesto, el texto casi insuperable de Pablo VI, “Evangelii nuntiandi”, que nos sacude diciéndonos.: “La tarea de la evangelización de todos los hombres constituye la misión esencial de la Iglesia… Evangelizar constituye la dicha y la vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar” (EN, 14).

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