Revista Vida Religiosa

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La llama vacilante

Escrito por Ianire Angulo.

Confieso que cada año me emociona la imagen de cómo la fuerza del Cirio Pascual es capaz de iluminar un templo a oscuras, cómo la suma de pequeñas llamas refleja esa “fuerza de lo escondido” que no acabamos de creernos en lo cotidiano y cómo lo más importante de nuestra vida lo recibimos unos de otros en una “cadena contagiosa” capaz de encendernos por dentro.

En fin, que ese momento me gusta especialmente pero parece que en la parroquia han llegado también los recortes presupuestarios y anoche, en la Vigilia Pascual, me tocó una vela que debía estar viviendo su tercera o cuarta Vigilia. El caso es que, por más que lo intentaba no había forma de encenderla y, cuando conseguí que el trocito de mecha que tenía se prendiera con una minúscula llama… no llegó al pregón pascual. El caso es que estuve pensando que también ésta era una bonita imagen para empezar a celebrar al Resucitado, a Aquél que, según Isaías, “el pabilo vacilante no lo apagará” (Is 42,3). Mientras hacía equilibrios por intentar proteger mi llamita, pensaba en la cantidad de personas en las que tampoco acaba de prender la luz de la fe. El cuidado y el mimo por evitar que nada ajeno la apagara, los esfuerzos por conseguir rescatar un milímetro más de cabo, los repetidos intentos por volver a encenderla de nuevas formas sin darme por vencida… a algo así tendría que empujarnos la luz del Resucitado que vence toda noche y está deseando iluminar las vidas de todos y todas.

Como suele pasar con las cosas de Dios, la liturgia de la luz de ayer no fue como lo imaginaba… pero fue especial.

 

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Meditación de pascua

Escrito por Josean Villalabeitia, fsc.

Cuanto bien haría a la vida religiosa un diálogo sincero y fraterno con el Dios de la Vida, con el Resucitado. Necesitamos narrarnos y contar en clave de Pascua, no ya las grandes hazañas ni las remotas victorias, sino los sueños de humildad, redescubrir en la minoridad nuestra estrategia identitaria y misionera. Y esto, solo lo podemos hacer caminando con Jesús aún sin reconocerle, hablándole desde una autenticidad herida de amor y presa de esperanza.

Josean Villalabeitia nos ofrece una reflexión, necesaria y motivadora, sobre el camino de Emaús recorrido por los consagrados que conversan con Jesús.

El de Emaús (Lc 24, 13-35) es, sin duda, uno de los relatos más sugestivos que nos ofrece el Evangelio para este periodo de Pascua que estamos viviendo. Al mismo tiempo, podría ser también uno de los más pertinentes para analizar, a la luz de la fe, ciertos aspectos de la actual situación de los religiosos y religiosas que nos suelen preocupar de manera particular.

Porque la experiencia de aquellos dos discípulos desencantados, que volvían a casa tristes y alicaídos por lo que había acontecido con su maestro en Jerusalén pocos días antes –la pasión y muerte de Jesús–, sin darse cuenta de quién era aquel viajero misterioso que se les había pegado por el camino, que parecía tener una visión muy diferente de aquellos hechos que tanto deprimían a los seguidores –¿o ya ex seguidores?– del Nazareno, se asemeja por momentos a lo que nos está sucediendo hoy en día a religiosos y religiosas. Emaús es, por ello, una muy evangélica llamada de atención sobre cuáles habrían de ser las actitudes más apropiadas para afrontar nuestra situación actual desde las vertientes de la fe y el Evangelio.

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El centro de la vida religiosa (y III)

Escrito por Luis Alberto Gonzalo Díez.

Situarnos en el seno del Pueblo de Dios

Comparto con mi amigo admiración y respeto hacia nuestros pastores. En general, afirma y yo así lo creo, tienen un buen tono. Son hombres de fe que diariamente quieren conocer qué es lo que Dios quiere y, aún más, qué es lo que Dios está diciendo para nuestras iglesias particulares con visión universal. Dice mi amigo, ya que tiene mayor proyección histórica, que conoció otros tiempos en que gozaron de más libertad de Espíritu, mayor frescura y originalidad. Supongo que esto es fruto del paso del tiempo y que no será tan así…Respecto a la comprensión y conocimiento que algunos muestran por la vida religiosa, mi amigo guarda silencio, «como el Ebro en el Pilar». Parece que este tema no es el más logrado. Cuando me ve un pelín preocupado o nervioso, me pide paciencia y afirma que el tiempo es la mediación que tiene Dios para poner las cosas en su sitio. Determinadas inhibiciones, juicios apresurados o desconfianzas, desde luego, no son legítimas ni provenientes del Santo Espíritu sino de un tiempo no bien leído. Y es que las relaciones mutuas, sigue siendo asignatura pendiente. El Papa Francisco ha impulsado que se retome el estudio y, sobre todo, la vida para lograr la fecundidad que nace cuando las distintas formas de vida se complementan y no compiten, al servicio del Reino.

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La medida del amor

Escrito por Ianire Angulo.

Esta cuaresma está siendo especialmente intensa para mí y para mi comunidad. A las tareas que se acumulan en ciertas fechas se le suman las complicaciones propias de vivir en una casa de mayores… y, confieso, que estoy físicamente agotada. Y ya que empiezo confesando (y el tiempo litúrgico lo propicia) sigo confesando que cuando la vida te va situando ante urgencias a las que apremia dar respuesta, es cuando yo tengo menos paciencia con quienes andan entretenidos/as en su propio ombligo. Puede conmigo ese arte para buscar la propia comodidad y la propia satisfacción más allá de las urgencias comunitarias, esa capacidad para salirse con la suya (la de “cada uno/a” y no “la de todos/as”) haciéndose el/la indignado/a cuando se pide ayuda y esa “inconsciencia selectiva” para obviar el hecho de que unas cuantas andemos “con la lengua fuera” por intentar llevar adelante las responsabilidades de cada una y apoyar en lo que va surgiendo.

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El centro de la vida religiosa (y II)

Escrito por Luis A. Gonzalo Díez.

Nuestra razón de ser

Ofrecer lo que creemos

Mi amigo, que tiene varios lustros más que yo, me indicó, sin pretender enseñar, que un rasgo esencial de la vida religiosa es la inculturación. El vivir al ritmo de la época. Que la inducción hacia la trascendencia en cada contexto sólo se da cuando hay personas que la hacen posible y creen en ella. Hace unos meses aludiendo al Año de la fe, decía sencillamente: “lo que hace falta es personas que, en verdad, crean”, lo hacía comentando determinadas terapias-espectáculo con las que pretendemos comunicar qué significa creer a base de fuerza y número. Él, formado en la escolástica, resulta que es un ejemplo claro de que la evangelización crece en el diálogo y la aceptación del lugar donde está la persona. Así, no vive la pluralidad como peligro, ni la interculturalidad como contaminación. Así, reitera que la vida religiosa es la palabra ágil de la Iglesia para este tiempo, porque curiosamente, es la única forma de vida que puede rehacerse desde lo que Dios está sugiriendo para hacerse comprensible para esta época.

Comprender lo que vivimos

La mayor parte de las cosas que se escriben sobre la vida religiosa le resultan útiles. También en esto es rara avis porque no tiene otro tipo de pretensión respecto a la verdad, sólo admirarla. Él es de los que da ejemplo en el siempre aprender. No tiene tanto prejuicio como para situar autores en el índice de lo prohibido. Una mañana que pasó a saludarme, me comentó: “te das cuenta de la riqueza que supone la información”. Y me relató varios acontecimientos ocurridos a miles de kilómetros que supondrían un cambio muy significativo en la humanidad. Aquel día habían confluido una manifestación en Buenos Aires, un encierro en Sudáfrica, la construcción de un gigantesco puente en Australia y un acto académico en Paris…

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El Misterio ¿a distancia?

Escrito por Manuel Romero.

Estos días nos acercaremos al Misterio del dolor de una Madre por su Hijo; al que da a luz y al que tiene que entregar crucificado. Misterio de la paciencia de un Dios Padre; que comprueba cómo rechazamos la mano que nos tiende en Jesús. Un Misterio ante el que solemos tomar distancia…

Tenemos tres días para comprender ese Misterio y decidir dónde nos situamos… pero ¿cómo hacerlo?

Podemos acercarnos al Misterio del amor de un Dios que permitió que su Hijo se hiciera hombre y no un ángel. Lo que supuso asumir nuestra carne y nuestra fragilidad para que, al menos, uno de nuestra raza venciera a la muerte y cargara con las consecuencias de nuestros pecados. Pero claro, esto supuso mucho sufrimiento: El sufrimiento de un Jesús tan humano que tuvo que aprender a buscar la voluntad de Dios tan a tientas como tú y como yo. ¡Hasta en el último suspiro! ¡Colgado de una cruz! El sufrimiento de un Jesús tan divino que no pensó, en ningún momento, en sí mismo para no bajarse de la cruz porque a ti y a mí no se nos da esa opción.

¿Cómo comprenderlo?

Podemos acercarnos al Misterio del amor de la Madre, de María. Ella que el Viernes Santo quedó desposeída de su tarea de madre de Jesús, del sentenciado, para convertirse en la Madre de los discípulos: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”.

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¿Reforma dogmática?

Escrito por Jesús Garmilla.

“Todas las verdades reveladas proceden de la misma fuente divina y son creídas con la misma fe, pero algunas de ellas son más importantes por expresar más directamente el corazón del Evangelio… El concilio Vaticano II explicó que ‘hay un orden o <jerarquía> en las verdades en la doctrina católica, por ser diversa su conexión con el fundamento de la fe cristiana’ (Unitatis redintegratio, 11). Esto vale tanto para los dogmas de fe como para el conjunto de las enseñanzas de la Iglesia, e incluso para la enseñanza moral” (Francisco, ‘Evangelii gaudium’, 36). Si no fueran palabras del papa Francisco, no estoy seguro de que yo me hubiera atrevido a escribir algo semejante. Son palabras tan osadas, a la vez que realistas y necesarias, que dichas por el papa adquieren una significación y un calado notables. Francisco, con la libertad de espíritu que le caracteriza, retoma el viejo tema de la ‘jerarquía dogmática’, de las diferencias de peso específico en las verdades asumidas por la Iglesia. Y se apoya en la emblemática cita del Decreto conciliar sobre el ecumenismo: no todo “vale igual”, no todo tiene la misma densidad; existen “verdades” axiales, nodales; y existen “verdades” accesorias, incluso fruto de contextos culturales efímeros. Y eso se aplica a los dogmas, al magisterio ordinario de la Iglesia, e incluso -dice el papa- a las enseñanzas morales. Y aquí nos encontramos con un charco difícil de saltar -o de sortear- para muchos excesivamente encorsetados en las “verdades eternas”. Francisco, como buscando más apoyaturas, se vale incluso de santo Tomás de Aquino -más allá de toda sospecha- para decir, a continuación: “Santo Tomás de Aquino enseñaba que en el mensaje moral de la Iglesia también hay una ‘jerarquía’, en las virtudes y en los actos que de ellas proceden” (EG,37). La reforma de la Iglesia, en la que está enfrascado el papa Bergoglio, “toca” también la jerarquía dogmática y moral, distingue entre “esencial y accesorio” (cfr. EG, c.III), nos recuerda la “proporcionalidad” en el anuncio del Evangelio, y resalta, obviamente, el amor y la misericordia como el núcleo innegociable e intocable de nuestra fe.

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No a una Iglesia autorreferencial

Escrito por Martín Gelabert.

En distintas ocasiones el Papa Francisco ha notado el peligro que para la Iglesia supone la autorreferencialidad. La autorreferencialidad se opone a la salida de sí e impide el encuentro real con el otro. Si la Iglesia es, por su naturaleza, misionera, y si toda ella debe estar la servicio de la evangelización, se comprende fácilmente que, cuando se encierra en sí misma, no puede cumplir con su “ser misionero”.

Una Iglesia autorreferencial es una Iglesia prisionera de su propio lenguaje rígido. Una Iglesia que no sabe hablar el lenguaje del mundo, que so pretexto de máxima ortodoxia siempre repite su propio lenguaje, un lenguaje que el mundo no comprende, un lenguaje que resulta esotérico, no puede dialogar con el mundo y, por ende, no puede anunciar el Evangelio. Según el Papa esta Iglesia autorreferencial se ha convertido para el mundo en una reliquia del pasado, insuficiente para las nuevas cuestiones. Quizás la Iglesia tenía respuestas para la infancia del hombre, pero no para su edad adulta, continúa diciendo el Papa. De ahí la pertinencia de la pregunta: ¿qué hacer? Responde el Papa: hace falta una Iglesia que no tenga miedo de entrar en la noche del mundo, una Iglesia capaz de encontrarse en el camino del hombre, de entrar en su conversación.

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El centro de la vida religiosa (I)

Escrito por Luis A. Gonzalo Díez.

La vida con centro

Hay un religioso de edad que se toma muy en serio colaborar con nuestra revista. Tiene la jornada bien ocupada. Dedica buenas horas a echar una mano en la misión con sus hermanos más jóvenes y además encuentra tiempo para orar por la misión y el mundo que, como bien dice, “tanto ama Dios”. Tiene este hermano una vida serena, equilibrada y feliz. Está ocupado en las necesidades de los demás porque sufre cuando percibe privaciones, carencias e injusticias… y en este tiempo son muchas. Sabe ponerle nombre a la crisis, porque sus amigos preferidos son pobres… esa es su fuerza. Tuvo en sus tiempos jóvenes muchas y variadas responsabilidades en la comunidad y en la congregación. No los echa de menos, porque hoy sigue teniendo la vida llena, plena. Ha entendido que la vida no son los cargos, sino ser fiel al encargo de Dios… y ese no desaparece al cumplir años.

Conocimiento de la realidad: visión esperanzada del presente

Hoy me ha escrito. Como siempre ofreciendo visión serena. Me aporta una buena relectura de todo lo que se escribe sobre la vida religiosa, que no es poco. Conoce bien nuestra vieja Europa, pero también América Latina y un poco menos Asia y África, pero poco menos. Es un religioso formado, como tantos, y es capaz de comprender que lo que pasa aquí es fiel reflejo de lo que acurre allá y, a la vez, es muy diferente. Es un exponente de esa lectura posmoderna de la realidad, con el poso de haber trabajado la Suma Teológica y la historia de la filosofía de Nicola Abbagnano. Nunca he percibido en sus palabras y actitudes una mínima sombra de nostalgia. Es inteligente y sabe que ni nuestro decrecimiento actual, ni el sorprendente crecimiento de hace unos años, del que depende el momento presente, son cifras serenas. Son datos afectados por realidades sociológicas que todavía no hemos sabido integrar, ni interpretar convenientemente.

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