Andrea

Andrea es una adolescente con síndrome de down que lleva en nuestra comunidad parroquial unos añitos. El domingo pasado dijo que quería ser monaguilla, “como todos”. Y los catequistas y yo, no sin miedo, nos dijimos que “vale”.

El Evangelio era el de la sal y la luz, tan de Jesús. Y tuvimos la suerte (siempre la tenemos) de hacerlo realidad en la eucaristía. Allí, presidiéndonos, la sal de la vida que nunca se vuelve sosa. El pan, el vino y Andrea. Unidos de una manera íntima y desproporcionada (como todo lo de Jesús). Éstabamos muchas personas en la Iglesia y la sal nos daba sabor a todos. Ese granito especial que nos miraba tímidamente desde detrás del altar, desde la mesa compartida, abriéndola a todos, haciéndonos iguales con su toque especial.

Sabor intenso y de Dios a flor de piel, tan a flor de piel que se desparramaba por todos los bancos, por todas las entrañas, comunión desproporcionada en lo cotidiano. ¡¡Tan sencillo es creer!! El que tenga oídos para oír que oiga… y que saboree

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Nos hacemos mayores…

En el bautizo de Miguel nos encontramos varios de la misma generación que hacía tiempo que no nos veíamos. En la comida comentamos muchas cosas entre risas y buen Alvariño. Y una de ellas, común, es que nos hacemos mayores… Con hijos, con trabajo o sin él, con la monotonía de lo que no queríamos vivir y que contemplábamos de lejos diciendo que a nosotros no nos iba a pasar… Y en algunas cosas nos pasó.

Ya tenemos cierta edad, pero en mi caso me daba cuenta de que en la comunidad religiosa en la que vivo parace que soy el eterno joven. Y no es verdad, por lo menos viendo a los de mi generación.

Es muy dañina esta imagen que quiere conservar en formol, por comparación de año de natalicio, la eterna juventud. No es bueno para nosotros ni para los de más edad. En esto se nota que somos un grupo “curioso”, cuanto menos.

Nunca acabamos de crecer o, por la dichosa teoría de la relatividad, crecemos con el aumento de la edad de los demás, en apariencia de estancamiento “ad intra”. Ya no somos un “chavales”, ni unos neófitos. Es verdad que somos hijos de nuestro tiempo (¿quién no lo es?), que tenemos otros valores y pecados (aunque en esto no creo que seamos muy originales), otros sueños o parecidos, pero ya no son los de adolescentes, ya van teniendo el peso de la cruz y las alas de la esperanza saboreada.

Yo no conzco a los “Padres” de los que se habla en las comidas, que fallecieron hace unos añitos, no tengo el historicum congregacional de largo tiempo, ese árbol genealógico tan manido, pero la historia pequeña se construye ahora, no se queda congelada y si se queda no es bueno, no moralmente sino vitalmente.

Ojalá que nos podamos hacer mayores…

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Hace siete años…

Creo que escribo demasiado en el Bolg… Pero bueno. Hoy hace siete años que me ordenaron de presbítero. En estos años no tengo mas que agradecimientos.

Tendría que llenar este post con muchos nombres, pero no es el momento. Doy gracias a Dios públicamente por el amor entreñable que derrama todos los días en mi vida y pido perdón por mis pecados, esos que se ven y pueden ser escándalo para algunos, y los otros que no se ven tanto. Y vuelvo a dar gracias a Dios, porque me invita cada día a la mesa compartida en donde y el pan está partido y el vino envejecido, porque Él quiere, porque el que invita es Él.

En este tiempo cambiaron muchas cosas en mi vida. Creo que entiendo mejor (con el corazón) eso de no he venido a ser servido sino a servir, que la gracia está rodeándolo todo, que las pequeñas cosas son las que mueven la vida, que el amor es lo único que perdura (ese ceñidor), que en los odres viejos se derrama el vino, que el grano de mostaza es diminuto, que la semilla crece por sí misma, que la fuerza está en la debilidad, que tenemos que remar mar adentro, que desde lo hondo sigo gritando al Señor, que el sembrador sigue saliendo a sembrar sin importarle dónde cae la semilla, que está a la puerta y llama (todos los días), que los talentos nos los dio para arriesgar (no para meterlos en la seguridad del agujero egoísta y conservador de las tradiciones), que la casa del Padre tiene muchas habitaciones, que las Bienventuranzas ya son aquí y ahora, que a nosotros nos llama “amigos”, que hay un lugar (por aquí cerquita) en el que ya no habrá más llanto, que los que no están contra Él están con Él, que el que no carga con su cruz no puede seguirlo, que hay que tener oídos para oír, que la viuda es generosa y que el publicano sale justificado, que Dios es Dios de vivos, que el jefe de la viña paga lo mismo al vespertino que al mañanero, que el único bueno es Dios…

Y que aumente mi fe…

Gracias

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Reciclando la paz (en el día escolar de la paz)

Gracias Dios de la vida por regalarnos la paz.

Gracias por que tu Hijo Resucitado nos saluda cada mañana así: “Paz a vosotros”.

Gracias porque Abraham contaba las estrellas del cielo en paz, despacito, en el silencio de la noche, saboreando la paz.

Gracias por dibujar en el cielo el arcoiris en tiempos de Noé y porque la paloma, nuestra paloma, volvió con una rama de olivo en su pico: “nunca más habrá castigos”, dijiste…

Gracias porque nos cuentas que la justicia y la paz se besan, en un beso para siempre y desde siempre.

Gracias porque nos depositas en las manos, cada día, esa paz frágil para que la cultivemos, como al grano que se planta en la tierra y crece solo.

Gracias por este gesto pequeño de cuidar la creación que es para todos, no sólo para unos pocos. Por ese repartir generoso con el que tantas veces nos haces soñar y que vamos dando forma en las pequeñas acciones del día a día.

Porque disfrutamos con los amaneceres, con los árboles, con la vida diminuta que nos rodea, con los otros, con los de lejos y con los de cerca.

Porque sabemos que consumir no nos trae la felicidad, solo una apariencia que nunca se sacia y que hace daño a otros.

Gracias porque la paz la podemos reciclar, tu paz. Ese reciclaje mágico de un comienzo siempre nuevo, como nuevo es el pan de cada día que nos das y que no debemos acumular, el pan para todos.

Gracias por hacernos agradecidos, por poder abrir a cada instante el regalo de la vida que viene envuelto en esperanza, tu esperanza, Dios de lo pequeño.

Gracias, por último, por ese silencio que engendra sorpresa, que clama desde lo hondo, hondura de paz que toma carne en nosotros. Carne como la de tu Hijo resucitado, sorpresa grandiosa y regalada, que nos dice todos los días: “Mi paz os dejo, mi paz os doy”… Reciclada

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Y llegó en medio de palomas…

Ayer por la tarde estábamos terminando en la parroquia las palómas que vamos a utilizar el domingo que viene para el día escolar de la paz (que también celebramos en la eucaristía). Liados con palomas grandes, pequeñas y enormes, entre los inmigrantes que salían de clases de lengua y cultura, en el bullicio, recibimos la visita de un hombre. Uno más diríamos, pero conocía a Carmen (que estaba haciendo palomas) y cuando la vio se echó a llorar.

Un hombre de 50 años llorando delante de nosotros, entre palomas de la paz. Y allí nos dijo que venía a buscar un papel donde se dijese que no recibía alimentos de nuestra parroquia, porque sino no se los darían en otro lugar. Y miraba a Carmen y a las palomas y a nosotros: “Ya no aguanto más, se me acabó el paro… Yo nunca tuve que hacer ésto…”

Y no hacía falta decir nada, pero él lo dijo, como disculpándose, como pidiendo perdón por tener que hacer eso. Un hombre de 50 años con dos hijos y esposa.

Y lo llevé a la trabajadora social y salió más sereno, pero con la pena dentro, arraigada. La pena de una crisis inmisericorde que roba la esperanza y que corta las alas a las palomas blancas que se quedaron también tristes, con una tristura infinita.

Y, más tarde, rezamos vísperas y a Carmen le salió de dentro, quizás de la mano de la pena, el salmo: “Misericordia, Dios mío, misericordia. Que estamos saciados de desprecios. Nuestra alma está saciada del sarcasmo de los satisfechos, del desprecio de los orgullosos…”

Nuestra alma saciada, nuestra vida saciada… Y las palomas, más tristes si cabe, nos acogieron a la sombra de sus alas, en un gesto de ternura infinita, en el centro de nuestras almas…

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La JMJ en provincias…

Lo de “provincias” siempre fue muy de capital y a mi me sienta regular (viví 2 añitos en Madrid…). Esto de la JMJ es una cosa curiosa, los grandes eventos no son muy de mi agrado, pero ayer se convocó una reunión para organizar los días en la diócesis de la JMJ y allí acudimos. Cual fue mi sorpresa cuando descubrímos que éramos unas 80 personas (nada común en estos tiempos que vivimos) Pero lo más curioso fue la pluralidad de creyentes que allí estábamos para echar una mano en la acogida de otros cristianos (australianos y franceses). Allí estábamos religiosos (capuchinos, carmelitas, jesuitinas, jesuitas, claretianos…), algunos sacerdotes de la Obra, laicos de comunión y liberación, parroquias rurales y de centro, sacerdotes diocesanos, pequeños movientos laicales locales, seminaristas… También crisol de edades. Hacía mucho tiempo que no palpaba la comunión en la diversidad y la riqueza de la Iglesia local, mucho tiempo. Y todo en clave de servicio, de acogida, dando gratis lo que recibimos gratis… Quizás sea este el único camino de la unidad en la diversidad: el servicio. Pues sirvamos, en provincias…

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Algas enlatadas

Ayer tomando un café, sin poder fumar en el bar, charlé un rato con Lucía. Ella es una joven que junto con otros tres decidó montar hace seis meses, en plena crisis, una pequeña empresa de enlatado y comercialización de algas.

Todos tienen trabajo, pero pensaron que ya era hora de plasmar una idea que les llevaba rondando un tiempo largo. “Nos liamos la manta a la cabeza”… Y la liaron bien. Ya había algunas empresas de este tipo, pero ellos creyeron que la suya debería ser distinta: pequeña, artesanal, de contacto con las personas… Compraron las algas (todo se compra), hablaron con una conservera local, encargaron a una imprenta las cajitas de cartón y listo… Una empresa distinta, con una producción muy pequeña pero de calidad (hasta las cajas, que son preciosas, las doblan ellos). Ninguno dejó de trabajar en sus anteriores labores: “Hay que vivir”.

Pero ahora los “grandes” se fijaron en ellos. Un grupo de capital de riesgo quiere invertir en lo que consideran un negocio de futuro. La oferta está sobre la mesa. Tienen que tomar una decisión: seguir apostando por los sueños pequeños o saltar al mundo del dinero grande y del control por otros.

Le expliqué que había otras posibilidades, otro tipo de economía. Se podía pedir un crédito a Fiare (banca ética) y seguir una linea de economía más solidaria, ver la posibilidad de la certificación ecológica, pequeños circuitos de distribución…

Lucía y sus socios dudan. Los sueños se pueden romper y es triste que tengan precio. Ojalá que sigan soñando en lo pequeño.

Sus algas son buenísimas…

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Haití

Hoy hace un año y lo olvidado sale a la luz gracias a los medios. El terremoto sigue haciendo daño aunque la tierra ya no tiemble. Y el clamor es común: la ayuda internacional no llega.

Ayuda comprometida hace tiempo, en el tiempo de las prisas y las buenas voluntades, en el tiempo de los votos. Pero ya pasó y se olvidó y ya no vende y la crisis y si “estamos aquí también muy mal” (que se oye, tristemente, no pocas veces)…

Pero una cosa es la ayuda internacional (de los Estados) y otra la de las instituciones o ONG´s que siempre estuvieron sobre el terreno. Y dentro de esas ONG´s muchas de Iglesia, muchísimas. Haciendo lo imposible con lo pequeño, con cifras no demasiado grandes que brotaron de la generosidad de las personas. Y trabajando codo a codo, allí, viviendo como la gente vive. 230.000 personas fallecidas (muchas aun desaparecidas o no contabilizadas) y 800.000 viviendo en precarios campamentos, y el cólera.

Y ayer fuimos a montar una exposición sobre África, organizada por REDES Vigo (www.africacuestiondevida.org)  a un colegio de infantil de Vigo. Una exposición gratuita para el cole, con cuentacuentos africanos (y sin papeles) gratuitos (a los que se les da 60 euros por el trabajo de la mañana, del dinero de la campaña). La intención es sensibilizar sobre los valores positivos de África y de sus habitantes. Y una profesora encantadora que decidió que sería bueno para toda la comunidad educativa y así lo propuso al centro.

Y al llegar, dos voluntarios, nos encontramos con dos profesoras que nos preguntan qué venimos a hacer. Y nosotros se lo contamos a grandes rasgos. Y ellas que “muy mal”, que las ONG´s nos quedábamos con un 90% del dinero y enviámos un 10%. Y que cuánto costaba todo aquello, y que ellas no iban a llevar a sus niños,y mil historias más… La profesora encantadora avergonzada y sin saber cómo disculparse con nosotros. “Tranquila, estamos acostumbrados”. Pero lo cierto es que a estas cosas nunca te acostumbras y te da tristeza (Bienaventurados cundo os insulten…). Y Haití sigue ahí, hoy rezando sobre las ruínas de la antigua catedral y en otros muchos lugares… Y hombro con hombro trabajando muchos y los Estados sin reaccionar, pero no confundamos.

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En rebajas

Este mundo del consumo está muy bien pensado. Parece mentira esta afirmación pero es de una certeza admirable. Los que negocian con nuestros sentimientos saben muy bien lo que se traen entre manos. Porque se trata de eso: un negocio de sentimientos. Apelan a lo insaciable de lo que somos para poder seguir creciendo económicamente.
Nunca nos hablan de la calidad o de la necesidad que nosotros tenemos de tal o cual producto, simplemente nos lo meten por los sentidos para trasladarnos al mundo de la ensoñación y desde ahí jugar.
El colmo de todo ello (un ejemplo muy tonto, hay más) es la venta de perfumes o esencias. En su publicidad es imposible que nos hagan percibir a qué huele (todo llegará), pero nos hablan en el lenguaje ensoñador de la atracción, del glamour, del saber estar, o de la transgresión, según estudios de mercado. Y lo consiguen.
Es un ejemplo tonto (lo repito) pero con todo se procede mismo modo. El querer insaciable se pone en juego y el “siempre más” actúa con una celeridad increible. Poner freno no es sencillo, decir que no necesito es casi algo heroico, el nadar contracorriente desgasta… Pero quizás sea un camino muy evengélico, aunque la carne es débil y la nuestra también.

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La estrella

Después de la noche de Reyes (mejor de Magos) y en este día, día lluvioso y ventoso en este rincón de Galicia, sigo mirando al cielo… Ahora solo veo nubes negras, literalmente, pero sé que detrás de ellas hay un universo casi incomensurable. Y en la oscuridad de la noche descubro millones de estrellas, a pesar de la contaminación lumínica. Sé que algunas de ellas desaparecieron hace millones de años, pero su luz sigue llegando a nosotros generosa y viva.

Una de esas estrellas fue la condujo a los tres Magos por los caminos de sus vidas buscando algo indeterminado pero hermoso. Luz entre luces, punto casi milimétrico visto desde aquí, pero con un poder enorme: el poder de movilizar la existencia hacia algo (o alguien) distinto a nosotros mismos.

Y mirando a mi alrededor descubro que nos faltan estrellas que nos saquen de la monotonía de las seguridades y de los planes preconcebidos cuasi-empresariales en los que nos movemos. En la Iglesia puede que ya hayamos bajado los ojos hacia el suelo y que nos cueste elevar la vista más allá de nuestras huellas (“que bonitas son estas pisadas, que bonito lo que hacemos… y cuenta, mira cuántos somos”).

La ventaja de las estrellas es que no pertenecen a nadie, simplemente señalan caminos inexplorados o poco transitados. Son pequeñas vistas desde aquí, pero con su luz navegan libres, por eso el Principito no entendía cómo el contador de estrellas las podía tener en propiedad. Las estrellas son sueños. La de los Magos (una para todos, comunidad) llenó y cambió sus vidas. Las nuestras siguen brillando en algún lugar, allá arriba, esperando a que las elijamos y las sigamos, sin seguridades, pero soñando, siempre soñando. Las estrellas son sueños y los sueños evangelio y el evangelio… Y el evangelio es el sueño de Dios, su estrella. Por ahí arriba tiene que estar, seguro.

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