Ven Espíritu…

Ven, porque eres regalo, siempre desbordando nuestros mezquinos planes, nuestras pequeñas seguridades de compra-venta.

Ven, porque necesitamos ser más del Reino, entrar en lo que nos da miedo y dejar que renueves la faz de nuestras vidas personales y comunitarias.

Ven, porque tenemos los huesos secos y el corazón se nos va esclerotizando por el paso del tiempo y de las cosas.

Ven, recrea lo que ya nos fue dado desde antes del comienzo de la Creación, ese pequeño grano que, a pesar de nosotros mismos, sigue germinando en las esquinas de lo que somos.

Ven, haznos uno en lo distinto, que nuestras ideologías no puedan más que nuestros amores.

Ven, llena nuestras soledades anchas y desproporcionadas, haznos salir a los cruces de caminos para invitar (no obligar) a los que quieran al banquete compartido: Tú ya tienes preparada la mesa grande y repleta.

Ven, redime lo que fuímos para poder seguir siendo de otra manera, para que el dolor no nos haga cargar fardos pesados sobre los demás mientras nosotros no movemos ni un dedo.

Ven, Espíritu, ven a pesar de que te lo digamos titubeando, con el corazón pequeño, con la existencia hipotecada, con el sarcasmo de los hombres satisfechos.

¡¡¡ Ven, Espíritu, ven !!!

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Das al vespertino lo que al mañanero

O lo que viene siendo lo mismo: que Dios es el que da sin medida y al que quiere, sin que importen las medidas utilitaristas.

Es la parábola de los viñadores que llegan a distintas horas para trabajar a la viña y todos reciben el mismo sueldo. Para el sistema neoliberal (el nuestro) que premia el tiempo y la dedicación es una blasfemia… para nosotros también.

Si el Reino fuese una empresa sería una locura y una ruína. Pero no lo es. En la dinámica propuesta por Jesús, de parte del Padre, es el sentido profundo de lo que nos es regalado todos los días. No somos nosotros los que ponemos lo criterios aunque lo intentemos. No somos los que pagamos, ni los que llamamos a los trabajadores. La viña no es nuestra.

Sí que seguimos mirando con envidia a esos y esas que llegan siempre tarde (como el hermano mayor del hijo que vuelve roto) o sin derechos adquiridos (creemos) o sin papeles o sin que nosotros les digamos nada… Y de pronto nos los encontramos trabajando en la viña, mano a mano, un ratito, sólo un ratito. Y cuando llega la hora de recibir el jornal, que paga el dueño, reciben lo mismo que los que llevan sudando todo el día. Y algo se nos revuelve dentro, porque somos los que más trabajamos, los que cumplimos, los que nos desvivimos, los que nunca abandonamos la casa del padre, los que, al fin y al cabo, nos hacemos dueños de la viña, de la casa, de las normas, de la vida, de los dones. Porque somos cicateros ( RAE: adj. Mezquino, ruin, miserable, que escatima lo que debe dar) con lo que ni siquiera es nuestro.

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Celebrando

Agradezco diariamente a Dios la posibilidad que me regala de poder celebrar la eucaristía. Y digo celebrar porque percibo que lo hago con otros y que la grautidad del Evangelio se expresa radicalmente en estos momentos.

Todo gira entrono a la Palabra y a la mesa compartida, todo regalado, desde el principio al final. Todos recibiendo a manos llenas lo que se da de balde. No es cuestión de ser dignos o indignos (nadie lo es), sino de creernos que Dios se hace concreción diminuta y frágil en medio de un nosotros plural que es más que la suma de unas cuantas individualidades.

Y todos haciendo eucaristía, desde los bebés que lloran de cuando a en cuando (que alegran, no molestan) hasta los ancianos, que en su quietud reflejan con claridad la fuerza en la debilidad. Todos celebrando, nadie más que nadie, en igualdad de Reino ya esbozado, en signo que se puede percibir aunque de manera equívoca, de disfrute profundo de un sabor que te hace salir de ti mismo para perderte en los demás… Todo en un Dios que se sigue haciendo carne (que ya no puede dejar de ser carne) y en una carne que nos alimenta, a todos, sin necesidad de previo pago.

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Dos cardenales y un teléfono y la JMJ y el 15 M

De una transcripción telefónica de Juan Rubio en Vida Nueva 26/5/11.

Hablan dos cardenales, el uno preocupado por la JMJ y su posible coincidencia con las protestas del 15M, y el otro sacando hierro al asunto: el primero Rylko (Pontificio consejo para los laicos) y el segundo Rouco (arzobispo de Madrid)…

No tiene pérdida nada de lo que se dicen, si podéis leedla…

Rouco acaba diciendo (me imagino que para tranquilizar) que esto del 15M no es una revolución, es sólo “el derecho al pataleo. No hay que perderle ojo pero no es para tanto. Hay mucha espuma en esto y se derretirá cuando lleguen los exámenes y empiecen las vacaciones” … “Nosotros no debemos entrar en esa guerra. Lo nuestro es dar luz a esos jóvenes desorientados, que están como ovejas si pastor. Quizá sea nuestro momento. Los políticos no se la dan. Tenemos que hacer del limón limonada y ofrecerles algo. Están sin líder. El Papa sabrá metérselos en el bolsillo”.

Es increíble. Es entender poco o no querer ver. Los que andan como ovejas sin pastor o más bien como el lobo que se mete en el redil son las personas contra las que se protesta en este bendito 15 M. Los que regentan la cosa pública para su mezquino aprovechamiento personal (no sólo monetario, que es lo que va a los juzgados) sino también para ganar los favores que engedran poder en todas las escalas.

Y no hay líderes porque es la base de este movimiento, es algo común y comunitario. Sé que lo asamblario es complejo y que se puede aprovechar por otros “lobos”, pero es la esencia de todo esto. Es David contra Goliat (ayer mismo en la Plaza de Cataluña) o, más bien, el pábilo vacilante y la caña cascada, tan profético y tan jesuano.

No es sólo “derecho al pataleo”,  es deber de seguir soñando pese a que nos digan que somos unos ilusos, unos inadaptados o unos ineptos (que de todo dicen).

Y los cristianos estamos dando luz ya en esas plazas, no solo en la de Madrid. Luz difusa y débil (pábilo vacilante). Y no tenemos seguiridades, ni buscamos lo puro (que no existe) y estamos mano a mano con la viuda, el jubilado, el greñudo, el nacionalista, el parado, la divorciada, el niño con sus padres, algunos despistados, algunos críticos, la familia tradicional y la no tradicional, el inmigrante que vende los bolsos y las joyas de Tous, los raperos y los rockeros, los curas, algún musulmán, los que viven en comunidad, los sin techo, las feministas…

Y se pide en la plaza que no se beba, que no se ensucie, que no se recurra nunca a la violencia, nunca…

Y esta mezcla sin líder ya es luz. Luz especial y vacilante que probablemente se apague (vacaciones, exámenes… aunque no sólo hay estudiantes). Pero ya valió la pena, hacía mucho tiempo que no soñaba así, mucho. Hacía tiempo que no encontraba en la diversidad tanta generosidad (lo primero que se pide es un cambio ético personal).

Y todo sin dinero por detrás, sin ayudas ni acuerdos con los políticos de turno (cosa que sí tiene Rouco, de derechas e izquierdas, y presume de ello), ni con el esponsor del Corte Inglés (que es una vergüenza de la JMJ) ni de otros poderosos que están a bien con los macroencuentros de cualquier signo porque dan réditos políticos o económicos (éste también a pesar de todos los pesares).

Los del 15 M no son ovejas sin pastor, son ovejas cansadas de que siempre los trasquilen los mismos, los que nos son los pastores del rebaño, y que los lobos siempre estén al acecho aunque vayan disfrazados de ovejas (porque hay mucho disfraz)

Ojalá releyéramos la lectrura de vísperas del Común del Pastores: “Sed pastores del rebaño de Dios a vuestro cargo, gobernándolo, no a la fuerza, sino de buena gana, como Dios quiere, no por sórdida ganancia, sino con generosidad, no como dominadores sobre la heredad de Dios, sino convirtiéndoos en modelos del rebaño”.

Perdonad la longitud del post

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En el susurro del agua

No todo el mundo tiene esta experiencia: el agua susurra. No me refiero al agua del grifo o de la piscina repleta de gente. Me refiero al agua del mar, de esa inmensidad rica de la que salió la vida hace mucho tiempo.

Es un susurro quedo, que las primeras veces te sobrecoge y te lleva a la tierra paradójica del interior de uno mismo y del mundo, a esos espacios poco transitados por su densidad. Pero pasado el tiempo, cuando llevas bastantes inmersiones, te reconcilias con él y se va haciendo parte de ti, de ese 70 % de agua que entreteje nuestra vida. Y la admiración por la belleza escondida brota espontaneamente en la tierra firme y dura de lo cotidiano. Y el anhelo de sumergirte te llama con fuerza.

No sé si soy más pez que bípedo con pulgar oponible. Sólo sé que el susurro del agua lo llevo dentro y es un trasunto de alguien primigenio y pacificador.

Me alegro de que otros compañeros blogueros como Ianire también perciban el susurro del agua buceando en la vida.

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El poder

Esto del poder lo llevamos muy dentro, todos. Pero parece que algunos han decidido que ya está bien de que nos dirijan manos invisibles complejas. Esta complejidad que no se puede explicar porque dicen que no la podemos entender es la que justifica el sistema. Nos dicen que no podemos hacer otra cosa, que nos dejemos llevar, que todo nos supera y hay entendidos (políticos y otros) que toman decisiones por nosotros y acertadamente.

En cambio en la calle no se respira solo resignación. Ahora la voz de unos pocos que ya están cansados y se indignan se empieza a levantar. Bendita indignación que mete el miedo en el cuerpo a los poderosos. Este poder visible que justifica lo invisible ahora nos dice que la democracia es como es, que las normas del juego no se pueden romper, que nos callemos y no molestemos…

A pocas horas de las elecciones cuende el miedo de los profesionales del poder (bancos, directivos, algunos políticos, paraísos fiscales…) Quizás todo quede en nada, pero está bien que se oiga la voz quebrada de los que, aún sin saber cómo, piden que esto cambie. Que cambie porque no es justo, porque las manos invisibles siempre tienen la impunidad de lo que es así porque sí.

Aún sin entender nos indignamos. Indígnate.

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Una semana de VC

Fue la número 40. Yo no viví demasiadas, solo tres. Y las vivo de una manera muy especial: fotografiando personas. Sé que no es algo necesario, que la semana bien vive sin fotos, que es algo superfluo. Pero quizás esto superfluo, sutil, que casi no se percibe, me permite penetrar un poco en el alma de los otros a través de sus ojos. Dicen en algunos países que si fotografías a una persona le robas el alma. Mi intención es la contraria. Es acercarme, con los pies descalzos, a lo mas superficial de lo mas profundo.
En una semana en la que se habló de la mística me parece muy de esa experiencia (en diminuto) ese asomarse a las entrañas de lo esencial. Y descubres mucha vida en todo ello, sin hablar, sin que pronuncien su voz, sin necesidad de artificios o disfraces… Y en la gente de mas años (esto es un secreto) se ve en sus ojos mucho mas nítido ese alma (que es carne) que está con el amado. Gozando.
Gracias a todos los que me enseñasteis experiencia de Dios en y con vuestros ojos.

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Galilea

Después del regalo de los días santos en Baltar vuelvo a lo cotidiano, a la Galilea que es el lugar donde nos encontramos con la carne y las heridas del Resucitado. No es un fantasma: come con nosotros. No es un fantasma: su carne se puede tocar como en el momento incrédulo de Tomás (demasiado pedir, “no os basta cansar a los hombres que también cansáis a Dios”, como dijo el profeta al rey Acaz). No es un fantasma: está aquí, en el Reino iniciado… Y como no es un fantasma se puede percibir, con los cinco sentidos, en lo tenue de lo cotidiano. No es fácil porque nos cerramos a lo grosero y a lo evidente que nos dicen se puede percibir. Pero en la costosa y ardua Galilea (pon el nombre de tu ciudad o pueblo) sigue transitando el Resucitado, incluso, a nuestro pesar. No hace falta mirar sólo al cielo, porque cielo y suelo están unidos en admirable alianza de amor, siempre nueva, siempre sorprendente. En nuestros suelos… Felices Pascuas

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Densidades

A punto de salir hacia la Pascua familiar de Baltar (esa casa de Espíritu de la que ya os hablé) me parece que los cuarenta días de la Cuaresma no me dieron para demasiado.

Con muchas cosas que hacer, con muchas personas que no sé si atendí y entendí “de corazón”, con mil futuribles inciertos… Creo que la densidad de estos tres días santos (no santos por perfectos sino por esenciales) me supera un año más. Sólo llego a lo más externo, quizás a lo superficial o accesorio. A aquella superficie que no me permite (o no me permito) penetrar en el nucleo duro del amor hasta el extremo, del servicio llevado a la necedad del lavatorio, a la muerte en soledad de un fracaso vital (tan vital que le arrancó la vida plenamente), al silencio y la ruptura de la Madre, a los signos frágiles de la resurrección, a lo regalado sin pedir cuentas…

Y le pido a Dios que me dé un trocito, solo un trocito, con el que pueda saborar lo que realmante es, densamente…

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“¿Qué me quieres, amor?”

Este es el título de un libor delicioso de Manuel Rivas, muy recomendable para todos (si lees esto Juan Rubio, hermano bloguero, no te lo pierdas).

Son pequeños relatos que nos hablan de amor, de muchos tipos de amor, mezclados, entrelazados, preciosistas. Te van llegando a los sentidos más profundos que te trasladan a olores, a memorias visuales, a colores, a voces, a roces, a regustos y a personas. Tiene esa gran pontencialidad de la buena literatura de dibujar en los sueños con trazo fino y vaporoso, sedimentando lo esencial.

Y no tiene mucho que ver (o sí) y me pregunto por qué muchas homilías (o catequesis, o artículos, o clases, o documentos pontificios, o capítulos, o…) no pueden transitar por esta esencialidad amorosa tan humana que es divina, por esta divinidad encarnada amorosamente. Claro oscuro delicioso que se percibe en muchas partes de la Palabra de Dios, en Dios mismo, en nosotros.

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