Presencia

En la Ascensión celebramos la nueva forma de estar de Jesús entre nosotros. Un tiempo a estrenar, ya de XXI siglos, que sigue siendo siempre vino nuevo que rompe viejos odres. 

Sigue siendo un tiempo de Reino, más pleno porque todo está dicho, aunque lo hay que ir descubriéndolo trocito a trocito. Es la nueva presencia de Jesús que no está sujeta a la evidencia grosera de la petición de Tomás que quiere ver para creer, tocar para comulgar. Seguimos necesitando los sentidos y Jesús sigue alimentándonos y acercándose por medio de ellos, pero de otro modo. 

Lo tangible sigue siendo verdad, pero es necesaria la gracia de la bienaventuranza última de Jesús: “Felices los que creen sin haber visto”. Nuestras cegueras no son solo limitación, son posibilidad de presencias múltiples y distintas, de sorpresas y encuentros inesperados. Es como el amor que necesita la presencia del amado o la amada pero que la trasciende haciendo de la distancia una mera anécdota y de lo físico un trampolín para ir más allá. 

Solo los que aman tienen esa capacidad de transcender lo evidente y de creer viendo lo invisible que, como decía el Principito, es lo esencial. 

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No os dejaré huérfanos

Muchas veces sentimos una cierta orfandad, una soledad profunda aunque estemos rodeados de personas. Una orfandad de amor que es la que nos causa un dolor más intenso. 

Con la fe nos pasa lo mismo porque no deja de ser un trato de amistad con Aquel que sabemos que nos ama. Nos empeñamos en quedarnos en nuestras soledades y bandos, en las sequedades y eriales interiores y exteriores. Nos situamos en la comodidad de los ritos y de la normativa fácil que complica la esperanza porque nos cierra a los otros. 

Estamos cómodos en lo ya sabido y aprendido, pero nos olvidamos que ese Jesús al que seguimos está por otros andurriales. Es cierto que no nos deja huérfanos, pero su Espíritu nos lleva a otros lugares, siempre mar adentro, siempre a la Galilea marinera que sabe a redes y a pescado recién cogido. 
Hoy ya no nos valen muchas de las estructuras eclesiales que mantenemos porque siempre se ha hecho así, porque antes funcionaban, porque no se nos ocurre nada mejor. Jesús no nos deja huérfanos pero no le gustan los odres viejos porque sabe, a precio de su propio amor, que se rompen y el vino nuevo se derrama. 

Ya es tiempo de atreverse, de percibir la presencia del Resucitado allí donde su Espíritu nos lleve. No estaremos huérfanos si no nos empeñamos en ello. 

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Conocer su voz

Nuestra vida está llena de voces. Voces en los medios de comunicación, en las calles, en el móvil… también tenemos a nuestro alrededor ruido que nos confunde y que nos va llenando de sentimientos encontrados. 

En una sociedad saturada de sonidos se nos hace complicado distinguir la voz del Pastor que nos llama por nuestro nombre. Solemos ir detrás de otras llamadas que nos prometen la felicidad cifrada con billetes o con el poder que nos propone convertir las piedras en pan. 

La voz del Pastor es casi susurro que se acaba difuminando en medio del barullo. Pero hay varias maneras de distinguirla:

  • Nos llama a la gratuidad, a no mercadear con los demás o con nosotros mismos. 
  • Nos llama a olvidarnos de la creencia de que somos el centro de todo y de que nuestros caprichos son la única verdad. 
  • Nos llama a perdonar como único camino del que brota la fiesta y la honestidad. 
  • Nos llama a salir de nuestras soledades y a habitar en un no lugar que es el Reino junto con los más pequeños. 
  • Nos llama a aventurarnos mar a dentro, más a allá de nuestras seguridades y miedos, para ir hacia propuestas de autenticidad y felicidad compartida. 
  • Nos llama a creer que el amor es lo único que vale la pena de verdad y que siempre se puede hacer nuevo si no es interesado y buscador de sí mismo.  
  • Nos llama por nuestro nombre, ese que muy pocas personas conocen (quizás tampoco nosotros mismos) porque no lo pronunciamos por miedo o vergüenza. 
  • Nos llama a romper esquemas predeterminados y mezquinos erigidos en nombre de Dios : lapidar por pecados, creernos perfectos, alejarnos del mal árbol porque mala sombra nos puede cobijar, pensar que Dios ama más el sábado con toda su normativa justificante que al ser humano en su cizaña con trigo, pensar que el dinero vale más que el gesto de una mujer que ama mucho aunque esté marcada con el oprobio público… 
  • Nos llama a nacer de nuevo, a dejarnos rehacer porque el vino nuevo no puede estar contenido en odres caducos aunque tengan apariencia de tradición sana. 

Nos llama por nuestro nombre, ese que muy pocos conocen, quizás tampoco nosotros mismos. 

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Camino


La resurrección es más de caminos y de orillas que de templos. La resurrección es más de primer día de la semana en lo cotidiano que de grandes acontecimientos. 

El Resucitado se hace el encontradizo con dos creyentes defraudados en un camino cualquiera. No impone, no riñe o echa en cara a la primera de cambio. Escucha sus quejas, sus tristezas y amarguras. Sus ideas de un Mesías triunfante que contrasta con la realidad de sus agujeros en las manos y en el costado y su sonrisa de entender lo vivido de los labios de otros. 

Los de Emaús no saben si creer a las mujeres que vieron la Vida que había pasado ya por el sepulcro. Pero Jesús sabe muy bien a quién se apareció primero y por qué lo hizo. Fue el anuncio recién nacido, como el del ángel a su madre. Fue el anuncio mañanero que hizo todas las cosas nuevas y la esperanza otra vez posible. 

Con los de Emaús ya es tarde, la mañana queda lejos. Pero sus palabras van encendiendo sus corazones y se van atreviendo a creer, a entender a Dios tal y como es. Y con los ojos del corazón también se le van actualizando los demás sentidos y le piden que se quede con ellos porque la noche iba cayendo. Mientras la oscuridad se acercaba la luz iba naciendo en su interior, estaban amaneciendo. 

Cuando el Maestro parte el pan ya creen, como Tomás cuando mete su dedo en las llagas para comulgar. Jesús ya no tiene nada más que hacer allí. Los corazones de los dos de Emaús ya están caldeados, ya lo pueden volver a reconocer en mil gestos diarios de briznas de resurrección… como nosotros, en el camino. 

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Bienaventurados sin haber visto

La primera persona del singular es la que hace girar nuestros pequeños mundos hoy. Es el sujeto el que pone las normas y examina las razones. También en las cuestiones de fe sucede esto. 

Es cierto que el “yo” es autónomo y maduro. Después de muchos siglos de despersonalización y cierto borreguismo ha llegado el momento en el que el sujeto toma en sus manos la realidad y la lee desde sus perspectivas. Esta riqueza de lecturas no puede olvidar el valor de la comunidad. 

Tomás no es que no crea en la resurrección de su Señor. Tomás no cree en la comunidad. Ellos son los que certifican la presencia del que da la Paz cuando Tomás no está entre ellos. Y el reto que lanza ” meter mi mano, meter mi dedo”, es más una ofensa a la comunidad que al Resucitado (cuando Jesús aparezca ya no se va a atrever a violar sus heridas) 

No se trata de tener una fe ciega y fundamentalista en lo que nos dice la comunidad, no siempre habla asistida por el Espíritu y en nombre del Señor Jesús. Pero si es cierto que la comunidad tiene ese olfato especial que señala por dónde puede andar el Resucitado. Siempre entre dudas y lejos de las certezas que imponen sin dialogar y, sobre todo, sin amor y cuidado. 

Los que hoy creemos ninguno hemos visto. Somos esos bienaventurados que perciben las presencias del Dios de la Vida en el claroscuro de un pan partido o de la belleza fragmentada que nos sale al camino. Pero hay hombres y mujeres del Espíritu que ven más allá y más acá. Hombres y mujeres profundos que intuyen la resurrección y que nos señalan lugares y personas. De ellos es bueno fiarse. No suelen tienen poder, ni buscan primeros puestos… ellos son los que hacen que creamos en el Resucitado que habita la comunidad. 

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Sollozó

Ver a Jesús sollazar y llorar encoge el alma, pero también la ensancha. El amor es lo que mueve la vida del Nazareno. Y en el caso de María, Marta y Lázaro (aquí podemos seguir poniendo nombres) el amor se hace más fuerte y, por ello, lleno de fragilidades. 

Pero con Lázaro, amortajado y enterrado, se palpa la ternura y la pasión de un Padre que escucha, de un Hijo que se estremece y de un Espíritu que es aliento de vida. 

Es más, Jesús sabe que él es la resurrección, que la muerte en él y por él ya no es eterna: “el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que esté vivo y cree en mí, no morirá para siempre”. 

Y estás palabras dichas a Marta también valen para nosotros. Ningún muerto es abandonado. Nadie hace solo esta última travesía. Hay muertos que creen una vez muertos y hay vivos que creen y no mueren para siempre. Y creemos no por méritos sino por esos sollozos y llantos de un Dios tan ser humano que tiene el lujo de vivirlos en su propia carne que también es la nuestra. 

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Luz

“Cómo puede un pecador hacer tales signos?”  Esta es la pregunta que se hacen los fariseos ante el gran signo de Jesús de regalarle la vista a un ciego de nacimiento. 

El signo gozoso que ratifica que el sábado está hecho para el hombre (es decir, que lo más divino es hacer el bien al ser humano por encima de cualquier costumbre o ley) se va a convertir en un juicio sumarísimo a Jesús y al ciego. 

Primero, los vecinos del invidente no lo reconocen. Lo mismo va a pasar tras le resurrección: los discípulos tampoco reconocen al Resucitado, hasta que se les abran los ojos. 

En segundo lugar, la condena al ciego por afirmar que Jesús era un profeta. Era una afirmación que se quedaba corta, Jesús es más que un profeta. Aún así, la condena no se deja esperar: “Empecatado naciste tú de pies a cabeza, y nos vas a dar lecciones a nosotros?”  El pecado no puede corregir a la pureza. Es más, el pecado no puede acercarse a la luz. Estas afirmaciones son la negación de la gracia y del mismo Dios que vino a salvar a los pecadores, porque los que creen en su propia justicia ya se creen salvados por sí mismos. 

Pero lo que es más chocante es la identificación de Jesús con el mismo pecado: “Como puede un pecador hacer tales signos?”  El Salvador expatriado de la salvación. 

El barro en los ojos del ciego nos traslada a aquel otro barro del que fue creado el ser humano en uno de los relatos del Génesis. Nos lleva de la mano a nuestro propio barro que es moldeado una y mil veces si nos dejamos, si abrimos los ojos para reconocer al que es la Luz. Sólo así podemos responder afirmativamente a la pregunta esencial: “Crees tú en el Hijo del hombre?”

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En espíritu y verdad

Jesús se encuentra cansado del camino, como tantas veces, porque la vida también va desgastando. Y se interna por tierras inhóspitas para un judío: Samaría. 

Sabe que allí sus palabras no tienen valor (como tampoco las tuvieron en su pueblo de Nazaret). Aún así camiña también por estas sendas de rechazo, pero sin creer que los perjuicios tienen la última palabra, esa del rechazo sin dar oportunidad de nada más. 

Y en el colmo del atrevimiento le pide de beber a una samaritana. Ella, segura de su superioridad con respeto a Dios, le reta, queriéndolo poner en su sitio: cómo un judío, no tienes cubo, eres tú más que nuestro padre Jacob…

Pero Jesús va a lo esencial (siempre a lo esencial) sin caer en la prepotencia que le otorgaba su ser un varón judío. Y le habla de vida y de sed saciada eternamente y de que el lugar no es lo importante y de un Padre que ve más allá de las apariencias, en lo profundo. 

Y la samaritana comienza a sentir en su interior esa sed que llevamos dentro todos los seres humanos y que no se sacia. La sed de la vida en plenitud, de la autenticidad de un encuentro que cambia para siempre todo, porque trastoca nuestros valores y nuestros amores. Sin imposiciones, sin estridencias, con el infinito respeto que solo un Dios de carne puede tener, Jesús va haciendo que el corazón de la samaritana se vaya transformando. Se olvida de Jacob y de ese monte antes santo y de sus prejuicios que solo eran mentiras para protegerse. 

Y esa mujer se convierte en la que anuncia a Jesús, el verdadero profeta, a todos los samaritanos. Como otras tantas mujeres a lo largo de la historia, son ellas las que mejor saben indicar el camino del pozo de la vida sin límites, porque primero bebieron y gustaron. Porque se atreven a dejar de lado las ideas preconcebidas y los juicios. 

Ellas: muchas samaritanas, Magdalenas, Teresas de Jesús… que nos enseñan a gustar del Padre en espíritu y verdad, en pozos que ni siquiera nos atrevíamos a soñar. Muchas gracias 

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Luz

En este segundo domingo de Cuaresma se despliega ante nosotros la luz de la resurrección anticipada. La vemos por las pupilas atónitas de Pedro, Santiago y Juan, que no entienden, pero que intuyen el sabor de la vida que no tiene fin. 

Es en una montaña alta, pero también podía haber sido al lado del mar de Galilea, tan amado por Jesús y los suyos. 

En este anticipo de luz, en estás briznas de lo futuro ya presente, también se cuela la Palabra, como al comienzo de todo comienzo. Primero en el diálogo inaudible para los testigos confusos entre toda la historia de la salvación: Moisés, Elías y Jesús. No sabemos nada de esas palabras, quizás lo sepamos algún día, pero en este silencio íntimo se irían desgranando, más que hechos, nombres. Todos los nombres de la historia pronunciados con infinito respeto y ternura, comenzando por Adán y Eva. Quizás, incluso, fuese pronunciado el de Caín después de haber experimentado en su carne marcada que él era el guardián de su hermano, de todos sus hermanos. 
Y la segunda Palabra, como en el comienzo de todo comienzo, es la del Padre. Pocas palabras porque no hacen falta más a lo esencial: Hijo, amado, escuchadle. Aquí, otra vez, toda la historia de la salvación, esta vez en su verdad más íntima que produce el temor en los discípulos: un Padre que ama sin límites y que nos pide que escuchemos al Amor de los amores. Y nosotros (como Pedro, Santiago y Juan) seguimos teniendo miedo a la escucha del Amor sin límites que hace todas las cosas nuevas. Y, muchas veces, preferimos vivir en la oscuridad de la norma que mata a otros, en la condena que siempre nace de un sentirse mejores, en lugar de saborear los brotes de resurrección luminosa que brotan de la Palabra millones de veces pronunciada y siempre nueva: Hijo, Amaos, Escuchadle-os

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Sintió hambre 

En la narración de las tentaciones de Jesús, que nos abre las puertas de este camino hacia la Pascua, nos encontramos con la constante del poder en la vida de los seres humanos, también en la vida de Jesús. 

El desencadenante narrativo es el hambre. Como dice el himno: ese resumen de injusticias. El hambre de Jesús es voluntaria, es verdad, pero es el detonador de una visita esperada: la del Tentador. 

Conducido en su vida por el Espíritu el nazareno conoce de primera mano el lenguaje directo y mentiroso, la lógica del “si puedes hazlo”. 

El poder desmedido de unas piedras convertidas en alimento, del abuso de Dios en lugar de la compañía del Padre, o la visión deslumbrante de la gloria de todos los reinos desde las alturas. 

Todo ello atraviesa, como dijimos, la vida de Jesús y las nuestras. Es cierto que es el Anti-Reino, lo opuesto a la Buena Noticia. Jesús lo sabe bien, por ello responde con las Palabras que alimentan porque son veraces en su búsqueda de lo que está perdido. Con la ilógica de un Padre omnipotente en la fragilidad del amor que sabe que el pecado no tiene la última palabra de condena lapidatoria. Con la adoración-postración del lavatorio de jofaina y toalla que alimenta con carne y sangre, con su propia intimidad ya totalmente regalada. 

Feliz camino hacia la Pascua esquivando las tentaciones del hambre de poder depredador de uno mismo, los demás y Dios. 

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