Lo oculto

Las realidades del Reino suelen permanecer ocultas a la vista de todos. Están ahí, justo frente a nosotros, entretejidas en lo cotidiano que nos parece gris y sin contornos. Son la perla, el tesoro, la moneda, la oveja… todo escondido o perdido. Pero quien lo encuentra, por buscarlo o de casualidad (providencia), vende todo lo que tiene o lo estima basura y comienza a ver y a vivir de una manera nueva (Señor, que pueda ver!)

Los sabios y entendidos no se suelen fijar en la pequeñez de un Dios en pesebre o en los Bienaventurados que tienen hambre de una justicia en la que ellos no creen o luchan por una paz que parece imposible a sus ojos. Los gestos ineficaces de perfume derramado o de un vaso con agua les parecen irrelevantes… Pero en el Reino son la posibilidad de ciudadanía misericordiosa, de vuelta a un hogar al que renunciaste, de paseo en barca en una tormenta, de desayuno inesperado con el Resucitado o de pedazo de pan que también es carne para la vida del mundo.   

Los sabios y entendidos no perciben el yugo y la carga pueden ser suaves y llevaderos, que la cruz es para llevar y que los últimos puestos son los mejores. Que las filacterias y los los adornos superfluos no son más que mentiras para estar por encima de los demás. Que una monedita es mucho más que millones sobrantes que quieren comparar admiración de santidad de mercado.

Y Jesús agradece a su Padre que sea de los que esconden la perla y vista a los lirios y de de comer a los pájaros por los que nadie se preocupa y nos regale el dulce yugo de olvidarnos de nosotros mismos y que no mida la semilla y que sea el Amor derrochado y derramado. 

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