Fieles en lo poco

Una de las cosas hermosas de Dios es que a todos nos regala talentos. A unos más y a otros menos, pero todos tenemos algo para negociar.

El Padre nos regala y se regala, pero también nos pide que vayamos y demos frutos. Frutos a veces incontables porque pertenecen a la esfera del amor, a las relaciones distintas que hace brotar el Reino.

En todo ello no se admite la tacañería, el guardarse, la comodidad de la seguridad. El Padre nos imagina como audaces inversores que asumen el riesgo. No se trata de especular con nuestras vidas, sino de entregarlas en lo pequeño, en el día a día que no exige heroicidades y si donaciones sencillas.

La fidelidad de las cosas pequeñas es la más complicada y más si le añadimos lo de no tocar la trompeta para anunciarnos, o no poner caras demacradas por ayunos forzados (no solo en el comer o el vestir o el gastar), o la manía de contar a la mano izquierda lo que hace la derecha. Ese anonimato misericordioso sumado a la fidelidad de semilla que se entierra cotidianamente es lo que nos da forma evangélica. Es la que hace fructificar tantos talentos invisibles que incluso intuyen que en la pérdida está la ganancia… aunque no lo sepamos explicar.

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La sensatez de la luz

En las esperas a veces se nos olvida mantener el fuego encendido. La parábola de las diez vírgenes nos lo recuerda.

Quizás nos pasemos la vida esperando y no disfrutando de los encuentros que nos regalan. Muchas veces vivimos en el anhelo de lo siguiente, de un futuro que soñamos y que, a veces, cuando llega, no responde a nuestras expectativas. En estas esperas indefinidas se nos va gastando el aceite de las lámparas, nos vamos gastando nosotros mismos.

La necedad es lo que nos propone este dinamismo del utilitarismo en el que estamos instalados. También la cultura del usar y tirar, de sacar el máximo rendimiento propio a costa de cosificar también a las personas que nos rodean. En todo ello vamos vaciándonos de una manera necia.

Pero siguen existiendo lugares donde la luz sigue brillando y en los que el aceite rebosa. Son esos lugares invisibles que solo se perciben con el corazón, como nos diría el Principito. Y antes que él nos lo dijo Jesús, que no deja de ser la inspiración de ese pequeño personaje nacido de la imaginación de un aviador que siempre fue niño.

Los lugares invisibles suelen coincidir con personas especiales que los habitan. Son especiales porque la sensatez de su candil nos va señalando las cosas pequeñas que pasan desapercibidas. Realidades diminutas (como el grano de mostaza o una medida de levadura o una pequeña moneda extraviada) pero cargadas de eternidad. Lugares habitados donde el tiempo se hace más denso y palpable, donde los sentidos se agudizan, donde la amada llega a rozar e intuir más plenamente al amado. No están en montañas inaccesibles o en desiertos imposibles. Están en el cotidiano luminoso que no percibimos por las prisas o por el olvido de buscar lo perfecto que no existe. Es cuestión de sensatez de luz.

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Servidores

Servir es uno de los verbos claves del Evangelio. Servicio entendido desde el amor y desde el olvido de uno mismo. Esto choca frontalmente con los títulos que nos ponen por encima de los demás.

Hoy se habla mucho de liderazgo, de visibilidad, de asertividad… Todo ello está bien siempre y cuando se sitúe en este marco evangélico.

No somos maestros, ni consejeros, somos hermanos con un Padre común que hace salir el sol sobre buenos y malos. Esta horizontalidad de filiación nos iguala y nos sitúa a la misma altura que todos los seres humanos. Es más, solo desde esta humanidad común podemos esbozar el mensaje evangélico que es propuesta y diálogo, y no imposición o paternalismo.

Por ello, las pretensiones de medrar, de ocupar puestos relevantes, de adoctrinar, de controlar conciencias, de condenar… lo nuestro es otra cosa, algo tan sencillo como servir.

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Prójimo y Dios

Jesús nos revela en el evangelio de hoy la evidencia que muchas veces olvidamos: Dios y prójimo están indisolublemente unidos.

Es más, el acceso a Dios está mediado siempre por la concreción de una apertura a la carne del otro, de los otros.

Nuestra carne ya no se entiende como algo individual y cerrado, sino en comunión con los demás. Solo desde ahí puede brillar nuestra luz: si no te cierras a tu propia carne…

Pero hoy la noción de prójimo no es como hace unos años. Hoy la encontramos extendida en el espacio y en el tiempo.

En el espacio porque vivimos interconectados y nada nos resulta ajeno o lejano si nos lo proponemos y no cerramos los ojos del alma. Formamos un todo interdependiente.

Los seres humanos y el resto de la biosfera estamos llamados a una convivencia respetuosa y en clave de cuidado. Las heridas del planeta también son las nuestras. Y no podemos olvidar que también somos tierra, no nos pertenece. La Tierra se encuentra entre los sujetos más necesitados de protección y cuidado. Ella también forma parte de los desheredados y de los frágiles. Por lo tanto, también forma parte de ese gran tesoro de la Iglesia que son los pobres.

Y la noción concreta de prójimo también se extiende en el tiempo. Nuestras decisiones y actos no sólo afectan al presente sino que condicionan un futuro que no nos pertenece. Aquí entran en escena las generaciones futuras. Todos aquellos que están por nacer y que dependen de lo que nosotros les dejemos en herencia: la posibilidad de un Planeta vivo y con capacidad para la vida, y una serie de valores que apunten hacia la paz y la convivencia.

En todo ello se resumen la Ley y los profetas. En todo ello está y existe el Dios de la vida en cada uno de nosotros y más allá de nosotros mismos.

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Dios y el César

A Jesús lo ponen a prueba una vez más y de manera hipócrita. No le hacen la pregunta para ver lo qué piensa sino para atraparlo en sus palabras.

Hoy también hacemos y nos hacen este tipo de preguntas que no buscan la verdad sino el poner a prueba para acusar. Hoy también queremos acercar el ascua a nuestra sardina y hacerle decir a Dios cosas imposibles para Él.

Lo que está claro, aunque muchos no lo quieran creer, es que Dios está en las antípodas del poder. Es decir, que Dios no es el César y el César no es Dios.

Y no solo en el sentido literal: ningún partido político o forma de gobierno recibe su autoridad de Dios ni lo representa. Sino también que ninguna forma de poder abusivo o excesivo se puede justificar desde Dios, por mucho se bendiga o se sacralice.

Lo único que está claro en el Evangelio es que el poder que viene del Espíritu es servicio, lavatorio y samaritano. Lo difícil es que nos lo creamos o que lo pongamos en práctica.

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El milagro comunitario

“Porque donde dos o tres estén reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Esta es la premisa que construye la comunidad y la dibuja. No se trata de ser más o menos, sino re estar reunidos en el nombre del Señor Jesús. 
La posibilidad de corregir, de atar y desatar, de pedir… de vivir, está vinculada a esa vida en el Amor que se vincula y plasma en el amor a los demás. Si no estamos reunidos en el nombre del Señor Jesús todo quedará reducido a un ejercicio de buscar perfecciones imposibles o modos de vivir impostados que suelen desembocar en una competitividad asesina: a ver quién es el mejor. 

El Evangelio va por otro lado: desde la centralidad de la Misericordia intentar vivir ese camino titubeante y frágil de la Buena Norticia. 

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Señor, si eres tú…

El episodio de Jesús caminando sobre las aguas en medio de la tempestad no es solo una prueba de divinidad del Hijo que tiene poder sobre los elementos de la naturaleza. Es también una prueba de la cabezonería de los discípulos (también nosotros) en la persona de Pedro.

 MLa cabezonería de pedir pruebas, de pedir las cartas de identidad de lo fantástico e indiscutible para creer. Ese “Señor, si eres tú…” de Pedro, de Tomás, de sus verdugos en la cruz… también de cada uno de nosotros. Qué difícil es aceptar la presencia discreta de Dios en nuestras vidas. Tener la mirada de agradecimiento ante el Dios de las cosas pequeñas que cuida de los lirios y de los pájaros sin aspavientos. Ese que no quiere convertir las piedras en pan porque el alimento es necesario, pero también la Palabra que nos sitúa de otra manera ante lo inmediato y urgente. 

A este Dios de las pequeñas cosas hay que descubrirlo en los entresijos de lo cotidiano, en lo cercano casi invisible, en la belleza sutil. Y no exigirle pruebas de magia omnipotente, sino disfrutar de su presencia en la calma y en la tempestad.  

Él sabe que nos encanta caminar sobre las aguas pero que no podemos. 

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Blanco

Todo se tornó de un blanco inmaculado alrededor de los tres personajes que estaban dialogando: Jesús, Moisés y Elías. Hablando de lo viejo y de lo nuevo, de la historia de Dios en la vida de los seres humanos. 

Allí se está bien, en esos momentos de encuentro profundo y pausado. En la apertura de la vida y la sinceridad de una sonrisa (que no debieron faltar entre ellos). Esqueje de resurrección que acompañará a esos otros tres, Pedro, Santiago y Juan, que estaban disfrutando del disfrute de la Palabra hecha carne blanca. Pero ni Pedro ni Santiago ni Juan comprendieron verdaderamente lo que estaba sucediendo ante sus ojos, por ello Pedro pidió quedarse allí en unas tiendas. No entendían que todo aquello era solo anticipo de lo que vendría. Que la resurrección sería la que redondearía todas las palabras y los gestos y las sonrisas. Que había que bajar de la montaña porque en lo cotidiano de un lago la blancura se haría aún mayor. 

Y para nosotros lo mismo: que la Palabra nos regale muchos de esos momentos densamente blancos de diálogo sin palabras. Pero que no nos olvidemos que la verdad de lo Resucitado se encuentra en los caminos cotidianos en los que nos encontramos con los que siguen peregrinando como nosotros en busca de la blancura hermosa, entre sombras. 

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Mezcla

La búsqueda de la pureza suele estar muy ligada al hecho religioso. Sagrado y profano, puro e impuro, bondad y maldad, son términos opuestos con los que se juega mucho en lo religioso. Basta escuchar algunas homilías o leer algunos devocionarios, para darnos cuenta de esta realidad. Y no sólo en lo religioso, sino también en el discurso político o el de la calle, nos encontramos con estos opuestos. 

Pero Jesús rompe con la dicotomía pureza/impureza y, por ende, con todas las demás. Lo hace por exceso, por sobreabundancia de amor. Se acerca al pecado feliz de hacerlo. No para pecar sino para reintegrar a la Vida a aquellos que estaban excluidos por la normativa de pureza. El Evangelio está plagado de estos ejemplos. 

El Reino es ese no lugar (porque no está aquí o allí, sino dentro de nosotros) en el que estas diferencias quedan diluidas y nos encontramos con una zona mixta, mezclada, en la que el Padre hace salir el sol sobre justos e injustos, y hace llover sobre buenos y malos. Donde las instituciones más sagradas: sábado, preceptos alimenticios, tocar la impureza del pecado… se superan y se integran para sanarlas por el amor. 

Por ello, ese nazareno del que dicen que es un “borracho y comilón”, que no sabe “quién es esa pecadora que lo está tocando”, nos avisa del peligro de querer arrancar la cizaña que está mezclada con nuestro trigo.  

La tentación es muy fuerte: extirpar lo que no es bueno y dejar la pureza del trigo granado. Es más, la cizaña se arraiga y crece mucho más cuando el trigo ya está maduro y da más fruto. Las herejías más peligrosas y dañinas en la Iglesia vinieron por este camino de buscar la pureza y exigirla a los demás. 

El mensaje de Jesús es claro: somos mezcla. La mies no es nuestra y a nosotros no nos corresponde la tarea de cosechar ni de separar el trigo de la cizaña. No nos corresponde ni almacenar el grano ni quemar la cizaña. 

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El sembrador

La parábola del sembrador es de las más conocidas del evangelio. A la mayoría de nosotros nos queda bastante lejos porque nunca sembramos grano en un campo. 

Lo que nos suele pasar desapercibido es la falta de tiento a la hora de lanzar el grano. Pareciese que ese sembrador no se preocupa demasiado por lo efectivo de la siembra. Lanza el grano a voleo, sin importarle demasiado el lugar donde caiga: al borde del camino, en terreno pedregoso, entre zarzas o en tierra buena. 

En tiempos en los que oímos hablar mucho de excelencia, efectividad, calidad o innovación la parábola nos recuerda que el evangelio tiene mucho que ver con el derroche y lo incalculable. Y es así porque hablamos de una semilla que es el amor. La Palabra puede arraigar porque muere en la tierra para transformarse en el ciento, sesenta o treinta sin medida. No es cuestión de planificación o de estudios concienzudos, sino de confianza en el Sembrador que derrocha porque es el Amor sin medida. 

Cuando nosotros usurpamos el papel del Padre nos apropiamos el grano y lo convertimos en pepitas de oro que vamos depositando una a una con cuidado. Construimos invernaderos, controlamos la temperatura y la humedad, manipulamos la semilla genéticamente… nos esforzamos para que todo sea perfecto. Pero no dejamos ni un resquicio a la imprevisibilidad amorosa que es la providencia. Lo que nos da miedo (podríamos hablar hoy de lo azaroso) es, al mismo tiempo, la condición de posibilidad del Reino. 

Ya sabe el Padre como sembrar. 

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