El milagro comunitario

“Porque donde dos o tres estén reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Esta es la premisa que construye la comunidad y la dibuja. No se trata de ser más o menos, sino re estar reunidos en el nombre del Señor Jesús. 
La posibilidad de corregir, de atar y desatar, de pedir… de vivir, está vinculada a esa vida en el Amor que se vincula y plasma en el amor a los demás. Si no estamos reunidos en el nombre del Señor Jesús todo quedará reducido a un ejercicio de buscar perfecciones imposibles o modos de vivir impostados que suelen desembocar en una competitividad asesina: a ver quién es el mejor. 

El Evangelio va por otro lado: desde la centralidad de la Misericordia intentar vivir ese camino titubeante y frágil de la Buena Norticia. 

Señor, si eres tú…

El episodio de Jesús caminando sobre las aguas en medio de la tempestad no es solo una prueba de divinidad del Hijo que tiene poder sobre los elementos de la naturaleza. Es también una prueba de la cabezonería de los discípulos (también nosotros) en la persona de Pedro.

 MLa cabezonería de pedir pruebas, de pedir las cartas de identidad de lo fantástico e indiscutible para creer. Ese “Señor, si eres tú…” de Pedro, de Tomás, de sus verdugos en la cruz… también de cada uno de nosotros. Qué difícil es aceptar la presencia discreta de Dios en nuestras vidas. Tener la mirada de agradecimiento ante el Dios de las cosas pequeñas que cuida de los lirios y de los pájaros sin aspavientos. Ese que no quiere convertir las piedras en pan porque el alimento es necesario, pero también la Palabra que nos sitúa de otra manera ante lo inmediato y urgente. 

A este Dios de las pequeñas cosas hay que descubrirlo en los entresijos de lo cotidiano, en lo cercano casi invisible, en la belleza sutil. Y no exigirle pruebas de magia omnipotente, sino disfrutar de su presencia en la calma y en la tempestad.  

Él sabe que nos encanta caminar sobre las aguas pero que no podemos. 

Blanco

Todo se tornó de un blanco inmaculado alrededor de los tres personajes que estaban dialogando: Jesús, Moisés y Elías. Hablando de lo viejo y de lo nuevo, de la historia de Dios en la vida de los seres humanos. 

Allí se está bien, en esos momentos de encuentro profundo y pausado. En la apertura de la vida y la sinceridad de una sonrisa (que no debieron faltar entre ellos). Esqueje de resurrección que acompañará a esos otros tres, Pedro, Santiago y Juan, que estaban disfrutando del disfrute de la Palabra hecha carne blanca. Pero ni Pedro ni Santiago ni Juan comprendieron verdaderamente lo que estaba sucediendo ante sus ojos, por ello Pedro pidió quedarse allí en unas tiendas. No entendían que todo aquello era solo anticipo de lo que vendría. Que la resurrección sería la que redondearía todas las palabras y los gestos y las sonrisas. Que había que bajar de la montaña porque en lo cotidiano de un lago la blancura se haría aún mayor. 

Y para nosotros lo mismo: que la Palabra nos regale muchos de esos momentos densamente blancos de diálogo sin palabras. Pero que no nos olvidemos que la verdad de lo Resucitado se encuentra en los caminos cotidianos en los que nos encontramos con los que siguen peregrinando como nosotros en busca de la blancura hermosa, entre sombras. 

Mezcla

La búsqueda de la pureza suele estar muy ligada al hecho religioso. Sagrado y profano, puro e impuro, bondad y maldad, son términos opuestos con los que se juega mucho en lo religioso. Basta escuchar algunas homilías o leer algunos devocionarios, para darnos cuenta de esta realidad. Y no sólo en lo religioso, sino también en el discurso político o el de la calle, nos encontramos con estos opuestos. 

Pero Jesús rompe con la dicotomía pureza/impureza y, por ende, con todas las demás. Lo hace por exceso, por sobreabundancia de amor. Se acerca al pecado feliz de hacerlo. No para pecar sino para reintegrar a la Vida a aquellos que estaban excluidos por la normativa de pureza. El Evangelio está plagado de estos ejemplos. 

El Reino es ese no lugar (porque no está aquí o allí, sino dentro de nosotros) en el que estas diferencias quedan diluidas y nos encontramos con una zona mixta, mezclada, en la que el Padre hace salir el sol sobre justos e injustos, y hace llover sobre buenos y malos. Donde las instituciones más sagradas: sábado, preceptos alimenticios, tocar la impureza del pecado… se superan y se integran para sanarlas por el amor. 

Por ello, ese nazareno del que dicen que es un “borracho y comilón”, que no sabe “quién es esa pecadora que lo está tocando”, nos avisa del peligro de querer arrancar la cizaña que está mezclada con nuestro trigo.  

La tentación es muy fuerte: extirpar lo que no es bueno y dejar la pureza del trigo granado. Es más, la cizaña se arraiga y crece mucho más cuando el trigo ya está maduro y da más fruto. Las herejías más peligrosas y dañinas en la Iglesia vinieron por este camino de buscar la pureza y exigirla a los demás. 

El mensaje de Jesús es claro: somos mezcla. La mies no es nuestra y a nosotros no nos corresponde la tarea de cosechar ni de separar el trigo de la cizaña. No nos corresponde ni almacenar el grano ni quemar la cizaña. 

El sembrador

La parábola del sembrador es de las más conocidas del evangelio. A la mayoría de nosotros nos queda bastante lejos porque nunca sembramos grano en un campo. 

Lo que nos suele pasar desapercibido es la falta de tiento a la hora de lanzar el grano. Pareciese que ese sembrador no se preocupa demasiado por lo efectivo de la siembra. Lanza el grano a voleo, sin importarle demasiado el lugar donde caiga: al borde del camino, en terreno pedregoso, entre zarzas o en tierra buena. 

En tiempos en los que oímos hablar mucho de excelencia, efectividad, calidad o innovación la parábola nos recuerda que el evangelio tiene mucho que ver con el derroche y lo incalculable. Y es así porque hablamos de una semilla que es el amor. La Palabra puede arraigar porque muere en la tierra para transformarse en el ciento, sesenta o treinta sin medida. No es cuestión de planificación o de estudios concienzudos, sino de confianza en el Sembrador que derrocha porque es el Amor sin medida. 

Cuando nosotros usurpamos el papel del Padre nos apropiamos el grano y lo convertimos en pepitas de oro que vamos depositando una a una con cuidado. Construimos invernaderos, controlamos la temperatura y la humedad, manipulamos la semilla genéticamente… nos esforzamos para que todo sea perfecto. Pero no dejamos ni un resquicio a la imprevisibilidad amorosa que es la providencia. Lo que nos da miedo (podríamos hablar hoy de lo azaroso) es, al mismo tiempo, la condición de posibilidad del Reino. 

Ya sabe el Padre como sembrar. 

Lo oculto

Las realidades del Reino suelen permanecer ocultas a la vista de todos. Están ahí, justo frente a nosotros, entretejidas en lo cotidiano que nos parece gris y sin contornos. Son la perla, el tesoro, la moneda, la oveja… todo escondido o perdido. Pero quien lo encuentra, por buscarlo o de casualidad (providencia), vende todo lo que tiene o lo estima basura y comienza a ver y a vivir de una manera nueva (Señor, que pueda ver!)

Los sabios y entendidos no se suelen fijar en la pequeñez de un Dios en pesebre o en los Bienaventurados que tienen hambre de una justicia en la que ellos no creen o luchan por una paz que parece imposible a sus ojos. Los gestos ineficaces de perfume derramado o de un vaso con agua les parecen irrelevantes… Pero en el Reino son la posibilidad de ciudadanía misericordiosa, de vuelta a un hogar al que renunciaste, de paseo en barca en una tormenta, de desayuno inesperado con el Resucitado o de pedazo de pan que también es carne para la vida del mundo.   

Los sabios y entendidos no perciben el yugo y la carga pueden ser suaves y llevaderos, que la cruz es para llevar y que los últimos puestos son los mejores. Que las filacterias y los los adornos superfluos no son más que mentiras para estar por encima de los demás. Que una monedita es mucho más que millones sobrantes que quieren comparar admiración de santidad de mercado.

Y Jesús agradece a su Padre que sea de los que esconden la perla y vista a los lirios y de de comer a los pájaros por los que nadie se preocupa y nos regale el dulce yugo de olvidarnos de nosotros mismos y que no mida la semilla y que sea el Amor derrochado y derramado. 

Los gorriones y nosotros 

De vuelta al tiempo ordinario nos encontramos con la palabras de Jesús que nos hablan de la preocupación y el cuidado del Padre por cada uno de nosotros. 

Se trata de un contexto de persecución, de ponerse de parte de Jesús ante los demás, en momentos difíciles. Es la confesión de la luz, de la claridad ante unas tinieblas que quieren ahogar la semilla de la Palabra, como las zarzas de la parábola. 

Hoy, como en otros tiempos, sigue habiendo situaciones de injusticia que niegan el Reino. Pero la novedad es que la conciencia de estas injusticias es mucho más clara y compleja que en otros momentos. 

Tenemos mucha más información (aunque sea sesgada) y más capacidad de influencia sobre estructuras sociales y políticas (aunque no lo hagamos). Sabemos que todo está conectado: que cualquier acto, por pequeño que sea o de apariencia anodina, tiene repercusiones sobre el medioambiente y los más frágiles de entre nosotros. 

Aún así, a veces permanecemos indiferentes ante el sufrimiento humano (de los de cerca y de los más alejados). Esta indiferencia es un pecado de omisión y, por tanto, la negación del nombre de Jesús ante los seres humanos: “No por decir Señor, Señor…”  

Hoy sigue siendo apremiante que nos hagamos la pregunta fundamental: “Señor, cuándo te vimos…?” Y la respuesta sigue siendo diáfana: “Cuando lo hicisteis con uno de estos pequeños conmigo lo hicisteis”. Esta es la verdadera confesión de fe en Jesús, los pequeños que siguen teniendo hambre, sed, están desnudos o enfermos o en la cárcel o son inmigrantes. Ellos valen infinitamente más que dos gorriones y nosotros somos guardianes de estos hermanos, aunque no nos guste. No hay comparación. 

Dios pan

Algunas situaciones de la vida a fuerza de repetirse se convierten en banales y acaban pasando casi desapercibidas. Algo parecido nos puede llegar a suceder con la eucaristía. 

Es cierto que la eucaristía es la fuente y el culmen de nuestra existencia, pero no siempre lo vivimos de esa manera. Nos acostumbramos a comer y a ver al Amor en un trozo de pan y un poco de vino y el asombro se nos escapa entre los dedos y el corazón se mantiene desentendidamente frío. Como a los de Emaús nos suenan muchas palabras, infinitos gestos, pero los sueños nos deshabitan. Y como Tomás necesitamos ver para creer, sin fiarnos, con la incredulidad de los seguros y satisfechos. 
Pero Dios sigue siendo pan que se come y vino que se bebe, siempre en comunidad, como medida generosa y rebosante. Para todos, no sólo para unos pocos privilegiados porque ninguno tenemos la dignidad suficiente; pero Dios pan no se cifra en dignidades o títulos o méritos sino en empeño por su parte de entrar en nuestra casa y habitarnos. 

Pan y vino partidos y derramados en gesto que perdura desde los comienzos de la Iglesia y que es herencia de todo el pueblo de Dios y no propiedad de una casta sacerdotal. Para Dios pan no hay cotos, ni alambradas, ni puertas cerradas, ni prohibiciones rituales porque es él mismo quien se sigue derramando en amor entregado por todos y cada uno. Milagro cotidiano y accesible. 

Trinidad excesiva

“Tanto amó Dios al mundo que entregó a su único Hijo para que no parezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna”. Este es el exceso de Dios que celebramos en la fiesta de la Trinidad. 

Con el sabor del Espíritu derramado en nuestro paladar después de Pentecostés, hoy nos quedamos boquiabiertos con el “tanto amó”.  Es la sin medida desbordada del que conoce el amor desde dentro y que rompe las entrañas para hacerse todo él fecundo. No se ahorra nada para sí porque todo está entregado generosamente de antemano. Su razón de ser es vaciarse para que el grano, muriendo, dé el treinta, sesenta o el ciento por uno. 

Quien así vive no juzga, porque el amor es más fuerte que el juicio. Quien así vive muere un poco cada día, pero revive mucho en la vida entregada de otros que son amados y amantes. Quien así vive es nuestro Dios de vivos que es amor extendido y excéntrico en el Padre, el Hijo, el Espíritu y nosotros. No ya tres sino cuatro que son (somos) todos. 

Ven

Necesitamos que venga. El Espíritu puede ser el gran ausente de nuestras vidas personales y comunitarias si no le dejamos la libertad que necesita. Acostumbrados a planear, a diseñar, a prever acabamos por echar fuera de nuestras vidas al Dador de todos los bienes. 

El Espíritu viene y va, traza caminos nuevos, dibuja nuevas relaciones, teje el amor que siempre es nuevo. No hay que hacer nada con Él, simplemente hay que dejarse hacer por y en Él. 

La libertad, que es su don mayor, tiene mucho que ver con el Reino y pocas veces con lo institucional anquilosado. Es riesgo, desayuno con el Resucitado al borde del lago, puertas abiertas a pesar del miedo, “todos” en lugar del elitista “muchos” (que no es lo mismo por mucho que se empeñen). Es más poesía que análisis pesimista de la realidad. 

Pero la libertad que ofrece también tiene un precio muy alto que cuesta pagar: te complica, te expone, te vuelve del revés, te hacer perder para ganar lo que no tiene valor de compra-venta, te hace frágil y a veces astillado… pero vale la pena porque es el Único que te ofrece la posibilidad de rozar y gustar, aunque sea fugazmente, el Evangelio. VEN

Un blog de Miguel Tombilla