Mirando al cielo

La lectura de Hechos nos recuerda la necesidad que tenemos del recuerdo, de la espera. Ese mirar al cielo que se puede convertir en evasión si se prolonga demasiado en el tiempo.

Hay una tendencia del ser religioso (en muchas religiones) de trascender lo que es de aquí, casi como un escapismo cotidiano, un ansia de evasión, de hacerse creer a uno mismo que lo de aquí abajo no es verdad o que es demasiado feo para experimentarlo. Yo creo que todo ello puede llegar a ser lícito en este intento de fuga vertical de quedarse mirando al cielo.

Pero Jesús estaba muy a gusto mirando al suelo. Evidentemente en relación con el Padre, pero descubriéndolo en lo mezclado de la realidad. En esos gustos diversos del día a día en lo que nada es totalmente puro (en el sentido moral), pero en el que la intensidad de lo confuso puede llegar a ser un don.

Ello no quiere decir que debamos dejar de buscar a Dios, no. Simplemente que Dios sale a nuestro encuentro en esa horizontalidad provista de transcendencia que es mucho más trascendente (en lo que atañe a salir de uno mismo y encontrarse con el otro) de lo que a primera vista pueda parecer.

Puede ser verdad que mirando al cielo, sólo mirando al cielo, descubramos esa pureza de lo divino. Pero también puede ser que mirando hacia al frente nos topemos con lo impuro (lo mezclado) que es presencia de un Dios encarnado y de un Espíritu libre que se encuentran como pez en el agua en este suelo tan nuestro de contradicciones. Y que en las contradicciones, en las propias y ajenas, se despereza y se recrea recreándonos.

Por eso me atrevería a decir(me): mira(d) al suelo…

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Amor

Es la clave de toda la Buena Noticia, es más, creo que la Buena Noticia en sí misma, el amor, claro.

Y también me parece que andamos escasos de sus expresiones, dentro y fuera de la Iglesia, sobre todo dentro. No se me mal interprete no juzgo el interior de nadie, simplemente relato o describo lo exterior.

Hay demasiado arrebatos de juicio y de insinuar la condena (nunca se termina de decir porque da miedo, algo es algo) y pocos gestos exteriores que indiquen que hay un algo más, que el criterio es el amor. Que la profundidad de la vida se mide en estos términos y no a partir de otras motivaciones o de otros apareceres.

Que todo lo que hacemos sólo tiene fuerza desde aquí. Que todo lo que somos, sólo (mil veces sólo) tiene verdad si se camina, aunque sea haciendo equilibrios y cayéndose, por esta senda. Que lo demás es nada y viento.

Que sólo vale la pena este horizonte aunque no acabemos de encontrarnos en él. Que la verdad siempre ha sido el amor aunque lo intentemos desdibujar y disfrazar, acaso voluntariamente. Que lo demás (y sé que es muy fuerte lo que digo) es teatro mal representado y poco, o nada, creíble.

Y que, a pesar de todo, el misterio de la Iglesia sigue adelante. Será que en el fondo (y en muchas formas que no se suelen ver) hay mucho amor, mucho.

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Permaneciendo…

La cosa va de viñas y sarmientos. De alimentarse, de vivir, de nutrirse. Jesús hace aparecer como evidente lo que a nosotros nos parece algo difícil de conseguir: el dar fruto, el regalar vida.

No se trata de hacer grandes cálculos o de pedir grandes cosas, sólo se trata de permanecer, de morar, de disfrutar de la vida que nos es regalada porque también nos es dado el formar parte de la viña.

Quien poda es el viñador, el Padre, y lo hace para que demos más fruto. No como castigos impuestos o pruebas de concurso barato y mal realizado; no como ascesis impuesta (presunción y competición) sino como don de Dios, como lectura diversa de lo que vivimos, como búsqueda de la justicia del Reino y, sobre todo, como confianza en esa “añadidura” que no solemos percibir o que no nos da la gana de esperar (mejor calculo yo todo, pros y contras, y luego ya veremos) No es cálculo de los efectos que se desprenden de una causa (externa o interna) sino capacidad de permanencia, de espera, de vida, de frutos que no son nuestros sino de la Viña y del Viñador… Permaneciendo

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Mercenarios

Es una de las posibles traducciones que emplea el Evangelio para describir a esos pastores que no cuidan del rebaño en oposición a la figura de Jesús que conoce y da la vida por los suyos.

“Que percibe un salario por su trabajo o una paga por sus servicios” esa es una de las definiciones de mercenario. O aquel que no da gratis lo que recibió gratis. Esa mezquindad de tarifar la Buena Noticia, de poner peros, de no regalar lo que nos fue entregado (mi carne y mi sangre), de exigir lo que uno no es capaz de cargar sobre sus hombros, de creerse salvaguarda de la pureza y no misericordia que procede del Padre que no es la nuestra, de exigir lealtades impuestas, de jugar con las conciencias y de condenar por el mero hecho de saborear el poder (miserable entretenimiento que hace mucho daño).

Y cuando llega el lobo, que siempre acaba llegando, sale corriendo dejando que las ovejas sean devoradas, no por el hambre del depredador sino por mero juego de quien puede matar. No es abandono por miedo (tan comprensible) sino porque no le importa en absoluto, porque los demás son sólo mero objeto de pastoreo que hace crecer nuestro hinchado egoísmo: los números, los proyectos, las estadísticas, el figurar, los votos, la productividad, el poderoso caballero, los celos… Tanto da.

Entre los lobos y los mercenarios hay un acuerdo tácito de aprovecharse de los demás, cada uno según sus expectativas, cada uno según sus justificaciones. Pero al final, triste cuento, los lobos son los mejores amigos de los mercenarios e incluso comen juntos las perdices y son (otra vez tristemente) felices, en esa felicidad venenosa.

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Un espíritu no tiene ni carne ni huesos…

Jesús resucitado, una vez más, en medio de la comunidad de seguidores miedosos. Una vez más saludando con el deseo de la paz, que no es una casualidad ni una mera formulación de etiqueta.

Y en el caso del Evangelio de este domingo dejando muy claro que también es carne que se palpa y que se alimenta. La resurrección no anula la corporalidad, no convierte el ser de Jesús en un espíritu, en un fantasma, en algo inconcreto y sin contornos definidos.

La carne del Resucitado sigue siendo eso que era: no un mero contenido de la divinidad, una envoltura, un disfraz, sino que sigue siendo el mismo Jesús con su corporalidad,  aunque transformada.

Dios, en la persona del Hijo, sigue siendo carne y huesos: Tocadme… mirad… dadme un trozo de pescado para comer… No se deshace de su ser corporal, como a muchos les hubiera gustado, para transmutarse en espíritu inasible, no. La encarnación de la Palabra sigue estando vigente hoy y a eso estamos llamados también nosotros: Creo en la resurrección de la carne… No sólo en ese alma intocable tan del gusto de los griegos y de la filosofía medieval, no. Hubiera sido mucho más fácil de explicar así, mucho más sencillo decir que es sólo el alma la que va a gozar de Dios. Pero Dios no quiso deshacerse de esta carne amada y débil que es esencia de su ser en el Hijo amado.

Y nosotros, como los discípulos, debemos ser sus testigos, testigos de carne gozosa y débil llamada a transformase en carne fuerte, pero carne.

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Si no lo veo…

Si no lo veo, si no lo siento, si no me hace caso, si no me cumple lo que le pido, si no hubiera tantas guerras, si no existiese este tipo de iglesia, si no fuese tan mayor, si no supiese que la vida no es así, si no me aburriese tanto, si no hubiese hecho esa carrera, si no… no lo creo.

La fe no es creer lo que no se ve, sino saber ver lo que está ahí, pero que no se sabe reconocer. La resurrección ya está dada, hay que saber verla, gustarla, saborearla. La petición de pruebas tangibles choca frontalmente contra la sutileza de Dios. La grosería de un tocar que viola las heridas dolientes de una carne generosa es autosuficiencia y afán de dominación de un Jesús libre que disfruta de su libertad en la Galilea de lo cotidiano.

Si no creemos el testimonio de los que vieron, de los que gozaron de esa pizca de Dios en lo diario y vulgar de un partir y compartir el pan, llegamos a la petición absurda y horrible de violentar la carne del Amado: mi dedo, mi mano. Heridas de amor que son lo más tangible del Dios hombre profanadas por nuestra carne que aspira a la certeza burda de lo que nosotros deseamos que sea la resurrección. Al absurdo egoísta de seguir prolongando nuestras comodidades en lugar de decir sin más: Señor mío y Dios mío.

Si no lo veo…

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LOS DOS SILENCIOS

Entre los millones de palabras que nos llegan todos los días, en medio del ruido de la ciudad, del ruido de nuestros corazones, del ruido de la vida… Nos llega el eco lejano de dos silencios casi olvidados.

 

En este Viernes Santo se cuelan, entre las junturas cansadas de nuestros cuerpos, los silencios silenciados de lo que fue y sigue siendo a nuestro pesar, los silencios del Dios que es Palabra.

 

Íntimamente unidos, entrelazados para siempre, escuchamos lo inaudible de dos momentos en los que la carne de Dios se hace debilidad absoluta y escandalosa, debilidad de ausencia, de violencia, de fracaso y de futuro presente.

 

El primer silencio en Belén. Un bebé que llora y que abre sus ojos recién estrenados a la maravilla de la noche, con millones de estrellas que sonríen , en una lejanía cercana de lo que ya les es conocido en el principio de la Creación del mundo. Un niño frágil, como todos, carne preñada de esperanza, en la blancura de lo que todavía se ha de escribir sobre ella. Carne abierta en la ternura desproporcionada de lo recién estrenado, en el calor prestado del regazo materno, que se goza en el disfrute de lo que le fue regalado por la sombra de la Gloria del Dios de la vida. Algo que no puede entender pero que guarda en su corazón generoso.

 

Silencio

 

Silencio nuevo contra todo pronóstico. Mesías que no es poder, ni palacio, ni signo inequívoco, ni imposición apabullante, ni estruendo de trueno… Solo silencio remansado en la alegría de un nacimiento cualquiera, en un lugar cualquiera, alejado de cualquier centro de decisión, en una esquina olvidada del gran Imperio Romano.

 

Silencio

 

Y el segundo silencio, el de esta noche, ese silencio que brota de una vida que ya dijo todo, que ya dijo con lo que hizo. Silencio de final, anticipado por esa existencia que fue todo darse, de ese grano de trigo molesto que ya había dado mucho fruto: el ciento por uno del cariño. Silencio elegido, no impuesto por la sinrazón del que quiere oír la última explicación de un condenado para tranquilizar su conciencia raquítica.

 

Silencio del cordero que no entiende por qué el amor da, como fruto de unos cuantos, el agraz de la aniquilación. Silencio extenuado del abandono de los suyos, del dolor inmenso de la duda final, de la pregunta del por qué tiene que ser así, de la petición de dejar de lado el cáliz de amargura que es expresión de una carne en agonía hasta las lágrimas.

 

Silencio

 

Silencios de los recuerdos de lo vivido durante 33 años, con esa intensidad que solo puede venir de lo plenamente divino, de lo plenamente humano. Silencio entretejido de ensoñación de lo que fue, dibujado en la retina con los rostros de los que había amado hasta el extremo, hasta el extremo.

 

Bienaventuranza encarnada y escarnecida. Vida con necesidad de vivir exageradamente,  triturada. Sueño de Dios robado. Entre los gritos hirientes de la gente, nacen palabras silenciosas que suenan en la lejanía del recuerdo,: yo tampoco te condeno, quien esté libre de pecado, no he venido a condenar sino a salvar, os digo que éste salió justificado y el otro no, hoy se cumple esta escritura, a ti te lo digo levántate …

Sabor metálico de sangre en la boca, de esa boca que bendijo, de esa boca de denuncia de una caricatura de un dios que no era compañero del ser humano, sino su enemigo y su miedo.

 

Silencio

 

Y el último silencio, el del madero, el del desgarro de la carne del bien, el reflejo de una venganza que quiere borrar lo que ya es eterno con un gesto estúpido de destrucción. Las últimas burlas, las últimas provocaciones, las últimas bocanadas de ese aire hermoso. Y la última palabra inaudible para la barbarie: A tus manos encomiendo mi espíritu.

La última palabra silenciosa de ese abrazo sanador, de esa vuelta al hogar, de esa carne traspasada para siempre, eternamente, por la violencia que hoy se sigue repitiendo. Silencio en la carne de Dios que restaña las heridas, que envuelve el dolor con el manto de la ternura, que hace nuevas todas las cosas, que ya es, para siempre, fuerza en la debilidad. Oscuridad.

 

Silencio

 

 

 

 

Y María, la madre, que contempla estremecida ese silencio que se palpa. Que alarga sus brazos para acoger la carne de Dios escarnecida. Que abre su corazón, una vez más, al silencio silencioso del amor de un hijo frágil que busca el calor de su regazo, como había pasado hacía tiempo hacía tiempo en Belén.

 

Silencio

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En la antesala

Es la puerta al tiempo más hermoso que nos es regalado. No hay que hacer nada, simplemente disfrutarlo. Sé que lo difícil es justamente eso: no hacer nada.

Que todo ha de estar poblado de nuestras expectativas y deseos.

Que como Pedro preferiríamos decirle a Jesús que eso no puede ser, que no se deje asesinar, que hay mil posibilidades.

Que la caña cascada la rompemos porque es mejor así, porque me da pena; igual que el soplido aniquilador de la vela que tiene ese llama a punto de apagarse… Voy a Ikea y me compro una mucho más hermosa y tirada de precio.

Que cómo no voy a volver el rostro ante ese varón de dolores, cuando el dolor es el sinsentido máximo y no me gusta ver la fealdad de la violencia que , además, no es mía, yo no hice nada…

Que el silencio me agobia y cómo no se va a defender ante Pilato o ante el Sanedrín, que lo fácil hubiera sido claudicar en el último momento: No, yo no soy Dios- no había que decir nada más.

Que la Cruz es una tontería, una forma ridícula de debilidad absoluta… Si era Dios por qué no hizo algo para evitar todo eso.

Que cómo va a morir el que debería ser la Vida, cómo va a morir el de los milagros, el de las resurrecciones, el de las palabras hermosas, el que es inmortal… No puede morir, no puede

Que cómo puede descender a los infiernos, a ese lugar donde la soledad es la única compañera, dónde los muertos eran olvidados en una segunda muerte de la memoria, en el lugar donde no quiso habitar el amor… Por qué la luz tiene que envolverse de tinieblas…

Qué cómo va a ser su morada la frialdad de la piedra, el hueco inerte de lo que nunca más va a volver a ser, el musgo que fagocita lo que antes era casa de alegría y de denuncia, de extremos que no podían ser acogidos por nuestras mediocridades…

No puede ser, no puede ser así la historia de amor de Dios con la humanidad, algo fue mal, algo hay que cambiar, algo tengo que cambiar…

Y el Padre se sonríe y dice susurrando que NO TENEMOS QUE HACER NADA, SOLO DISFRUTAR…

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Si el grano de trigo no muere…

Que la muerte engendre vida es una de las convicciones esenciales de Jesús. No es un mero pensamiento de las horas de meditación sino una experiencia dolorosa y gozosa al mismo tiempo. En un momento histórico en el que la vida no tenía un precio demasiado elevado Jesús se empeña en afirmarla y en mantenerla, es uno de los signos mesiánicos más claros.

También es cierto que la concepción que Jesús tiene de la vida es la que está entretejida de debilidad y fragilidad (la caña cascada y el pábilo vacilante), la que es anulada por ser molesta al poder (el caso del Bautista), la que es amenazada por la pretendida ley de Dios (la adúltera) o la que es ignorada u olvidada (leprosos, mujeres enfermas, paralíticos, ciegos, endemoniados, la hija de la Siro-fenicia, la de la pecadora pública, la samaratina y el samaritano…) Jesús, en todos esos casos, le devuelve a la vida su densidad perdida o robada, la recrea desde los parámetros nuevos del Reino.

Pero no se trata de una evidencia. En muchos de los casos esta nueva vida regalada sólo repercute en el individuo y en el entorno más cercano. Y , no pocas veces, provoca reacciones adversas: la más llamativa es el caso de Lázaro, en el que ese revivir hace crecer el deseo de dar muerte a Jesús y al mismo Lázaro recién renacido.

Por todo ello la debilidad sigue siendo la clave de interpretación de la vida que regala Jesús, incluso de su resurrección y de la nuestra. Sigue sin ser una prueba concluyente o una certeza meridiana. Pero es una esperanza de recreación en el aquí y ahora histórico, en este tiempo de pequeñas resurrecciones cotidianas envueltas de debilidad, en estos granos de trigo que se nos van muriendo (a diario) para engendrar nueva vida si los enterramos. Los graneros de la acumulación no tiene sentido en el campo del Reino que siembra con generosidad y hace que crezcan solos, aunque mezclados (mezcla hermosa y débil) con la cizaña.

 

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El mercado

Y Jesús perdió los estribos. Hizo algo, diríamos hoy, políticamente incorrecto. Hizo uso de la violencia, ni más ni menos.

E hizo todo eso porque no pudo resistir la visión de la casa del Padre convertida en un mercado. No era por el ruido (no hagas ruido niño que estamos en misa…), ni por una pretendida irreverencia descontextualizada históricamente (animales en el Templo!!!!!), ni por un arrebato de purificación (tan del gusto de muchos maniqueísmos)… Fue, simplemente, por querer someter al Padre a la triste caricatura del intercambio mercantilista, por querer comprarlo: Yo te doy y tú me das.

Y hoy en día no estamos tan lejos. Seguimos intentando convertir en trueque ridículo lo que es Buena Noticia. Poner precio a lo que no lo tiene. Vender y comprar lo que es regalado. Mercadear con la liberalidad absoluta del amor.

Quizás no seamos tan toscos, pero sibilinamente seguimos con el proyecto vacuo del mercantilismo. Y no acabamos de enterarnos que no es así, pero lo necesitamos porque es nuestra forma (triste) de funcionar en lo cotidiano, desde lo más básico a lo más sublime.

Probablemente sea cuestión de aprender a recibir lo que ya nos viene dado por mera liberalidad amorosa, pero es tan difícil. Siempre hay que buscar algún mérito por mi parte: porque hago el bien, porque rezo mucho, porque ayudo a los demás, porque voy a misa todos los domingos, porque no odio a nadie, porque… y sigo sacando billetes de la faltriquera vanamente (en la cuarta acepción del diccionario de la lengua española)

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