¿Nuevo? Plan Pastoral

Hace ya tal vez un par de meses, Juan Rubio publicaba un artículo sobre los Planes diocesanos de Pastoral. El trabajo me resultó muy interesante, y comienzo por decir que lo suscribo al ciento por ciento. Y remito a él para quien quiera leerlo. En pocas palabras, el autor nos llama la atención sobre la ineficacia crónica, que en muchos casos, experimentamos ante estos “Planes”. Por ser repetitivos y cansinos, porque no suelen partir de un análisis sereno y serio de la realidad, porque rara vez se evalúan al final del ciclo anual pastoral, porque responden en ocasiones a planteamientos pastorales trasnochados, porque seguimos insistiendo en actividades y proyectos desfasados cuyos resultados, tantas veces constatados, nos dejan vacíos y frustrados ante la escasa o nula “eficacia” (me gusta más decir, “fecundidad”) de dichas actividades.

Las razones para esa especie de esterilidad innata de al menos algunos Planes de Pastoral, pueden ser muchas y variadas. Y no debemos caer en simplificaciones o generalizaciones. Pero se echa en falta un arrancar a partir de un análisis sesudo y honesto del mundo en el que estamos, de la sociedad, de nuestra gente. Damos por sentadas muchas cosas. El ejemplo que siempre sale se mueve en el campo de la praxis sacramental. Llevamos muchos años dándole vueltas a la misma noria y haciendo planteamientos falsos porque no acabamos de aceptar que la vida sacramental “es para” cristianos/as que han recorrido un camino previo de evangelización y catecumenado: no son cristianos “adultos”, la vida sacramental se reduce a actos estrictamente sociológicos cargados de ornato y frivolidades que desvirtúan el sentido sacramental del bautismo, de los matrimonios, de las primeras comuniones…  Ya se ha hablado demasiado de esto y no procede insistir más en ello. Sin embargo, continuamos “haciéndolo”. ¿Será que “no sabemos hacer otra cosa”? O, lo que es peor, que estimamos que “no se puede hacer nada más que lo que hacemos”? ¡O será que así nos auto-justificamos y tranquilizamos nuestra conciencia?

Seguimos sin aceptar en qué sociedad vivimos. Tal vez ni nos hemos parado a profundizar suficientemente en nuestra sociedad postmoderna, indiferente u hostil en gran medida ante lo cristiano e incluso ante  lo religioso en muchos casos; una sociedad, la europea, que “ha dejado de ser culturalmente cristiana”; algunos hablan de una sociedad “post-cristiana”, de una verdadera “exculturación” de la fe cristiana en nuestros pueblos y ciudades. En una sociedad así, donde la Cristiandad ya no existe, los “Planes pastorales” deberían ir por otros derroteros, ensayar nuevos caminos aunque esto conlleve errores y fracasos. Francisco nos pide en su Evangelii gaudium, “audacia y creatividad”. Dos conceptos cargados de contenido, pero dos conceptos que nos aturden, nos dan miedo, y nos impiden emprender nuevos caminos. El reto es inmenso. Pero tal vez no queremos afrontarlo. Alguien dijo: “cuando ya nos sabíamos las respuestas, nos cambiaron las preguntas”. Algo así puede que esté sucediendo mientras permanecemos, pese a intentos valiosos que nunca faltan, como espectadores de un “tinglado” que se desmorona día a día sin quererlo ver, ni analizar, ni afrontar. Es importante conservar la fe de la gente, también la fe “sencilla” y hasta ingenua de muchos: ¡tienen derecho a que les acompañemos en su vida cristiana!, pero una Iglesia “en salida”, de “discípulos misioneros” no puede seguir elaborando planes pastorales que nacen muertos, y lo sabemos desde que estaban en el útero eclesial.  Antes de la Iglesia “en salida”, (o a la vez) hay que pensar en una Iglesia “en entrada”, que penetre en sí misma, sea autocrítica, honesta, y capaz de entonar un sincero mea culpa. ¡Audacia y creatividad! ¿Estamos dispuestos?

Publicado en Sin categoría | 2 comentarios

Marta dando gracias a la Virgen

Hace apenas unos domingos, una buena mujer, anciana y enferma, y latinoamericana, por cierto, me encargó una Misa con esta intención: “Marta dando gracias a la Virgen”. Me llamó la atención favorablemente. No es nada habitual “intenciones” de este tipo. El 99% por no decir el 100%, son intenciones orando por los difuntos. En alguna parroquia las listas de difuntos son interminables. Casi se asemejan a un listín de teléfonos. Por supuesto es importante poner nombre y dos apellidos, tipo de familiaridad: si es esposa o esposo, hijo o madre de otro finado o de la persona que “encarga” la Misa. A veces pregunto si hay que decir también el carnet de identidad del fallecido; lo digo en broma y sonriendo, claro. El olvido o la omisión de una intención correcta, o incluso su pronunciación equivocada: Luis en vez de Luisa o Antonia en vez de Antonio, suponen, inevitablemente, una visita a la sacristía para protestar, a veces de un modo desproporcionado. ¡Olvidar nombrar públicamente al difunto o la difunta en cuestión se convierten en algo realmente importante o decisivo en la celebración eucarística! Para eso “pagan la misa”, después de preguntar sistemáticamente “cuánto cuesta la misa”, y por tanto, tienen derecho a un “producto” bien presentado y mejor vendido; es como cuando vas a comprar un par de zapatos y preguntas cuánto cuesta, o un microondas, o un móvil.

Cuando la misa dominical se encuentra especialmente concurrida es “porque” hay un difunto reciente, o bien porque se trata de “un muerto importante” (como dice mi monaguilla de 10 años). Ya se sabe: si hay menos concurrencia de lo habitual es porque hay pocas intenciones, o nombres ya un poco olvidados, o personas que en vida tuvieron poca familia. Uno ya sabe cuándo habrá quorum y cuándo no. ¡Una pena!

El culto a los muertos, de tan atávica raigambre, procedente fundamentalmente de tradiciones paganas, y muy sedimentado en el inconsciente colectivo de los seres humanos, por miedo y otras razones más o menos inconscientes, ha sido siempre una suculenta fuente de financiación de nuestros templos, comunidades y parroquias. Se nota en aquellas parroquias en que hubo un párroco que durante muchos años “alentó” el recordar y pedir por los difuntos. ¡Ahí abundan las misas “de encargo” por los difuntos! Cuando  ha habido párrocos que no han prodigado las misas con intenciones por los finados, hay menos “encargos”, y, consecuentemente, menos estipendios. Próximamente, el 1º de noviembre, volveremos a asistir a unas misas y unos templos “llenos” de gente que no volveremos a ver hasta la siguiente conmemoración de los difuntos. O hasta el próximo funeral, sobre todo si el difunto fue “alguien importante” en el pueblo. No necesariamente en la comunidad cristiana.

En fin. Una realidad más de nuestra inevitable, y no por ello nada despreciable, religiosidad popular. Una tarea pastoral a “educar”. Habrá que insistir en que seguramente es más importante orar por los vivos y ayudarles cuando lo necesiten; alabar y adorar más a Dios en la Eucaristía, y, por supuesto, como nuestra querida Marta, “dando gracias a la Virgen”. Por cierto, cuando terminó la misa en que anuncié (¡siempre hay que anunciarlo el domingo anterior, por supuesto!) “Marta dando gracias a la Virgen”, como la mujer me pidió que dijera, alguien se me acercó para decirme: “Ha debido usted equivocarse, no entendí bien quién era esa difunta” ¡Lamentable, pero cierto. Doy fe! Y recordé aquello del Señor: “dejad a los muertos que entierren a sus muertos”; o aquello otro, “Dios es Dios de vivos y no de muertos”.

 

Publicado en Sin categoría | 3 comentarios

Tú no hablas de Dios

Hace apenas unos días, un chico de la parroquia, 19 años, inmigrante por cierto, me soltó a bocajarro algo que me dejó paralizado. Sin venir a cuento, mientras hacíamos cosas anodinas, me dijo: “Tú no eres un cura como los demás, eres diferente”. Tengo que confesar que ante aquella inesperada manifestación, tan fuera de lugar, junto a la parálisis de la expresión, mi corazón siempre traicionero, me llevó rápidamente a pensar: “Eso significa que va a alabar mi forma de ser cura”. Le pregunté por qué decía aquello tan sorprendente y hasta atrevido. La respuesta me dejó aún más confundido y, esta vez, no me llenó de vanidad sino todo lo contrario. Me respondió: “Los demás curas siempre están hablando de Dios, Dios esto, Dios lo otro, para todo sacan a Dios, pero tú nunca hablas de Dios”. Lo cierto es que ya no supe qué decir, pero la fugaz conversación, que se quedó ahí y no pasó a mayores, no ha dejado de darme vueltas en la cabeza.

Me sentí sorprendido en un primer momento, pero inmediatamente me quedé preocupado, incluso triste, como fracasado… ¡Se supone que hemos de hablar de Dios, obviamente; y máxime si somos curas! Siempre nos lo han dicho, y yo lo digo también en ocasiones: “Hay que explicitar a Dios, apostar por un Jesús que no se difumine como un amigo más, un tipo extraordinario, un líder de masas… Hay que “volver a Jesús” y eso significa, necesariamente, volver a Dios, y por ende, “hablar de Dios”.

El susto no me duró demasiado. El chico es cuestión es una buena persona, con todos los rasgos positivos y negativos de los jóvenes postmodernos: poco reflexivos, atados al móvil, superficiales al menos en apariencia, indiferentes por supuesto a lo religioso. Ser cura “entre ellos” todos los días, es un reto constante a la evangelización: ¿cómo hacerlo? ¿cómo presentarles un Evangelio liberador y atrayente, sugerente, “enganchador”? A medida que el tiempo me dejó ir profundizando en su respuesta e intentando “hacer hermenéutica” de lo que había dicho y sobre todo, de lo que había querido decir, me sentí un poco más en paz. Lo que me había dicho al “meterse en mi vida” en ningún caso tenía una intencionalidad peyorativa, más bien todo lo contrario; algo que muestra y demuestra en el anodino pasar de los días del verano. Mi amigo estaba alabando que yo “hablara poco o nada de Dios”; curiosamente, “eso” le parecía bien y no mal; le satisfacía y le hacía sentirse más a gusto. ¡Curioso, ¿verdad?! Incluso contradictorio. Me vino a la cabeza el mensaje central de aquel gran hombre a quien tanto admiro, que sería santo si no hubiera sido “protestante” (¡cosas de nuestra Iglesia!), Dietrich Bonhoeffer, que entregó su vida por sus hermanos en un horripilante campo de concentración nazi. El santo Bonhoeffer murió preocupado por algo que parecía -entonces y ahora- y para muchos, algo innecesario y baladí: “cómo hablar de Dios hoy sin hablar de Dios”. Este es el centro de la cuestión. El chaval de marras estaba haciendo una crítica velada e implícita a un discurso eclesiástico repetitivo, manido, y vacío de contenido, sobre Dios. Recordé también el mandamiento (poco recordado, ciertamente): “No tomar el nombre de Dios en vano”. Y se me abrieron las compuertas del entendimiento y del inestable corazón: ¡Hablamos demasiado de Dios, pero hablamos “en vano” de Dios, es decir, lo utilizamos como una muletilla, un condimento para todas las ocasiones, problemas, tragedias, interrogantes, dudas… ¡la palabra Dios pretende resolverlo y explicarlo todo! ¡Hablamos de Dios en vano!, y nuestro reiterado y cansino discurso sobre Dios se convierte en algo aburrido y contraproducente; es un zurcido que sirve para todos los rasgones y rasguños de la vida. Dios lo tapa todo, lo explica todo, lo acapara todo. Es, ciertamente, un Dios “por activa y por pasiva” (como dicen constantemente los políticos de hoy. ¡Se les olvida la voz perifrástica, pero esto no viene a cuento). La pregunta es la misma de Bonhoeffer, tantos años después: ¿cómo hablar de Dios a la gente de hoy, y no sólo a los jóvenes?

Pienso que hay que acudir más al silencio del Dios que habla en la vida diaria sin darse tanto a conocer, sin micrófonos ni alharacas. Es la vida la que cura y por eso, es la vida la que habla de Dios. Nuestra tarea, más compleja y trabajosa, debe ser enseñar a ver la presencia y el atractivo de ese Misterio de Dios en la vida y en las cosas que pasan, pero sin ser como aquellos pregoneros medievales que iban por las plazas de los pueblos con trompetilla y leían el último comunicado del Rey a los vecinos. Hablar de Dios desde nuestra vida y con nuestra vida como referencia y testimonio, sin nombrarlo tanto, sin explicitarlo tanto hasta convertirlo en una muletilla carente de sentido y de valor. ¡Esto sí que es difícil! Que escuchen hablar de Dios sin oír  su nombre tan intempestivamente, que todo suene a Dios sin que sea necesario decirlo por costumbre, como una retahíla cansina; que Dios sea esa brisa suave que nos acaricia sin darnos cuenta en las tardes calientes del verano.

Publicado en Sin categoría | 2 comentarios

Reforma y contrarreforma

Hace unos días me comentaba un amigo que la renovación de la Iglesia que intenta llevar a cabo el papa Francisco puede ser involutiva. Me comentaba que se lo había escuchado a alguna “autoridad” eclesiástica. Me lo decía con cierta extrañeza, con dudas; era algo que le parecía sencillamente imposible. El proyecto y la puesta en escena de una “reforma tranquila“, que pretende el papa, está inevitablemente “abocada” a sentar bases sólidas de renovación y reforma en la Iglesia de Jesucristo para un futuro.

Me dejó perpleja la seguridad con que mi amigo sostenía la inevitable continuidad  de la reforma del papa Bergoglio. No creo que sea así. La historia desmiente claramente esta posición. La Iglesia ha estado y estará siempre zarandeada por múltiples factores: culturales, teológicos, sociológicos, biográficos, y por supuesto, económicos. Las pautas de reforma eclesial que pretende el papa Francisco, tan comparadas muchas veces con el aggiornamento de san Juan XXIII que le llevó a la convocatoria del Vaticano II, son tan frágiles como lo somos los mismos seres humanos. Lo vemos, tristemente, con excesiva frecuencia. El mismo Concilio ha sufrido mil avatares, entredichos y marcha atrás. Ya en los albores mismos del Vaticano II, en 1962, recordaba Rahner que “son muchos los concilios que aparentemente no han logrado su cometido”. Y ya entonces recordaba el auge del monofisismo después de Calcedonia, el fracaso en el intento de la unidad eclesial en los concilios de Lyon y de Florencia; ni el de Constanza, ni el de Basilea, ni el V de Letrán, lograron en buena medida sus objetivos.  Si los mismos concilios, pues, pueden hacer crack en sus contenidos, cuánto más los afanes renovadores de un papa, solitario a pesar de los apoyos y las fidelidades de muchos, de su popularidad y su estilo fuertemente atractivo, su enganche con otras iglesias, otras religiones, e incluso con ideologías o sectores de la sociedad en principio adversos o reticentes al Evangelio.

La clave me parece clara: la Iglesia nunca la reforma un papa, ni tal vez un santo, ni siquiera un concilio, por muy ecuménico que sea o por mucho que pueda lograr en todos los ámbitos. Papas como Francisco y concilio como el convocado por Juan XXIII, son importantes, necesarios incluso; son ventoleras siempre inesperadas del Espíritu, pero nunca son definitivos, nunca son “eternos”: el trigo y la cizaña siempre crecen a la par. Ya Jesús de Nazaret tuvo que mediar seriamente para evitar las tentaciones de la inmovilidad, el fariseísmo, la avaricia y la soberbia de los suyos, la religión como fortaleza y jarabe mágico de seguridades. Ya Pedro, Santiago y Pablo, desde distintos modelos eclesiales,  se enzarzaron en generar una iglesia críptica reservada a los judíos o una iglesia abierta, “en salida” y en riesgo, al mundo gentil, al mundo de la periferia cultural y filosófica del momento.

Es el Espíritu quien reforma su Iglesia, y nosotros, los discípulos y discípulas de Cristo, nos abrimos como tierra fértil y removida a acoger esos latidos a la intemperie que siempre suponen las reformas, en la Iglesia y en la vida de cada uno. También lo decía el teólogo jesuita alemán: “La Iglesia continuará siendo, después del Concilio, Iglesia de pecadores, de peregrinos, de los que buscan cansadamente; la que constantemente debilita la luz de Dios, por medio de las sombras de sus hijos… También aquí la fuerza de Dios será poderosa en nuestra debilidad”. Esto también lo dijo allá por 1962. Pero lo podríamos decir también ahora, después de tres años un poco largos de la nueva esperanza que nos abre el primer papa jesuita, el primer papa latinoamericano, el primer para que cuando saluda dice: “buon giorno”.

Publicado en Sin categoría | 1 comentario

¡Santiago y cierra España!

Se acerca ya la festividad del apóstol Santiago, patrono de los pueblos de España. Y el conocido lema que da título a este post, me viene rondando por la cabeza desde hace unas semanas. Sobre todo por lo de “cierra”. Por lo visto es un grito de guerra muy antiguo, que ya se empleó en la batalla de las Navas de Tolosa. E incluso el Hidalgo Don Quijote, tan de prestancia en este año conmemorativo, lo expresó en algún momento, para escándalo o perplejidad de su buen escudero Sancho.

Lo de cerrar y abrir son algo más que dos verbos que todos sabemos qué significan. Por eso, el famoso grito bélico es casi un pretexto para “abrirnos” a lo que puede esconderse, solapadamente, en la voz de marras. Intuyo como un trasfondo filosófico, o psicológico, o casi existencial detrás de él; detrás de lo de abrir y cerrar. Dos acciones, por lo demás, inocentes y frecuentes en nuestro día a día. Pero tal vez no sean acciones tan ingenuas o superfluas como acabo de expresar. Nos preocupa que muchas cosas “estén cerradas” en el día a día. No nos marchamos de casa sin cerrar la puerta o cualquier acceso a la misma; nos preguntamos o nos preguntan: “¿cerraste el coche en el aparcamiento?”; “¿has cerrado bien las ventanas para que no entre aire?”; “cierra esa puerta que hay corriente?”. Hasta aquí todo normal, lógico, diario, anodino incluso.

Pero descubro gentes un tanto obsesionadas con lo de cerrarlo todo. Incluso, “dejarlo atado (cerrado) y bien atado (bien cerrado)”. Gente que ha hecho de la llave, una especie de talismán imprescindible, un objeto simbólico casi elevado a la categoría de sacro, la llave es “la clave” de muchas cosas en su vida diaria. Gente en exceso preocupada para que todo esté siempre cerrado y bien cerrado, incluso los objetos o cosas más insignificantes. Los llaveros son decisivos: son el objeto sacro donde llevamos las “claves” de nuestra vida diaria. ¡Pobres de nosotros si se nos pierde o extravía! Nos quedamos indefensos, desconcertados: entonces, todo “se nos queda cerrado”, y “nos quedamos fuera”. ¿Fuera de qué? Quizás fuera de nosotros mismos, “fuera de sí”…. decimos.

Vivimos en una sociedad de llaves y llavines, de trancas y retrancas, de cierres de seguridad y alarmas por si alguien abre lo que sólo nosotros estamos legitimados a abrir. Nos molesta tener “las cosas abiertas”, las puertas abiertas, los armarios abiertos, las fincas abiertas, las carteras abiertas. Pero también nos incomoda tener las iglesias abiertas, los planes y programas abiertos, los proyectos abiertos, las ideas abiertas, las manos abiertas, la mente abierta, el corazón abierto. Ciertamente, el verbo “abrir” es sospechoso, produce inseguridad, miedo, posibilidad de intromisión ajena, riesgo de contrastes, de intercambios, de novedades que se nos cuelen en el entramado cerrado que nos hemos fabricado con  tanto esfuerzo.

Mientras tanto, Francisco nos pide una “Iglesia de puertas abiertas”. Porque una “Iglesia en salida” (expresión afortunada que muchos usamos sin profundizar excesivamente en los “riesgos”, suspicacias y “peligros” que comporta), supone, como es obvio, una Iglesia “abierta”… ¡abierta para poder salir, digo yo! Y comienzan las contradicciones, las inquietudes, los miedos, los fantasmas. ¡Si ni siquiera somos capaces de mantener físicamente abiertos los edificios que tenemos, sobremanera los templos, ¿cómo  pretender otras aperturas de mente, de ideas, de corazón, de planteamientos, de estructuras! ¡Las “cosas” (materiales o no) están más seguras cuando están “cerradas y bien cerradas”; blindadas y en cajas fuertes, a ser posible. Algo bien sencillo: me decía un cura amigo hace unos días, que después de mucho darle vueltas a cómo dejar el templo físicamente abierto todos los días sin que peligraran los tesoros artísticos, patrimoniales, o el Santísimo Sacramento, expuestos al latrocinio o la profanación, consiguió que al menos una capilla tuviera acceso directo al exterior para que la gente pudiera entrar a rezar un rato. El “invento” le costó muchas desavenencias con algunos: ¡apareció una colilla en el suelo, un perrito se orinó junto a una silla y hasta aparecieron unos cromos infantiles tirados por el suelo! Solución: plantearse de nuevo que el templo estuviera siempre cerrado. Los riesgos de estar abiertos son siempre más que los riesgos de estar cerrados. Al menos a simple vista, al menos de tejas abajo, al menos de momento, al menos para que no nos manchen, nos profanen, nos desordenen lo que está tan bien ordenado desde hace tanto tiempo!

“¡Santiago y cierra España!”. “¡San quien sea y cierra Iglesia!” ¡Si nos resulta casi imposible que nuestros templos estén abiertos, cuánto más arduo nos es que seamos nosotros quienes permanezcamos abiertos! Abiertos a la vida, a los demás, a los distintos, a los marginales, a los sospechosos, al cambio, a quienes  ”nos invaden”, a quienes  nos perturban o nos hacen dudar, a quienes pueden traer  ”otras cosas” que nos conturben, nos infecten o nos contagien. ¡Hay que permanecer aislado, en cuarentena constante!  También a quienes, cansados de la vida, puedan sentarse a echar un cigarro en una capilla solitaria y conversar un poco con el Jesús confidente y sanador. Incluso a un perrito callejero a quien nadie enseñó nunca que en un templo no pueden entrar, y mucho menos hacer pipí.

Publicado en Sin categoría | 1 comentario

Poquito a poquito

Cada día me voy convenciendo, con mayor certeza, y movido por tantas informaciones verosímiles, que la deseada y tantas veces prorrogada reforma eclesial que enarbola el papa Franciso, no interesa a demasiada gente de Iglesia. No sólo no interesa, es como si no apeteciese, como si fuese algo tan serio, tan gordo, tan alucinante, que es preferible permanecer en la inercia, la acedia y la rutina lastimera del cada día trae su afán, pero no precisamente el afán renovador. Incluso más, nos quedamos un tanto boquiabiertos y doloridos por las reacciones en contra, en ocasiones claramente de torpedos de guerra, dirigidos hacia el mismo corazón del Papa; y lo que puede ser peor, capitaneados por clérigos de postín, con cargos y prebendas de primera categoría, del entorno más inmediato del Obispo de Roma. Es como una cruzada anunciada por no sé quién y seguida por tampoco sé cuántos. Es triste. Lo califico como de enfrentamiento a los signos de los tiempos, a la necesidad tan evidente para muchos de que la Iglesia, una vez más, tiene que aggiornarse. Por no atreverme a decir que es una oposición frontal al Espíritu que, ya lo sabemos, sopla cuando quiere, en quien quiere y cuando menos lo esperamos.

Hace algunas semanas, el cardenal Secretario de Estado, Parolin, manifestaba que una mujer podía ser secretario (o secretaria) de Estado. Se dispararon todas las alarmas de las defensas de las tradiciones y la integridad intocable de la estructura eclesial. Días más tarde, a preguntas o interpelaciones de un grupo de Superioras generales de órdenes religiosas, mujeres por tanto, Francisco estimó la posibilidad de crear una posible comisión para analizar en profundidad, desde la historia, la Escritura,  y desde la mejor Tradición teológica, los ministerios ejercidos por las mujeres en las primeras décadas de la vida de la Iglesia; las llamadas diaconisas. Una vez más se abrieron las cajas de todos los truenos que retumbaron con inexplicables alaracas. Era simplemente la respuesta a una preocupación sin duda legítima de un grupo eminente de religiosas consagradas; se trataba de crear simplemente una comisión de estudio; y, en último caso, ya lo sabemos: el ministerio del diaconado para hombres, casados o no, permite únicamente la celebración de dos sacramentos: el bautismo, y la presidencia como ministro de la Iglesia en el sacramento del matrimonio, del cual son ministros los cónyuges y no el sacerdote o el diácono, testigos cualificados del mismo, ciertamente. Pero enseguida pensaron las cabecitas guardianas del orden y la ortodoxia: “éste es el primer paso, se empieza así y se termina ordenando sacerdotes (o sacerdotisas) a las mujeres” ¡Peligro, cuidado, precaución, riesgo….!!!!

La mujer sigue sin ocupar un lugar adecuado, teológicamente, en la vida eclesial. Apenas están presente en los ministerios de gobierno y toma de decisión de la Iglesia. No entro en el tema de si pueden o no ser ordenadas sacerdotes; eso se lo dejo a los teólogos. Yo no lo soy. Pero, ¿cómo puede entenderse que en nuestras diócesis, en nuestras parroquias incluso (pero quizás menos) las mujeres “no pinten nada” a la hora de tomarse decisiones importantes? ¿es que nuestra Iglesia sólo puede ser presidida en el ministerio del servicio a la Comunidad por varones, y además, célibes? ¿qué sería de nuestras comunidades sin las mujeres? La mujer tiene mucho que aportar en la Iglesia; su ternura, su delicadeza, su inteligencia indiscutible. Pero su presencia eclesial sigue diferiéndose ad kalendas graecas.

Tengo un amigo que siempre dice: “Poquito a poquito, para casa de Manolito”. No sé quién es el tal Manolito ni falta que hace. Pero, ¿no se pueden ir dando pasos para lograr una mayor presencia de los laicos y laicas en las estructuras de gobierno y toma de decisiones importantes en la Iglesia? ¿O es que la Iglesia sólo pertenece a clérigos varones? A veces confundimos el ministerio ordenado con las funciones o roles que se ejercen. Una mujer, ¿no puede ser administradora de la economía de una diócesis, o canciller-secretaria, o secretaria personal de un Obispo? Una monja, ¿no puede detentar el ministerio de presidir una comunidad? Ya sabemos que “no son curas”, pero el ministerio pastoral es muy amplio y los curas no pueden sentirse los “dueños” de las parroquias, de las comunidades. Ni los obispos, tampoco.

Se pueden ir haciendo cosas, “pequeñas reformas” que no sean tan estridentes que molesten e irriten a las mentes más cerradas. “Poquito a poquito…” ¡para que la Iglesia sea más de todos y de todas! Yo creo que se puede hacer, pero no estoy seguro de que se quiera hacer.

Publicado en Sin categoría | 1 comentario

A golpe de mata

Me decía hace unos días un cura amigo mío: “Cada vez más hacemos las cosas a golpe de mata’”  Me quedé pensando en la frase. Me pareció un poco derrotista y frustrante. Algo así como que no sabemos muy bien qué es lo que hay que hacer en nuestras parroquias, conventos, movimientos, monasterios… Un poco como que damos “golpes de ciego”, que puede ser algo similar. ¡Qué sé yo!… ¡que andamos como perdidos en medio de una intrincada selva multicolor, a tientas en un mundo díscolo! Aquello que una vez dijo el cardenal Fernando Sebastián: “No es que la gente no nos crea (o no nos escuche, o no nos tenga en cuenta), es que no nos quieren”. Cito de memoria, pero era algo así. O, tal vez, recordando creo que a Ortega. “los árboles no nos dejan ver el bosque”

Y es que hay muchos árboles, de distinta casta, de multitud de especies, muchos son desconocidos, importados de otras latitudes, otros son los de siempre que parecen haber cambiado de follaje, de ramaje y hasta de tronco. ¡Nos resultan desconocidos! Hablando menos metafóricamente: este mundo ya no es el de antes; cada vez menos. Dicen que estamos en un “cambio de época” más que en una “época de cambio” (también dicen que estamos viviendo un “cambio de paradigma”, un nuevo “tiempo eje” como el ocurrido allá por los siglos VI o V antes de Cristo (más o menos); otros dicen: “cuando ya habíamos aprendido las respuestas nos cambiaron las preguntas”; y otros aseveran: “han extraditado a Dios del mundo”, o “estamos sin noticias de Dios” (esto es más viejo), o también: vivimos en una cultura “poliédrica“, nada de líneas rectas, ángulos rectos y, mucho menos, “conductas rectas”.

Y todo este panorama (o “escenario”, que se lleva mucho decir ahora), trastoca y sacude la pastoral, la deja inerme, “tanquam tabullan rasam” (o algo así) que decían los antiguos. Entonces, no tenemos pudor en preguntar y preguntarnos: “pero, ¿qué es lo que hay que hacer en la pastoral de la Iglesia?, ¿de qué se trata todo esto?” Y comienza -o sigue- la interminable ceremonia de la confusión. Unos se recluyen en sus cuarteles de invierno (o sea en sus sacristías o en el confort de sus casas ante la tele o internet), otros se ponen nerviosos y sacan a relucir viejos arcabuces y actas inquisitoriales para condenar a partir de decretos, códigos, leyes, normas… aunque estén periclitadas. Otros se empeñan en desempolvar viejos métodos, “odres viejos” que un día contuvieron “vino nuevo” que ya no es añejo sino rancio y ácido. Otros, tal vez los menos, buscan nuevos caminos, se arriesgan so pena de equivocarse y fracasar, ensayan experiencias “de frontera”, delicadas ciertamente, riesgosas, incluso dudosas por su misma novedad.

No hay recetas. Ni las “de la abuela”, ni las novísimas composiciones de platos “master chef” de ultimísima hora. Pero hay “cosas” que pueden ser “perennes”, o, al menos, no se pueden arrinconar ni ignorar. Algunas:

1- Siempre hay que testimoniar, con la vida y la palabra comprometidas, a Cristo muerto y resucitado.  2- Dios siempre es bueno, cargado de bondad y misericordia: y sólo ese Dios (que rompe nuestros esquemas) es digno de ser anunciado. 3- Hay que seguir creyendo en la gente y en nuestro mundo a pesar de todo, o gracias a todo. 4- Nuestra mirada al mundo sólo puede ser de empatía, de simpatía, de admiración, de respeto, de afecto. 5- Siempre hay que acoger a todo el mundo sin distinción alguna, sin prejuicios de mala educación eclesiástica. 6- Las personas son siempre más importantes que las leyes, las normas, los directorios, el CDC (Francisco lo dice de mil maneras diferentes cada día). Pero aunque no lo dijera Francisco. 7- Hay que buscar la felicidad de la gente, que se sientan bien, que estén alegres, que la religión no sea para nadie una carga insoportable. 8- Tenemos que ponernos de acuerdo en un diagnóstico elemental que sea común y aceptado. 9- Lo que hagamos, hacerlo bien; desarrollar la “pedagogía de lo pequeño, lo pobre, lo poco” (las tres “p”).  Y 10 (para que tenga forma de mini decálogo no exhaustivo ni incuestionable): hay que devolver al laicado la identidad que se le usurpó hace unos 1000 años; y hacerlo de verdad. Y faltarían “cosas”: los pobres, siempre los pobres… “extra pauperem nulla salus”, dice Jon Sobrino. Y tiene razón.

Lo demás, es “lo de más”, y también “lo de menos”: catequesis infantil, discusiones bizantinas entre evangelización/sacramentalización; escasez alarmante de clero sin buscar nuevas sendas arriesgadas pero evangélicas; formas y costumbres exteriores en ritos, vestimentas, cumplimientos puntuales y puntualistas, estructuras de gobierno o nombres de obispos y presuntos cardenales para pasado mañana, que si el Papa es teólogo o no, que si los gays, los divorciados… ¡Y cosas así! En una palabra: se trata de volver a Jesús y a su Evangelio. Y de estar convencidos de que hemos de convertirnos cada día, aunque algunos, tristemente, se empeñen en seguir haciendo las cosas “a golpe de mata”, como decía mi amigo, el cura. Y yo creo que (después de pensarlo) ¡tiene razón!

Publicado en Sin categoría | 1 comentario

Pregón Pascual… para después de Bruselas e Idomeni

“Si con el leño verde hacen esto, con el seco, ¿qué irá a pasar?” (Lc.23,31)

¿Es posible que amanezca en esta noche cerrada? ¿Cómo puede tanto llanto apagar tantas miserias? ¿Es posible que amanezca cuando enferma la esperanza? ¿Cómo puede callar la tierra tanto grito sin respuesta? ¿Cómo seguir preguntando si la noche no se apaga? ¿Cómo seguir oteando, a lo lejos, las montañas? ¿Es posible que esta noche pueda ser radiante? ¿Cómo acallar tanta sangre, tanta rabia, tanta trampa? ¿Quién encenderá los faroles en esta noche de marzo? ¿Quién lamerá las heridas de una mañana de martes? De un martes  tempranero en  que sonaron las alarmas prolongando las tinieblas de una noche envenenada. ¿Quién devolverá las ansias de vivir en el sosiego, de esperar las mañanas preñadas de bonanza, más claras que las estrellas y más limpias que las caras de los niños inocentes que aprenden en sus escuelas?¿Quién volverá a decirnos que la vida está en camino, que aún pervive la esperanza, que las manos están abiertas y las sonrisas prontas, para afrontar las jornadas que amanecen cada día, cuando llega la alborada? ¿Quién será el mensajero que nos dé la buena nueva de creer en la concordia, de ampliar sin miedo las miradas, sin temor a la barbarie, de acertar a escribir la historia, finalmente, después de tanto, con trazos fuertes de confianza? ¿Quién será el centinela que cada noche nos cante la nana de la segura madrugada, desde las altas murallas de las almenas, desde las viejas plazas que albergan nuestras casas? ¿Cuándo callarán las bombas en los metros y en los trenes, en las torres y en las calles, donde paseamos la vida estrenada en la mañana, cuando fenece la noche y ya avistamos el alba? ¿Quién nos dirá cómo creer por la noche, cada noche, esta noche… que mañana habrá mañana, que la luna descansará cansada de vivir siempre de noche, que las estrellas abrirán paso a la luz nunca abortada? ¿Cómo esperar ya, en la noche de las noches, en la noche de la esperanza, en la noche de esta pascua, que  un grito inocente desde un leño verde tendrá respuesta al tercer día, en la gran madrugada ¿Cómo creer en esta noche que pronto será mañana, que la sangre de Bruselas y el fango de Idomeni se secarán para siempre con el ungüento del alba y la luz de un sol radiante responderá las palabras? Las palabras escuchadas en el silencio del Padre, las preguntas sin respuesta de los cristos aplastados en los mares que bordean caminos y encrucijadas, de razas, pueblos y brazos izados hacia los cielos. Las preguntas sin respuesta, las preguntas sin palabras, los llantos demorados, las sonrisas congeladas, las gargantas siempre secas en el frío de la noche eternizada: la noche empecatada, la noche encapotada. El grito solemne del Hombre desde la Cruz levantada en la periferia del mundo, en las afueras humanas de la opresión y del odio, la corrupción y la muerte, la soledad y la ausencia de tantos dioses del mundo. ¿Cómo creer esta noche de otro sábado santo que el fuego pascual no morirá para siempre, que será Luz y será  Vida en el corazón de la gente? ¿Cómo creer esta noche, que mañana será mañana?¿Cómo mantener encendido el cirio nuevo de cera virgen, que preside nuestra casa y alumbra nuestros rostros? ¿Cómo creer que el agua, bendita entre todas las aguas, saltará como un manantial desde la pila…. ¡al alba!? ¿Cómo aumentar nuestra fe en esta Noche Santa para seguir creyendo desde un mundo fragmentado, un mundo que dejó de ser hogar para ser tribu de migrantes, empujados, almacenados, concentrados, desolados?

*********

Pero esta es la Noche del grito de Dios, de la respuesta respetuosa del Dios de Jesús. Esta es la noche para creer, a pesar de todo, o gracias a todo… ¡que la mañana será mañana! Esta es la noche que, casi sin darnos cuenta, se irá abriendo a la alborada para renovar nuestra esperanza, tantas veces zarandeada, tantas veces preterida, tantas veces asfixiada. Esta es la Noche de Dios porque es nuestra noche, la noche luminosa preñada de risas, de besos y de abrazos. Esta es la Noche de las noches porque es la Noche del Dios que habla en la Pascua, que responde al grito enloquecido de todas las cruces que hemos plantado. Esta es la Noche de la misericordia porque es la Noche Santa, la Noche primera entre todas las noches, la Noche que se hace día cada mañana, la noche que ilumina las calles bruselenses y las fronteras macedonias blindadas. Sin esta Noche todo sería noche. Sin esta Noche siempre sería noche. Sin esta Noche, mañana nunca será mañana. Sin esta Luz tenue, silenciosa, vacilante, del Cirio encendido, vagaríamos sin rumbo ni sentido por las noches brumosas de todos los días, por los días oscuros de todas las noches.

Oh Luz de Cristo; oh Luz de Dios; oh Luz de la Humanidad! ¡Oh Luz que reverdeces el tronco seco de Jesé y  el tronco verde mancillado. Y los haces ricos en brotes, flor y fruto! ¡Oh Luz de Cristo que te abres paso y rasgas los velos de todos los templos! ¡Oh Luz de Cristo que desciendes a los infiernos de los corazones de piedra para ablandarlos con la ternura de la luz de la misericordia! ¡Oh Luz de Cristo que nos permites peregrinar sin perder la esperanza! ¡Oh Luz de Cristo que reavivas el  pábilo mortecino de nuestra existencia! ¡Oh Luz de Cristo que levantas nuestros brazos cansados para darte gracias! ¡Oh Luz de Cristo que disipas las tinieblas, que acompañas al refugiado, que vendas las heridas de las víctimas, que rescatas a los náufragos de los mares, que mantienes la mirada limpia de nuestros niños, que engendras el amor en nuestros jóvenes, que untas con bálsamo de compañía la soledad de nuestros viejos, que tiendes la mano a quien está triste, que bendices nuestras huellas agotadas de caminar el camino!

¡Oh Luz gozosa, oh Luz de plenitud! ¡Oh Luz de Cristo!

 

Publicado en Sin categoría | 2 comentarios

El grito sin respuesta

Terminada la Segunda Guerra Mundial, algún escritor se hizo esta conocida pregunta: “¿Cómo hablar de Dios después de Auschwitz?”. Que era como decir: “¿Dónde estaba Dios en aquel tiempo?”. “Auschwitz” se convirtió en un lugar simbólico de la barbarie humana, en un hito de un déficit impensable de ausencia de humanidad. Pero “Auschwitz” no detenta en solitario el triste protagonismo de una bajada a los infiernos. Tras “Auschwitz” vinieron otros escenarios de horror y terror, de desesperación y delirio, de llanto, sangre y desvalimiento. Tras el holocausto judío vinieron las Torres Gemelas y sus afines en los poderosos Estados Unidos, aquel inolvidable por atroz 11 de septiembre de 2001. Y le sucedieron otras “zonas cero” de dolor y rabia: Londres, Madrid, Túnez, París, y todavía con olor a muerte injusta, Bruselas, martes 22 de este mismo mes. Y la pregunta retorna, legítima: “¿Dónde estaba Dios ese martes?”

Pero la pregunta no es nueva. Es la misma que hizo Jesús de Nazaret un poco antes de ser asesinado vilmente: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Es el mismo grito de Bruselas, de Paris, de Madrid, el mismo grito de Auschwitz. Es el único grito genuinamente humano, el único grito posible, necesario, justo. Y Dios callaba en la tarde del Gólgota; y Dios callaba en el caos de “la capital de Europa”. ¿Cómo celebrar la Semana Santa 2016 cuando Dios sigue en silencio? ¿O no? ¿Cómo volver  a escuchar el único grito humano en la lectura de la pasión según San Juan en este viernes santo que se anticipó apenas unos días en esta semana luctuosa?

Y es que el silencio de Dios ante el grito humano es provocador, casi insolente, desconcertante; tanto, que la cruz fue siempre escándalo y fracaso para los primeros cristianos. Llama la atención constatar, por ejemplo, que la primera representación plástica del Crucificado que ha llegado hasta nosotros era una caricatura que alguien grabó algún día, en el siglo III, en una pared del Palatino romano, y que representa a un crucificado con cabeza de asno y una inscripción blasfema: “Alexamenos adora a su dios”. Sólo a partir del siglo V comienza a representarse al Cristo crucificado. Hasta entonces sólo se expresaba a Cristo como el Buen Pastor o como el Cristo joven e imberbe: un Cristo bondadoso y nada escandaloso.

Para los cristianos, sumergidos como todos en el misterio insoluble del Mal, el grito humano de soledad, injusticia, barbarie violenta, sólo se responde desde la Pascua: “al tercer día…” después de haber atronado cielos y tierras desde el más abyecto sufrimiento humano. Por eso el viernes santo sólo “se resuelve” el domingo de Pascua. No es un día “sin solución de continuidad”; no es el día del grito sin respuesta; no es un día para “permanecer” en el sinsentido de la existencia humana. La Pascua es la respuesta amorosa de Dios al misterio insondable de un Mal que ni El ha hecho, ni El consiente, ni El tolera. Dios también llora las víctimas de Bruselas, como “lloró” la muerte de su Hijo en Jerusalén, “el primer Auschwitz de la Historia”, o, al menos, el primer grito que aún nos interpela: ¡el grito del mismo Dios! Después de Auschwitz, como después de Jerusalén, como después del martes negro y próximo de Bruselas, Dios sigue peregrinando con nosotros, pero respeta los incomprensibles derroteros de la vida y de la muerte del Universo. Dios estaba en Bruselas esa mañana, se viste de luto, arría a media asta la bandera de la Humanidad sufriente, guarda no un minuto de silencio, sino todos los minutos de la historia de los seres humanos. ¡Son los minutos de silencio de Dios ante todas las víctimas del planeta! Porque Dios sólo es misericordia. A pesar de Bruselas, contando con Bruselas. Desde la fe. La Pascua es el otro grito: el grito de Dios a nuestra sordera.

 

 

 

Publicado en Sin categoría | 2 comentarios

El daño antropológico

Lo que sigue puede responder a una mera intuición mía, a un brote de subjetivismo que a veces nos salpica a muchos, a un prejuicio ideológico, o religioso, o biográfico… Pero desde hace un buen tiempo para acá, vengo sintiendo una especie de desolación interior motivada por lo que considero una sensación de pérdida de humanidad, de humanismo, de humanitarismo, en diversas esferas de la vida social; no sólo en Europa, en todo el mundo.

Me explico: todos estamos tristemente acostumbrados al “gran teatro del mundo”, a genocidios y guerras mundiales, a Gulags y Dachaus, a usos y abusos de los más poderosos hacia los más débiles e inermes, a injusticias flagrantes, a violencia multifacética, ¡a tantas cosas! Hace años leí que a lo largo de la historia de la Humanidad ha habido más días de guerra en  algún punto del Planeta, que días sin guerra. No sé si será verdad; pero me escalofrió la aseveración cuando la leí o escuche.

Pues bien, desde hace meses, no sé si incluso unos cuantos años, vengo sintiendo, pre-sintiendo, contemplando con dolor y a veces con ira, una especie de “bajón cuantitativo y cualitativo” en la especie humana. Hablo de la especie humana, de los animales llamados “racionales”, superiores a loros, gatos, monos o cebras. Intuyo una especie de escalada, que más bien es un descenso, en los “grados” de humanidad de nuestra especie. Un déficit de sentimientos, preocupaciones, ideas, hechos sobre todo, que van cercenando poco a poco, como si se usara un en principio inofensivo cortauñas, eso que llamamos “los derechos humanos”. Se trataría de un indiferentismo, enfriamiento, renuncia consciente -en ocasiones camuflada-,  a las “cosas” que les ocurren a la gente. “Cosas” tan primarias como el mismo derecho a la vida, al trabajo digno, a un salario suficiente, al estudio o la atención sanitaria, y un largo etcétera de “cosas” que, ignoradas, tergiversadas, manipuladas, dañan notablemente la dignidad humana; la de los otros y la de quienes tienen más o menor responsabilidad en la atención a “la gente”.

Podemos poner distintos ejemplos, de distintos calibres, para entendernos: el silencio y la omisión flagrante de la Europa civilizada y antaño tan cristiana, ante la tragedia humana de los refugiados de guerra o emigrantes procedentes de Siria, Afganistán, Africa u otros lugares. Estamos ya sobrecogidos, pero terminarán por domesticarnos, ante centenares de imágenes que, no por ser desgarradoras y reincidentes, consiguen “mover” a nuestros poderosos políticos y lamentablemente a no pocos eclesiásticos, que continúan en sus ceremonias cansinas y repetitivas de reuniones interminables y pasividad absoluta. ¿Quién se acuerda ya de la foto de aquel niño sirio ahogado en alguna playa del Mediterráneo? Otro ejemplo: el espectáculo entre patético y grotesco de nuestros políticos elegidos diputados por el pueblo español el pasado diciembre, que nos deja boquiabiertos ante la incapacidad de consenso, diálogo, acuerdo, concordia, sentido común, realismo, humildad y aceptación del mandato popular, y que, con mucha probabilidad nos llevará a nuevas  y costosas elecciones donde, según las encuestas y sondeos, la variación de votos será irrelevante. ¿Qué políticos son éstos que ambicionan tanto sus poltronas hasta el punto de olvidar los problemas reales de la gente de a pie, aunque, por supuesto, digan lo contrario? Otro ejemplo más: se queda uno atónito ante la posible candidatura republicana de Ronald Trump para acceder a la presidencia de los Estados Unidos. Nada más ni nada menos. ¿Cómo se permite e un personaje de esta calaña, multimillonario, racista, machista, violento, despectivo y cruel con los inmigrantes latinos en una nación que nació y se forjó precisamente con migrantes? ¿Qué base o fundamentación ética, qué cimentación humanista -más allá de ideologías o religiones- estamos legando a nuestros niños y niñas en una sociedad tan egoista, tan palmariamente corrupta, tan incapaz de dialogar, de reconciliarse, de hacer justicia, tan poco o nada igualitaria, donde aumenta el patrimonio personal o corporativo de los más ricos a costa del incremento del umbral de la pobreza, como reiterada y valientemente viene advirtiendo Cáritas española? Se está creando un auténtico “daño antropológico” que durante generaciones será difícil curar. La “medicina” de la misericordia, que tanto receta Francisco, sigue siendo un “medicamento” no sólo “fuera del alcance de los niños”, sino, sobre todo, “fuera del alcance de los egoistas y poderosos”. De una sociedad tan politizada (en beneficio de los más astutos) estamos pasando a una sociedad patologizada, con un sinnúmeros de dolencias y carencias que más tarde o más temprano saldrán a relucir.

Ya sé que hay mucha gente buena, muchísimos más que los corruptos o insensibles; también sé que no hemos de tener una visión pesimista o negativa de la realidad. Por eso decía al principio que es sólo “una intuición, un pre-sentimiento, una simple impresión”. Ojalá esté equivocado.

Publicado en Sin categoría | 2 comentarios