Lo peor, el odio…

Vivimos tiempos convulsos. En ocasiones oigo escuchar a algunas personas: “Ya no soy capaz de ver los telediarios… me producen excesivo sufrimiento”. Y puede que sea cierto. Es verdad que tenemos que vivir informados, además de formados. Aquello que decía un autor protestante: “Hay que leer la Biblia juntamente con el periódico” (en sus tiempos no había tele). Que quiere decir que nuestra oración no puede estar aislada de la realidad, de lo que pasa en el mundo, de los acontecimientos y esos “signos de los tiempos” de los que hablaba San Juan XXIII. Pero, no está muy desacertada nuestra amiga cuando manifiesta el desasosiego, la tristeza, el dolor, a veces la rabia, que producen algunas noticias. No muchas, pero sí bastantes.

Llevamos una larga temporada, de meses o quizás de años, en que hay una cierta “prensa amarilla”, cargada de morbo, que seguramente “vende” mucho y es muy “mediática”, que nos agobia hasta el punto de desertar de la pequeña pantalla y ponernos a leer un libro, dar un paseo, o, simplemente, hacer calceta, como antes…

Los mayores recordamos aquel periódico de hace ya varias décadas, “El Caso”, especializado en noticias que provocaban escalofrío: asesinatos, raptos, suicidios impensables, sangre y violencia por doquier. No era una publicación “menor”, tal vez fuera el periódico de más venta en España en los años del tardo-franquismo. La morbosidad “vendía”, y eso era bueno para los editores del rotativo.

 Pues eso, que llevamos una temporada en que los telediarios parecen copias en imágenes de “El Caso” de los años 60, 70… Hay una sobreabundante descarga de imágenes que producen sobresaltos; un exceso de crímenes horrendos, accidentes brutales, muertes absurdas, terrorismo en directo y en diferido, parricidios, violaciones impensables… y un sinfín más de noticias “escabrosas”, que no por no ser reales y verdaderas dejan de ser dañinas y van carcomiendo nuestra sensibilidad.

 Por otra parte, nos produce estremecimiento saber que algunos de esos actos violentos, “buling”, “escraches”, (casi todo en inglés, que mola más), terminan en las redes sociales, incluso que son “editados” o “filmados” en directo con el fin de aparecer en las famosas redes sociales. Un genocida que se suicida públicamente ante el Jurado que le juzga, un joven que graba su suicidio, un psicópata que, móvil en ristre, filma su carrera suicida a 200 kms. hora en su coche como un kamikaze del siglo XXI… ¡Demasiado “realismo”, demasiado “reality show” (también en inglés) para conmover más las entrañas y la sensibilidad de quienes somos pasivos receptores de tanta violencia, de género, o de la que sea!

 Por otra parte, los debates políticos, especialmente centrados en “la cuestión catalana” desde hace más de cinco meses… “¡y lo que te rondaré morena!”, parecen auténticas justas medievales, con espadas y caballos, con yelmo y sangre asegurada… o batallas campales de las que aparecen en las películas de guerra… Al final uno no sabe si son adversarios, contrincantes, oponentes ideológicos, o simplemente, “enemigos”. ¡Palabra que procuro desterrar de mi mente! Los debates televisivos se han convertido en revivals aburridos de ataques y ofensas personales! No se discuten ideas, se litiga, lisa y llanamente, para destruir al ¿adversario?, propinando golpes bajos, acudiendo a aspectos de la vida privada de los tertulianos en cuestión. Abundan los llamados “argumentos ad hominem”, es decir, aquellos que van destinados a denigrar la dignidad personal de los demás y no tanto a debatir en un diálogo respetuoso, plural y educado. ¡Se perdieron las formas por olvidar los fondos! Hay que derribar al competidor aunque sea a base de golpes bajos, y tan bajos…

 Eso sí, hay que seguir manoseando y malgastando palabras como diálogo, encuentro, respeto, urgencias sociales, sanidad, salarios, educación, gobierno para todos… ¿Para todos?

 Y se va creando, ya no solamente en las redes sociales, sino en las redes de la vida diaria, las que no están en la nube de Internet, sensaciones de hastío, de desconfianza, de falta de credibilidad, de cansancio… Y, lo peor: comienza a empaparse la vida diaria de odio, de confrontación innecesaria e injusta, de comparaciones entre pueblos y regiones, de lugares comunes cargados de una falsa ironía, o de un humor negro anti-catalanista o anti-españolista, desprecio, rencor, y hasta odio. ¿Xenofobia nacional? Lo peor es el odio. El odio que se escurre en las redes del alma y que tarda mucho en evaporarse. Necesitamos sosiego, paz, comprensión, pasar del negro y el blanco a los tonos grises; se necesita reconciliación real, diálogo bien entendido y aceptación de esa diversidad/pluralidad a la que tanto se acude en teoría pero que tan poco se ejercita en el día a día.

 

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Una respuesta a Lo peor, el odio…

  1. Jesus Pascual dijo:

    Me gusta tu artículo porque nos hace revivir la realidad con la que nos topamos cada día y las noticias que muchas veces no son noticias sino una interpretación de la realidad, un querer sensacionalizar a quienes las oímos o vemos, aumentando, repitiendo, dando una visión de la realidad que llama más la atención y que vende más. Por eso es bueno ver lo que pasa desde todas las perspectivas y ser críticos con lo que pasa, y es necesario tomar la vida con más calma y llenarnos de paz para vencer el odio que puede nacer muchas veces de las noticias, de lo que vemos o de la forma que nos lo presentan. El odio no, siempre el diálogo y saber crear nuevos caminos de esperanza y crear y ofrecer también BUENAS NOTICIAS que las hay: las buenas noticias de quien ayuda a los demás…las madres que dan a luz un niño, los refugiados que son acogidos, las guerras que llegan a la paz, la labor humanitaria de las ONGs…
    Odio no, amor y comprensión SI.

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