No lo entiendo

Ayer conocía, como todos, la noticia de la promulgación de un documento por parte de la Congregación para el Culto Divino según el cual “se prohibía a los celíacos comulgar con pan sin gluten”. Por lo visto viene firmado por su Prefecto, el conocido cardenal africano Sarah. El mismo que ya nos viene acostumbrando a decisiones que, simplemente, “no se entienden”. O, al menos, yo no entiendo. El mismo que abogaba no hace mucho por celebrar la eucaristía “ad orientem”, una forma ladina e hipócrita para  no decir, “de espaldas al pueblo”. (Una vez más, “de espaldas al pueblo”). Sinceramente, lo menos agresivo que puedo decir es, simplemente, que “no lo entiendo”, “que no entiendo nada”.

Le faltó tiempo a los medios de comunicación para resaltar en los telediarios del domingo la “gran noticia” de las hostias sin gluten. Sí, la noticia anti-eclesial  iba de hostias, ayer. Lamentablemente. Uno se pregunta muchas cosas. ¿Es de “esto” de lo que tiene que ocuparse la Iglesia, (o un Prefecto del Vaticano, dicho con más precisión)? ¿Cómo es posible que en este mundo tan secularizado en el que vivimos perdamos el tiempo con estas minucias, que además, van en contra -se quiera o no- de personas enfermas, de celíacos? Son inútiles los paños calientes de “comulgar con vino”, o con hostias “con solo un poco de gluten” (¿cuántos miligramos de gluten, Sr. Cardenal,  son precisos para no adulterar o incluso profanar el santo pan, siempre de trigo, como Jesús hizo, y que de este modo la eucaristía sea “válida”?). Es una afrenta clara a las personas enfermas, cristianas, que desean recibir el cuerpo de Cristo. ¿Con qué derecho se les impide comulgar? ¿Por el hecho de estar enfermos? ¿En qué perjudica a la Iglesia, a la comunidad, a la celebración, que alguna persona en alguna muy específica “misa” comulgue con una hostia sin gluten? ¿Tan decisivo es este “problema” para la evangelización y la vida de la Iglesia? ¿Qué debo hacer yo con la señora que cada domingo me trae su forma “especial sin gluten” para poder comulgar, o con la niña que celebró su primera comunión en mayo pasado con “una hostia especial sin gluten”? ¿Pero en qué mundo viven esos señores, en qué burbuja deambulan, conocen la realidad, han sido curas alguna vez, dónde queda el sentido común? ¿Se dan cuenta del daño que hacen ante una opinión pública tan hostil ya de por sí, ante “todo lo que huela a Iglesia o a curas y monjas”?

Vamos a ver. Parece que la “razón” fundamental es “hacer las cosas como las hizo Jesús en la Última Cena”.  De acuerdo, en principio. Pero, entonces, habrá que rehacer todos nuestros templos para construir tarimas donde poder recostarnos y comer como comían los judíos y comía Jesús, habrá que retornar a la estructura de la cena judía que Jesús celebró, con las varias copas de vino, las oraciones y cantos judíos, las bendiciones propias de esa estructura ritual… ¡Todo absurdo! Recuerdo en mis años de cura en América Latina, cuando viviendo en realidades de auténtica pobreza y miseria, donde la gente apenas tenía qué comer, cuando escaseaban las medicinas, cuando la supervivencia era lo único posible, los buenos obispos de ese país, importaban de Europa un vino especial “para consagrar” (no sé qué características “dignas” tendría ese vino), realizando un gasto económico considerable, a través supongo de la Nunciatura, para repartir aquellas botellas de vino de uva “especial” por todas las parroquias e iglesias del territorio. ¡El único vino con la  dignidad y calidad suficientes para convertirse en la sangre de Cristo! Nunca lo entendí. En ese país, la gente bebía y bebe un estupendo vino a partir de frutos naturales, autóctonos, ante la ausencia total de vides. Me pregunto si el Verbo de Dios se hubiera encarnado en México, o en otro país de la “cultura del maíz”, si en esta Europa decadente en tantos sentidos, en vez de pan de trigo tuviéramos que usar pan de maíz, o de cualquier otro cereal para que efectivamente el corpus Christi se hiciera realidad en el pan. Es todo tan absurdo, tan irracional, tan demencial, que realmente prefiero no seguir escribiendo. Estoy enfadado. No sé si el domingo me pondré los ornamentos litúrgicos procedentes de la cultura del Imperio Romano, tampoco sé si tendré que quitar los bancos para que la gente se recueste en el suelo al estilo judío, o si nuevamente tendré que poner el altar “de culo al pueblo” (con perdón) para mirar hacia Oriente. ¿O me sentiré obligado a desobedecer a Su Eminencia el Cardenal Sarah, y utilizar el sentido común para que puedan comulgar la señora celiaca de cada domingo y la niña de 9 años que hizo su primera comunión hace dos meses?

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Olor a Evangelio

El 3 de junio era asesinado brutalmente un joven español a manos del jihadismo en Londres. Ignacio Echeverría. Conscientemente he esperado que transcurriera todo el boom informático que su gesto, considerado heroico, se volatilizara en las redes sociales. El vértigo de las “últimas noticias” siempre nos invade, con cierto aire de periodismo amarillo, llamado a sobresaltar el peor morbo que todos llevamos dentro. Es seguro que hoy (y siempre), algo más de 20 días después de la pérdida innecesaria e injusta de su vida, Ignacio permanezca en el recuerdo de sus más cercanos: familiares, amigos, conocidos, aquéllos que sí que le querían, y no como un “producto” informativo, sino como ser humano, como persona. Desde aquí, sencillamente, humildemente, imperceptiblemente, mi emoción, mi gratitud, mi admiración, mi respeto.

Porque gestos como los de Ignacio, gestos/límite que llegan a entregar lo que más amamos, nuestra vida, escasean sobremanera en el mundo del “sálvese el que pueda”.

Días antes de su inmolación por amor gratuito a una persona desconocida, escribí mi última entrega que titulé “cierto olor a odio”. Lo escribí con desgarramiento y hasta con desesperanza. Ignacio Echevarría respondió a mi escrito entregando su vida y desdiciendo el argumento central de mis palabras. Junto a él, un número importante de bomberos expusieron sus vida en el terrible incendio de Portugal de hace unos días. También la vorágine de los medios han dejado ya de hablar de ellos; han dejado de “ser noticia”. El fuego se apagó, y tal vez también, el recuerdo, la gratitud, de muchos de nosotros. También ellos contradijeron mi escrito de semanas atrás. No sólo puede haber “cierto olor a odio”, sigue habiendo mucho “olor a Evangelio”.

Porque las donaciones extremas de vida, de Ignacio y los bomberos de Portugal, huelen a Evangelio; a humanidad; hayan nacido de la fe cristiana o de un amor con diferentes puntos de partida hacia “la humanidad”. Por eso debo darles las gracias, poner en solfa y entre paréntesis mi percepción de un “cierto olor a odio” a escala de gente anónima. Ni Ignacio ni los bomberos eran conocidos antes de su gesta; eran gente anónima a quienes sólo conocían los más cercanos. Ignacio, creyente en Jesucristo (algo muy poco resaltado desde los “medios”: ¡eso no vende, no es demasiado políticamente correcto!) y los bomberos lusos, me han dado una buena lección. Algo así como “a pesar de todo existe un gran olor a humanidad, a Evangelio, en mucha gente anónima”. Un título demasiado largo, pero suficientemente  esperanzador.

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Cierto olor a odio

Han pasado demasiados años desde que leí, en plena adolescencia, una novela de Martín Vigil que se hizo relativamente conocida en determinados círculos católicos, “Cierto olor a podrido”. No sé por qué la lejana novela de la que poco recuerdo, pero que me satisfizo en aquellas épocas de ilusiones y descubrimientos, me hace remedar su título… y hacerme eco de un cierto olor, ya no sólo a podrido, -que también- sino a “odio” mondo y lirondo.

No creo que diga nada nuevo, seguramente es algo que encontramos en multitud de artículos, comentarios, opiniones, y hasta en algunas intervenciones del papa y determinados obispos. Otra cosa es cómo se entienda e interprete ese “odio”, desde dónde se denuncie o qué consecuencias se deriven de ese “cierto olor”. La tesis parece obvia: da la impresión de estar viviendo o, simplemente, de ser espectadores más o menos pasivos, de una “cierta” ola o escalada de odio en nuestras sociedades.

No voy a referirme a ese odio llevado a sus máximas consecuencias: el odio, como sustrato más hondo, que provoca guerras cruentas; el odio que se traduce en xenofobia como ideología; el odio como raíz de la escalada de la violencia de género que asesina mujeres y niños; el odio hacia a los derechos humanos que en teoría defienden la libertad de desplazamiento de un territorio a otro por parte de migrantes; el odio disfrazado de estrategias y diplomacias envenenadas de algunos partidos políticos (en España y fuera de España); el odio mezclado con insensibilidad y egoísmo de alta gama que subyace en los ya incontables casos de corrupción financiera, política que nos sorprende cada día; el odio vestido de homofobia hacia quienes experimentan una atracción sexual minoritaria, etc. Estas “expresiones de odio”, realizaciones, concreciones, puestas en escena, de un atroz odio antihumano, lo dejo para ser analizado por otros, o para otro momento.

Aquí me refiero a un “cierto olor” que cuantitativa y cualitativamente vengo oliendo en los últimos tiempos. Un olor fétido y nauseabundo que se extiende como una nube tóxica que nos cubre irremediablemente. Se trata de un odio larvado, en claroscuro, semi-escondido; un odio que aletea sobre todo en las redes sociales, en los videos “colgados” que nos presentan peleas absurdas e imbéciles entre chavales/as que se divierten en esas quedadas grotescas para jugar a luchas y pugilatos que luego sean “virales” en internet. Es el  odio de innumerables “tuis”, ese camino patético que esconde la identidad para sacar lo peor que se lleva dentro; es un “odio anónimo”, sin cortapisas ni control, impúdico, desvergonzado, lamentablemente viral y a la vez tristemente pueril, desbocado, rancio, innecesario, irrespetuoso, pero alarmantemente atrevido, amoral, a-ético, ruin, puramente emocional, ¿inconsciente? Puede que sean los años, -los míos, digo- pero me duelen y hasta escandalizan, expresiones tan ofensivas de la más osada radicalidad bañadas de violencia ilógica, absurda, desmadrada. Ya es habitual pedir la cabeza de quien no piensa como yo, machacar sin preámbulos, ni análisis, ni eufemismo alguno, al político de turno que no me gusta; aunque, en una profundización seria, pueda y deba ser digno de ser repudiado. Es una violencia atroz, intestina, nacida más en las tripas que en el cerebro, un odio inviscerado que no sé muy bien de dónde procede. Si Trump no es de los míos hay que cepillárselo; si Maduro es un dictador hay que cortarle la cabeza; si Rajoy es culpable hay que eliminarlo sin juicio previo alguno; y podemos poner todos los nombres que queramos: desde el esperpento dirigente de Corea del Norte hasta el papa Francisco, que por supuesto es marxista-leninista de toda la vida, hereje contumaz, no es teólogo ni filósofo, ni políglota, ni siquiera conoce el Catecismo, y además, “es un populista”; y para más inri, ni siquiera es europeo. Aquí no se salva nadie. La “solución” es la fabricación de armas  de destrucción masiva que alcancen, selectivamente por supuesto, a todos aquellos que no están “en mi onda”, en mis parámetros mentales (si es que los hay), en mi estructura emotivo-afectiva… La venganza se sirve fría, caliente, tibia, o como haga falta. “El ojo por ojo y diente por diente”, se queda corto. Los resentimientos, las heridas que me hicieron, las injusticias que he sufrido, los pisotones ciertos que me han dado toda la vida… son más fuertes y relevantes que “todo lo demás”; reclaman venganza, sangre, aniquilación total pero controlada.

Y este “cierto olor a odio”, que mejor sería expresar como “olor cierto a odio”, no es patrimonio exclusivo de ateos, laicistas, derechosos, podemitas, populistas o financieros con tejemanejes en algún paraíso fiscal. Lo que me interesa resaltar es cómo ese odio, esa venganza, ese resentimiento, ese espíritu justiciero, ese afán de limpiarlo todo a través de mis sucias escobas, está claramente presente en nuestra Iglesia. “Señor, quieres que mandemos bajar fuego del cielo que acabe con ellos?” (Lc.9,54). Basta leer los “comentarios” en multitud de blogs, Facebook, tuits, y todos estos nuevos caminos de comunicación de que disfrutamos que se van convirtiendo en encrucijadas de odio y alejamiento, no de diálogo, de análisis sensato y atinado de las cosas, de profundización inteligente, justa, racional, con sentido histórico, con comprensión humana… de las actuaciones de los demás, sean políticos o no.

Termino con una anécdota. No hace muchos días, una buena señora de mi comunidad tuvo el atrevimiento de pedir a Dios por los jihadistas terroristas. Lo hizo con cierto miedo, porque sabía que eso, simplemente, “no es políticamente (¡ni cristianamente!, por lo visto), correcto”. Al instante fue increpada por otra señora, también una buena mujer: “por esos asesinos no se puede pedir a Dios”. Yo pensé que, “el pobre Dios” lo tiene difícil con tanta variedad de hijos e hijas que tiene en la Tierra. Es padre/madre de una familia desavenida, rota, agresiva, fraccionada y  ”faccionada”, fratricida. Pero resulta que todos son sus hijos e hijas. “¡Menudo problema tiene Dios!”  Y terminé pensando: queda totalmente prohibido leer los textos del evangelio donde Jesús nos ordena: “habéis oído que se os dijo: amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a quienes os aborrecen, y orad por quienes os ultrajan y os persiguen” (Mt.5, 43ss) ¿Se tratará de un texto apócrifo?, pensé después.

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Tribalismo religioso

Hace ya algunas semanas tuve la ocurrencia de escribir aquí mismo, una cierta comparación entre populismo y tribalismo. Algo sin base científica alguna, una especie de extraña intuición que de pronto me surgió mientras reflexionaba sobre el emergente populismo político que se viene dando en lugares tan distantes y distintos de nuestro mundo.

Pensaba algo así como que el populismo no es de izquierdas ni de derechas, sino más bien “de arriba y de abajo”; que era más “un espíritu” o una constelación de ideas, sentimientos y experiencias (muy biográficas todas) que se aunaban en una suerte de complicado entramado más cultural y antropológico que estrictamente político; más totalizante que sectorial. Una especie de universo simbólico, o de núcleo ético-mítico, que decía Ricoeur. Los alemanes creo que lo llaman welstanchaung (o algo así). De aquí lo escurridizo del concepto, lo ambiguo del término, la dificultad en una definición “clara y distinta”. Y añadía algo más, de mi cosecha propia: me parece muy cercano al “tribalismo”, es decir, todas las coordenadas culturales, socio-políticas, éticas, religiosas, folklóricas incluso, que daban lugar a las prístinas tribus de seres humanos, en los bordes de los comienzos de la Historia documentada. Aquellas tribus primigenias eran compactas, inescrutables, impermeables, homogéneas, sectarias por tanto, exclusivas y exclusivistas, pequeños cotos cerrados con prohibición de paso, siempre a la defensiva de los pocos y en ocasiones discutibles “valores” distintivos que les daban una identidad precaria que había que defender y conservar contra cualquier presunto invasor del tipo que fuera. Las murallas posteriores, en la Edad antigua, en el Medioevo y hasta bien entrada la Modernidad, son un signo externo y físico de esa “reserva interior” de tradiciones propia de las tribus, de las primeras nacionalidades, de las encomiendas, de las “marcas” que configuraban un territorio en torno al castillo del mandamás, de las áreas de reserva territoriales… tribus compactas, “ciudad-estado”, “reducciones” jesuíticas en el Amazonas, poblaciones amuralladas, peaje de entrada, fronteras y aduanas, parcelaciones y parcializaciones… Físicas, materiales, y, por supuesto, humanas, mentales, antropológicas, identitarias.

Siempre la conservación a ultranza de la tribu genética, familiar, geográfica, social, religiosa; el encanto y el desafío del fragmento propio. Por eso, pienso (y el salto intelectual puede ser muy grande y atrevido) que también existe un “tribalismo religioso” muy marcado y actual, en el complejo mundo de las ideas (o de las no-ideas) de las comunidades humanas en la actualidad. La historia estaría llena de ejemplos de este afán por defender fronteras religiosas e ideológicas; en el fondo, eso fueron las “guerras de religión”, las invasiones musulmanas para ampliar su radio de antiguas y diseminadas tribus árabes; eso fueron las imposiciones religiosas sin tregua ni respeto a las culturas conquistadas e “inrreligionadas” con la religión vencedora e invasora, eso fue la Inquisición, los pretendidos y fallidos intentos de recuperar los Santos Lugares, distintas “evangelizaciones” impuestas desde el “cuius regio eius religio”, los intentos de colonización religiosa con un pretendido vaciamiento y aniquilación de “viejas” religiones de los marxismos más agresivos y totalitarios; la evangelización sin una auténtica inculturación del Evangelio de las tribus y hordas (más flexibles y laxas) de los bárbaros (extranjeros) “cristianizados”, y de los repetidos y justificados ”cambios de propietario” de templos y lugares de culto  por los victoriosos que domeñaban a los vencidos haciendo “tabula rasa” de “lo otro”, lo que no pertenece a “mi tribu”. Pero también hay cierto tribalismo en la defensa a ultranza de mi Comunidad religiosa, de mi Parroquia, de mi Diócesis, donde es difícil penetrar, y donde no siempre es fácil marcharse, donde hay oscurantismo y/o secretismo: “la ropa sucia se lava en casa”, pudor  por lo mío, desprecio o indiferencia ante otras experiencias y apuestas. Todos llevamos nuestra tribu a cuestas: y ahí no penetra nadie.

¿Podríamos explicar desde esta hipótesis poco científica y tan traída por los pelos el constante afán restauracionista de la Iglesia católica que vivimos en estos años? ¿Se explica así la pretendida y puesta en práctica involución post-conciliar, nostálgica de las “esencias teológicas perdidas” tras el Vaticano II? ¿Y no es algo así lo que intentan desesperadamente los detractores de Francisco: una vuelta a la tribu de siempre, a la tribu de la cristiandad, del fijismo, de la liturgia “ad orientem”, del dogma seguro y concluido, cerrado, completado? ¿No existe un viejo afán, tan humano, tan humano… de huir de posibles novedades, riesgos graves, cambios, gente nueva, ideas distintas, reformadoras o revolucionarias, que puedan distraernos, es decir, perturbarnos y desestabilizarnos ante un viejo edificio-fortaleza (la Iglesia) que no puede permitirse el lujo de agrietarse, de conmoverse, de abrir demasiado las puertas y las ventanas, de estar “en salida” y arriesgarnos a que entren (o que salgan) aires demasiado peligrosos, fronterizos, convulsionantes, de otras tribus exteriores, de otras opciones, de otras tribus, en definitiva? ¿No entra aquí el espíritu timorato ante el Ecumenismo desde hace muchas décadas? ¿Y el diálogo inter-religioso? ¿Y los “peligros” de la “Amoris laetitia”, y de la “Laudato sì”, e incluso de la “Evangelii gaudium”? ¿Y la pérdida de la sacralidad del Sumo Pontífice? (un Papa orinando en un urinario público en medio de una plaza concurrida de fieles y devotos feligreses). Demasiadas “salidas” del útero placentero y uniforme conseguido durante siglos, demasiados riesgos, demasiados miedos, demasiadas inseguridades. Por eso el peligro de convertirnos en gueto, en secta, en inclusivismo puro y duro, en caer en el “todo vale”; de ahí el pavor  a dar marcha atrás, a la debilidad que supone pedir perdón por errores históricos, a cambiar de rumbo hacia un horizonte desconocido, en definitiva, a poner en solfa una fe excesivamente kenótica, una Iglesia tan nazarena que deje de ser davídica. ¡El depositum fidei! que aprendimos e introyectamos de niños y que “fundamenta” todo nuestro andamiaje religioso y antropológico!

Aquí, en nuestra Iglesia, también puede inocularse el virus del populismo, del tribalismo, de la Iglesia uniforme e inmutable, temerosa de contagiarse con el mundo si sale de sus murallas y fronteras. Y hay algunos, ¿o muchos? en nuestra “tribu” que quizás teman la intemperie de la fe, o perder privilegios ganados con mucha astucia y escaladas y cordadas equilibristas. Por eso Rahner hablaba hace ya tiempo del riesgo de “gueto” en la Iglesia. Y de lo de la Iglesia “mística”, es decir, dispuesta a salir de la tribu compleja que hemos ido construyendo a lo largo de los siglos.

Francisco, y muchos con él, queremos  salir de las fronteras, murallas, límites y conservas “con fecha de caducidad” de la Iglesia, y esto, sin abdicar ni un ápice en “la alegría y la fidelidad al Evangelio” de Jesucristo, el único realmente “inabarcable” (Rahner) e irrenunciable.

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Al alba… Pregón Pascual 2017

Noche. En el año de gracia de 2017

  • Es de noche en esta noche tempranera
  • del sábado 15 que parte el mes de la primavera.
  • Una noche como todas las noches del año,
  • con estrellas o sin ellas,
  • con la luna jugueteando a cambiarse de ropa
  • con cuatro ornamentos en blanco y negro intermitentes.
  • Con luz y sombra predestinada por los tumbos locos
  • de un girovagante prisionero de su órbita.
  • Es de noche y la luna hoy se hace marfil;
  • es ”luna rosa”, la luna primaria de la primavera,
  • la que preludia la muerte anunciada del frío,
  • la noche más noche del año,
  • que brilla llena con su manto de rosicler.
  • Porque es de noche…
  •  Es de noche en los campos sin flores rosadas,
  • vetadas del vestido rosa de la luna llena,
  • manchados con la sangre que pugna
  • con el rojo de las amapolas de los trigales.
  • Es de noche en los campos de Siria,
  • es de noche en tantos pueblos y tantas gentes
  • donde la luna llena se vuelve menguante
  • mientras pierde la tenue esperanza de ser creciente.
  • Es de noche en los viejos caminos de Alemania
  • cuando el terror insulta el paso pacífico
  • de unos atletas alentadores del ocio y la holganza.
  • Tampoco la luna nueva, la luna rosa, la luna primera
  • de la primavera anual, se viste de gala
  • en el puente sobre el Támesis, en las playas de Niza,
  •  en el burgo  imperial  de San Petersburgo,
  • y en las viejas callejas de Estambul.
  • París y Bruselas lloran un llanto seco
  • y arrancan de los campos verdeantes nardos y jacintos
  • que litigan con el colorido del tenaz arco iris iridiscente.
  • Es de noche en los pasos de Sevilla, que cantan saetas
  • con arpegios de pánico y caos, de zozobra y estampidas.
  • Es de noche en los campos de futbol
  • donde los niños patean un balón con forma de dado
  • que rompe la magia del deporte limpio
  • por no sé qué rabia incrustada en las entretelas
  • de padres y  madres, sedientos de una gloria inocente.
  • Es luna enlutada que vigila inerme
  • los llantos mojados de las aguas enlodadas
  • en el sábado negro de las gentes de Mocoa.
  • Esta noche de sábado blanco,
  • una luna llena y primeriza
  • oculta su rostro avergonzado  y se cubre al mirar la tierra.
  • Es  noche llena de noche, de locura, de absurdo, de guerra
  • y abandono en los campos de emigrantes
  • hacinados en barracones oscuros.
  • Es luna llena, vacía de esperanza;
  • es  luna llena paridora empeñada de tiempos nuevos,
  • de luz plena y claridad meridiana.
  • Porque es de noche…
  • Es de noche en plazas y calles, en bares y tascas,
  • en playas y costas, en hoteles y spas,
  • en burguers y centros comerciales,
  • en escaparates cargados de luces de neón y leds,
  • en santuarios abarrotados de huestes desenfrenadas
  • que compiten con nuestra luna llena estrenada
  • para alumbrar corazones oscuros, mentes vacías,
  • bolsillos engordados y manos llenas de viento.
  • Buscadores de nuevas luces, de luces electrónicas
  • y psicodélicas, de rayos láser o fulgores estridentes,
  • de esperanzas enflaquecidas en búsquedas inútiles.
  • Noche de alcohol y orgías silvestres,
  • noche de oscuridad disimulada con tatuajes
  • de héroes y superhéroes, de stars wars y astros apagados.
  • Noche de alucinógenos alucinantes para alucinar
  • en pesadillas tras un bienestar más light,
  • en pos de un way of life frívolo y epidérmico.
  • En inglés… ¡a ser posible!
  • Porque es de noche…

 Noche. En el año de gracia del 33

  • Pronto la tarde se hizo noche, noche densa, noche anochecida.
  • Pronto la oración del Huerto se hizo drama en el palacio de turno.
  • Pronto la luna llena se cubrió con el velo de la vergüenza,
  • el mismo velo que después se rasgó en el santo Templo.
  • Noche de tragedia y dolor quemante, de tortura impía y lastimera,
  • de espinas coronarias y pieles rasgadas por 39 látigos,
  • de caídas hasta tres por la Vía de los dolores.
  • De miradas turbias de los paseantes, frías de los viajeros aburridos,
  • feroces de los capitostes de siempre, tiernas de los niños asustados,
  • llorosas de las mujeres vejadas, impotentes de los viejos cansados.
  • Noche imprevista, que no imprevisible,
  • cúlmen de una vida llena,
  • respuesta a una pregunta sin respuestas.
  • Porque es de noche…
  •  Noche oscura del alma del joven Carpintero galileo.
  • Noche tras la Cena postrera con los amigos,
  • Pascua apresurada, entrecortada y yerta;
  • adiós lamentable y lamentado, adiós agridulce de vino y torta,
  • pies y manos lavados de inmundicias,
  • corazones limpios tras tanta oscuridad acumulada,
  • amor compartido y repartido, Eucaristía reclinada en el suelo,
  • Santa sala de miedos y recuerdos, de lágrimas presas y contenidas,
  • cónclave definitivo hasta la Vida Nueva,
  • migas de pan y vino derramado en las losas frías de la tarde
  • empeñada en vestirse de noche,
  • Cenáculo profanado por el amigo que traiciona,
  • tarde que presagia noche casi sin darse cuenta
  • de la premura de un reloj que nunca perdona.
  • Juicio inminente y rápido, injusto e interesado,
  • juicio de miedo y muerte anunciada desde siempre.
  • Jesús clavado y escarnecido. Jesús muerto en la cruz del Gólgota,
  • Jesús tiritando de frío. Jesús tiritando de miedo. Jesús tiritando solo.
  • Estampida de amigos y seguidores,
  • avalancha de terror en desbandada, ¡el miedo siempre mandando!
  • Verónica atrevida enjugando un rostro sin luna llena,
  • machucado y machacado por los golpes asesinos.
  • Entre mil cruces fue elevado… ¡entre millones de cruces ajusticiado!
  • Primero del desfile macabro, inacabado y siempre inacabable,
  • de las cruces insolentes de las mil víctimas silenciadas.
  • ¡De prisa, agujereemos el costado con la espada preparada,
  • certifiquemos la muerte del inocente amordazado!
  • ¡Certifiquemos que Dios ha muerto!
  • ¡Y el grito!… seguido de otro grito!!! …y de tantos gritos!!!
  • Pero, “¿por qué me has abandonado?”.
  • Porque es de noche…
  • Y el silencio. El silencio de la tarde que se hizo noche.
  • El silencio ante el único grito humano,
  • el silencio atronador, el silencio de siempre, el silencio impetuoso. ¡Eterno!
  • Y la soledad. La soledad sola, la soledad de la mala. La soledad inevitable.
  • Y la negrura de la noche del alma, la oscuridad de las entrañas,
  • el retorcijón de las vísceras,
  • la penumbra del corazón aterido y yerto.
  • ¡El corazón sin sangre ya y sin agua!
  • Y la tumba, la tumba nueva, pero tumba al fin y al cabo;
  • la tumba oscura cuando cayó bronca la piedra grande,
  • la tumba individual y húmeda, la tumba sin luna nueva,
  • con luna vieja y arrugada,
  • la tumba sin luna rosada, la tumba negra.
  • ¡La muerte!
  • Porque es de noche…

 Al alba. Nisán año 33. Abril 2017

  • De pronto el estupor, de pronto el estruendo ensordecedor.
  • De pronto el olor a hierbabuena y jazmín, a madreselva y rosa blanca.
  • De pronto un hortelano sentado al solecillo del alba.
  • De pronto un susto y un sobresalto de dos mujeres elementales.
  • De pronto una piedra corrida, ¿alguien lo habrá robado?
  • De pronto la humedad sólo era frescor de amanecer estrenado.
  • De pronto brotaron unas lágrimas tibias sobre mejillas blancas.
  • De pronto las vendas formando guirnaldas en las piedras sueltas.
  • De pronto un cuerpo renovado, distinto, iluminado, levantado, hirsuto, erguido, impactante, inesperado, inabarcable, glorificado…
  • Porque es el alba…
  •  Y sobre todo, la Luz, de pronto la Luz,
  • la luna tierna de la luna nueva, marfil y plata,
  • rosa y rosicler alumbrando el agujero sacro.
  • La luz que iluminaba más que la tímida mañana naciente,
  • la luz que rompía todas las noches del alma,
  • la luz mortecina pero fuerte, más aún que las bombas madres,
  • las bombas madrastras de hijos asustados,
  • más aún que el Terror de todos los siglos,
  • más aún que la negrura de los bajos fondos del alma,
  • más aún que las esperanzas rotas, que las esperas desesperadas,
  • más aún que la opacidad del llanto, que la tristeza del niño muerto
  • en el precipicio de cualquier faro apagado del mundo.
  • La luz más densa que la noche, casi como leche
  • de madre doncella o nodriza aventajada.
  • Brilló la luz aquel nisán de los años 30.
  • Brilló la luz en esta noche de Sábado Santo…
  • Mientras tantos buscan una pequeña candela
  • que caliente con su ternura su pecho desolado,
  • mientras el miedo, desarmado,  pretenda sin éxito, paralizar la mañana…
  • Porque es el alba…

 Porque ésta es la Noche de Pascua que barre toda la oscuridad de la Tierra.

Porque ésta es la Noche de Pascua que templa nuestras almas y fortalece nuestras razas.

Porque ésta es la Noche de Pascua que ilumina desde su Cirio la oscuridad de nuestro Templo.

Porque ésta es la Noche de Pascua que nos inunda del gozo de la esperanza.

Porque ésta es la Noche Santa que se hace Luz para siempre cuando la Cruz se torna Vida en el Cristo Resucitado.

Feliz Pascua de Vida. Feliz Pascua de Esperanza. Feliz Pascua de Alegría.

Feliz Pascua de resurrección para toda la Tierra que gira como siempre buscando el Sol cada mañana y la Luna rosa el mes de Nisán de cada año.

Porque es el alba…

 

15 de abril de 2017

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¿Populismo o “tribalismo”?

Sin pretender haber descubierto la piedra filosofal. Sin pretensiones de establecer ninguna teoría sociológica, ni mucho menos, pretender explicar “demasiadas cosas” a partir de una presunta clave interpretativa. Sólo como hipótesis de trabajo, como pensando en voz alta, o pensando y escribiendo… En los últimos años, quizás a partir del paradigmático atentado a las Torres Gemelas en 2001 (una fecha paradigmática), estamos asistiendo a nivel mundial a un fenómeno “nuevo”, aparentemente nuevo, pero quizás más antiguo e inviscerado de lo que podamos creer desde una visión superficial. Se da a niveles político-económicos, y se extiende como los hongos por territorios geográficos bien disímiles, en culturas incluso antagónicas, en sociedades opulentas y en pueblos precarios y depauperados. Se ha dejado de hablar de “globalización”, que apareció como palabra clave que sintetizaba y aglomeraba todo y a todos, teórica y prácticamente. Fue la palabra salvavidas, el concepto aglutinador y mesiánico por excelencia. Hoy estamos en las antípodas de esa globalización de amplio espectro. Y nace otro concepto, cargado de contenidos, emociones, tradiciones, entidades, y muchos miedos, por cierto. Se trata del “populismo”. Es el nuevo concepto clave para explicar o no, mucho de lo que va ocurriendo en el planeta. Es  el surgimiento sin cortapisas ni engaños de la ultraderecha de Marie Le Pen en Francia; el “Movimiento 5 Estrellas” y la Liga del Norte de Italia con Matteo Salvini en cabeza; Geert  Wilders, del Partido de la Libertad, recientemente derrotado pero a la vez reafirmado en las elecciones holandesas; el partido ultraderechista de los Demócratas de Suecia (SD); la extrema derecha en Austria y Bulgaria; el movimiento Pegida (Patriotas europeos contra la islamización de Occidente) en Alemania; el presidente ultraconservador y populista magiar Viktor Orbán de la Unión Cívica Húngara. Estos líderes, estos partidos, estos movimientos de los que prácticamente, aunque con diferencias señaladas, no escapa ningún país europeo en la actualidad, son considerados ultraconservadores, nacionalistas y “de derechas”. Y para todos ellos el “problema de la inmigración” de países africanos y los refugiados de guerra provenientes en su mayoría, pero no solamente, de Siria, son “los enemigos a batir”. Se sienten invadidos por los pueblos pobres de África  y del Medio Oriente. El rechazo visceral hacia estos “visitantes no invitados”, intrusos más bien, es ampliamente conocido de todos. No quieren a “los otros”, los “venidos de fuera”.

Pero los “populismos”, antes que ser de izquierdas o de derechas (dos conceptos más bien ambiguos) son, sobre todo, nacionalistas. Y nos encontramos movimientos y partidos considerados de izquierda con cromosomas muy similares a los de la derecha. Lo encontramos en Grecia con Chipras y en España con el Podemos de Iglesias. Son enemigos viscerales de los primeros, parientes de un marxismo radical y extremo, seguramente trasnochado, amigos de los gobiernos del comunismo ya casposo de Venezuela, Cuba y otros países latinoamericanos de izquierdas más decadentes, como la Bolivia de Evo Morales; anticapitalistas de pro, y, como los primeros, reacios y hostiles a la Unión Europea y a todo lo que suene a “tender puentes” y relaciones -económicas y de todo tipo- con otros territorios. Se presentan como abanderados de un laicismo a ultranza y de una libertad sin fisuras ni demasiadas leyes restrictivas. Da la sensación de que se consideran “más allá del bien y del mal”, flirtean con un mesianismo siempre apetecido por no pocos, y les produce alergia todo lo que huela a valores religiosos, especialmente las viejas religiones monoteístas del libro: cristianismo, judaísmo, y sobre todo, el islam. Y con un “código ético” hijo natural de sus propias ideologías secesionistas; restrictivo, por tanto; excluyente y exclusivo.

Pero los “populismos” son también, -o, sobre todo- territoriales, quieren “marcar territorio” (ideológico, pero también geográfico) como los perros y otros carnívoros. Se aferran a unos orígenes históricos no siempre claros ni fácilmente delimitados. Lo bueno es lo mío, mis tradiciones, mis costumbres, mi historia, mis símbolos, mi raza sobre todo, el pedigrí de mi sangre única e incontaminada con otras transfusiones históricas, pretéritas, impuestas, invasivas. Es la pureza de la sangre, la soberanía del pueblo (o sea, de este pueblo, de “mi” pueblo). Es el rechazo al resto de las culturas vecinas, a otras religiones que no sean la mía, a otros códigos lingüísticos, éticos, tradicionales, que son siempre foráneos. Lo extranjero siempre es extraño. Lo diverso siempre es provocativo. Y siempre es peligroso, levanta suspicacias, produce intoxicaciones y contagios. Rompe la idiosincrasia  original, atávica, ancestral. Son un tumor, un cáncer siempre maligno y terminal. Y se produce el Brexit  inesperado; y Escocia quiere repetir un nuevo referéndum en pos de su “autonomía” e “independencia”. Y tenemos “el problema catalán”: la vuelta al viejo Condado medieval, a las primeras huestes que poblaron las costas, los valles y los montes de la antigua “Catalania” o “Cathelania”; estamos en el siglo XII; y habría que remontarse a la tribu íbera de los lacetanis, primeros pobladores de la región. Idéntica situación ocurre con otras “zonas” o territorios de la actual Europa. La tendencia a la desmembración y salida (exit) de los “nuevos” Estados, relativamente modernos, y el regreso al útero materno de la génesis de los pueblos, no sólo en la “vieja” Europa, sino hasta en la lejana América no tan vieja, casi adolescente de 5 siglos de historia, es un dato que manejamos como presunta o posible clave de tantos dolores de cabeza de este fragmentado, en tantos aspectos, siglo XXI.

Y a lo que voy. ¿”Populismos”? Todos sabemos que “populismo” viene del latín populus,  ”pueblo” en castellano. El “pueblo” es un concepto lleno de gracia, virginal, nada machacado por el uso, un término “positivo”, amable, atractivo, “puesto en valor”, decimos ahora. Nadie osaría rechazar al pueblo; el pueblo es sagrado, es soberano, es intocable, está fuera de toda sospecha. Y muchos se lo adjudican pertrechándose en la empatía universal que suscita: partidos populares, movimientos populares de liberación, etc. Lo “popular” no está estigmatizado. Pero no deja de ser un eufemismo de “lo tribal”. En los comienzos no había pueblos (al menos, en el sentido actual), ni conciencia clara de pueblo, había tribus, “conciencia tribal”. La tribu era el único contorno conocido, amado, defendido de invasiones de otras tribus; la tribu era autosuficiente, “independiente”, autónoma, referencial, inclusiva, un microcosmos con respuestas y soluciones para todo, con una organización elemental pero satisfactoria, con sus religiones protectoras de lo desconocido y del más allá, con una lengua común, única y conocida de todos, con una economía de subsistencia pero satisfactoria. Las invasiones eran de los otros, los que se atrevían a traspasar murallas, “marcas” y fronteras naturales, los que venían de otras tribus, eran de otras razas, hablaban dialectos diversos, vestían extrañamente o simplemente no vestían, eran siempre un peligro de contaminación, de invasión, un riesgo grave contra la supervivencia de los limitados márgenes de una cultura compacta y autosuficiente, y sobre todo, “independiente”, “soberana”, “mía”.

El populismo es la palabra bonita para hablar de tribalismo. Porque, ¿quién se atrevería hoy a decir que es “tribalista”, que defiende su tribu, que quiere recuperarla, volver a sus orígenes, salvar el prurito de ser idénticos a sí mismos? Ya lo dice el fenómeno Trump, paladín de lo que estamos diciendo: “American first!!!”. Y no hay más. ¿Populismo de derechas, de ultraderechas, de izquierda radical pseudomarxista? Más bien, simple y llanamente, “tribalismo” añejo, casi pre-histórico, puro y duro. Volver al seno materno para sentirnos protegidos de injerencias externas y extrañas. Rehacer el cordón umbilical que traumáticamente nos han desgarrado.

¿Y en la Iglesia, también podemos hablar de “tribalismo” eclesiástico? (Lo veremos otro día, tal vez).

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¿Impaciencia?

A veces uno se pregunta si es muy impaciente. Si los ritmos de Dios y los ritmos de la Iglesia son tan dispares en relación a los nuestros. Seguramente será eso. Pero, en ocasiones, nos parece que se nos acaba la vida y todo sigue más o menos igual que siempre. Tal vez sea cierto también aquello de que un Concilio tarda más de 100 años en irse haciendo realidad, que “las cosas de palacio (Iglesia) van despacio”. ¡Claro que el Vaticano II ha transformado en buena medida el rostro de la Iglesia y, lo más importante, la imagen de Dios. ¡Y muchas cosas más! Esta Iglesia no se parece demasiado a la de nuestra ya lejana juventud de finales de los 50 o mediados de los 60. Los jóvenes de hoy no se hacen ni idea de “cómo” era aquella Iglesia de las primeras cinco o seis décadas del siglo XX. ¡Y de mucho antes, claro!

Lo mismo puede ocurrirnos con el papado de Francisco. Apenas unos años como obispo de Roma y “pastor universal” no nos pueden aportar cambios o reformas excesivamente llamativas, “copernicanas”. Sería injusto pedirle y pedirnos transformaciones drásticas, cambios radicales, renovaciones palpables a todos los efectos. Y seguramente no sería bueno, a mor de ser no sólo improbables, sino imposibles. Pero no somos pocos quienes nos lamentamos desde esta barca de Pedro en la que cada día navegamos, si somos lo suficientemente diligentes, raudos, prestos, ágiles… a la hora de emprender de una vez por todas esa reforma, o reformas, que entendemos requiere nuestra Iglesia. Y no sólo a niveles estructurales o “jerárquicos”, sino en parcelas más humildes y limitadas. Y entonces se va sedimentando una especie de malestar interior que no es sano; una espera que puede anquilosarse, volverse rancia, enquistarse. ¿Para cuándo renovaciones más atrevidas, cambios significativos aunque sean pequeños y modestos? ¿Realmente nuestra Iglesia, la española, camina al mismo paso que va marcando, respetuosamente, el papa Francisco? ¿O seguimos como siempre, con operaciones de maquillaje, con tanteos pastorales sin fundamento suficiente; con aparentes descubrimientos de nuevos caminos que son los de antaño pero con otras envolturas aparentemente más llamativas? ¿Son los famosos cambios “gatopardianos” que lo dejan todo como estaba? ¿Por qué tanto miedo, tanto horror a la intemperie, al fracaso, al “ensayo y error”, a volar al aire del Espíritu? ¿por qué tanto afán en conservar, en guarecerse, en asegurarse y reasegurarlo todo? ¿Será, en el fondo y en la forma, una solapada ausencia de fe y de esperanza; un inmovilismo tranquilizador, un sedentarismo cómodo, un instalacionismo neutral e inocuo?

La verdad… ¡uno a veces se impacienta!

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¿Nuevo? Plan Pastoral

Hace ya tal vez un par de meses, Juan Rubio publicaba un artículo sobre los Planes diocesanos de Pastoral. El trabajo me resultó muy interesante, y comienzo por decir que lo suscribo al ciento por ciento. Y remito a él para quien quiera leerlo. En pocas palabras, el autor nos llama la atención sobre la ineficacia crónica, que en muchos casos, experimentamos ante estos “Planes”. Por ser repetitivos y cansinos, porque no suelen partir de un análisis sereno y serio de la realidad, porque rara vez se evalúan al final del ciclo anual pastoral, porque responden en ocasiones a planteamientos pastorales trasnochados, porque seguimos insistiendo en actividades y proyectos desfasados cuyos resultados, tantas veces constatados, nos dejan vacíos y frustrados ante la escasa o nula “eficacia” (me gusta más decir, “fecundidad”) de dichas actividades.

Las razones para esa especie de esterilidad innata de al menos algunos Planes de Pastoral, pueden ser muchas y variadas. Y no debemos caer en simplificaciones o generalizaciones. Pero se echa en falta un arrancar a partir de un análisis sesudo y honesto del mundo en el que estamos, de la sociedad, de nuestra gente. Damos por sentadas muchas cosas. El ejemplo que siempre sale se mueve en el campo de la praxis sacramental. Llevamos muchos años dándole vueltas a la misma noria y haciendo planteamientos falsos porque no acabamos de aceptar que la vida sacramental “es para” cristianos/as que han recorrido un camino previo de evangelización y catecumenado: no son cristianos “adultos”, la vida sacramental se reduce a actos estrictamente sociológicos cargados de ornato y frivolidades que desvirtúan el sentido sacramental del bautismo, de los matrimonios, de las primeras comuniones…  Ya se ha hablado demasiado de esto y no procede insistir más en ello. Sin embargo, continuamos “haciéndolo”. ¿Será que “no sabemos hacer otra cosa”? O, lo que es peor, que estimamos que “no se puede hacer nada más que lo que hacemos”? ¡O será que así nos auto-justificamos y tranquilizamos nuestra conciencia?

Seguimos sin aceptar en qué sociedad vivimos. Tal vez ni nos hemos parado a profundizar suficientemente en nuestra sociedad postmoderna, indiferente u hostil en gran medida ante lo cristiano e incluso ante  lo religioso en muchos casos; una sociedad, la europea, que “ha dejado de ser culturalmente cristiana”; algunos hablan de una sociedad “post-cristiana”, de una verdadera “exculturación” de la fe cristiana en nuestros pueblos y ciudades. En una sociedad así, donde la Cristiandad ya no existe, los “Planes pastorales” deberían ir por otros derroteros, ensayar nuevos caminos aunque esto conlleve errores y fracasos. Francisco nos pide en su Evangelii gaudium, “audacia y creatividad”. Dos conceptos cargados de contenido, pero dos conceptos que nos aturden, nos dan miedo, y nos impiden emprender nuevos caminos. El reto es inmenso. Pero tal vez no queremos afrontarlo. Alguien dijo: “cuando ya nos sabíamos las respuestas, nos cambiaron las preguntas”. Algo así puede que esté sucediendo mientras permanecemos, pese a intentos valiosos que nunca faltan, como espectadores de un “tinglado” que se desmorona día a día sin quererlo ver, ni analizar, ni afrontar. Es importante conservar la fe de la gente, también la fe “sencilla” y hasta ingenua de muchos: ¡tienen derecho a que les acompañemos en su vida cristiana!, pero una Iglesia “en salida”, de “discípulos misioneros” no puede seguir elaborando planes pastorales que nacen muertos, y lo sabemos desde que estaban en el útero eclesial.  Antes de la Iglesia “en salida”, (o a la vez) hay que pensar en una Iglesia “en entrada”, que penetre en sí misma, sea autocrítica, honesta, y capaz de entonar un sincero mea culpa. ¡Audacia y creatividad! ¿Estamos dispuestos?

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Marta dando gracias a la Virgen

Hace apenas unos domingos, una buena mujer, anciana y enferma, y latinoamericana, por cierto, me encargó una Misa con esta intención: “Marta dando gracias a la Virgen”. Me llamó la atención favorablemente. No es nada habitual “intenciones” de este tipo. El 99% por no decir el 100%, son intenciones orando por los difuntos. En alguna parroquia las listas de difuntos son interminables. Casi se asemejan a un listín de teléfonos. Por supuesto es importante poner nombre y dos apellidos, tipo de familiaridad: si es esposa o esposo, hijo o madre de otro finado o de la persona que “encarga” la Misa. A veces pregunto si hay que decir también el carnet de identidad del fallecido; lo digo en broma y sonriendo, claro. El olvido o la omisión de una intención correcta, o incluso su pronunciación equivocada: Luis en vez de Luisa o Antonia en vez de Antonio, suponen, inevitablemente, una visita a la sacristía para protestar, a veces de un modo desproporcionado. ¡Olvidar nombrar públicamente al difunto o la difunta en cuestión se convierten en algo realmente importante o decisivo en la celebración eucarística! Para eso “pagan la misa”, después de preguntar sistemáticamente “cuánto cuesta la misa”, y por tanto, tienen derecho a un “producto” bien presentado y mejor vendido; es como cuando vas a comprar un par de zapatos y preguntas cuánto cuesta, o un microondas, o un móvil.

Cuando la misa dominical se encuentra especialmente concurrida es “porque” hay un difunto reciente, o bien porque se trata de “un muerto importante” (como dice mi monaguilla de 10 años). Ya se sabe: si hay menos concurrencia de lo habitual es porque hay pocas intenciones, o nombres ya un poco olvidados, o personas que en vida tuvieron poca familia. Uno ya sabe cuándo habrá quorum y cuándo no. ¡Una pena!

El culto a los muertos, de tan atávica raigambre, procedente fundamentalmente de tradiciones paganas, y muy sedimentado en el inconsciente colectivo de los seres humanos, por miedo y otras razones más o menos inconscientes, ha sido siempre una suculenta fuente de financiación de nuestros templos, comunidades y parroquias. Se nota en aquellas parroquias en que hubo un párroco que durante muchos años “alentó” el recordar y pedir por los difuntos. ¡Ahí abundan las misas “de encargo” por los difuntos! Cuando  ha habido párrocos que no han prodigado las misas con intenciones por los finados, hay menos “encargos”, y, consecuentemente, menos estipendios. Próximamente, el 1º de noviembre, volveremos a asistir a unas misas y unos templos “llenos” de gente que no volveremos a ver hasta la siguiente conmemoración de los difuntos. O hasta el próximo funeral, sobre todo si el difunto fue “alguien importante” en el pueblo. No necesariamente en la comunidad cristiana.

En fin. Una realidad más de nuestra inevitable, y no por ello nada despreciable, religiosidad popular. Una tarea pastoral a “educar”. Habrá que insistir en que seguramente es más importante orar por los vivos y ayudarles cuando lo necesiten; alabar y adorar más a Dios en la Eucaristía, y, por supuesto, como nuestra querida Marta, “dando gracias a la Virgen”. Por cierto, cuando terminó la misa en que anuncié (¡siempre hay que anunciarlo el domingo anterior, por supuesto!) “Marta dando gracias a la Virgen”, como la mujer me pidió que dijera, alguien se me acercó para decirme: “Ha debido usted equivocarse, no entendí bien quién era esa difunta” ¡Lamentable, pero cierto. Doy fe! Y recordé aquello del Señor: “dejad a los muertos que entierren a sus muertos”; o aquello otro, “Dios es Dios de vivos y no de muertos”.

 

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Tú no hablas de Dios

Hace apenas unos días, un chico de la parroquia, 19 años, inmigrante por cierto, me soltó a bocajarro algo que me dejó paralizado. Sin venir a cuento, mientras hacíamos cosas anodinas, me dijo: “Tú no eres un cura como los demás, eres diferente”. Tengo que confesar que ante aquella inesperada manifestación, tan fuera de lugar, junto a la parálisis de la expresión, mi corazón siempre traicionero, me llevó rápidamente a pensar: “Eso significa que va a alabar mi forma de ser cura”. Le pregunté por qué decía aquello tan sorprendente y hasta atrevido. La respuesta me dejó aún más confundido y, esta vez, no me llenó de vanidad sino todo lo contrario. Me respondió: “Los demás curas siempre están hablando de Dios, Dios esto, Dios lo otro, para todo sacan a Dios, pero tú nunca hablas de Dios”. Lo cierto es que ya no supe qué decir, pero la fugaz conversación, que se quedó ahí y no pasó a mayores, no ha dejado de darme vueltas en la cabeza.

Me sentí sorprendido en un primer momento, pero inmediatamente me quedé preocupado, incluso triste, como fracasado… ¡Se supone que hemos de hablar de Dios, obviamente; y máxime si somos curas! Siempre nos lo han dicho, y yo lo digo también en ocasiones: “Hay que explicitar a Dios, apostar por un Jesús que no se difumine como un amigo más, un tipo extraordinario, un líder de masas… Hay que “volver a Jesús” y eso significa, necesariamente, volver a Dios, y por ende, “hablar de Dios”.

El susto no me duró demasiado. El chico es cuestión es una buena persona, con todos los rasgos positivos y negativos de los jóvenes postmodernos: poco reflexivos, atados al móvil, superficiales al menos en apariencia, indiferentes por supuesto a lo religioso. Ser cura “entre ellos” todos los días, es un reto constante a la evangelización: ¿cómo hacerlo? ¿cómo presentarles un Evangelio liberador y atrayente, sugerente, “enganchador”? A medida que el tiempo me dejó ir profundizando en su respuesta e intentando “hacer hermenéutica” de lo que había dicho y sobre todo, de lo que había querido decir, me sentí un poco más en paz. Lo que me había dicho al “meterse en mi vida” en ningún caso tenía una intencionalidad peyorativa, más bien todo lo contrario; algo que muestra y demuestra en el anodino pasar de los días del verano. Mi amigo estaba alabando que yo “hablara poco o nada de Dios”; curiosamente, “eso” le parecía bien y no mal; le satisfacía y le hacía sentirse más a gusto. ¡Curioso, ¿verdad?! Incluso contradictorio. Me vino a la cabeza el mensaje central de aquel gran hombre a quien tanto admiro, que sería santo si no hubiera sido “protestante” (¡cosas de nuestra Iglesia!), Dietrich Bonhoeffer, que entregó su vida por sus hermanos en un horripilante campo de concentración nazi. El santo Bonhoeffer murió preocupado por algo que parecía -entonces y ahora- y para muchos, algo innecesario y baladí: “cómo hablar de Dios hoy sin hablar de Dios”. Este es el centro de la cuestión. El chaval de marras estaba haciendo una crítica velada e implícita a un discurso eclesiástico repetitivo, manido, y vacío de contenido, sobre Dios. Recordé también el mandamiento (poco recordado, ciertamente): “No tomar el nombre de Dios en vano”. Y se me abrieron las compuertas del entendimiento y del inestable corazón: ¡Hablamos demasiado de Dios, pero hablamos “en vano” de Dios, es decir, lo utilizamos como una muletilla, un condimento para todas las ocasiones, problemas, tragedias, interrogantes, dudas… ¡la palabra Dios pretende resolverlo y explicarlo todo! ¡Hablamos de Dios en vano!, y nuestro reiterado y cansino discurso sobre Dios se convierte en algo aburrido y contraproducente; es un zurcido que sirve para todos los rasgones y rasguños de la vida. Dios lo tapa todo, lo explica todo, lo acapara todo. Es, ciertamente, un Dios “por activa y por pasiva” (como dicen constantemente los políticos de hoy. ¡Se les olvida la voz perifrástica, pero esto no viene a cuento). La pregunta es la misma de Bonhoeffer, tantos años después: ¿cómo hablar de Dios a la gente de hoy, y no sólo a los jóvenes?

Pienso que hay que acudir más al silencio del Dios que habla en la vida diaria sin darse tanto a conocer, sin micrófonos ni alharacas. Es la vida la que cura y por eso, es la vida la que habla de Dios. Nuestra tarea, más compleja y trabajosa, debe ser enseñar a ver la presencia y el atractivo de ese Misterio de Dios en la vida y en las cosas que pasan, pero sin ser como aquellos pregoneros medievales que iban por las plazas de los pueblos con trompetilla y leían el último comunicado del Rey a los vecinos. Hablar de Dios desde nuestra vida y con nuestra vida como referencia y testimonio, sin nombrarlo tanto, sin explicitarlo tanto hasta convertirlo en una muletilla carente de sentido y de valor. ¡Esto sí que es difícil! Que escuchen hablar de Dios sin oír  su nombre tan intempestivamente, que todo suene a Dios sin que sea necesario decirlo por costumbre, como una retahíla cansina; que Dios sea esa brisa suave que nos acaricia sin darnos cuenta en las tardes calientes del verano.

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