HÉROES Y BANDOLEROS

HÉROESAndo, en este tiempo, en el remate de una tesis cuyo argumento fundamental es que la vida consagrada está avocada a una segunda reestructuración, eso sí, apoyada en el Espíritu. Además me atrevo a aventurar que la «solución de lo nuestro» no viene de «macro proyectos», sino de una reubicación de la comunidad local. El descubrimiento no es grande, es verdad, pero para mi definitivo y sin atenuantes.

Ya hace mucho que sabemos que no solemos tener problema con los postulados mayores. Nuestras declaraciones en pro de la solidaridad y humanidad; palabras como «apertura» y «pluralidad» circulan cómodas por los documentos, pero cojean a la hora de determinar la honestidad, generosidad y verdad como estilo de ser. Somos hijos de esta era y parece que no nos cuesta tanto asumir la declaración de los derechos humanos, como repartir una sonrisa concreta y sensible con el que vive a nuestro lado. No se si en algún momento de la historia bastaba con la constatación; en éste, ciertamente no y, de ahí, que desde este observador privilegiado que es nuestra Revista, no pueda quedarse uno tranquilo en la serena conclusión de que las cosas son así y así seguirán.

No es tan sencillo describir y proponer conclusiones que además den vida. Las cosas no son blancas o negras; buenas o malas. Los estilos son en sí ambiguos y cargados de matices. Tantos como personas o historias en las personas. Lejos de un relativismo, nos acercamos, más bien, a un perspectivismo con su posibilidad y dificultad. Y es que dependiendo de dónde te sitúes el horizonte se presenta abierto o despejado; o bien nublado y denso. Hay vidas tan cargadas y con conflictos internos tan intensos y tan explícitos que no es que se empeñen en ver la dificultad, es que solo experimentan dolor.

Entre mis descubrimientos más queridos, en largas horas de estudio y escucha de la vida religiosa, está aquello que lleva siglos descubierto: casi nada es lo que parece. Y cuando parece, no siempre es. Y asombrado o asombrada te dirás, ¡menudo descubrimiento! No te falta razón. Pero permitirás que en mi ingenuidad me entretenga en algo que seguro tu, ya tienes muy solucionado.

El problema de la vida religiosa no reside en los criterios o ideas guía, sino en la encarnación de los mismos en este presente. La forma de organizarnos puede adquirir tantos estilos como el marketing consiga importar. El fondo, o contiene donación total, interdependencia total, libertad en la misión y fe, o sencillamente no es. Tenemos la sospecha de que cierto malestar en la vida religiosa de nuestro tiempo no procede tanto de lo difíciles que son los patrones vitales que nos imponemos o la rigidez de nuestras estructuras, cuanto de la insatisfacción de la propia vida cuando no está sirviendo a una causa grande, profética y libre. Cuando la persona sabe que lo que vive es tibio, no es malo pero, en absoluto, resonante.

He descubierto que me duele la vida religiosa. Me duele porque es mi vida. Pero también he podido comprobar que no es unívoca esta experiencia. Suelo provocar a un hermano hablándole de su «piel de paquidermo» para describir que, casi nada, lo inquieta o conmueve. Supongo que la procesión va por dentro. Pero también he constatado en la tesis —solo hace falta la tesis de la vida para ello— que con los supuestos no se argumenta la comunidad y si lo hace, nace algo equívoco y vacío. Por eso me he preguntado a lo largo de muchas páginas qué mueve y conmueve a la vida religiosa de nuestro tiempo; qué fuerza tienen las palabras; qué significa vitalmente, en cada uno y en cada una, los procesos de reforma, renovación, reestructuración o revitalización… que, sin ser lo mismo, en esta suerte de control gnoseológico del lenguaje, los hemos unificado y hasta domesticado. Me he preguntado por qué algunas cuestiones muy coyunturales, que hemos decidido nosotros y no Dios, mueven tantas pasiones… Léase provincias, gobiernos, decisiones, documentos programáticos, «dafos» o cargos… y he llegado a la misma conclusión que antes les anunciaba. No tenemos problema en las grandes cuestiones, pero sí en las más pequeñas.

Si alguien repara excesivamente en lo pequeño y concreto es meticuloso; si no repara es disperso y bohemio; si alguien vive al detalle es detallista y si lo lleva al extremo es escrupuloso; si alguien se fija únicamente en los grandes ideales sin saber poner una lavadora es un idealista y convierte la vida de comunión, con su infinidad de minutos prácticos, en un dolor… La dificultad no la encontramos a la hora de la definición, pero sí a la hora de la integración. Cabe incluso la tentación de querer enmendar la plana al mismo Dios porque pudiendo llamar a personas bien complementarias y completas, ha llamado a incompletos que viven el conflicto cada vez que sueñan la complementariedad.

Sufre el que sostiene unos horarios y unas prácticas comunitarias porque es consciente de que el engranaje puede acabar con el misterio y la belleza de la comunión. Sufre además cuando hay hermanos y hermanas que con su vivir están diciendo que esas prácticas no son para ellos. Sufren aquellos que participan a medias o no participan porque, aunque no les dice nada lo que dejan, sienten que están a otro ritmo, otro gas y otro amor. Es preocupante la distancia que experimentamos por ejemplo entre el amor descrito como contenido de la vida religiosa y el amor vivido como protagonista de la misma.

Se han relajado y disminuido los círculos de compartir la experiencia de fe, los echamos de menos, pero cuando se nos proponen no los vemos para nosotros porque los consideramos artificiales, poco concretos y sin vida.

Resulta muy doloroso y hasta hiriente cuando percibimos la acepción de personas, porque no nos vemos tratados con el mismo cariño, confianza o respeto que otros se tratan. No nos duele, cuando somos nosotros quienes creamos praderas cómodas para los nuestros y montañas de sospecha para los otros.

Nos resulta dolorosa la fragmentación y hasta el enfrentamiento. En momentos de consciencia sabemos que es lo que dificulta la misión y la vocación. No sabemos solucionar un círculo vicioso para el que preferimos sea el tiempo quien lo solucione. Eso sí, íntimamente, sabemos que no se va a solucionar.

La infinidad de constataciones de dificultad sobre nuestros estilos de vida superpuestos, nos hace caer en la cuenta que el problema no está en el guión sino en los matices que cada uno introducimos al interpretarlo. Nos consolamos diciendo que somos así; es nuestra época y hay que aceptarlo.

En esas ideas de luz que la tesis me va ofreciendo, veo palpable que nos sobra ropaje. Muchas palabras y bien articuladas que den la impresión de que todo es acogido y, por tanto redimido, no consiguen, sin embargo, implicarnos a todos. Son tiempos de exhaustividad en los que sabemos decirnos todo, de maneras diversas, para que nadie se sienta dolido y todos se vean reflejados. Todavía tenemos corazón provinciano y cuando vemos nuestro nombre escrito, nuestra obra señalada o nuestro «logro», por mínimo que sea, subrayado, se nos pone el corazón contento, olvidando otros vacíos. Sin embargo es una alegría efímera que no llena ningún vacío interior. Hay una segunda cuestión que es la de la información. Cuanto más densa y fiel sea. Cuanto más se prodigue y se multiplique, tenemos también la vana sensación de que la integración se logra. Sin embargo, no solo no es así, sino que conduce a una soledad mayor. Siempre ha habido personas que no se conforman con leer el periódico, lo estudian… y desgraciadamente, no abren un milímetro la capacidad para comprender o ver de otra manera, sino desde la que traían antes de ojearon el titular de la primera página.

Exhaustividad e información por ser amplias y plurales, no mueven adhesión alguna. La clave está en la emoción. La vida religiosa necesita emoción que brota de la vida compartida, el proceso recreado y la fe explícita. Esa emoción será la que haga nacer para este tiempo la vida religiosa que el Espíritu necesita. No son muchos los que han percibido la llamada, pero son varios. Tienen edades diferentes. Conocen la vorágine de la acción denominada misión, siguen creyendo en las personas a pesar de desconciertos y decepciones. Son aquellos y aquellas que cada mañana le dicen a un Jesús, que sigue a la espera: «seguro que hoy es un día diferente». Son los que todavía creen en la oración como fuente de vida y en la vida como fuente de oración. Se emocionan y cantan, escuchan con atención. Tienen tiempo para todo y para todos, no viven a lomos del estrés en una carrera sin destino. Son gente con visión porque no se quedan en los nudos de la cuerda, sino donde ésta puede llegar para atraer a más… Hay religiosos y religiosas que viven intensamente este tiempo y lo leen como tiempo de oportunidad y salvación. Siguen desgranando salmos, pero gozan cuando hay intervenciones en primera persona, cuando abren el corazón y oyen que hermanas y hermanos también lo hacen. Creen en la comunidad, por supuesto, pero no se fijan en la organización sino en la persona. Saben que horarios y ritmos son bien efímeros y solo sirven para que la persona madure y busque su tiempo para la vida: Dios, los demás y uno mismo. Viven apasionados por la misión. Se emocionan cuando oyen, presencian y colaboran con decisiones, que naciendo de la fe, cambian la vida de quien llora, padece o está solo. Han descubierto que la seguridad de la misión no está en plataformas y redes, en coordinadoras o secretariados, sino en un Dios que se mueve en el desconcierto, la incertidumbre, la fragilidad y la libertad.

Viven en las estructuras actuales de sus congregaciones y órdenes. Son responsables y sacan adelante el servicio encomendado, pero su sueño es otro. No tiene ni cadenas, ni ritmos, ni historia, ni inercias que les obligue a seguir haciendo así, lo que lleva años haciéndose. Saben bien que lo que se les ha ofrecido es un papel en blanco para escribir amor y gratuidad con rasgos que la gente de este tiempo entienda.

Son los que, poco a poco, van entendiendo los dones carismáticos de la vida religiosa como aquellos que te impulsan a la presencia no formal ni funcionarial; a la palabra profética alternativa y hasta subversiva. Son consciente de ser dones — es su única protección— con presencia en la presencia en la calle, en la interacción con la vida de tantos contemporáneos que no leerán otra palabra de Dios, que las vidas de hombres y mujeres urgidos por un reino —signo preclaro de la utopía — que tensiona, constantemente este, nuestro mundo-mercado.

Son hombres y mujeres de lo pequeño. De los minutos cuidados y las conversaciones desde lo profundo y para lo profundo de la vida. Son adultos —casi niños— que siguen creyendo que lo bueno no se compra y creen en un mundo que no se mueve por el dinero o la fama. Son así el modo práctico que usa Dios para decirle a esta sociedad que se puede ser feliz sin tener… ¡Toda una osadía!

Estos hombres y mujeres, religiosos, son, ante todo personas. Abiertas al amor, capaces de amar. Los sufrimientos que comporta la vida no están centrados en sí mismos, sino en la impotencia cuando otros, que quieren, lo pasan mal. Saben que hablar de castidad es pronunciar palabras mayores que superan a la persona. Cada día, como niños, aunque bien mayores, le dicen a Jesús que quieren seguir aprendiendo a amar de verdad, —no en texto—, para tener bien lleno el corazón, porque sino no hay consagración. Son de los que saben que la raíz de esta forma de seguimiento —creo que de todas— es el enamoramiento. De otra manera hay cumplidores, organizados y organizadas, adultos jueces… pero muy poca vida y menos vida para dar. Y la vida religiosa no encuentra mejor definición que vida para regalar, en abundancia y en nombre de Dios. Aquellos que esclavizan su propia alegría ahorrándola, deben saber que se pierden la mejor parte de esto nuestro. Una vida regalada es una vida feliz y auténticamente virgen, porque entregada totalmente, no piensa en sí.

Hace algunos años, un buen profesor, utilizaba con sus alumnos, entre los que me encontraba, el término «bandolero» como adjetivo. Lo decía cada vez que veía que no estábamos donde teníamos que estar, o utilizábamos mal el idioma o nos saltábamos el trabajo que se nos había encomendado. Nos hacía tanta gracia que, entre nosotros, también, de vez en cuando, nos llamábamos bandoleros. Quizá se sumaba que en aquel tiempo las pocas series que un adolescente podía ver en la pobre televisión del momento, tenía especial fuerza una sobre bandoleros.

Lo cierto es que esto nuestro tiene mucho de héroes y de bandoleros. Con el debido respeto a cada vida hay mucho de héroe y, me temo, alguna aventura de bandolero. Y casi hasta me alegro. Me ha ayudado mucho a ayudarme y ayudar; a comprenderme y a comprender… y, sobre todo, a creer en el milagro de Dios porque su encarnación en la vida religiosa y en cada persona es tan real como la vida misma. Como me decía un religioso mayor, la presencia de Dios «es tan real como este dolor de huesos…».

Sí, también forma parte de mi descubrimiento académico que hay algo de bandolero y bandolera en aquel y aquella que jaleamos la misericordia como ley de vida. A veces estamos tentados de apropiarnos aquello que solo necesita nuestro aliento. O queremos hacer una justicia que se acomode a nuestro corazón más que al corazón de Dios… A veces, con nuestra buena intención, asaltamos, desconfiamos o ignoramos a quien nos parece no comparte lo mismo que nosotros. A veces, incluso, reducimos la pertenencia a la vida religiosa a caminar en la noche y en manada, para dar miedo y quitarnos el miedo. Reduciendo así nuestra vida religiosa a unos pocos, escogidos y compañeros de fechorías en la clandestinidad, donde circula poco aire porque respiran solo los mismos. A veces, hemos podido ser un poco bandoleros.

Hay, sin embargo, una parte del bandolero que le recuerda que es héroe. Reparte, piensa en los pobres, le duele la injusticia… A veces, aquellos bandoleros de la serie de televisión sólo necesitaban, andar en la luz, asearse y cantar el magníficat… porque sus gestas eran heroicas, aunque clandestinas y un pelín pasadas en la justicia «tomada por su mano».

Por eso he titulado este artículo así. En cada vida hay heroísmo… mucho. Y también alguna gesta de bandolero que hay que saber mirar con amor. Y además, —prometo que es el último descubrimiento— me atrevo a sospechar, porque he podido comprobarlo, que hay muchos religiosos, ellos y ellas, que dejan las actividades furtivas, cuando encuentran espacio de amor en sus congregaciones. Es el momento de aprovechar lo mejor de cada uno, de suprimir los cánones de uniformidad, de acoger, respetar y dar juego. No puede la Iglesia, ni cada congregación, seguir en un discurso comprensivo de un nosotros, si en verdad, no se comprende a cada uno.

Los que nos dedicamos a escribir y proponer, caemos, con frecuencia, en un voluntarismo integrador que es estéril. En el fondo, hablamos de «nosotros» o «de todos», pero tiene un trasfondo de singularidad porque queremos seguir los mismos en lo mismo. Ha tomado cuerpo en nuestra era que para saber qué piensa cada uno, no queda otro camino sino el acercamiento a cada uno, y esto no es fácil.

Más que preguntarnos dónde o de qué manera, la urgencia de este tiempo es sanar, serenar y emocionar a quienes tienen que significar la redención de todos. Es doloroso, pero la vida religiosa no se ha hecho heridas en las duras veredas de la calle, ni en las sombras de la noche solamente, las más dolorosas y sangrantes, se las ha hecho en sus casas, en lo que venimos llamando vida comunitaria. Y eso hay que solucionarlo porque algo que hiere no es vida y, mucho menos, anuncio de comunión.

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FACEBOOK HABLA DE AMIGOS Y LA TV DE MONJAS

relaciones 1En las redes me encuentro que una persona, con más de tres mil amigos virtuales, no tiene quien lo entierre. Además, una religiosa joven, a quien conozco poco, pero admiro más, me habla de su indignación por el trato reality en TV, de algo tan sagrado y poco televisivo como la vocación a la vida religiosa.
Y sin querer, —queriendo—, las dos noticias se asociaron y me crearon malestar. Me hice, de momento, preguntas. Muchas y de difícil resolución.
¿Será todo tan superficial? ¿Estaremos las personas de este tiempo saciadas de profundidad? Prometo que no son argumentos, para ahora esbozar un intento de respuesta. Sencillamente no la tengo.
Aparece muerto con más de 3500 amigos en el Facebook… Nadie se hace cargo y el juzgado pide al ayuntamiento de su localidad que se le de sepultura. Es un titular desconcertante. Nos habla de la soledad de nuestro tiempo. De las vidas superpuestas que no se encuentran. De la verdad de nuestros «me gusta» o no me gusta. De nuestras peticiones de amistad y aceptación de la misma. De un mundo de redes o enredado que valora lo que se cuenta, que vive de la imagen. Nos habla de soledades aparentemente habitadas, de relaciones epidérmicas e, incluso, de vacío o vaciedad de las relaciones duraderas. Personas arrojadas a la vida, convivencias superficiales y funcionales. Nos habla de desconcierto, soledad y enfermedad social. Alguien, en nuestros días, en el seno de una ciudad, bien conectado, con más de «tres mil amigos» en las redes, muere solo sin que nadie se haga eco de su ausencia, ni cargo de su entierro.
La otra noticia, la del reality sobre la vocación religiosa femenina, no es menos desconcertante. Algunos deberían recordar que con determinadas cuestiones ni todo vale, ni es lo mismo. El contraste de una llamada al servicio del reino no encuentra sitio en los guiones de TV, ni en sus cámaras, ni en los diálogos ficticios ni, por supuesto, en jalear términos que ya no son de la vida religiosa del siglo XXI. Estoy seguro que la intención no es mala, pero si ingenua. Convertir la vocación en espectáculo es un dislate y una osadía de ésta, ya decadente, posmodernidad.
Las dos noticias tienen algo en común. No todo es vida, aunque se le parezca. La vida es otra cosa. Mucho más que lo que contamos y más intensa de lo que se ve. Ambas noticias pertenecen a esta sociedad del espectáculo y del cansancio, a la necesidad de salir o creer que algo existe porque se cuenta. Ambas producen tristeza porque se puede estar absolutamente solo, aunque 3500 personas reparen en tu perfil, o porque conviertas tu seguimiento de Cristo en una fuerza irrefrenable que te obliga a dejar el móvil o apagar el cigarrillo. Parece que vivir con profundidad exige un guión distinto a la web, la pasarela o el show mediático.

 

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LA VIGA MAESTRA

portada--FebreroHay edificaciones que soportan siglos siendo a lo largo de la historia albergue, cobijo o resguardo de todos los que, bajo ellas, han estado. Hoy son para nosotros testimonio, no solo de otro tiempo, sino de algo bien hecho, bien construido, estable y sólido. En esos edificios hay una viga maestra. Un punto de encuentro y distribución. Un equilibrio perfecto de fuerzas que, por serlo, también es garantía de solidez.

El Papa Francisco, cuando anunció el Año de la Misericordia, nos dejó dos expresiones elocuentes. La primera es, «La misericordia es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia»; y la segunda, «Nunca se canse de ofrecer misericordia y sea siempre paciente en el confortar y perdonar». Una viga que debe estar siempre y permanecer para siempre.

Algunos religiosos han expresado cierto cansancio ante la sucesión de «años dedicados a…». Algo parecido a las campañas comerciales cuando se solapan y comienza una antes de concluir la anterior. Pudiera ocurrir que los medios favorezcamos cierto «consumo», aunque sea de valores. Lo cierto es, sin embargo, que el año de la vida consagrada con el año de la misericordia, no solo se encuentran en el tiempo, sino que se necesitan en la vida. No existe vida consagrada si no es una vida dedicada pacientemente a la misericordia. Y ahí es donde no solo podemos continuar en un punto de reflexión interesante, sino que descubriremos que, cual viga maestra, la misericordia puede ser el quicio sobre el cual se vertebre la necesaria reforma de nuestra forma de seguimiento.

Los procesos de renovación de estructuras y de afirmación en el tiempo y en los contextos, han sido especialmente duros para los religiosos. Agilizar las cosas, darles sentido y ofrecer plataformas apostólicas que respondan a las necesidades reales de los contemporáneos no está siendo empresa sencilla. Si a ello unimos la disminución de fuerzas, el envejecimiento de las comunidades y los procesos inacabados, como la misión compartida, nos encontramos con una realidad compleja que siempre tiene la sensación de padecer crisis. En esta imperiosa necesidad de orientar, guiar, acomodar y fortalecer la realidad de las estructuras de vida religiosa, hay una cuestión de importancia singular: el cuidado de las personas. Descubrimos que los religiosos, en general, tenemos mejor formulada la misericordia, como propuesta para otros, que como estilo habitual entre nosotros. Algunas decisiones sirviendo a la eficacia, han perdido la lucidez de la misericordia. Y las consecuencias no son nada buenas. Aquello de «la alegría donde están los religiosos», se transforma, no pocas veces, en una suerte de vidas estables y estabilizadas en una tristeza y lamento sostenidos. Y ahondando un poco más, podemos incluso ver que la misericordia está perdida.

Hay personas heridas en la vida religiosa. Personas que han perdido la confianza, porque no sienten que en   ellos o ellas se confíe. Personas que un día descubrieron que Dios había tenido con ellas misericordia, pero el paso del tiempo y el «arte» de quienes tenían que tener misericordia en sus comunidades y congregaciones se la ha ido negando. Pudiera haber un buen número de personas sedientas de   misericordia que sin saciarse de ella en la comunidad, están imposibilitados para testimoniarla. Y este es el mayor reto de misión de nuestro tiempo. La viga maestra que sostiene el hoy de una vida religiosa que llame, convoque y transforme. No basta con estar o aguantar. Lo nuestro exige estar bien, celebrar bien y gozar bien. No es consumo, ni exceso. A la vida consagrada, le conviene «muy mucho» poner en práctica muchos años de  misericordia, en la propia casa.

 

 

 

 

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FELIZ NAVIDAD

gonzalo-2.jpgEN LA NOCHE MÁS CLARA…

Hay un valor indudable de esta noche, la de la tensa y feliz espera, y es que todos hablamos, soñamos o escribimos con un tema común: el amor verdadero. Además vislumbramos, aunque sea por unos instantes que lo bueno y verdadero no se compra. Que no hay nada como un abrazo, una caricia o un perdón. Que recibe más el que regala y comparte. Que no merecen la pena las batallas por tener o ser el primero o figurar o recibir halagos. Sueño en este día que todos, aunque sean instantes, tenemos ganas de ser buenos, inocentes, limpios y niños, como el que nace en Belén.

Sí, ya sé que mientras yo escribo estas palabras y tú las lees, sigue habiendo terror y opresión; sigue habiendo ricos muy ricos y pobres muy pobres; sé que hay muchas noches que nunca serán buenas ni en ellas se ven estrellas de esperanza. Sé que el mundo donde nace Jesús, hoy como ayer, algunos y algunas no se enteran de la noticia y, por eso, no saben que lo hay que hacer es adorar, callar, esperar y gozar.

Hoy necesitamos creer que quien no ha conseguido entender que Navidad es cambiar hacia lo bueno no lo hace por el mal, sino porque todavía ignora el bien. Porque, a veces, los ojos, aunque parezcan abiertos, están bien cerrados ocupados en consumos y viejos rencores. A veces, aunque sea Navidad, sigue el corazón con poca fiesta, porque no se ha parado uno a adorar y dejarse contemplar, desde el amor limpio, por quien nace para amar.

En esta noche, la más clara, el recuerdo y la felicitación para quienes se empeñan en multiplicar los signos de esperanza y misericordia. Quienes se animan a empezar de nuevo, porque es Navidad. Quienes descubren que el sentido de su vida no es otro que dar luz para que brillen los otros, quienes se vacían de sí mismos para que el amor llegue limpio y a todos. Quienes han encontrado el sentido de su vida sirviendo para que todos lleguen al Portal de Belén, el único sitio donde no hay excluidos. Se me ocurre que esta noche, la más clara, como todas las noches, hay en las calles, los hospitales, las parroquias, los barrios y comunidades, religiosos y religiosas que renuevan su fe en un Misterio de amor. Pequeño y frágil. Pero amor. Por él han entregado su vida y lo siguen haciendo. Con él siguen superando la tentación de cosechar popularidad, porque saben que su sitio es el anonimato de una cueva de pastores. Con él, tras esta noche, la de la tensa espera, seguirán irradiando esperanza porque la promesa, que se muestra eterna a los ojos humanos, es un «visto y no visto» en el corazón del Padre-Dios que regala a su hijo.

A tantos religiosos, anónimos y vigilantes del reino; a tantos que se empeñan en convertir el mundo en fraternidad, felicidades! Por saber esperar, por confiar en el signo, por seguir gozando y sufriendo con la letra sencilla de un villancico, la mirada cansada y serena de un anciano, las lágrimas de quien se siente impotente o humillado. Gracias y felicidades porque la vida religiosa es un don feliz para quien la encarna y para un mundo, que aunque no de las gracias, intuye, por ella, que esta noche es la más clara.

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DESPERTAR O SEGUIR DURMIENDO, ESA ES LA CUESTIÓN

amaneerTal vez nos suceda algo parecido a Psique que permanece en un sueño profundo del que no podrá despertar hasta que no reciba un beso auténtico. Quizá necesitemos despertar de ese letargo pesado que nos impide amar. Abrir los ojos y contemplar la belleza que hay en darse o construir unas relaciones donde el centro esté sostenido por el amor que nos ofrece Jesús de Nazaret. Abrazar por encima de los miedos, prejuicios, cálculos o componendas. Psique despertó con el beso de Eros —hijo de Afrodita— que cayó rendido ante su belleza y le dio un beso de amor… del verdadero.

Dejando a un lado la mitología, podemos estar en esa terrible indecisión. ¿Hasta dónde creer que es posible otra vida con otro estilo? ¿Hasta dónde convertir la solidaridad —verdadero amor— en modo de vida? ¿Hasta dónde cambiar?

No carecemos de palabras, incluso buenas. Sabemos conjugar el verbo amar, pero no es tan seguro que sepamos vivirlo. Nos tranquilizamos hablando de cómo sería, sin a penas asomarnos a cómo es, no sea que nos cambie la vida.

Hay un tiempo paciente que Dios nos concede a todos. Está esperando. Celebra cuando damos chispazos de amor con el sabio secreto de que debe convertirse en energía continua. Gustamos algo de lo que significa ser cristiano, pero es difícil encontrarte con vidas de discípulos que, en todo, quieran vivir y ser como Jesús.

Formamos parte de ese núcleo de ciudadanos correcto y calculador, que ni provoca estridencias, ni crea desasosiego. Armonizamos, con maestría, el lenguaje de la gratuidad y del reino, con el consumo y el confort. Dentro, eso sí, nace la insatisfacción de vivir a medias, compartir a medias o creer a medias.

El camino del reino no es fácil, es tortuoso. Por él van circulando las vidas. Son, como dicta el antiguo proverbio, «carretas de todo tipo». Algunas parecen solemnes y ruidosas, otras a penas hacen ruido. Las primeras están vacías, no llevan nada, ni a nadie. Ensimismadas en sus cosas, discurren anunciando lo que hacen. Los cristianos, por el contrario, estamos llamados a un discurrir silencioso y solidario. Lleno de vida y de vidas. Parece más arduo, pero está lleno de gozo… Pero solo lo descubren quienes están dispuestos a despertar del sueño de la comodidad.

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PARA TENER VIDA, ¡LEVÁNTATE Y NOS LEVANTAMOS!

portada-Noviembre2Es inevitable que cundan los análisis que, pretendiendo sacarnos de la postración, poco a poco, nos hunden más en ella. Cuando gastamos el tiempo en reconocer que lo bueno está en lo que la historia nos ha dado y lo mucho que hemos dado a la historia, encontramos un buen entretenimiento académico que, sin embargo, nos aleja mucho más de la «mies».

La reflexión sobre lo que somos, apoyado en lo que hemos sido, cansa. Y cansa mucho. Fatiga y envuelve a modo de mortaja a quien sabiéndose vivo, está por el contrario abocado a no mostrarlo porque «este no es su tiempo». Los recuerdos son buenos para «pasar una tarde», pero de difícil digestión para soñar nueva vida.

Puede haber religiosos sentados, esperando o mirando. Analizan lo que pasa. Cuentan errores de quienes se arriesgan. Caen en las carencias de creatividad de quienes cada mañana intentan que la vida sea fresca. Ven que éstos se equivocan muchas veces, ponen su vida en cuestión y se cuestionan vocacionalmente. Ellos no, porque han encontrado un lugar vocacional estable y sereno: el tribunal. Se han convertido en censores que, con eficacia, ofrecen comentarios de texto, interpretan y juzgan, a veces con severidad, a tantos ingenuos e ingenuas que quieren una vida religiosa frágil, contaminada de bendita humanidad y haciendo camino con la calle. El problema de la vida religiosa no está fuera de ella. No son los contextos, ni el difícil trasiego por este siglo. Son nuestros vestigios de pasado, los anacronismos cuidados por miedo, los estilos agotados y, a la vez, prolongados hasta la extenuación. Son las actitudes de «tirar la toalla» que, sin ser explícitas, se manifiestan con brío en los juicios inmisericordes, autorreferenciales y sin vida. Incluso parecen estar tranquilos, porque a pesar de estadísticas y edades, «todavía podemos aguantar unos años más…» sentados, eso sí.

Llegó la hora de levantarse. Poner-se en camino. Dejar de calcular. Creer en la providencia. Confiar en quien camina a nuestro lado y llenar de vida lo que compartimos. Llegó la hora de apostar, y hacerlo en firme y totalmente, por nuestros carismas. Dar rienda suelta al Espíritu para que nos lleve a los márgenes, los de nuestra propia existencia, y allí encontrarnos con lo que nos hace felices: amar, amar siempre y amar a todos. Al ponernos en pie, hay que tener cuidado con los mareos. Una caída siempre es delicada, aunque de todas se aprenda. Los mareos son los espejismos, las proyecciones o las búsquedas de vida, donde ésta no está. Hay mareos que son la confusión de entender que la misión son números o popularidad. Otros son aquellos que creen que el latido de la vida religiosa reside en las estructuras y no en las personas. Incluso pueden manifestarse en tasar la pasión de la entrega en cifras de rentabilidad económica. Son mareos que todos, alguna vez, hemos padecido y tienen que ver con la supervivencia, más que con la vida.

Levantarnos y ponernos en camino es tanto como dejar de lado el guión. Volver a aprender. Permitir que el reino sepa a nuevo y no a sabido. Arriesgarnos a la debilidad de empezar para este tiempo, estas gentes y sus rasgos. Así, vacíos de «historias», la inercia no conseguirá repetir y hasta disfrazar la necesidad de la vida religiosa, con lo que a mí me parece necesario.

Es muy evidente que hasta que no escuchemos cada voz no sabremos qué es y qué necesitan los religiosos. Ni recetas fabricadas, ni voluntarismos bañados de lenguaje espiritual que no incomode. Vidas abiertas, compartidas, sinceras y dispuestas a inaugurar. En la verdad de quienes hoy estamos en la vida religiosa, está la verdad de su misión, comunidad y signo. El verbo es levantarnos, pero no se llega a él si antes no decidimos, tú y yo, hacerlo.

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PARA TENER VIDA, OFRECER HOGAR

portada-octubre1Los jóvenes nos dicen a los religiosos europeos que lo que proponemos no está mal, pero no es para ellos. Como cuando ante una película descubrimos que el argumento no es malo, pero no consigue enganchar porque falla la luz, la fotografía, los exteriores o, quizá, alguno de los protagonistas.

Aquellos y aquellas que entran en la vida religiosa en los últimos años por ese «arte misterioso de nuestro Dios» llegan con ganas pero, poco a poco, pueden ir haciendo una «composición de lugar» mediocre. Algo así como si, inconscientemente, se dijesen: «por qué soñar con máximos, si con mínimos se puede vivir bien». El dilema de la pastoral vocacional no está en que se hagan mal las cosas, ni que las propuestas no sean buenas; está en entender que lo que se ofrece no basta, no transforma, no cautiva ni enamora. El argumento es el mejor. Habla de un todo gratuito. ¿Puede haber propuesta mayor? Sin embargo, lo gritamos desde realidades muy gastadas. Algunas no soportan, cual vieja pared, ni otra mano de pintura para transitar armoniosamente por este presente.

La renovación que nos proponemos y que es imprescindible para los religiosos está bien pensada. No hay huidas en las proposiciones que los capítulos van sacando a la luz. Pero, la novedad –que es carismática– no vendrá de un golpe de razón, sino de un golpe de Espíritu. No es posible, si no hay vuelta al Espíritu, un abrazo de lo provisional o lo frágil; es imposible debilitar nuestras estructuras si no hay un acto de fe por el que, de nuevo, nos reconozcamos discípulos. No habrá renovación si no paso o pasamos del escándalo teórico ante las injusticias sociales; al compromiso vital y carismático entre las mismas.

Nuestra «vieja Europa» tiene la oportunidad de volver a ser «madre», en        palabras de Francisco, ante el drama de los refugiados. La vida religiosa ha respondido inmediatamente. No podemos permitir que sea una respuesta circunstancial, calculada o empresarial. Debe ser una respuesta desproporcionada, sorprendente y nueva. Como el Espíritu. Son los ricos quienes pueden hacer cálculos de qué desprenderse para vivir igual y quedar bien. Los que buscan la justicia del Reino saben que solo gozarán cuando pongan todo a trabajar, cuando arriesguen e, incluso, cuando cambien de sitio, de estilo y de vida.

Los refugiados son el rostro inseguro de una crisis que puede ser nuestro kairós. Nos pueden llevar a los márgenes sociales e institucionales. Nos pueden devolver la necesidad de compartir para vivir. Pueden sacar a la luz, de manera inmediata, lo que no somos capaces de formular tras horas y horas de estudio y ríos y ríos de tinta: nuestro ser subversivo, gratuito y evangélico.

Los jóvenes se apuntan a empresas imposibles. Gustan de los discursos que remueven seguridades. Quieren cambios, los necesitan. Sueñan un mundo diferente, unas relaciones sin precio, no se tranquilizan con nuestras historias, porque necesitan ser coprotagonistas de las suyas. Si los escuchamos nos hablarán de los inmuebles vacíos, de nuestros proyectos empresariales o de nuestras líneas maestras con desafección… Necesitan encontrar espacios donde lo que sintieron en el corazón, lo vean y palpen. No se dejan serenar con argumentos racionales sopesados, sino que necesitan decisiones arriesgadas que los lleven a los márgenes. Los jóvenes están haciendo una particular lectura de lo que significa el éxodo que en nuestros días vivimos. Un rasgo de la vida religiosa para este presente es ser hogar, ofrecer hogar, crear hogar. Escuchemos la calle. No prolonguemos indebidamente un discernimiento que nos estanque en si debemos hacer algo, si hay que garantizar seguridades, si es arriesgado perder patrimonio… porque, una vez más, discursos recurrentes que amordazan la bienaventuranza, nos esterilizan. Estoy convencido de que si en la vida religiosa nos ponemos en sintonía de quienes hoy son llamados, éstos encontrarán su casa, su sitio y su sentido. Y la vida religiosa, gracias a una crisis, que es kairós, encontrará su futuro. Porque los jóvenes, por serlo, no son inconstantes, sino que les quema la tradición cuando se aleja de la vida.

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MATHEW VATTAMATTAN, SUPERIOR GENERAL DE LOS MISIONEROS CLARETIANOS

general_vatAcaba de ser elegido. Todavía no nos ha dicho nada. Los que dedicamos la vida a escribir, sin embargo, estamos ya llenando de palabras un momento sin duda intenso, interesante e inédito.

Se trata del décimo tercer sucesor de San Antonio María Claret. Un hombre que se gastó por hacer palpable la cercanía de Dios a todas las personas, todos los lugares y todas las culturas. Mathew es un ejemplo vivo de ello. Pertenece a una región, Asia, y un país, India, en donde el carisma claretiano caló, cuajó y dio fruto.

Tiene esa síntesis ideal que conjuga armónicamente su origen, con valores siempre sorprendentes de silencio y contemplación, con una sólida formación en Teología y psicología. Conoce la historia de nuestra congregación y vibra con el momento actual en el que el carisma se llena de actualidad, urgencia y posibilidad.

Pertenece a una Congregación universal. En ella lleva sirviendo años fundamentalmente dedicado a la formación. Las nuevas generaciones de claretianos conocen su inquietud y entrega; su confianza y esperanza.

Hace unos meses estuvo en nuestra revista. Además de expresar su cálida cercanía, le movía un interés claro que no era otro que llegase a Asia (y a los asiáticos que se forman en Europa) la reflexión que los autores y autoras vierten en nuestras páginas. Los jóvenes religiosos y religiosas, aquellos que están llamados a significar la gratuidad de Dios en todos los rincones del mundo comparten orígenes y también necesidades: conocer las fuentes, empaparse de una reflexión acrisolada en el tiempo y amar los procesos de crisis de aquellos sitios en los que la vida religiosa se va gastando o, incluso, acabando. Porque esa crisis forma parte de la pedagogía de Dios para pronunciar la palabra llena de novedad que es la nueva vida religiosa.

Los textos, las intuiciones, los artículos, las reflexiones y las personas… en su momento, se los brindamos a Mathew… estoy convencido que formará parte de su servicio de renovación y, hasta reforma, de esta vida religiosa que sirve y ama al mundo, y a la que su Congregación tiene una dedicación especial.

Mi Congregación esta feliz y serena. Es un paso más en este caminar en “fidelidad al Espíritu”. Es nuestro primer general nacido en Oriente, pero no es el primero venido de Oriente. La universalidad está en nuestro ADN y es quizá la fuerza más significativa y novedosa para este presente que se está escribiendo.  Por eso Mathew guiará, con su equipo de gobierno, los pasos de los claretianos hacia esas fronteras culturales, ideológicas y geográficas donde la Palabra o no llega o llega silenciada o confundida; donde la esperanza es pasado; o donde el poder no permite el acceso a la justicia… Creo que no me equivoco si afirmo que vienen tiempos… y ya están aquí, en los que la misión claretiana será un clamor, humilde pero incesante, recordando a nuestro entorno que el proceso de abrir fronteras y vallas no solo es posible, sino imprescindible y, además, empieza en el propio corazón.

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NUEVOS CAMINOS DE VIDA RELIGIOSA

DSC_0010De repente y en nuestras calles, Teresa… la de Jesús

Tengo la suerte de ser testigo de excepción de una nueva familia religiosa. De momento solo es una familia convocada por el Espíritu que busca su sitio. Un grupo de 29 mujeres jóvenes que solo tienen una pretensión: «todo para Dios y todo desde Dios». No hay estructura, ni órganos, ni seguridad. Hay fragilidad, historias compartidas de fe y búsqueda. Hay docilidad y normalidad. Son jóvenes que no se conforman ni temen; son expertas en gratuidad y pobreza. Tienen futuro.

Hablan con sinceridad que no empalaga. Palabras llenas de humanidad y ternura siempre referidas a quien da la vida y la vocación. No huyen del mundo, lo aman y se consagran por amor. No quieren status especial, se comprometen a ser ciudadanas de este tiempo y esta tierra para ofrecer solo su fraternidad y libertad. Han tenido y tienen problemas. Conocen la dureza de la vida, la soledad, la ambigüedad en la que se expresa el mensaje de Dios. Nunca han experimentado ni el rencor, ni la revancha, ni la desolación. Llevamos meses viviendo juntos un proceso incierto en el que ha habido palabras de verdad, otras con media verdad y otras… que no llegan a ser palabras, incluso por parte de quienes tienen el encargo de ser Palabra. Nunca las he visto mirar atrás, ni lamentarse. Nunca las he visto dudar de Quien sabe todo, guía todo y conoce todo. Hay donación y alegría bien fundamentada en el Reino.

Conozco buena parte de la vida religiosa de nuestro tiempo. He manifestado en muchas ocasiones que no es tiempo de fundar sino de reformar. Sin embargo he visto en esta nueva familia el brillo de la novedad. Una palabra todavía no pronunciada. He visto un signo del Carisma del Santo Espíritu que tiene lugar en este tiempo, esta era y este contexto. Me he convencido de que el Señor quiere algo nuevo y hay que darle cauce. Tienen solo sus manos, iniciativas, inquietudes, fe y corazón. Tienen todo lo que el Maestro quiere para hablar de consagración. Son realistas y no se dejan amedrentar por una sociedad que mide y tasa desde el poseer. Conocen el confort de la vida pero no lo anhelan. Bastan unos minutos para descubrir en cada una de ellas que en el fondo de su vida hay verdad.

Es un grupo muy diferente y plural. No sienten lo mismo, ni hablan igual. Estoy seguro que no piensan de manera exacta y uniformada. Se han puesto de acuerdo en lo fundamental. Quieren seguir a Dios y quieren responder a la cuestión crucial de toda forma de seguimiento ¿ dónde y cómo nos quiere el Santo Espíritu? Estoy sorprendido con el signo de la gratuidad y pobreza de Dios. Estoy convencido de la dificultad de abrazar un camino nuevo en la Iglesia. Estoy ilusionado con la posibilidad de presentar una nueva familia que viva más el carisma que la estructura; la gratuidad que el cálculo; la fe que la organización.

No son ingenuas, ni mucho menos niñas grandes. Son mujeres convencidas de su feminidad y maternidad espiritual. Saben hablar de las cosas de la vida con hondura y sin doble vuelta. Percibo una antropología en su sitio de gente joven que se está haciendo y que tiene que dejarse cuidar. Son conscientes de que no es fácil ser íntegramente de Dios sin que la persona no se vea afectada. Están dispuestas a compartir y discernir juntas los procesos de la vida. Hablan de su querer y sus quereres; abren el corazón para que se llene de misión y se olvide de sí; se desviven comunitariamente para que afectivamente se viva el paso de Dios desde la integración, la gratuidad y la totalidad. No tienen miedo de los votos, porque saben que éstos son un don para quien está llamado a compartirlo todo en una comunidad de vida y misión.

Me gusta especialmente de ellas que no huyen del trabajo, del esfuerzo, de la constancia y del saber estar. Pero saben que su vocación es algo más que trabajo. No son «mano de obra barata» para servir a quien no conoce el don y la significación de la vida consagrada en el corazón del Santo pueblo fiel de Dios. Son manos y corazones libres para vivir un carisma de donación de manera pobre, ágil y significativo en donde tengan que estar.  Son mujeres reformadoras sin estridencias. Hablan de justicia porque la viven; hablan de pobreza y la comparten; hablan de vida y la tienen y recrean.

La tentación de todo grupo humano donde las motivaciones son epidérmicas es significarse, que se note y se reconozca. Es este caso, quieren y necesitan tiempo para si, para formarse, para recrear lo que va susurrando el Espíritu y darle consistencia conforme al querer de su Iglesia. Apoyan la misión y el camino de mañana en el discernimiento de quienes las acompañan. No se desentienden, pero aceptan la palabra pronunciada desde Dios para ellas. No parten de ideas fijas, ni prediseñadas ni de afanes de poder, sino de una libertad fácilmente visible.

Se inspiran en Teresa de Jesús. Mujer, andariega, reformadora y actual. Providencialmente en este aniversario verá la luz su nueva familia. Esta fraternidad de Santa Teresa aprenderá a caminar por estos caminos inciertos de nuestro tiempo. Lo hará sin juzgar el presente, amándolo. Sin instalarse en lo que hay, sino ofreciendo líneas nuevas; acogiendo la realidad y transformándola. Tienen en su corazón la capacidad de crear fraternidad especialmente con quienes sienten ya el cansancio de la vida y la misión; quieren ofrecer la cercanía de Dios con la palabra y los signos evidentes de la gratuidad y pobreza para nuestro hoy; quieren ser una palabra sincera en donde están de que Dios acoge sin distinción ni distancia. Son nuevas y están solo atadas al querer del Espíritu. El Señor es muy exigente con ellas, les pide mucha oración, mucho silencio y negación de si… Pero con la misma fuerza saben que eso no se lo pide a todos, por eso tienen una capacidad especial de acoger, entender y acompañar a quienes no han sentido ese imperativo de amor.

Circula una novela en nuestros días sobre Teresa de Jesús. Es bella, sugerente y bien construida. Se titula « Y, de repente, Teresa». Estimo que al verlas, al compartir su vida y esperanzas, al comprobar cómo aman y se entregan… en medio de nuestro mundo y tanto mundo, en nuestro interior, también sentiremos que, de repente, Teresa está descolocando lo que parecía seguro, inamovible o cierto. De repente la providencia de la libertad y la entrega evangélica nos deja sin palabras porque nada es lo que parece y todo nos lleva más lejos de lo esperado.

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LA LIBERTAD DEL ESPÍRITU Y EL ESPÍRITU DE LA LIBERTAD

IMG_20150421_192830Hoy hace 166 años que nació mi congregación. Un equipo de curas urgidos «porque la gente estaba como oveja sin pastor» sintieron la necesidad de poner sus vidas, sin horario, al servicio del Reino. Hombres jóvenes, con más urgencia que experiencia; con más ardor que prudencia; con mucha más fe que cálculo. Es muy cierto que si entonces hubieran dedicado tiempo a ver las posibilidades todo se habría quedado en una intención, una intuición o un buen deseo. Sin embargo, sintieron la fuerza de empezar un proceso de vida para ellos y para otros porque se dejaron envolver o empapar por un espíritu de misión que lo primero que les pidió fue olvidarse de sí.

Se reunieron en una habitación del seminario de Vic (España). Una pequeña celda con un cuadro de la Virgen del Carmen. Un momento intenso, profundo e inmenso en la pobreza de una habitación y en el contexto de un seminario con exceso de clero. Casi todo indicaba que aquello no tendría mucho futuro. Un grupo minúsculo, innecesario y poco significativo. Los «gurús de la sociología» dirían que aquello no tendría mañana… El Espíritu, por su parte, susurró que aquello tenía futuro, porque empezaba «una gran obra».

En aquel entonces, se encontraron quienes estaban llenos de un mismo espíritu. Quienes se les quedaban pequeñas las fronteras, quienes sentían gozo en el feliz cansancio por el Reino. No hizo falta ni el consenso, ni la presión, ni la votación. El amor de una empresa misteriosa les obligó ser comunión y obedecer un signo de gratuidad que a penas entendían. Algo sintieron que no pudieron olvidar ni silenciar. Ya entonces descubrimos que la misión no es uniformidad, ni pensar igual ni, mucho menos, expresarlo con las mismas palabras. Son distintos y esa diferencia forma parte de lo que van a iniciar. Alguno de ellos siente que en el horizonte se animarán muchos más; otro busca un estilo de fraternidad que empape todo el hacer; otro tiene predilección por quienes padecen discapacidad; otro siente que la familia que empieza tiene que apoyarse en algo tan incierto y poco estable como el mar. Situarse en un agua que lleve la misión allí donde sea necesaria… Son cinco acentos de una misión que, ya entonces, tiene una impronta universal, abierta y sin fronteras.

Hoy es el aniversario de la fundación de la Congregación Claretiana. Habrá quien piense que los claretianos de hoy a penas tenemos que ver con aquella comunidad fundacional. Incluso que hemos perdido sencillez y fe. Desde dentro, puedo asegurar, que el retrato de la congregación actual es aquella escena original ante el cuadro de la Virgen. Sigue María siendo la inspiración de una familia que cambió la celda de un seminario, por los lugares más empobrecidos de los cinco continentes; siguen siendo aquellos jóvenes de la fundación los mismos «ingenuos» que aparecen en el corazón de cada claretiano, tenga la edad que tenga. Porque seguimos creyendo que es posible la fraternidad de las culturas y las personas. Sigue presente aquel espíritu universal que hoy se manifiesta con rostros de otro color, otros idiomas y estilos de misión. Sigue reconociéndose la congregación en aquella sencillez original porque no se deja impresionar por los medios y valora más el encuentro, la acogida, la escucha y el acompañamiento de la realidad que hace de la misión algo original, personalizado y atento. Sigue siendo, aquella celda de Vic nuestra congregación y, poco a poco, en este siglo XXI que busca la claridad, estamos encontrando que lo nuestro, ayer como hoy, es una comunidad en misión que, por todos los medios, quiere recordar a cada persona, especialmente a los más débiles,  que forma parte del plan de Dios.

A los que hicieron posible la congregación en el pasado, a quienes hoy comparten la fraternidad, a quienes vendrán a sumarse a esta aventura de Reino, a quienes han descubierto que lo suyo es compartir esta misión desde otras formas de seguimiento… a todos felicidades, porque entendieron y entienden que lo suyo no es quedarse en el pasado, sino caminar hacia el mañana de misión, guiados solo por la libertad del Espíritu que es quien guía.

 

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