AGILIDAD EN LAS SUCESIONES: BUCKINGHAM Y LA VIDA RELIGIOSA

DSC_1780Sucedió ayer. Occidente con la respiración contenida porque iba a hacerse público un comunicado en Buckingham Palace. Un antes y un después. Cambio generacional. Abdicación… Un sinfín de conjeturas llenaron buena parte de la mañana y las tertulias. Al final, un escueto comunicado nos decía que el duque de Edimburgo, que cumplirá 96 años, dejará la agenda pública… ¡en otoño!

Me hizo pensar en nuestras sucesiones dentro de la vida religiosa. En los relevos generacionales. Recordé las quejas frecuentes de algunos que creen no tener sitio «por culpa de algunos mayores» y también, lo mucho que nos cuesta cambiar, aunque hemos convertido la palabra cambio «en motor para saber que estamos vivos». No hay mejor modo de que las cosas sigan como están que hablar mucho de cambio, novedad o giro. Quizá lo más apropiado sea el giro porque a la vuelta, nos reencontramos con estilos del pasado a los que les ponemos etiqueta de nuevos.

También he pensado en los liderazgos de nuestro tiempo. Creo que, –es verdad que lo digo sin mucha pasión– mejores que los anteriores. Hoy no se entiende un liderazgo personal o personalísimo. Son de carácter corporativo, coral, armónico… incluso comunitario. En este sentido, las sucesiones, serán casi clamores. Logros de un sentir comunitario lleno de emoción. Llegaremos, por fin al cambio, porque vamos a ponernos de acuerdo en el maravilloso hallazgo de la emoción que a todos y todas nos envuelve y comprende. Dejarán de sucederse las decisiones parciales, circunstanciales y llenas de prejuicios. Dejará de gobernarse pensando en unos pocos para que puedan seguir viviendo «consagración entre algodones», luzcan los esfuerzos, por mínimos que sean, y haya un cuerpo congregacional que, silenciosa e incomunicadamente, saque adelante la «producción» de la congregación. Sí, por paradójico que parezca, la crisis de una familia religiosa y de su gobierno no se mide tanto por los funerales propios, lo elevada que sea su media de edad o el reducido número de personas en activo que la componga. La crisis está en la capacidad para generar silencio interno. Las sumas de «no merece la pena decir nada» que se van acumulando en un «debe» de muerte. El número de personas –con vocación de «nosotros»– que, sin embargo, sostienen su identidad en una independencia absoluta respecto a la que dice ser «su familia». Andrés, que ha vivido la ruptura de su matrimonio hace unos meses, me decía –cuando todavía estaba con su mujer– que no hay nada más duro que hablar del amor que tienes a la persona con la que vives, cuando ya no es amor, ni recuerdo del mismo. Me pregunto si algunos y algunas tendrán recuerdos de amor en su congregación. ¿Habrán experimentado sentirse queridos? ¿Se conformarán «celebrando» con que, al menos, algunos y algunas se quieran? ¿Habrán aceptado que el paso por la vida consagrada es soledad?

Y es que toda esta deriva sobre el liderazgo, a partir de la «agilidad en las sucesiones de Buckingham y en la vida religiosa» me ha hecho pensar en la tarea fundamental entre nosotros: Recuperar a las personas, a todas las personas. El liderazgo de la vida consagrada, que sea ágil, ­–tenga la edad que tenga–, es el que se inspira en el Padre que, día y noche, sueña y planea la vuelta del hijo que decidió apartarse, por eso, al amanecer, sale a la puerta y abre los brazos. No ve al hijo, pero tiene la esperanza de que el hijo lo vea y decida volver y así celebrar la fiesta verdadera de la comunidad.

He releído estos días un artículo de Joan Subirats de hace unos años, me parece muy sugerente algo que entresaqué del mismo sobre el liderazgo: «En junio del 2013, en plena revolución ciudadana en las calles de Sao Paulo, la prensa se acercó a una chica que parecía que dominaba el cotarro y tras entrevistarla sobre los motivos de la indignación que colapsó la ciudad, le preguntaron su nombre. Ella, orgullosamente, dijo: “apunten, mi nombre es Nadie”[1]». Y ciertamente, es un signo de este tiempo. El liderazgo del cambio necesita esa fuerza anónima del «nadie» porque hemos tenido demasiadas propuestas de «salvación» que han engordado a sus protagonistas debilitando la comunidad. Lo importante es que esté asumido y claro que nuestro nombre es nadie, aunque como bien apunta Subirats: «Podemos seguir reivindicando que somos Nadie, pero siempre que tengamos claro quiénes somos Nosotros[2]» y ahí sí que tenemos problema. Porque no está cuestionado el liderazgo, está cuestionada en sí la comunidad.



[1] Subirats, J. Nuevos y viejos liderazgos en El País (05.10.2014).

[2] Subirats, J. Nuevos y viejos liderazgos en El País (05.10.2014).

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LA VIDA CONSAGRADA DESAPARECE. POSVERDAD O MENTIRA

smartphone-1987212_1920Hay días  que te parecen los últimos. Hay noticias que te ponen en la antesala de un final que sucederá, sí o sí. Seguramente forma parte de la tan traída y llevada posverdad que a fuerza de su aparición en nuestras vidas se ha convertido en «tertuliana» de todas las reuniones. La posverdad puede hacer «verdad» cualquier mentira. Basta que emocionalmente cautive y el personal no esté dispuesto a contrastar. Por la red circulan infinidad de posverdades, tantas como autores. Lo mismo cabría decir de titulares de prensa, o máximas que encumbraron o derrotaron candidatos… Es un tiempo de posverdades por doquier.

Que la vida consagrada está viviendo una crisis de adecuación a este momento de la historia es verdad, pero que la vida consagrada esté abocada a su desaparición es una posverdad. A no pocos «defensores» de la Iglesia les encanta sumarse al carro de las posverdades. Llevan muchos años diciendo que la vida consagrada se acaba. Están un poco tensos porque se acaba su voz y la vida consagrada siguen en su itinerario hacia un porvenir de Dios. Son, gracias a Dios, «agoreros de calamidades» sin efecto ni suerte.

Hace poco me decía alguien, ciertamente entendido en estas artes, que la vida consagrada en occidente se acaba porque no hay novicios. Lo dijo con tal rotundidad que no gasté energía en contrastar que no era del todo cierto. Sobre todo, porque yo estoy dando clase a novicios y hay, existen, son y tienen derecho a que se sepa de su existencia. Seguramente mi interlocutor quería decir que los novicios que hay no serán suficientes para sostener, tal cual, la realidad de la vida consagrada que hoy conocemos. Eso es verdad. Que no haya, es una posverdad mayúscula.

Forma parte de la vida consagrada la debilidad, eso es verdad. No forma parte de su ADN la muerte o la desaparición. Eso es posverdad, ingenuidad u otra intención.

En un tiempo en el que el papa Francisco está impulsando una reconstrucción de la pertenencia eclesial desde la pluralidad y la complementariedad tenemos que ser muy limpios en las búsquedas de la verdad, permitiendo que nos diga cada quien quién es y que busca, no sea que digamos nosotros a cada uno quién es, qué debe hacer, convirtiendo las vidas y las relaciones en una suerte de posverdad en donde nada acabe de ser falso, pero nada llegue, tampoco, a ser del todo verdadero. La vida consagrada vive muchas situaciones parecidas. Ha conocido esperanzas y también sobresaltos en todas las congregaciones y órdenes. Creer que todas son lo mismo, sirven las mismas soluciones o, vista una vistas todas, amén de simple, es falso. Es una gran «posverdad» permitida o jaleada, pero irreal, ingenua e injusta. Porque la vida, donde se inserta la consagración, es y necesita ser plural, original, nueva y sorprendente. Es el lugar de Dios, que sí que es la verdad. Por eso, es verdad que desaparecerán algunas formas de vida consagrada, pero nunca desaparecerá la vida consagrada que es el modo más original, directo y claro que tiene Dios para manifestar su gratuidad en cada generación y cultura.

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LA VERDAD NO ESTÁ EN LOS TITULARES

UnknownHace unos días viví un encuentro especial. Un par de religiosos, él y ella, pasaron por la Revista por diferentes causas. En la conversación con cada uno de ellos pude oír esperanzas, retos e inquietudes. En los dos, descubrí vidas a pie de calle, comprometidos con la esperanza y la misericordia. Vidas ocultas que devuelven el recuerdo de que lo nuestro «es otra cosa».

Paramos el tiempo. Pudimos hablar y escucharnos. Los dos son personas formadas e informadas. Se sonreían abiertamente de los titulares de nuestros digitales empleados a fondo en «dar sensacionalismo a lo eclesial». También —me decían— algunos semanarios de la prensa escrita están derivando hacia esa ladera de manera poco disimulada.

Lo que más me llamó la atención de sus vidas es que viven en la misión y no en la crítica. No son ingenuos pero, a la vez, desprenden esa ingenuidad evangélica que atrae. Los dos están ocupados y, sin embargo, tienen tiempo para disfrutar y hablar de Dios.

Vinieron a buscar artículos de formación. Preocupados por entender la inmediatez del presente, saben que no se consigue sino con tiempo de reflexión, escucha y estudio. Mientras buscábamos lo que necesitaban fue cuando espontáneamente brotó la complicidad y comencé a escuchar.

«La vida religiosa necesita más debilidad para tomar decisiones más veraces». «Hemos confundido la misión, lo nuestro es estar entre la gente y no «representando» a la gente». «Una cosa es el olor a oveja de la sencillez y otra, muy diferente, convertir el titular en espectáculo». «Hay una distancia enorme entre la propuesta del Papa sobre la misericordia y los realitys que con la palabra hacemos». «Las imágenes de los misioneros de la misericordia en Roma con cámaras, fotos y mas fotos desacreditan un ministerio de transparencia de Dios». «La vida religiosa no necesita declaraciones institucionales, sino encarnación en la normalidad, que es lo que más nos cuesta». «El sensacionalismo es una manifestación de la fragmentación humana: consumir titulares para seguir viviendo igual». «La intercongregacionalidad real nace de la misión, no de las asambleas o congresos».

No lo he anotado todo, pero sí lo que más me impactó. Me dejaron una paz que seguramente no he sido capaz de poner en palabras. Ella en dos días viajaba a su sitio de misión, la frontera, la de verdad. Me pidió que no dijera cuál. Él a su tarea diaria en la cárcel. Según salían, ella se vuelve y sonriente me dice: «por cierto, nada tan grande como vivir en fe. Es la única seguridad que a mis 40 años tengo». Me quedo un poco desconcertado y al preguntarle me dice que hace poco, leyó en un semanario eclesial en una sección sobre la fe, una entrevista a una periodista famosa, que el titular era: «Me da pudor decir si soy mujer de fe». Nos reímos una vez más y concluimos que en los titulares no está la verdad. Es ese tono amarillo que también se cuela, de vez en cuando, en la información a la comunidad cristiana.

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LA VIDA CONSAGRADA ES CIRCULAR

portada--Mayo-16 No se crean que lo que parece fácil, lo es en verdad. Nada tan recurrente en escritos y palabras como la sencillez, y sinceridad para resultar, a la postre, rasgos bien escurridizos y, en ocasiones, ausentes.

Cuando hablamos de circularidad no estamos solo refiriéndonos a cierta disposición geométrica, que también. Estamos hablando de un estilo de vida en el cual, el centro está claro y la disposición de iguales también.

Está fuera de discusión –teórica, es cierto– que el centro es evidente. Es Jesús y solo él quien convoca, reúne y envía. Es su mirada quien nos convierte milagrosamente en hermanos, aúna voluntades y da rienda suelta a la anhelada sinergia. Es él y esa mirada de misericordia la que permite que la comunidad se levante, empiece de nuevo y se pregunte, cada día, cómo puede acrecentar una respuesta fiel ante un amor que verdaderamente siente.

Solo Cristo el Señor puede sanar un mal de nuestro tiempo que es la ideología convertida en trinchera. Solo él puede reconducir la vida en comunión cuando está distorsionada y sin poesía; con propiedad privada y, por tanto, es temida y reducida a pura funcionalidad.

Situarnos en torno al centro ya no es un discurso tan sencillo. No sabe uno si se trata de «duendes traviesos» los que no permiten que las buenas formulaciones de los textos empapen y guíen la vida, pero hay constatación de que por ahí andan. «Haberlos haylos».

Conforme pasan los días vamos constatando que las dificultades, como las soluciones, las aportamos cada uno. Los problemas para una auténtica circularidad comunitaria –local, provincial o general– existen y, desgraciadamente, no se solucionan con buenos deseos, asambleas o encuentros. Es una cuestión más profunda que tiene que ver con la identidad de las personas y de las estructuras.

De fondo, como en tantas otras cuestiones está el afecto, recibido y donado, integrado y herido que condiciona, para bien y para mal, la espiritualidad, la comunión y la misión. Algunas actitudes –«auténticos duendes»– nos invitan a apropiarnos de cargos, dineros, lugares o estilos; a medir la pertenencia por el afecto a «los míos» y el vacío a los otros; a mirar con hipermetropía y así confundir vida con estabilidad; misión con trabajo y rectitud con ideología.

Ya sé que más que duendes, son «malos espíritus». Prefiero una denominación más amable, para así lograr que se dejen amar, se encuentren –y se encuentren bien– en la circularidad de la comunión de todos más iguales, no tan diferentes.

De momento, seguimos a la espera, mirando la luz del resucitado que está en el centro. Hay que permitir que esa luz baje y llegue a todos y a todas las zonas oscuras, para que luzca la comunidad. Ésta no se logra ni con la suma de datos, ni con la recogida de pensamiento u opinión, sino con la adhesión afectiva. Una vez más, amor dado y recibido. Es muy cierto que dependiendo de cómo nos demos, así es la experiencia personal de integración. Pero no es menos cierto que las instituciones tienen que preguntarse, en sus líderes, qué amor están dando, con qué calidad y con qué pluralidad.

El religioso y la religiosa de nuestro tiempo, si no experimenta estar enamorado o enamorada, si no recibe amor en lo concreto, en su día a día y en sus luchas, no se le puede pedir emoción en lo que vive. Todo lo más, se puede lograr que funcione… y  ya es mucho. Pero muchos funcionando no construyen comunión. Como mucho una empresa. Y nadie normal se enamora de un ciclo de producción.

Cuando lo convertimos todo en trabajo, desaparece la circularidad, la igualdad y la comunión, suele manifestarse la soledad de «solteros y solteras» que ya no saben amar, aunque hablen de amor. Y eso es peor.

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HÉROES Y BANDOLEROS

HÉROESAndo, en este tiempo, en el remate de una tesis cuyo argumento fundamental es que la vida consagrada está avocada a una segunda reestructuración, eso sí, apoyada en el Espíritu. Además me atrevo a aventurar que la «solución de lo nuestro» no viene de «macro proyectos», sino de una reubicación de la comunidad local. El descubrimiento no es grande, es verdad, pero para mi definitivo y sin atenuantes.

Ya hace mucho que sabemos que no solemos tener problema con los postulados mayores. Nuestras declaraciones en pro de la solidaridad y humanidad; palabras como «apertura» y «pluralidad» circulan cómodas por los documentos, pero cojean a la hora de determinar la honestidad, generosidad y verdad como estilo de ser. Somos hijos de esta era y parece que no nos cuesta tanto asumir la declaración de los derechos humanos, como repartir una sonrisa concreta y sensible con el que vive a nuestro lado. No se si en algún momento de la historia bastaba con la constatación; en éste, ciertamente no y, de ahí, que desde este observador privilegiado que es nuestra Revista, no pueda quedarse uno tranquilo en la serena conclusión de que las cosas son así y así seguirán.

No es tan sencillo describir y proponer conclusiones que además den vida. Las cosas no son blancas o negras; buenas o malas. Los estilos son en sí ambiguos y cargados de matices. Tantos como personas o historias en las personas. Lejos de un relativismo, nos acercamos, más bien, a un perspectivismo con su posibilidad y dificultad. Y es que dependiendo de dónde te sitúes el horizonte se presenta abierto o despejado; o bien nublado y denso. Hay vidas tan cargadas y con conflictos internos tan intensos y tan explícitos que no es que se empeñen en ver la dificultad, es que solo experimentan dolor.

Entre mis descubrimientos más queridos, en largas horas de estudio y escucha de la vida religiosa, está aquello que lleva siglos descubierto: casi nada es lo que parece. Y cuando parece, no siempre es. Y asombrado o asombrada te dirás, ¡menudo descubrimiento! No te falta razón. Pero permitirás que en mi ingenuidad me entretenga en algo que seguro tu, ya tienes muy solucionado.

El problema de la vida religiosa no reside en los criterios o ideas guía, sino en la encarnación de los mismos en este presente. La forma de organizarnos puede adquirir tantos estilos como el marketing consiga importar. El fondo, o contiene donación total, interdependencia total, libertad en la misión y fe, o sencillamente no es. Tenemos la sospecha de que cierto malestar en la vida religiosa de nuestro tiempo no procede tanto de lo difíciles que son los patrones vitales que nos imponemos o la rigidez de nuestras estructuras, cuanto de la insatisfacción de la propia vida cuando no está sirviendo a una causa grande, profética y libre. Cuando la persona sabe que lo que vive es tibio, no es malo pero, en absoluto, resonante.

He descubierto que me duele la vida religiosa. Me duele porque es mi vida. Pero también he podido comprobar que no es unívoca esta experiencia. Suelo provocar a un hermano hablándole de su «piel de paquidermo» para describir que, casi nada, lo inquieta o conmueve. Supongo que la procesión va por dentro. Pero también he constatado en la tesis —solo hace falta la tesis de la vida para ello— que con los supuestos no se argumenta la comunidad y si lo hace, nace algo equívoco y vacío. Por eso me he preguntado a lo largo de muchas páginas qué mueve y conmueve a la vida religiosa de nuestro tiempo; qué fuerza tienen las palabras; qué significa vitalmente, en cada uno y en cada una, los procesos de reforma, renovación, reestructuración o revitalización… que, sin ser lo mismo, en esta suerte de control gnoseológico del lenguaje, los hemos unificado y hasta domesticado. Me he preguntado por qué algunas cuestiones muy coyunturales, que hemos decidido nosotros y no Dios, mueven tantas pasiones… Léase provincias, gobiernos, decisiones, documentos programáticos, «dafos» o cargos… y he llegado a la misma conclusión que antes les anunciaba. No tenemos problema en las grandes cuestiones, pero sí en las más pequeñas.

Si alguien repara excesivamente en lo pequeño y concreto es meticuloso; si no repara es disperso y bohemio; si alguien vive al detalle es detallista y si lo lleva al extremo es escrupuloso; si alguien se fija únicamente en los grandes ideales sin saber poner una lavadora es un idealista y convierte la vida de comunión, con su infinidad de minutos prácticos, en un dolor… La dificultad no la encontramos a la hora de la definición, pero sí a la hora de la integración. Cabe incluso la tentación de querer enmendar la plana al mismo Dios porque pudiendo llamar a personas bien complementarias y completas, ha llamado a incompletos que viven el conflicto cada vez que sueñan la complementariedad.

Sufre el que sostiene unos horarios y unas prácticas comunitarias porque es consciente de que el engranaje puede acabar con el misterio y la belleza de la comunión. Sufre además cuando hay hermanos y hermanas que con su vivir están diciendo que esas prácticas no son para ellos. Sufren aquellos que participan a medias o no participan porque, aunque no les dice nada lo que dejan, sienten que están a otro ritmo, otro gas y otro amor. Es preocupante la distancia que experimentamos por ejemplo entre el amor descrito como contenido de la vida religiosa y el amor vivido como protagonista de la misma.

Se han relajado y disminuido los círculos de compartir la experiencia de fe, los echamos de menos, pero cuando se nos proponen no los vemos para nosotros porque los consideramos artificiales, poco concretos y sin vida.

Resulta muy doloroso y hasta hiriente cuando percibimos la acepción de personas, porque no nos vemos tratados con el mismo cariño, confianza o respeto que otros se tratan. No nos duele, cuando somos nosotros quienes creamos praderas cómodas para los nuestros y montañas de sospecha para los otros.

Nos resulta dolorosa la fragmentación y hasta el enfrentamiento. En momentos de consciencia sabemos que es lo que dificulta la misión y la vocación. No sabemos solucionar un círculo vicioso para el que preferimos sea el tiempo quien lo solucione. Eso sí, íntimamente, sabemos que no se va a solucionar.

La infinidad de constataciones de dificultad sobre nuestros estilos de vida superpuestos, nos hace caer en la cuenta que el problema no está en el guión sino en los matices que cada uno introducimos al interpretarlo. Nos consolamos diciendo que somos así; es nuestra época y hay que aceptarlo.

En esas ideas de luz que la tesis me va ofreciendo, veo palpable que nos sobra ropaje. Muchas palabras y bien articuladas que den la impresión de que todo es acogido y, por tanto redimido, no consiguen, sin embargo, implicarnos a todos. Son tiempos de exhaustividad en los que sabemos decirnos todo, de maneras diversas, para que nadie se sienta dolido y todos se vean reflejados. Todavía tenemos corazón provinciano y cuando vemos nuestro nombre escrito, nuestra obra señalada o nuestro «logro», por mínimo que sea, subrayado, se nos pone el corazón contento, olvidando otros vacíos. Sin embargo es una alegría efímera que no llena ningún vacío interior. Hay una segunda cuestión que es la de la información. Cuanto más densa y fiel sea. Cuanto más se prodigue y se multiplique, tenemos también la vana sensación de que la integración se logra. Sin embargo, no solo no es así, sino que conduce a una soledad mayor. Siempre ha habido personas que no se conforman con leer el periódico, lo estudian… y desgraciadamente, no abren un milímetro la capacidad para comprender o ver de otra manera, sino desde la que traían antes de ojearon el titular de la primera página.

Exhaustividad e información por ser amplias y plurales, no mueven adhesión alguna. La clave está en la emoción. La vida religiosa necesita emoción que brota de la vida compartida, el proceso recreado y la fe explícita. Esa emoción será la que haga nacer para este tiempo la vida religiosa que el Espíritu necesita. No son muchos los que han percibido la llamada, pero son varios. Tienen edades diferentes. Conocen la vorágine de la acción denominada misión, siguen creyendo en las personas a pesar de desconciertos y decepciones. Son aquellos y aquellas que cada mañana le dicen a un Jesús, que sigue a la espera: «seguro que hoy es un día diferente». Son los que todavía creen en la oración como fuente de vida y en la vida como fuente de oración. Se emocionan y cantan, escuchan con atención. Tienen tiempo para todo y para todos, no viven a lomos del estrés en una carrera sin destino. Son gente con visión porque no se quedan en los nudos de la cuerda, sino donde ésta puede llegar para atraer a más… Hay religiosos y religiosas que viven intensamente este tiempo y lo leen como tiempo de oportunidad y salvación. Siguen desgranando salmos, pero gozan cuando hay intervenciones en primera persona, cuando abren el corazón y oyen que hermanas y hermanos también lo hacen. Creen en la comunidad, por supuesto, pero no se fijan en la organización sino en la persona. Saben que horarios y ritmos son bien efímeros y solo sirven para que la persona madure y busque su tiempo para la vida: Dios, los demás y uno mismo. Viven apasionados por la misión. Se emocionan cuando oyen, presencian y colaboran con decisiones, que naciendo de la fe, cambian la vida de quien llora, padece o está solo. Han descubierto que la seguridad de la misión no está en plataformas y redes, en coordinadoras o secretariados, sino en un Dios que se mueve en el desconcierto, la incertidumbre, la fragilidad y la libertad.

Viven en las estructuras actuales de sus congregaciones y órdenes. Son responsables y sacan adelante el servicio encomendado, pero su sueño es otro. No tiene ni cadenas, ni ritmos, ni historia, ni inercias que les obligue a seguir haciendo así, lo que lleva años haciéndose. Saben bien que lo que se les ha ofrecido es un papel en blanco para escribir amor y gratuidad con rasgos que la gente de este tiempo entienda.

Son los que, poco a poco, van entendiendo los dones carismáticos de la vida religiosa como aquellos que te impulsan a la presencia no formal ni funcionarial; a la palabra profética alternativa y hasta subversiva. Son consciente de ser dones — es su única protección— con presencia en la presencia en la calle, en la interacción con la vida de tantos contemporáneos que no leerán otra palabra de Dios, que las vidas de hombres y mujeres urgidos por un reino —signo preclaro de la utopía — que tensiona, constantemente este, nuestro mundo-mercado.

Son hombres y mujeres de lo pequeño. De los minutos cuidados y las conversaciones desde lo profundo y para lo profundo de la vida. Son adultos —casi niños— que siguen creyendo que lo bueno no se compra y creen en un mundo que no se mueve por el dinero o la fama. Son así el modo práctico que usa Dios para decirle a esta sociedad que se puede ser feliz sin tener… ¡Toda una osadía!

Estos hombres y mujeres, religiosos, son, ante todo personas. Abiertas al amor, capaces de amar. Los sufrimientos que comporta la vida no están centrados en sí mismos, sino en la impotencia cuando otros, que quieren, lo pasan mal. Saben que hablar de castidad es pronunciar palabras mayores que superan a la persona. Cada día, como niños, aunque bien mayores, le dicen a Jesús que quieren seguir aprendiendo a amar de verdad, —no en texto—, para tener bien lleno el corazón, porque sino no hay consagración. Son de los que saben que la raíz de esta forma de seguimiento —creo que de todas— es el enamoramiento. De otra manera hay cumplidores, organizados y organizadas, adultos jueces… pero muy poca vida y menos vida para dar. Y la vida religiosa no encuentra mejor definición que vida para regalar, en abundancia y en nombre de Dios. Aquellos que esclavizan su propia alegría ahorrándola, deben saber que se pierden la mejor parte de esto nuestro. Una vida regalada es una vida feliz y auténticamente virgen, porque entregada totalmente, no piensa en sí.

Hace algunos años, un buen profesor, utilizaba con sus alumnos, entre los que me encontraba, el término «bandolero» como adjetivo. Lo decía cada vez que veía que no estábamos donde teníamos que estar, o utilizábamos mal el idioma o nos saltábamos el trabajo que se nos había encomendado. Nos hacía tanta gracia que, entre nosotros, también, de vez en cuando, nos llamábamos bandoleros. Quizá se sumaba que en aquel tiempo las pocas series que un adolescente podía ver en la pobre televisión del momento, tenía especial fuerza una sobre bandoleros.

Lo cierto es que esto nuestro tiene mucho de héroes y de bandoleros. Con el debido respeto a cada vida hay mucho de héroe y, me temo, alguna aventura de bandolero. Y casi hasta me alegro. Me ha ayudado mucho a ayudarme y ayudar; a comprenderme y a comprender… y, sobre todo, a creer en el milagro de Dios porque su encarnación en la vida religiosa y en cada persona es tan real como la vida misma. Como me decía un religioso mayor, la presencia de Dios «es tan real como este dolor de huesos…».

Sí, también forma parte de mi descubrimiento académico que hay algo de bandolero y bandolera en aquel y aquella que jaleamos la misericordia como ley de vida. A veces estamos tentados de apropiarnos aquello que solo necesita nuestro aliento. O queremos hacer una justicia que se acomode a nuestro corazón más que al corazón de Dios… A veces, con nuestra buena intención, asaltamos, desconfiamos o ignoramos a quien nos parece no comparte lo mismo que nosotros. A veces, incluso, reducimos la pertenencia a la vida religiosa a caminar en la noche y en manada, para dar miedo y quitarnos el miedo. Reduciendo así nuestra vida religiosa a unos pocos, escogidos y compañeros de fechorías en la clandestinidad, donde circula poco aire porque respiran solo los mismos. A veces, hemos podido ser un poco bandoleros.

Hay, sin embargo, una parte del bandolero que le recuerda que es héroe. Reparte, piensa en los pobres, le duele la injusticia… A veces, aquellos bandoleros de la serie de televisión sólo necesitaban, andar en la luz, asearse y cantar el magníficat… porque sus gestas eran heroicas, aunque clandestinas y un pelín pasadas en la justicia «tomada por su mano».

Por eso he titulado este artículo así. En cada vida hay heroísmo… mucho. Y también alguna gesta de bandolero que hay que saber mirar con amor. Y además, —prometo que es el último descubrimiento— me atrevo a sospechar, porque he podido comprobarlo, que hay muchos religiosos, ellos y ellas, que dejan las actividades furtivas, cuando encuentran espacio de amor en sus congregaciones. Es el momento de aprovechar lo mejor de cada uno, de suprimir los cánones de uniformidad, de acoger, respetar y dar juego. No puede la Iglesia, ni cada congregación, seguir en un discurso comprensivo de un nosotros, si en verdad, no se comprende a cada uno.

Los que nos dedicamos a escribir y proponer, caemos, con frecuencia, en un voluntarismo integrador que es estéril. En el fondo, hablamos de «nosotros» o «de todos», pero tiene un trasfondo de singularidad porque queremos seguir los mismos en lo mismo. Ha tomado cuerpo en nuestra era que para saber qué piensa cada uno, no queda otro camino sino el acercamiento a cada uno, y esto no es fácil.

Más que preguntarnos dónde o de qué manera, la urgencia de este tiempo es sanar, serenar y emocionar a quienes tienen que significar la redención de todos. Es doloroso, pero la vida religiosa no se ha hecho heridas en las duras veredas de la calle, ni en las sombras de la noche solamente, las más dolorosas y sangrantes, se las ha hecho en sus casas, en lo que venimos llamando vida comunitaria. Y eso hay que solucionarlo porque algo que hiere no es vida y, mucho menos, anuncio de comunión.

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FACEBOOK HABLA DE AMIGOS Y LA TV DE MONJAS

relaciones 1En las redes me encuentro que una persona, con más de tres mil amigos virtuales, no tiene quien lo entierre. Además, una religiosa joven, a quien conozco poco, pero admiro más, me habla de su indignación por el trato reality en TV, de algo tan sagrado y poco televisivo como la vocación a la vida religiosa.
Y sin querer, —queriendo—, las dos noticias se asociaron y me crearon malestar. Me hice, de momento, preguntas. Muchas y de difícil resolución.
¿Será todo tan superficial? ¿Estaremos las personas de este tiempo saciadas de profundidad? Prometo que no son argumentos, para ahora esbozar un intento de respuesta. Sencillamente no la tengo.
Aparece muerto con más de 3500 amigos en el Facebook… Nadie se hace cargo y el juzgado pide al ayuntamiento de su localidad que se le de sepultura. Es un titular desconcertante. Nos habla de la soledad de nuestro tiempo. De las vidas superpuestas que no se encuentran. De la verdad de nuestros «me gusta» o no me gusta. De nuestras peticiones de amistad y aceptación de la misma. De un mundo de redes o enredado que valora lo que se cuenta, que vive de la imagen. Nos habla de soledades aparentemente habitadas, de relaciones epidérmicas e, incluso, de vacío o vaciedad de las relaciones duraderas. Personas arrojadas a la vida, convivencias superficiales y funcionales. Nos habla de desconcierto, soledad y enfermedad social. Alguien, en nuestros días, en el seno de una ciudad, bien conectado, con más de «tres mil amigos» en las redes, muere solo sin que nadie se haga eco de su ausencia, ni cargo de su entierro.
La otra noticia, la del reality sobre la vocación religiosa femenina, no es menos desconcertante. Algunos deberían recordar que con determinadas cuestiones ni todo vale, ni es lo mismo. El contraste de una llamada al servicio del reino no encuentra sitio en los guiones de TV, ni en sus cámaras, ni en los diálogos ficticios ni, por supuesto, en jalear términos que ya no son de la vida religiosa del siglo XXI. Estoy seguro que la intención no es mala, pero si ingenua. Convertir la vocación en espectáculo es un dislate y una osadía de ésta, ya decadente, posmodernidad.
Las dos noticias tienen algo en común. No todo es vida, aunque se le parezca. La vida es otra cosa. Mucho más que lo que contamos y más intensa de lo que se ve. Ambas noticias pertenecen a esta sociedad del espectáculo y del cansancio, a la necesidad de salir o creer que algo existe porque se cuenta. Ambas producen tristeza porque se puede estar absolutamente solo, aunque 3500 personas reparen en tu perfil, o porque conviertas tu seguimiento de Cristo en una fuerza irrefrenable que te obliga a dejar el móvil o apagar el cigarrillo. Parece que vivir con profundidad exige un guión distinto a la web, la pasarela o el show mediático.

 

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LA VIGA MAESTRA

portada--FebreroHay edificaciones que soportan siglos siendo a lo largo de la historia albergue, cobijo o resguardo de todos los que, bajo ellas, han estado. Hoy son para nosotros testimonio, no solo de otro tiempo, sino de algo bien hecho, bien construido, estable y sólido. En esos edificios hay una viga maestra. Un punto de encuentro y distribución. Un equilibrio perfecto de fuerzas que, por serlo, también es garantía de solidez.

El Papa Francisco, cuando anunció el Año de la Misericordia, nos dejó dos expresiones elocuentes. La primera es, «La misericordia es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia»; y la segunda, «Nunca se canse de ofrecer misericordia y sea siempre paciente en el confortar y perdonar». Una viga que debe estar siempre y permanecer para siempre.

Algunos religiosos han expresado cierto cansancio ante la sucesión de «años dedicados a…». Algo parecido a las campañas comerciales cuando se solapan y comienza una antes de concluir la anterior. Pudiera ocurrir que los medios favorezcamos cierto «consumo», aunque sea de valores. Lo cierto es, sin embargo, que el año de la vida consagrada con el año de la misericordia, no solo se encuentran en el tiempo, sino que se necesitan en la vida. No existe vida consagrada si no es una vida dedicada pacientemente a la misericordia. Y ahí es donde no solo podemos continuar en un punto de reflexión interesante, sino que descubriremos que, cual viga maestra, la misericordia puede ser el quicio sobre el cual se vertebre la necesaria reforma de nuestra forma de seguimiento.

Los procesos de renovación de estructuras y de afirmación en el tiempo y en los contextos, han sido especialmente duros para los religiosos. Agilizar las cosas, darles sentido y ofrecer plataformas apostólicas que respondan a las necesidades reales de los contemporáneos no está siendo empresa sencilla. Si a ello unimos la disminución de fuerzas, el envejecimiento de las comunidades y los procesos inacabados, como la misión compartida, nos encontramos con una realidad compleja que siempre tiene la sensación de padecer crisis. En esta imperiosa necesidad de orientar, guiar, acomodar y fortalecer la realidad de las estructuras de vida religiosa, hay una cuestión de importancia singular: el cuidado de las personas. Descubrimos que los religiosos, en general, tenemos mejor formulada la misericordia, como propuesta para otros, que como estilo habitual entre nosotros. Algunas decisiones sirviendo a la eficacia, han perdido la lucidez de la misericordia. Y las consecuencias no son nada buenas. Aquello de «la alegría donde están los religiosos», se transforma, no pocas veces, en una suerte de vidas estables y estabilizadas en una tristeza y lamento sostenidos. Y ahondando un poco más, podemos incluso ver que la misericordia está perdida.

Hay personas heridas en la vida religiosa. Personas que han perdido la confianza, porque no sienten que en   ellos o ellas se confíe. Personas que un día descubrieron que Dios había tenido con ellas misericordia, pero el paso del tiempo y el «arte» de quienes tenían que tener misericordia en sus comunidades y congregaciones se la ha ido negando. Pudiera haber un buen número de personas sedientas de   misericordia que sin saciarse de ella en la comunidad, están imposibilitados para testimoniarla. Y este es el mayor reto de misión de nuestro tiempo. La viga maestra que sostiene el hoy de una vida religiosa que llame, convoque y transforme. No basta con estar o aguantar. Lo nuestro exige estar bien, celebrar bien y gozar bien. No es consumo, ni exceso. A la vida consagrada, le conviene «muy mucho» poner en práctica muchos años de  misericordia, en la propia casa.

 

 

 

 

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FELIZ NAVIDAD

gonzalo-2.jpgEN LA NOCHE MÁS CLARA…

Hay un valor indudable de esta noche, la de la tensa y feliz espera, y es que todos hablamos, soñamos o escribimos con un tema común: el amor verdadero. Además vislumbramos, aunque sea por unos instantes que lo bueno y verdadero no se compra. Que no hay nada como un abrazo, una caricia o un perdón. Que recibe más el que regala y comparte. Que no merecen la pena las batallas por tener o ser el primero o figurar o recibir halagos. Sueño en este día que todos, aunque sean instantes, tenemos ganas de ser buenos, inocentes, limpios y niños, como el que nace en Belén.

Sí, ya sé que mientras yo escribo estas palabras y tú las lees, sigue habiendo terror y opresión; sigue habiendo ricos muy ricos y pobres muy pobres; sé que hay muchas noches que nunca serán buenas ni en ellas se ven estrellas de esperanza. Sé que el mundo donde nace Jesús, hoy como ayer, algunos y algunas no se enteran de la noticia y, por eso, no saben que lo hay que hacer es adorar, callar, esperar y gozar.

Hoy necesitamos creer que quien no ha conseguido entender que Navidad es cambiar hacia lo bueno no lo hace por el mal, sino porque todavía ignora el bien. Porque, a veces, los ojos, aunque parezcan abiertos, están bien cerrados ocupados en consumos y viejos rencores. A veces, aunque sea Navidad, sigue el corazón con poca fiesta, porque no se ha parado uno a adorar y dejarse contemplar, desde el amor limpio, por quien nace para amar.

En esta noche, la más clara, el recuerdo y la felicitación para quienes se empeñan en multiplicar los signos de esperanza y misericordia. Quienes se animan a empezar de nuevo, porque es Navidad. Quienes descubren que el sentido de su vida no es otro que dar luz para que brillen los otros, quienes se vacían de sí mismos para que el amor llegue limpio y a todos. Quienes han encontrado el sentido de su vida sirviendo para que todos lleguen al Portal de Belén, el único sitio donde no hay excluidos. Se me ocurre que esta noche, la más clara, como todas las noches, hay en las calles, los hospitales, las parroquias, los barrios y comunidades, religiosos y religiosas que renuevan su fe en un Misterio de amor. Pequeño y frágil. Pero amor. Por él han entregado su vida y lo siguen haciendo. Con él siguen superando la tentación de cosechar popularidad, porque saben que su sitio es el anonimato de una cueva de pastores. Con él, tras esta noche, la de la tensa espera, seguirán irradiando esperanza porque la promesa, que se muestra eterna a los ojos humanos, es un «visto y no visto» en el corazón del Padre-Dios que regala a su hijo.

A tantos religiosos, anónimos y vigilantes del reino; a tantos que se empeñan en convertir el mundo en fraternidad, felicidades! Por saber esperar, por confiar en el signo, por seguir gozando y sufriendo con la letra sencilla de un villancico, la mirada cansada y serena de un anciano, las lágrimas de quien se siente impotente o humillado. Gracias y felicidades porque la vida religiosa es un don feliz para quien la encarna y para un mundo, que aunque no de las gracias, intuye, por ella, que esta noche es la más clara.

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DESPERTAR O SEGUIR DURMIENDO, ESA ES LA CUESTIÓN

amaneerTal vez nos suceda algo parecido a Psique que permanece en un sueño profundo del que no podrá despertar hasta que no reciba un beso auténtico. Quizá necesitemos despertar de ese letargo pesado que nos impide amar. Abrir los ojos y contemplar la belleza que hay en darse o construir unas relaciones donde el centro esté sostenido por el amor que nos ofrece Jesús de Nazaret. Abrazar por encima de los miedos, prejuicios, cálculos o componendas. Psique despertó con el beso de Eros —hijo de Afrodita— que cayó rendido ante su belleza y le dio un beso de amor… del verdadero.

Dejando a un lado la mitología, podemos estar en esa terrible indecisión. ¿Hasta dónde creer que es posible otra vida con otro estilo? ¿Hasta dónde convertir la solidaridad —verdadero amor— en modo de vida? ¿Hasta dónde cambiar?

No carecemos de palabras, incluso buenas. Sabemos conjugar el verbo amar, pero no es tan seguro que sepamos vivirlo. Nos tranquilizamos hablando de cómo sería, sin a penas asomarnos a cómo es, no sea que nos cambie la vida.

Hay un tiempo paciente que Dios nos concede a todos. Está esperando. Celebra cuando damos chispazos de amor con el sabio secreto de que debe convertirse en energía continua. Gustamos algo de lo que significa ser cristiano, pero es difícil encontrarte con vidas de discípulos que, en todo, quieran vivir y ser como Jesús.

Formamos parte de ese núcleo de ciudadanos correcto y calculador, que ni provoca estridencias, ni crea desasosiego. Armonizamos, con maestría, el lenguaje de la gratuidad y del reino, con el consumo y el confort. Dentro, eso sí, nace la insatisfacción de vivir a medias, compartir a medias o creer a medias.

El camino del reino no es fácil, es tortuoso. Por él van circulando las vidas. Son, como dicta el antiguo proverbio, «carretas de todo tipo». Algunas parecen solemnes y ruidosas, otras a penas hacen ruido. Las primeras están vacías, no llevan nada, ni a nadie. Ensimismadas en sus cosas, discurren anunciando lo que hacen. Los cristianos, por el contrario, estamos llamados a un discurrir silencioso y solidario. Lleno de vida y de vidas. Parece más arduo, pero está lleno de gozo… Pero solo lo descubren quienes están dispuestos a despertar del sueño de la comodidad.

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PARA TENER VIDA, ¡LEVÁNTATE Y NOS LEVANTAMOS!

portada-Noviembre2Es inevitable que cundan los análisis que, pretendiendo sacarnos de la postración, poco a poco, nos hunden más en ella. Cuando gastamos el tiempo en reconocer que lo bueno está en lo que la historia nos ha dado y lo mucho que hemos dado a la historia, encontramos un buen entretenimiento académico que, sin embargo, nos aleja mucho más de la «mies».

La reflexión sobre lo que somos, apoyado en lo que hemos sido, cansa. Y cansa mucho. Fatiga y envuelve a modo de mortaja a quien sabiéndose vivo, está por el contrario abocado a no mostrarlo porque «este no es su tiempo». Los recuerdos son buenos para «pasar una tarde», pero de difícil digestión para soñar nueva vida.

Puede haber religiosos sentados, esperando o mirando. Analizan lo que pasa. Cuentan errores de quienes se arriesgan. Caen en las carencias de creatividad de quienes cada mañana intentan que la vida sea fresca. Ven que éstos se equivocan muchas veces, ponen su vida en cuestión y se cuestionan vocacionalmente. Ellos no, porque han encontrado un lugar vocacional estable y sereno: el tribunal. Se han convertido en censores que, con eficacia, ofrecen comentarios de texto, interpretan y juzgan, a veces con severidad, a tantos ingenuos e ingenuas que quieren una vida religiosa frágil, contaminada de bendita humanidad y haciendo camino con la calle. El problema de la vida religiosa no está fuera de ella. No son los contextos, ni el difícil trasiego por este siglo. Son nuestros vestigios de pasado, los anacronismos cuidados por miedo, los estilos agotados y, a la vez, prolongados hasta la extenuación. Son las actitudes de «tirar la toalla» que, sin ser explícitas, se manifiestan con brío en los juicios inmisericordes, autorreferenciales y sin vida. Incluso parecen estar tranquilos, porque a pesar de estadísticas y edades, «todavía podemos aguantar unos años más…» sentados, eso sí.

Llegó la hora de levantarse. Poner-se en camino. Dejar de calcular. Creer en la providencia. Confiar en quien camina a nuestro lado y llenar de vida lo que compartimos. Llegó la hora de apostar, y hacerlo en firme y totalmente, por nuestros carismas. Dar rienda suelta al Espíritu para que nos lleve a los márgenes, los de nuestra propia existencia, y allí encontrarnos con lo que nos hace felices: amar, amar siempre y amar a todos. Al ponernos en pie, hay que tener cuidado con los mareos. Una caída siempre es delicada, aunque de todas se aprenda. Los mareos son los espejismos, las proyecciones o las búsquedas de vida, donde ésta no está. Hay mareos que son la confusión de entender que la misión son números o popularidad. Otros son aquellos que creen que el latido de la vida religiosa reside en las estructuras y no en las personas. Incluso pueden manifestarse en tasar la pasión de la entrega en cifras de rentabilidad económica. Son mareos que todos, alguna vez, hemos padecido y tienen que ver con la supervivencia, más que con la vida.

Levantarnos y ponernos en camino es tanto como dejar de lado el guión. Volver a aprender. Permitir que el reino sepa a nuevo y no a sabido. Arriesgarnos a la debilidad de empezar para este tiempo, estas gentes y sus rasgos. Así, vacíos de «historias», la inercia no conseguirá repetir y hasta disfrazar la necesidad de la vida religiosa, con lo que a mí me parece necesario.

Es muy evidente que hasta que no escuchemos cada voz no sabremos qué es y qué necesitan los religiosos. Ni recetas fabricadas, ni voluntarismos bañados de lenguaje espiritual que no incomode. Vidas abiertas, compartidas, sinceras y dispuestas a inaugurar. En la verdad de quienes hoy estamos en la vida religiosa, está la verdad de su misión, comunidad y signo. El verbo es levantarnos, pero no se llega a él si antes no decidimos, tú y yo, hacerlo.

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