SOSTENER LA GRATUIDAD

Entramos ya en los últimos días de este tiempo de cuaresma, de penitencia, ayuno y oración. Hemos estado preparándonos con retiros, charlas y ayunos… y ya podemos otear el horizonte esperanzado que nos aguarda. Pero para llegar a contemplar ese destello luminoso y lejano, de momento, necesitamos atravesar algún que otro monte cuajado de espinas. Las espinas del sufrimiento y de la muerte. Los montes del dolor no son letras vacías o canciones melancólicas, son personas con rostros concretos que nos interpelan y nos llaman para acompañarles en esa subida de pasión y en esa bajada de resurrección.

Son personas, como tú y como yo, a los que la vida no les ha tratado demasiado bien, o simplemente les ha tratado mal y, por eso, necesitan una mano tendida y amiga que sepa escuchar y crear esperanza.

A veces, un poco despistados, nos preguntamos por el sitio de la vida religiosa, dónde debemos estar, cuáles han de ser nuestras presencias, cómo hemos de acompañar y a quién… y yo me pregunto ¿No tenemos ya la respuesta? ¿No son los pobres nuestro criterio de discernimiento? ¿No son sus nombres y sus rostros el lugar de Dios? ¿Cómo podemos pensar en otros lugares o criterios? O dicho de otro modo ¿Cómo olvidar a la mujer anciana que bebe sola en el banco de la plaza; no recordar y acompañar a la familia que ha perdido a su hijo; al padre que ha sido despedido o a la madre ecuatoriana con sus cuatro hijas? ¿cómo no echar una mano en la empresa de reciclaje que ha creado un puesto de trabajo o al subsahariano que perdido se nos presenta sin saber hablar ni a dónde ir?… y ¿todavía pedimos criterios?

El evangelio de hoy, conocido como el de la mujer adúltera, sigue golpeando como siempre. Jesús pregunta: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores?, ¿ninguno te ha condenado?» Para luego concluir: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más.» Y al concluir el pasaje me pregunto ¿Dónde esta nuestra misericordia? ¿Dónde nuestra capacidad de acogida? ¿No hemos convertido la cuaresma en un tiempo de auto-perfeccionismo olvidándonos del otro? ¿No tendría que llegarnos esa perfección a través de la entrega? Pero a la vez que pienso esto, resuenan en mí las palabras de Jesús: “Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más”. Sostener la gratuidad, acoger su misericordia, responder a su gratuidad, no comerciar con su bondad, no alterar su confianza, no manipular su mensaje… un misterio y un reto a vivir en estos últimos días de cuaresma.

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