Algunas obsesiones nuestras…

Dice el Evangelio que necesitamos volvernos como niños para poder entrar en el reino de los cielos (Mt 18, 3). La Palabra siempre nos llama a la sorpresa en el Espíritu, a reconocernos limitados y con mucho que aprender. Sin embargo, nosotros caminamos por las vías de la seguridad y la falta de capacidad para un nuevo aprendizaje: obsesionados por saberlo todo. Especialmente en la Iglesia encontramos perfiles de personas que se sienten obligadas a saberlo todo, o bien, a saber lo que cada uno quiere oír. Y desde ahí, se cortan cual patrones de modista, respuestas que se reparten a diestro y siniestro, sin tener en cuenta la identidad, la situación o la especificidad de cada persona. Incapaces de escuchar y dejarnos interpelar nos convertimos en máquinas de respuestas enlatadas… que es usted anciana y está sola respuesta 5, que en cambio es usted madre y tiene un problema con su hijo adolescente respuesta 3, que le ha dejado su pareja la 2 y así hasta el infinito. Llegará un día en que nos preguntaran por la vida en Marte y también tendremos respuesta.

Mientras tanto estaremos perdiendo la gran riqueza y el increíble misterio que es cada ser humano. A veces, me pregunto qué pasaría si cuando nos cuentan situaciones de sufrimiento o dolor tuviésemos tiempo, permaneciéramos en silencio, nos diésemos cuenta que lo importante no son las palabras sino que esa persona sienta que no está sola, que nos importa su vida y que la respetamos tanto como para no darle soluciones exprés. Acompañar tiene mucho de callar y dejar que brote en cada momento la palabra oportuna, el gesto que acoge, el silencio compañero de camino… La sorpresa ante la vida, que es siempre nueva.

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Una respuesta a Algunas obsesiones nuestras…

  1. Religiosa dijo:

    Qué gran verdad…, y me alegra que la expreses así de bien…, porque a cualquiera le dan ganas de hacer la experiencia a la primera oportunidad que se tenga…, quitarse las sandalias ante el terreno sagrado de la otra persona y dar un paso atrás ante el misterio que se abre en ella para poder escucharlo y percibirlo.

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