El grito que despierta…

La inseguridad, el miedo o la cobardía de algunos hacen que este mundo nuestro sacrifique a muchos inocentes. Basta asomarse a cualquier periódico o telediario para ver las terribles matanzas humanas con las que ya, desgraciadamente, nos hemos familiarizado. Es decir, las hemos normalizado como parte de nuestro decorado navideño. Y no nos preguntamos: ¿Por qué? ¿Cómo? o ¿Qué puedo hacer? Parece que el exceso de información estuviese provocando en nosotros el hastío ante las desgracias ajenas y la indiferencia o el colapso ante el sufrimiento humano. Sin darnos cuenta estamos perdiendo esa sensibilidad y solidaridad con nuestros hermanos, los seres humanos. Y esto, no es otra cosa que olvidarnos de nosotros mismos, no entender que cuando se atenta o se vulnera la vida de cualquier ser humano, en cualquier país del mundo, es la nuestra la que se está cercenando. Es no entender que el ser humano es único y forma un único cuerpo y que si se vulnera la dignidad de cualquier parte de ese cuerpo es al cuerpo entero a quien se agrede.

Desgraciadamente nuestra sociedad decide mirar para otro lado más amable de la realidad. Decide desconectar la experiencia religiosa de la experiencia humana. Creer que nuestro Dios es también un “dios al que el mundo le es ajeno”. Nos desconectamos. Nos perdemos. ¿Cómo tendría que ser el grito de Raquel que llora por sus hijos para despertarnos? ¿Cómo tendrán que clamar los inocentes para quitar nuestra sordera? ¿No bastan las imágenes? ¿No bastan los datos? ¿Qué necesitamos? Y aquí es cuando empiezo a pensar en la necesidad de comunión. De iniciar –como en círculos concéntricos- dinámicas comunitarias y humanas que recreen la solidaridad en nuestro mundo; que nos hagan más cercanos de las personas y sus historias; que muestren una Iglesia que acoge la pobreza y la miseria del otro sin focos; que siente tanto respeto por el ser humano que no le da limosna sino que lo sienta a su mesa; que es capaz y se agiliza para acudir en ayuda donde se la necesita; que no está tan pendiente de los que ejercen el poder sino de los que ejercen el servicio; que no quiere porque no puede querer ni negociar con lo innegociable… El grito de los inocentes todavía puede despertarnos.

 

 

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Con el que resucita…

ret 088Después de vivir estos días de Pascua, de descubrir el sepulcro vacío, de celebrar la noche de la luz y el agua, de beber de la copa de vino del resucitado… volvemos a la realidad de la vida cotidiana.

Cuesta salir de esa contemplación de luz y alegría, de lo trágico de la muerte y de lo luminoso de la resurrección… y ahora, después de la contemplación, volvemos –como vomitados por la ballena– a la vida fuera del agua.

Quizá el resucitar no es algo de una noche, ni de unas horas, puede que sea tarea de toda la vida y esto es lo más costoso: reprogramarnos para vivir en esta clave. Aunque sepamos que –en la vida– no “todo” es resurrección, aunque hayamos cantado ¡Aleluya! Hay “jueves santos” donde nos disponemos a aceptar, acoger, entregar, compartir y amar; hay también “viernes santos” donde el silencio, el vacío, el sinsentido y la muerte se hacen compañeros de camino. No hay palabras. Solo escucha de nuestro propio silencio. Como si de una tríada inseparable se tratase llegan también los días de luz, de agua y de alegría, son los días en los que se nos permite gozar de la resurrección de nuestro Dios. Ser conscientes, palpar para volver a creer, acopiar fuerzas y sentido. Hay días donde priman los jueves, el rojo de la entrega, del coraje, del sufrir apasionado; hay días donde predomina el gris, el blanco silencioso y negro de la no salida; pero, también hay días de resurrección, de color y alegría, de certezas inciertas donde descubrimos que la luz -por pequeña que sea- predomina en nuestra vida.

Hemos resucitado porque Dios así lo ha querido, porque su Hijo lo ha permitido y porque nosotros queremos recibirlo no como una idea peregrina sino como un hecho de vida. No hay ya ausencias, ni negros presagios… todo es luz porque Jesucristo resucita. Vivimos tiempos donde se menosprecia la vida por eso es tan necesario poner en valor a quien la resucita.

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Donde nace Dios, nace la esperanza

 

Hoy día 25 de diciembre los cristianos celebramos que Dios ha nacido entre nosotros, que se ha hecho carne de nuestra carne, él, que era Dios. El papa Francisco en su discurso de Navidad no ha olvidado a ninguno de los que para Dios nace de una manera especial: niños soldados, perseguidos, refugiados, mujeres víctimas de trata, víctimas de atentados que se convierten en nuestros mártires de hoy y tantos otros lugares humanos donde la dignidad divina está siendo vulnerada.

Después de su breve discurso el papa ha recordado que es la Navidad del Año Santo de la Misericordia y que no podemos perder la esperanza porque donde nace Dios nace la Esperanza. La única forma de que crezca la paz es que practiquemos la misericordia con nuestros hermanos, con todos nuestros hermanos.

“La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre”

Hay motivos y razones para la desesperanza, pero hay muchos más para la esperanza, Dios está con-nosotros, Dios camina a nuestro lado, Dios no se olvida de su pueblo… ¿A quién temeremos? ¿Quién nos hará temblar?

Feliz Navidad a todos

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EL PAPA FRANCISCO: ORACIÓN Y SILENCIO

Eran las 7 en punto de la mañana del día 25 de junio, cuando el Papa Francisco entraba en la capilla de Santa Marta para presidir la Eucaristía. Al fin nuestro sueño se veía cumplido. Emoción, oración y agradecimiento. El Papa camina revestido de verde, como corresponde al tiempo ordinario, provisto solamente de una sencilla melodía. Llama la atención la sobriedad, un órgano y varias voces acompañan la celebración en el aleluya y la comunión. No hay más cantos. No hay más flores, solo el verde de un par de plantas rompe la pulcritud del amarillo y blanco. Se toca el silencio.

El Papa saluda, pedimos perdón y después de escuchar las lecturas del día (Gn 16, 1-12.15-16, Sal 105 y Mt 7; 21-29) se acerca al ambón e inicia la homilía centrada en tres verbos: escuchar, hablar y actuar… y un sustantivo los pseudoprofetas. Afirma el Papa que no basta con el binomio hablar-hacer sino que es necesario “escuchar”, “el que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica, no las escucha verdaderamente, éste será como el hombre que edifica su casa sobre arena, no sobre roca”. El que escucha a Dios fundamenta su casa en la roca del amor de Dios. Los pseudoprofetas, en cambio, hablan sin escuchar la Palabra de Dios. Como ejemplo de la persona que combina silencio y escucha, acción y contemplación resalta la figura de Teresa de Calcuta, quien «escuchaba la voz del Señor: no hablaba y en el silencio supo escuchar» y por lo tanto obrar. Y, como la casa construida sobre roca, «no se derrumbó ni ella ni su obra». A partir de su testimonio se comprende que «los grandes saben escuchar y tras escuchar hacen, porque su confianza y su fuerza» están «sobre la roca del amor de Jesucristo». El Papa termina su meditación uniéndola a la celebración eucarística y recordó cómo la liturgia utiliza «el altar de piedra, fuerte, firme» como «símbolo de Jesús». En ese altar Jesús se hace «débil, es un trozo de pan» que se da a todos. El Señor que «se hizo débil» para hacernos fuertes, «nos acompañe en esta celebración –deseó el Papa– y nos enseñe a escuchar y a hacer» partiendo «de la escucha y no de nuestras palabras».

Concluye la eucaristía sin mas gestos, hemos contemplado la armonía de lo sencillo, de lo simple y, sobre todo, de quien vive lo que celebra y celebra lo que vive. Sin más.

Nos comunican que Francisco ya está preparado para recibirnos. Después de esperar unos minutos la sonrisa del Papa ilumina la estancia, cercano, humano, sencillo… beso su anillo –el anillo del Sucesor de Pedro- me pregunta quién soy y qué hago, le comento y después muestro el Icono del Perpetuo Socorro, le explico que los redentoristas celebramos este año el 150 aniversario de la entrega del Icono por el Papa Pío IX y, cuando todavía le estoy dando datos de este acontecimiento, veo que hace silencio, cierra los ojos y deposita su mano sobre el Icono… intento respetar ese momento orante y pienso que yo también debería acompañarlo, pero no puedo. Tras unos instantes vuelve a abrir los ojos y me dice: “Sigan extendiendo la devoción al Icono de María y oren ante él, el Señor te bendiga”. Tras sus palabras le vuelvo a dar la mano y me da un beso, el beso de un padre, en ternura, amor y encuentro.

Cuando me alejo resuenan las palabras del silencio: “orad ante el Icono”, “haced silencio, que vuestras palabras no sean las de los falsos profetas sino que estén tejidas de encuentro”. María del Perpetuo Socorro te pido por todos en este momento.

 

 

 

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SOSTENER LA GRATUIDAD

Entramos ya en los últimos días de este tiempo de cuaresma, de penitencia, ayuno y oración. Hemos estado preparándonos con retiros, charlas y ayunos… y ya podemos otear el horizonte esperanzado que nos aguarda. Pero para llegar a contemplar ese destello luminoso y lejano, de momento, necesitamos atravesar algún que otro monte cuajado de espinas. Las espinas del sufrimiento y de la muerte. Los montes del dolor no son letras vacías o canciones melancólicas, son personas con rostros concretos que nos interpelan y nos llaman para acompañarles en esa subida de pasión y en esa bajada de resurrección.

Son personas, como tú y como yo, a los que la vida no les ha tratado demasiado bien, o simplemente les ha tratado mal y, por eso, necesitan una mano tendida y amiga que sepa escuchar y crear esperanza.

A veces, un poco despistados, nos preguntamos por el sitio de la vida religiosa, dónde debemos estar, cuáles han de ser nuestras presencias, cómo hemos de acompañar y a quién… y yo me pregunto ¿No tenemos ya la respuesta? ¿No son los pobres nuestro criterio de discernimiento? ¿No son sus nombres y sus rostros el lugar de Dios? ¿Cómo podemos pensar en otros lugares o criterios? O dicho de otro modo ¿Cómo olvidar a la mujer anciana que bebe sola en el banco de la plaza; no recordar y acompañar a la familia que ha perdido a su hijo; al padre que ha sido despedido o a la madre ecuatoriana con sus cuatro hijas? ¿cómo no echar una mano en la empresa de reciclaje que ha creado un puesto de trabajo o al subsahariano que perdido se nos presenta sin saber hablar ni a dónde ir?… y ¿todavía pedimos criterios?

El evangelio de hoy, conocido como el de la mujer adúltera, sigue golpeando como siempre. Jesús pregunta: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores?, ¿ninguno te ha condenado?» Para luego concluir: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más.» Y al concluir el pasaje me pregunto ¿Dónde esta nuestra misericordia? ¿Dónde nuestra capacidad de acogida? ¿No hemos convertido la cuaresma en un tiempo de auto-perfeccionismo olvidándonos del otro? ¿No tendría que llegarnos esa perfección a través de la entrega? Pero a la vez que pienso esto, resuenan en mí las palabras de Jesús: “Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más”. Sostener la gratuidad, acoger su misericordia, responder a su gratuidad, no comerciar con su bondad, no alterar su confianza, no manipular su mensaje… un misterio y un reto a vivir en estos últimos días de cuaresma.

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SIGUE HABIENDO VIDA RELIGIOSA…

Seguro que conocemos a muchos, la mayoría, con historia, los menos, más jóvenes. Son una pequeña parte dentro de la Iglesia pueblo de Dios, apenas llegan al 0,05 % de los bautizados, sin embargo, es una porción con sabor y pluralidad… Los hay amables, francos, gruñones, pequeños, altos, rigurosos, transgresores, artistas, solidarios, divertidos, ilusionados, orantes, abnegados, distraídos, entregados, silenciosos, parlanchines, confiados, misericordiosos, enamorados, solemnes, desenfadados, creativos, copia y pega, entrañables, austeros, no tan austeros, sorprendentes, felices… ¿felices? Son hombres y mujeres que fueron llamados por Dios a vivir su fe de una manera particular, ni mejor ni peor que las otras vocaciones, simplemente la suya.

Esta porción de la Iglesia de Jesucristo que camina, frágil y limitada, ha llevado el Evangelio a los lugares más recónditos de la humanidad, ha curado enfermos en los sitios más olvidados, ha sembrado esperanza en quienes lo daban todo por perdido, ha revolucionado la propia forma de ser de la Iglesia en momentos de crisis y desaliento, ha educado, formado, protegido, impulsado… y, en este mes, celebra su día, el día de la vida consagrada.

¿Quién no recuerda el religioso o la religiosa que le enseñó a dar los primeros pasos en la oración, el misionero que visitó su parroquia, la comunidad de hermanas o hermanos que acompañaban el colegio, las monjas que rezaban siempre o las que hacían de enfermeras para gente sin recursos…?

Hemos crecido en un “humus” religioso que se diluye cada día más y la presencia de religiosos y religiosas también se va aminorando. Somos menos y más ancianos, pero esto no quiere decir que seamos algo despreciable. Nuestra vida en comunidad, con sus luces y sombras, refleja todavía un intento valiente por hacer presente a Jesús en medio de su pueblo.

La castidad, vivida desde la entrega total, recuerda que es posible anticipar la forma de vida futura (Mt 22, 30) y vivir en plenitud, simplemente porque Dios quiere y lo hace posible. No es mérito, es don.

La obediencia nos hace entender la libertad y el poder de forma distinta, ofrecida al plan de Dios sobre los hombres. Es una promesa en la que afirmamos que se puede vivir de otro modo, que nuestras relaciones pueden ser sanadoras y que no buscamos la manipulación y dominio del otro.

La pobreza nos recuerda que es posible vivir con menos, que no estamos llamados a poner el corazón en los bienes, sino en los predilectos de Jesús y hacernos como ellos, “pobres”. Sobre todo, es una ofrenda silenciosa a nuestro mundo que cree que cuanto más se tiene se es más feliz, cuando en verdad, la felicidad, reside en necesitar poco y compartirlo todo.

Celebrar el Año de la Vida Consagrada o el día de la Vida Religiosa, es celebrar la gratuidad de Dios. Donde quiere y cuando quiere, es capaz de anunciar el milagro desde la vida sencilla y pecadora de hombres y mujeres, –que todavía sigue habiendo– que llamamos religiosos.

Feliz día de la Vida Religiosa

 

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HAY DÍAS QUE…

Los días, por muy organizados que se presenten en nuestras agendas, nos sorprenden gracias a Dios. Hay días con tiempos anodinos, experiencias que se prometían felices y resultan aburridas, encuentros de los que se esperaba demasiado y se encuentra demasiado poco, personas que se presentaban con halo de misterio y no hay más que carcasa. Y personas imperceptibles que te sorprenden.

De un tiempo a esta parte me doy cuenta que el mejor encuentro, el mejor día es aquél en el que un ser humano se pone, con su verdad por delante y la comparte, la narra…. Son días de una intensidad especial, de un cansancio feliz. Pero sobre todo, son momentos en los que se agradece poder ser testigo del misterio de la vida de las personas. Es un  pisar terreno sagrado habitado por la escucha y silencio. Es permitir que broten palabras cuando te has puesto en su piel, cuando ese sufrimiento, esa experiencia de gozo la has hecho también un poco tuya y has pedido a Dios que ilumine tu corazón y tu mente para acompañar, para impulsar a la Vida y para decir una palabra que no suene a consuelo, a resabida, a no tengo tiempo… sino a estoy contigo.

Hoy traigo a personas que son “regalo de Dios” porque están encarnando y viviendo ya la profecía del Reino. A veces, sin ellas saberlo han captado lo esencial de la fe, del vivir desde Dios. Su vida se convierte en parábola y en sustento de otras historias de fe no siempre fuertes. Hoy resuenan nombres y apellidos que me impulsan a la vida, la anciana con 90 años que ha perdido su hija y no puede dejar de llorar, la madre que tuvo dificultades en su embarazo y por fin ha dado a luz, el niño con su hermano enfermo, el padre con su hija adolescente con problemas en el colegio, la catequista que ha encontrado por fin trabajo, los monitores que se han enamorado… Todos ellos tejen el entresuelo de nuestra fe y de nuestra consagración, que no nos falten nunca.

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Algunas obsesiones nuestras…

Dice el Evangelio que necesitamos volvernos como niños para poder entrar en el reino de los cielos (Mt 18, 3). La Palabra siempre nos llama a la sorpresa en el Espíritu, a reconocernos limitados y con mucho que aprender. Sin embargo, nosotros caminamos por las vías de la seguridad y la falta de capacidad para un nuevo aprendizaje: obsesionados por saberlo todo. Especialmente en la Iglesia encontramos perfiles de personas que se sienten obligadas a saberlo todo, o bien, a saber lo que cada uno quiere oír. Y desde ahí, se cortan cual patrones de modista, respuestas que se reparten a diestro y siniestro, sin tener en cuenta la identidad, la situación o la especificidad de cada persona. Incapaces de escuchar y dejarnos interpelar nos convertimos en máquinas de respuestas enlatadas… que es usted anciana y está sola respuesta 5, que en cambio es usted madre y tiene un problema con su hijo adolescente respuesta 3, que le ha dejado su pareja la 2 y así hasta el infinito. Llegará un día en que nos preguntaran por la vida en Marte y también tendremos respuesta.

Mientras tanto estaremos perdiendo la gran riqueza y el increíble misterio que es cada ser humano. A veces, me pregunto qué pasaría si cuando nos cuentan situaciones de sufrimiento o dolor tuviésemos tiempo, permaneciéramos en silencio, nos diésemos cuenta que lo importante no son las palabras sino que esa persona sienta que no está sola, que nos importa su vida y que la respetamos tanto como para no darle soluciones exprés. Acompañar tiene mucho de callar y dejar que brote en cada momento la palabra oportuna, el gesto que acoge, el silencio compañero de camino… La sorpresa ante la vida, que es siempre nueva.

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Con qué lo compararemos… El Reino de Dios se parece…

Mientras celebraba la eucaristía ayer, día de la vida consagrada, en el fondo de la iglesia había una mujer que me llamó la atención porque desprendía fragilidad. En sus brazos portaba una manta blanca, que hacía intuir que abrigaba una vida diminuta. Cuando terminó la misa subió al altar y me preguntó si podía hablar conmigo. Cuando pasamos a una sala, al cerrar la puerta comenzó a llorar… traté de tranquilizarla un poco, pero sobre todo hice silencio hasta que ella pudo articular sus primeras palabras. Descubrí que Marcos, que así se llama la criatura envuelta con la manta, seguía ajeno a la escena de sufrimiento de su madre, pude asomarme por una rendija y vi cómo bostezaba plácidamente. Es curioso, el niño estaba tranquilo y seguro en los brazos de alguien destrozado, pero ese alguien es su madre. Ésta, entre sollozos, comenzó a narrar entrecortadamente qué pasaba. En primer lugar describió la situación de su familia. Madre de tres hijos, sola en Madrid, ecuatoriana, sin trabajo… en una habituación de un piso con sus tres hijos. La habitación le cuesta 350 euros al mes y ella percibe un subsidio de 270, los otros dos hijos son mayores que Marcos, y aunque tienen edad para trabajar, tal y como están las cosas, siguen dependiendo de ella porque están en el paro. Con este cuadro es con el que llega Marcos a la vida.  Sin dejar de llorar, me cuenta que de pura desesperación se encontró con nuestra puerta. Como para muchos inmigrantes la Iglesia todavía es un lugar del que se espera algo, casi el único. Quizá una ayuda, una respuesta, un consuelo…, sobre todo, ser escuchados y sin titulares, devolverles una dignidad que nunca perdieron, por ser personas. Lo que más me dolió es que una y otra vez me dijo que ella no podía darle nada en la vida a Marcos y que ese niño estaría mejor con otra familia que pudiese ofrecerle todo lo que necesitaba, que ella no tenía ni para pañales…

Le pedí el niño y lo tomé en brazos. Marcos abrió un poco los ojos y se sorprendió al no ver a su madre, pero no lloró, me miró como diciendo: « ¡a ver qué vas a decir!». Cuando empecé a hablar con un nudo en la garganta, le dije que Marcos formaba parte de su vida y que con nadie podría estar mejor que con ella. Le aseguré que de ella iba a brotar todo el cariño que Marcos pudiese necesitar en su vida y que estaba convencido de que, aunque Marcos no podía hablar todavía, si le preguntásemos seguro que nos diría que siempre querría estar con ella, con su madre. Después se lo devolví y buscamos a “Ana” una mujer curtida por la vida, con el pelo blanco, pero con una sonrisa de primavera, que pasa el día haciendo latir el corazón en Cáritas, altar, comunión… Nada más verla, le regaló una amplia sonrisa, le dio paz y pronunció las palabras de esperanza: «te vamos a ayudar, tu problema es nuestro, no estás sola…». Ahí acabó mi tarea de primera acogida que forma parte de una gran cadena solidaria. Dejé aquellas dos mujeres en ese momento de complicidad donde todo es posible. Di gracias a Dios por ese día de la vida consagrada que nos repite con insistencia que lo nuestro son ellos. Los favoritos. Los pobres de Jesús. Aquellos donde parece que todo está cumplido, porque está condenado. Sin embargo, para ver la luz, hay que conocer la oscuridad; para vivir la donación total, te tiene que sonar qué significa no tener nada y esperarlo todo, aunque sea una sonrisa.

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Cuestión de calma…

Solo sabemos que el 2015 es el año de la Vida Consagrada en la Iglesia. Antes de que nos demos cuenta numerosos documentos, estudios sesudos y reflexiones de despacho estarán inundando anaqueles, diciendo y cantando las proezas de nuestra “raza”. En este tiempo en el que todo el mundo parece saber en qué situación se encuentra la vida religiosa, sus males y remedios; cuando a borbotones nacen consejos, palmadas en la espalada y alguna que otra zancadilla… resulta que, será nuestro año. La pregunta del millón es ¿para qué? Y hacia dónde…

La vida religiosa necesita detenerse y pensar, discernir y encontrar el agua del pozo que calma la sed. La urgencia no es llenar los noviciados, sino de llenar la vida de los que ya estamos y de vida nuestras comunidades y presencias. Por desgracia no es lo más frecuente poder visibilizar religiosos o religiosas serenos, que estén viviendo el momento presente como tiempo de gracia. Sigue siendo un clamor, por el contrario, la cantidad de religiosos que se desfondan y que incluso, tiran la toalla. Como si la misión fuese un ente que absorbe y vacía, que aliena y desposee al ser humano de su deseo de plenitud y felicidad. Como si estuviésemos llamados a conjugar un equilibrio imposible entre palabras como misión, oración, descanso, ocio, formación, pastoral… y el hombre y la mujer de hoy que se consagra, estuviese incapacitado para vivir todo de una manera armónica, sosegada, integradora o incluso, por qué no, profética. ¿Qué está pasando cuando un religioso para descansar necesita salir de su comunidad? ¿Cuándo para hacer oración tiene que marchar? ¿Cuándo para encontrar relaciones auténticas y pacificadoras necesita despedirse unos días de sus hermanos? O dicho sin rodeos ¿Qué está pasando con nuestra vida fraterna?

A Dios gracias los hay que están ofreciendo lo mejor de su vida y sus capacidades, que están masticando y digiriendo el dolor de la soledad intergeneracional o generacional e, incluso, la incomprensión de la autoridad, y todo ello lo están haciendo por el Reino. La vida religiosa no necesita soltar más palomas, ni compararse con grandezas pasadas. Tan insultante es presentar un futuro demoledor como edulcorado. El presente es nuestro y, aquí y ahora, es donde necesitamos autenticidad transformativamente evangélica. Son muchos los anclajes, las rémoras, las estructuras y costumbres que impiden vivir algo nuevo. Pero, estoy seguro de que a pesar y gracias a todo ello, sacaremos el agua del pozo, porque el Espíritu ya está brindando novedad y frescura en una multitud de personas entregadas, muchas veces calladas que viven completamente para el Otro, porque lo han descubierto en los otros. Que la misión no les resta ni desgasta sino que les suma y convierte en más discípulos, más personas, más…

Se abre una rendija a la esperanza. La convocatoria del Papa no nos dejará indiferentes. Esperamos con paz pero también con deseo de renovación efectiva y afectiva este año de la vida consagrada. Como nos tiene acostumbrados con gestos, con alegría y con firmeza que muestren la bondad, la belleza y la verdad de la vida de consagración. Solo una clave. Dice la Escritura que cuando Jesús percibió la necesidad en el pueblo, se puso a enseñar con calma. La vida religiosa del siglo XXI, la que celebra su año en el 2015, necesita calma para llenar de vida lo que hoy son intuiciones y buenos propósitos.

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