PASIÓN: ROSTRO DE LA MISERICORDIA DE DIOS “Oración ante el Cristo de Pasión, de Martínez Montañez. Sevilla”

Cuántas cosas me gustaría decirte, Señor.
Y mirándote, así, cara a cara, sólo me dan ganas de quedarme en silencio. Un silencio roto por tantos gritos que vienen de fuera, llenos de pasión, de vida. De encuentros. De complicidades. Sobra la luz. Sobran las palabras. Deseo quererte y hablarte así, sólo con besos nacidos del alma. Contemplando tu rostro, que evoca fe, fuerza, llamas de esperanza, deseos por seguir caminando, paciencia, me quedo inmóvil. Ternura ante las contrariedades. Abrazo ante tanta miseria. Mirarte ya contiene la mejor de todas las conversaciones. Y nada más. Y nada menos.
¿Te falta algo, Señor, que yo te pueda dar? Aquel Obispo, ante la talla humana del artista, ante Ti, que te miraba atónito, también en presencia de tu pueblo, rompió su silencio para exclamar: “le encuentro sólo un defecto: le falta respirar”.
¿A ti? Si Tú, Señor, Pasión de Dios, eres el que nos llena de vientos de misericordia. Tú nos inflamas con el aire suave de Dios. Tú eres, Dios Bueno, el que suspiras y respiras por tantos hermanos que pierden el paso y, con él, la esperanza. Respiras por nosotros, cuando ya nos falta el aliento. Y entonces, vuelve la vida.
“De lo que más me gusta de esta imagen de Martínez Montañez, es verlo por la calle, el Jueves Santo, porque parece que va andando”. Fue el comentario, la otra mañana, de una de tus seguidoras, Señor. Verlo por la calle, le dije, es ver al Señor en la esencia de su misión: para eso ha venido: para recorrer calles y pueblos, con tus pies y con los míos, anunciando la Buena Nueva de Dios. Y en cuanto a lo de “parece que va andando”, ¿cómo que parece? El Señor camina siempre, al encuentro de aquel que le invoca. Se acerca, en suave presencia, a tanto dolor contenido de muchos de nosotros. Acude a nuestros ruegos, sufrimientos y lamentos. Y gusta de andar en nuestra casa, en nuestra mesa, en nuestra fraternidad. Te veo andando, caminando, entre la multitud, lavando tantos pies, sirviendo con tanto amor…acercándote, con ternura, a cualquiera, y no lo dudo: eres Tú, Señor, el que camina conmigo, el que va delante.
Mirarte, tenerte, encontrarte, Señor, da la vida. Me gusta tu rostro lleno de humanidad. Mirarlo, rezarlo, me anima, me ayuda a saber sufrir y padecer con paz todas mis cosas. Eres hombre, porque está dibujado el dolor en tu rostro. Y eres Dios, porque sabes llevar el dolor con paciencia, con elegancia, con fortaleza. Necesito que me ayudes a vivir, a querer, como tú vives, como tú quieres.
No me sueltes de la mano, Señor. Te lo pido de corazón, porque tus manos son grandes, divinas. Veo cómo tus manos acarician esa cruz. Así quiero yo abrazar también mis sufrimientos. Como tú. Abrazar lo que soy, lo que tengo, Abrazar mi historia, con sus idas y venidas. Abrazar, como tú abrazas y tocas. Sin miedos. Sin fantasmas. Agranda mis brazos y mis manos. Quiero, Señor, parecerme a ti, también en tocar y abrazar.
Mi mirada se desliza, ahora, recorriendo tu túnica, hasta tus pies. Esos pies de mi Señor. Ningún perfume tengo a mano, pero lo derrocharía todo sobre tus pies. A falta de perfume, ahí van mis lágrimas, y la de tantos. Pisada fuerte, segura. Conoces el suelo que tocas y eres firme en tus pasos, Señor. Conoces la tierra y la gente que te rodea., y amas al que cruza su mirada Contigo. Y los amas a todos. Y nos amas a todos. Nos amas a los que te amamos, y nos perdonas a los que te ofendemos.
Y en el caminar, el balanceo de tu túnica. Cómo me gusta verte así. En movimiento. Al encuentro de tantas miradas. Por las calles de nuestra ciudad. Jueves Santo. Amor fraterno. Siempre es jueves en nuestra comunidad. Ojalá y sea verdad. Servicio siempre. Entrega siempre. Eucaristía siempre. Amor entregado, siempre. Y siempre el encuentro de lo frágil y quebradizo, para cubrirlo todo de misericordia y de bondad.
Señor, tu pasión por mí me abruma, me sobrecoge. Pasión por mí y COM-PASIÓN por todos y cada uno de los hermanos. Una y otra vez te empeñas en rebosar de agua mi frágil vida: el agua de mi ser hombre, mi cántaro de barro, el agua de mi pecado, la tinaja de todas mis fragilidades. Y sólo cuando me quiero y me acepto, con pie firme, con manos de ternura y con rostro compasivo, tú conviertes mi agua en vino, mis flaquezas en fuerza y mis pecados en gracia. Lo que parecía estar perdido, vienes, lo rescatas y sigue la fiesta de la vida. Porque amar siempre merece la vida.
Teniéndote a ti, Señor, lo tengo todo. Soy como Juan. A tu lado siempre. Ahí me siento seguro. Quiero ser tu discípulo amado. Tú me has dicho que lo soy. Y yo, hoy, te pido fe para creérmelo.
Y ya está mi oración al completo, Señor: Tú, el discípulo amado, y el don más grande que me has regalado desde la cruz: Tu Madre. Que es Mi Madre, Mi Maestra, Mi Formadora, Mi Directora, Mi Todo, después de Jesús. Madre y Señora. De corazón grande. Mujer serena. Templanza palpable en todas las circunstancias de la vida.
Hoy, de noche, Madre y Señora, concédeme esto que te pido: Vente a mi casa, María. Vente a mi lado y al lado de los míos. Hay un puesto en la comunidad para ti. Allí te necesitamos para seguir haciendo lo que el Señor nos dice.
Así sea. Amén.

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¡Oiga!

¡Que el Señor nos llama por nuestro nombre!
Santiago, Juan, Andrés, Simón, Tadeo, Tomás… Judas. Siempre me interpela la idea de un Dios que nos sorprende llamándonos por nuestro nombre. Y es que el nombre contiene todo lo que somos: nuestra historia pasada y reciente; nuestros dones, cualidades y todas nuestras fragilidades y defectos. Hay que seguir pidiendo a Dios cada día la fe. También para creernos que Él nos quiere, nos llama y nos envía con todo lo que somos y tenemos.
Estoy aquí porque Dios me ha regalado una identidad. Me ha considerado hijo suyo. Y, además, un hijo muy amado, predilecto. Ese soy yo. Y tú. Único. Amado. Es la llamada que recibimos en el Bautismo y que nos incorpora a esta gran familia de hermanos que es la Iglesia. ¡Fecha grande!
Estoy aquí porque Jesús, paseando por las calles, se acercó a mi mundo, a mi casa, a mis afanes y me preguntó: ¿Te vienes? Yo, sin saber muy bien por qué, dejé mis redes y lo seguí. Y me convertí en uno de sus amigos. ¡Qué fuerte! Porque me llamó de nuevo. Sin adivinar qué sería de mí y qué consecuencias traería aquel atrevimiento. ¡Como el que no quiere la cosa!
Estoy aquí descubriendo cada día, cada instante, que mi llamada es, además, una llamada para dar vida, para enseñar, para aprender mientras enseño, para educar y educarme. Para compartir la mesa con otros y el llanto, y las risas. Para estar ahí, de noche y de día.
Y en el horizonte, una cuarta llamada: Dios nos reclama a ser completos. A no estar pendientes de minucias que nos asfixian. A salir de lo de siempre. A ser grandes, pero a la vez, a centrarnos en lo pequeño. ¡Una locura loca! Pero bendita locura.

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¿De qué amor me hablas?

Amar es saber dejar pasar la luz. Amar es mirar, despacio, al otro. Contemplar. Caminar. Vivir junto a… Padecer. Gozar. Olvidarse de uno mismo. Poner al otro en tu centro.
No hace mucho tiempo, al más pequeño de mis hermanos de Comunidad, le escuché una respuesta a la atrevida pregunta: ¿dónde está Dios?: en la calle, en los pobres, dentro de uno mismo. Eso respondió, a esa gran pregunta. Quien no ama a su hermano y se ama así mismo, no ama a Dios. Y cuántos atajos tiene el amor al hermano, como excusa para terminar amándose uno así mismo. En la Semana Santa se diseña el mapa del amor.
Esta última Pascua la he vivido desde la Contemplación. Y en el Triduo Pascual se encierra la esencia del amor. Te topas con el misterio del Amor Fraterno (Jueves Santo), dando paso al Amor hasta el Extremo (Viernes Santo) y llegas al Amor que merece la Vida (Resurrección).
Ante este mapa tan completo sobre el amor, vivido en la persona de Jesús, me preguntaba lo que tanta gente se pregunta en las calles y en las plazas; en el campo y en la montaña; en tierra y en mar… cuando suceden ciertos acontecimientos: ¿por qué habrá hecho Dios esto así? La única respuesta: Por Amor. En verdad, Dios nos regala toda una vida para entender esta respuesta.
Hay otra pregunta, que muchos se atreven a hacerse. ¿Cuándo mi amor es como el de Jesús? ¿Cuándo amo como Dios quiere que ame.? También para esto hay respuesta: .-Primero: Cuando soy capaz de amar GRATUITAMENTE. No amar para que me amen. No dar para recibir. No esperar a que me reconozcan lo que hago. Amar por amor. Sólo por amor. No por interés. Segundo: amar, envolviendo al amor en su esencia más pura: LA TERNURA. Eso significa amar respetando siempre. Acompañando siempre. Acudiendo siempre. Sabiendo estar ahí, justo en el momento preciso. Sin exigencias. Sin sobresaltos. Tercero: Un amor VALIENTE. Un amor que arriesga. Que tiene como posibilidad perder. Sufrir. Morir. Abandonar las esferas de confort. Y por último: un amor ABIERTO A TODOS. Al que agrada y al que desagrada. Al que es fácil amar y al que cuesta la misma vida. Un amor al diferente, al que se siente extranjero en una que no es su tierra. Ni puede comunicarse en su lengua. Amar al otro, sea quien sea, porque es tierra sagrada de Dios

Un amor así, sí merece llamarse AMOR.

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¿Te vienes un rato?

Te veo siempre tan corriendo, que casi no me das tiempo para peguntarte a dónde vas. O de dónde vienes.
¿Podrá decir esto Dios de mí? ¿De ti?
Sí. Y además quiere corregirnos a los dos. Por eso la invitación nos la hace en plural: “Venid vosotros conmigo, a un lugar tranquilo, a descansar un poco” (Mt 6,31).
Dios nos llama, nos reclama. Una invitación así, sólo la hace quien te conoce, aquel a quien le importas; el que está pendiente de ti. El que te acompaña, aún en la distancia. El que sigue tus pasos.
Demasiadas palabras, demasiados discursos, demasiadas movidas, demasiados encuentros. Y siempre con el horario pisándote los talones. En la comida, casi no hay tiempo ni para el postre. Y siempre un timbre, una llamada, un mensaje…que te devuelve a la prisa, que te quita de en medio para seguir con nadie. O quizás para seguir contigo mismo. Demasiadas ausencias y vidas abrazadas a una máquina. Con los actos, nos lo decimos a la cara: me importa más la máquina que tú. Con la tentadora conciencia de pensar siempre que todo está bien, porque todo está reliado en “las cosas de Dios”.
Entonces, ¿a qué nos está invitando Dios?. A no quemarnos. A parar. A priorizar. A gozar de la presencia del otro. Porque el motor se quema si no se para nunca. Si no hay tiempo para repostar. La invitación de Jesús a sus amigos, que somos tú y yo, no es otra, sino a disfrutar de las cosas, sin pasar de puntillas por ellas. A mirar, despacio, al que se acerca, para que sea él, el primero, antes que el reclamo de cualquier objeto. Dios nos invita a lo único que sabe invitarnos: a amar. Y sólo amas si eres capaz de poner al otro en el centro.
Esto va a ser lo mismo que aquello: “echad las redes a la derecha de la barca” (….). Dirigirnos a ese lugar tranquilo, en el que todo se ve desde la perspectiva de la luz. A descubrir la huella del resucitado en cada acontecimiento y en cada persona. Atravesando cualquier dolor de la única forma que se redime: amándolo. Jesús nos está invitando a dirigirnos a ese lugar en el que es más importante ser, que hacer. A entrar despacio y sin prisas, en la tierra sagrada del otro.
No, no es una invitación a huir o a escondernos. O a no dar la cara y sí la espalda. El Señor nos llama a vivir desde la esencia para la que fuimos creados. Y esa fragancia y esencia…se disipa si permanece constantemente en la intemperie. La esencia se regenera en el silencio, en la escucha atenta de la Palabra, en la serena contemplación de Aquel que nos está amando día y noche.
Vente un rato, nos grita Dios. Aparta por un momento, cada día, todos los ruidos. Escucha. Medita. Contempla. El ruido, amigo, puede hacerte pensar que todo es tuyo. Será entonces cuando tu desgaste, tarde o temprano, será irremediable. La alegría profunda, sólo viene de Dios y desborda mi vida, la tuya…y la de los que se encuentran con nosotros. Y para eso hay que acudir al pozo del Amado, para beber, todos los días. Sin dejarse ni uno.
¡Vente un rato, anda!.

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GENTE CON ARTE!

Te levantas un día y, sin esperarlo, empiezas a ver a gente poco corriente. Aunque intuyes que, como tú y como yo, tienen nombre, familia, parientes, achaques, olvidos, exámenes, trabajo…mucho trabajo, amigos, días mejores, días grises. Que son gente que, como a ti y como a mí, les gusta la música, caminar, leer, charlar, bailar, pasear, mirar, viajar, estudiar, investigar, rezar, comer, dormir, disfrutar, acompañar, soñar…, las miras con un poco de detenimiento y enseguida descubres que son gente con arte. Con mucho arte. Es más, si te acercas un poco, enseguida te das cuenta que son
 Gente Con pasión, por vivir los límites,
 Gente Con fuerzas, para salir siempre adelante,
 Gente Con garras, para alcanzar lo imposible,
 Gente Con ternura, para acoger a todos,
 Gente Con guasa, para alegrarte el día o el momento,
 Gente Con alegría, para contagiarla, silenciosamente,
 Gente Con presencia, para recordar a los ausentes,
 Gente Con ganas de que tú te sientas especial, único, valioso,
 Gente Con paciencia, para esperar a todos,
 Gente Con amor, con mucho amor. Inagotable,
 Gente Con hermanos, porque son familia,
 Gente única, que te hacen sentirte importante,
 Gente Con Voz, que, sin querer, te hace participar,
 Gente Con un único lugar de residencia, justo donde tú vives,
 Gente Con un único tesoro, porque sólo Dios basta,
 Gente Con muchas caras, con muchos nombres, con muchos colores, de todas las lenguas y razas…
 Gente Contigo. Gente Con chispa. Son GENTE CON SAGRADA.
¡Qué bueno que te encontraste con alguien así, en un año como éste!

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LA NOCHE

Si hay un lugar de contradicción, de contrastes, de extremos…Si hay un tiempo que es a la vez corto y largo, denso y efímero, doloroso y gozoso…esa es la noche. Hay noches oscuras y noches claras. Hay noches que brillan, que deslumbran y noches que ahogan, asfixian. Hay noches que resultan cortísimas, y noches que se hacen eternas.
En el Evangelio constatamos que suceden muchas cosas de noche; algunas muy importantes. En la vida de cada uno de nosotros sucede lo mismo. La noche se convierte en ese espacio y tiempo en que se crece, se ama, se abraza, se sueña, se llora, se vive, se ríe, se goza…se sufre…se muere.
Hoy, en mi recuerdo y oración, hago presente una de esas noches. Justo hoy hace dos años. No os podría decir si fue larga o corta; tampoco recuerdo si fue llena de luz o de intensa tiniebla. Sólo sé que era de noche. No sé si hubo paz y sosiego o me llené de inquietud y nervios; si hubo prisas o todo sucedió con calma. Sólo sé que era de noche. No sé si lloré más que abracé. Si recé más que pregunté. Sólo sé que era de noche. No sé por qué llamó aquella noche. Sólo sé que quien llamó fue Dios. Y lo hizo como lo hace todo: a su tiempo. Y era de noche.
Gracias Señor, por la noche. Pero sobre todo, gracias por la luz del amanecer.

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SILENCIO

En muchas ocasiones no me creo el Evangelio. No, no lo confieso, así, a las claras. Pero cuando constato que no sigo, en muchos aspectos de mi vida, las directrices del Maestro…. es que estoy lejos de la fe que mis labios profesan.
Durante muchos años he pensado que la manera de dar a conocer una virtud, un don, un servicio, un regalo, una ayuda, una entrega…era gritarla: con la voz o con los gestos. He aprendido, con el tiempo, que ese grito vacía de contenido y densidad todo acto humano. En el momento en que lo grito, pierdo la visión del otro en el primer plano y aparece mi figura, mi ego, mi historia…acaparando toda la pantalla.
Hace años que leí esto: Cuando se trata de ayudar o servir (de amar), no existe el tiempo, ni las prisas. Sólo existe el otro. Pero claro, una cosa es leer y otra, bien distinta, vivir. Y el mayor desgate y desazón que existe en esta vida es pretender amar y servir al otro, como excusa para amarse uno así mismo. El alma termina vacía, y el cuerpo, exhausto.
En muchas ocasiones, no sé que parte del cuerpo nos reclama siempre vocear lo que hacemos, lo que vivimos, lo que rezamos, lo que conseguimos, lo que visitamos, lo que celebramos. Y en ello, parece que nos jugamos la existencia o no de todo lo acaecido. El alma, o esencia de uno mismo, no entra en ese juego. Ésta se siente grande en lo auténtico. En los discreto. En lo verdaderamente humilde. En lo silencioso.
El silencio, como expresión de lo verdadero, de lo profundo, de lo auténtico, es el traje de fiesta del alma. Y Dios nos pide siempre estar con el traje de fiesta puesto. El silencio es el lenguaje preferido de Dios. Cierto que es pomposa y hasta espectacular la tala de un árbol del bosque. Pero lo verdaderamente grandioso es el crecimiento silencioso del resto del bosque y de cada uno de los árboles. Mes a mes. Año tras año. Siglo a siglo.
Hermosa la anécdota de aquel periodista que asistió a la misa dominical en una parroquia de Madrid. Escuchó una homilía preciosa. Entró a la sacristía para saludar al predicador, pero ya se había ido. Y nadie de los presentes supo decirle su nombre. El periodista narró este hecho en un artículo. (Hoy, aquel predicador es un joven formador de misioneros).
Es verdad que a veces cuesta creerse el Evangelio. Pero no es menos verdad que hay veces que Dios te pone delante a verdaderos testigos y ejemplos de su propuesta, que te ayudan a vivir lo que crees. Que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha (Mt 6,3).

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Una madre!!!

Pocas palabras salen del cuerpo y del alma cuando la mirada se fija en esa figura, inagotable, indescriptible, vigorosa, sorprendente siempre, inabarcable, como es una madre.

¿El mejor regalo?, ¿insuperable compañía?, ¿dueña de todo lo que soy en Dios?, ¿maestra excepcional de las lecciones difíciles de la vida?, ¿buena guía y mejor ejemplo?, ¿inagotable fuente de sabiduría humana y divina?… Sí, todo eso y muchos más que ni tú ni yo sabemos nombrar, ni en silencio ni en público, todo eso y más, es una madre.

Hoy le doy gracias a Dios por mi madre. Se fue a la presencia del Padre en la madrugada del 14 de Noviembre de 2012. Nunca una muerte llega a tiempo. Y menos la de una madre. Es un regalo divino que uno desearía tener atrapado siempre. El desconcierto y el desorden se apoderan de nosotros al desaparecer de nuestra vista el tronco del que fuimos sacados. Y, casi sin percibirlo y buscarlo, todo eso va dando paso al amor verdadero, a la serena confianza, sin fisura, al agradecimiento, a sentirte dichoso y privilegiado, por el regalo recibido. Sabemos que nada es para siempre. Sólo Dios. Y a Dios llegamos por la fe; ésta hace que nos adhiramos a Dios. Y el amor, hecho detalles, permite que crezcamos en su Compañía. Fe y amor son los dos regalos recibidos de mi madre. Ambos, inseparables, aprendidos en la escuela del testimonio, del silencio, de la espera y del dolor.

Mi madre supo alentar la llamada a la Vida Religiosa en dos de sus cinco hijos. Una religiosa y un religioso. Hoy, desde el cielo, intercederá al Padre por sus tres hijos casados y por sus familias, y por nosotros dos, religiosos… para que seamos continuadores de esa bondad y de esa generosidad característica de aquellos y aquellas que tienen a Dios como único Maestro. Y desde la tierra, yo doy gracias a Dios por esta hija, hermana, esposa y madre. Permitídme, desde estas líneas, corregir al poeta para dar esas gracias al Padre. Gracias porque una madre nos enseña que se hace camino al amar (camino que no se borra) y gracias por ella, por habernos dejado la lección que lleva aprendida y vivida toda madre buena: dar!; dar sin esperar; dar sin mirar!. ¡Dar y regalar!.

 

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¿Tú eres cura?

Ser sacerdote hoy es apasionante. Jesús quiso perpetuar su sacerdocio para siempre y por eso sigue llamando a hombres valientes, arriesgados, en la fascinante tarea de hacer presente en este mundo al mismo Dios.

El evangelio contiene esa pregunta clave, primera y fundamental en toda relación humana y divina. Es dirigida a Pedro por parte de Jesús: “Pedro, ¿me amas más que estos?”. Pedro, como tú o como yo, le responde sin titubeos: “Señor, tú lo sabes todo. Tú sabes que te quiero … entonces cuida de mis ovejas, de mi pueblo”.

Hoy hacen falta pastores. Pastores buenos que actúen en nombre del único pastor. Hoy necesitamos en la Iglesia y en el mundo sacerdotes misioneros, disponibles, inmersos en una vida de oración y contemplación, apasionados y entretenidos en el estudio de las cosas de Dios, anunciadores sin complejos de la Palabra de Dios, cercanos e implicados en la vida del pueblo y en la vida de cada uno de sus hijos. Sacerdotes y pastores que tengan como misión llevar a Dios a cada persona, a cada casa. Pastores que sepan hacer presente a Dios (sacramento) en cada circunstancia de la vida cotidiana.

El P. Claret, santo del siglo XIX y fundador de la Congregación a la que pertenezco, fue nombrado obispo de Cuba, cuando él lo que quería era ser un humilde y andariego sacerdote para llevar la Palabra de Dios a todos los pueblos. Él mismo decía que ser obispo no era lo suyo, porque los obispos (y los sacerdotes) se dedican a muchas cosas relacionadas con la burocracia. Y él no quería eso. Cuando Claret le estaba consultando esta cuestión al Obispo de Barcelona, éste le respondió: a lo mejor el Señor te llama a ti a ese ministerio, para que se recupere en la Iglesia esa función ejercida al estilo de los Apóstoles, lejos de las secretarías y los despachos… Y, efectivamente, el ahora santo P. Claret, siendo sacerdote y obispo, misionó, entre otros centenares de rincones, toda la isla de Cuba.

Y así fue como la Iglesia, en aquel momento nada fácil, contó con una manera de ejercer el ministerio sacerdotal y episcopal, recuperando el más puro estilo apostólico.

Es curioso como siempre lo que para nosotros aparece como dificultad o impedimento, desde la docilidad, obediencia y humildad… Dios es capaz de transformarlo en fuerza, motor y gracia.

Concede a tu Iglesia, Señor, buenos sacerdotes y obispos.

 

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¡Cosas de familia!

          Ya hace algunas semanas, uno de mis hermanos pequeños (pequeño sólo en la andadura del camino recorrido) me contaba a mí y a otro buen grupo de amigos, todas las cosas que había ido escuchando a su alrededor desde el momento en que se decidió comunicar a su entorno que lo dejaba todo por seguir a Jesús en la Vida Religiosa: ¡es una opción poco pensada y precipitada, le decían algunos!; un camino, intelectual y profesionalmente hablando, poco eficaz, en los tiempos que corren, les decían otros; el mundo empresarial y logístico, se va a perder contigo una gran pieza en el puzle económico en el que se intenta encajar todo lo que hoy define al hombre moderno, se atrevían a decirle los mas inquietos ante la decisión…

A ninguna de estas sentencias ha sucumbido mi hermano. Mientras nos hablaba de todo esto, constaté que ha sabido ir respondiendo, sin titubeo, a todas y cada una de las interferencias que fueron apareciendo en su firme decisión. ¿Y lo que ganará la Iglesia?, se le escapó comentar a aquellos que le daban por inútil tomando una decisión de ese calibre!.

Lo sepa él o no; sea o no del todo consciente… a este mozo le acompaña el Espíritu de Dios, como a todos!. Pero ese Espíritu ha encontrado en el surco de su alma Tierra Buena. Por eso ha sido capaz, con firmeza, de decidir algo en libertad. ¿Qué libertad? No. No la libertad de pensar que somos más personas y mejores seres humanos cuando elegimos lo que más nos gusta, para ¡autorealizarnos mejor!O que seremos más completos si elegimos aquello para lo que más capacitados estamos. No. Este joven ha elegido en aras de la libertad que nos hace más plenamente humanos y auténticamente personas completas: estar enraizados, sumergidos en Jesucristo. ¿Para qué?Para ser imitadores de Él. Esa es la auténtica libertad que nos hace verdaderamente hombres completos. Y es la única verdad que nos hace decididamente libres. Qué verdad tan honda y tan inagotable la contenida en aquella frase de San Pablo: “Todo lo considero pérdida con tal de ganar a Cristo” (Flp 3,7). Del que os hablo ya es grande de cuerpo, pero desde que tomó esta decisión yo hasta lo veo más grande, si cabe!.

¡Qué Pascua! Qué paso de Dios por nuestra vida! Y qué gozo tener hermanitos así- Sólo me sale del corazón una palabra dirigida a Dios, autor de todo esto: ¡Gracias!.

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