Planificar a medio y largo plazo

Administrar significa distribuir los recursos (siempre escasos por definición) entre las necesidades (siempre muchísimas también por definición). Al fin y al cabo eso es lo que hacen los padres cuando van a la compra y tienen que distribuir sus escasos recursos (el dinero que lleva en la cartera) entre las necesidades tan variadas de los miembros de su familia, ellos mismos y sus hijos. Las necesidades son múltiples. Hay que comprar ropa. A unos les hace más falta que a otros. Hay que comprar alimentos. Hay que atender a los diversos gastos fijos de la casa (electricidad, gas, agua, seguros…). Hay que apartar dinero para el dentista…

Pero los padres, cualquier administrador, no pueden pensar sólo en las necesidades inmediatas, las que urgen ahora. La vida le obliga a tener presentes también en sus cálculos las necesidades de mañana y de pasado mañana. El seguro del coche se paga una vez al año y hay que tener dinero en la cuenta corriente cuando llegue el recibo. Se podrían poner muchos más ejemplos que indicarían que hay que tener en cuenta el mañana y no comerse todos los recursos en el presente. En otras palabras, si el campesino consume toda sus cosecha de arroz o trigo, qué va a utilizar para sembrar y seguir obteniendo cosechas.

Pero nos pasa que a veces lo urgente no nos deja ver lo importante. Y las necesidades de hoy nos ponen difícil pensar en las del mañana. A religiosos y religiosas eso nos pasa un poco más que al resto. Por la sencilla razón de que muchas veces en nuestra formación se nos ha hablado que hay que confiar en la providencia de Dios, que hay que dejarse llevar, que no hay que planificar tanto porque eso va contra el Espíritu. Y eso que nos han dicho tantas veces, lo hemos asimilado de tal manera que hoy nos cuesta planificar a un plazo mayor de un año. Hacemos presupuestos para un año y eso ya nos parece mucho.

No podemos seguir así. Nos hace falta empezar a pensar en plazos más largos. Hay que programar y planificar a cinco, diez, quince, veinte años. Sólo así podremos asegurar la futura viabilidad de nuestras instituciones, de nuestra misión, del servicio que hacemos a la buena nueva del Reino. No otra cosa es lo que nos pide el último documento de la CIVCSVA (Líneas orientativas para la gestión de los bienes) cuando habla del “patrimonio estable”. O dicho de otra manera, los recursos que deben garantizar la viabilidad futuro del instituto.

La providencia no nos libera del esfuerzo de “administrar” nuestros recursos para hacer un mejor servicio a nuestra misión. Precisamente Dios nos ha dado la inteligencia para usarla al servicio de la misión. Precisamente nuestra inteligencia es ya Providencia. Lo nuestro no es quedarnos de brazos cruzados esperando a que Dios haga el trabajo por nosotros. Dios no nos da soluciones sino los instrumentos para encontrarlas por nosotros mismos. Lo nuestro es poner todo (inteligencia, recursos humanos, fuerzas, recursos materiales y financieros) al servicio de la misión. Porque es lo que más nos importa y a lo que hemos consagrado nuestra vida: al anuncio del Reino.

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