“Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar”:

En quienes se llenan de él, el Espíritu de Dios  produce un efecto que puede parecer semejante al que causa en los borrachos el “espíritu del vino”: Salen de sí.

Esa plenitud del Espíritu de Dios que a todos alcanza en la comunidad apostólica, es luz que a los discípulos los lleva al conocimiento del misterio de Cristo, y es  fuente de inspiración para que puedan anunciar lo que han conocido.

El Espíritu pone verdad en las palabras, clarividencia en la mirada, alegría y paz en el corazón.

Lamentablemente, para los creyentes, para los ungidos por el Espíritu, siempre ha sido posible reducir la fe a ideología, el misterio a palabras que lo anulan, la salvación a doctrina que se aprende.

El misterio de Pentecostés, misterio del Espíritu dispensado a manos llenas, me devuelve a los días en que se cumplía el misterio de la encarnación, cuando el Espíritu de Dios, como nos recuerdan los relatos de la infancia de Jesús, se movía dejando fuera de sí por la alegría y la fiesta a todos los que llenaba:

“Se llenó Isabel de Espíritu Santo y, a voz en grito, exclamó: « ¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que la madre de mi Señor venga a visitarme? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa la que ha creído, porque lo que el Señor le ha dicho se cumplirá”.

“Zacarías se llenó de Espíritu Santo y profetizó”.

La historia de Simeón, hombre justo y piadoso que aguardaba el consuelo de Israel, muestra cómo el Espíritu Santo se le revela, lo mueve, lo inspira para que vea lo que los ojos no pueden ver, y profetice pronunciado palabras que sólo pueden nacer en los carriles del misterio contemplado.

Necesitamos sobre nuestra vida la alegría, la paz, la fiesta, el fuego que trae consigo la efusión del Espíritu.

Ven, Espíritu Santo, enséñanos a decir: “¡Jesús es Señor!”, sólo Jesús es Señor, no hay más Señor que Jesús. Ven y enséñanos a decir: El forastero es Señor, el hambriento es Señor, el sediento es Señor, el desnudo es Señor, el enfermo es Señor, el encarcelado es Señor. Ven y llévanos a Cristo, haz que aprendamos a Cristo, que hagamos nuestros los sentimientos de Cristo: transfórmanos en Cristo, “entra hasta el fondo del alma, divina luz, y enriquécenos” con la semejanza de Cristo.

Tú, que santificas y transformas el pan de nuestra eucaristía, transforma en Cristo Jesús el pan de nuestra vida, de modo que, en Cristo, todos formemos un solo cuerpo y un solo espíritu.

“Ven, dulce huésped del alma”.

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“VENDREMOS A TI”

Lo hemos leído en los Hechos de los Apóstoles: “De muchos poseídos salían los espíritus inmundos lanzando gritos, y muchos paralíticos y lisiados se curaban”.

En realidad, a la ciudad de Samaria no había llegado un médico capaz de remediar toda enfermedad, ni tampoco un mago capaz de dominar con sus poderes las fuerzas del mal; a Samaria había llegado sólo la palabra que “predicaba a Cristo”.

Llegaba la palabra, y retrocedía el mal. Llegaba la palabra, y “de muchos salían los espíritus inmundos, y muchos paralíticos y lisiados se curaban”.

Mientras escuchabas la narración, tu corazón daba testimonio de que estabas oyendo la verdad, pues también a tu vida había llegado la palabra que “predicaba a Cristo”, y tú habías sido liberado, habías sido curado, habías sido redimido, habías sido salvado.

Y cuando el lector dijo: “La ciudad se llenó de alegría”, ya no pensaste en Samaria, sino en ti mismo y en la asamblea de la que formas parte, porque, desde que acogiste la palabra que “predicaba a Cristo”, se te ha dado un gozo que nadie podrá quitarte, el mismo que tienen los que están contigo en esta asamblea santa: todos pobres, todos rescatados, todos amados, todos salvados. En verdad se os puede llamar, “la ciudad que Dios llenó de alegría”.

Luego el lector añadió: “Les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo”. Y la memoria de la fe te llevó, no a Samaria sino a la Iglesia en la que fuiste bautizado, a la fuente en la que naciste del agua y del Espíritu, al obispo que te confirmó, a todas las celebraciones de la Cena del Señor en las que, recibiendo a Cristo Jesús, has recibido de él el Espíritu que te transforma en ofrenda agradable a los ojos de Dios.

Después de oír lo que el Señor ha hecho contigo, necesitas contarlo y cantarlo: “Venid a escuchar; os contaré lo que ha hecho conmigo”. “Aclamad al Señor, tocad en honor de su nombre, cantad a su gloria”.

Cuéntalo una y otra vez a tu corazón, deja memoria de las obras de Dios en todos los rincones de tu vida, en todas las estancias de tu ser, de modo que siempre agradezcas lo que siempre recuerdas. Cuéntalo a la creación entera, para que toda ella cante contigo la gloria de Dios.

Con todo, todavía no has hecho más que acercarte al misterio de salvación que estás celebrando. Acoger la palabra que “predica a Cristo”, significa en realidad “amar a Cristo”, y también “guardar sus mandamientos”.

Si acoges la palabra que “predica a Cristo”, la gracia te redime; si amas a Cristo, él le pedirá al Padre que te dé otro Defensor que esté siempre contigo, el Espíritu de la verdad.

Si acoges la palabra que “predica a Cristo”, Dios llenará de alegría la ciudad; si amas a Cristo, guardarás sus mandamientos, y el Padre te amará, Cristo te amará, Cristo se te revelará.

Si acoges la palabra que “predica a Cristo”, pasarás de la esclavitud a la libertad, del pecado a la gracia, de la muerte a la vida; si amas a Cristo, guardarás su palabra, y el Padre te amará, y vendrán a ti, y harán morada dentro de ti.

Tú acoges la palabra de Dios, y es para ti la Pascua del Señor, el paso liberador de Dios por la vida de los esclavos; tú acoges la palabra de Dios, y tu vida se llena de alegría porque se ha llenado de Dios.

Ahora ya puedes cantar el cántico nuevo, el de la Pascua última: “Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios omnipotente; justos y verdaderos tus caminos, ¡oh Rey de los siglos!”.

Aún así, no hemos hecho más que asomarnos al misterio que celebramos. Has oído al Señor que te decía: “Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre lo amará y vendremos a él”. Vendrá a ti el que amas, vendrá a ti el que te ama; vendrá a ti, como palabra para ser creída; vendrá a ti, como pan  de vida para ser comulgado; vendrá a ti, como pobre para que lo acudas en su necesidad. Él vendrá a ti: si le acoges, tu vida será un canto de amor en la ciudad que Dios llenó de alegría.

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“Confía y ten calma”

“Que no tiemble vuestro corazón”: Nos lo dice el buen pastor que ha dado su vida por las ovejas y ha resucitado.

Creed en Dios y creed también en mí”. Confiad, no tengáis miedo, aunque en la barca, como en la cruz, Dios os parezca ausente y a mí me veáis dormido.

Las palabras del Señor van derechas al corazón de los discípulos, que, creyendo, se hacen depositarios de la esperanza del mundo.

Así las grabó en el suyo Teresa Benedicta de la Cruz: “Confía y ten calma”. Así resonaron en su carmelo, en su prisión, sobre el altar de su holocausto, en cada rincón de su alma: “Confía y ten calma”.

Las palabras de Jesús bajan como un vuelo de paz sobre la vida de los pobres: “Que no tiemble vuestro corazón. Creed en Dios y creed también en mí”. Son su secreto, el de Jesús y el de los pobres, el del pastor y el de sus ovejas, el de las víctimas de todo tiempo y lugar: “Confía y ten calma”.

Las palabras de Jesús son la verdad, que llena de vida el camino de los pequeños

Hoy, Iglesia de Cristo, harás comunión con tu Señor: harás comunión con su fuerza, con su firmeza, con su esperanza, con su confianza, con su amor de Hijo; y aprenderás a entrar con él en su hora, en su noche, en su éxodo, en su Pascua. “Confía y ten calma”, pues estás en el camino que lleva al Padre, te ilumina la verdad que viene del Padre, y has recibido la vida que sólo Dios puede dar, pues es la vida en Dios.

Me sé sostenida… en brazos de mi Padre…

Si yo no  me suelto, él nunca me suelta: Él es mi sostén…

Abrazo de luz, reposo de amor, calma que me inunda el corazón.

Alma confortada, niña arrebujada en brazos de mi Dios” (Teresa Benedicta de la Cruz).

Ésta es canción de holocausto presentido, de habitación de hospital, de bloque penitenciario, de familia desahuciada, de emigrante bloqueado por vallas cuchillas, de refugiado acosado por la brutalidad criminal de la violencia, del hambre y de la legalidad vigente.

Ésa, que es canción para pobres, para hijos de Dios condenados a muerte, yo se la he oído a Dios mientras, uno a uno, en cada calvario, los apretaba contra su corazón: “Me sé sostenida… en brazos de mi Padre… niña arrebujada en brazos de mi Dios”.

Feliz domingo.

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El Señor es mi pastor

Para acercaros al misterio de este domingo, el domingo de Cristo buen pastor, os pido que lo consideréis primero desde vosotros mismos, y después desde Jesús.  Desde la Iglesia, desde nuestra experiencia de salvación, hemos cantado a Dios, diciendo: “El Señor es mi pastor, nada me falta”; y después, como asamblea pascual, hemos cantado nuestro Aleluya, recordando la palabra del Mesías Jesús, que nos decía: “Yo soy el buen pastor”.

Intentaré expresar algo de lo que yo siento cuando, unidos en una sola voz, decimos: “El Señor es mi pastor”.

Se lo he susurrado a mi propio corazón, se lo he gritado a la creación entera, lo he derramado como un perfume delante de mi Dios: “El Señor es mi pastor”. Las palabras de mi canto son verdaderas si las digo desde mí mismo, pues en verdad “nada me falta”; y su verdad se manifiesta con mayor claridad si las canto contigo, Iglesia santa; y esa claridad me deslumbra si digo con Cristo resucitado: “El Señor es mi pastor, nada me falta”. He oído resonar el eco de las palabras de este salmo en el corazón del hermano Francisco de Asís: “Mi Dios, mi todo”; y en el corazón de Teresa de Jesús: “Sólo Dios basta”. Con el Salmista, con Cristo resucitado, con el hermano Francisco y la hermana Teresa,  con todos los creyentes de todos los tiempos, también nosotros vamos diciendo: “El Señor es mi pastor, nada me falta”.

¿Por qué digo: “nada me falta”? Si lo digo con el Salmista, hago mías sus palabras: “El Señor me hace recostar en verdes praderas… me conduce hacia fuentes tranquilas… repara mis fuerzas… me guía por el sendero justo”. Si lo digo con Cristo resucitado, entonces, contemplando el misterio pascual, reconozco las “verdes praderas” de la vida que no tiene fin, las “fuentes tranquilas” de la dicha eterna; en verdad, el Señor Dios ha reparado las fuerzas de su siervo Jesús, en verdad lo ha conducido por el sedero de la perfecta justicia.

En realidad, con el Salmista y con Jesús y con toda la Iglesia de Dios voy diciendo, “nada me falta”, sencillamente “porque tú, mi Señor, mi Pastor, vas conmigo”, porque “tu vara y tu cayado me sosiegan”, porque tú eres “todo bien, sumo bien, total bien”, porque no sólo has preparado una mesa ante mí, sino porque tú has querido ser anfitrión y alimento, porque me has ungido con el perfume de tu Espíritu Santo y en tu casa mi copa rebosa de gracia y santidad.

Hoy, sin embargo, no sólo hemos cantado, diciendo: “El Señor es mi pastor, nada me falta”. También hemos alabado a Dios con el cántico nuevo del tiempo pascual, recordando que Cristo dijo: “Yo soy el buen pastor, conozco a mis ovejas y las mías me conocen”.

Los discípulos se lo habían oído decir a Jesús; nosotros se lo oímos hoy al Señor resucitado. No sé lo que ellos entendieron entonces; os diré algo de lo que nosotros podemos entender ahora. Si miráis al buen pastor, veréis al que conoce vuestro nombre porque él os lo ha dado, un nombre bellísimo porque el pastor lo ha hecho verdadero, un nombre que encierra muchos nombres: perdonado, agraciado, justificado, reconciliado, hijo, heredero, pacificado, amado, glorificado… un nombre que todos los encierra y que todos los refiere de manera única y personal a cada uno de nosotros; si miráis al buen pastor, veréis al que ha dado su vida para que tengáis vida, veréis al que ha sido herido para curar vuestras heridas, veréis al que ha sido entregado para que fueseis rescatados; si miráis al buen pastor, veréis al que os apacienta con su amor, al que os nutre con su cuerpo y con su sangre, al que va delante de vosotros hacia la tierra de la vida. Vosotros sabéis de dónde ha venido para buscar su oveja perdida, sabéis de qué abismo os ha rescatado, sabéis cómo os ha llevado sobre sus hombros y cómo abrió para vosotros de nuevo las puertas del paraíso.

Pero aún os he de decir algo más: lo que sabéis del buen pastor de vuestras almas, no lo sabéis de oídas, sino que lo habéis experimentado cada día de vuestra vida, y lo experimentáis ahora en el sacramento que celebráis: reconoce, Iglesia santa, la voz de Cristo que te guía, recibe el pan de la vida que te ofrece, goza con el Espíritu que él solo puede darte, deja que corra por tu frente el ungüento de su alegría, abre las puertas de tu vida a la abundancia de su paz. ¡Déjale ser tu pastor, pues sólo quiere conducirte a la vida! ¡Recibe al que te ama! ¡Ama al que, por recibirte, ha dado la propia vida! Búscalo, para amarlo; ámalo, donde lo encuentres. Verás que está siempre muy cerca de ti.

Feliz domingo.

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La luz de Cristo entra en el recinto de nuestros miedos:

Sucedió al anochecer de aquel día, el primero de la semana, el día de Cristo resucitado. Si entráis en el ánimo de los discípulos, hallaréis miedo, y si los buscáis, encontraréis su puerta cerrada, porque el miedo cierra las puertas.

Sólo Jesús resucitado puede entrar en los lugares que el miedo ha cerrado; sólo él puede entrar y ofrecer la paz que hace inútiles las barreras del miedo.

Sucedió al anochecer de aquel día, sucede hoy en esta casa de la Iglesia, en este día primero de nuestra semana, en nuestro día del Señor: Cristo Jesús está en medio de nosotros, entra en el recinto de nuestros miedos, llena con su luz la oscuridad de nuestra mente y de nuestro corazón, y da la paz, su paz, para que tampoco de él tengamos miedo.

Al anochecer de aquel día, a sus discípulos, Jesús les enseñó las manos y el costado. ¿Qué tienen aquellas manos? ¿Qué hay que ver en aquel costado? La memoria de la fe os dice: Les mostró las manos traspasadas por los clavos; les mostró el costado abierto por la lanza. Y tu corazón te dice: Les mostró la verdad de su Pascua, la memoria de su pasión, la memoria de su muerte, la memoria de su entrega, la memoria de su amor. Les mostró la fuente de la paz que les había ofrecido, les abrió la fuente del Espíritu que les iba a ofrecer.

Por eso, los discípulos a quienes fueron mostradas aquellas heridas, vieron al Señor, vieron al que los había amado hasta dar la vida por ellos, vieron al “Entregado”, y se llenaron de alegría. ¡Él les mostró las heridas, y ellos se llenaron de alegría!

Vosotros, que creéis sin haber visto, os habéis acercado hoy, porque tenéis sed, a beber en la fuente de la paz, en la fuente del Espíritu, en la fuente que es Cristo resucitado. Digo que os habéis acercado a la fuente; mejor sería si dijese que la fuente os ama, y porque os ama, se ha acercado a vosotros. Nosotros nos reunimos porque tenemos sed de paz y de Espíritu; y el Señor se hace presente en medio de nosotros para que en él nos saciemos de paz y de Espíritu, ¡y también nosotros nos llenamos de alegría al ver al Señor!, aunque lo vemos sólo con los ojos de la fe.

Dichosos vosotros, porque Dios os ama, y os ha dado a su Hijo único, para que tengáis vida en él.

Dichosos vosotros, porque la misericordia de Dios es eterna, y Dios, por su misericordia, ha querido ser vuestra fuerza, vuestra energía, vuestra salvación.

Dichosos vosotros, porque Dios ha hecho brillar sobre vuestra vida el Día que es Cristo resucitado, el Día sin ocaso, pues Cristo es el Día en que actuó el Señor, el Día que es nuestra alegría y nuestro gozo.

Dichosos vosotros, que celebráis unidos la fracción del pan, trabajáis unidos por el Reino de Dios, compartís los pobres el pan de vuestra mesa, y alabáis a Dios con alegría y de todo corazón.

Dichosos vosotros, que por la resurrección de Cristo habéis nacido de nuevo para una esperanza viva, para una herencia que os está reservada en el cielo.

No habéis visto a Jesucristo, y lo amáis. No habéis visto a Jesucristo, y lo servís en los pobres, lo cuidáis en los emigrantes, lo crecéis con ternura en los niños, lo curáis con delicadeza en los enfermos, lo saludáis con cariño en vuestro prójimo.

No habéis visto a Jesucristo, y escucháis con fe su palabra en vuestra asamblea litúrgica; no le habéis visto, y le recibís con amor entrañable en la santa comunión. No le veis, y creéis en él, y os alegráis con un gozo inefable y transfigurado.

Dichosos vosotros, os lo dice el Señor; dichosos vosotros, que creéis sin haber visto.

Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.

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Escucha al que te ama

La celebración anual de la Pascua pone delante de nuestros ojos a Cristo Jesús, el Maestro que, desde la cátedra de la cruz, nos explica, muriendo, lo que a todos había enseñado predicando.

Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os calumnian” (Lc 6, 27-28).

Tú, que en el bautismo has sido curado de tu ceguera por el que es la luz del mundo, en aquel crucificado en quien los soldados vieron sólo a un rey de burlas, en quien los sumos sacerdotes y el sanedrín habían visto una amenaza para el propio poder, tú ves a tu Rey, a tu único Señor, a tu salvador; en ese crucificado tú ves al Hijo de Dios que ora por quienes lo han calumniado, bendice a quienes lo maldicen, hace el bien a quienes se ensañan con él, perdona a quienes lo crucifican.

A la luz de la fe, tú ves un abismo de amor donde todo parecía ser un misterio de odio.

Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, no le impidas que tome también la túnica” (Lc 6, 29).

Ésa era la enseñanza que escuchabas en la llanura. Y hoy, en los misterios que celebras, se te concede contemplar el ejemplo.

Jesús “se levanta de la cena, si quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos” (Jn 13, 4-5). Ves que el amor es quien despoja a Jesús de sus vestiduras y lo arrodilla a los pies de los discípulos, y nos lo muestra, al maestro y al Señor, hecho esclavo de todos.

Y cuando, llegada la hora de pasar de este mundo al Padre, el Hijo se abaja a los pies de la humanidad para limpiarla, entonces los soldados “cogieron su ropa, haciendo cuatro partes, una para cada soldado y apartaron la túnica” (Jn 19, 23). Los soldados la cogieron y el amor no la reclama; los soldados la repartieron, y el amor les ofreció también el perdón que todavía no habían pedido.

Mientras en la cátedra de la cruz nuestro Dios y Señor Jesucristo nos entrega con la capa la túnica, con la túnica la vida, con la vida todo lo que el amor puede dar, nuestro egoísmo, con la ilusión de preservar capa, túnica y vida, va levantando vallas, construyendo muros, cerrando fronteras, ahogando pobres, cultivando miedos, sembrando recelos, exhibiendo poderío, y olvida que quien da la vida, ése la gana, y quien por salvarla se la queda, ése la pierde.

No apartes de tus ojos a Cristo crucificado. Tu maestro no tiene otra fuerza que su amor y sus heridas: cinco fuentes en las que puedes beber el agua de la vida, cinco puertas por las que se te permite entrar hasta el corazón de Dios. Y no desees otra fuerza que la de ese amor vulnerable y vulnerado.

¡Feliz Pascua!

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¡He ahí a tu Rey!

Conmemoración de la entrada del Señor en Jerusalén:

Tal vez sea oportuno subrayar que la comunidad cristiana, en sus celebraciones litúrgicas, no se limita a recordar cosas que pertenecen al pasado de su historia, sino que vive lo que recuerda.

La palabra que escuchamos en nuestra asamblea dominical, es la palabra en la que el Señor se nos comunica, se nos manifiesta, se nos entrega, porque, en su amor, él quiere estar con nosotros, y, en nuestra fe, nosotros queremos estar con él.

«Decid a la hija de Sión: “Mira a tu rey, que viene a ti”.» Decidle a la Iglesia: Jesús de Nazaret, que entra en Jerusalén, “humilde, montado en un asno”, es para ti el Hijo de David, el profeta de Nazaret, el que viene a ti en el nombre del Señor. Detrás de él va nuestro corazón; con él se llena de fiesta nuestra vida; a él rinden honor los ramos que agita nuestra esperanza, y los cantos que entona nuestra fe.

Conmemoración de la pasión del Señor:

Aunque, según el ciclo litúrgico en que nos encontremos, se proclame cada año una narración distinta de la pasión del Señor, el sentido que la Iglesia quiere dar a la celebración eucarística del domingo de Ramos, está definido por las primeras lecturas, que son las mismas para los tres ciclos litúrgicos del Leccionario. Estas lecturas nos dan la perspectiva adecuada para escuchar el relato de la pasión.

Aquel a quien contemplamos en el misterio de su muerte, es el discípulo a quien el Señor “espabilaba el oído” para que escuchase como los iniciados.

Aquel a quien contemplamos en el misterio de su muerte, es el siervo de Dios que rechazado no retrocede, agredido no se avergüenza, abandonado mantiene intacta y firme la esperanza en el Señor.

Aquel a quien contemplamos en el misterio de su muerte, es Cristo Jesús, el Hijo que, “a pesar de su condición divina tomó la condición de esclavo”, el Hijo que, aun siendo igual a Dios, “se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz”, el Hijo a quien Dios exaltó sobre todo, y a quien “concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre».”

Aquel a quien contemplamos en el misterio de su muerte, es el primer hombre de una humanidad de hijos de Dios, de siervos del Señor que escuchan cada día su palabra “para saber decir al abatido una palabra de aliento”, para llevar a los que viven en tinieblas una palabra de luz, para anunciar a los contritos de corazón un evangelio de esperanza.

La palabra que nos revela quién es Cristo, esa misma palabra nos revela lo que estamos llamados a ser nosotros, que somos de Cristo y que, por la fe, estamos en Cristo Jesús.

Cristo, el Rey humilde:

Con la liturgia de este domingo comienza la Semana Santa, la celebración anual de la Pascua, la memoria solemne y festiva de la pasión-muerte-resurrección de nuestro Señor Jesucristo.

Considerad el misterio que se nos concede revivir.

Nos lo revela la palabra del profeta, que dice a la Iglesia: “Mira a tu rey, que viene a ti, humilde, montado en un asno, en un pollino, hijo de acémila”. Eres pobre, y viene a ti tu rey, el que es para ti el bien, todo bien, sumo bien. Necesitas paz, y viene a ti tu rey, se acerca humilde a tu necesidad, trae la paz en su mirada, y llena de paz los corazones de tus hijos. Esperas la salvación, y viene a ti tu rey, Jesús de Nazaret, humanidad de Hijo, en la que Dios ha puesto la salvación del mundo: nació de María, nació para ti en Belén, estuvo en brazos de Simeón, y hoy viene a ti, humilde, tu rey, tu salvador. Y porque lo has reconocido, porque lo has visto llegar humilde y venir a ti, lo has aclamado con gritos de júbilo: “Bendito el que viene en nombre del Señor”.

He ahí a tu rey”: viene a ti, humilde, el que un día ha de venir con gloria sobre las nubes del cielo.

He ahí a tu rey”: escuchas el Evangelio y ves a tu rey en el trono de la cruz; y aunque lo veas allí clavado de pies y manos, sabes que está viniendo a ti, humilde, para quedarse contigo, para traerte su paz, para ofrecerte su justicia, para hacer contigo una alianza eterna de amor.

He ahí a tu rey”: escuchas el Evangelio, y ves a tu rey que combate por tu vida, por tu libertad, por tu salvación; lo ves cubierto de heridas y abandonado; lo ves, y dejas de aclamarlo con cantos para que lo aclame tu compasión y tu gratitud, dejas de ofrecerle el homenaje de tus ramos para ofrecerle la ternura de tu abrazo, el refugio de tu corazón.

He ahí a tu rey”. Lo verás, humilde como el pan, sobre el altar de la Eucaristía. Si aún no habías entendido la palabra del profeta, que te decía, “mira a tu rey, que viene a ti”, ahora puedes entender que tu rey viene para ti, para ser tuyo, para ser tu pan, para ser tu alimento, para ser tu vida.

No dejes que se oscurezca la luz de la fe para reconocer a tu rey, pues viene a ti en su palabra, en su Eucaristía, en sus hermanos, en sus pobres. Y porque lo ves en todas partes, en todas partes lo aclamas, lo acoges, lo sirves, lo amas.

Un día será la Pascua, y verás la gloria de aquel con quien has sufrido y a quien has ayudado.

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Sacramentos para resucitar:

Aquel otro día, “al pasar, Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento”. Todavía resuenan en nuestro corazón las palabras que le dijo: “Ve a lavarte a la piscina de Siloé”.

Esas palabras evocan el misterio de nuestro encuentro con Jesús, cuando la Luz nos dijo: “Ve a lavarte a la fuente bautismal”, “ve a Siloé”, “al Enviado”, “a Cristo Jesús”…

Fuimos, nos lavamos, y volvimos con ojos de ver, unos ojos que sólo Dios puede dar.

Hoy, el que es nuestra luz, dice de sí mismo: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, no morirá para siempre”.

Y esas palabras, que nos revelan el misterio de Jesús, revelan al mismo tiempo el misterio del bautismo que los catecúmenos se disponen a recibir y que el pueblo de Dios ya ha recibido, y revelan también el misterio de la eucaristía que hoy celebramos: Hoy, a ti que has creído en él, viene “el que es la resurrección y la vida”.

Tu fe lo recuerda con asombro y agradecimiento: “En la Palabra estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres… Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros”.

Tu fe dice: “La Palabra habitó entre nosotros”; y el evangelio que se proclama en tu celebración, te ayuda a comprender el significado de lo que dices: La Palabra que es la vida ha venido a ti, ha abrazado tu debilidad, se ha llegado a tu sepulcro, ha descendido a lo hondo de tu mortalidad. La Palabra que es la vida, por amor a ti, habitó contigo en el lugar de los muertos.

Y tú, por la fe y los sacramentos de la fe, has acogido a la Palabra y te has abrazado a la vida: creyendo, vives; comulgando, resucitas.

“La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros”: Viniendo a ti, la Vida ha apartado la losa de tu sepulcro; viniendo a ti, la Resurrección te liberó de tus ataduras y te dejó andar.

A ti, que gritabas desde lo hondo, te ha visitado la misericordia de Dios, a ti ha venido la redención copiosa. El Señor ha abierto nuestros sepulcros y  nos ha hecho salir de nuestros sepulcros, y nos ha infundido el Espíritu que resucitó a Jesús de entre los muertos.

Creyendo, Iglesia cuerpo de Cristo, un día fuiste bautizada en el que es la resurrección y la vida. Creyendo y comulgando, hoy, en la Eucaristía, te haces una con el que es la resurrección y la vida.

Feliz domingo.

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Sacramentos para ver:

Participando en las celebraciones cuaresmales de la comunidad de fe, catecúmenos y fieles salimos al encuentro de Cristo resucitado, encuentro que se hace real en los sacramentos pascuales: en el bautismo que da el “ser otro Cristo”; en la confirmación que da el “actuar al modo de Cristo”; y en la eucaristía que nos lleva a la plenitud de la inserción en Cristo.

Los sacramentos que celebramos son signo de la presencia de Cristo resucitado en medio de sus discípulos. Cuando hablamos de bautismo, confirmación o eucaristía, en realidad hablamos de Cristo y de nosotros, de lo que él es para nosotros, de lo que nosotros somos para él.

Presta ahora atención a la palabra que se proclama en la asamblea litúrgica de este domingo.

Mientras el lector recuerda la unción de David como rey, tú recuerdas que, incorporado a Cristo por el bautismo, en Cristo eres sacerdote, profeta y rey.

Mientras con el Salmista elevas tu canto al Señor, que es tu rey y tu pastor, tú recuerdas que, en Cristo, Dios se te ha revelado pastor que da la vida por ti, buen pastor que te guía por el sendero justo, que te da seguridad aunque camines por cañadas oscuras.

Y mientras el diácono proclama el evangelio de la curación del ciego de nacimiento, tú, Iglesia cuerpo de Cristo, hecha discípulo que escucha, reconocerás en Jesús a la Palabra que era la luz verdadera que alumbra a todo hombre, reconocerás en Jesús al que es la luz del mundo; y a ti misma te reconocerás en aquel ciego, y te verás ungida por Cristo con Espíritu Santo, lavada, purificada e iluminada en Siloé, es decir, en el Enviado, en la muerte y resurrección de tu Señor.

Aquel a quien escuchando viste, comulgando lo recibes.

Aquel en quien, escuchando, creíste, comulgando te haces una con él.

Comulgas, y nada te falta con el pastor de tu vida.

Comulgas, y ungida, te sumerges en Siloé, y la vida entera se te ilumina por dentro con la luz de Dios.

Comulgas, y ves; entras en un mundo que sólo tú puedes ver: un mundo nuevo que resplandece con la luz de la vida.

Feliz domingo, Iglesia iluminada por Cristo.

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Sacramentos para beber:

En el imaginario de la fe hemos asociado el bautismo a un agua que purifica, y no creo que sean muchos los cristianos que lleguen a representarlo como un agua que se desea porque se tiene sed y que se bebe.

Y ésa, la del agua que se bebe, es la imagen que nos deja la palabra de Dios proclamada en la eucaristía de este domingo: Tiene sed el pueblo de Israel, tiene sed la mujer de Samaría, tiene sed Jesús.

El pueblo, torturado por la sed, murmura contra Moisés –en realidad, contra Dios-: “¿Nos has hecho salir de Egipto para hacernos morir de sed?“.

Jesús, agotado del camino, dice a la mujer samaritana: “dame de beber”.

Y la mujer, después de escuchar las palabras de Jesús sobre un agua que mana por dentro y apaga para siempre la sed de quien la bebe, dirá: “Señor, dame siempre de esa agua”.

¡Se trata de sed, de agua y de beber!, tres palabras que nos dejan la tarea de adentrarnos en su mundo de significados.

El Señor dijo: “Si alguno tiene sed, que venga a mí y beba”.

La misma invitación resonará en el paraíso, en el que habrá un río de agua de vida que brota del trono de Dios: “Quien tenga sed, que venga. Y quien quiera, que tome el agua de la vida gratuitamente”.

Hablemos, pues, de nuestra sed, ya que no deseará beber quien no la tenga, y a quien la experimente y no crea, sólo le servirá para tentar a Dios.

El canto del salmista  evoca la sed del creyente: “Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío; mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo: ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios?

Y la evoca también cuando dice: “Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, mi alma está sedienta de ti; mi carne tiene ansia de ti, como tierra reseca, agostada, sin agua”.

Sed de Dios, ansia de Dios, búsqueda de Dios… A tu memoria vienen las palabras de Jesús: “Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados”.

Tu ansia, tu sed, tu búsqueda de Dios y de justicia, son hambre y sed de Jesús, hambre y sed “del don de Dios” que es Jesús, ansia y búsqueda de la fuente de agua que salta hasta la vida eterna, del río de agua de vida que riega el paraíso.

El que se bautiza, el que se confirma, el que participa en la Eucaristía, bebe en Cristo Jesús, y en esa fuente divina se sacia de Dios, de justicia, de gracia, de luz.

Pero has de considerar también la “sed que tiene Dios”, sed que se hizo fuego abrasador en la garganta de Jesús y agotamiento en el camino bajo el sol del mediodía.

El que ahora, sentado junto al manantial, dice a la samaritana: “dame de beber”, un día, desde lo alto de su cruz, a todos nos dirá: “Tengo sed”.

Y entenderás que tiene sed de ti, que te busca con ansia propia de Dios, con pasión de Dios, con amor de Dios…y habrás de hacerte agua para la sed de Dios, habrás de quererte de Dios, porque Dios se ha querido tuyo.

Y mientras no llega la hora de perderte del todo en el amado, apagarás su sed en los pobres, que son el cuerpo de su necesidad: “Tuve sed, y me disteis de beber”.

Feliz camino de los catecúmenos hacia el bautismo.

Feliz camino, Iglesia de Cristo, a la comunión con tu Señor.

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