El amor que nos resucita:

Todavía resuena en la memoria de la fe la declaración hecha a los que se decían abandonados del Señor: “Yo no te olvidaré”.

Recordamos también las palabras de Jesús: “No estés agobiado por la vida”, porque “Dios no te olvidará”. “No andéis agobiados, pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir… Vuestro Padre del cielo”, el mismo que dijo: “Yo no te olvidaré”, ya sabe que tenéis necesidad de todo eso”.

Pero recordamos también que, entre la declaración divina de amor y la invitación que Jesús hacía a la confianza en Dios, resonaba en la asamblea dominical una severa amonestación: “No podéis servir a Dios y al dinero”.

Si a mí mismo me pregunto –y os pregunto-: ¿Crees en el amor de Dios? Seguramente que responderemos: Creo.

Pero si me pregunto: ¿A quién sirvo en mi vida?, ¿a Dios o al dinero? Puede que la respuesta ya no se me ofrezca con tanta claridad y seguridad. ¡Y se trata de la misma pregunta y la misma respuesta, sólo que formuladas con otras palabras!

El más poderoso antagonista de Dios en el corazón del hombre es el dinero.

El dios-dinero es el contra-Dios, se disfraza de Dios, suplanta a Dios, promete hacernos “como Dios”, y nos deja compuestos y desnudos en un desierto de muerte.

El dios-dinero es el padre natural de la envidia, de la arrogancia, de la violencia, de la injusticia, de las guerras, de la muerte.

El dios-dinero ha creado la esclavitud, la opresión, la prostitución, la explotación del hombre por el hombre… El dios-dinero ha creado la exclusión, la indiferencia, el hambre, el miedo; con su palabra todopoderosa, va transformando en pozo negro los mares donde nació la vida, va reduciendo a páramos los bosques que hacían hermosa la tierra y respirable el aire, va llenando de veneno el cielo, va destruyendo la obra creadora del amor de Dios.

El dios-dinero fabrica armas, destruye naciones, se ensaña con los pobres en las fronteras de los ricos, ahoga en el Mediterráneo a miles de desplazados, condena a muerte cada día a millones de personas.

¡El árbol del dinero, siempre apetitoso, siempre atrayente, siempre  mortal!

No habrá para nosotros Pascua con Cristo resucitado si no hay Cuaresma con Cristo, si no entramos con Cristo en su camino de desapropiación de toda pretensión de poder. Él aprendió sufriendo a obedecer. Él, siendo rico, se hizo pobre por nosotros para enriquecernos con su pobreza. Él, el Hijo, nos enseñó a vivir de toda palabra que sale de la boca de Dios

El dolor de los pobres se me vuelve peso insoportable en la conciencia. Ese dolor tiene que ver conmigo, con el dinero, con el poder, con mi ambición homicida de ser como Dios.

Ese dolor se me hace grito en los labios y compañero en el camino que lleva a la Pascua con Cristo: “Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa… crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro… no me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo espíritu”.

Entonces, en la noche de los pobres y en la mía vuelve a resonar la declaración del amor que nos resucita: “Yo no te olvidaré”.

Feliz domingo.

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En camino con Cristo

En la misa de este día se bendice y se impone la ceniza, hecha de los ramos de olivo o de otros árboles, bendecidos el año precedente” para la “conmemoración de la entrada del Señor en Jerusalén”.

Con la celebración litúrgica de este día, el primero del tiempo de Cuaresma, los hijos de la Iglesia nos ponemos a recorrer con Cristo Jesús el camino que lleva desde la esclavitud a la libertad, desde la tristeza a la alegría, desde el luto a la fiesta, desde la noche a la luz gloriosa de la Pascua.

Bendición e imposición de la ceniza:

El significado primero y principal que tiene para los fieles el rito de imposición de la ceniza lo desvelan las palabras de la bendición que el presbítero pronuncia sobre ella y que los fieles rubricamos con nuestro Amén.

En esa oración, se pide a Dios que gracia y bendición se derramen, no sobre la ceniza, sino sobre los fieles, “para que puedan llegar, con el corazón limpio, a la celebración del misterio pascual de su Hijo”. Con lo cual, el acento se pone en la purificación del corazón, en la conversión a Cristo, para que lleguemos a la comunión con él en su misterio pascual, es decir, en su descenso a nuestra muerte y en su ascensión a la vida de Dios.

En la oración que el Misal Romano propone como alternativa a esa bendición sobre los fieles, se pide que Dios bendiga “la ceniza que se va a imponer sobre nuestra cabeza”, ceniza que es memoria de la fragilidad de nuestra vida, memento de que “somos polvo y al polvo hemos de volver”. Y se pide también que a nosotros se nos conceda “el perdón de los pecados” y que alcancemos así, “a imagen de Cristo resucitado, la vida nueva del reino de Dios”.

El gesto de la imposición de la ceniza evoca nuestra condición, la que el Hijo de Dios asumió, al hacerse hombre, por el misterio de la encarnación.

Al recibir la ceniza sobre nuestra cabeza, los fieles abrazamos humildemente lo que somos y ofrecemos al Padre el homenaje de nuestra fe en él y de nuestra obediencia a su santa voluntad.

Liturgia de la palabra:

Limosna, oración y ayuno son prácticas piadosas que pertenecen al corazón de nuestra fe.

En la Sagrada Escritura, el nombre de limosna se da a la misericordia de Dios con los hombres, y también a la misericordia del hombre con sus semejantes, misericordia que se manifiesta en lo que se hace para remediar sus necesidades. La limosna del hombre imita la misericordia de Dios.

La oración del cristiano, oración de hijos al Padre del cielo, pone en el corazón del hombre el designio de Dios, el reino de Dios, la voluntad de Dios, el nombre de Dios, un mundo que pertenece a la intimidad de Dios y a lo más íntimo de nosotros mismos donde él habita.

El ayuno se practica en muchas religiones por motivo de ascesis, de purificación, de luto, de súplica…

Ayuno, oración y limosna le hablan a Dios de la humildad, la esperanza y el amor del hombre.

La verdad del ayuno, la oración y la limosna, como la verdad de la humildad, la esperanza y el amor, sólo se pueden hallar en “lo escondido”, en la propia intimidad, en el secreto del corazón; lo que el profeta expresó cuando dijo: “Ahora –oráculo del Señor- convertíos a mí de todo corazón, con ayuno, con llanto, con luto. Rasgad los corazones y no las vestiduras; convertíos al Señor vuestro Dios”.

Y cuando hoy comulgues, no olvides que la comunión con Cristo acontece antes en el corazón que en los labios, y que “dará fruto en sazón”, si día y noche guardas en lo escondido la memoria entrañable de tu Señor.

Feliz camino hasta la Pascua.

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“Yo no te olvidaré”.

Cuatro palabras para decir de él, de ti, y de lo que él es para ti: “Yo no te olvidaré”.

Ese “yo no te olvidaré”, resultaría un decir sobreentendido entre enamorados, pero es una paradoja asombrosa si lo escucha alguien que se ve olvidado, que se siente abandonado. Ese “yo no te olvidaré” es una sorprendente, por no decir escandalosa, declaración de amor si se hace a quienes saben haber dado motivos ciertos para la desafección, a quienes reconocen haber olvidado y abandonado a su Señor. Ese “yo no te olvidaré” es un evangelio del cielo para quienes han perdido la esperanza y se abandonan a la desdicha.

Hoy, ese “yo no te olvidaré”, resuena en medio de una comunidad de gentes en camino, extranjeros y peregrinos, hombres y mujeres en busca de pan y de futuro, desterrados como ayer Sión, abandonados de Dios como en la tarde del calvario Jesús de Nazaret.

Ese “yo no te olvidaré”, resuena hoy en medio de una comunidad de olvidados, de excluidos, de marginados, de prescindibles, de no pueblo…

Hoy, mientras escribo, me llega noticia de que 74 inmigrantes han muerto ahogados tras el naufragio de su embarcación en la que intentaban llegar a Europa. Los cadáveres han sido descubiertos en una playa del oeste de Trípoli.

Y es en esa playa de esperanzas muertas, es en la arena de los vencidos donde el Señor de la vida hace resonar su increíble revelación: “Yo no te olvidaré”.

Esas cuatro palabras que hablan de Dios y de amor,  son las únicas que, pronunciadas allí, precisamente allí, entre aquellos muertos, abren una puerta al misterio de la vida. En aquella playa, mis palabras carecerían de sentido. En aquella arena, las de la política sonarían a sarcasmo. Allí, nuestras palabras de consuelo serían siempre menos elocuentes que el silencio. Allí sólo caben, sólo pueden decir algo verdadero palabras que salen de la boca de Dios: “Yo no te olvidaré”.

Es en ese lugar, en el último calvario, el de los últimos abandonados, el de los últimos crucificados, donde la única palabra con fuerza creadora es la del Ausente, es la de Dios: “Yo no te olvidaré”.

Y en esa palabra suya, como en Dios mismo, descansa el alma.

En esa palabra suya, como en Dios mismo, se refugia la esperanza de los pobres.

Tú escuchas la palabra, la guardas en el corazón, la recuerdas, y Dios se te vuelve refugio y salvación.

En la quietud pascual del domingo, lo que aprendiste escuchando, Dios, entregándote a su Hijo en comunión, lo sella a fuego en tu corazón: “Yo no te olvidaré”.

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Amad como yo os amo:

Lo dijo él: “Seréis santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo”. Y era un modo decir que nos fijásemos en él para imitar su modo de hacer.

Extraño Dios éste que, habitando un cielo inaccesible, se ha hecho de casa entre las tiendas donde habita su pueblo, camina con los suyos, los protege de la calura del día, ilumina las sombras de la noche, prepara pan para la mesa, y les revela, con una ley santa, los secretos de su santidad: Es un Dios que no odia, y porque no odia, reprende. Es un Dios que ama, y porque ama, no se venga. Es compasivo y misericordioso. Es un padre que siente ternura por sus hijos.

Compasión, misericordia, ternura, amor: ¿Hasta dónde llega este Dios extraño en su locura?, ¿hasta dónde llega en su afán de ser tuyo?

Te lo dirá el que es la medida sin medida de esa locura de amor: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna”.

Habiendo conocido a ese Unigénito entregado, has conocido a Dios en su desvalimiento.

Tu Dios no hace frente al que lo agravia: Es un Dios abofeteado y silencioso, un Dios desnudo y crucificado, un Dios que, en su desvalimiento todopoderoso, abraza a los que lo crucifican.

Tú lo has conocido así, hecho amor desvalido y vulnerable. Y aquel antiguo “sed santos, porque yo soy santo”, se te ha transformado en un mandato nuevo, escrito a fuego en las tablas de tu corazón: “amad como yo os amo”.

No temas, Iglesia de Cristo, el desvalimiento del amor, la vulnerabilidad del que ama: no temas la comunión con tu Señor.

P. S.:

La noticia reza así: «Nueve emigrantes desaparecidos en un naufragio de una patera en el Estrecho».

No celebréis la eucaristía, hermanos, y entregad los domingos al olvido; que a Dios se ofrece su Hijo cada día, como inmigrante desaparecido.
Si los cristianos no logramos abrir las fronteras, ¿de qué nos sirve abrir las iglesias?

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Dichosos

Se habla del fuego y el agua, la muerte y la vida, la ley del Señor cumplida y su mandato ignorado. Y se dice: “Dichosos los que caminan en la voluntad del Señor”.

A todos se nos encuentra de acuerdo en la aspiración a ser felices, en el deseo de ser dichosos.

Pero ese acuerdo desaparece cuando se trata de discernir el camino que lleva a la dicha.

Eva creyó que encontraría la felicidad cogiendo el fruto del árbol prohibido y comiendo de él.

Y nosotros, como Eva, no dejamos de alargar la mano a lo que suponemos son nuestros árboles de la dicha: el poder, el dinero, el bienestar, el prestigio. También nosotros queremos ser como ese dios-ídolo que hemos esculpido a la medida de nuestros sueños de grandeza.

Pero la palabra de la revelación, con tenacidad que sólo tiene el amor de Dios, nos recuerda que a la dicha irá quien “camine en la voluntad del Señor, el que guardando sus preceptos lo busque de todo corazón”.

Puede que, dicho de la ley, en principio nos resulte difícil ver la relación que hay entre cumplirla y ser feliz.

Pero, si allí donde se habla del don de la ley divina, tú entiendes –y habrás entendido bien- el don de Dios, el don que es el Unigénito de Dios, el que trae al mundo la vida eterna, empezarás a intuir que en ese Hijo está todo lo que hubieras podido pedir a tu Dios, aún más, intuirás que en ese Hijo está todo lo que Dios nos puede dar: ¡Ese Hijo es la dicha que se ofrece a los que, caminando con él, caminan en la voluntad del Señor!

Ahora ya sólo habremos de “reconocer” el don de Dios. A la luz de la fe habremos de ver dónde está el Hijo que se nos ha dado. Pues la dicha, la vida, está en recibirlo a él, acogerlo, seguirlo, amarlo.

Sacramentos de ese Hijo, en el que todo bien se nos da, son para nosotros la palabra de Dios que escuchamos, la eucaristía que recibimos, los pobres con quienes compartimos nuestra vida.

Y tú sabes por experiencia personal que en ese Hijo está la dicha, una felicidad que nadie te puede quitar.

Feliz domingo.

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Vosotros sois la luz del mundo:

La Palabra que era la luz verdadera que alumbra a todo hombre”, dice a sus discípulos: “Vosotros sois la luz del mundo”.

La Palabra ilumina a todos viniendo al mundo. Los discípulos de la Palabra han de iluminar estando en el mundo.

La Palabra no es del mundo, sino de Dios. Y no son del mundo los discípulos, sino de la Palabra y del Padre que la pronuncia.

Hoy, en la celebración eucarística, escuchamos al Señor que dice: “Vosotros sois la luz del mundo”, y comulgamos con el Señor que es la luz del mundo.

Escuchas, crees, comulgas, y sabes que tu luz es la luz de Cristo que brilla en tus pensamientos, en tus palabras, en tus sentimientos, en tu rostro, en tus gestos, en tus obras, en tu vida.

Escuchas, crees, comulgas, y sabes que ser luz, como ser Cristo, no es sólo lo que la gracia y la fe han hecho de ti, sino que es también tu vocación, tu misión, lo que la gracia y la fe han de completar en ti.

Entra en el misterio de tu vocación, que es el misterio de tu comunión con Cristo: “Vosotros sois la luz del mundo”.

No lo sois por poderosos, no lo sois por sabios, no lo sois por vuestras riquezas, no lo sois por vuestro ingenio. Sois luz porque estáis en el mundo como el que sirve, como discípulos de la Luz que dijo de sí misma: “El Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y dar su vida en rescate por muchos”. Sois luz porque, como Jesús, habéis sido ungidos por el Espíritu Santo y habéis sido enviados “a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista”.

Ahora escucha las palabras del profeta: “Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que va desnudo… Entonces romperá tu luz como la aurora… Cuando destierres de ti la opresión, el gesto amenazador y la maledicencia, cuando partas tu pan con el hambriento y sacies el estómago del indigente, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía”.

Hoy, la sencilla declaración evangélica: “Vosotros sois la luz del mundo”, es un envío en misión a la noche en que viven los empobrecidos, los excluidos, los sin papeles, los sin voz.

Feliz domingo.

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El pueblo de las bienaventuranzas:

No son una paradoja: las bienaventuranzas son una locura.

¿Cómo decir al que no tiene trabajo y tiene hijos: “dichosos los pobres”? ¿Cómo decir al pueblo de los excluidos: “dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia”? ¿Cómo decir a las víctimas: “dichosos vosotros cuando os insulten, y os persigan, y os calumnien de cualquier modo por mi causa”?

Tal vez, si quieres evitar que las palabras sepan a burla, ironía u ofensa, más que preguntar cómo se puede decir, te convenga preguntar quién lo puede decir. Observarás que lo dice un pobre a los pobres, un excluido a los excluidos, una víctima a las víctimas; observarás que lo dice el que se hizo pobre por los pobres, el que bajó a tu pobreza por ti, para hacerte justicia, para enriquecerte con su pobreza.

Sólo si consideras quién dice las bienaventuranzas, empezarás a intuir por qué las dice, se te revelará el misterio de gracia que encierran, te acercarás a la verdad que anula el sarcasmo y llena de luz el corazón de los pobres.

Oíste que lo decía el profeta: “Dejaré en medio de ti un pueblo pobre y humilde, que confiará en el nombre del Señor”. Lo oíste y te preguntaste por ese pueblo, y a tu corazón subió la memoria de Jesús, pues de él se puede decir con toda verdad, que Dios lo dejó en medio de nosotros, pobre más que nosotros, humilde como creyente, y confiado como hijo.

Y empezaste a pronunciar las bienaventuranzas admirado de su luz, de su gracia, de su verdad: Dichoso este hijo pobre y humilde, porque suyo es el Reino de los cielos; dichoso este hambriento de justicia, porque quedará saciado; dichoso este excluido, porque el Reino le pertenece… dichoso tú, Jesús, porque Dios es tu Padre y cuida de ti.

Ya sé que el profeta habla de “un pueblo” y no de una persona. Pero no podrás entender la bienaventuranza del pueblo, si no entiendes el misterio que se te revela en la persona de Jesús. “Pueblo pobre y humilde que confía en el Señor” es el pueblo en el que Cristo se reconoce a sí mismo, conforme a lo que se nos ha manifestado: “Tuve hambre, tuve sed, fui forastero, estuve enfermo, estuve en la cárcel”, me negaron un trabajo, me desahuciaron, me violaron en los caminos, temblé de frío en las fronteras, con vallas y cuchillas me apartaron de mi futuro, me sacrificaron sobre el altar de las garantías con que ha de ser protegido el dinero y no el hombre.  “Pueblo pobre y humilde que confía en el Señor” es el pueblo de los que se parecen a Cristo Jesús.

Hoy comulgamos con él, que es como decir que hoy comulgamos con  su pobreza, lo seguimos humildes, aprendemos su confianza en el amor del Padre. Hoy comulgamos para ser con Cristo el pueblo de las bienaventuranzas.

Feliz domingo.

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Un reino de escándalo

El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló”.

Habían arrestado a Juan, que como todos saben, iba de profeta y, para el orden establecido, un profeta es más peligroso que un delincuente.

Arrestan a Juan, y se establece Jesús. Se llevan al testigo de la luz, y se enciende la luz verdadera. Acallan a la voz, y comienza su ministerio la palabra.

Su mensaje resuena hoy en nuestra asamblea litúrgica: “Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos”.

Eso dijo… y pronto se entendió que habría que acallar al profeta de Galilea como habían acallado al profeta del Jordán. Porque el reino del que hablaba Jesús no era cosa de ritos, no encajaba en los cánones de la ortodoxia, no apuntalaba el orden establecido.

Daba incluso la impresión de que se ocupaba más de prostitutas y ladrones que de Dios.

Lo normal en ese reino de escándalo va a ser que Dios se olvide de ritos, doctrinas y tradiciones para ocuparse de ovejas que se le pierden, de monedas extraviadas, de hijos que se le han ido de casa…

En el reino cuya cercanía anuncia este profeta blasfemo y borracho, Dios se ocupa de enfermedades y dolencias, de pecadores, de ciegos, de lisiados, de leprosos, de oprimidos, de humillados, de pobres.

Con razón dice el evangelista que se cumplió la palabra del profeta: “El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló”.

¡El  pueblo que no el templo!: Parados, desahuciados, sin techo, refugiados, emigrantes…  ellos traen de cabeza a Dios, que nunca perdió un minuto de sueño por una disquisición dogmática o una cuestión moral.

Y yo te digo que hoy, en la eucaristía que celebras, se cumple el evangelio que acabas de oír. Hoy la luz de Cristo brilla para ti.

Hoy el reino de los cielos se te acerca, y tú, Iglesia amada del Señor, pueblo arrebatado a las tinieblas, eres testigo de ello, pues escuchando, creyendo y comulgando, eres liberada, iluminada, purificada, perdonada, pacificada, embellecida, salvada.

Feliz domingo, Iglesia de Dios, en la que brilla la luz de Cristo resucitado.

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De los pobres y de Dios

Él es el centro de tu eucaristía: No dejes de fijarte en Cristo Jesús.

Escucha lo que de él te dice el que lo formó siervo suyo: “Tú eres mi siervo, de quien estoy orgulloso… Te hago luz de las naciones para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra”.

Escucha el testimonio que da Juan el Bautista: “Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”.

Escucha el evangelio que proclaman sus mensajeros: “La gracia y la paz de parte de Dios nuestro Padre, y del Señor Jesucristo sean con vosotros”.

Eso es lo que celebras, por eso das gracias en medio de tus hermanos, porque te han arrebatado al pecado del mundo y, mediante la fe, has entrado en un mundo de luz, de gracia y de paz.

En realidad, escuchando y creyendo la palabra de Dios, acogiendo a Cristo Jesús en los hermanos y en su eucaristía, haces comunión con la luz que alumbra a las naciones, con la gracia que te diviniza, con la paz  que Dios ofrece a los que ama.

Acogerás el cuerpo eucarístico del Señor sólo si comulgas con su cuerpo eclesial, con su cuerpo pobre, con su cuerpo enfermo, con su cuerpo herido, con los hermanos que él mismo te ha dado.

No habrás comulgado el cuerpo eucarístico del Señor si lo crucificas en el parado, en el desahuciado, en el mendigo, en el sin techo, en el refugiado, en el emigrante…

Ahora, si has comulgado con él, escucha lo que dice ese Hijo que es tu luz, tu gracia y tu paz: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad… Dios mío, lo quiero, llevo tu ley en mis entrañas”.

El Hijo lo dice porque es Hijo. Tú lo dices porque estás en comunión con el Hijo.

El Hijo lo dice porque conoce el amor del Padre. Tú lo dices porque, en comunión con el Hijo, experimentas la salvación que viene de Dios, has visto su luz, te ha embellecido su gracia, se ha quedado contigo para siempre su paz.

Por eso dices primero: “Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él”.

Y luego, con el Hijo, añades: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad… Dios mío, lo quiero, llevo tu ley en mis entrañas”.

Si comulgas, en el Hijo serás de los pobres y de Dios.

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Amada, predilecta, hija de Dios

El ciclo litúrgico de la Navidad se va, pero la Navidad se queda: Se queda el que ha nacido para ti, se queda para siempre tu salvador.

Si le preguntas por él a su madre, te enseñará a admirarte de su misterio y a guardar en el corazón lo que contemplas.

Si preguntas a los pastores: “¿a quién habéis visto?, ¿quién se ha aparecido en la tierra?”, te dirán que han visto a un recién nacido, y a los coros de ángeles alabando al Señor.

Si preguntas al justo Simeón: ¿a quién tomaste en brazos, a quién viste aquel día en el templo de Jerusalén?, te dirá: mis ojos han visto al salvador que viene de Dios, la luz que ha de alumbrar a todas las naciones, la gloria que envuelve para siempre las tiendas del pueblo de Dios.

Pregúntale ahora a Juan, y te dará su testimonio: “He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua, me dijo: «Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que bautiza con Espíritu Santo». Y yo lo he visto y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios”.

Pregúntale al profeta, y él le dará sentido nuevo a las palabras del antiguo oráculo: “Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero”.

Pregúntale al salmista, y te dirá: Él es la paz con la que el Señor ha bendecido a su pueblo.

Ahora acércate al Jordán y verás que la luz que iluminó la noche santa de Navidad, entra en las aguas para purificarlas; la gloria que en aquella noche llenó el cielo, entra hoy en el río para santificarlo; el que en aquella noche nació para bautizarnos a todos con Espíritu Santo, pide hoy ser bautizado con agua.

Fíjate: el elegido, el preferido, el amado, el predilecto, el Hijo, entra en el río donde se bautizan los pecadores, entra en tu río, entra allí contigo, Iglesia cuerpo de Cristo, para que con él salgas de allí limpia, purificada, santificada, hermoseada, inmaculada…

Ése es el asombroso misterio de este día: Cristo ha bajado contigo a tu muerte para que subas con él a su vida.

Ése es el misterio de la eucaristía que hoy celebras: Cristo viene a ti, y tú te reconoces en Cristo elegida, preferida, amada, predilecta, hija de Dios.

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