Con Cristo en el camino de los pobres

“Al  acostarme pienso: ¿Cuándo me levantaré? Se me hace eterna la noche y me harto de dar vueltas hasta el alba”.

Es la confesión del enfermo que se ha quedado a solas con su fragilidad.

Es la confesión del emigrante que se ha quedado a solas con la incertidumbre de su futuro, con la precariedad de su presente, con la memoria de la vida que ha dejado atrás.

Es la confesión de los excluidos de una existencia digna, de los que ya no cuentan, de los que nunca han contado, de los derrotados.

Es la confesión de Job, la confesión del hombre que, en la propia carne, herida con llagas malignas, ha experimentado los límites estrechos de la condición humana: “Corren mis días más que la lanzadera, se van consumiendo faltos de esperanza”.

Es la confesión de los crucificados, del Crucificado, traspasado todavía hoy en el cuerpo de los pobres.

Y ésta es la oración de alabanza que, desde la vida de los pobres, desde el corazón y los labios de la Iglesia, sube agradecida hasta el corazón de Dios: “Alabad al Señor, que sana los corazones quebrantados”.

Los pobres, los crucificados, son ellos los que van diciendo: “Alabad al Señor, que la música es buena”.

Los entregados con Cristo a la muerte, las víctimas de la iniquidad humana, de la corrupción política, de la indiferencia socializada, son ellos los que confiesan: “Nuestro Dios es grande y poderoso”.

He dicho: “son ellos”. Tendría que decir: Eres tú, Iglesia cuerpo de Cristo; eres tú, comunidad pobre, comunidad de pobres, de oprimidos, de cautivos, de crucificados, eres tú la que va recordando y proclamando: el Señor nuestro Dios, el que “cuenta el número de las estrellas”, el que “a cada una la llama por su nombre”, el amor que mueve el universo, él es mi Señor, él es mi Padre, él es quien se ocupa de mí, “él sostiene a los humildes”, a él confío mi vida, en él pongo mi esperanza.

Viene a la memoria la consumación de la vida de Jesús, la que está llamada a ser la consumación de la vida para todos los que creemos en él: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”.

En Cristo y en los que son de Cristo, el poder de Dios reconstruye lo que el mal ha derruido, el Espíritu de Dios reúne a los que la ambición ha dispersado, la misericordia de Dios sana los corazones destrozados, venda sus heridas.

Hoy, el evangelio nos recuerda cómo, en Jesús de Nazaret, la Palabra de Dios que ha creado el universo recorre los caminos de Galilea, cómo predica en las sinagogas, cómo expulsa demonios.

Y tú, Iglesia cuerpo de Cristo, que comulgas con esa Palabra sanadora, que la recibes, que eres recibida por ella, tú sales con Cristo a los caminos de la humanidad, él sale contigo, los dos formando un solo cuerpo, para anunciar a los pobres el evangelio de la salvación.

Que del cuerpo, sin ofender la verdad, se pueda decir lo que se dice de la cabeza, porque tú, Iglesia de Cristo, te haces cargo de las dolencias de la humanidad, tú echas sobre tus hombros el peso de la vida de los pobres, tú eres agua para los sedientos, tú eres consuelo para los que lloran, tú eres saciedad para los hambrientos de justicia, tú eres un sacramento de misericordia para todos.

Aquel día también se dirá de ti lo que Pedro y sus compañeros decían a Jesús: “todo el mundo te busca”.

Y entonces, tú como Jesús, saldrás, en busca de los que no te buscan pero te necesitan.

Feliz domingo, Iglesia hospital de campaña.

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