Feliz encuentro con Cristo:

Los discípulos de Jesús vivimos en el santo temor de Dios, no por miedo del que ha de ser nuestro juez, sino por confianza humilde en el que nos ama.

Tú, Iglesia esposa de Cristo, sabes que, en Cristo, todo se te ha dado porque has sido amada como él es amado.

Te lo recuerda Juan de la Cruz: No le quedan a Dios otras palabras que decirte, no le queden otros dones que hacerte, no le quedan otros mensajeros que enviarte, pues todo te lo ha dicho y dado cuando llevado de la desmesura de su amor envió a su Unigénito para que, creyendo en él, tuvieses vida eterna.

Y porque todo lo has recibido y de nada más eres capaz, ya puedes, olvidada de ti misma, ocuparte de tu Esposo y de sus pobres.

Dichosa tú que, confiada, no por avaricia sino por amor, negocias con los talentos que has recibido.

Dichosa tú que, a los pies del Maestro, escuchas confiada y atenta la palabra del que te ama.

Dichosa tú que, confiada, porque lo amas, en la eucaristía recibes con ternura y agradecimiento de esposa el cuerpo de tu Señor.

Dichosa tú que, confiada, en tu vida te haces una con los pobres en los que tu Señor llama a tu puerta.

Dichosa tú que, confiada, con la certeza que te da la esperanza, ya hoy entras en el gozo de tu Señor, un gozo místicamente anticipado en los sacramentos que celebras.

Feliz Eucaristía, Iglesia amada de Cristo. En la comunidad eclesial y en los pobres, feliz encuentro con tu Señor.

Feliz domingo para todos tus hijos.

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Resecos de ausencia:

Fíjate en los verbos de esta relación: Buscar, desear, madrugar, estar en vela, estar preparados.

Son los verbos de la fe.

No me digas que crees si no buscas, si no deseas, si no madrugas, si no estás con todos los sentidos despiertos por si llega el amor, el que te ama, aquel a quien amas.

Pero de qué estamos hablando, qué es lo que he de buscar, quién está al otro lado de esta relación.

El primer nombre que hoy se le da es el de «Sabiduría», y te la presentan “radiante e inmarcesible”.

Luego, con el Salmista, a ese Otro que se te adentra en el cuerpo como la sed, le das el nombre de Dios. No es un nombre de creencia sino de ausencia y presencia: “Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, mi alma está sedienta de ti, mi carne tiene ansia de ti”.

A su vez, el evangelio te deja entrever que aquel a quien esperas como se espera la dicha, es “el Esposo”, es Cristo Jesús, es la Sabiduría que viene de Dios, es la imagen visible de Dios invisible.

Y tú, Iglesia cuerpo de Cristo, Iglesia esposa de Cristo, Iglesia embellecida por Cristo, madrugas para abrir a tu amado, lo buscas y no lo encuentras, lo llamas y no responde, y, enferma de amor, te mantendrás en vela para acechar el rumor de sus pasos.

Me pregunto si el Dios de mi fe es ese Dios ansiado, añorado, deseado, que al creyente lo deja reseco de ausencia y se le vuelve en el alma memoria persistente como la sed. Me pregunto si ansiar, añorar, desear, recordar, es mi modo de creer en Dios.

Mientras llega la hora de perdernos en Cristo, con el mismo amor habremos de abrazarlo en los sacramentos de su presencia: la creación, la humanidad, los hermanos de fe, los pobres, la palabra inspirada, la eucaristía celebrada y comulgada.

De la última venida no conocemos ni el día ni la hora. Pero no nos sorprenderá esa venida, si cada día estamos en vela para abrazar al Señor en sus sacramentos.

“¡Llega el Esposo, salid a recibirlo!”

Feliz domingo.

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“Guarda mi alma en la paz, junto a ti, Señor”.

La voz de Dios es un clamor contra los que pisotean el derecho de los pequeños. En el día del primer fratricidio, el Señor preguntó a Caín: “¿Dónde está tu hermano?”. Ahora nos pregunta a nosotros: “¿No tenemos todos un solo padre? ¿Por qué, entonces, el hombre despoja a su prójimo y profana la alianza?”

Despojar de su derecho a los pequeños es olvidar lo que son para Dios y qué son para nosotros, es profanar el vínculo de sangre que a todos nos hace familia de Dios. Uno solo es el Padre de todos, un Padre celoso del bien de sus hijos, un Padre que en el corazón de cada uno ha puesto el amor que necesitamos para abrazar a los demás, para mirar por ellos, para cuidar de ellos.

Quien despoja de su derecho a los pequeños, en ellos hace injusticia a Cristo, ignora a Cristo, desprecia a Cristo, desnuda a Cristo, crucifica a Cristo, y, al mismo tiempo, ignora, desprecia y rechaza el Reino que, desde el principio del mundo, Dios ha preparado para los que aman a los pobres, para los que cuidan de Cristo en los pobres.

Tal vez el secreto de la dicha, esté en hacerse pequeño para servir a los pequeños. Tal vez todo consista en que nos hagamos siervos de todos. Tal vez para la dicha no haya otro camino que el de Cristo Jesús, que “siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza”: “Él, que era de condición divina, se despojó de sí mismo, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte y una muerte de cruz”.

Entonces se nos hace oración del corazón el deseo la Iglesia: “Guarda mi alma en la paz, junto a ti, Señor”. Y en el secreto de la fe se posan las palabras del Salmista: En Ti, Señor, “acallo y modero mis deseos, como un niño en brazos de su madre”.

Y así, confiadamente, con ojos humildes y corazón libre de ambiciones, te acercas a comulgar con el último, con el anonadado, con el siervo, con el Hijo, con el más amado, y él saldrá contigo al encuentro de los pobres.

Feliz domingo, Iglesia cuerpo de Cristo.

P.S.: Quiero soñar que, transformados en Cristo, los hijos de la Iglesia llenamos de esperanza el mundo y de alegría el corazón de los pobres.

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Desacato al silencio

El pasado miércoles, día 25, presenté en Madrid, en la sede de la editorial Perpetuo Socorro, el libro «Desacato al silencio», una mirada desde la fe al mundo de los emigrantes.

La liturgia de la palabra del próximo Domingo se abre con una declaración solemne, inapelable: “Así dice el Señor: «No oprimirás al forastero, porque forasteros fuisteis vosotros en Egipto». Y, en el evangelio, oirás, saliendo de los mismos labios, las palabras del mandamiento: “Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser… Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.

Esta vez, servirá de comentario a la liturgia dominical la nota que utilicé en la presentación del libro. Fue ésta:

«A las páginas de este libro –Desacato al silencio– se asoma una humanidad condenada, no por un destino fatal  ni por una providencia descuidada sino por nosotros, a sufrimientos atroces que, si alguien los procurase a un animal, a cualquier animal, sería señalado como inhumano por toda la sociedad.

Sobre esa humanidad, además de la condena al sufrimiento –intemperie, hambre, vejaciones, enfermedades, esclavitud, explotación, miedo-, pesa la condena al silencio, al aislamiento, a la invisibilidad. Si quieren aparecerse –como fantasmas-, habrán de  arriesgarse a morir.

Cada página de este libro quiere ser un acto de desacato al silencio en que la crueldad ha enclaustrado la desdicha de los pobres.

Fe contra silencio:

La legalidad ha declarado la guerra a los pobres y pone cerco de día y de noche a sus míseros refugios. Esa legalidad es un monstruo, que burla las exigencias de la justicia e impide el ejercicio de la caridad.

Todo mi ser se presenta entonces en rebeldía delante de Dios: “Levanto mis ojos a los montes: ¿de dónde me vendrá el auxilio?”  Y dado que mi fe calla, me responde la fe de los emigrantes: “El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra”. Ellos, a su manera, aun sin conocer esas palabras del salmo, las han pronunciado muchas veces en mi presencia: “Dios nos ayudará”; “confiamos en Dios”… Que es como decir: “¡El auxilio me viene del Señor!”

Los que “se hacen llamar bienhechores” de las naciones, los que ejercen la autoridad sobre ellas, tienen poder para privar de pan y de abrigo a los pobres, pero no pueden quitarles la fe. Y eso significa que ellos, los pobres, serán los vencedores aunque parezcan ser siempre los vencidos.

Para ser más fuertes que un ejército, más fuertes que el frío, la lluvia y el viento, más fuertes que el hambre y las enfermedades, más fuertes que la desdicha y la muerte, a los pobres les basta la fe. Esa fe mantiene en alto los brazos para la lucha. Esa fe hace perseverante la palabra que reclama justicia. Esa fe mueve montañas. Y puede que esa fe les permita vislumbrar sufrimiento también en la cara de los soldados que los persiguen, pues “no existen fronteras entre la gente que sufre” (Etty Hillesum).

Y si todavía me pregunto: “¿de dónde me vendrá el auxilio?”, alguien –el salmista, los emigrantes, la comunidad eclesial, mi propio yo, Cristo resucitado- alguien pronunciará un oráculo de respuesta: “No permitirá que resbale tu pie, tu guardián no duerme… El Señor te guarda a su sombra, está a tu derecha… El Señor te guarda de todo mal”….

Y el que ha cruzado ya la frontera del enigma, añadirá: “¡Dios les hará justicia sin tardar!”

Aprendiendo a amarlos:

Aprendiendo de Simone Weil: “El benefactor de Cristo, en presencia de un desdichado, no siente ninguna distancia entre la persona que tiene delante y él mismo; proyecta hacia el otro todo su ser; y desde ese momento el impulso a dar de comer es tan instintivo, tan inmediato, como el de comer uno mismo cuando tiene hambre. Y cae enseguida en el olvido, como caen en el olvido las comidas de días pasados.

A quien así actúa no se le ocurriría decir que se ocupa de los desdichados por el Señor: esto le parecería tan absurdo como decir que come por el Señor. Se come porque no se puede no comer. Aquellos a quienes Cristo mostrará su agradecimiento son los que dan de la misma forma que comen”.

Aprendiendo de San Vicente de Paúl –recomendaciones a una aspirante a Hija de la Caridad-: “Ámalos tanto (a los pobres) que te perdonen la escudilla de sopa que les das”.

Amar a alguien, servirlo, hacerse pobre por él, dar la vida por él, es darle consistencia, es decirle que existe, es darle vida.”

Y aquí quiero traer otra cita –de Eduardo Galeano, El libro de los abrazos– que nos ayudará a entrar en esta dimensión del servicio de la caridad:

Fernando Silva dirige el hospital de niños en Managua. En vísperas de Navidad, se quedó trabajando hasta muy tarde. Ya estaban sonando los cohetes, y empezaban los fuegos artificiales a iluminar el cielo, cuando Fernando decidió marcharse. En su casa lo esperaban para festejar. Hizo una última recorrida por las salas, viendo si todo quedaba en orden, y en eso estaba cuando sintió que unos pasos lo seguían… se volvió y descubrió que uno de los enfermitos le andaba detrás. En la penumbra, lo reconoció. Era un niño que estaba solo. Fernando reconoció su cara ya marcada por la muerte y esos ojos que pedían disculpas o quizá pedían permiso. Fernando se acercó y el niño lo rozó con la mano: _Decile a… -susurró el niño-, decile a alguien que yo estoy aquí”.

Recaudadores y descreídos, mujeres conocidas en la ciudad como pecadoras, adúlteras, mujeres con flujo impuro de sangre, leprosos que llevan en la piel la evidencia de la corrupción interior, sordos que no podrán oír la palabra de Dios, ciegos que lo son por sus pecados, ladrones y asesinos a quienes sólo se puede asignar una cruz para que mueran en ella, todos ellos, al lado de Jesús de Nazaret, se sabrán reconocidos por Dios, acogidos, interpelados y respetados, porque todos se sabrán amados de Dios. Este reconocimiento divino redime de la humillación; la acogida aleja la violencia; el abrazo anula la clandestinidad.”

Conclusión:

Si no vemos a los pobres, no veremos a Dios. La ceguera –la indiferencia- ante el dolor humano es una forma radical de negar a Dios, pues es negación de lo que Dios dice de sí mismo, de lo que Dios es: amor compasivo, amor misericordioso, simplemente amor.

Señor, “que pueda ver”, sólo por la dicha de cuidar de ti.»

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Amor y miedo

El escriba preguntó: “¿Qué mandamiento es el primero de todos?” Y Jesús le respondió: “El primero es: «Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser»”.

Si entras en el misterio de la divina unidad, te habrás asomado al misterio de la divina plenitud, y allí se llenan de luz las palabras de aquel mandato primero que reclama la plenitud de tu amor: amarás… con todo el corazón, con toda el alma

Hoy, en la asamblea eucarística, la palabra de Dios proclama y la fe confiesa la unidad divina “Yo soy el Señor y no hay otro”. Y la palabra escuchada se nos vuelve exigencia de que, en la relación con Dios, vivamos la plenitud del amor.

Un amor así es necesariamente perturbador, inquietante, peligroso; un amor así es vida que da muerte, es muerte que da vida.

Quienes niegan a Dios, como quienes viven ignorándolo, no rechazan la verdad de un enunciado doctrinal sino que huyen de un amor intuido como amenaza por su evidente pretensión de totalidad. Aunque no lo confesemos, el amor nos da miedo, ¡a todos!

Denominador común de ateísmo, agnosticismo, relativismo, indiferentismo, ritualismo, fundamentalismo, moralismo, fariseísmo, magia, es el miedo al amor.

Lo inaceptable de Dios no es que exista, sino que sea Uno, pues esa unicidad lleva aparejada la plenitud de su gloria, de su poder, de su grandeza, de su soberanía, de su dignidad. Por eso “dar a Dios lo que es de Dios” significa necesariamente “amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, con todo el ser”.

Todos lo intuimos, también los ateos, y así multiplicamos los dioses para dividir el amor.

Ahora, a ti que crees, te pido que recuerdes el misterio de tu comunión por la fe con Cristo Jesús, con el Hijo de Dios hecho carne, con el hombre en el que se nos ha manifestado el amor que Dios nos tiene, con el hombre en el que los pecadores le decimos a Dios el amor que le tenemos. Recuérdalo, pues sólo en Cristo podemos amar como tenemos que amar. No te apartes del amor de este Hijo si quieres guardar el precepto del amor al Padre.

Hoy, recibiendo a Cristo en comunión sacramental, recibes la moneda que el Espíritu de Dios acuñó para tu tributo, recibes el amor eterno con que has de amar a tu Dios.

Con todo, no es la de Dios la única imagen que has de reconocer en Cristo Jesús, pues en él se halla grabada también la imagen del hombre. Y si has de tributar a Dios todo tu amor, el hombre no ha de quedar fuera de ese tributo: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.

No tengas miedo: el que te pide amar es el que te da, con su Hijo, su Espíritu, para que ames a Dios con todo tu ser, y al prójimo como a ti mismo.

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Las gabelas de Dios

Muchas veces, para adentrarnos en el misterio de salvación que se celebra en el domingo, hemos pasado por la puerta del salmo responsorial, y hoy también pediremos al salmista que sea él quien nos guíe al inefable silencio donde Dios habita, y a Cristo en quien Dios se nos manifiesta. El salmo, por ser oración, tiene la virtud y la gracia de apartarnos de tentaciones moralizantes, y de introducirnos sin demora en la presencia de Dios.

Todos guardamos en la memoria el dicho de Jesús: “Pagadle al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”. El mandato es claro, “pagad”, y el significado gramatical también lo es, pues todos entendemos que equivale más o menos a “dad”, “devolved”, “entregad”, “restituid”.

Lo que se ha de pagar “al César”, entiéndase «a las autoridades legítimas», a la hacienda pública, eso no es necesario que os lo explique yo, que ya hay quien se ocupa de que lo cumpláis y sin necesidad de que os den muchas explicaciones. Por experiencia sabéis, sin embargo, que el debido cumplimiento de ese «deber con hacienda» no es para vosotros motivo de júbilo, y no suele llevar consigo gritos de aclamación ni cantos de fiesta.

Cosa bien distinta sucede con el “tributo” que hemos de pagar a Dios.

Ahora será el salmista quien nos ayude a comprender. Recuerda, Iglesia amada del Señor, las palabras del salmo, que fueron hoy palabras también de tu oración: “Cantad al Señor, contad sus maravillas, aclamad al Señor, aclamad la gloria del nombre del Señor, postraos ante el Señor”…

A ti se te ha concedido conocer la gloria del Señor, has podido admirar sus maravillas, a ti se te ha revelado su grandeza, conoces el poder de su brazo.

Si te fijas en la creación, los cielos y la tierra, las criaturas todas te hablan de quien todo lo sostiene sobre el abismo de la finitud; y todas ellas “pagan un tributo de reconocimiento y de agradecimiento” a su Creador: “El cielo proclama la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos, el día al día le pasa el mensaje, la noche a la noche se lo susurra”.

Si te fijas en tu propia historia de fe, en la salvación de la que ha sido beneficiario el pueblo al que perteneces, hallarás que el Señor “increpó al mar Rojo, y se secó, los condujo por el abismo como por tierra firme; los salvó de la mano del adversario, los rescató del puño del enemigo… Entonces creyeron sus palabras”, y todos ellos, pagando el tributo debido a su Dios, “cantaron su alabanza”.

Vuelve por un momento al tiempo de tu liberación, vuelve a considerar tu pequeñez y tu debilidad frente al Faraón y a su ejército, y entonces sentirás la necesidad de “pagar un tributo de alabanza y de aclamación” a la grandeza de tu Dios, a su gloria y a su poder, al amor con que ha cuidado de ti.

¿Has encontrado el camino que lleva desde la experiencia de la gracia al tributo del agradecimiento? Entonces deja ya la mano del salmista y entra, guiada por el Espíritu de Jesús, en el misterio de la Pascua cristiana. El Padre Dios te ha entregado como sacramento de su amor a su propio Hijo. En Cristo has entrado en el mundo nuevo, en el que Dios es Rey; en Cristo has conocido maravillas que nunca habrías podido siquiera soñar: ser morada de Dios y que Dios sea tu morada; ser hijo de Dios y, por ser hijo, ser también heredero; ser templo del Espíritu Santo; llevar sobre ti, como si de tu hacienda se tratase, todas las bendiciones con que el Padre Dios podía bendecirte. Tú habrás de seguir contemplando lo que eres, Iglesia santa, y si conoces lo que eres, conocerás lo que has de tributar: “Cantad al Señor un cántico nuevo”. Siempre nueva es la Pascua; siempre nuevo ha de ser tu canto, siempre nuevo ha de ser tu tributo…

Deja la mano del salmista, pero no dejes la mano de aquel con quien vas a entrar en comunión sacramental… Es Cristo quien se te ofrece, es a Cristo a quien recibes, es con Cristo con quien Dios se te da por entero. Todo se te da el que viene a ti. Ahora eres tú quien ha de decidir cuál ha de ser la cuantía de tu tributo… Un tributo de aclamaciones, un tributo de pan para Cristo pobre, el tributo de todo tu ser para quien te amó sin reservarse nada para sí…

Feliz domingo.

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A los hambrientos los colma de bienes:

Hoy, profecía, salmo y evangelio hablan de un banquete.

En nuestra sociedad sobrealimentada, es difícil imaginar que alguien sueñe con un banquete. Ese sueño sólo es posible para pobres: es el sueño del mendigo y llagado Lázaro, y lo será también del epulón cuando, atrapado en la soledad de su infierno, una gota de agua le parecerá un banquete más deseable que todo lo que ha banqueteado en los días de la abundancia.

Hoy hemos de hablar de salvación a hombres y mujeres que no saben que la necesitan, que es como hablar de pan a quien le sobra de todo.

Que a nadie le sorprenda que los invitados al banquete de boda desprecien la invitación y se vayan cada uno a sus tierras, a sus negocios, a sus intereses, a su mundo, y que incluso lleguen a maltratar, hasta matarlos, a los criados que llevan la invitación.

Pero tú, Iglesia de Cristo, has llenado con tus hijos –con tus pobres- la sala del banquete de Dios: Tú has creído que tu Dios vendría a ti, que aniquilaría la muerte para siempre, que enjugaría las lágrimas de todos los rostros, que alejaría el oprobio de su pueblo, que vendría a ti con su salvación. Tú te has sentado a la mesa que tu Dios ha preparado para ti. Tú nada temes, pues tu Dios va contigo, su bondad y su misericordia te acompañan todos los días de tu vida.

Hoy, la fe evoca el misterio de la encarnación: Tú has creído y, en Cristo Jesús tu Señor, ves cumplido lo que en profecías y salmos se te había prometido: En Jesús, tu Dios ha venido a ti como tu salvador; en Jesús, tu Dios te ha perdonado, ha borrado la ignominia de tu culpa, ha enjugado con su compasión tus lágrimas, y ha aniquilado tu muerte, pues con Cristo Jesús has resucitado, en Cristo Jesús has sido enaltecida, por Cristo Jesús has sido glorificada.

Hoy, Iglesia de Cristo, en el misterio de la eucaristía vuelves a sentarte con tus pobres a la mesa de tu Señor: y no sólo recuerdas y recibes lo que has creído, sino que se te desvela el misterio de la esperanza a la que eres llamada: el que ahora es tu pastor, mañana será tu plenitud; el que ahora te conduce y repara tus fuerzas, él mismo será la meta de tu camino; el que ahora es tu alimento, mañana lo será todo para ti.

Feliz domingo.

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“La viña del Señor es la casa de Israel”

Así lo dijo el profeta a los habitantes de Jerusalén, a los hombres de Judá. Pero esas palabras se proclaman hoy para ti, Iglesia de Cristo, convocada en la eucaristía al encuentro con tu Señor: Tú eres la viña del Señor.

De Dios y de ti habla el canto de amor que vas a escuchar: “Mi amigo tenía una viña”, “la entrecavó” con palabras de sabiduría celestial, “la descantó” con signos y prodigios de misericordia, “y plantó buenas cepas”, nacidas todas del que es la Vid, y destinadas todas a dar, unidas a la Vid, el vino nuevo del reino de Dios.

El amor del viñador te ha llevado a Cristo Jesús, te ha plantado en la tierra buena que es Cristo Jesús, te ha comunicado la vida de Cristo Jesús. El amor de tu Dios te ha comunicado el Espíritu de Cristo, el buen olor de Cristo, la dulzura fuerte de Cristo.

Tu Dios se cubrió de barro para entrecavar su viña. Tu Dios hizo de piedra su rostro para descantar su viña. Tu Dios, desde lo alto de una cruz, atalaya noche y día las cepas de su viña.

Y, porque el vino de tu vida corriera dulce y fuerte, tu Dios “cavó un lagar”, te unió a la pasión de su Hijo, a la noche de su Hijo, al abandono de su Hijo, a la muerte de su Hijo, al destino de su Hijo, a la resurrección de su Hijo.

Ahora, Iglesia viña del Señor, escucha la amonestación del profeta, pues es hoy para nosotros lo que entonces se dijo a la casa de Israel, a los hombres de Judá: Esperó de ellos que lo recibieran y contra él levantaron vallas y cerraron fronteras; pidió amor a los enemigos y le han dado cosechas de odio a los hermanos; pidió compasión con los pobres y le dan culto a la economía, al lucro, al interés, al beneficio, al dinero; esperó de ellos derecho y le han dado indiferencia egoísta y legalidad opresiva; esperó de ellos justicia y por todas partes se oye el lamento de los abandonados al borde de la vida.

No quiero, Señor, engañarme a mí mismo con ofrendas que no te agradan y comuniones engañosas que no me unen a ti. No quiero, Señor, que caigan verdaderas sobre mí las palabras de tu sentencia: “Se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos”.

Pues que tú nos elegiste, Señor, para dar fruto, no nos dejes caer en la tentación de la apropiación, líbranos de la seducción del Maligno, y haz que por nuestra vida corra abundante hacia los pobres el vino de la misericordia.

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¡Ojalá escuchéis hoy su voz!

Jesús se dirige a “los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo”, hombres con poder, que mantienen un aire de superioridad sobre los excluidos, los desgraciados, pecadores de quienes también Dios se habría olvidado. Jesús se dirige a hombres que se consideran justos, ortodoxos, puros, por encima de la plebe despreciable que los rodea; hombres que, en nombre de Dios y de la ley divina, cierran las puertas de la propia vida al amor de Dios que los visita, al reino de Dios que se les acerca, al Hijo de Dios que los evangeliza.

La mirada de Jesús va a unos y otros: al que desprecia y al despreciado, al ortodoxo y al desviado, al que se cree justo y al que se confiesa pecador, a la Congregación para la Doctrina de la Fe y a las ovejas perdidas del rebaño de Israel.

Un día los sorprenderá en el templo, entregados a la oración, y nos permitirá verlos a los dos desde los ojos de Dios.

Hoy Jesús se dirige a uno de esos dos hijos: al experto, al sabido, al que, mintiendo, a Dios le dice “voy”, al que, mintiendo siempre, a Dios le dice “Señor”, al que, ignorando la palabra de su padre, “no va a trabajar en la viña”.

A ese hijo inquisidor y soberbio, retador y despreciador, los publicanos y las prostitutas le llevan la delantera en el camino del reino de Dios.

Jesús se lo recuerda, por si quieren ver –va Jesús curando ciegos-, por si quieren abrir la puerta a la salvación –va Jesús llamando a los pecadores-, por si quieren apartarse del camino que los está llevando al abismo –va Jesús resucitando muertos-.

Jesús nos lo recuerda, por si queremos entrar en el reino de la misericordia.

Feliz domingo a los pecadores que Dios ama.

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Cuando el gestor de la hacienda es el amor

El Profeta lo dijo así: “Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos –oráculo del Señor-”.

Y la palabra de Dios –la de la Escritura, la del Hijo- nos ayuda a entrar en el misterio de “los caminos de Dios”, en el misterio del Camino por el que hemos de ir si queremos entrar en la Verdad y la Vida.

Dios es el Otro, el totalmente Otro, el Dios escondido.

Cuando digo Dios, digo lo indecible, lo inefable, lo que no cabe en mis palabras porque no cabe en mis pensamientos.

Sólo él, caminando conmigo, hablándome, amándome, puede acercarme al misterio de lo que él es para mí.

En este domingo escuchamos palabras que nos resultan familiares: “El Señor es clemente y misericordioso… El Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas… es justo en todos sus caminos, es bondadoso en todas sus acciones”.

Intuyes que tu Dios perdona siempre, que sólo has de “regresar a él” para encontrarte con su piedad, que sólo has de “abandonar tu camino” para encontrar un perdón que ya te está esperando, que ya es tuyo, tanto como lo es el amor de donde nace.

Dichosos aquellos obreros de la última hora, que recibieron una paga igual a los de la hora primera, ¡dichosos ellos!, y no porque hayan trabajado menos, sino porque en ellos Dios se ha manifestado “bueno” hasta donde nosotros no seríamos capaces de sospechar.

Dichoso tú, hermano ladrón, crucificado con Jesús, que vas a la viña en la última hora de luz, cuando ya la noche incumbe y apenas queda tiempo para injertarte en la Vid, ¡dichoso tú!, porque la Vid misma te ha injertado en su cuerpo para que, con ella, lleves fruto abundante en el día nuevo del Reino de Dios, y, en ella, recibas –paga inesperada, sorprendente, desmedida-  el denario del paraíso.

Habrás observado –se lo digo a la Iglesia-, que en la parábola, más que la viña y su fruto, lo que se considera es la generosidad del propietario y su preocupación porque los jornaleros tengan un salario, que no va a estar en conformidad con lo que hayan trabajado, sino en conformidad con lo que el propietario ha querido darles para que vivan.

La parábola habla de Dios y de ti –se lo digo a cada uno de los hijos de la Iglesia que hoy celebra la Eucaristía-.

Cada uno de nosotros es ese jornalero de última hora que recibe un salario de gloria por lo que no ha trabajado. Cada uno de nosotros es ese crucificado con Cristo, que, injertado en Cristo, entra con Cristo en el paraíso.  Cada uno de nosotros hace hoy comunión con Cristo, con la Vid, con el Hijo; cada uno de nosotros es injertado hoy en la Vid;  y esa comunión es el salario, admirable, sorprendente, único, inmerecido y divino de nuestra entrada por la fe en la viña de Dios, ¡un salario de eternidad para un tiempo de fe!, un salario de gloria que se te da sólo porque has ido a la viña, ¡sólo porque Dios es bueno!

Te has acercado, Iglesia amada del Señor, al misterio de lo que Dios es para ti.

Sólo me queda recordar lo que nosotros hemos de ser para él: “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”, imperativo que parece de perfección, pero que lo es sólo de amor: Amemos como él nos ama.

Feliz domingo.

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