Sacramentos para ver:

Participando en las celebraciones cuaresmales de la comunidad de fe, catecúmenos y fieles salimos al encuentro de Cristo resucitado, encuentro que se hace real en los sacramentos pascuales: en el bautismo que da el “ser otro Cristo”; en la confirmación que da el “actuar al modo de Cristo”; y en la eucaristía que nos lleva a la plenitud de la inserción en Cristo.

Los sacramentos que celebramos son signo de la presencia de Cristo resucitado en medio de sus discípulos. Cuando hablamos de bautismo, confirmación o eucaristía, en realidad hablamos de Cristo y de nosotros, de lo que él es para nosotros, de lo que nosotros somos para él.

Presta ahora atención a la palabra que se proclama en la asamblea litúrgica de este domingo.

Mientras el lector recuerda la unción de David como rey, tú recuerdas que, incorporado a Cristo por el bautismo, en Cristo eres sacerdote, profeta y rey.

Mientras con el Salmista elevas tu canto al Señor, que es tu rey y tu pastor, tú recuerdas que, en Cristo, Dios se te ha revelado pastor que da la vida por ti, buen pastor que te guía por el sendero justo, que te da seguridad aunque camines por cañadas oscuras.

Y mientras el diácono proclama el evangelio de la curación del ciego de nacimiento, tú, Iglesia cuerpo de Cristo, hecha discípulo que escucha, reconocerás en Jesús a la Palabra que era la luz verdadera que alumbra a todo hombre, reconocerás en Jesús al que es la luz del mundo; y a ti misma te reconocerás en aquel ciego, y te verás ungida por Cristo con Espíritu Santo, lavada, purificada e iluminada en Siloé, es decir, en el Enviado, en la muerte y resurrección de tu Señor.

Aquel a quien escuchando viste, comulgando lo recibes.

Aquel en quien, escuchando, creíste, comulgando te haces una con él.

Comulgas, y nada te falta con el pastor de tu vida.

Comulgas, y ungida, te sumerges en Siloé, y la vida entera se te ilumina por dentro con la luz de Dios.

Comulgas, y ves; entras en un mundo que sólo tú puedes ver: un mundo nuevo que resplandece con la luz de la vida.

Feliz domingo, Iglesia iluminada por Cristo.

Publicado en Sin categoría | Deja un comentario

Sacramentos para beber:

En el imaginario de la fe hemos asociado el bautismo a un agua que purifica, y no creo que sean muchos los cristianos que lleguen a representarlo como un agua que se desea porque se tiene sed y que se bebe.

Y ésa, la del agua que se bebe, es la imagen que nos deja la palabra de Dios proclamada en la eucaristía de este domingo: Tiene sed el pueblo de Israel, tiene sed la mujer de Samaría, tiene sed Jesús.

El pueblo, torturado por la sed, murmura contra Moisés –en realidad, contra Dios-: “¿Nos has hecho salir de Egipto para hacernos morir de sed?“.

Jesús, agotado del camino, dice a la mujer samaritana: “dame de beber”.

Y la mujer, después de escuchar las palabras de Jesús sobre un agua que mana por dentro y apaga para siempre la sed de quien la bebe, dirá: “Señor, dame siempre de esa agua”.

¡Se trata de sed, de agua y de beber!, tres palabras que nos dejan la tarea de adentrarnos en su mundo de significados.

El Señor dijo: “Si alguno tiene sed, que venga a mí y beba”.

La misma invitación resonará en el paraíso, en el que habrá un río de agua de vida que brota del trono de Dios: “Quien tenga sed, que venga. Y quien quiera, que tome el agua de la vida gratuitamente”.

Hablemos, pues, de nuestra sed, ya que no deseará beber quien no la tenga, y a quien la experimente y no crea, sólo le servirá para tentar a Dios.

El canto del salmista  evoca la sed del creyente: “Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío; mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo: ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios?

Y la evoca también cuando dice: “Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, mi alma está sedienta de ti; mi carne tiene ansia de ti, como tierra reseca, agostada, sin agua”.

Sed de Dios, ansia de Dios, búsqueda de Dios… A tu memoria vienen las palabras de Jesús: “Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados”.

Tu ansia, tu sed, tu búsqueda de Dios y de justicia, son hambre y sed de Jesús, hambre y sed “del don de Dios” que es Jesús, ansia y búsqueda de la fuente de agua que salta hasta la vida eterna, del río de agua de vida que riega el paraíso.

El que se bautiza, el que se confirma, el que participa en la Eucaristía, bebe en Cristo Jesús, y en esa fuente divina se sacia de Dios, de justicia, de gracia, de luz.

Pero has de considerar también la “sed que tiene Dios”, sed que se hizo fuego abrasador en la garganta de Jesús y agotamiento en el camino bajo el sol del mediodía.

El que ahora, sentado junto al manantial, dice a la samaritana: “dame de beber”, un día, desde lo alto de su cruz, a todos nos dirá: “Tengo sed”.

Y entenderás que tiene sed de ti, que te busca con ansia propia de Dios, con pasión de Dios, con amor de Dios…y habrás de hacerte agua para la sed de Dios, habrás de quererte de Dios, porque Dios se ha querido tuyo.

Y mientras no llega la hora de perderte del todo en el amado, apagarás su sed en los pobres, que son el cuerpo de su necesidad: “Tuve sed, y me disteis de beber”.

Feliz camino de los catecúmenos hacia el bautismo.

Feliz camino, Iglesia de Cristo, a la comunión con tu Señor.

Publicado en Sin categoría | Deja un comentario

El bosque transfigurado:

Lo que resulta evidente es lo humano, lo nuestro.

Lo otro, el misterio, lo vislumbra la sola fe.

Lo nuestro, es el límite, la finitud, la fecha de caducidad, el mal inevitable.

Junto a ese mal inevitable, Jesús de Nazaret y multitud de hombres y mujeres, tantos que nos parece que sea toda la humanidad, padecen la presencia de otro mal, inicuo, perverso, cruel, obsceno, evitable. Es el mal que hacemos: Hemos llenado de cruces los caminos del hombre; hemos llenado de cristos las cruces; y el grito de los crucificados se nos queda en monotonía molesta a las puertas de nuestra tranquilidad.

Las sombras del bosque –inmigrantes sin cuerpo y sin hambre- preguntan dónde está Dios, de quién es padre, de quién se ocupa… pues más parece que esté en el templo dejándose ahumar por el incienso y sobornar por los satisfechos, que no en los caminos cuidando pobres.

Ya sólo quedan las sombras: los acorralados de las fronteras, los desalojados, los deportados, los apaleados, los ahogados, los mutilados de esta guerra del pan, los huérfanos de esta guerra contra la esperanza, los muertos de este sinsentido, los supervivientes que siempre llevarán heridas del cuerpo que sangran en el alma.

Voy a imaginar pronunciadas por ellos –las víctimas-, por ellas –las sombras-, las palabras de tu salmo Iglesia cuerpo de Cristo: “Nosotros aguardamos al Señor: él es nuestro auxilio y escudo. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti”.

Voy a repetir contigo y con ellos la confesión de fe: “Los ojos del Señor están puestos en sus fieles, en los que esperan en su misericordia”.

Entonces, a la Iglesia y a las sombras, Jesús nos toma consigo, y nos lleva aparte a su montaña alta.

He dicho Jesús: el perseguido, el odiado, el calumniado, el acusado, el condenado, el crucificado…

Y es él, Jesús, la víctima, el que “se transfigura delante de nosotros”.

En esa transfiguración, no se nos muestra lo que Jesús ha de ser, sino lo que ya es. En la montaña alta no ves la luz que a Jesús lo ha de envolver un día, sino la que desde siempre él lleva por dentro. Y no ves sólo lo que es de Jesús, sino también lo que él comparte contigo, pues, si nuestro es el mal que padece, suya es la luz que a las sombras nos ilumina.

Entonces, como Pedro, también nosotros decimos: «Señor, ¡qué bien se está aquí!»

¡Y aún no hemos prestado atención a la revelación más asombrosa!: de Jesús, de la víctima, una voz desde la nube, la palabra desde Dios, dice: “Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo”.

Y tú, no sólo escuchas lo que oyes, sino que escuchas también “lo que ves”, y en “aquella víctima transfigurada”, en aquel Hijo, en aquel amado, reconoces a las sombras de la ciudad amurallada de aire, reconoces a tus hijos, te reconoces a ti misma, te sabes habitada de luz como Jesús.

Feliz domingo.

Publicado en Sin categoría | Deja un comentario

El amor que nos resucita:

Todavía resuena en la memoria de la fe la declaración hecha a los que se decían abandonados del Señor: “Yo no te olvidaré”.

Recordamos también las palabras de Jesús: “No estés agobiado por la vida”, porque “Dios no te olvidará”. “No andéis agobiados, pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir… Vuestro Padre del cielo”, el mismo que dijo: “Yo no te olvidaré”, ya sabe que tenéis necesidad de todo eso”.

Pero recordamos también que, entre la declaración divina de amor y la invitación que Jesús hacía a la confianza en Dios, resonaba en la asamblea dominical una severa amonestación: “No podéis servir a Dios y al dinero”.

Si a mí mismo me pregunto –y os pregunto-: ¿Crees en el amor de Dios? Seguramente que responderemos: Creo.

Pero si me pregunto: ¿A quién sirvo en mi vida?, ¿a Dios o al dinero? Puede que la respuesta ya no se me ofrezca con tanta claridad y seguridad. ¡Y se trata de la misma pregunta y la misma respuesta, sólo que formuladas con otras palabras!

El más poderoso antagonista de Dios en el corazón del hombre es el dinero.

El dios-dinero es el contra-Dios, se disfraza de Dios, suplanta a Dios, promete hacernos “como Dios”, y nos deja compuestos y desnudos en un desierto de muerte.

El dios-dinero es el padre natural de la envidia, de la arrogancia, de la violencia, de la injusticia, de las guerras, de la muerte.

El dios-dinero ha creado la esclavitud, la opresión, la prostitución, la explotación del hombre por el hombre… El dios-dinero ha creado la exclusión, la indiferencia, el hambre, el miedo; con su palabra todopoderosa, va transformando en pozo negro los mares donde nació la vida, va reduciendo a páramos los bosques que hacían hermosa la tierra y respirable el aire, va llenando de veneno el cielo, va destruyendo la obra creadora del amor de Dios.

El dios-dinero fabrica armas, destruye naciones, se ensaña con los pobres en las fronteras de los ricos, ahoga en el Mediterráneo a miles de desplazados, condena a muerte cada día a millones de personas.

¡El árbol del dinero, siempre apetitoso, siempre atrayente, siempre  mortal!

No habrá para nosotros Pascua con Cristo resucitado si no hay Cuaresma con Cristo, si no entramos con Cristo en su camino de desapropiación de toda pretensión de poder. Él aprendió sufriendo a obedecer. Él, siendo rico, se hizo pobre por nosotros para enriquecernos con su pobreza. Él, el Hijo, nos enseñó a vivir de toda palabra que sale de la boca de Dios

El dolor de los pobres se me vuelve peso insoportable en la conciencia. Ese dolor tiene que ver conmigo, con el dinero, con el poder, con mi ambición homicida de ser como Dios.

Ese dolor se me hace grito en los labios y compañero en el camino que lleva a la Pascua con Cristo: “Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa… crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro… no me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo espíritu”.

Entonces, en la noche de los pobres y en la mía vuelve a resonar la declaración del amor que nos resucita: “Yo no te olvidaré”.

Feliz domingo.

Publicado en Sin categoría | Deja un comentario

En camino con Cristo

En la misa de este día se bendice y se impone la ceniza, hecha de los ramos de olivo o de otros árboles, bendecidos el año precedente” para la “conmemoración de la entrada del Señor en Jerusalén”.

Con la celebración litúrgica de este día, el primero del tiempo de Cuaresma, los hijos de la Iglesia nos ponemos a recorrer con Cristo Jesús el camino que lleva desde la esclavitud a la libertad, desde la tristeza a la alegría, desde el luto a la fiesta, desde la noche a la luz gloriosa de la Pascua.

Bendición e imposición de la ceniza:

El significado primero y principal que tiene para los fieles el rito de imposición de la ceniza lo desvelan las palabras de la bendición que el presbítero pronuncia sobre ella y que los fieles rubricamos con nuestro Amén.

En esa oración, se pide a Dios que gracia y bendición se derramen, no sobre la ceniza, sino sobre los fieles, “para que puedan llegar, con el corazón limpio, a la celebración del misterio pascual de su Hijo”. Con lo cual, el acento se pone en la purificación del corazón, en la conversión a Cristo, para que lleguemos a la comunión con él en su misterio pascual, es decir, en su descenso a nuestra muerte y en su ascensión a la vida de Dios.

En la oración que el Misal Romano propone como alternativa a esa bendición sobre los fieles, se pide que Dios bendiga “la ceniza que se va a imponer sobre nuestra cabeza”, ceniza que es memoria de la fragilidad de nuestra vida, memento de que “somos polvo y al polvo hemos de volver”. Y se pide también que a nosotros se nos conceda “el perdón de los pecados” y que alcancemos así, “a imagen de Cristo resucitado, la vida nueva del reino de Dios”.

El gesto de la imposición de la ceniza evoca nuestra condición, la que el Hijo de Dios asumió, al hacerse hombre, por el misterio de la encarnación.

Al recibir la ceniza sobre nuestra cabeza, los fieles abrazamos humildemente lo que somos y ofrecemos al Padre el homenaje de nuestra fe en él y de nuestra obediencia a su santa voluntad.

Liturgia de la palabra:

Limosna, oración y ayuno son prácticas piadosas que pertenecen al corazón de nuestra fe.

En la Sagrada Escritura, el nombre de limosna se da a la misericordia de Dios con los hombres, y también a la misericordia del hombre con sus semejantes, misericordia que se manifiesta en lo que se hace para remediar sus necesidades. La limosna del hombre imita la misericordia de Dios.

La oración del cristiano, oración de hijos al Padre del cielo, pone en el corazón del hombre el designio de Dios, el reino de Dios, la voluntad de Dios, el nombre de Dios, un mundo que pertenece a la intimidad de Dios y a lo más íntimo de nosotros mismos donde él habita.

El ayuno se practica en muchas religiones por motivo de ascesis, de purificación, de luto, de súplica…

Ayuno, oración y limosna le hablan a Dios de la humildad, la esperanza y el amor del hombre.

La verdad del ayuno, la oración y la limosna, como la verdad de la humildad, la esperanza y el amor, sólo se pueden hallar en “lo escondido”, en la propia intimidad, en el secreto del corazón; lo que el profeta expresó cuando dijo: “Ahora –oráculo del Señor- convertíos a mí de todo corazón, con ayuno, con llanto, con luto. Rasgad los corazones y no las vestiduras; convertíos al Señor vuestro Dios”.

Y cuando hoy comulgues, no olvides que la comunión con Cristo acontece antes en el corazón que en los labios, y que “dará fruto en sazón”, si día y noche guardas en lo escondido la memoria entrañable de tu Señor.

Feliz camino hasta la Pascua.

Publicado en Sin categoría | Deja un comentario

“Yo no te olvidaré”.

Cuatro palabras para decir de él, de ti, y de lo que él es para ti: “Yo no te olvidaré”.

Ese “yo no te olvidaré”, resultaría un decir sobreentendido entre enamorados, pero es una paradoja asombrosa si lo escucha alguien que se ve olvidado, que se siente abandonado. Ese “yo no te olvidaré” es una sorprendente, por no decir escandalosa, declaración de amor si se hace a quienes saben haber dado motivos ciertos para la desafección, a quienes reconocen haber olvidado y abandonado a su Señor. Ese “yo no te olvidaré” es un evangelio del cielo para quienes han perdido la esperanza y se abandonan a la desdicha.

Hoy, ese “yo no te olvidaré”, resuena en medio de una comunidad de gentes en camino, extranjeros y peregrinos, hombres y mujeres en busca de pan y de futuro, desterrados como ayer Sión, abandonados de Dios como en la tarde del calvario Jesús de Nazaret.

Ese “yo no te olvidaré”, resuena hoy en medio de una comunidad de olvidados, de excluidos, de marginados, de prescindibles, de no pueblo…

Hoy, mientras escribo, me llega noticia de que 74 inmigrantes han muerto ahogados tras el naufragio de su embarcación en la que intentaban llegar a Europa. Los cadáveres han sido descubiertos en una playa del oeste de Trípoli.

Y es en esa playa de esperanzas muertas, es en la arena de los vencidos donde el Señor de la vida hace resonar su increíble revelación: “Yo no te olvidaré”.

Esas cuatro palabras que hablan de Dios y de amor,  son las únicas que, pronunciadas allí, precisamente allí, entre aquellos muertos, abren una puerta al misterio de la vida. En aquella playa, mis palabras carecerían de sentido. En aquella arena, las de la política sonarían a sarcasmo. Allí, nuestras palabras de consuelo serían siempre menos elocuentes que el silencio. Allí sólo caben, sólo pueden decir algo verdadero palabras que salen de la boca de Dios: “Yo no te olvidaré”.

Es en ese lugar, en el último calvario, el de los últimos abandonados, el de los últimos crucificados, donde la única palabra con fuerza creadora es la del Ausente, es la de Dios: “Yo no te olvidaré”.

Y en esa palabra suya, como en Dios mismo, descansa el alma.

En esa palabra suya, como en Dios mismo, se refugia la esperanza de los pobres.

Tú escuchas la palabra, la guardas en el corazón, la recuerdas, y Dios se te vuelve refugio y salvación.

En la quietud pascual del domingo, lo que aprendiste escuchando, Dios, entregándote a su Hijo en comunión, lo sella a fuego en tu corazón: “Yo no te olvidaré”.

Publicado en Sin categoría | Deja un comentario

Amad como yo os amo:

Lo dijo él: “Seréis santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo”. Y era un modo decir que nos fijásemos en él para imitar su modo de hacer.

Extraño Dios éste que, habitando un cielo inaccesible, se ha hecho de casa entre las tiendas donde habita su pueblo, camina con los suyos, los protege de la calura del día, ilumina las sombras de la noche, prepara pan para la mesa, y les revela, con una ley santa, los secretos de su santidad: Es un Dios que no odia, y porque no odia, reprende. Es un Dios que ama, y porque ama, no se venga. Es compasivo y misericordioso. Es un padre que siente ternura por sus hijos.

Compasión, misericordia, ternura, amor: ¿Hasta dónde llega este Dios extraño en su locura?, ¿hasta dónde llega en su afán de ser tuyo?

Te lo dirá el que es la medida sin medida de esa locura de amor: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna”.

Habiendo conocido a ese Unigénito entregado, has conocido a Dios en su desvalimiento.

Tu Dios no hace frente al que lo agravia: Es un Dios abofeteado y silencioso, un Dios desnudo y crucificado, un Dios que, en su desvalimiento todopoderoso, abraza a los que lo crucifican.

Tú lo has conocido así, hecho amor desvalido y vulnerable. Y aquel antiguo “sed santos, porque yo soy santo”, se te ha transformado en un mandato nuevo, escrito a fuego en las tablas de tu corazón: “amad como yo os amo”.

No temas, Iglesia de Cristo, el desvalimiento del amor, la vulnerabilidad del que ama: no temas la comunión con tu Señor.

P. S.:

La noticia reza así: «Nueve emigrantes desaparecidos en un naufragio de una patera en el Estrecho».

No celebréis la eucaristía, hermanos, y entregad los domingos al olvido; que a Dios se ofrece su Hijo cada día, como inmigrante desaparecido.
Si los cristianos no logramos abrir las fronteras, ¿de qué nos sirve abrir las iglesias?

Publicado en Sin categoría | Deja un comentario

Dichosos

Se habla del fuego y el agua, la muerte y la vida, la ley del Señor cumplida y su mandato ignorado. Y se dice: “Dichosos los que caminan en la voluntad del Señor”.

A todos se nos encuentra de acuerdo en la aspiración a ser felices, en el deseo de ser dichosos.

Pero ese acuerdo desaparece cuando se trata de discernir el camino que lleva a la dicha.

Eva creyó que encontraría la felicidad cogiendo el fruto del árbol prohibido y comiendo de él.

Y nosotros, como Eva, no dejamos de alargar la mano a lo que suponemos son nuestros árboles de la dicha: el poder, el dinero, el bienestar, el prestigio. También nosotros queremos ser como ese dios-ídolo que hemos esculpido a la medida de nuestros sueños de grandeza.

Pero la palabra de la revelación, con tenacidad que sólo tiene el amor de Dios, nos recuerda que a la dicha irá quien “camine en la voluntad del Señor, el que guardando sus preceptos lo busque de todo corazón”.

Puede que, dicho de la ley, en principio nos resulte difícil ver la relación que hay entre cumplirla y ser feliz.

Pero, si allí donde se habla del don de la ley divina, tú entiendes –y habrás entendido bien- el don de Dios, el don que es el Unigénito de Dios, el que trae al mundo la vida eterna, empezarás a intuir que en ese Hijo está todo lo que hubieras podido pedir a tu Dios, aún más, intuirás que en ese Hijo está todo lo que Dios nos puede dar: ¡Ese Hijo es la dicha que se ofrece a los que, caminando con él, caminan en la voluntad del Señor!

Ahora ya sólo habremos de “reconocer” el don de Dios. A la luz de la fe habremos de ver dónde está el Hijo que se nos ha dado. Pues la dicha, la vida, está en recibirlo a él, acogerlo, seguirlo, amarlo.

Sacramentos de ese Hijo, en el que todo bien se nos da, son para nosotros la palabra de Dios que escuchamos, la eucaristía que recibimos, los pobres con quienes compartimos nuestra vida.

Y tú sabes por experiencia personal que en ese Hijo está la dicha, una felicidad que nadie te puede quitar.

Feliz domingo.

Publicado en Sin categoría | Deja un comentario

Vosotros sois la luz del mundo:

La Palabra que era la luz verdadera que alumbra a todo hombre”, dice a sus discípulos: “Vosotros sois la luz del mundo”.

La Palabra ilumina a todos viniendo al mundo. Los discípulos de la Palabra han de iluminar estando en el mundo.

La Palabra no es del mundo, sino de Dios. Y no son del mundo los discípulos, sino de la Palabra y del Padre que la pronuncia.

Hoy, en la celebración eucarística, escuchamos al Señor que dice: “Vosotros sois la luz del mundo”, y comulgamos con el Señor que es la luz del mundo.

Escuchas, crees, comulgas, y sabes que tu luz es la luz de Cristo que brilla en tus pensamientos, en tus palabras, en tus sentimientos, en tu rostro, en tus gestos, en tus obras, en tu vida.

Escuchas, crees, comulgas, y sabes que ser luz, como ser Cristo, no es sólo lo que la gracia y la fe han hecho de ti, sino que es también tu vocación, tu misión, lo que la gracia y la fe han de completar en ti.

Entra en el misterio de tu vocación, que es el misterio de tu comunión con Cristo: “Vosotros sois la luz del mundo”.

No lo sois por poderosos, no lo sois por sabios, no lo sois por vuestras riquezas, no lo sois por vuestro ingenio. Sois luz porque estáis en el mundo como el que sirve, como discípulos de la Luz que dijo de sí misma: “El Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y dar su vida en rescate por muchos”. Sois luz porque, como Jesús, habéis sido ungidos por el Espíritu Santo y habéis sido enviados “a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista”.

Ahora escucha las palabras del profeta: “Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que va desnudo… Entonces romperá tu luz como la aurora… Cuando destierres de ti la opresión, el gesto amenazador y la maledicencia, cuando partas tu pan con el hambriento y sacies el estómago del indigente, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía”.

Hoy, la sencilla declaración evangélica: “Vosotros sois la luz del mundo”, es un envío en misión a la noche en que viven los empobrecidos, los excluidos, los sin papeles, los sin voz.

Feliz domingo.

Publicado en Sin categoría | Deja un comentario

El pueblo de las bienaventuranzas:

No son una paradoja: las bienaventuranzas son una locura.

¿Cómo decir al que no tiene trabajo y tiene hijos: “dichosos los pobres”? ¿Cómo decir al pueblo de los excluidos: “dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia”? ¿Cómo decir a las víctimas: “dichosos vosotros cuando os insulten, y os persigan, y os calumnien de cualquier modo por mi causa”?

Tal vez, si quieres evitar que las palabras sepan a burla, ironía u ofensa, más que preguntar cómo se puede decir, te convenga preguntar quién lo puede decir. Observarás que lo dice un pobre a los pobres, un excluido a los excluidos, una víctima a las víctimas; observarás que lo dice el que se hizo pobre por los pobres, el que bajó a tu pobreza por ti, para hacerte justicia, para enriquecerte con su pobreza.

Sólo si consideras quién dice las bienaventuranzas, empezarás a intuir por qué las dice, se te revelará el misterio de gracia que encierran, te acercarás a la verdad que anula el sarcasmo y llena de luz el corazón de los pobres.

Oíste que lo decía el profeta: “Dejaré en medio de ti un pueblo pobre y humilde, que confiará en el nombre del Señor”. Lo oíste y te preguntaste por ese pueblo, y a tu corazón subió la memoria de Jesús, pues de él se puede decir con toda verdad, que Dios lo dejó en medio de nosotros, pobre más que nosotros, humilde como creyente, y confiado como hijo.

Y empezaste a pronunciar las bienaventuranzas admirado de su luz, de su gracia, de su verdad: Dichoso este hijo pobre y humilde, porque suyo es el Reino de los cielos; dichoso este hambriento de justicia, porque quedará saciado; dichoso este excluido, porque el Reino le pertenece… dichoso tú, Jesús, porque Dios es tu Padre y cuida de ti.

Ya sé que el profeta habla de “un pueblo” y no de una persona. Pero no podrás entender la bienaventuranza del pueblo, si no entiendes el misterio que se te revela en la persona de Jesús. “Pueblo pobre y humilde que confía en el Señor” es el pueblo en el que Cristo se reconoce a sí mismo, conforme a lo que se nos ha manifestado: “Tuve hambre, tuve sed, fui forastero, estuve enfermo, estuve en la cárcel”, me negaron un trabajo, me desahuciaron, me violaron en los caminos, temblé de frío en las fronteras, con vallas y cuchillas me apartaron de mi futuro, me sacrificaron sobre el altar de las garantías con que ha de ser protegido el dinero y no el hombre.  “Pueblo pobre y humilde que confía en el Señor” es el pueblo de los que se parecen a Cristo Jesús.

Hoy comulgamos con él, que es como decir que hoy comulgamos con  su pobreza, lo seguimos humildes, aprendemos su confianza en el amor del Padre. Hoy comulgamos para ser con Cristo el pueblo de las bienaventuranzas.

Feliz domingo.

Publicado en Sin categoría | Deja un comentario