La Santísima Trinidad: misterio de Dios y de la Iglesia

Pudiera parecer que el de la Trinidad es misterio que concierne a Dios y sólo a Dios. Lo sugería el catecismo de mi infancia que, a la pregunta: “La Santísima Trinidad, ¿quién es?”, respondía: “Es el mismo Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas distintas y un solo Dios verdadero”.

Sin embardo, ese misterio no se nos ha revelado para que sepamos más acerca de Dios, sino para que conozcamos lo fundamental, lo esencial, lo que cuenta acerca de nosotros mismos.

Aprende a confesar ese misterio con palabras de la revelación: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna”. Lo que parece más de Dios, es al mismo tiempo lo más tuyo, pues tú eres el mundo que Dios ama, para ti es el Unigénito que Dios entrega, para ti es la vida eterna que Dios ofrece.

Con verdad podrás decir, mejor aún, puedes cantar con toda la comunidad eclesial: “Bendito sea Dios Padre, y su Hijo unigénito, y el Espíritu Santo, porque ha tenido misericordia de nosotros”. Y también cantarás con el salmista: “Señor, dueño nuestro, ¡que admirable es tu  nombre en toda la tierra!”

Podrás cantar la gloria de Dios contemplando el cielo y sus maravillas; pero lo harás sobre todo contemplando el cielo que Dios ha hecho de ti, ese prodigio de misericordia que es en la Trinidad santa cada uno de vosotros: “Porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado”; porque “Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: ¡Abba! Padre”; porque se os ha concedido la gracia del Hijo, el amor del Padre, la comunión del Espíritu Santo”; porque os unge, os habita, os mueve, os guía, os ilumina, os consuela, os empuja y os transforma en cuerpo de Cristo el Espíritu de Cristo; porque Dios ya no es Dios sin vosotros, porque vuestro nombre, lo que vosotros sois, ya se dirá siempre con el nombre de Dios, con lo que Dios es.

La eucaristía que celebras y recibes, Iglesia de Cristo, es el sacramento de tu pertenencia al misterio de la Santísima Trinidad. Comenzarás la celebración en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Luego pedirás al Padre que santifique con la efusión de su Espíritu los dones que has presentado delante de él; se lo pedirás para que esos dones y tú misma seáis transformados, por la fuerza del Espíritu, en cuerpo de Cristo. Así mismo, por Cristo, con Cristo y en Cristo, unirás tu oración de hoy al honor y a la gloria que por toda la eternidad el Hijo tributa al Padre, en la unidad del Espíritu Santo. Y cuando hayas recibido el pan santificado, la comunión sacramental irá diciendo a la mente y al sentido que Cristo se ha hecho uno contigo, que tú te has hecho una sola cosa con Cristo, que os une el mismo Espíritu, y que en Cristo eres para Dios “Iglesia amada en el Hijo más amado”…

En verdad, el de la Trinidad es tu misterio, Iglesia cuerpo de Cristo.

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«Los pobres son El Señor»

Lo dijo Jesús a sus discípulos: “Yo le pediré al Padre que os dé otro defensor, que esté siempre con vosotros”. Y añadió: “El defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando lo que os he dicho”.

Ésa era la promesa que los discípulos vieron cumplida en el día de Pentecostés, cuando “se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería”.

Y ése es el misterio que celebramos en este día de gracia: la efusión del Espíritu sobre la Iglesia; la unción sagrada de los que son enviados para que lleven la buena noticia a los pobres; una epifanía de lenguas de fuego sobre esos ungidos, sobre los enviados, para que su palabra ilumine las mentes y encienda los corazones de los fieles con la llama del amor.

Ése es el misterio por el que hoy bendices al Señor, por el que aclamas a tu Dios: “¡Dios mío, qué grande eres! ¡Cuántas son tus obras, Señor! La tierra está llena de tus criaturas”. Y tú le darás gloria por siempre, porque la tierra está llena de su gracia, de su sabiduría, de su luz, de su consuelo, de su Espíritu,  de su presencia dulcemente acogedora, regazo de madre para el sosiego de tus pobres.

Ése es el misterio cuya belleza hace romper en tus labios la expresión del deseo: “Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra, manda tu luz desde el cielo, sana el corazón enfermo”.

Ése es también, Iglesia de Cristo, el misterio en el que, con insistencia de pobre, pides participar, pues si es cierto que están abiertas las fuentes del Espíritu para la humanidad entera, habrás de acercarte y beber, habrás de acoger al que pide entrar en la intimidad de tu casa. Por eso dices: “Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo. Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo. Ven, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor.

Y ése es el misterio que verás cumplido en la eucaristía que celebras, pues de ti, como de los discípulos de Jesús, en ella se dirá con verdad: “Se llenaron de Espíritu Santo y hablaban de las maravillas de Dios”.  Hoy te llenarás de Espíritu, pues habrás comulgado con la fuente de donde procede, y para siempre hablarás de las maravillas de Dios, porque ha hecho obras grandes en ti el que es Poderoso, cuyo nombre es santo.

Deja que el Espíritu te enseñe a decir: “Jesús”, y a decir “Señor”, y a decir “Jesús es el Señor”.

Si su Espíritu te enseña, “Jesús” será siempre el nombre de tu amado, nombre que, pronunciado, dirá ausencia y deseo, tal vez presencia y consuelo, puede que súplica y esperanza, puede que herida, puede que cielo.

Si te unge el Espíritu, “Jesús” será siempre el nombre que des a tus hermanos, el nombre de los pobres. Sólo si te unge el Espíritu podrás decir: “los pobres son el Señor”.

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Fiesta de la esperanza:

En el misterio de la Ascensión del Señor, la fe nos enseña a admirar lo que se refiere a Jesús, y a gustar lo que se refiere a nosotros.

La imagen de una ‘ascensión’ o ‘subida de Cristo Jesús a lo alto’, sugiere dos aspectos esenciales de este acontecimiento salvador. El primero: Jesús ha entrado en la gloria de su Padre. El segundo: Jesús se separó de sus discípulos.

A la luz de la fe has visto a Dios limitarse por amor en el mundo que ha creado. Has visto a Dios concebido y vulnerable, como un hijo de hombre, en el seno de una madre. Lo has visto bajar hasta lo hondo de la condición humana: envuelto en pañales como un niño, ungido como un siervo para evangelizar a los pobres, desnudo como un criminal en una cruz, envuelto en un sudario y puesto en un sepulcro,  llorado como un muerto entre los muertos.

Ahora lo ves glorificado, “encumbrado sobre todo”, con un nombre que sobrepasa todo nombre, “de modo que al nombre de Jesús, toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo”.

Y sabes que el Señor ya puede comenzar a ‘separarse’ de los suyos, pues, al verlo en su gloria, conocieron la esperanza a la que también ellos habían sido llamados. En su Ascensión, Cristo Jesús se separó de sus discípulos dejándoles como herencia y misión una esperanza cierta y una gran alegría.

Y con esa herencia, para compartirla, salimos nosotros a los caminos, entramos en los hospitales, subimos a pateras y zodiacs, visitamos las cárceles y le robamos víctimas a la tristeza, a la esclavitud y a la muerte.

“La ascensión de Jesucristo es ya nuestra victoria, y donde nos ha precedido él, que es nuestra cabeza, esperamos llegar también nosotros como miembros de su cuerpo”.

Feliz domingo.

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Iglesia del cielo… Iglesia de la tierra:

Habéis oído la palabra de Dios: “El ángel me transportó en espíritu a un monte altísimo y me enseñó la ciudad santa, Jerusalén, que bajaba del cielo, enviada por Dios, trayendo la gloria de Dios”.

El ángel nos la mostró. Yo quiero gozarme en su contemplación. Si Dios la envía, la ciudad viene del amor, es una fantasía de amor, es una arquitectura de amor. Por eso “brillaba como una piedra preciosa, como jaspe traslúcido”.

Pensé: estoy viendo a la Iglesia que Dios ama, la Iglesia a la que pertenezco, la madre en cuyo seno he nacido para Dios y de quien aprendí a ser de Dios.

Ya sé que sólo se me ha concedido ver lo que será un día la ciudad hacia la que camino. Pero sé también que esa ciudad no es un mito de futuro, sino una construcción que se levanta en el presente, con el amor de Cristo y el amor de los redimidos.

Vosotros sois testigos del amor con que Cristo os edifica, pues él os amó y se entregó por vosotros;  os consagró con su palabra, os lavó con el baño misterioso del bautismo, “para prepararse una Iglesia radiante, sin mancha ni arruga ni nada parecido, una Iglesia santa e inmaculada”.

Junto al amor grande que nos ha purificado, está el amor humilde y tenaz de quienes formamos la Iglesia, cuerpo de Cristo.

Vuestra casa, queridos, esta comunidad eclesial de Tánger, se abre cada día para hombres, mujeres y niños que, víctimas de injusticias atroces, buscan un respiro en sus vidas y lo buscan a la sombra de vuestro amor.

Antes de ver cómo baja del cielo la ciudad que Dios ha perfeccionado, estoy viendo cómo sube de la tierra la ciudad que vuestro amor edifica.

No está hecha de piedras talladas, sino de humanidad acogida, de dignidad respetada, de pobreza compartida. Ésa es tu ciudad hermoseada por el amor. La llenan hambrientos de siempre, parados recientes, esclavas sexuales, mujeres nacidas para entrar desde niñas en redes de trata, bebés disputados porque aprovechables para comercio sexual o comercio de órganos.

En esa ciudad que el amor levanta con su fuerza, el templo es de carne, pura humanidad: ese templo eres tú que amas a Cristo y guardas su palabra, pues Cristo y el Padre han venido a ti para hacer morada dentro de ti; ese templo eres tú con los pobres que son el cuerpo lastimado de Cristo; ese templo eres tú en Cristo y lo es Cristo en ti.

He visto la Iglesia que subía de la tierra, y era un sacramento de la Iglesia que un día bajará del cielo.

Feliz domingo, Iglesia amada del Señor.

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No llores por los pobres: llora por sus verdugos

Mi hermana me lo comunicó así: “Hoy, con Regis, hemos ido a Ben Junes; al llegar al primer grupo que nos esperaba, nos hemos “topado” con la furgoneta del Ejército; estaba metiendo a los emigrantes… Ellos, pidiéndonos ayuda; nosotros dos, atónitos… Se nos han llevado a nuestros hijos, delante de nuestras narices, y nosotros sin poder hacer nada. Después,  piensas: quizás podías haber intercedido por ellos, hacer parar la furgoneta… Sólo hemos llorado y rezado. Hemos llegado a Tánger con el corazón encogido”…

Mi hermana, con Regis, iba a llevar alimentos a los emigrantes que, en el bosque de Beliones, sobreviven mientras esperan una oportunidad para entrar en la ciudad vallada de Ceuta. Si queremos encontrarnos con ellos, hemos de hacerlo manteniendo contacto permanente a través del teléfono, y no puedo dejar de pensar que los militares se han servido de esas llamadas para localizar y arrestar a quienes la caridad pide que se hagan visibles para coger el pedazo de pan que les llevamos.

En la misa del próximo domingo de Pascua, domingo del Buen Pastor, con Regis y con toda la comunidad eclesial, mi hermana escuchará las palabras del salmista: “La misericordia del Señor llena la tierra; la palabra del Señor hizo el cielo”. Y habrá de conjugar, con el corazón encogido, su experiencia de llanto en el bosque y la confesión de fe que se hace en la asamblea litúrgica: habrá de conjugar lágrimas de víctimas y misericordia de Dios, impotencia del creyente y memoria del poder creador de Dios.

Esa síntesis admirable, propia del Reino de Dios, la hará en ti, Iglesia amada del Señor, el Espíritu de Cristo. Sólo él sabe aunar lágrimas y alegría, debilidad y victoria, abajamiento y enaltecimiento.

Fíjate en tu Señor, en tu Pastor. Si lo reconoces en Jesús de Nazaret, ves que se hizo siervo de todos y dio la vida por sus ovejas. Si lo contemplas en la Eucaristía, su servicio y su vida entregada se te revelan en un pan consagrado, fraccionado, repartido y comulgado. Si lo ves en ti misma, ves que todavía hace suya tu debilidad, hace suyas tus lágrimas, hace suyos tus deseos de liberación. Si lo ves en los pobres, ves que en unos es olvidado, en otros perseguido, en todos menospreciado. Si lo ves en los emigrantes, el corazón se te encoge de pena porque, en ellos, todavía continuamos atormentado y crucificando a nuestro Señor. Es tu Señor el que, en Beliones, ha sido empujado a las furgonetas del ejército para ser desplazado lejos de las fronteras de un país de epulones, de amos, de dueños; una vez más tu Señor habrá sido humillado y vejado y abandonado como un no hombre, como un sin derechos, como uno de quien Dios se ha olvidado. Pero tú sabes que, en su debilidad, él es siempre tu Señor, él es siempre tu Pastor, él es el Resucitado a quien se ha dado para siempre todo poder.

Por eso hoy confiesas con las víctimas y se lo recuerdas a los verdugos: “Sabed que el Señor es Dios, que él nos hizo y somos suyos”.

Por eso hoy tú y tus pobres cantaréis con el salmista: “El Señor es bueno, su misericordia es eterna, su fidelidad por todas las edades”. Vuestro salmo resonará en la catedral y en las furgonetas del ejército; resonará en la asamblea del débil rebaño del Hijo de Dios, y en el corazón de aquellos a quienes el poder priva del derecho a un futuro digno del hombre. Esa misma bondad, la misma misericordia, la misma fidelidad, que son la esperanza de los pobres, serán el infierno de quienes los condenan a morir en la pobreza.

No llores, hermana mía, por los pobres: llora por sus verdugos.

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Que el amor ilumine a los pobres con la luz de la resurrección:

Es el día octavo de nuestra fiesta de Pascua. La comunidad reunida en torno a Cristo resucitado, vuelve a entonar con él su salmo de alabanza al Dios de la vida: “Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia”.

Puedes decirlo con la casa de Israel; puedes decirlo con la casa de Aarón; puedes decirlo con los fieles del Señor; pero no dejes de decirlo con Cristo resucitado: “Eterna es su misericordia”.

Si confiesas que “Cristo ha resucitado”, vas diciendo que Cristo está en Dios; vas diciendo que aquel a quien viste crucificado, vive para siempre con la vida de Dios; vas diciendo que Cristo  está sentado a la derecha de Dios en el cielo; ¡y todo “porque el Señor es bueno, porque es eterna su misericordia”!

Si confiesas que “Cristo ha resucitado”, vas diciendo que Cristo está en ti; que aquel a quien tu fe contempla glorificado, vive contigo para siempre, vive en ti por su Espíritu, y por medio de ti continúa llevando a los pobres la buena noticia del Reino de Dios, ¡y todo “porque el Señor es bueno, porque es eterna su misericordia”!

Si confiesas que “Cristo ha resucitado”, vas diciendo que tu vida –tu pequeñez, tu debilidad, tu fragilidad, tu pobreza, tu miseria, tu noche- está escondida con Cristo en Dios; y que la vida de Dios –su grandeza, su fuerza, su poder, su gloria, su misericordia, su luz- está escondida con Cristo en ti.

Por eso, Iglesia cuerpo de Cristo, tu salmo es el de tu Señor, pues es de los dos la alegría y el gozo de este día en el que Dios hizo maravillas de amor, es de los dos la salvación cumplida en este día, es de los dos la prosperidad alcanzada.

Tú lo vas diciendo con Cristo resucitado, y él ya nunca lo dirá sin ti: “Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia”. Y a vuestro canto se unirá en todo tiempo el coro de los que van siendo iluminados por la caridad de la Iglesia con la luz de la resurrección de Cristo.

A vuestro canto se unirán los que crean sin haber visto, los que creyendo reciban de Cristo resucitado la paz y el Espíritu, los que se hayan acogido en ti a  la misericordia de Dios y hayan recibido de ti su perdón, lo que hayan conocido que Cristo vive porque tú los has amado.

“Alegraos en vuestra gloria, dando gracias a Dios, que os ha llamado al reino celestial”, a la vida con Cristo, a la gloria de su resurrección.

Feliz Pascua, queridos.

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Es la santa Pascua de Cristo Jesús:

Es Pascua. Es la consumación del misterio de la encarnación. Es la plena revelación del designio eterno de Dios sobre el hombre.

Cristo ha resucitado: resucitemos con él.

Éste es el corazón de nuestra fe: Que Dios nos dio a su Hijo Unigénito, y que este Hijo nos habló y nos curó y nos amó hasta el extremo, hasta morir y resucitar por nosotros para que vivamos con él, hasta entregarse por nosotros para darnos su espíritu, para hacer de nosotros hijos de Dios.

Confesamos que en darnos a su Unigénito, Dios nos ha dado la medida sin medida de su amor, y que no tiene ya otro modo de decirnos que nos ama, que somos su alegría, que, resucitados en ese Unigénito, somos Dios para Dios.

Confesamos cuanto Dios nos ha revelado: su predilección por los pequeños, su debilidad por los enfermos, su pasión por nosotros pecadores; y confesamos al mismo tiempo nuestros pecados, pues todavía no hemos empezado a creer lo que Dios nos ha revelado en la Pascua de su Hijo.

Confesamos que al hombre a quien Dios ama, al hombre por quien Jesucristo el Señor entregó su vida, al hombre en quien Dios ha puesto su Espíritu, lo despreciamos, lo humillamos, lo perseguimos, lo maltratamos, lo ultrajamos, lo explotamos, lo esclavizamos, lo asesinamos.

Con razón y con indignación identificamos y señalamos al terrorista que sacrifica hijos de Dios en el altar de una ideología con pretensiones de valor universal. Pero puede que utilicemos su figura sanguinaria para olvidarnos de nosotros mismos, puede que ocultemos detrás de su crueldad manifiesta la vergüenza de nuestros pecados contra el hombre y contra Dios.

El hecho es que adoramos ídolos monstruosos que ocupan en nuestras vidas el lugar sagrado que Dios ha querido que estuviese reservado para el hombre.

Ofendemos gravemente a Dios quienes usamos el nombre de Cristo para discriminar refugiado de refugiado en las fronteras, como si Cristo hubiese muerto para que en el mundo hubiese cristianos y no para enviar ungidos a evangelizar a los pobres.

Ofendemos gravemente a Dios quienes sacrificamos a sus hijos sobre las mesas del poder político, del prestigio social, del beneficio económico; lo ofendemos gravemente quienes dejamos de servir al hombre para servir al dinero.

Ofendemos gravemente a Dios quienes nos arrogamos el derecho de decidir sobre sus hijos, de utilizarlos, de maltratarlos, de descartarlos, como si fuesen cosa de nuestra propiedad.

Es Pascua. Es la revelación plena del compromiso de Dios con el hombre.

Es pascua. Es hora de que hagamos nuestra la lucha de Dios por el hombre, de que nos pongamos con Dios en busca del hombre, de que salgamos con Cristo al encuentro del hombre.

Dios nos espera en la tierra del hombre. Feliz Pascua.

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«Tened los sentimientos de Cristo»

Queridos:

Hemos entrado en los días santos en que la Iglesia celebra la fuerza de la cruz, y, en comunión con Cristo Jesús, nos disponemos a vivir los misterios de su pasión salvadora y de su resurrección gloriosa.

En comunión con Cristo:

Considera, Iglesia amada del Señor, la gracia que se te ha concedido, pues en los misterios que vas a celebrar, no haces memoria de una historia que no sea tuya o de acontecimientos en los que no hayas participado, sino que recuerdas lo que también tú has vivido, porque el Hijo de Dios se hizo hombre por ti y para ti, por ser tuyo y porque fueses suya, por ser tu esposo y que fueses su esposa, por ser tu cabeza y porque fueses su cuerpo: Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.

Él se rebajó. Dios lo levantó:

No te separes, amada, del Cristo que se rebaja hasta hacer suya tu muerte; y Dios no te separará del Cristo al que su fuerza levanta para darle el «Nombre-sobre-todo-nombre.»

Aprende el camino que él recorre, el camino que él es, el camino de Dios que reconoces como tuyo y del que no quieres desviarte.

Contempla, asómbrate y sigue al que “se despojó de su rango, tomó la condición de esclavo, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte y una muerte de cruz”.

Ésa es la humanidad nueva, la de aquellos que, en Cristo y con Cristo, van por el camino del abajamiento, de la obediencia, del servicio, de la humildad, hombres y mujeres que, por tener entre ellos los sentimientos propios de Cristo Jesús, no se encierran en sus propios intereses sino que buscan el interés de los demás, tienen entrañas compasivas, y se mantienen unánimes y concordes en un mismo amor.

No imitéis al viejo Adán, que quiso enaltecerse a sí mismo, apropiarse de la condición divina, hacer alarde de Dios, hacer por sí mismo lo que sólo a Dios corresponde hacer. Imitad a Cristo, y dejad que sea el Padre el que os dé un nombre embellecido con la gloria de su Unigénito.

Los días de la pasión del Señor nos recuerdan que el abajamiento, la obediencia, la entrega, la cruz, son la patria de Cristo Jesús, y que ésa es también nuestra patria.

El versículo con que la comunidad eclesial se dispone a escuchar el evangelio de la pasión, nos ayuda a entrar en el corazón del misterio: Jesús escogió esa patria “por nosotros”, escogió la cruz por amor, entró en la angustia de la desdicha para abrir a sus hermanos pobres las puertas de la alegría. Esa luz de amor que ilumina la cruz de Jesús, es la que ha de penetrar la cruz de nuestra entrega; y donde con la Iglesia que mira a Jesús, dijimos: “por nosotros”, con la Iglesia que habla de sí misma, decimos: “por los hermanos”, “por los pequeños”, “por los pobres”, “por el Señor”.

Hágase tu voluntad”:

Jesús nos enseñó a decirlo cuando oramos al Padre del cielo: “Padre nuestro… hágase tu voluntad”.

Él lo dijo cuando entraba en su agonía: “Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad”.

Hágase tu voluntad”: nosotros lo decimos con Jesús en su hora, y él lo dice con nosotros en nuestra oración; nosotros lo decimos y comulgamos con la obediencia de Jesús, y él lo dice y comulga con la humildad de nuestra fe; nosotros lo decimos aceptando con Jesús el cáliz que él ha de beber, y él lo dice abrazando con nosotros la cruz que hemos de llevar.

Hágase tu voluntad”: Dichas por Jesús, las palabras llevan dentro la piedad del Hijo que aprendió, sufriendo, a obedecer. Dichas por nosotros, llevan dentro la humilde confesión de la fe, el aguante en la esperanza de los pequeños, la fuerza con que los pobres se oponen a la violencia de los poderosos.

Hágase tu voluntad”: Para Jesús y para ti el alimento “es hacer la voluntad del que os ha enviado y llevar a término su obra”.

A ti, como a Jesús, se “te ha dado una lengua de iniciado” en la resistencia al mal, para que sepas decir al abatido las palabras de aliento que aprendiste en la comunión con tu Señor y con el sufrimiento de los pobres.

Tú dices: “Hágase tu voluntad”, y “endureces el rostro como pedernal, sabiendo que no quedarás defraudada”.

“Tened los sentimientos de Cristo”, aclamad con vuestra vida al que viene en nombre del Señor. Llevad la luz de la Pascua, la paz y la gloria de Dios a la vida de los pobres.

Tánger, 17 de marzo de 2016.

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Enjuiciada y amada:

El evangelio es el de aquella “mujer sorprendida en adulterio”. Pero la comunidad que hoy celebra la eucaristía sabe que ése es su evangelio.

A Jesús “le traen” una pecadora, con Jesús se queda una redimida. A Jesús “le traen” una mujer condenada por la ley, con Jesús se queda una mujer pacificada por el amor. A Jesús “le traen” una humanidad aplastada por la tristeza de la muerte, con Jesús se queda una Iglesia que ya celebrará para siempre la alegría de la vida.

Quiero recordar con vosotros las últimas palabras de este evangelio “de la adúltera” y nuestro:

Jesús se incorporó y le preguntó: _Mujer, ¿dónde están tus acusadores?, ¿ninguno te ha condenado?

Ella contestó: _Ninguno, Señor.

Jesús dijo: _Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más”.

San Agustín lo contempló así: “la Miserable y la Misericordia, quedaron allí los dos solos”.

Ahora se puede entender que ella y nosotros podamos olvidar lo de antaño, y dejemos de pensar en lo antiguo, pues el Señor cambió nuestra suerte: el Señor ha estado grande con nosotros, con él hemos recorrido el camino de una pascua nueva, él nos ha devuelto la alegría, y por él la vida se nos han hecho de casa. ¡La luz de la misericordia ha irrumpido en la oscuridad de nuestra miseria!

Considera ahora cómo la Misericordia se quedó allí en medio con la Miserable: Se inclinó Jesús, hasta escribir con el dedo en el suelo. Se inclinó la Palabra divina hasta la condición humana. Se inclinó la gracia sobre los pecadores cuando Jesús, para  rescatarnos, bajó al abismo de la muerte.

Cuando hoy recibas al Señor en el misterio de la santa comunión, escucharás una voz que alcanzará lo más hondo de tu ser: “Mujer, ¿ninguno te ha condenado? Ninguno, Señor. Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más”.

Y aunque te parezca un sueño, Iglesia enjuiciada y amada, hoy, en Cristo, habrás pasado de la muerte a la vida.

Feliz domingo.

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Gustad y ved qué bueno es el Señor:

El evangelista dice que publicanos y pecadores se acercaban a Jesús a escucharle. Y los fariseos y los escribas, murmurando, que no imitando y mucho menos admirando, nos dejan un valioso testimonio de lo que llevaba consigo aquel acostumbrado “acercarse a Jesús”, cuando dicen: “Este acoge a los pecadores y come con ellos”.

No me digas que en ese comportamiento “acostumbrado” de los pecadores con Jesús y de Jesús con los pecadores, no has reconocido lo que en seguida se cuenta en la parábola del padre que tenía dos hijos: el pecador que se acerca, el padre que acoge y que prepara un banquete de fiesta por el hijo reencontrado.

A aquel hijo, que se había ido lejos de la casa y de la vista de su padre, y que ahora se ha puesto en camino “adonde estaba su padre, cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo”.

Ya sabes lo que significa “acoger”: ver, conmoverse y correr para abrazar y besar.

Aquel hijo que venía de lejos, si no desnudo como el hombre después de haber comido del árbol prohibido, volvía harapiento y hambriento.  El hijo sólo puede decir: “He pecado”. El padre dice: “Sacad en seguida el mejor traje, ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies, traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete”. Aquel padre no se queda en dar de comer al hijo que llega con hambre, sino que necesita hacer fiesta por el hijo que ha recobrado con vida.

Y ya sabes también lo que significa que Jesús comía con pecadores: era comer y hacer fiesta, porque a Dios la casa se le llenaba de hijos que volvían de lejos.

Mientras escuchamos el relato, el corazón se nos sobresalta, pues el espíritu advierte que, con palabras y hechos de otro tiempo, se habla de los pecadores que hoy nos acercamos a Jesús, de los fieles a quienes Cristo Jesús acoge en esta celebración, de la comunidad eclesial con la que el Señor de la vida se sienta hoy a comer.

“Hoy os he despojado del oprobio de Egipto”, dice el Señor; hoy te he despojado del oprobio de guardar cerdos y padecer hambre en un país lejano, hoy comerás en la casa de tu padre, hoy estarás conmigo en el paraíso.

Ahora, Iglesia acogida y sentada a la mesa del banquete del reino de Dios, entona tu canto con el salmista, aclama con el pueblo que en aquella Pascua comió por primera vez los frutos de la tierra prometida, haz fiesta con el hijo que de lejos ha vuelto a su padre, con los pecadores que se acercaban a Jesús: “Gustad y ved qué bueno es el Señor”. Gustad la abundancia de la mesa de Dios, entrad en la fiesta de su alegría por vosotros, gustad y ved y bendecid al Señor en todo momento, que su alabanza esté siempre en el corazón y en la boca de los fieles.

Y no olvides que, si ésta es la historia de un padre y de sus dos hijos, es también una historia de hermanos. Advierte que la dificultad que no hay en que el padre abrace al hijo perdido y haga fiesta por él, la hay en que el hermano acepte abrazo y fiesta, tanta dificultad que, para superarla, el padre ha de recurrir a palabras llenas de humildad y ternura: “Deberías alegrarte, hijo, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”. Al que estaba enojado, le llama “hijo”, que es mucho más que regalar un cabrito para comer con amigos. Y del otro le recuerda que es “su hermano”, que es mucho más decisivo, comprometido y exigente que ser amigo.

Comunión: Tiempo para la alegría del encuentro con nuestros hermanos en la casa del padre, a su mesa, en la comunidad eclesial.

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