De los pobres y de Dios

Él es el centro de tu eucaristía: No dejes de fijarte en Cristo Jesús.

Escucha lo que de él te dice el que lo formó siervo suyo: “Tú eres mi siervo, de quien estoy orgulloso… Te hago luz de las naciones para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra”.

Escucha el testimonio que da Juan el Bautista: “Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”.

Escucha el evangelio que proclaman sus mensajeros: “La gracia y la paz de parte de Dios nuestro Padre, y del Señor Jesucristo sean con vosotros”.

Eso es lo que celebras, por eso das gracias en medio de tus hermanos, porque te han arrebatado al pecado del mundo y, mediante la fe, has entrado en un mundo de luz, de gracia y de paz.

En realidad, escuchando y creyendo la palabra de Dios, acogiendo a Cristo Jesús en los hermanos y en su eucaristía, haces comunión con la luz que alumbra a las naciones, con la gracia que te diviniza, con la paz  que Dios ofrece a los que ama.

Acogerás el cuerpo eucarístico del Señor sólo si comulgas con su cuerpo eclesial, con su cuerpo pobre, con su cuerpo enfermo, con su cuerpo herido, con los hermanos que él mismo te ha dado.

No habrás comulgado el cuerpo eucarístico del Señor si lo crucificas en el parado, en el desahuciado, en el mendigo, en el sin techo, en el refugiado, en el emigrante…

Ahora, si has comulgado con él, escucha lo que dice ese Hijo que es tu luz, tu gracia y tu paz: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad… Dios mío, lo quiero, llevo tu ley en mis entrañas”.

El Hijo lo dice porque es Hijo. Tú lo dices porque estás en comunión con el Hijo.

El Hijo lo dice porque conoce el amor del Padre. Tú lo dices porque, en comunión con el Hijo, experimentas la salvación que viene de Dios, has visto su luz, te ha embellecido su gracia, se ha quedado contigo para siempre su paz.

Por eso dices primero: “Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él”.

Y luego, con el Hijo, añades: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad… Dios mío, lo quiero, llevo tu ley en mis entrañas”.

Si comulgas, en el Hijo serás de los pobres y de Dios.

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Amada, predilecta, hija de Dios

El ciclo litúrgico de la Navidad se va, pero la Navidad se queda: Se queda el que ha nacido para ti, se queda para siempre tu salvador.

Si le preguntas por él a su madre, te enseñará a admirarte de su misterio y a guardar en el corazón lo que contemplas.

Si preguntas a los pastores: “¿a quién habéis visto?, ¿quién se ha aparecido en la tierra?”, te dirán que han visto a un recién nacido, y a los coros de ángeles alabando al Señor.

Si preguntas al justo Simeón: ¿a quién tomaste en brazos, a quién viste aquel día en el templo de Jerusalén?, te dirá: mis ojos han visto al salvador que viene de Dios, la luz que ha de alumbrar a todas las naciones, la gloria que envuelve para siempre las tiendas del pueblo de Dios.

Pregúntale ahora a Juan, y te dará su testimonio: “He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua, me dijo: «Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que bautiza con Espíritu Santo». Y yo lo he visto y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios”.

Pregúntale al profeta, y él le dará sentido nuevo a las palabras del antiguo oráculo: “Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero”.

Pregúntale al salmista, y te dirá: Él es la paz con la que el Señor ha bendecido a su pueblo.

Ahora acércate al Jordán y verás que la luz que iluminó la noche santa de Navidad, entra en las aguas para purificarlas; la gloria que en aquella noche llenó el cielo, entra hoy en el río para santificarlo; el que en aquella noche nació para bautizarnos a todos con Espíritu Santo, pide hoy ser bautizado con agua.

Fíjate: el elegido, el preferido, el amado, el predilecto, el Hijo, entra en el río donde se bautizan los pecadores, entra en tu río, entra allí contigo, Iglesia cuerpo de Cristo, para que con él salgas de allí limpia, purificada, santificada, hermoseada, inmaculada…

Ése es el asombroso misterio de este día: Cristo ha bajado contigo a tu muerte para que subas con él a su vida.

Ése es el misterio de la eucaristía que hoy celebras: Cristo viene a ti, y tú te reconoces en Cristo elegida, preferida, amada, predilecta, hija de Dios.

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Un Dios obstinado en llamarse Jesús:

Es todavía Navidad: solemnidad de Santa María, Madre de Dios.

Las palabras con las que anunciamos el misterio, adquieren sentido sólo si optamos por ellas: Habrá Navidad sólo si creo en ella. Y sólo la fe hará que, en una mujer de Nazaret, de donde nada bueno se espera que salga, vea la comunidad de los fieles a la Madre de Dios.

Es también la Jornada Mundial de la Paz.

Habrá paz sólo si la dejo entrar en el corazón y hago con ella un pacto de fidelidad hasta que la muerte nos una de forma definitiva.

Dios se ha obstinado en hacer siempre posible lo que la fe de cada uno hará real.

Su Navidad y su paz, su mundo nuevo, su año de gracia, hace tiempo que comenzó; hace tiempo que las profecías se hicieron evangelio; hace tiempo que el futuro de las promesas quedó atrapado en el hoy de su cumplimiento: “Hoy brillará una luz sobre nosotros, porque nos ha nacido el Señor. Y es su nombre: Admirable, Dios, Príncipe de la paz, Padre perpetuo, y su reino no tendrá fin”; “hoy os ha nacido un salvador”; “hoy ha sido la salvación de esta casa”.

Pero sólo la fe hará de ti una nueva criatura. Sólo por la fe entrarás en el año de gracia del Señor. La fe, la misma que llenó de esperanza el tiempo de las promesas, hoy, en el tiempo del evangelio, llena tu vida de asombro y de alabanzas.

Dios se ha obstinado en bendecir… hasta bendecirnos con su Hijo, hasta fijarse en nosotros por los ojos de su Hijo, hasta hacernos el don de su Hijo, señal de su favor y de su amor sin medida. Y tú te alegras con un gozo que nadie podrá arrebatarte, pues te reconoces nacido de Dios, hijo de la bendición.

Dios se ha obstinado en abrir caminos de salvación para todos los pueblos, una fuente de alegría para las naciones. Toda tu riqueza, Iglesia de Cristo, es la salvación y la alegría que tu Señor te ha dejado en herencia para que la entregues entera a los que lloran, a los pobres, a los predilectos de Dios.

La paz de Dios para ti se llama Jesús. La gracia se llama Jesús. La bendición se llama Jesús. La salvación se llama Jesús. Todo lo que amas, todo lo que esperas, todo lo que Dios puede darte se llama Jesús.

Feliz entrada en el mundo nuevo de la mano de Jesús.

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Abraza palabra, pan y Niño:

Alegrémonos todos en el Señor”.

Así reza la antífona con la que entramos en la Misa de medianoche, y es la comunidad eclesial la que dice: “Alegrémonos”: Es en la comunidad reunida donde unos a otros nos invitamos a la alegría, y lo hacemos porque nos ha nacido Jesús de María, porque ha venido Jesús de Dios, Jesús para el mundo, Jesús para ti. “Alegrémonos”, porque de María y de Dios ha venido sobre el mundo la paz.

Y añadimos: “ha nacido nuestro Salvador”, “un hijo se nos ha dado”, “ha aparecido la gracia de Dios”. De ese modo, en el seno de un pasado perfecto, que permite al ayer perdurar en el hoy, nuestra fe encierra el misterio de un Niño que, habiendo nacido para la humanidad hace más de dos mil años, nace hoy para cada uno de nosotros, nace para la comunidad de la que formamos parte, nace para “el pueblo que caminaba en tinieblas”, para “los que habitaban en tierra de sombras”, para los hambrientos de pan y de justicia.

Ese Niño es una bandera discutida y lo reciben siempre el amor o el odio, la fiesta o la indiferencia, la alegría de los pobres o la envidia de los poderosos. Así fue entonces. Así es hoy.

Muy fácilmente confundimos al Niño con dogmas, ritos, o prácticas de los que hacemos bandera, mientras a él  le neguemos el sitio que necesita en nuestra posada.

Dogmas, ritos y prácticas, en ningún pesebre tiemblan de frío ni esperan de nadie un abrazo, una caricia, una canción de cuna, el calor de un regazo…

En nuestro pesebre, hecha carne, tiembla una palabra divina, que espera ser creída y hacerse en nosotros fuente de agua viva. Por eso cantamos: “Alegrémonos todos en el Señor”.

En nuestro pesebre se nos ofrece un pan que, bajado del cielo y comido, se nos hace en las entrañas medicina de inmortalidad y pan de eternidad. Por eso nos animamos unos a otros diciendo: “Alegrémonos todos en el Señor”.

En nuestro pesebre está recostado, envuelto en pañales, un Salvador, un niño que nos ha nacido, un hijo que Dios nos ha dado y que hemos de cuidar. Por eso, a la alegría de la Iglesia en la tierra, se une el coro de los ángeles, y todos alabamos a Dios, diciendo: “Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor.

Pero es posible también una Navidad frustrada; es posible que palabra, pan y Niño se nos den y no sean recibidos; siempre es posible un: “vete a tu país”, “vete con los tuyos”, “vete”…  Nos justificamos pensando que lo decimos al extranjero, al emigrante, al hombre de otra cultura, al de otra religión… Un día descubriremos sorprendidos que se los estábamos diciendo al Rey que nos ha de juzgar.

Quien cuida del pobre, cuida de Cristo, abraza palabra, pan y Niño, y recibe en herencia la bendición, la alegría y la paz que la Navidad nos ha traído del cielo.

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“El Señor vendrá a salvar a su pueblo”

A la Iglesia de Dios que peregrina en Tánger: Paz y bien.

Queridos:

Desde hace años, desde hace una vida para muchos de vosotros, sois evidencia de que “el Señor ha salido de su santuario y ha venido a visitar a su pueblo”.

Suyas han sido vuestras manos, con las que él continúa realizando su obra; suya es vuestra compasión, por la que él continúa vendando heridas y resucitando esperanzas; suyo es vuestro corazón, en el que él continúa amando; suyos sois cada uno de vosotros en quienes él continúa saliendo al encuentro de los pobres y les lleva la buena noticia.

Para los pobres, vosotros sois evidencia de que el Señor está cerca, de que su luz ha brillado en la noche, de que es Navidad.

Pero sois también testigos de vuestra pobreza: Sabéis que, en esta vida, el adviento no termina: sabéis que lo verdadero y la plenitud son futuros, y que nuestro Dios es siempre “un Dios escondido”, es siempre aquel a quien ansiamos de noche y por quien madrugamos más que la aurora.

Es así para nosotros. Es así para todos los pobres.

Por eso, Iglesia amada del Señor, te son familiares las palabras del Salmista: “¿No vas a devolvernos la vida para que tu pueblo se alegre contigo? Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación”. ¡Paradojas de la fe que profesáis!: Vosotros, que hacéis evidente la Navidad, esperáis todavía que se cumpla, que os envuelva su alegría, que os visiten en ella la misericordia de Dios y su salvación.

Nombres para nuestros sueños:

Por creyentes y por pobres, somos emigrantes que se han echado a los caminos de la fe con un hatillo de sueños: Los ciegos, en busca de la luz. Los que la ley ha declarado impuros, en busca de la gracia que los purifique. Los enfermos, en busca de la salud; y los cautivos, hacia un mundo de cadenas rotas y pasos en libertad.

Los hambrientos mendigan el evangelio de un pan; para el sediento, el evangelio es el agua; para el desnudo, un vestido con que protegerse; para el que llora, una mano que ofrezca confianza…

Nosotros soñamos a la medida de nuestras necesidades o de nuestros deseos. Dios hace promesas a la medida de su amor. Escucha lo que ese amor ha soñado para todos:

“Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos y a los que se convierten de corazón.

La salvación está ya cerca de sus fieles, y la gloria habitará en nuestra tierra; la misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan.”

“Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna”.

La luz, la gracia, la salud y la libertad que pedías, el pan, el agua, el vestido y el consuelo que necesitabas, todo te lo ha dado el amor de Dios.

En el salmo, ese don se llama salvación y gloria, misericordia y fidelidad, justicia y paz.  El profeta lo llamará “Dios-con-nosotros”. Y el ángel del evangelio lo llamó “Jesús”.

¡Dios nos lo ha dado todo en Jesús!

Jesús es el nombre de todo lo que soñamos.

¡Feliz Navidad!:

No temas, pequeño rebaño; no temas, Iglesia enviada por el Espíritu del Señor para llevar a los pobres la bueno noticia: Tu Dios viene a ti, pequeño él también como un niño, vulnerable él también como un recién nacido.

Que la fe lo levante hasta tu mejilla y lo acerque a tu corazón. Que el amor haga subir desde tu corazón el cielo un canto de alabanza por la justicia que ese niño es para ti, por la paz que con él ha nacido para ti, por la salvación que en él te ha alcanzado, por la gloria que en su fragilidad has visto resplandecer.

Feliz Navidad, Iglesia de Tánger. Feliz Navidad a los pobres, pues, con el nacimiento de Jesús, llega para ellos el Reinado de Dios. En verdad, “el Señor ha salido de su santuario y ha venido a visitar a su pueblo”.

Tánger, 14 de diciembre de 2016.

Fiesta de San Juan de la Cruz.

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Amar para que sea Navidad:

Todavía resuena en el corazón el eco de la liturgia de la Virgen María: “Desbordo de gozo con el Señor y me alegro con mi Dios, porque me ha vestido un traje de gala  me ha envuelto en un manto de triunfo como novia que se adorna con sus joyas”.

El profeta no dice “me revestirá” sino “me ha revestido“, no dice “me envolverá” sino “me ha envuelto“, y es que la fe y la esperanza traen al presente lo que el tiempo histórico conjuga en futuro.

Dios es sólo presente, y lo que de Dios tiene relación con nosotros es ya presente aunque sólo lo esperemos.

“¡Desbordo de gozo!” No lo digo de mañana: lo digo ya.

Y añado: los demás gozos terminan; éste, no. Mi gozo es para siempre como lo es la promesa de Dios, como lo es Dios.

Hoy la liturgia dominical se abre con el anuncio de una epifanía divina: “Decid a los cobardes de corazón: Sed fuertes, no temáis. Mirad a nuestro Dios que viene y nos salvará”.

Hoy escucho de nuevo palabras que mi incredulidad no sabe cómo hacer creíbles: “El bosque se regocijará, la montaña se alegrará, florecerán las orillas del Mar de la muerte, tus hijos se alegrarán con gozo y alegría”.

Tú, Señor, me confías promesas que sólo tienen sentido si se gritan contra la legalidad y la indiferencia que hacen inhóspitos para tus hijos, para tus pobres, el otoño, el invierno, la lluvia y el frío.

Tú me confías promesas que son verdaderas y consoladoras sólo si se hacen a un pueblo que habita en tinieblas, a los que habitan en tierra y sombras de muerte, a los moradores del bosque, a los excluidos en la montaña, a los que han de aceptar una apuesta con la muerte si quieren atravesar los pocos kilómetros de un brazo de mar.

Para ellos, Señor, me has dado las palabras de tu promesa, palabras que suenan increíbles, por no decir escandalosas: “Sed fuertes, no temáis… vuestro Dios trae el desquite; viene en persona, resarcirá y os salvará.”

Yo las pregonaré en una catedral, donde lo normal será que tus promesas no nos asombren ni nos sorprendan ni renueven nuestra esperanza, sencillamente porque la vida no nos ha llevado todavía a sentir la urgencia, ni siquiera el interés, de verlas cumplidas.

Agobiado por el escándalo de su sufrimiento, hoy es el pobre quien se llega a ti, Señor, a tu Iglesia, a tu cuerpo que es la Iglesia, con la pregunta: “¿Eres tú el que ha de venir, o hemos de esperar a otro?”

Y tú, por tu Iglesia, por tu cuerpo que es la Iglesia, le respondes y le anuncias lo mismo que anunciaste a los discípulos de Juan: “Los ciegos ven, y los inválidos andan. Los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen. Los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el evangelio”.

Hoy comulgamos contigo, Cristo resucitado, para ser tu cuerpo en el mundo, para que vivas en nosotros, para que en nosotros continúes tu lucha contra el mal del hombre, contra la angustia del hombre, contra leyes e indiferencia que llenan de heridas tu cuerpo en los pobres.

Hoy comulgamos contigo para que a los pobres se les anuncie el evangelio, y conozcan, porque cuidamos de ellos, que tú los amas y los salvas.

Hoy comulgamos contigo, Señor, para hacer verdadera nuestra Navidad.

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Alegría para los pobres

Llueve desde hace días.

Con la lluvia, la vida de los chicos en el bosque de Beliones se te vuelve memoria obsesiva como una melodía que hubieras oído demasiadas veces.

Bajo el aguacero, subimos a la montaña porque ellos nos esperaban.

El coche iba lleno de todo, que, en aquellas circunstancias, es como decir que iba lleno de nada, pues mantas y ropas y calzado, recibidos como se recibe lo indispensable para vivir, todo, seguramente todo, llegó empapado de agua, si no de fango, al compasivo refugio que ofrecen los plásticos.

Aquella tarde, sólo abracé hijos pasmados de frío y mojados.

Entonces, te invade un sentimiento de culpa y se te vuelve losa insoportable el sentimiento de impotencia: No puedes cambiar el sistema económico que va llenando de pobres el mundo para que haya un puñado de ricos. No puedes cambiar el sistema político que a unos pocos los hace dueños del destino de todos. No puedes cambiar el sistema de poder que determina quién en la sociedad es sujeto de derechos y quién es sólo objeto de dominio. Ni siquiera  puedes aliviar con una manta caliente el frío de tus hijos, porque no habrá para ellos un lugar donde guarecerse de la lluvia y el viento. No puedes, no puedes, no puedes… porque un mundo de gente importante ha decidido que no puedas, han decidido por ti, y lo que es mucho peor, han decidido por hombres, mujeres y niños a los que han declarado indocumentados, ilegales, sin papeles, irregulares. A las puertas del sistema nunca sufren y mueren personas de carne y hueso;  por allí sólo se mueven abstracciones, predicados y adjetivos.

Hoy, solemnidad de la Inmaculada Concepción, en lo más hondo de esa memoria angustiada de hijos que sufren, resuena  como un desafío la voz del profeta: “Desbordo de gozo con el Señor y me alegro con mi Dios, porque me ha vestido un traje de gala  me ha envuelto en un manto de triunfo como novia que se adorna con sus joyas”.

La liturgia guarda esas palabras en el corazón de María de Nazaret, la mujer de alma traspasada por una espada de dolor, la Madre que sólo puede compartir y no aliviar el dolor de su Hijo crucificado, la bendecida por la que a todos nos vino la bendición, la llena de gracia que es la causa de nuestra alegría.

Aquellas palabras, la comunidad eclesial las escucha pronunciadas por Cristo resucitado, alegría del mundo, resplandor de la gloria del Padre.

En realidad, son palabras que sólo tienen sentido dichas para hijos crucificados y madres al pie de la cruz. Son palabras testimonio del compromiso de Dios con la vida de los pobres. Son palabras para gritar en todas las montañas donde la legalidad vigente atormenta el cuerpo de Cristo: “Desbordo de gozo con el Señor y me alegro con mi Dios, porque me ha vestido un traje de gala  me ha envuelto en un manto de triunfo como novia que se adorna con sus joyas”.

Hoy, Iglesia amada de Dios, formando un cuerpo con Cristo en la eucaristía y con Cristo en el calvario de Beliones, haces tuya la profecía y desafías con tu debilidad la arrogancia de los poderosos, con tu esperanza su idolatría del dinero, con tu amor la frialdad de su indiferencia; y mantienes en el corazón de los pobres la certeza de que hay reservada para ellos una herencia de alegría.

Te lo ha dicho el profeta, lo has oído en tu eucaristía: Dios mantiene abiertas para los pobres las puertas del futuro.

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Justicia, libertad y paz:

Pregunta, Iglesia en adviento, pregúntale al profeta qué has de esperar, qué nos trae en su misterio la Navidad. Que resuenen con fuerza en tu corazón las palabras de su oráculo: “Brotará un renuevo… florecerá un vástago… Sobre él se posará el espíritu del Señor”.

Pues ésa será tu Navidad: Un renuevo, un vástago, y, ungiéndolo, prudencia y sabiduría, consejo y valentía, ciencia y temor del Señor. Un renuevo, un vástago, que “juzgará con justicia a los pobres, con rectitud a los desamparados”. Un renuevo, un vástago, que será el principio de un mundo tan lleno “de ciencia del Señor, como las aguas colman el mar”, un mundo que será una epifanía de la paz que anhelamos, una prenda del paraíso que soñamos: “Habitará el lobo con el cordero, la pantera se tumbará con el cabrito”… Ésa será tu Navidad: Un renuevo, un vástago, ungido por el espíritu para hacer justicia a los pobres e inaugurar un mundo nuevo en el que reine la paz.

Si ahora le preguntas al Salmista, él te hablará del rey que viene, un rey que “librará al pobre que clamaba, al afligido que no tenía protector”, un rey que “se apiadará del pobre y del indigente, y salvará la vida de los pobres”.

Lo que Dios ha prometido, ciertamente lo cumplirá: el renuevo brotará, el vástago florecerá, el espíritu lo ungirá; en sus días la justicia florecerá, la paz abundará eternamente, y a los pobres se les anunciará la buena noticia.

Si buscas el manantial de las promesas, lo hallarás en el amor eterno de Dios que se ha fijado en tu necesidad.

Si indagas el propósito que le trae hasta ti, lo hallarás en la justicia que esperan los pobres, en la liberación por la que suspiran los oprimidos, en la paz con la que sueñan y por la que trabajan los hijos de Dios.

Una voz grita en el desierto: «Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos.»” Lo has oído, Iglesia en adviento: Preparad el camino a la justicia, a la liberación, a la paz. Trabajad por el mundo que Dios ha soñado, un mundo que él quiere de afligidos liberados, de pobres e indigentes que, arrebujados en la piedad de los santos, experimentan la salvación que les llega de Dios. Preparad el camino a Cristo Jesús, de modo que en vosotros él viva por la fe, y los pobres encuentren la justicia, la libertad y la paz.

Feliz domingo.

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Muéstranos a Jesús

La Iglesia nos lo propone como canto al evangelio: “Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación”.

Lo decimos en la asamblea dominical: Lo dice el cuerpo eclesial de Cristo, mientras los pobres que lo formamos nos disponemos a recibir su cuerpo eucarístico.

Nuestro canto sabe a necesidad, a esperanza, a confianza, a adviento: “Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación”. A nuestra asamblea asociamos, porque Cristo los ama, a todos los necesitados, a los que siempre esperan y a los que ya han perdido toda esperanza, a los que saben de Dios y a los que todavía no han aprendido a nombrarle.

Nuestro adviento, nuestro canto, nuestra esperanza, es para siempre y para todos, y se llama Jesús: “Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación”. Muéstranos a Jesús, danos a Jesús, que conozcamos a Jesús, que demos gracias por Jesús, que nos enamoremos de Jesús, que imitemos a Jesús, que sigamos a Jesús, que no sepamos vivir sin Jesús…

Y, mientras no veamos lo que ahora creemos, mientras no llegue la manifestación gloriosa de nuestro Dios y salvador, mientras esperamos aquel día en que Dios lo será todo en todos, cuidemos el cuerpo eclesial de Cristo, comulguemos su cuerpo eucarístico, abracemos a Cristo en los pobres, cuidemos de él… Seguramente que no lo haremos con lo superfluo de nuestra vida, sino incluso con la vida misma…

Cuida de Cristo, y para ti ya será Navidad, una perenne Navidad.

Feliz Adviento.

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En deuda con el evangelio:

Lo consiguió el fariseo de la parábola, y lo conseguimos también nosotros: presumir de justos sin estar justificados, presumir de ortodoxia sin ser de la verdad, presumir de cristianos y dejar el evangelio fuera de nuestras vidas.

Hemos conseguido conjugar la fe en Cristo con la indiferencia ante los pobres, con la justificación de la violencia, con el desprecio del que no piensa como nosotros, con el odio a quien suponemos que representa un peligro para nuestros intereses.

Se pudiera pensar que hemos arrancado del evangelio algunas páginas: la del publicano y el fariseo, las del sermón de la montaña, la del rico necio, la del epulón indiferente… Pero se puede sospechar también que no hemos abierto todavía el libro, que todavía no nos hayamos puesto a la escucha humilde de Jesús de Nazaret, del que es el evangelio, del que habla en cada página del libro, del que vive en medio de la comunidad creyente… Se ha hecho urgente que nos preguntemos si hemos empezado a creer.

Lo más probable es que el fariseo se ofenda si se le dice que es engañosa su seguridad, que de nada sirve la justicia de la que presume, que su desprecio hacia los demás carece de fundamento, y que desde el templo, a donde había subido creyéndose justo, baja a su casa no justificado.

En una verdadera comunidad eclesial, toda pretensión de superioridad debería naufragar en la verdad de la propia vida, pues todos somos deudores, todos necesitados de la misericordia de Dios, todos acomunados en esa necesidad.

Odio, desprecio, violencia e indiferencia, que suelen formar el cortejo del propio enaltecimiento, destruyen en la comunidad eclesial la imagen de Cristo y son un escándalo permanente para los pequeños en la fe.

Sólo si te reconoces necesitado de salvación, reconocerás en el Señor a tu salvador, sólo así te gloriarás en el Señor tu Dios, sólo así su alabanza estará siempre en tu boca.

Sólo si te reconoces necesitado de salvación, Cristo podrá ser el centro de tu vida, y su Iglesia será para ti la comunidad de los pobres que él ha evangelizado.

El domingo –el Día del Señor- nos recuerda que  “Dios estaba en Cristo, reconciliando el mundo consigo”. Sólo quien se acoge con humilde insistencia a la compasión de Dios, bajará a su casa reconciliado, justificado.

Feliz domingo a todos los pecadores.

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