Amad como yo os amo:

Lo dijo él: “Seréis santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo”. Y era un modo decir que nos fijásemos en él para imitar su modo de hacer.

Extraño Dios éste que, habitando un cielo inaccesible, se ha hecho de casa entre las tiendas donde habita su pueblo, camina con los suyos, los protege de la calura del día, ilumina las sombras de la noche, prepara pan para la mesa, y les revela, con una ley santa, los secretos de su santidad: Es un Dios que no odia, y porque no odia, reprende. Es un Dios que ama, y porque ama, no se venga. Es compasivo y misericordioso. Es un padre que siente ternura por sus hijos.

Compasión, misericordia, ternura, amor: ¿Hasta dónde llega este Dios extraño en su locura?, ¿hasta dónde llega en su afán de ser tuyo?

Te lo dirá el que es la medida sin medida de esa locura de amor: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna”.

Habiendo conocido a ese Unigénito entregado, has conocido a Dios en su desvalimiento.

Tu Dios no hace frente al que lo agravia: Es un Dios abofeteado y silencioso, un Dios desnudo y crucificado, un Dios que, en su desvalimiento todopoderoso, abraza a los que lo crucifican.

Tú lo has conocido así, hecho amor desvalido y vulnerable. Y aquel antiguo “sed santos, porque yo soy santo”, se te ha transformado en un mandato nuevo, escrito a fuego en las tablas de tu corazón: “amad como yo os amo”.

No temas, Iglesia de Cristo, el desvalimiento del amor, la vulnerabilidad del que ama: no temas la comunión con tu Señor.

P. S.:

La noticia reza así: «Nueve emigrantes desaparecidos en un naufragio de una patera en el Estrecho».

No celebréis la eucaristía, hermanos, y entregad los domingos al olvido; que a Dios se ofrece su Hijo cada día, como inmigrante desaparecido.
Si los cristianos no logramos abrir las fronteras, ¿de qué nos sirve abrir las iglesias?

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Dichosos

Se habla del fuego y el agua, la muerte y la vida, la ley del Señor cumplida y su mandato ignorado. Y se dice: “Dichosos los que caminan en la voluntad del Señor”.

A todos se nos encuentra de acuerdo en la aspiración a ser felices, en el deseo de ser dichosos.

Pero ese acuerdo desaparece cuando se trata de discernir el camino que lleva a la dicha.

Eva creyó que encontraría la felicidad cogiendo el fruto del árbol prohibido y comiendo de él.

Y nosotros, como Eva, no dejamos de alargar la mano a lo que suponemos son nuestros árboles de la dicha: el poder, el dinero, el bienestar, el prestigio. También nosotros queremos ser como ese dios-ídolo que hemos esculpido a la medida de nuestros sueños de grandeza.

Pero la palabra de la revelación, con tenacidad que sólo tiene el amor de Dios, nos recuerda que a la dicha irá quien “camine en la voluntad del Señor, el que guardando sus preceptos lo busque de todo corazón”.

Puede que, dicho de la ley, en principio nos resulte difícil ver la relación que hay entre cumplirla y ser feliz.

Pero, si allí donde se habla del don de la ley divina, tú entiendes –y habrás entendido bien- el don de Dios, el don que es el Unigénito de Dios, el que trae al mundo la vida eterna, empezarás a intuir que en ese Hijo está todo lo que hubieras podido pedir a tu Dios, aún más, intuirás que en ese Hijo está todo lo que Dios nos puede dar: ¡Ese Hijo es la dicha que se ofrece a los que, caminando con él, caminan en la voluntad del Señor!

Ahora ya sólo habremos de “reconocer” el don de Dios. A la luz de la fe habremos de ver dónde está el Hijo que se nos ha dado. Pues la dicha, la vida, está en recibirlo a él, acogerlo, seguirlo, amarlo.

Sacramentos de ese Hijo, en el que todo bien se nos da, son para nosotros la palabra de Dios que escuchamos, la eucaristía que recibimos, los pobres con quienes compartimos nuestra vida.

Y tú sabes por experiencia personal que en ese Hijo está la dicha, una felicidad que nadie te puede quitar.

Feliz domingo.

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Vosotros sois la luz del mundo:

La Palabra que era la luz verdadera que alumbra a todo hombre”, dice a sus discípulos: “Vosotros sois la luz del mundo”.

La Palabra ilumina a todos viniendo al mundo. Los discípulos de la Palabra han de iluminar estando en el mundo.

La Palabra no es del mundo, sino de Dios. Y no son del mundo los discípulos, sino de la Palabra y del Padre que la pronuncia.

Hoy, en la celebración eucarística, escuchamos al Señor que dice: “Vosotros sois la luz del mundo”, y comulgamos con el Señor que es la luz del mundo.

Escuchas, crees, comulgas, y sabes que tu luz es la luz de Cristo que brilla en tus pensamientos, en tus palabras, en tus sentimientos, en tu rostro, en tus gestos, en tus obras, en tu vida.

Escuchas, crees, comulgas, y sabes que ser luz, como ser Cristo, no es sólo lo que la gracia y la fe han hecho de ti, sino que es también tu vocación, tu misión, lo que la gracia y la fe han de completar en ti.

Entra en el misterio de tu vocación, que es el misterio de tu comunión con Cristo: “Vosotros sois la luz del mundo”.

No lo sois por poderosos, no lo sois por sabios, no lo sois por vuestras riquezas, no lo sois por vuestro ingenio. Sois luz porque estáis en el mundo como el que sirve, como discípulos de la Luz que dijo de sí misma: “El Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y dar su vida en rescate por muchos”. Sois luz porque, como Jesús, habéis sido ungidos por el Espíritu Santo y habéis sido enviados “a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista”.

Ahora escucha las palabras del profeta: “Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que va desnudo… Entonces romperá tu luz como la aurora… Cuando destierres de ti la opresión, el gesto amenazador y la maledicencia, cuando partas tu pan con el hambriento y sacies el estómago del indigente, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía”.

Hoy, la sencilla declaración evangélica: “Vosotros sois la luz del mundo”, es un envío en misión a la noche en que viven los empobrecidos, los excluidos, los sin papeles, los sin voz.

Feliz domingo.

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El pueblo de las bienaventuranzas:

No son una paradoja: las bienaventuranzas son una locura.

¿Cómo decir al que no tiene trabajo y tiene hijos: “dichosos los pobres”? ¿Cómo decir al pueblo de los excluidos: “dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia”? ¿Cómo decir a las víctimas: “dichosos vosotros cuando os insulten, y os persigan, y os calumnien de cualquier modo por mi causa”?

Tal vez, si quieres evitar que las palabras sepan a burla, ironía u ofensa, más que preguntar cómo se puede decir, te convenga preguntar quién lo puede decir. Observarás que lo dice un pobre a los pobres, un excluido a los excluidos, una víctima a las víctimas; observarás que lo dice el que se hizo pobre por los pobres, el que bajó a tu pobreza por ti, para hacerte justicia, para enriquecerte con su pobreza.

Sólo si consideras quién dice las bienaventuranzas, empezarás a intuir por qué las dice, se te revelará el misterio de gracia que encierran, te acercarás a la verdad que anula el sarcasmo y llena de luz el corazón de los pobres.

Oíste que lo decía el profeta: “Dejaré en medio de ti un pueblo pobre y humilde, que confiará en el nombre del Señor”. Lo oíste y te preguntaste por ese pueblo, y a tu corazón subió la memoria de Jesús, pues de él se puede decir con toda verdad, que Dios lo dejó en medio de nosotros, pobre más que nosotros, humilde como creyente, y confiado como hijo.

Y empezaste a pronunciar las bienaventuranzas admirado de su luz, de su gracia, de su verdad: Dichoso este hijo pobre y humilde, porque suyo es el Reino de los cielos; dichoso este hambriento de justicia, porque quedará saciado; dichoso este excluido, porque el Reino le pertenece… dichoso tú, Jesús, porque Dios es tu Padre y cuida de ti.

Ya sé que el profeta habla de “un pueblo” y no de una persona. Pero no podrás entender la bienaventuranza del pueblo, si no entiendes el misterio que se te revela en la persona de Jesús. “Pueblo pobre y humilde que confía en el Señor” es el pueblo en el que Cristo se reconoce a sí mismo, conforme a lo que se nos ha manifestado: “Tuve hambre, tuve sed, fui forastero, estuve enfermo, estuve en la cárcel”, me negaron un trabajo, me desahuciaron, me violaron en los caminos, temblé de frío en las fronteras, con vallas y cuchillas me apartaron de mi futuro, me sacrificaron sobre el altar de las garantías con que ha de ser protegido el dinero y no el hombre.  “Pueblo pobre y humilde que confía en el Señor” es el pueblo de los que se parecen a Cristo Jesús.

Hoy comulgamos con él, que es como decir que hoy comulgamos con  su pobreza, lo seguimos humildes, aprendemos su confianza en el amor del Padre. Hoy comulgamos para ser con Cristo el pueblo de las bienaventuranzas.

Feliz domingo.

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Un reino de escándalo

El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló”.

Habían arrestado a Juan, que como todos saben, iba de profeta y, para el orden establecido, un profeta es más peligroso que un delincuente.

Arrestan a Juan, y se establece Jesús. Se llevan al testigo de la luz, y se enciende la luz verdadera. Acallan a la voz, y comienza su ministerio la palabra.

Su mensaje resuena hoy en nuestra asamblea litúrgica: “Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos”.

Eso dijo… y pronto se entendió que habría que acallar al profeta de Galilea como habían acallado al profeta del Jordán. Porque el reino del que hablaba Jesús no era cosa de ritos, no encajaba en los cánones de la ortodoxia, no apuntalaba el orden establecido.

Daba incluso la impresión de que se ocupaba más de prostitutas y ladrones que de Dios.

Lo normal en ese reino de escándalo va a ser que Dios se olvide de ritos, doctrinas y tradiciones para ocuparse de ovejas que se le pierden, de monedas extraviadas, de hijos que se le han ido de casa…

En el reino cuya cercanía anuncia este profeta blasfemo y borracho, Dios se ocupa de enfermedades y dolencias, de pecadores, de ciegos, de lisiados, de leprosos, de oprimidos, de humillados, de pobres.

Con razón dice el evangelista que se cumplió la palabra del profeta: “El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló”.

¡El  pueblo que no el templo!: Parados, desahuciados, sin techo, refugiados, emigrantes…  ellos traen de cabeza a Dios, que nunca perdió un minuto de sueño por una disquisición dogmática o una cuestión moral.

Y yo te digo que hoy, en la eucaristía que celebras, se cumple el evangelio que acabas de oír. Hoy la luz de Cristo brilla para ti.

Hoy el reino de los cielos se te acerca, y tú, Iglesia amada del Señor, pueblo arrebatado a las tinieblas, eres testigo de ello, pues escuchando, creyendo y comulgando, eres liberada, iluminada, purificada, perdonada, pacificada, embellecida, salvada.

Feliz domingo, Iglesia de Dios, en la que brilla la luz de Cristo resucitado.

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De los pobres y de Dios

Él es el centro de tu eucaristía: No dejes de fijarte en Cristo Jesús.

Escucha lo que de él te dice el que lo formó siervo suyo: “Tú eres mi siervo, de quien estoy orgulloso… Te hago luz de las naciones para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra”.

Escucha el testimonio que da Juan el Bautista: “Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”.

Escucha el evangelio que proclaman sus mensajeros: “La gracia y la paz de parte de Dios nuestro Padre, y del Señor Jesucristo sean con vosotros”.

Eso es lo que celebras, por eso das gracias en medio de tus hermanos, porque te han arrebatado al pecado del mundo y, mediante la fe, has entrado en un mundo de luz, de gracia y de paz.

En realidad, escuchando y creyendo la palabra de Dios, acogiendo a Cristo Jesús en los hermanos y en su eucaristía, haces comunión con la luz que alumbra a las naciones, con la gracia que te diviniza, con la paz  que Dios ofrece a los que ama.

Acogerás el cuerpo eucarístico del Señor sólo si comulgas con su cuerpo eclesial, con su cuerpo pobre, con su cuerpo enfermo, con su cuerpo herido, con los hermanos que él mismo te ha dado.

No habrás comulgado el cuerpo eucarístico del Señor si lo crucificas en el parado, en el desahuciado, en el mendigo, en el sin techo, en el refugiado, en el emigrante…

Ahora, si has comulgado con él, escucha lo que dice ese Hijo que es tu luz, tu gracia y tu paz: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad… Dios mío, lo quiero, llevo tu ley en mis entrañas”.

El Hijo lo dice porque es Hijo. Tú lo dices porque estás en comunión con el Hijo.

El Hijo lo dice porque conoce el amor del Padre. Tú lo dices porque, en comunión con el Hijo, experimentas la salvación que viene de Dios, has visto su luz, te ha embellecido su gracia, se ha quedado contigo para siempre su paz.

Por eso dices primero: “Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él”.

Y luego, con el Hijo, añades: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad… Dios mío, lo quiero, llevo tu ley en mis entrañas”.

Si comulgas, en el Hijo serás de los pobres y de Dios.

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Amada, predilecta, hija de Dios

El ciclo litúrgico de la Navidad se va, pero la Navidad se queda: Se queda el que ha nacido para ti, se queda para siempre tu salvador.

Si le preguntas por él a su madre, te enseñará a admirarte de su misterio y a guardar en el corazón lo que contemplas.

Si preguntas a los pastores: “¿a quién habéis visto?, ¿quién se ha aparecido en la tierra?”, te dirán que han visto a un recién nacido, y a los coros de ángeles alabando al Señor.

Si preguntas al justo Simeón: ¿a quién tomaste en brazos, a quién viste aquel día en el templo de Jerusalén?, te dirá: mis ojos han visto al salvador que viene de Dios, la luz que ha de alumbrar a todas las naciones, la gloria que envuelve para siempre las tiendas del pueblo de Dios.

Pregúntale ahora a Juan, y te dará su testimonio: “He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua, me dijo: «Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que bautiza con Espíritu Santo». Y yo lo he visto y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios”.

Pregúntale al profeta, y él le dará sentido nuevo a las palabras del antiguo oráculo: “Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero”.

Pregúntale al salmista, y te dirá: Él es la paz con la que el Señor ha bendecido a su pueblo.

Ahora acércate al Jordán y verás que la luz que iluminó la noche santa de Navidad, entra en las aguas para purificarlas; la gloria que en aquella noche llenó el cielo, entra hoy en el río para santificarlo; el que en aquella noche nació para bautizarnos a todos con Espíritu Santo, pide hoy ser bautizado con agua.

Fíjate: el elegido, el preferido, el amado, el predilecto, el Hijo, entra en el río donde se bautizan los pecadores, entra en tu río, entra allí contigo, Iglesia cuerpo de Cristo, para que con él salgas de allí limpia, purificada, santificada, hermoseada, inmaculada…

Ése es el asombroso misterio de este día: Cristo ha bajado contigo a tu muerte para que subas con él a su vida.

Ése es el misterio de la eucaristía que hoy celebras: Cristo viene a ti, y tú te reconoces en Cristo elegida, preferida, amada, predilecta, hija de Dios.

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Un Dios obstinado en llamarse Jesús:

Es todavía Navidad: solemnidad de Santa María, Madre de Dios.

Las palabras con las que anunciamos el misterio, adquieren sentido sólo si optamos por ellas: Habrá Navidad sólo si creo en ella. Y sólo la fe hará que, en una mujer de Nazaret, de donde nada bueno se espera que salga, vea la comunidad de los fieles a la Madre de Dios.

Es también la Jornada Mundial de la Paz.

Habrá paz sólo si la dejo entrar en el corazón y hago con ella un pacto de fidelidad hasta que la muerte nos una de forma definitiva.

Dios se ha obstinado en hacer siempre posible lo que la fe de cada uno hará real.

Su Navidad y su paz, su mundo nuevo, su año de gracia, hace tiempo que comenzó; hace tiempo que las profecías se hicieron evangelio; hace tiempo que el futuro de las promesas quedó atrapado en el hoy de su cumplimiento: “Hoy brillará una luz sobre nosotros, porque nos ha nacido el Señor. Y es su nombre: Admirable, Dios, Príncipe de la paz, Padre perpetuo, y su reino no tendrá fin”; “hoy os ha nacido un salvador”; “hoy ha sido la salvación de esta casa”.

Pero sólo la fe hará de ti una nueva criatura. Sólo por la fe entrarás en el año de gracia del Señor. La fe, la misma que llenó de esperanza el tiempo de las promesas, hoy, en el tiempo del evangelio, llena tu vida de asombro y de alabanzas.

Dios se ha obstinado en bendecir… hasta bendecirnos con su Hijo, hasta fijarse en nosotros por los ojos de su Hijo, hasta hacernos el don de su Hijo, señal de su favor y de su amor sin medida. Y tú te alegras con un gozo que nadie podrá arrebatarte, pues te reconoces nacido de Dios, hijo de la bendición.

Dios se ha obstinado en abrir caminos de salvación para todos los pueblos, una fuente de alegría para las naciones. Toda tu riqueza, Iglesia de Cristo, es la salvación y la alegría que tu Señor te ha dejado en herencia para que la entregues entera a los que lloran, a los pobres, a los predilectos de Dios.

La paz de Dios para ti se llama Jesús. La gracia se llama Jesús. La bendición se llama Jesús. La salvación se llama Jesús. Todo lo que amas, todo lo que esperas, todo lo que Dios puede darte se llama Jesús.

Feliz entrada en el mundo nuevo de la mano de Jesús.

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Abraza palabra, pan y Niño:

Alegrémonos todos en el Señor”.

Así reza la antífona con la que entramos en la Misa de medianoche, y es la comunidad eclesial la que dice: “Alegrémonos”: Es en la comunidad reunida donde unos a otros nos invitamos a la alegría, y lo hacemos porque nos ha nacido Jesús de María, porque ha venido Jesús de Dios, Jesús para el mundo, Jesús para ti. “Alegrémonos”, porque de María y de Dios ha venido sobre el mundo la paz.

Y añadimos: “ha nacido nuestro Salvador”, “un hijo se nos ha dado”, “ha aparecido la gracia de Dios”. De ese modo, en el seno de un pasado perfecto, que permite al ayer perdurar en el hoy, nuestra fe encierra el misterio de un Niño que, habiendo nacido para la humanidad hace más de dos mil años, nace hoy para cada uno de nosotros, nace para la comunidad de la que formamos parte, nace para “el pueblo que caminaba en tinieblas”, para “los que habitaban en tierra de sombras”, para los hambrientos de pan y de justicia.

Ese Niño es una bandera discutida y lo reciben siempre el amor o el odio, la fiesta o la indiferencia, la alegría de los pobres o la envidia de los poderosos. Así fue entonces. Así es hoy.

Muy fácilmente confundimos al Niño con dogmas, ritos, o prácticas de los que hacemos bandera, mientras a él  le neguemos el sitio que necesita en nuestra posada.

Dogmas, ritos y prácticas, en ningún pesebre tiemblan de frío ni esperan de nadie un abrazo, una caricia, una canción de cuna, el calor de un regazo…

En nuestro pesebre, hecha carne, tiembla una palabra divina, que espera ser creída y hacerse en nosotros fuente de agua viva. Por eso cantamos: “Alegrémonos todos en el Señor”.

En nuestro pesebre se nos ofrece un pan que, bajado del cielo y comido, se nos hace en las entrañas medicina de inmortalidad y pan de eternidad. Por eso nos animamos unos a otros diciendo: “Alegrémonos todos en el Señor”.

En nuestro pesebre está recostado, envuelto en pañales, un Salvador, un niño que nos ha nacido, un hijo que Dios nos ha dado y que hemos de cuidar. Por eso, a la alegría de la Iglesia en la tierra, se une el coro de los ángeles, y todos alabamos a Dios, diciendo: “Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor.

Pero es posible también una Navidad frustrada; es posible que palabra, pan y Niño se nos den y no sean recibidos; siempre es posible un: “vete a tu país”, “vete con los tuyos”, “vete”…  Nos justificamos pensando que lo decimos al extranjero, al emigrante, al hombre de otra cultura, al de otra religión… Un día descubriremos sorprendidos que se los estábamos diciendo al Rey que nos ha de juzgar.

Quien cuida del pobre, cuida de Cristo, abraza palabra, pan y Niño, y recibe en herencia la bendición, la alegría y la paz que la Navidad nos ha traído del cielo.

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“El Señor vendrá a salvar a su pueblo”

A la Iglesia de Dios que peregrina en Tánger: Paz y bien.

Queridos:

Desde hace años, desde hace una vida para muchos de vosotros, sois evidencia de que “el Señor ha salido de su santuario y ha venido a visitar a su pueblo”.

Suyas han sido vuestras manos, con las que él continúa realizando su obra; suya es vuestra compasión, por la que él continúa vendando heridas y resucitando esperanzas; suyo es vuestro corazón, en el que él continúa amando; suyos sois cada uno de vosotros en quienes él continúa saliendo al encuentro de los pobres y les lleva la buena noticia.

Para los pobres, vosotros sois evidencia de que el Señor está cerca, de que su luz ha brillado en la noche, de que es Navidad.

Pero sois también testigos de vuestra pobreza: Sabéis que, en esta vida, el adviento no termina: sabéis que lo verdadero y la plenitud son futuros, y que nuestro Dios es siempre “un Dios escondido”, es siempre aquel a quien ansiamos de noche y por quien madrugamos más que la aurora.

Es así para nosotros. Es así para todos los pobres.

Por eso, Iglesia amada del Señor, te son familiares las palabras del Salmista: “¿No vas a devolvernos la vida para que tu pueblo se alegre contigo? Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación”. ¡Paradojas de la fe que profesáis!: Vosotros, que hacéis evidente la Navidad, esperáis todavía que se cumpla, que os envuelva su alegría, que os visiten en ella la misericordia de Dios y su salvación.

Nombres para nuestros sueños:

Por creyentes y por pobres, somos emigrantes que se han echado a los caminos de la fe con un hatillo de sueños: Los ciegos, en busca de la luz. Los que la ley ha declarado impuros, en busca de la gracia que los purifique. Los enfermos, en busca de la salud; y los cautivos, hacia un mundo de cadenas rotas y pasos en libertad.

Los hambrientos mendigan el evangelio de un pan; para el sediento, el evangelio es el agua; para el desnudo, un vestido con que protegerse; para el que llora, una mano que ofrezca confianza…

Nosotros soñamos a la medida de nuestras necesidades o de nuestros deseos. Dios hace promesas a la medida de su amor. Escucha lo que ese amor ha soñado para todos:

“Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos y a los que se convierten de corazón.

La salvación está ya cerca de sus fieles, y la gloria habitará en nuestra tierra; la misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan.”

“Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna”.

La luz, la gracia, la salud y la libertad que pedías, el pan, el agua, el vestido y el consuelo que necesitabas, todo te lo ha dado el amor de Dios.

En el salmo, ese don se llama salvación y gloria, misericordia y fidelidad, justicia y paz.  El profeta lo llamará “Dios-con-nosotros”. Y el ángel del evangelio lo llamó “Jesús”.

¡Dios nos lo ha dado todo en Jesús!

Jesús es el nombre de todo lo que soñamos.

¡Feliz Navidad!:

No temas, pequeño rebaño; no temas, Iglesia enviada por el Espíritu del Señor para llevar a los pobres la bueno noticia: Tu Dios viene a ti, pequeño él también como un niño, vulnerable él también como un recién nacido.

Que la fe lo levante hasta tu mejilla y lo acerque a tu corazón. Que el amor haga subir desde tu corazón el cielo un canto de alabanza por la justicia que ese niño es para ti, por la paz que con él ha nacido para ti, por la salvación que en él te ha alcanzado, por la gloria que en su fragilidad has visto resplandecer.

Feliz Navidad, Iglesia de Tánger. Feliz Navidad a los pobres, pues, con el nacimiento de Jesús, llega para ellos el Reinado de Dios. En verdad, “el Señor ha salido de su santuario y ha venido a visitar a su pueblo”.

Tánger, 14 de diciembre de 2016.

Fiesta de San Juan de la Cruz.

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