Cuando el gestor de la hacienda es el amor

El Profeta lo dijo así: “Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos –oráculo del Señor-”.

Y la palabra de Dios –la de la Escritura, la del Hijo- nos ayuda a entrar en el misterio de “los caminos de Dios”, en el misterio del Camino por el que hemos de ir si queremos entrar en la Verdad y la Vida.

Dios es el Otro, el totalmente Otro, el Dios escondido.

Cuando digo Dios, digo lo indecible, lo inefable, lo que no cabe en mis palabras porque no cabe en mis pensamientos.

Sólo él, caminando conmigo, hablándome, amándome, puede acercarme al misterio de lo que él es para mí.

En este domingo escuchamos palabras que nos resultan familiares: “El Señor es clemente y misericordioso… El Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas… es justo en todos sus caminos, es bondadoso en todas sus acciones”.

Intuyes que tu Dios perdona siempre, que sólo has de “regresar a él” para encontrarte con su piedad, que sólo has de “abandonar tu camino” para encontrar un perdón que ya te está esperando, que ya es tuyo, tanto como lo es el amor de donde nace.

Dichosos aquellos obreros de la última hora, que recibieron una paga igual a los de la hora primera, ¡dichosos ellos!, y no porque hayan trabajado menos, sino porque en ellos Dios se ha manifestado “bueno” hasta donde nosotros no seríamos capaces de sospechar.

Dichoso tú, hermano ladrón, crucificado con Jesús, que vas a la viña en la última hora de luz, cuando ya la noche incumbe y apenas queda tiempo para injertarte en la Vid, ¡dichoso tú!, porque la Vid misma te ha injertado en su cuerpo para que, con ella, lleves fruto abundante en el día nuevo del Reino de Dios, y, en ella, recibas –paga inesperada, sorprendente, desmedida-  el denario del paraíso.

Habrás observado –se lo digo a la Iglesia-, que en la parábola, más que la viña y su fruto, lo que se considera es la generosidad del propietario y su preocupación porque los jornaleros tengan un salario, que no va a estar en conformidad con lo que hayan trabajado, sino en conformidad con lo que el propietario ha querido darles para que vivan.

La parábola habla de Dios y de ti –se lo digo a cada uno de los hijos de la Iglesia que hoy celebra la Eucaristía-.

Cada uno de nosotros es ese jornalero de última hora que recibe un salario de gloria por lo que no ha trabajado. Cada uno de nosotros es ese crucificado con Cristo, que, injertado en Cristo, entra con Cristo en el paraíso.  Cada uno de nosotros hace hoy comunión con Cristo, con la Vid, con el Hijo; cada uno de nosotros es injertado hoy en la Vid;  y esa comunión es el salario, admirable, sorprendente, único, inmerecido y divino de nuestra entrada por la fe en la viña de Dios, ¡un salario de eternidad para un tiempo de fe!, un salario de gloria que se te da sólo porque has ido a la viña, ¡sólo porque Dios es bueno!

Te has acercado, Iglesia amada del Señor, al misterio de lo que Dios es para ti.

Sólo me queda recordar lo que nosotros hemos de ser para él: “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”, imperativo que parece de perfección, pero que lo es sólo de amor: Amemos como él nos ama.

Feliz domingo.

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Locura contagiosa:

Hemos llegado a un punto en que el creyente, si quiere adentrarse en el misterio de la voluntad divina sobre su vida, ya no puede apartar los ojos de Cristo Jesús, que es la Palabra de Dios hecha carne, la revelación del amor de Dios que nos envuelve.

Guiados por el Espíritu del Señor, hemos llegado a la frontera de lo que es propio de Dios: “El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia”; “tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna”; “Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él”.

Hemos llegado a la “casa de la compasión”, en la que toda deuda se perdona sencillamente porque se pide perdón. Hemos hallado de nuevo abiertas las puertas del paraíso, las hemos atravesado por el bautismo, hemos entrado en la “tierra de Dios”, en la que se mueve la humanidad nueva que tiene por cabeza a Cristo Jesús, humanidad libre, pacificada, bendecida, santificada, resucitada.

La ley que va a regular de ahora en adelante la relación del creyente con los demás –creyentes o no-, es la ley del amor, es la perfección del amor, es el amor que es el mismo Dios.

La medida del amor a los demás ya no la establece la ley del hombre ni se fundamente en sus razones: la medida del amor cristiano es el amor sin medida de Dios; y el fundamento del amor con que hemos de amar a nuestro prójimo lo pone el amor con que Dios nos ha amado: “Os doy un mandamiento nuevo –dice el Señor-: que os améis unos a otros como yo os he amado”.

Ese amor, Iglesia cuerpo de Cristo, no es una idea que se aprende en los libros sino un sacramento que recibes en la fe: Hoy, en la comunidad eclesial, te encuentras con Cristo resucitado, escuchas al que te ama, comulgas con el amor entregado de Dios que es Cristo Jesús. Hoy te haces una con Cristo para ser en Cristo perdonada, reconciliada, amada, elevada al corazón de Dios.

Y esa locura divina se te ha de contagiar, pues única condición puesta para que permanezcamos en el amor que es Dios, es amar a los hermanos como Dios nos ama, como Dios los ama.

Feliz domingo.

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No corrijas si no te sabes amado

La Palabra que escuchamos este domingo parece centrada en la corrección fraterna, y  seguramente hay en esa apreciación mucho de verdad.

Sabéis, sin embargo, que vuestra celebración ha de estar centrada en Cristo, y Cristo –su enseñanza, su vida, su muerte-, será la luz que nos permita acercarnos al misterio de la Palabra de Dios y discernir, iluminados por él, también lo que concierne al ámbito de nuestra solidaridad con los hermanos en la búsqueda de su bien y de su salvación.

Pues de eso se trata, de “solidaridad”, una solidaridad semejante a la que tiene Dios con todos sus hijos: “Si no hablas al malvado, te pediré cuenta de su sangre”. No se preocupa el Señor por su ley sino por la sangre, es decir, por la vida de quien quebranta esa ley.

Es ésta una primera condición que hemos de salvaguardar siempre en nuestra relación con los hermanos: Amar su vida, amarlos.

Por eso, cuando en la oración unos a otros nos animamos, diciendo: “¡Ojalá escuchéis hoy su voz; no endurezcáis vuestro corazón!”, lo decimos con el pensamiento puesto en la ley del Señor, deseamos que todos aclamen a nuestro salvador, pedimos que todos bendigan al Señor, creador nuestro, pero también llevamos en el corazón la vida de nuestros hermanos, y a todos decimos “escucha”, porque para todos deseamos la vida. “A nadie le debáis nada más que amor”. No temas, hermano mío, que el Señor te pida cuenta de tu hermano, si tú lo has amado; no temas que te reclame su vida, si le has ayudado a amar.

“¡Ojalá escuchéis hoy su voz; no endurezcáis vuestro corazón!” Para ti, la voz del Señor, que ha resonado en las Escrituras Santas, se ha hecho voz humana en Cristo Jesús. Fíjate cómo corrige quien ama: recuerda cómo corrige a la mujer que con sus avíos de prostituta entra en el banquete de Simón para llorar agradecida a los pies de la compasión de Dios; mira cómo reprende a Zaqueo el publicano, a la mujer adúltera, al hijo que vuelve de lejos después de haber derrochado la fortuna de la familia; recuerda, escucha, contempla cómo reprende Jesús a los leprosos con los que se manchó, a los pecadores con los que comió, al ladrón que con él entró en el paraíso para estrenarlo en el primer día de la nueva creación.

Y si no eres capaz de recordar lo que otros han vivido como buena noticia de Dios en sus vidas, recuerda lo que tú mismo has podido experimentar en la tuya, y contempla lo que ahora estás viviendo, pues hoy, en esta eucaristía, te recibe el que te ama, te acoge el que te cura, te invita a su mesa el que te salva.

Y esta experiencia de fe nos orienta para definir una segunda condición para una relación cristiana, para una relación según Dios, con los demás: No corrijas si no te sabes amado, curado, salvado.

Habréis observado que ese modo que tiene Jesús de “corregir” es expresión perfecta de lo que Jesús es para los “necesitados de corrección”, o más exactamente, es expresión perfecta de lo que el Verbo eterno, el Altísimo Hijo de Dios, ha escogido hacerse por nosotros y ser para nosotros: pequeño y siervo, humilde y entregado. Anota, pues, hermano mío, una nueva condición para la corrección fraterna: No corrijas si no te haces pequeño y humilde, si no te entregas a todos para servirlos a todos.

Ahora, de labios de Jesús, del que te ama, del que te salva, ya puedes escuchar de nuevo las palabras del Evangelio: “Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, habrás salvado a tu hermano”. Corrige para salvar. Ama para corregir. Aprende de Jesús para amar. Escucha su palabra para aprender. Haz silencio en tu interior para escuchar.

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A ti te necesito, sólo a ti:

El creyente sabe que Dios no es para él una idea, pues lo ha sentido como fuego que abrasa, como caudal inagotable y limpio de agua que refrigera. El creyente no piensa en Dios para poder decir de él algo novedoso o admirable, sino que se acerca a Dios para abrasarse en su fuego, busca a Dios para apagar en él la sed, y sólo dejará de agitarse cuando Dios sea para él el aire que respira, la luz que lo ilumina, la dicha que lo posee.

Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío”. Éste es hoy el estribillo de nuestra oración responsorial. Son palabras de fe para labios creyentes; y serán palabras verdaderas sólo para quien haya conocido al Señor, sólo para quien haya experimentado su fuerza y su gloria, su gracia y su amor.

Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío”. Las palabras de la oración expresan a un tiempo plenitud y vacío, cercanía y ausencia, conocimiento y búsqueda. El orante –Jeremías, el salmista, Jesús de Nazaret, nuestra asamblea eucarística, la Iglesia entera- madruga por Dios para buscarlo mientras Dios camina con el orante y lo sostiene; tú tienes sed de Dios, aunque todo tu ser está unido a él; tienes ansia de Dios, ¡y cantas con júbilo a la sombra de sus alas! Dios es caudal inagotable de agua, y en su presencia nosotros somos siempre “como tierra reseca, agostada, sin agua”.

Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío”. Las palabras de la oración han puesto a Dios en el centro de tu vida: “Tu amor me sacó de mí. A ti te necesito, sólo a ti. Ardiendo estoy día y noche, a ti te necesito, sólo a ti… Tu amor disipa otros amores, en el mar del amor los hunde. Tu presencia todo lo llena. A ti te necesito, sólo a ti”, pues “tú eres el bien, todo bien, sumo bien, Señor Dios vivo y verdadero”. ¡Plenitud y vacío, cercanía y ausencia, conocimiento y búsqueda!

De ti, Señor, dice tu profeta: “Me sedujiste, y me dejé seducir; me forzaste y me pudiste”. Lo cautivaste, Señor, con el atractivo de tu palabra, lo cegaste con el resplandor de tu belleza, y así lo llevaste a tu luz y a su noche, a tu fuego y a su oprobio, a tu gloria y a su cruz.

Considera la noche del profeta: “Yo era el hazmerreír todo el día; todos se burlan de mí… La Palabra del Señor se volvió para mí oprobio y desprecio todo el día”. Considera la noche oscura de Jesús: “Los que pasaban por allí le insultaban, meneando la cabeza y diciendo: Tú que destruyes el santuario y en tres días lo levantas, ¡sálvate a ti mismo, si eres Hijo de Dios, y baja de la cruz! Igualmente los sumos sacerdotes junto con los escribas y los ancianos se burlaban de él, diciendo: A otros salvó y a sí mismo no puede salvarse. Rey de Israel es: que baje ahora de la cruz, y creeremos en él. Ha puesto su confianza en Dios; que le salve ahora, si es que de verdad le quiere”.

Ahora ya puedes, Iglesia de Dios, mirarte a ti misma en el espejo de Cristo, pues otra cosa no eres que el cuerpo del Hijo que todavía está subiendo a Jerusalén, a su noche, al sufrimiento, a la muerte, a la vida. Mírate a ti misma en el espejo de los pobres, que otra cosa no son que el cuerpo de Cristo, tu propio cuerpo, subiendo a la noche de sus angustias.

Si estabas sedienta de Dios porque habías conocido su bondad y su hermosura, su gloria y su poder, ahora que has experimentado la noche, la de Cristo, la de los pobres, tu propia noche, eres delante de Dios como “tierra reseca, agostada, sin agua”. Tenías sed, y la noche hizo que la sed te devore, hasta hacer de ti pura sed de Dios.

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Con Cristo Jesús entra en mi casa la esperanza del mundo

Me pregunto quién es el orante del salmo con que nosotros hemos orado hoy: “Te doy gracias, Señor, de todo corazón; delante de los ángeles tañeré para ti”. Con estas palabras pudo orar Eliacín, siervo del Señor, llamado por Dios a ser un padre para los habitantes de Jerusalén, escogido para dar a la casa paterna un trono glorioso. Él pudo decir con el corazón lleno de agradecimiento: “Me postraré hacia tu santuario, daré gracias a tu nombre”. Pero esas palabras también puede hacerlas suyas con verdad Simón el pescador, apóstol de Jesús, a quien Jesús llama dichoso, porque el Padre del cielo le ha revelado misterios inefables; Simón será la Piedra sobre la que Jesús edificará su Iglesia; a Simón entregará Jesús las llaves del Reino de los cielos; Simón puede llenar de sentido nuevo y pronunciar con asombro renovado todas las palabras del salmista: “El Señor es sublime, se fija en el humilde… Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos”. Con todo, nadie podrá nunca decir las palabras de esa oración con más verdad, más agradecimiento y más gozo que el mismo Cristo Jesús; él es el “Hijo del Hombre, vestido de una túnica talar, ceñido el pecho con un ceñidor de oro”; sólo él puede decir de sí mismo: “Soy yo, el Primero y el Último, el que vive; estuve muerto, pero ahora estoy vivo… y tengo las llaves de la muerte”; sólo él es “el Santo, el Veraz, el que tiene la llave de David: si él abre, nadie puede cerrar; si él cierra, nadie puede abrir”.

Ahora ya puedes, Iglesia santa, decir tú también las palabras de tu oración en comunión con tu Señor, como cuerpo suyo que eres, pues a ti misma puedes verte “revestida con la justicia” que te ha venido de Dios, puedes ver “ceñida tu cintura con la verdad”, puedes ver en tu mano “las llaves” de la reconciliación que tu Señor te ha confiado. Grita tu agradecimiento con más fuerza que si gritases delante de Dios tu necesidad: “Te doy gracias, Señor, de todo corazón…”.

Ya sabes, amada del Señor, con quién has pronunciado las palabras de tu salmo; ya sabes a quién vas a recibir en comunión; ya puedes decir a tu Señor quién es él para ti.

Si digo que tú eres para mí el Primero y el Último, digo, mi Señor, que tú eres mi todo, mi bien, mí único bien. Me gustaría decir con palabras mías quién eres para mí, pero sólo encontraría pobres palabras, sólo sabría balbucir como un niño mientras te miro. Por eso recurro a ti, Señor, para decirte quién eres con palabras tuyas: Tú eres el único de entre nosotros que “ha nacido para todos” los demás; tú eres el único de entre nosotros a quien todos podemos llamar “mi Salvador”; tú eres “la Luz que ilumina el mundo”, el “Pan de cielo” para el camino del pueblo de Dios, el buen Pastor que busca su oveja perdida hasta dar la vida por ella, tú eres la Resurrección y la Vida para todos los que mueren.

Si te recibo, Señor, entra en mi casa la esperanza del mundo; si te acojo, tu santidad me penetra, tu gracia me justifica, tu justicia me ciñe; en las penas “tú eres nuestra dulzura”, en el ardor “tú eres el refrigerio”, en la tristeza “tú eres el gozo”, en la prueba “tú eres seguridad”, en la fatiga “tú eres el descanso”, en la pobreza “tú eres toda nuestra riqueza y satisfacción”. Tú eres quien hace suya mi lepra para que yo quede limpio; tú eres quien toca mis ojos para que vea; tú eres quien me toma de la mano para que camine. Para los esclavos eres libertad, para los pecadores eres perdón, para los pobres tú eres el reino de Dios. Y para mí, Señor, para mí que soy esclavo y ciego, leproso y pecador, para mí, Señor, pido que seas tú solo mi todo.

Iglesia amada del Señor, ya sabes también con quién vas a comulgar, quién te recibe, a quién vas a recibir. No habría comunión de verdad si tú, creyente y pobre, no fueses recibida por Cristo; no habrá comunión de verdad si tú no recibes a Cristo en sus pobres.

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“Ten compasión de mí, Señor”

El evangelio sitúa hoy a Jesús fuera de su tierra, entre paganos, en “el país de Tiro y de Sidón”: El amor lo despojó de sí mismo y lo abajó desde la condición de Dios a la condición de esclavo.

Allí, una mujer, se puso a gritarle: “Ten compasión de mí, Señor”.

La memoria de la comunidad creyente guarda aún el grito de los discípulos de Jesús en la barca sacudida por las olas; y tampoco hemos olvidado la súplica de Pedro que, desde el abismo del miedo y agarrado a su poca fe, había gritado: “¡Señor, sálvame!”

Ahora es una mujer la que, empujada por una gran necesidad y por una fe más grande que su necesidad, se postra ante Jesús para decirle: “Señor, socórreme”.

Más allá de los discípulos y de Pedro con sus miedos, más allá de la mujer con su necesidad, tu fe recuerda que grito y súplica los oyó en otro lugar y evocan en el corazón otro nombre: “A media tarde, gritó Jesús muy fuerte: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Y un instante después: “Jesús dio otro fuerte grito y exhaló el espíritu”.

A ti, Señor del cielo y de la tierra, el amor te hizo semejante a nosotros, te dio una carne de debilidad como la nuestra, un cuerpo de suplicar gritando, de gritar creyendo, de creer confiando.

El amor, Cristo Jesús, te hizo carne compasiva y misericordiosa, evangelio para los pobres, libertad para los oprimidos, luz para los ciegos, resurrección para los muertos, alegría y paz para los amados de Dios.

El mismo amor que por el misterio de la encarnación te hizo pan y salvación para la humanidad, te hace hoy pan y salvación para tus fieles en el misterio de la eucaristía.

Por la encarnación y en la eucaristía, tú, Señor, has hecho tuyo el grito de la mujer –el grito de tu Iglesia, el grito de la humanidad-: “Ten compasión de mí”.

Y es también tuya y de hoy la palabra que llena de esperanza y de alegría el corazón de los pobres: “Que se cumpla lo que deseas”.

***

Hace unos días, en la catedral, un grupo de emigrantes se acercó para pedirme ayuda.

Las razones en las que fundamentaban la petición eran como siempre razones de pobres, pero ese día añadieron una “teológica”, y no fue que “en ellos” es Jesús quien pide –lo que a todos recuerdo con frecuencia-, sino que me sorprendieron diciendo que “en mí” era Jesús quien los ayudaba.

¡Sabiduría de los pobres!: En la Iglesia es Jesús quien pide y es Jesús quien da.

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“Señor, sálvame”:

Esas palabras –“Señor, sálvame”- resuenan de muchas maneras en la vida de un creyente.

Pedro las gritó llorando mientras se hundía en su mar de negaciones.

Yo las he gritado tantas veces que he perdido la cuenta de mis naufragios.

Mi fe es siempre demasiado pequeña para impedir que me hunda, pero es suficiente, Señor, para que aún te llame cuando empiezo a hundirme.

Al oír el evangelio de este día, no es el grito de Pedro lo que oigo, no es tampoco el mío: es el grito de los pobres, de los arrojados al mar por la codicia de unos, la legalidad de otros, la indiferencia de todos.

Hoy, dentro de mí, el evangelio no evoca el mar de Galilea, ni la imagen entrañable del mar de Arousa que me vio nacer, sino que evoca aguas que son de muerte para una humanidad sacudida por las olas de la desesperación.

Miles de manos tendidas en busca de pan, miles de miradas clavadas en la mía en busca de piedad, miles de palabras de humildes cuentacuentos, miles de esperanzas concentradas en una súplica, eso evoca hoy en mí el relato evangélico, eso entiendo que es un sencillo, creyente y sobreentendido: “Señor, sálvame”.

Entonces recuerdo, necesito recordarlo, cuántas veces has extendido tu mano, me has agarrado y de nuevo me has subido contigo a la barca. Y me asombro de que hoy seas tú el que tiende la mano para que yo te agarre, para que yo te dé esperanza, para que yo te suba a la barca y puedas vivir.

Hoy tú y yo llevaremos a la Eucaristía nuestro grito y nuestro amor. Y volveremos a agarrarnos fuertemente: asombrado tú de mi poca fe, asombrado yo de poder amarte en tu cuerpo, en tu Iglesia, en tus pobres.

Yo sé que mañana sólo me preguntarás: “¿Me amas?”

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Alégrate, canta

Lo dice el Señor: “Alégrate, hija de Sión; canta, hija de Jerusalén”.

Sólo el Señor puede decirlo, pues ese «alégrate» y ese «canta» son imperativos de fiesta para quienes sólo conocen la vulnerabilidad de lo pequeño –Sión, Jerusalén-, la fragilidad de lo femenino –hija de Sión, hija de Jerusalén-, la hostilidad de los poderosos con sus carros, sus caballos y sus arcos guerreros.

Lo dice el Señor a quien ha conocido de cerca, porque las ha sufrido, la injusticia y la humillación: «Alégrate y canta», porque «tu rey viene a ti justo y victorioso».

La profecía lo anunciaba para un futuro tan cierto como la fidelidad de Dios a su palabra.

El evangelio nos los revela ya cumplido en Jesús de Nazaret.

Y tú, en tu eucaristía, lo celebras recordando la profecía, proclamando el evangelio y saliendo gozosamente al encuentro de tu Rey, que viene a ti para ser él mismo tu justicia y tu victoria, tu fiesta y tu descanso.

Él «vino a ti» por la encarnación, pues nació para ti, vivió para ti, murió para ti, resucitó para ti.

Y es él quien ahora te dice: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré”.

Él «viene a ti» porque te ama y confía en ti, y te pide que «vayas a él» por la fe, porque te fías de él, porque él te merece confianza-.

Ese «venid a mí», que resuena hoy como súplica humilde en cada asamblea eucarística, evoca el grito de Jesús en el día de su entrega por todos los agobiados: «Tengo sed».

Tengo sed de aliviar vuestro cansancio, tengo sed de quedarme con vuestras heridas, tengo sed de hacerme con vuestras enfermedades, tengo sed de hacer mía vuestra muerte: «Tengo sed», «venid a mí».

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Los pobres antes que el Papa:

He de volver sobre la carta «Nuestra conciencia nos impulsa», de los cardenales Walter Brandmüller, Raymond L. Burke, Joachim Meisner y Carlo Caffarra.

Si fuese un desahogo de cuatro díscolos, no valdría la pena dedicarle un segundo del propio tiempo. Pero no es eso: es un documento nacido, no de indocilidad al Papa sino de docilidad a la propia conciencia, no de dudas sino de certezas.

Los que suscriben la carta representan un cierto modo de entender lo que es la Iglesia y cuál es su misión en el mundo, un modo de entender común a un amplísimo sector eclesial y que choca con el que manifiesta tener el Papa Francisco.

No es una cuestión de cardenales enfrentados al Papa, sino de modos de entender la Iglesia enfrentados entre sí.

Estas cuestiones no se aclaran en las líneas de un post en ningún muro, pero merece la pena que, reflexionando, nos ayudemos a situarnos honestamente donde nos lleve el discernimiento de la voluntad de Dios.

Hoy me voy a fijar en el lenguaje de la carta. Es muy significativo.

«Beatísimo Padre:

Es con cierta trepidación que, en estos días del tiempo pascual, me dirijo a Su Santidad…

Deseamos, ante todo, renovar nuestra absoluta dedicación y nuestro amor incondicional a la Cátedra de Pedro y a Su Augusta persona, en la que reconocemos al Sucesor de Pedro y Vicario de Jesús: el «dulce Cristo en la tierra», como amaba decir Santa Catalina de Siena.»

A la luz de esas palabras, salta a la vista la sacralización –la divinización- de la persona del Papa, a quien se dicen con toda naturalidad cosas que los creyentes solemos decir, aunque no sin rubor, delante de Dios, pues la conciencia de nuestros límites nos impediría profesar esa absoluta dedicación y ese amor incondicional que a Dios se deben.

Salta a la vista que, desde la perspectiva de quien suscribe la carta, de alguna manera ha desaparecido el hombre Jorge Mario Bergoglio, suplantado por “la Cátedra de Pedro”, “el Sucesor de Pedro”, “el Vicario de Jesús”, “el «dulce Cristo en la tierra»”.

Ese lenguaje, que es no sólo legítimo sino incluso insustituible en el marco de una cierta mentalidad eclesial, resulta anacrónico, empalagoso, untuoso, viscoso, insufrible para quienes ha sido educados en sociedades en las que, al menos de palabra, se enaltece la igualdad entre las personas.

Por otra parte, ese lenguaje levanta barreras insalvables en torno a la persona sacralizada, la hace única, la eleva a donde nadie puede subir. El Papa Francisco lo sabe –en realidad lo sabe todo el mundo-, y desde el primer momento en el ejercicio de su ministerio ha profanado esa sacralidad mítica y ha apostado por el abajamiento. Lo cual suscita alarma en quienes continúan viéndole a él y viéndose a sí mismos, por razón del ministerio que desempeñan en la Iglesia, rodeados de un halo de sacralidad.

Pero hay algo más: para los discípulos de Jesús de Nazaret, para los bautizados en Cristo, se ha hecho una evidencia que, si hay alguien a quien hemos de prometer dedicación absoluta y amor incondicional, es a los pobres; que si en algún lugar de la tierra se nos hace el encontradizo el dulce Cristo, es en los pobres; que si alguien es para nosotros augusto por el respeto que nos merece, son los pobres. Los pobres son tan sagrados como el Papa. Los pobres antes que el Papa. Los pobres más que el Papa.

Y entre los pobres en los que Cristo sufre y nos sale al encuentro, el Papa tiene la certeza que se encuentran muchos de esos que, con expresión absolutamente reductiva, designamos como “divorciados vueltos a casar”.

Como se ve, se trata de mundos diversos, de modos diversos de entender lo sagrado, de modos diversos de acercarse a la realidad, y tocará escoger en qué mundo queremos estar.

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“No tengáis miedo”:

Lo dijo Jesús  a sus apóstoles: “No tengáis miedo”.

Lo dijo el que había de ser crucificado a otros que, en aquella hora de sus vidas, aún no sabían que iban a ser crucificados. Y hoy lo dice el Señor resucitado a quienes, celebrando la eucaristía, nos sentamos con él a la mesa de la gracia, escuchamos su palabra, hacemos memoria de su vida, de su éxodo, de su pascua, de su camino de hijo del hombre hacia la casa del Padre.

No tengáis miedo”: Lo dice hoy el Señor al emigrante, al desplazado, a esa multitud de hombres, mujeres y niños que en los caminos de la clandestinidad van dejando a borbotones la sangre de sus vidas.

Se lo dice a los excluidos del bienestar, que se ven obligados a mendigar con humillación un pan que deberían poder ganar, que tienen derecho a ganar con la dignidad del propio trabajo.

Se lo dice a las mujeres, a esa multitud de mujeres para quienes las esperanzas de vivir han quedado reducidas a tristísima certeza de ser explotadas.

Se lo dice a un mundo de niños que aprenderán a sonreír y a confiar sólo si el amor los envuelve en una fantasía de hermosura.

Se lo dice también a los violentos, a todos los que, bajo el velo de una agresividad irracional, esconden la cobardía del odio, el miedo al sinsentido, la angustia de no ser, la insignificancia de sus vidas.

También me lo dice a mí, que soy un pecador, y hago en mi barquilla rota la travesía de la noche.

No tengáis miedo”, pues sois amados. “No tengáis miedo”, pues Dios os ha creado para el amor y para la vida. “No tengáis miedo”, pues el amor de Dios es el insobornable tribunal de apelación contra el mal que acecha vuestras vidas.

No tengáis miedo”: Nos lo dice el Padre que, por amor, nos da a su único Hijo. Nos lo dice el Hijo de Dios con quien hacemos comunión. Nos lo dice el Espíritu Santo, el Espíritu de la verdad que da testimonio de Jesús y que va haciendo plena nuestra comunión con el Hijo de Dios.

Miradlo los humildes y alegraos.

Buscad al Señor y revivirá vuestro corazón.

Que el Señor escucha a sus pobres, no desprecia a sus cautivos”.

Feliz domingo a todos los amados de Dios.

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