«Ven, Señor Jesús»

Cada día, al comenzar la oración de la Liturgia de las Horas, la comunidad eclesial repite una súplica apremiante: Dios mío, ven en mi auxilio. Al decir, “ven”, el orante bíblico pedía la irrupción de la divinidad en su historia, en su contexto vital.

Sobre el hombre vienen, sin que él los llame, el temor y el terror, la desgracia, el sufrimiento y la muerte. De ahí la apelación del creyente al Dios de su vida: “Ven, date prisa en socorrerme”. Con Dios vendrá la misericordia y la compasión, la luz y la alegría, el auxilio y la liberación, el juicio y la salvación. Si él viene, vendrán todas las naciones; él las reunirá; vendrán para ver la gloria del Señor.

Habéis oído lo que dice el Señor: “Yo vendré para reunir a las naciones”. Mientras lo oíais, evocabais el misterio de la encarnación, por el que Dios ha visitado y redimido a su pueblo; recordabais la vida de Jesús de Nazaret, enviado por el Padre a las ovejas perdidas de la casa de Israel; pensasteis en la entrega del Señor, en el misterio de la muerte y resurrección de Cristo Jesús, de quien el evangelista Juan dice que “murió para reunir a los hijos de Dios dispersos”.

Mientras oíais la palabra del Señor que decía “Yo vendré”, hacíais memoria de su venida a vuestra vida. Él os visitó en el bautismo para hacer de vosotros criaturas nuevas, una humanidad nueva de la que Cristo era el Primogénito, el primero de muchos hermanos. Él os visitó para ungir vuestro cuerpo y vuestro espíritu con óleo de alegría y hacer de vosotros los “ungidos-cristos de la nueva alianza”, un pueblo de sacerdotes, profetas y reyes. El que había dicho: “Yo vendré”, os visitó con la unción de su Espíritu Santo para enviaros a evangelizar a los pobres. El que había dicho: “Yo vendré”, viene hoy a nuestra vida, nos visita con su palabra en esta celebración eucarística, nos visita con su Hijo, a quien acogemos por la fe cuando acogemos, escuchando, la palabra de Dios y cuando acogemos, comulgando, el cuerpo y la sangre del Señor.

El que había dicho: “Yo vendré”, dijo también: “Las naciones vendrán”. Y os contáis a vosotros entre los que el Señor ha convocado de entre todas las gentes, para que fueseis su Iglesia una, su Iglesia sin fronteras, su Iglesia católica, el pueblo de su heredad, la asamblea convocada por la fuerza de su gracia, por la fidelidad del Señor a sus promesas, por la misericordia del que es misericordia. Él dijo: “Las naciones vendrán”, y vosotros habéis venido, habéis acudido hoy a la casa del Señor, al banquete de bodas del cordero, a la cena pascual de la Nueva Alianza, a la presencia del que os ha llamado porque es fiel.

Habéis oído la palabra de Dios, y vuestro corazón se llenó de gozo por lo que ya contempláis cumplido en la Historia de la Salvación, en la vida de vuestra comunidad de fe, y en la vida de cada uno de vosotros.

Sin embargo, también halláis en vuestro corazón, junto con la certeza de la esperanza en los bienes que el Señor os tiene reservados, la nostalgia de la manifestación definitiva de la gloria de Cristo nuestro salvador. Pues, siendo mucho lo que la fe nos permite conocer y gozar como ya cumplido, es también mucho, muchísimo, lo que esperamos ver consumado en el futuro, en el último día, en el día de la manifestación gloriosa de Cristo Jesús. Por eso, agradecemos lo que hemos recibido, damos gracias por lo que se nos ha manifestado, confesamos nuestra fe en la última venida del Señor en su gloria, la preparamos con el ardor de la caridad y la fuerza de la oración.

En la historia, en el tiempo, en este tiempo nuestro, se está haciendo realidad ese sueño de Dios que el profeta Isaías nos contó con las palabras de su mensaje: la misericordia de Dios y su fidelidad alcanzan a todos los pueblos, y de todas las naciones llega hasta Dios un canto de alabanza. Es como si por todos los caminos de la casa del Padre estuviesen llegando, no un único hijo que se había perdido, sino caravanas ininterrumpidas de hijos, que vienen días tras día, llenan de alegría el corazón del Padre, y llenan de música la sala de su banquete de fiesta.

Vosotros, queridos, sois los mensajeros que él envía para convocar a los ausentes.  Con vosotros va el que os envía. Id al mundo entero, proclamad el Evangelio, llenad el mundo con la luz de Cristo, trabajad para que se llene de comensales la casa del Padre, llenad el cielo de alegría, adelantad con vuestra fe y vuestro amor la venida del Día del Señor, el cumplimiento pleno del “sueño de Dios”. ¡Ven, Señor Jesús! ¡Feliz domingo!

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La noche: tiempo de muerte y resurrección

La liturgia de la palabra del domingo pasado nos ayudó a entrar en el misterio de la noche del pueblo de Dios, considerada como tiempo de salvación, tiempo para vivir de fe, con esperanza, en el amor.

Hoy, guiados por la palabra del Señor, volvemos a entrar en esa noche de gracia y de liberación, considerada ahora como tiempo de contiendas y divisiones, de pleitos y condenas, de cruz y de ignominia. A nosotros, como a Jeremías, como a Jesús, el príncipe de este mundo nos arroja una y otra vez al aljibe sin agua; también nosotros, como el profeta y como Jesús, nos hundimos en el fango; y, como ellos, somos liberados de la charca fangosa. En esta celebración eucarística, nosotros, con Jesús, entramos de verdad en la hora deseada y amarga de su bautismo, pues en esta celebración se hace manifiesta nuestra comunión con Cristo Jesús: aquí morimos con Cristo, aquí resucitamos con él.

Hoy, con Jeremías y con Jesús, con el salmista y con todo el pueblo santo de Dios, hemos orado, diciendo: “Señor, date prisa en socorrerme”. Nuestra oración ha sido apremiante, imperativa, le hemos puesto prisa a la quietud eterna de Dios, porque nosotros tenemos prisa, porque nos urge alcanzar auxilio, porque, con Jeremías y con Jesús, somos nosotros los amenazados por el lodo en el fondo del aljibe, en la charca fangosa, en la fosa fatal. Hoy, nuestra oración no es una súplica susurrada desde la quietud, sino un grito lanzado desde la tormenta, desde la contienda, desde la división, desde la cruz, desde la noche.

Dijimos “Señor”, y, al decirlo, pusimos nuestros pies en la firmeza de la roca; dijimos “Señor”, y, al decirlo, envolvió nuestra vida la certeza de la esperanza; dijimos “Señor”, y, al decirlo, confesamos con el corazón que él es nuestro auxilio y nuestra liberación.

Dijimos “date prisa en socorrerme”, y se nos concedió la gracia de recordar el misterio de nuestra comunión con Cristo Jesús, y en Cristo nos vimos, a un tiempo, entregados y liberados, muertos y resucitados. Dijimos “date prisa en socorrerme”, y nos vimos bautizados con Cristo en la muerte y encendidos con él en el fuego del Espíritu. Dijimos “date prisa en socorrerme”, y se nos concedió experimentar que, en el misterio de nuestra comunión con Cristo, somos el pueblo de la Pascua, el pueblo de los oprimidos en quienes el Señor se ha fijado, el pueblo de los pobres y desgraciados de quienes el Señor ha querido cuidar.

Vosotros lo sabéis, hermanos míos, que estando resucitados con Cristo, estáis todavía muriendo con él; como sabéis que, estando muertos con Cristo, estáis ya resucitados con él. Vosotros, como Jesús, amáis la vida y queréis entregarla por los demás. Vosotros, como Jesús, amáis la paz, y al mismo tiempo habéis de soportar, como él, sin miedo a la ignominia, la oposición de los pecadores.

En Cristo contempláis lo que el Padre Dios está haciendo con vosotros; en la verdad plena del misterio de Cristo, en su muerte y resurrección, en su Pascua, contempláis lo que vosotros estáis viviendo en la oscuridad de vuestra vida. En la Eucaristía ya comulgáis lo que un día seréis, pues el que estaba muerto comulga la resurrección y la vida, el que era esclavo comulga la libertad, el que caminaba en tinieblas comulga la luz. Y así, de modo misterioso y verdadero, hoy, en la Eucaristía, vosotros ya sois lo que comulgáis.

Quiere ello decir que vuestra experiencia de la noche, como lugar de ignominia y de cruz, de división y de contienda, es inseparable de vuestra experiencia de liberación y de resurrección, de unidad y de paz.

Por último, considera, hermano mío, que si Cristo continúa muriendo en ti que ya estás resucitado con él, continúa de modo muy especial su pasión en todos los excluidos, en todos los oprimidos, en todos los que por la codicia de los poderosos, por la avaricia de sus prójimos, por la indiferencia de los satisfechos, han sido arrojados al aljibe de un futuro sin esperanza: No le abandones en su pobreza sin pan, sin agua, sin vestido, sin libertad. Ilumina la noche de los pobres, pues Cristo ha iluminado para siempre la tuya con la luz de su resurrección.

¡Feliz domingo!

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Necedad siempre triste:

La parábola que escuchamos en el evangelio de este domingo no considera la desdicha última del rico, sino la necedad actual de su codicia.

Mientras el cántico al evangelio evoca la dicha de “los pobres en el espíritu, porque de ellos es –se dice que “es” ya, y no sólo que “será”- el reino de los cielos”, el evangelio evoca la figura de un hombre, cuyos campos habían producido una cosecha suficiente para muchos años, y piensa, en su necedad, que, si tiene bienes para muchos años, tendrá muchos años de vida para disfrutar de sus bienes.

La pregunta es: si somos pobres que viven ya en el reino de los cielos, o somos ricos todavía dedicados a acumular lo que no puede darnos la vida.

Confieso que ese hombre de la parábola me inspira una gran compasión, pues lo veo avanzar, como quien va a una fiesta, hacia un reino de nada.

Si nos fijamos en él, no podemos evitar la sensación de que, si cree en Dios, no se relaciona con él: ni para pedir, ni para buscar, ni para llamar, ni para agradecer, ni para bendecir… Nos queda la impresión triste de que ese hombre sólo habla consigo mismo, sólo se preocupa de su cosecha, y sólo aspira a disfrutar de lo que ha cosechado. Nos queda la impresión triste de que aquella cosecha es el único dios de aquel hombre.

Esa fe en los bienes –esa avaricia que es una idolatría-, suplanta fácilmente a la fe en Dios, a la fe que hoy nos convoca en asamblea santa para pedir, buscar, llamar, agradecer y bendecir. Somos muchos, sin embargo, los que en la comunidad cristiana pretendemos ser al mismo tiempo servidores del dinero y de Dios, pretensión que teniendo un objetivo imposible, nos lleva de hecho a ser, como el necio e la parábola, simples servidores del dinero.

Nuestra idolatría no es sólo negación de Dios: niega también con los hechos la resurrección de Cristo y nuestra resurrección con él.

En esta parábola nada se dice acerca de los pobres y de lo que podrían representar en la vida del rico. Intuimos, sin embargo, que, si aquel hombre, en vez de pensar sólo en la forma de almacenar sus bienes, hubiese pensado en la forma de hacer partícipes de ellos a los necesitados, hubiese entrado sencillamente en la categoría de los prudentes que, dando lo que es propio de la tierra, se procuran un tesoro en el cielo.

Feliz domingo.

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Pedir: una forma de amar.

Aquel día, de labios de Jesús, los discípulos aprendieron la oración de los hijos de Dios. Aquel día pidieron al Señor que les enseñase a orar, como Juan había enseñado a sus discípulos, y Jesús les enseñó a nombrar a Dios como lo hacía él en su oración. Aquel día, los discípulos aprendieron a decirle a Dios: “Padre”.

Y eso fue algo así como adentrarse, con una sola palabra, en lo hondo de Dios, en la verdad de ellos mismos, y vislumbrar asombrados el secreto de la relación del Hijo del hombre con su Dios.

Aquel día, Jesús les enseñó cómo entrar en el misterio y sumergirse en el abandono: les dio un nombre para llenar de paz el corazón, para soñar un mundo de hijos –de hermanos-, para añorar un Reino –el del Padre-, para ver una humanidad reconciliada por el amor compasivo Dios.

Aquel día, a los que aprendieron la palabra “Padre” para nombrar a Dios, se les reveló que, de la misma manera que Dios es “Padre” y lo es siempre, eso de orar, entiéndase eso de “pedir-buscar-llamar”, tampoco es algo que se haya de hacer por veces, sino que es la forma familiar que tienen los hijos de relacionarse con su “Padre”.

¡Lo que hay en casa es de los hijos! Y, sin embargo, todo se pide. “Pedir” es medicina eficaz contra la apropiación y condición necesaria para la gratitud. “Pedir” es lo que hacen los pobres, y en ningún lugar se ha dicho que los hijos de Dios, por ser hijos, hubiesen dejado de ser pobres: hijos y pobres son nombres de la misma realidad. “Pedir” es la forma que tienen de amarse unos a otros quienes viven en la casa de Dios, todos los que viven en la casa de Dios, ¡también el Padre!

Buscar” indica preocupación por lo que se busca y supone afán por encontrarlo, por crearlo, por instaurarlo. El objeto de nuestras preocupaciones, de nuestros afanes, de nuestra oración, viene definido por el conocimiento que se nos ha dado de Dios como Padre: “No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis… Que por todas esas cosas se afanan los gentiles; pues ya sabe vuestro Padre que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura”. La fe entiende que este buscar es de todo tiempo y lugar como lo es nuestro pedir.

Y constante habrá de ser también nuestro “llamar”, pues al Padre no se le posee sino que se le espera, no se le utiliza sino que se confía en él.

De ahí la certeza de que “quien pide, recibe; el que busca halla; y al que llama, se le abrirá”.

Pedir-buscar-llamar”, son verbos que conjugan la confianza incondicional de los hijos en el amor incondicional del Padre.

Feliz domingo.

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Un mundo sencillamente humano:

Se lo has oído proclamar al lector: “El mandamiento está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca. Cúmplelo”.

Ese mandamiento es para ti un sacramento de la cercanía de Dios a tu vida. En el mandamiento, Dios se quedó a tu lado para que pudieses escuchar su voz, para que pudieses buscar humildemente a tu Señor, convertirte a él con todo el corazón y con toda el alma, dirigirte a él en el día de su favor y alegrarte en su presencia con su salvación.

El Señor tu Dios, que en el mandamiento se había hecho huésped de tu corazón y de tus labios, en su Palabra encarnada se hizo tu prójimo, samaritano compasivo de tu necesidad: Por el misterio de la encarnación, la Palabra emprendió su viaje por los caminos de la humanidad, se llegó adonde estabas tú, y al verte malherido, se compadeció de ti, se te acercó, te vendó las heridas, te cuidó, y, cuando hubo de continuar su camino, no lo hizo sin dejar a otro –a su Iglesia- el encargo de cuidarte en todo lo que necesitases.

Y el que practicó misericordia contigo por el misterio de la encarnación, se hace hoy tu prójimo en el misterio de la eucaristía: Dios más cercano a ti que el sacramento que recibes, Dios aceite y vino sobre tus heridas, Dios alianza y ternura que cubre tu desnudez y rompe tu soledad de hombre abandonado medio muerto al borde del camino.

Lo dijimos en comunión de necesidad con el Salmista: “Yo soy un pobre malherido; Dios mío, tu salvación me levante”. Y tú nos diste tu ley, palabras de vida eterna, mandamientos verdaderos, más preciosos que el oro, más dulces que la miel. Y llegada la plenitud de los tiempos, por el amor sin medida de tu amor, a tus pobres, a tus cautivos, a nosotros pequeños y pecadores, nos has entregado a tu Hijo para que fuera nuestro Salvador y nuestro Redentor, nuestro Señor y nuestro hermano.

Ahora, en comunión de misericordia contigo, Cristo Jesús, pedimos ser sacramentos creíbles de tu presencia en el camino de los pobres: que ellos reconozcan en nuestras manos las tuyas, en nuestra mirada tu ternura, en nuestra caridad tu abrazo, en nuestra debilidad la fuerza divina de tu cruz. Y pedimos también, Señor, que en ellos, en los pobres, nuestra fe te reconozca, y se apresure a ungir tu cuerpo herido, vendarlo, perfumarlo y cubrirlo de besos.

Hoy soñamos que los caminos del mundo se llenan de samaritanos compasivos. Hoy soñamos con un mundo que tú –lo digo de Cristo, de la Iglesia, de ti y de mí- haces sencillamente humano.

Feliz domingo.

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Iglesia, sacramento de paz y misericordia:

Aprenderé a decirlo con el Apóstol: “Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual, el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo”.

Hay quien pone su gloria en la circuncisión, y quienes la ponen en no estar circuncidados; hay quien se gloría en la ley, aun sabiendo que deshonra a Dios transgrediéndola; hay quien presume de lo que tiene, como si no lo hubiese recibido todo.

Que se gloríe quienquiera de su saber, que presuma quienquiera de su fuerza, de su poder, de sus estrategias para imponerse a los demás, someterlos, dominarlos…

“En cuanto a mí” –le robaré de nuevo las palabras al Apóstol-,” Dios me libre de gloriarme, si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo”.

Pido quedar abrazado a esa cruz, a ese crucificado, porque sólo él tiene palabras de vida, porque sólo él es el camino que lleva a la vida: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna”.

Pedí quedarme con él… y entonces ¡él me envió!, a los pueblos y lugares adonde quería ir: “Mirar que os envío- dijo- como corderos en medio de lobos”; el Príncipe de la paz nos envía con su paz, para llevarla  a la gente de paz.

Y nos pusimos en camino con el mandato la autoridad- de curar a los enfermos, y de anunciar que ha llegado para todos el Reino de Dios.

“Festejad a Jerusalén, gozad con ella todos los que la amáis; alegraos de su alegría los que por ella llevasteis luto… Porque así dice el Señor: _Yo haré derivar hacia ella como un río la paz”.

Adonde llega Cristo, llega la paz, y tú, Iglesia cuerpo de Cristo, eres el mensajero que va adonde Cristo quiere llegar; contigo va la paz que Dios ofrece a los pobres, a todos los pobres, pues  todos encontrarán acogida ancha y cumplida en el Reino de Dios y en tu corazón.

Tú, Iglesia de Cristo, eres el sacramento por el que tu Señor se hace presente en cada lugar, en cada casa, a cada uno de los que esperan, con su llegada, la llegada de la salvación.

No eches fardos sobre los hombros de quienes esperan el evangelio; no des una piedra al hijo que te pide pan; no pongas un escorpión en la mano del hijo que te ha pedido un pescado; no defraudes con ideología religiosa a quien espera la salvación que viene de Dios.

Tú, Iglesia cuerpo de Cristo, eres sacramento de la paz y la misericordia que desde Cristo crucificado se derraman sobre el mundo. Esa es tu dicha. Esa es tu gloria.

Feliz domingo.

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Libertos de Cristo para ser esclavos de amor:

En la Iglesia se habla –hablamos- muy poco de libertad; puede incluso que, en muchas ocasiones y de muchas maneras, nos hayamos mostrado recelosos de la libertad, si no abiertamente contrarios a su ejercicio. Y, sin embargo, en la lectura apostólica de este domingo oiremos proclamar: “Para vivir en libertad, Cristo nos ha liberado”.

Y has entendido que se te decía: Cristo nos ha liberado para amar; el amor hizo a Dios nuestro esclavo para que nos hiciéramos esclavos unos de otros por el amor: ¡Somos libertos de Cristo para ser esclavos de su amor!

La palabra de la revelación te recuerda que en esa esclavitud de amor, en esa libertad de “amar al prójimo como a ti mismo”, en esa llamada a “amar a todos como Dios te ama”, se encierran para ti todos los mandatos de la Ley.

Aquel día, que parecía hecho sólo para la tristeza de los esclavos, a la entrada de la iglesia en la que se celebraba el entierro de un bebé que había sobrevivido apenas unos minutos a su nacimiento, un cartel iluminaba la noche del sentido: “Lo importante en la vida  no es hacer algo, sino nacer y dejarse amar”.

Las palabras eran un certificado de plenitud para la vida de aquel hijo, y una apertura de cada vida al aire de la libertad. Los padres del bebé habían podido suscribir aquel mensaje porque sabían cuánto amaban ellos a aquel hijo, y también porque la fe les decía cuánto a todos los amaba Dios.

Si se ha nacido amado, se ha tenido una vida completa aunque sólo se haya conocido por un instante la ternura de quien nos ama.

La libertad que has recibido de Cristo es libertad de la necesidad de poseer, ya se trate de hijos, de seres queridos, de riquezas o de la propia vida. La libertad que de Cristo has recibido es libertad frente al dolor, a la enfermedad, a la muerte; es la libertad que Eliseo necesitó para dejar bueyes y aperos de labranza y casa familia, y correr tras Elías”; es la libertad que recibieron los discípulos para dejarlo todo y seguir a Jesús. Ésa es la libertad que  hace posible en Teresa de Jesús la serena quietud de su “sólo Dios basta”, la misma que hizo posible en Francisco de Asís la plenitud que se intuye resumida en la aclamación: “¡Mi Dios, mi todo!”

La libertad que de Cristo has recibido, Iglesia amada de Dios, es la que te permite hoy hacer tuyas las palabras del Salmista: “El Señor es el lote de mi heredad y mi copa; mi suerte está en tu mano”. Lo dirás orando, lo dirás comulgando; lo dirás con tus hermanos de fe, lo dirás con tus hermanos de pobreza: “Yo digo al Señor: «Tú eres mi bien.»”; “Tú eres el bien, todo bien, sumo bien, Señor Dios vivo y verdadero”.

Y lo que va diciendo tu oración y tu comunión, al tiempo que te hace libre de tus esclavitudes, te hace siervo de todos por el amor.

Esa libertad sólo Cristo te la puede dar y nadie te la puede quitar.

Feliz domingo.

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Tú eres siempre Jesús:

En la quietud atenta de la escucha, me alcanza tu pregunta: _ ¿Quién soy yo para ti?

Y te llamo Jesús, palabra que me sabe a Dios y a salvación. En tu pequeñez se refugia la mía. En tu cruz se hace ligera la de todos tus hermanos. A tus pies se serenan los latidos del corazón inquieto. Y aunque no sepa si es amor o egoísmo quien en mí va diciendo Jesús, aunque no sepa si ese nombre se arraiga en la mucha fe o en la poca, sé que enciende una luz en mi noche, sé que deja tu mano en mi mano, sé que me deja grabado en tu corazón, sé que me deja como sello en tu brazo.

Pero la pregunta se repite como un eco: _ ¿Quién soy yo para ti?

Entonces busco otros nombres en la memoria entrañable de la fe: Y te me vuelves pastor, de amores tan loco, que da la vida por sus ovejas; y también puerta por la que entran y salen confiadamente las que te conocen. La fe me recuerda que eres luz que irrumpe en mis ojos ciegos y deja que me asome al misterio de lo que hay dentro de mí, a la belleza de lo que hay dentro de ti, al enigma del mundo que se me ha dado para que lo cultivase. La fe me recuerda que sólo tú eres la resurrección y la vida, y que, en conocerte a ti y al Padre, está para todos la vida eterna.  La fe me recuerda que tú eres la fuente misteriosa que Dios ha dado a los sedientos, para que apaguemos nuestra sed en agua viva. La fe me recuerda que eres pan del cielo para el camino de los pobres, un pan que es sacramento de tu vida entregada, de tu amor sin medida…

Y vuelve tu pregunta como una espada: _ ¿Quién soy yo para ti? Que es como decirme: Continúa buscando, no dejes de preguntar…

Y le pregunté al padrenuestro, y me dijo que tú eras el cielo que espero, que tú eras el reino de Dios que viene al corazón de los pobres, que tú eras el hijo de Dios, el amado, el predilecto, el que entrando en el mundo dijo: “he aquí que vengo para hacer tu voluntad”, el que cansado del camino y sediento dijo: “mi alimento es hacer lo voluntad del que me ha enviado”. Tú eres nuestro pan de cada día y el pan de nuestra eternidad; tú eres el perdón de mis pecados y la gracia del perdón con que me perdono en los demás. Para mí tú eres fuerza, libertad, esperanza y quietud.

Pero en las paredes de mi intimidad, sin que me cause tristeza, no deja de resonar tu pregunta: _ ¿Quién soy yo para ti?, que es algo así como si me preguntases por el amor: _ ¿Me amas?

Entonces dejé de buscarte dentro para buscarte cerca, lo más cerca posible de mí. Y te dije: tú eres el hermano, la hermana, con los que convivo; tú eres el hijo que no hemos dejado vivir porque nos faltó fe; tú eres la madre que no aprendió a serlo porque le faltó esperanza; tú eres el refugiado que nadie acoge, el herido que nadie cura, el excluido que a nadie importa, el emigrante que todos pintan como una amenaza. Tú eres un hambriento en todos los hambrientos, en sediento en todos los sedientos, un desecho en todos los desechos que yacen echados a las puertas de nuestras casas…

Señor, tú lo sabes todo: tú sabes que para mí eres siempre Jesús.

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¡A los pies de Jesús! ¡A los pies de los pobres!

Fíjate en la “mujer de la ciudad”, de la que todo el mundo –Simón, la ciudad, la mujer misma, el evangelista, Jesús y el Padre del cielo-todos saben que es “una pecadora”.

Todo el mundo sabe, pero no todos saben lo mismo.

Simón –supongo que también “la ciudad”- sabe con un saber que, además de llevarle a juzgar a la mujer –sabe quién es y lo que es-, y a considerarse a sí mismo mejor que ella, le lleva también a “juzgar” a Jesús, que mal profeta debe de ser si ni siquiera sabe lo que está en boca de todos.

Simón sabe con ese saber que los soberbios hemos adquirido al comer del fruto del árbol que está en mitad del jardín: un saber farisaico, inquisitorial; un saber que abre los ojos, pero sólo para desnudar y avergonzar; un saber que agosta lágrimas, besos y perfumes; un saber que mata.

El evangelista, Jesús y el Padre del cielo saben quién es y qué es aquella mujer que se llegó “con un frasco de perfume” a la casa donde Jesús estaba, y, “colocándose detrás junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con sus lágrimas, se los enjugaba con sus cabellos, lo cubría de besos y se los ungía con el perfume”. Lo saben ellos, y lo sabe ella.

Aquellas lágrimas, aquellos besos, aquel perfume, nacen de un saber que es memoria necesaria de quién es y qué es la mujer, quién es y qué es para ella Jesús de Nazaret, quién es y qué es para ella el Dios que se le ha acercado en Jesús de Nazaret.

Lágrimas, besos y perfume –el mundo propio de “la pecadora”- son ahora la expresión de su hospitalidad para recibir a Dios, son los sacramentos de su encuentro de amor con Dios. La que antes se lavaba y se ungía para seducir, ahora lava y unge los pies de Jesús para amar.

Lágrimas, besos y perfume son evidencia de la fe que abre las puertas de una vida al don divino de la paz.

Ya habrás entendido, hermano mío, hermana mía, que ese evangelio no se proclama hoy para hablar de una mujer que no conocemos, sino para hablar de la Iglesia y de su Señor, de ti y de Cristo resucitado, de tu noche y de su luz que te ha iluminado, de tu pecado y de la gracia que te ha justificado, del amor con que has sido redimida, de la paz con que has sido bendecida.

En el misterio de la Eucaristía, la fe, la esperanza, el amor, el canto, la acción de gracias, la súplica, la bendición, son lágrimas, besos y perfume con que honras en la comunidad eclesial y en la intimidad de tu casa al que es tu salvador y tu paz y el perdón de tus pecados.

Allí aprendes a honrar a Jesús en el misterio de los hermanos; allí aprendes a lavar pies heridos, a secarlos con la entrega de tu vida, a ungirlos con el ungüento de la misericordia; allí aprendes a ser para Jesús –para su cuerpo, para sus pobres- alimento, bebida, cercanía y abrazo: ¡lágrimas, besos y perfume!

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«No llores»

En la comunidad eclesial oramos hoy con un salmo de acción de gracias. La palabra profética: “Mira, tu hijo está vivo”, ha iluminado de alegría el corazón de los fieles, y la fiesta ha irrumpido en el lugar del luto y de las sombras: “Te ensalzaré, Señor, porque me has librado”.

Hay fiesta porque hay Pascua; hay alabanza porque ha llegado la liberación; hay cántico al Señor porque suya es la victoria, porque él es la fuerza y el poder de su pueblo, porque él es la salvación.

Alertada por la fe, la comunidad adivina el cántico que resuena en el corazón de la viuda de Sarepta, la bendición que llena la casa de la viuda de Naín, y se une a los clamores de fiesta que se oyen en la Jerusalén del cielo; allí “una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar”, gentes de todas las naciones, razas, pueblos y lenguas, “gritan con voz potente: «¡La victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero!».

Con todos los redimidos vamos diciendo: “Te ensalzaré, Señor, porque me has librado… sacaste mi vida del abismo, me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa”.

Ése es, Iglesia cuerpo de Cristo, el salmo de tu Pascua con Cristo, de tu liberación en Cristo, de tu redención por Cristo; ése es el salmo de tu resurrección, de tu divinización, de tu comunión con la eternidad de la dicha en Cristo resucitado.

Deja que la fe busque palabras para la novedad de tu canto: “Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza; Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador. Dios mío, peña mía, refugio mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte”.

A tu Pascua, Iglesia cuerpo de Cristo, a tu fiesta y a tu canto se unen los pobres para quienes Dios se hizo evangelio. Nadie diría que están ahí; puede que tú misma no hubieses tampoco reparado en ellos; pero son los primeros entre tus hijos, bautizados en las fuentes de la compasión todopoderosa de tu Dios. Me refiero a los descartados por el poder, a los invisibles para los epulones, a las víctimas sacrificadas en el altar de nuestra opulencia y de nuestros privilegios; hablo de los condenados a la clandestinidad, de hombres y mujeres que la legalidad ha hecho ilegales, perseguidos, acosados, irregulares; hablo de los lázaros, de quienes Dios ha querido ser redentor y recompensa, justicia y bienaventuranza.

Puede que no sepas cómo, pero sabes que están contigo y que, en Cristo resucitado, entonas con ellos el mismo salmo de alabanza, porque Cristo es su vida, su Pascua, su destino; Cristo es también para ellos la esperanza que ningún egoísmo, ninguna crueldad, ningún odio pueden hacer vana.

Hoy resuena en los campamentos de los pobres un “no llores” que es compromiso de Dios con la vida de cada uno de ellos, un “no llores” que, en la celebración de la comunidad eclesial, anticipa la dicha eterna de la ciudad santa, cuando Dios “enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni duelo, ni llanto ni dolor, porque lo primero ha desaparecido”. Con toda razón podemos decir: Feliz domingo, amados de Dios.

P. S.: El mar ha devuelto en playas de Libia más de un centenar de cadáveres.

Hermano mío, hermana mía: Durante toda la semana he dado vueltas al escrito que tienes entre manos, precisamente porque hablaba de víctimas, y parecía que las palabras dejasen a Dios el trabajo de remediar el mal que nosotros hacemos.

He dado vueltas a ese texto porque a los pobres los condenamos a muerte cada día, desde siempre y sin pestañear, y en el comentario, las palabras parecen dibujar un paraíso imaginario para los cadáveres que se apiñan en las playas.

He dado vueltas a ese texto porque  temía echar el velo de una ilusión sobre los restos de una humanidad con menos derecho a la protección que cualquier animal.

“Lázaros “…. así dibujó Jesús de Nazaret hace dos mil años a los mendigos echados en el portal de nuestra casa: heridos, hambrientos… e invisibles para quienes a sí mismos se pierden en la sala de sus banquetes.

No, no hacían falta los de hoy para que a mi reflexión subiesen los muertos…  Y porque la fe me dice que la última palabra sobre ellos no la tiene la insoportable frivolidad del mal sino la fuerza insospechada del amor, los he subido a la comunidad de los redimidos, los he unido al canto de los que han conocido el amor que es Dios, los he puesto en el centro del domingo, porque el domingo es para ellos, porque Dios es para ellos, porque, si no fuese para ellos, Dios no existiría.

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