Hemos encontrado al Mesías

Esas palabras no se podían decir sin sobrecoger, sin escandalizar. Son asombrosas, las más deseadas, las más esperadas que un israelita pudiera escuchar.

El evangelio nos acerca a una experiencia de fe, a un mundo interior semejante al de cada uno de nosotros: “Juan, fijando la vista en Jesús que pasaba, dice: Éste es el Cordero de Dios”.  Y los dos discípulos que estaban con Juan, vislumbrando la grandeza del misterio, siguieron a Jesús.

Lo que Juan acababa de decir acerca de Jesús, era una revelación que, aceptada, dividía la vida del discípulo en un antes y un después, y lo llevaba al camino por donde iba Jesús.

Ahora es Jesús quien pregunta a los que han empezado a creer: “¿Qué buscáis?”

Ésas son las primeras palabras de Jesús en el evangelio de Juan: “¿Qué buscáis?”

Y haremos bien en tomarlas como dirigidas a todo el que pretenda ir con Jesús para ser su discípulo; haremos bien, queridos, en tomarlas como dirigidas a cada uno de nosotros.

Empezar a creer es empezar a «buscar». Los discípulos no preguntan por la casa donde Jesús habita, sino por Dios, de quien Jesús es el Cordero. Y Jesús les invita: “Venid y veréis”.

Si has empezado a creer en Jesús, has empezado a «buscar» para entrar en la vida de Jesús, en su misterio, en su mundo, en su verdad; te has echado al camino en busca de Dios y, siguiendo a Jesús, has visto y creído que él habita en Dios. Fuiste, viste, y encontraste al Ungido de Dios.

¿Quién eres tú para mí, Jesús? ¿Qué dice mi corazón cuando los labios dicen Jesús? ¿A quién he encontrado cuando te encontré?

Gracias, Jesús Mesías, que has salido a buscarme antes de que yo te buscase, que has venido a mi mundo para que yo pudiese ir a ti y pudiese ¡yo pecador! vivir contigo en Dios.

Gracias, Jesús Mesías, buen Pastor, que has salido a buscar tu oveja perdida y has llenado de alegría el cielo cuando me encontraste.

Encontrándote a ti, he encontrado el agua que salta hasta la vida eterna, el pan que resucita, la luz que brilla para los que habitan en tierra y sombras de muerte.

Encontrándote a ti, he encontrado descanso para el alma y paz para el corazón: al ir contigo, a mí, pecador, me has llevado a la presencia de Dios, me has ungido con el Espíritu de Dios, me has hecho huésped de Dios, me has hecho hijo de Dios.

Cuando digo Jesús, me adentro en la firmeza de la fe, en la certeza de la esperanza, en la verdad del amor.

Cuando digo Jesús, digo la gracia con que Dios nos consagra y purifica, la verdad con que Dios nos guía.

Cuando digo Jesús, me rodea, como brazos de madre, la caridad que es Dios.

Dime a quién buscas, Iglesia convocada para la Eucaristía, dime a quién buscas y sabrás con quién comulgas.

Feliz encuentro con Cristo Jesús.

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Mi preferida

Celebramos el misterio del Bautismos del Señor: “Apenas se bautizó el Señor se abrió el cielo, y el Espíritu se posó sobre él como una paloma. Y se oyó la voz del Padre, que decía: Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto”.

Ahora, Iglesia de Cristo, entra en ese misterio que celebras.

Abre los ojos de la fe y verás que se te ha abierto la morada misma donde Dios habita, pues oyes la voz del Padre, ves al Espíritu Santo, y se te revela la presencia del Hijo predilecto del Padre.

Me dirás con razón que tal cosa es imposible.

Es verdad: nosotros no podemos traspasar la frontera de Dios, pero él puede traspasar nuestras fronteras: es él quien ha venido a tu morada, a tu tierra, a tu pobreza.

El misterio de Dios se ha hecho tan cercano al hombre que pasa por la vida del hombre Cristo Jesús. El cielo se ha hecho tan cercano a la tierra que la Trinidad Santa la ilumina con la claridad de su luz.

Escucha ahora el evangelio de este día: “Tú eres mi Hijo amado, mi preferido”.

En Dios, ésas son palabras de un diálogo eterno de amor.

Pero ahora son también palabras de un diálogo con el hombre, palabras pronunciadas en nuestra tierra, en nuestro tiempo, sobre uno de nosotros, sobre uno como nosotros, sobre un pobre.

Recuerda, Iglesia santa, con cuánta insistencia se te ha dicho durante el tiempo de Navidad que hoy termina: “El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”.

Recuérdalo y admira lo que eso significa. A ese hombre, a ese hijo que nos ha nacido, a ese niño que se nos ha dado, a esa carne de nuestra carne, a ese humillado que se bautiza entre los humillados del mundo, el Padre Dios puede decirle con toda verdad: “Tú eres mi Hijo amado, mi preferido”.

Lo que era verdad sólo en el cielo, lo es ya también y para siempre en la tierra.

Ése es, Iglesia santa, el fondo luminoso de tu fiesta de hoy.

A ese fondo, añade luego los detalles del misterio que contemplas: “Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu… Promoverá fielmente el derecho”.

Ves que en ese hombre nuevo se dan la mano el Hijo y el Siervo, el amado de Dios y el que Dios ha enviado a promover el derecho entre los hombres, el que es elegido de Dios y el que es luz de las naciones.

Aún no has considerado, sin embargo, lo más asombroso del misterio que celebras, pues a Cristo Jesús, al Siervo de Dios, al Hijo preferido del Padre Dios, tú has sido unida en admirable comunión por la fe, de tal modo que puedes decir con verdad: Él se bautiza y yo soy purificada; él se bautiza, y yo soy santificada; él se bautiza, y sobre mí baja el Espíritu Santo; él se bautiza, y yo oigo la voz del Padre que me dice: “Tú eres mi elegida a quien prefiero”.

De esa comunión admirable y dichosa es sacramento la eucaristía que estamos celebrando. No olvides tu pobreza, Esposa de Cristo, que hoy haces comunión con el Hijo de Dios. Dichosa tú, que has creído, porque hoy los cielos se abren para ti, y baja sobre ti el Espíritu del Señor, y la voz del Padre te penetra con su declaración de amor. Dichosa tú, humanidad nueva, que el Señor ha llamado con justicia, que tu Dios ha tomado de la mano, para hacerte luz de las naciones.

No olvides tu pobreza, no olvides que eres amada, no olvides a los pobres.

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Aprendiendo la paz

A los fieles de la Iglesia de Tánger: PAZ Y BIEN.

Lo habéis oído en la noche de Navidad: En el campo de los pastores, en torno al ángel que les traía la buena noticia, “apareció una legión del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: «Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad”.

Ahora, al comienzo del año, en el día que para ti, Iglesia en Navidad, es la solemnidad de Santa María, Madre de Dios, el día octavo del nacimiento de tu Señor, el día del nacimiento de aquel cuyo nombre es “Admirable, Dios, Príncipe de la paz, Padre perpetuo”, oirás un mandato de bendición que recae sobre la aspiración más profunda del hombre, sobre el bien que Dios le puede ofrecer: “El Señor se fije en ti y te conceda la paz”.

Haciéndose eco de ese mandato divino, el Papa Francisco abre el nuevo año con palabras que nos alcanzan como un clamor de bendición: “Paz a todas las personas y a todas las naciones de la tierra”.

Y yo, queridos, os pido que, con la determinación de quienes han conocido el amor que Dios nos tiene, llenemos de paz y bien este tiempo –el de nuestra vida- que se nos ha dado para amar.

De qué hablamos cuando decimos paz:

Se lo podemos preguntar al Señor, que manda bendecir a su pueblo con la paz. Se lo podemos preguntar a los ángeles de Dios que, en la noche del nacimiento de Jesús, anuncian la paz a los hombres de buena voluntad. Se lo podemos preguntar al mismo Jesús que, cuando se despide de sus discípulos, les da la paz, les deja en herencia su paz. Y se lo podemos preguntar al Resucitado que, al hacerse presente entre los suyos, los envuelve familiarmente en un saludo de paz.

La paz se nos muestra así inseparable de la cercanía de Dios a nuestra vida, del amor que Dios nos tiene, de la misericordia con que nos abraza, de la esperanza con que nos enriquece, de la gracia con que nos visita, de la salvación que nos ofrece, de la justicia con que nos une a él, de la plenitud a la que nos llama, plenitud que sólo Dios puede dar, fundamentar, sostener, acreditar, consolidar… La paz es todo el bien que podemos desear.

Busca la paz:

Para ti, Iglesia en Navidad, la paz –esa plenitud del bien- es inseparable de tu fe en Cristo Jesús.

Él es el sacramento del amor que Dios nos tiene, él es la misericordia con que Dios nos abraza, él es nuestra esperanza, nuestra justicia, nuestra redención, nuestra gracia, nuestra vida. Dicho todo en una vez: Él es nuestra paz.

Pudiéramos pensar que, si somos cristianos, ya somos hombres y mujeres en paz, hombres y mujeres de paz. Pero no hace falte que yo sobresalte a nadie diciendo que eso no es así, pues cada uno de nosotros es testigo de la paz que nos falta, de la paz que no damos, de la paz que no sabemos construir.

Condición primera para que busquemos la paz es reconocer que la necesitamos, como se necesita para vivir el alimento con que nos nutrimos o el aire que respiramos.

Es cierto que la paz es don de Dios, como lo es la fe en Cristo Jesús, como lo es la comunión con Cristo Jesús. Pero igualmente cierto es que el don aceptado es el comienzo de una tarea que hemos de realizar: La fe ha de ser mantenida viva, la comunión ha de ser fortalecida, Cristo ha de crecer en nosotros, y por la paz hemos de trabajar cada día hasta que ella se adueñe de nosotros, hasta que entremos en el descanso de Dios.

Tenemos tarea y tenemos dificultades, muchas dificultades, que vencer.

A vosotros, que aprendisteis la historia de la salvación en el regazo de la Iglesia y que, por eso mismo, estáis familiarizados con las páginas de la Sagrada Escritura, no os será difícil dar nombre a los enemigos que la paz ha tenido desde el principio en el corazón del hombre: La ambición del que quiere ser como Dios, la frustración del que se siente menos que su hermano, la arrogancia del que se siente más que los demás, el mal que se adueña del corazón humano, la soberbia que nos confunde para que no nos entendamos unos con otros… Enemigos de la paz son la injusticia, la opresión, la exclusión, la mentira, la desigualdad.

Si fuésemos conscientes de la facilidad con que nos ausentamos de la paz, creo que la recordaríamos como el hambriento recuerda el pan del que carece, o el enfermo recuerda la salud que ha perdido.

Busca la paz, Iglesia amada de Dios; búscala, como busca la cierva corrientes de agua; búscala, como buscas en la contemplación el rostro de Dios; apréndela como aprendes a creer, a esperar, a amar.

Paz para los pobres:

Pero hoy no es en la paz de nuestro corazón en lo que quiero fijarme. Sé que la buscáis y que la ofrecéis, la deseáis y la cultiváis, la amáis y la pedís.

Hoy necesito hablaros de “migrantes y refugiados”, “hombres y mujeres, niños, jóvenes y ancianos que buscan un lugar donde vivir en paz”. Hoy quiero hacerme eco de las palabras del Papa Francisco para la LI Jornada Mundial de la Paz y aprender con vosotros a llevar paz a la vida de los pobres.

Porque nos amó, el Hijo de Dios se hizo hombre para ser nuestra paz.

Como si hubiese sentido en lo hondo de su divinidad el hambre de paz que atormenta las entrañas de la humanidad, Dios, con disposición propia de su sabiduría, a todos nos acogió, a todos nos ayudó, a todos nos atendió, a todos nos abrazó. Y de él aprendemos nosotros a llevar paz a la vida de todos. Del Hijo de Dios que, hecho hombre, se hizo nuestra paz, aprendemos a acoger, a ayudar, a atender, a amar, a perder la vida para que los demás puedan vivir.

Quien olvidado de los demás vive para sí mismo, ése se alía con la violencia, renuncia a ser dichoso y se pierde a sí mismo.

Compromiso con los pobres:

Puede que jamás lleguen a saberlo, pero habremos estado eficazmente al lado de los pobres si nuestra palabra, nuestras opciones políticas, nuestra forma de vida, contribuyen a erradicar las múltiples formas de violencia que ellos padecen.

Eso implica que se nos ha de hallar enfrentados a toda pretensión de justificar guerras, conflictos, genocidios…

Se nos hallará despiertos y activos contra toda forma de trata de seres humanos, de explotación, de esclavitud, de negación de la dignidad inalienable de la persona humana… contra el enriquecimiento de unos a costa del empobrecimiento de otros, contra el expolio de unos países por parte de otros, contra un sistema que supedita la dignidad de los personas a razones de seguridad o de beneficio económico.

Una moral políticamente correcta, halagada para dar una seguridad engañosa, ha hecho que nuestra sensibilidad ponga el grito en el cielo por un gato atrapado en un árbol o en un tejado, y duerma sueños tranquilos ante miles de hombres y mujeres concentrados sin piedad en el horror de los caminos de una emigración forzada y no regulada.

Nuestro compromiso con los pobres exige que denunciemos, tanto esa moral de salón como la moral desencarnada que con demasiada frecuencia predicamos los que nos sentamos en la cátedra de Moisés.

“Una mirada contemplativa”:

Queridos: muchas veces he intentado ejercitar con vosotros esa mirada: la que pone a la luz de la fe la vida de los pobres.

Contemplados bajo esa luz, ellos son los hijos para los que Dios reclama la mayor atención; ellos son nuestra propia carne; ellos son el cuerpo de Cristo; ellos son el Señor que llama a nuestra puerta y nos pide ayuda; ellos son ocasión inesperada y sorprendente que se nos da de acoger a Dios.

Esa mirada contemplativa anula en nosotros toda justificación para la indiferencia o el rechazo de los pobres. Esa mirada contemplativa nos sitúa en los caminos de los emigrantes y los refugiados, en las fronteras que se les cierran, en las pateras a las que suben, en los infiernos a los que son condenados.

Esa mirada contemplativa va más allá de razones económicas, políticas o religiosas.

Sí, he dicho también “religiosas”. Pues –somos testigos de ello- se han hecho escandalosamente numerosos los que, por mantener la supuesta identidad religiosa –la identidad cristiana- de una sociedad, de una nación o de un continente, justifican el sufrimiento de los pobres, el abandono al que son entregados los hijos de Dios.

Pobres razonadores ciegos; ¿cómo se puede mantener una supuesta identidad cristiana maltratando realmente a Cristo en sus hermanos pobres?

“El Señor os bendiga y os guarde”:

Ya sólo me queda, hermanos míos muy queridos, cumplir con vosotros el mandato del Señor y bendeciros:

“El Señor os bendiga y os proteja, ilumine su rostro sobre vosotros y os conceda su favor. El Señor se fije en vosotros y os conceda la paz”.

La paz que lleváis en el corazón es evidencia de la presencia de Dios en vuestra vida.

Tánger, 27 de diciembre de 2017.

Festividad de San Juan evangelista.

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Aprendiendo la Navidad

A los fieles de la Iglesia de Tánger: PAZ Y BIEN.

 

Es Navidad: Un Sol, que nace de lo alto, sorprende con la claridad de su luz la noche del hombre.

 

La noche –el «hoy»- en que Dios nos saluda con la paz:

El saludo de Paz y Bien parece aprendido en la escuela de Navidad, en la bondad recién estrenada de la nueva creación.

El nacimiento de nuestro Señor Jesucristo trae a la tierra la paz que el cielo le puede ofrecer, todo el bien que Dios nos puede hacer.

A los que creéis y celebráis este misterio, es el Padre del cielo quien os saluda y os ofrece en su Hijo la Paz y el Bien: “Nuestro Salvador ha nacido en el mundo. Hoy, desde el cielo, ha descendido la paz sobre nosotros”.

 

La noche –el «hoy»- en que Dios nace hombre para servir al hombre:

Si entras en el misterio de ese nacimiento, la palabra de la revelación te dirá que tu noche se ha iluminado «hoy» con la luz de Dios, que tu Dios acreció tu alegría, aumentó tu gozo, quebrantó la vara del opresor, y se te regaló en un niño, que es maravilla de Consejero, Dios guerrero, Príncipe de la paz. Si entras en el misterio, se te dirá que Dios ha nacido para servirte.

Sólo del cielo puede venir ese mensaje, sólo un mensajero de Dios puede anunciar este evangelio: “Hoy os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor”.

Pero no te conformes con oír el anuncio. Ve, Iglesia amada de Dios, ve derecha a Belén a ver eso que ha pasado y se te ha comunicado.

Se te anunció una luz para los que viven en tinieblas y en sombra de muerte. Si vas y ves ¡sólo encontrarás un niño!

Se te anunció una gran alegría que será para todo el pueblo. Si vas y ves, ¡sólo encontrarás un niño envuelto en pañales!

Se te anunció un Salvador, el Mesías, el Señor, un Dios que va a la guerra para ser Príncipe de la paz. Ve, Iglesia evangelizada en la noche de hoy, ¡sólo encontrarás un niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre!

La luz, la alegría, el Salvador, el Mesías, el Señor, Dios, ¡es un Niño!

Lo que se te ha anunciado, lo que has visto, el misterio de la Palabra de Dios hecha carne, es revelación del poder de Dios en la debilidad del hombre, es epifanía de la grandeza de Dios en la pequeñez del hombre, es manifestación de la gloria de Dios en la pobreza y humildad del hombre.

Y porque a tu Señor, a tu Salvador, lo has visto así, ¡pequeño, pobre, humilde!, te has asombrado, te has alegrado, y has vuelto a tu mundo dando gloria y alabanza a Dios.

Has vuelto a tu mundo, ¡pero ya no es el mismo que habías dejado!

Ahora se ha hecho moradora de ese mundo una alegría que era del cielo; ahora se ofrece a los pobres la bienaventuranza, el consuelo a los que lloran; ahora se ha hecho posible saciar a los hambrientos de justicia; ahora se nos ha revelado el amor como ley que rige el universo; ahora empieza un mundo nuevo que es de los pequeños.

Escándalo o milagro, para ser hombre, Dios escogió el camino de la humildad: la debilidad, la caducidad, el abajamiento… ¡Dios abrazó la condición de esclavo!

Escándalo o milagro, la Navidad –el nacimiento del Hijo de Dios- es un paso primero y necesario en el camino de Dios hasta los pies de los pobres para lavarlos, hasta nuestras dolencias para sanarlas, hasta nuestra muerte para resucitarnos.

Escándalo o milagro, la Navidad es aparición de un mundo nuevo en el que Dios se ha hecho pequeño y de todos, último y crucificado: La Navidad es el primer paso de Dios hacia su entrega de amor en una cruz para entrar en la vida, para ser nuestra vida.

 

La noche –el «hoy»- en que, celebrando la Navidad, aprendemos a ser pequeños y de todos:

Queridos: es tiempo de creer, de admirar, de celebrar, de imitar la Navidad.

Contemplando el misterio, aprendemos que la razón de la Navidad es el hombre; el camino de la Navidad es el abajamiento hasta lo hondo de la condición humana; la meta de la Navidad es la paz para los amados de Dios y la gloria para Dios en el cielo.

El mundo necesita la verdad de la Navidad. El mundo necesita vuestra fe, vuestra Navidad aprendida, vuestra vida entregada en pobreza a los pobres.

No se turbe vuestro corazón. No tengáis miedo. No nos están llamando a la desdicha sino a la bienaventuranza. El Espíritu del Señor viene a vosotros, y lo que nacerá de vosotros es un mundo nuevo según el corazón de Dios.

Sólo se espera nuestro «hágase», nuestro «sí», a la verdad de la Navidad. Lo espera el cielo para llover su justicia. Lo espera la tierra para que brote la paz.

Feliz Navidad, hijos míos muy queridos.

 

Tánger, 22 de diciembre de 2017.

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Un invierno transido de una llamarada de alegría

AÑO 2008

 

Me llamaron las voluntarias de Cáritas: _Padre, aquí ha venido un chico y no sabemos qué hacer con él. Está sin habla, aterrorizado.

Me acerqué, me dijeron su nombre, un nombre extraño que no consigo recordar. Era un hombre joven. La piel, negro azabache. No hablaba, pero en su rostro llevaba escrita una historia de lágrimas, de angustia, como si viviese dentro de una terrible pesadilla… como si aquellos ojos hubiesen visto de cerca el mal, tan de cerca que el hombre se halló devuelto violentamente al niño que hace tiempo había dejado de ser. El sufrimiento había dejado en aquel hombre la vulnerabilidad de la infancia.

Lo habían encontrado congelado: el invierno no entiende de misericordia. Lo habían recogido y ayudado, pero aquel hombre, más incluso que de una ayuda, me pareció necesitado de una madre.

* * *

La celebración eucarística se abre hoy con una invitación apremiante: “Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito: estad alegres. El Señor está cerca”.

La alegría es un sentimiento que se lleva dentro, y cuando decimos «dentro», decimos «en el corazón», «en el alma», en lo más íntimo de nosotros mismos. Pero donde la alegría se deja ver es en el rostro, espejo del alma y ventana por la que asoma el corazón.

En este domingo, los hijos de la Iglesia somos invitados a vivir anticipada la alegría propia de la Navidad, y la razón única por la que ese gozo se anticipa es que “el Señor está cerca”: Está cerca la celebración anual de su venida. Está cerca el Señor por su venida a nosotros “en espíritu y en poder” cada día de nuestra vida. Está cerca el Señor en su palabra, en su cuerpo repartido, en su cuerpo eclesial.

* * *

Infierno o cielo, terror o alegría, el mal o el bien, cada uno de nosotros lleva marcada en el rostro la huella de lo que ha vivido “de cerca”.

Mi hermano de color negro azabache había visto la muerte, uniformada de violencia, cruel y fría más que el invierno. Mi hermano de color negro azabache llevaba en el rostro huellas nítidas del infierno al que se había asomado. Y es que el infierno toma cuerpo y se revela sin que hayamos de encender una luz para verlo o de abrir los ojos para percibirlo. Es más fácil describir el infierno que el cielo; será porque también es más fácil verlo de cerca.

A nosotros, sin embargo, el apóstol nos invita y con insistencia a “estar siempre alegres”, invitación oportuna y necesaria, pues los creyentes, que experimentamos en carne viva el infierno, sólo podremos conocer la cercanía del Señor, razón y fuente de nuestra alegría, si ilumina nuestros ojos la luz de la fe.

Al decirnos: “el Señor está cerca”, el apóstol busca encender en nuestro espíritu esa luz poderosa que permite ver, saber y proclamar: La salvación está cerca, la gracia está cerca, el perdón está cerca, la reconciliación está cerca, la paz está cerca. Que es como decir: Tenemos amparo, tenemos cobijo, tenemos regazo acogedor, tenemos madre, tenemos Dios.

Y llevamos su huella en la mirada: “¡Estad alegres!

 

AÑO 2017

 

El viento ha soplado con fuerza durante toda la noche. Lo acompañaba la lluvia, tan deseada desde hace mucho tiempo. Y con el viento y la lluvia ha llegado también el frío.

Viento, lluvia y frío sobre la noche de la ciudad.

Viento, lluvia y frío sobre el bosque de Beliones, sobre la vida de los pobres a los que una legalidad inicua priva de derechos.

En el silencio de la mañana, el corazón se desahogaba ante el Señor: “No sé qué pedir; no sé qué nos puedes ofrecer, Dios mío, aun siendo Dios; no sé qué milagro sirve hoy para que los oprimidos tengan un respiro”.

Ahora, al acercarme a la liturgia de la eucaristía dominical, me encuentro, Señor, con que todo en ella habla de ti, habla de nosotros y habla de alegría: “Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres”; “desbordo de gozo con el Señor y me alegro con mi Dios”; “se alegra mi espíritu en Dios mi salvador”; “estad siempre alegres”.

Misterio asombroso es éste: que el invierno, sin consumirse –sin dejar de ser invierno, esa eternidad de nueve años para miles de hombres, mujeres y niños, piel negro azabache-, ese invierno se nos muestra transido siempre de una llamarada de alegría.

Descálzate, Iglesia en Adviento, pues el sitio que pisas es terreno sagrado.

Tú sabes que la alegría se llama Jesús de Nazaret: A donde él llega, los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, los pobres son evangelizados. Con él llegó a la vida de tus hijos la paz, la esperanza, la justificación, la bienaventuranza. Con él se acercó a ti, a tu invierno, un Dios con entrañas de madre, con brazos de padre, una llamarada que, por ser de amor, es de eterna alegría.

Y sabes también que has de compartir lo que has recibido: Has sido evangelizada para evangelizar. Has sido llenada de alegría para alegrar.

* * *

Desde aquella mañana en el despacho de Cáritas a la Eucaristía de este domingo han pasado nueve años.

Espero que aquel hermano entonces enmudecido, y cuantos como él han experimentado el invierno y han visto de cerca el infierno, hayan encontrado en vosotros, Iglesia amada del Señor, el rostro amable de Cristo, el regazo entrañable de una madre, la ternura del corazón de Dios.

Os lo repito: ¡Estad alegres!

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La locura de creer

A los fieles de la Iglesia de Tánger: PAZ Y BIEN.

Podría haber dirigido esta carta a los “insensatos”, a los “locos”, a los “soñadores” de esta Iglesia que peregrina en Tánger, pero continúo haciéndolo a los “fieles”, pues dentro de esa palabra, que a todos nos designa de manera innocua, se encierran esas otras que parecen ofensivas, pero que nos designan con verdad desde la fe que profesamos.

Si os digo que nos disponemos a celebrar la Navidad, no salgo del terreno de lo innocuo. Pero si digo que me dispongo a recordar, porque ésa es mi fe, que Dios se ha hecho hermano de todos, que Dios ha nacido hombre, que Dios se ha puesto al servicio del hombre, que Dios abrazó la pobreza del hombre, que Dios se enfrentó con toda su fuerza al mal del hombre, que Dios experimentó la angustia del hombre, que Dios subió a la patera del hombre, que Dios cruzó las fronteras del hombre, que Dios bajó hasta la muerte del hombre, entonces salgo de lo innocuo hacia lo insensato, hacia la locura, hacia lo que en nosotros ni siquiera llegaría a ser un sueño –pues no podemos soñar a lo divino-, pero que en Dios es un proyecto eterno, una decisión irrevocable y, por eso mismo, ese proyecto, esa decisión, es para nosotros una historia de salvación.

 

El escándalo de la Navidad:

Aunque el mundo parece haberlo olvidado, nosotros celebramos –recordamos-, que no hay Navidad sin el hombre: El Hijo de Dios se hizo hijo del hombre para salvar al hombre.

La Navidad, misterio de la Palabra hecha carne que habitó entre nosotros, es revelación asombrosa de la dignidad humana, de lo que cada hijo de esta humanidad, nacido o por nacer, fuerte o débil, sano o enfermo, justo o pecador, hombre o mujer, niño o anciano, es para Dios.

La Navidad es memoria verdadera de una alegría reservada a la fe de los sencillos, es presencia real de la paz que viene del cielo para los amados de Dios, es sacramento de la salvación con que Dios nos visita, de la luz con que Dios nos ilumina, de la gloria con que Dios nos enaltece.

La Navidad nos recuerda que somos hijos y que, como hijos, somos amados: Somos la niña de los ojos de Dios.

Esta locura, creída, nos saca de los caminos trillados por la sensatez del mundo y nos entrega a la sabiduría del evangelio

El mundo tiene sus reglas, que no son las del reino de Dios. El mundo tiene sus certezas, y no son las del evangelio.

Los poderes del mundo levantan barreras que impiden a los pobres el ejercicio de su libertad, las reglas del mundo condenan a muerte a los pobres, las certezas del mundo certifican que acoger a los pobres no es económico ni razonable ni aceptable.

Los sabios y entendidos del mundo, con sus reglas y certezas, para discernir el bien y el mal, no preguntan a los hombres sino a los números, porque los resultados merecen más consideración que los desvalidos, los réditos son más importantes que los pobres, en la balanza de las opciones los beneficios pesan más que los hambrientos.

Y a Dios, además de nacer hombre, que ya es perder categoría y bajar hasta el abismo, se le ocurre nacer pobre y desvalido, negocio desastroso, intercambio asombroso. En su locura, Dios ha querido nacer perseguido y emigrante, evidencia de que importantes para él no son los beneficios, los réditos, las cuentas: Importante para Dios es el hombre.

 

El desafío de creer:

Hace diez años que llegué a esta Iglesia, y me pareció bellísima porque la vi humilde, pequeña y de los pobres.

Vosotros, “insensatos”, “locos”, “soñadores”, me habéis enseñado el camino real del evangelio. Más que predicar, sois vosotros mismos la predicación, pues, como Jesús, sois buena noticia para los pobres: pan para el hambriento, consuelo para el triste, casa para el desvalido, palabra para el sordomudo, libertad para el oprimido, esperanza para los abandonados, abrazo para los expertos de soledad.

Vosotros, “insensatos”, “locos”, “soñadores”, habéis aceptado con valentía el desafío de creer que Dios se hizo pobre, que Dios nació pobre para los pobres: habéis creído y os ayudáis mutuamente a mantener viva la fe.

Vuestra vida es un escándalo para el mundo: Es la negación de sus cuentas, de sus negocios, de sus valores, de sus principios. Os habéis dejado arrastrar por el efecto llamada de la pobreza y ejercéis un suave y consolador efecto llamada sobre los pobres.

No creo equivocarme si digo que tarea urgente, improrrogable, para los discípulos de Jesús, para los testigos de la Navidad, es la de mostrar a cuantos viven sometidos a la esclavitud del mundo, la evidencia de que el mundo de Jesús –un mundo de hermanos, pobre y solidario- es el único deseable, el único verdadero, el único humano, el único por el que merece la pena luchar y entregar la vida.

No os apartéis jamás del escándalo de la Navidad, el escándalo de hacernos pobres con Cristo para enriquecer a los demás.

 

«Consolad a mi pueblo»:

Queridos: El Señor nos ha concedido la gracia de ser, en Jesús y como Jesús, evangelio para los pobres. Ellos –los minusvalorados, los minusválidos, los oprimidos, los marginados, los excluidos-, ellos son los destinatarios de nuestra vida.

A muchos los conocéis ya de cerca, pero os sabéis enviados a todos.

En los oídos de vuestra fe resuena la palabra del profeta: “Consolad, consolad a mi pueblo –dice vuestro Dios-; hablad al corazón de Jerusalén”.

Vosotros estáis llamados a ser rostro de Dios, sacramentos de su bondad, evidencias de su amor, para el pueblo de los necesitados de amor, de bondad, de Dios.

Amadlos tanto que, sin miedo a equivocarnos, también a ellos, sobre todo ellos, podamos decirles cuando los encontremos: ¡Feliz Navidad!

 

Por mi parte, queridos, os bendigo cuanto sé y puedo.

¡Feliz Navidad!

 

 

Tánger, 10 de diciembre de 2017.

II Domingo de Adviento

 

 

 

+ Fr. Santiago Agrelo

Arzobispo de Tánger

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ESTAD EN VELA:

“Estad en vela”: Lo va diciendo la misericordia a los que caminan oprimidos por el peso de la miseria.  Lo dice la gracia, porque salgan a su encuentro los pecadores.

“Estad en vela”: Te lo dice la salvación que llama a la puerta, y han de velar para abrirle los oprimidos.

“Estad en vela”: Porque el reino de Dios está tan cerca que se ha hecho evangelio y se anuncia a los pobres para que entren en él. Se anuncia ya el Sol que nace de lo alto, y, si él está cerca, han de estar alerta los ciegos porque llega la Luz que quiere iluminarlos.

Velen los hijos de la Iglesia, pues en medio de ellos está la palabra del Señor y busca el corazón de cada uno para hacer morada en él.

En medio de nosotros está el Señor resucitado: que esté en vela la fe para reconocerlo, para escucharlo, para unirnos a su canto eterno, para comulgar con él, para vivir con él…

“Estad en vela”: porque llega el amor que os abraza, llega la paz con que Dios os bendice, llega la alegría con que Dios os regala, llega la vida con que Dios os eterniza.

“Estad en vela”: porque llega Jesús, porque llega el Rey, porque llegan los pobres en los que el Rey nos visita.

“Estad en vela”: Es domingo. Es el día del Rey y de los pobres.

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EL REY

Con razón lo llamas “Rey del universo”, pues lo es. Pero no te engañes a ti mismo haciendo de tu Rey un trasunto perfeccionado de los reyes del mundo.

Tu rey –tu Dios- es tu pastor: A donde tú vas, él va contigo. Si te pierdes –porque en nuestra libertad está perdernos-, no dejará de buscarte, seguirá tu rastro, te recogerá si te has descarriado, te vendará si te encuentra herida…

Tu rey –tu Dios- es tu pastor: Con él, nada te falta; te conduce hacia fuentes tranquilas y repara tus fuerzas.

Así, buscándote, recogiéndote, vendando tus heridas, así reinará el que tiene que reinar hasta que Dios haga de sus enemigos estrado de sus pies.

Y si yo, oveja perdida, descarriada, me pregunto cuándo me encontrará mi Pastor, cuándo podré honrar con mi amor a mi Rey, él mismo me dice: hónrame en los pobres, acúdeme en su necesidad, visítame y abrázame en su soledad.

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Ayer, treinta emigrantes perecieron ahogados en el Mar Mediterráneo.

Hace dos días, más de 300 personas murieron asesinadas mientras oraban en una mezquita.

Hoy no sé cuántos son los que van a morir de hambre.

Tampoco puedo contar los que hoy van a ser explotados, vejados, esclavizados, violados, maltratados, humillados, asesinados…

Sólo quiero recordar, por si todavía queda alguien que no lo sepa, que esas víctimas son El Rey, son El Señor, son el que nos ha de juzgar “cuando venga en su gloria el Hijo del hombre”.

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Feliz encuentro con Cristo:

Los discípulos de Jesús vivimos en el santo temor de Dios, no por miedo del que ha de ser nuestro juez, sino por confianza humilde en el que nos ama.

Tú, Iglesia esposa de Cristo, sabes que, en Cristo, todo se te ha dado porque has sido amada como él es amado.

Te lo recuerda Juan de la Cruz: No le quedan a Dios otras palabras que decirte, no le queden otros dones que hacerte, no le quedan otros mensajeros que enviarte, pues todo te lo ha dicho y dado cuando llevado de la desmesura de su amor envió a su Unigénito para que, creyendo en él, tuvieses vida eterna.

Y porque todo lo has recibido y de nada más eres capaz, ya puedes, olvidada de ti misma, ocuparte de tu Esposo y de sus pobres.

Dichosa tú que, confiada, no por avaricia sino por amor, negocias con los talentos que has recibido.

Dichosa tú que, a los pies del Maestro, escuchas confiada y atenta la palabra del que te ama.

Dichosa tú que, confiada, porque lo amas, en la eucaristía recibes con ternura y agradecimiento de esposa el cuerpo de tu Señor.

Dichosa tú que, confiada, en tu vida te haces una con los pobres en los que tu Señor llama a tu puerta.

Dichosa tú que, confiada, con la certeza que te da la esperanza, ya hoy entras en el gozo de tu Señor, un gozo místicamente anticipado en los sacramentos que celebras.

Feliz Eucaristía, Iglesia amada de Cristo. En la comunidad eclesial y en los pobres, feliz encuentro con tu Señor.

Feliz domingo para todos tus hijos.

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Resecos de ausencia:

Fíjate en los verbos de esta relación: Buscar, desear, madrugar, estar en vela, estar preparados.

Son los verbos de la fe.

No me digas que crees si no buscas, si no deseas, si no madrugas, si no estás con todos los sentidos despiertos por si llega el amor, el que te ama, aquel a quien amas.

Pero de qué estamos hablando, qué es lo que he de buscar, quién está al otro lado de esta relación.

El primer nombre que hoy se le da es el de «Sabiduría», y te la presentan “radiante e inmarcesible”.

Luego, con el Salmista, a ese Otro que se te adentra en el cuerpo como la sed, le das el nombre de Dios. No es un nombre de creencia sino de ausencia y presencia: “Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, mi alma está sedienta de ti, mi carne tiene ansia de ti”.

A su vez, el evangelio te deja entrever que aquel a quien esperas como se espera la dicha, es “el Esposo”, es Cristo Jesús, es la Sabiduría que viene de Dios, es la imagen visible de Dios invisible.

Y tú, Iglesia cuerpo de Cristo, Iglesia esposa de Cristo, Iglesia embellecida por Cristo, madrugas para abrir a tu amado, lo buscas y no lo encuentras, lo llamas y no responde, y, enferma de amor, te mantendrás en vela para acechar el rumor de sus pasos.

Me pregunto si el Dios de mi fe es ese Dios ansiado, añorado, deseado, que al creyente lo deja reseco de ausencia y se le vuelve en el alma memoria persistente como la sed. Me pregunto si ansiar, añorar, desear, recordar, es mi modo de creer en Dios.

Mientras llega la hora de perdernos en Cristo, con el mismo amor habremos de abrazarlo en los sacramentos de su presencia: la creación, la humanidad, los hermanos de fe, los pobres, la palabra inspirada, la eucaristía celebrada y comulgada.

De la última venida no conocemos ni el día ni la hora. Pero no nos sorprenderá esa venida, si cada día estamos en vela para abrazar al Señor en sus sacramentos.

“¡Llega el Esposo, salid a recibirlo!”

Feliz domingo.

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