Pedir: una forma de amar.

Aquel día, de labios de Jesús, los discípulos aprendieron la oración de los hijos de Dios. Aquel día pidieron al Señor que les enseñase a orar, como Juan había enseñado a sus discípulos, y Jesús les enseñó a nombrar a Dios como lo hacía él en su oración. Aquel día, los discípulos aprendieron a decirle a Dios: “Padre”.

Y eso fue algo así como adentrarse, con una sola palabra, en lo hondo de Dios, en la verdad de ellos mismos, y vislumbrar asombrados el secreto de la relación del Hijo del hombre con su Dios.

Aquel día, Jesús les enseñó cómo entrar en el misterio y sumergirse en el abandono: les dio un nombre para llenar de paz el corazón, para soñar un mundo de hijos –de hermanos-, para añorar un Reino –el del Padre-, para ver una humanidad reconciliada por el amor compasivo Dios.

Aquel día, a los que aprendieron la palabra “Padre” para nombrar a Dios, se les reveló que, de la misma manera que Dios es “Padre” y lo es siempre, eso de orar, entiéndase eso de “pedir-buscar-llamar”, tampoco es algo que se haya de hacer por veces, sino que es la forma familiar que tienen los hijos de relacionarse con su “Padre”.

¡Lo que hay en casa es de los hijos! Y, sin embargo, todo se pide. “Pedir” es medicina eficaz contra la apropiación y condición necesaria para la gratitud. “Pedir” es lo que hacen los pobres, y en ningún lugar se ha dicho que los hijos de Dios, por ser hijos, hubiesen dejado de ser pobres: hijos y pobres son nombres de la misma realidad. “Pedir” es la forma que tienen de amarse unos a otros quienes viven en la casa de Dios, todos los que viven en la casa de Dios, ¡también el Padre!

Buscar” indica preocupación por lo que se busca y supone afán por encontrarlo, por crearlo, por instaurarlo. El objeto de nuestras preocupaciones, de nuestros afanes, de nuestra oración, viene definido por el conocimiento que se nos ha dado de Dios como Padre: “No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis… Que por todas esas cosas se afanan los gentiles; pues ya sabe vuestro Padre que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura”. La fe entiende que este buscar es de todo tiempo y lugar como lo es nuestro pedir.

Y constante habrá de ser también nuestro “llamar”, pues al Padre no se le posee sino que se le espera, no se le utiliza sino que se confía en él.

De ahí la certeza de que “quien pide, recibe; el que busca halla; y al que llama, se le abrirá”.

Pedir-buscar-llamar”, son verbos que conjugan la confianza incondicional de los hijos en el amor incondicional del Padre.

Feliz domingo.

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Un mundo sencillamente humano:

Se lo has oído proclamar al lector: “El mandamiento está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca. Cúmplelo”.

Ese mandamiento es para ti un sacramento de la cercanía de Dios a tu vida. En el mandamiento, Dios se quedó a tu lado para que pudieses escuchar su voz, para que pudieses buscar humildemente a tu Señor, convertirte a él con todo el corazón y con toda el alma, dirigirte a él en el día de su favor y alegrarte en su presencia con su salvación.

El Señor tu Dios, que en el mandamiento se había hecho huésped de tu corazón y de tus labios, en su Palabra encarnada se hizo tu prójimo, samaritano compasivo de tu necesidad: Por el misterio de la encarnación, la Palabra emprendió su viaje por los caminos de la humanidad, se llegó adonde estabas tú, y al verte malherido, se compadeció de ti, se te acercó, te vendó las heridas, te cuidó, y, cuando hubo de continuar su camino, no lo hizo sin dejar a otro –a su Iglesia- el encargo de cuidarte en todo lo que necesitases.

Y el que practicó misericordia contigo por el misterio de la encarnación, se hace hoy tu prójimo en el misterio de la eucaristía: Dios más cercano a ti que el sacramento que recibes, Dios aceite y vino sobre tus heridas, Dios alianza y ternura que cubre tu desnudez y rompe tu soledad de hombre abandonado medio muerto al borde del camino.

Lo dijimos en comunión de necesidad con el Salmista: “Yo soy un pobre malherido; Dios mío, tu salvación me levante”. Y tú nos diste tu ley, palabras de vida eterna, mandamientos verdaderos, más preciosos que el oro, más dulces que la miel. Y llegada la plenitud de los tiempos, por el amor sin medida de tu amor, a tus pobres, a tus cautivos, a nosotros pequeños y pecadores, nos has entregado a tu Hijo para que fuera nuestro Salvador y nuestro Redentor, nuestro Señor y nuestro hermano.

Ahora, en comunión de misericordia contigo, Cristo Jesús, pedimos ser sacramentos creíbles de tu presencia en el camino de los pobres: que ellos reconozcan en nuestras manos las tuyas, en nuestra mirada tu ternura, en nuestra caridad tu abrazo, en nuestra debilidad la fuerza divina de tu cruz. Y pedimos también, Señor, que en ellos, en los pobres, nuestra fe te reconozca, y se apresure a ungir tu cuerpo herido, vendarlo, perfumarlo y cubrirlo de besos.

Hoy soñamos que los caminos del mundo se llenan de samaritanos compasivos. Hoy soñamos con un mundo que tú –lo digo de Cristo, de la Iglesia, de ti y de mí- haces sencillamente humano.

Feliz domingo.

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Iglesia, sacramento de paz y misericordia:

Aprenderé a decirlo con el Apóstol: “Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual, el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo”.

Hay quien pone su gloria en la circuncisión, y quienes la ponen en no estar circuncidados; hay quien se gloría en la ley, aun sabiendo que deshonra a Dios transgrediéndola; hay quien presume de lo que tiene, como si no lo hubiese recibido todo.

Que se gloríe quienquiera de su saber, que presuma quienquiera de su fuerza, de su poder, de sus estrategias para imponerse a los demás, someterlos, dominarlos…

“En cuanto a mí” –le robaré de nuevo las palabras al Apóstol-,” Dios me libre de gloriarme, si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo”.

Pido quedar abrazado a esa cruz, a ese crucificado, porque sólo él tiene palabras de vida, porque sólo él es el camino que lleva a la vida: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna”.

Pedí quedarme con él… y entonces ¡él me envió!, a los pueblos y lugares adonde quería ir: “Mirar que os envío- dijo- como corderos en medio de lobos”; el Príncipe de la paz nos envía con su paz, para llevarla  a la gente de paz.

Y nos pusimos en camino con el mandato la autoridad- de curar a los enfermos, y de anunciar que ha llegado para todos el Reino de Dios.

“Festejad a Jerusalén, gozad con ella todos los que la amáis; alegraos de su alegría los que por ella llevasteis luto… Porque así dice el Señor: _Yo haré derivar hacia ella como un río la paz”.

Adonde llega Cristo, llega la paz, y tú, Iglesia cuerpo de Cristo, eres el mensajero que va adonde Cristo quiere llegar; contigo va la paz que Dios ofrece a los pobres, a todos los pobres, pues  todos encontrarán acogida ancha y cumplida en el Reino de Dios y en tu corazón.

Tú, Iglesia de Cristo, eres el sacramento por el que tu Señor se hace presente en cada lugar, en cada casa, a cada uno de los que esperan, con su llegada, la llegada de la salvación.

No eches fardos sobre los hombros de quienes esperan el evangelio; no des una piedra al hijo que te pide pan; no pongas un escorpión en la mano del hijo que te ha pedido un pescado; no defraudes con ideología religiosa a quien espera la salvación que viene de Dios.

Tú, Iglesia cuerpo de Cristo, eres sacramento de la paz y la misericordia que desde Cristo crucificado se derraman sobre el mundo. Esa es tu dicha. Esa es tu gloria.

Feliz domingo.

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Libertos de Cristo para ser esclavos de amor:

En la Iglesia se habla –hablamos- muy poco de libertad; puede incluso que, en muchas ocasiones y de muchas maneras, nos hayamos mostrado recelosos de la libertad, si no abiertamente contrarios a su ejercicio. Y, sin embargo, en la lectura apostólica de este domingo oiremos proclamar: “Para vivir en libertad, Cristo nos ha liberado”.

Y has entendido que se te decía: Cristo nos ha liberado para amar; el amor hizo a Dios nuestro esclavo para que nos hiciéramos esclavos unos de otros por el amor: ¡Somos libertos de Cristo para ser esclavos de su amor!

La palabra de la revelación te recuerda que en esa esclavitud de amor, en esa libertad de “amar al prójimo como a ti mismo”, en esa llamada a “amar a todos como Dios te ama”, se encierran para ti todos los mandatos de la Ley.

Aquel día, que parecía hecho sólo para la tristeza de los esclavos, a la entrada de la iglesia en la que se celebraba el entierro de un bebé que había sobrevivido apenas unos minutos a su nacimiento, un cartel iluminaba la noche del sentido: “Lo importante en la vida  no es hacer algo, sino nacer y dejarse amar”.

Las palabras eran un certificado de plenitud para la vida de aquel hijo, y una apertura de cada vida al aire de la libertad. Los padres del bebé habían podido suscribir aquel mensaje porque sabían cuánto amaban ellos a aquel hijo, y también porque la fe les decía cuánto a todos los amaba Dios.

Si se ha nacido amado, se ha tenido una vida completa aunque sólo se haya conocido por un instante la ternura de quien nos ama.

La libertad que has recibido de Cristo es libertad de la necesidad de poseer, ya se trate de hijos, de seres queridos, de riquezas o de la propia vida. La libertad que de Cristo has recibido es libertad frente al dolor, a la enfermedad, a la muerte; es la libertad que Eliseo necesitó para dejar bueyes y aperos de labranza y casa familia, y correr tras Elías”; es la libertad que recibieron los discípulos para dejarlo todo y seguir a Jesús. Ésa es la libertad que  hace posible en Teresa de Jesús la serena quietud de su “sólo Dios basta”, la misma que hizo posible en Francisco de Asís la plenitud que se intuye resumida en la aclamación: “¡Mi Dios, mi todo!”

La libertad que de Cristo has recibido, Iglesia amada de Dios, es la que te permite hoy hacer tuyas las palabras del Salmista: “El Señor es el lote de mi heredad y mi copa; mi suerte está en tu mano”. Lo dirás orando, lo dirás comulgando; lo dirás con tus hermanos de fe, lo dirás con tus hermanos de pobreza: “Yo digo al Señor: «Tú eres mi bien.»”; “Tú eres el bien, todo bien, sumo bien, Señor Dios vivo y verdadero”.

Y lo que va diciendo tu oración y tu comunión, al tiempo que te hace libre de tus esclavitudes, te hace siervo de todos por el amor.

Esa libertad sólo Cristo te la puede dar y nadie te la puede quitar.

Feliz domingo.

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Tú eres siempre Jesús:

En la quietud atenta de la escucha, me alcanza tu pregunta: _ ¿Quién soy yo para ti?

Y te llamo Jesús, palabra que me sabe a Dios y a salvación. En tu pequeñez se refugia la mía. En tu cruz se hace ligera la de todos tus hermanos. A tus pies se serenan los latidos del corazón inquieto. Y aunque no sepa si es amor o egoísmo quien en mí va diciendo Jesús, aunque no sepa si ese nombre se arraiga en la mucha fe o en la poca, sé que enciende una luz en mi noche, sé que deja tu mano en mi mano, sé que me deja grabado en tu corazón, sé que me deja como sello en tu brazo.

Pero la pregunta se repite como un eco: _ ¿Quién soy yo para ti?

Entonces busco otros nombres en la memoria entrañable de la fe: Y te me vuelves pastor, de amores tan loco, que da la vida por sus ovejas; y también puerta por la que entran y salen confiadamente las que te conocen. La fe me recuerda que eres luz que irrumpe en mis ojos ciegos y deja que me asome al misterio de lo que hay dentro de mí, a la belleza de lo que hay dentro de ti, al enigma del mundo que se me ha dado para que lo cultivase. La fe me recuerda que sólo tú eres la resurrección y la vida, y que, en conocerte a ti y al Padre, está para todos la vida eterna.  La fe me recuerda que tú eres la fuente misteriosa que Dios ha dado a los sedientos, para que apaguemos nuestra sed en agua viva. La fe me recuerda que eres pan del cielo para el camino de los pobres, un pan que es sacramento de tu vida entregada, de tu amor sin medida…

Y vuelve tu pregunta como una espada: _ ¿Quién soy yo para ti? Que es como decirme: Continúa buscando, no dejes de preguntar…

Y le pregunté al padrenuestro, y me dijo que tú eras el cielo que espero, que tú eras el reino de Dios que viene al corazón de los pobres, que tú eras el hijo de Dios, el amado, el predilecto, el que entrando en el mundo dijo: “he aquí que vengo para hacer tu voluntad”, el que cansado del camino y sediento dijo: “mi alimento es hacer lo voluntad del que me ha enviado”. Tú eres nuestro pan de cada día y el pan de nuestra eternidad; tú eres el perdón de mis pecados y la gracia del perdón con que me perdono en los demás. Para mí tú eres fuerza, libertad, esperanza y quietud.

Pero en las paredes de mi intimidad, sin que me cause tristeza, no deja de resonar tu pregunta: _ ¿Quién soy yo para ti?, que es algo así como si me preguntases por el amor: _ ¿Me amas?

Entonces dejé de buscarte dentro para buscarte cerca, lo más cerca posible de mí. Y te dije: tú eres el hermano, la hermana, con los que convivo; tú eres el hijo que no hemos dejado vivir porque nos faltó fe; tú eres la madre que no aprendió a serlo porque le faltó esperanza; tú eres el refugiado que nadie acoge, el herido que nadie cura, el excluido que a nadie importa, el emigrante que todos pintan como una amenaza. Tú eres un hambriento en todos los hambrientos, en sediento en todos los sedientos, un desecho en todos los desechos que yacen echados a las puertas de nuestras casas…

Señor, tú lo sabes todo: tú sabes que para mí eres siempre Jesús.

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¡A los pies de Jesús! ¡A los pies de los pobres!

Fíjate en la “mujer de la ciudad”, de la que todo el mundo –Simón, la ciudad, la mujer misma, el evangelista, Jesús y el Padre del cielo-todos saben que es “una pecadora”.

Todo el mundo sabe, pero no todos saben lo mismo.

Simón –supongo que también “la ciudad”- sabe con un saber que, además de llevarle a juzgar a la mujer –sabe quién es y lo que es-, y a considerarse a sí mismo mejor que ella, le lleva también a “juzgar” a Jesús, que mal profeta debe de ser si ni siquiera sabe lo que está en boca de todos.

Simón sabe con ese saber que los soberbios hemos adquirido al comer del fruto del árbol que está en mitad del jardín: un saber farisaico, inquisitorial; un saber que abre los ojos, pero sólo para desnudar y avergonzar; un saber que agosta lágrimas, besos y perfumes; un saber que mata.

El evangelista, Jesús y el Padre del cielo saben quién es y qué es aquella mujer que se llegó “con un frasco de perfume” a la casa donde Jesús estaba, y, “colocándose detrás junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con sus lágrimas, se los enjugaba con sus cabellos, lo cubría de besos y se los ungía con el perfume”. Lo saben ellos, y lo sabe ella.

Aquellas lágrimas, aquellos besos, aquel perfume, nacen de un saber que es memoria necesaria de quién es y qué es la mujer, quién es y qué es para ella Jesús de Nazaret, quién es y qué es para ella el Dios que se le ha acercado en Jesús de Nazaret.

Lágrimas, besos y perfume –el mundo propio de “la pecadora”- son ahora la expresión de su hospitalidad para recibir a Dios, son los sacramentos de su encuentro de amor con Dios. La que antes se lavaba y se ungía para seducir, ahora lava y unge los pies de Jesús para amar.

Lágrimas, besos y perfume son evidencia de la fe que abre las puertas de una vida al don divino de la paz.

Ya habrás entendido, hermano mío, hermana mía, que ese evangelio no se proclama hoy para hablar de una mujer que no conocemos, sino para hablar de la Iglesia y de su Señor, de ti y de Cristo resucitado, de tu noche y de su luz que te ha iluminado, de tu pecado y de la gracia que te ha justificado, del amor con que has sido redimida, de la paz con que has sido bendecida.

En el misterio de la Eucaristía, la fe, la esperanza, el amor, el canto, la acción de gracias, la súplica, la bendición, son lágrimas, besos y perfume con que honras en la comunidad eclesial y en la intimidad de tu casa al que es tu salvador y tu paz y el perdón de tus pecados.

Allí aprendes a honrar a Jesús en el misterio de los hermanos; allí aprendes a lavar pies heridos, a secarlos con la entrega de tu vida, a ungirlos con el ungüento de la misericordia; allí aprendes a ser para Jesús –para su cuerpo, para sus pobres- alimento, bebida, cercanía y abrazo: ¡lágrimas, besos y perfume!

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«No llores»

En la comunidad eclesial oramos hoy con un salmo de acción de gracias. La palabra profética: “Mira, tu hijo está vivo”, ha iluminado de alegría el corazón de los fieles, y la fiesta ha irrumpido en el lugar del luto y de las sombras: “Te ensalzaré, Señor, porque me has librado”.

Hay fiesta porque hay Pascua; hay alabanza porque ha llegado la liberación; hay cántico al Señor porque suya es la victoria, porque él es la fuerza y el poder de su pueblo, porque él es la salvación.

Alertada por la fe, la comunidad adivina el cántico que resuena en el corazón de la viuda de Sarepta, la bendición que llena la casa de la viuda de Naín, y se une a los clamores de fiesta que se oyen en la Jerusalén del cielo; allí “una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar”, gentes de todas las naciones, razas, pueblos y lenguas, “gritan con voz potente: «¡La victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero!».

Con todos los redimidos vamos diciendo: “Te ensalzaré, Señor, porque me has librado… sacaste mi vida del abismo, me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa”.

Ése es, Iglesia cuerpo de Cristo, el salmo de tu Pascua con Cristo, de tu liberación en Cristo, de tu redención por Cristo; ése es el salmo de tu resurrección, de tu divinización, de tu comunión con la eternidad de la dicha en Cristo resucitado.

Deja que la fe busque palabras para la novedad de tu canto: “Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza; Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador. Dios mío, peña mía, refugio mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte”.

A tu Pascua, Iglesia cuerpo de Cristo, a tu fiesta y a tu canto se unen los pobres para quienes Dios se hizo evangelio. Nadie diría que están ahí; puede que tú misma no hubieses tampoco reparado en ellos; pero son los primeros entre tus hijos, bautizados en las fuentes de la compasión todopoderosa de tu Dios. Me refiero a los descartados por el poder, a los invisibles para los epulones, a las víctimas sacrificadas en el altar de nuestra opulencia y de nuestros privilegios; hablo de los condenados a la clandestinidad, de hombres y mujeres que la legalidad ha hecho ilegales, perseguidos, acosados, irregulares; hablo de los lázaros, de quienes Dios ha querido ser redentor y recompensa, justicia y bienaventuranza.

Puede que no sepas cómo, pero sabes que están contigo y que, en Cristo resucitado, entonas con ellos el mismo salmo de alabanza, porque Cristo es su vida, su Pascua, su destino; Cristo es también para ellos la esperanza que ningún egoísmo, ninguna crueldad, ningún odio pueden hacer vana.

Hoy resuena en los campamentos de los pobres un “no llores” que es compromiso de Dios con la vida de cada uno de ellos, un “no llores” que, en la celebración de la comunidad eclesial, anticipa la dicha eterna de la ciudad santa, cuando Dios “enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni duelo, ni llanto ni dolor, porque lo primero ha desaparecido”. Con toda razón podemos decir: Feliz domingo, amados de Dios.

P. S.: El mar ha devuelto en playas de Libia más de un centenar de cadáveres.

Hermano mío, hermana mía: Durante toda la semana he dado vueltas al escrito que tienes entre manos, precisamente porque hablaba de víctimas, y parecía que las palabras dejasen a Dios el trabajo de remediar el mal que nosotros hacemos.

He dado vueltas a ese texto porque a los pobres los condenamos a muerte cada día, desde siempre y sin pestañear, y en el comentario, las palabras parecen dibujar un paraíso imaginario para los cadáveres que se apiñan en las playas.

He dado vueltas a ese texto porque  temía echar el velo de una ilusión sobre los restos de una humanidad con menos derecho a la protección que cualquier animal.

“Lázaros “…. así dibujó Jesús de Nazaret hace dos mil años a los mendigos echados en el portal de nuestra casa: heridos, hambrientos… e invisibles para quienes a sí mismos se pierden en la sala de sus banquetes.

No, no hacían falta los de hoy para que a mi reflexión subiesen los muertos…  Y porque la fe me dice que la última palabra sobre ellos no la tiene la insoportable frivolidad del mal sino la fuerza insospechada del amor, los he subido a la comunidad de los redimidos, los he unido al canto de los que han conocido el amor que es Dios, los he puesto en el centro del domingo, porque el domingo es para ellos, porque Dios es para ellos, porque, si no fuese para ellos, Dios no existiría.

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Contemplar, adorar, comulgar:

Celebramos la “solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo”.

Quiere ello decir que dedicamos un día del todo especial a la contemplación y adoración del sacramento que hace a la Iglesia, del alimento que la sostiene, de la medicina de inmortalidad que sanará la corrupción de nuestra muerte, de la prenda que se nos da de la gloria futura.

A gustar el misterio de este día puede ayudarnos la experiencia que, en el camino de la vida, cada uno de nosotros haya hecho de la dulzura del nombre de Jesús.

Aprendimos desde niños a pronunciarlo como nombre del amigo más entrañable. Con el tiempo, ese nombre se nos fue haciendo memoria de palabras que iluminan la vida, de autoridad que remedia pobrezas, de compasión que cura enfermedades; ese nombre nos habla de bienaventuranzas asombrosas, esperanza sin límites, gracia para los pecadores, recompensa para los justos; ese nombre dice siempre misericordia, quietud en la tempestad, amor hasta el extremo.

Cada uno de vosotros sabe –sólo cada uno de vosotros lo puede saber- qué le sugiere al propio corazón el nombre de Jesús. Y cada uno intuye que lo evocado cuando decimos Jesús, eso mismo es lo que encontramos misteriosamente, verdaderamente, realmente entregado en el admirable sacramento de la Eucaristía.

Hoy alabarás el nombre del Señor, y lo ensalzarás dándole gracias, pues si dices “Jesús”, lo encuentras en la Eucaristía; si pides ayuda, allí la recibes; si llamas al amado, es él mismo el que te abre la puerta de la celebración.

Si dices: «Jesús», dices un nombre que, siendo todo humano, evoca un mundo de maravillas que es todo de Dios.

Si dices: «Eucaristía», dices pan y vino, frutos de la tierra y del trabajo del hombre, que al mismo tiempo velan y te revelan realidades celestes, y son para tu fe el sello de la nueva y eterna alianza, son el cuerpo de la gloria, el cuerpo del amor divino, el cuerpo y la sangre de Cristo resucitado.

Si dices: «Eucaristía», el miedo se desvanece en la libertad recobrada de los hijos de Dios, y la esperanza llena con su luz el corazón de los pobres.

¡Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo! He dicho: “un día para la contemplación y la adoración”. He de añadir: un día para la aceptación del don divino que es la vida eterna, un día para la comunión con la eternidad de Dios.

Feliz día, Iglesia cuerpo de Cristo. Feliz encuentro con tu Señor.

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La Santísima Trinidad: misterio de Dios y de la Iglesia

Pudiera parecer que el de la Trinidad es misterio que concierne a Dios y sólo a Dios. Lo sugería el catecismo de mi infancia que, a la pregunta: “La Santísima Trinidad, ¿quién es?”, respondía: “Es el mismo Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas distintas y un solo Dios verdadero”.

Sin embardo, ese misterio no se nos ha revelado para que sepamos más acerca de Dios, sino para que conozcamos lo fundamental, lo esencial, lo que cuenta acerca de nosotros mismos.

Aprende a confesar ese misterio con palabras de la revelación: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna”. Lo que parece más de Dios, es al mismo tiempo lo más tuyo, pues tú eres el mundo que Dios ama, para ti es el Unigénito que Dios entrega, para ti es la vida eterna que Dios ofrece.

Con verdad podrás decir, mejor aún, puedes cantar con toda la comunidad eclesial: “Bendito sea Dios Padre, y su Hijo unigénito, y el Espíritu Santo, porque ha tenido misericordia de nosotros”. Y también cantarás con el salmista: “Señor, dueño nuestro, ¡que admirable es tu  nombre en toda la tierra!”

Podrás cantar la gloria de Dios contemplando el cielo y sus maravillas; pero lo harás sobre todo contemplando el cielo que Dios ha hecho de ti, ese prodigio de misericordia que es en la Trinidad santa cada uno de vosotros: “Porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado”; porque “Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: ¡Abba! Padre”; porque se os ha concedido la gracia del Hijo, el amor del Padre, la comunión del Espíritu Santo”; porque os unge, os habita, os mueve, os guía, os ilumina, os consuela, os empuja y os transforma en cuerpo de Cristo el Espíritu de Cristo; porque Dios ya no es Dios sin vosotros, porque vuestro nombre, lo que vosotros sois, ya se dirá siempre con el nombre de Dios, con lo que Dios es.

La eucaristía que celebras y recibes, Iglesia de Cristo, es el sacramento de tu pertenencia al misterio de la Santísima Trinidad. Comenzarás la celebración en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Luego pedirás al Padre que santifique con la efusión de su Espíritu los dones que has presentado delante de él; se lo pedirás para que esos dones y tú misma seáis transformados, por la fuerza del Espíritu, en cuerpo de Cristo. Así mismo, por Cristo, con Cristo y en Cristo, unirás tu oración de hoy al honor y a la gloria que por toda la eternidad el Hijo tributa al Padre, en la unidad del Espíritu Santo. Y cuando hayas recibido el pan santificado, la comunión sacramental irá diciendo a la mente y al sentido que Cristo se ha hecho uno contigo, que tú te has hecho una sola cosa con Cristo, que os une el mismo Espíritu, y que en Cristo eres para Dios “Iglesia amada en el Hijo más amado”…

En verdad, el de la Trinidad es tu misterio, Iglesia cuerpo de Cristo.

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«Los pobres son El Señor»

Lo dijo Jesús a sus discípulos: “Yo le pediré al Padre que os dé otro defensor, que esté siempre con vosotros”. Y añadió: “El defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando lo que os he dicho”.

Ésa era la promesa que los discípulos vieron cumplida en el día de Pentecostés, cuando “se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería”.

Y ése es el misterio que celebramos en este día de gracia: la efusión del Espíritu sobre la Iglesia; la unción sagrada de los que son enviados para que lleven la buena noticia a los pobres; una epifanía de lenguas de fuego sobre esos ungidos, sobre los enviados, para que su palabra ilumine las mentes y encienda los corazones de los fieles con la llama del amor.

Ése es el misterio por el que hoy bendices al Señor, por el que aclamas a tu Dios: “¡Dios mío, qué grande eres! ¡Cuántas son tus obras, Señor! La tierra está llena de tus criaturas”. Y tú le darás gloria por siempre, porque la tierra está llena de su gracia, de su sabiduría, de su luz, de su consuelo, de su Espíritu,  de su presencia dulcemente acogedora, regazo de madre para el sosiego de tus pobres.

Ése es el misterio cuya belleza hace romper en tus labios la expresión del deseo: “Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra, manda tu luz desde el cielo, sana el corazón enfermo”.

Ése es también, Iglesia de Cristo, el misterio en el que, con insistencia de pobre, pides participar, pues si es cierto que están abiertas las fuentes del Espíritu para la humanidad entera, habrás de acercarte y beber, habrás de acoger al que pide entrar en la intimidad de tu casa. Por eso dices: “Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo. Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo. Ven, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor.

Y ése es el misterio que verás cumplido en la eucaristía que celebras, pues de ti, como de los discípulos de Jesús, en ella se dirá con verdad: “Se llenaron de Espíritu Santo y hablaban de las maravillas de Dios”.  Hoy te llenarás de Espíritu, pues habrás comulgado con la fuente de donde procede, y para siempre hablarás de las maravillas de Dios, porque ha hecho obras grandes en ti el que es Poderoso, cuyo nombre es santo.

Deja que el Espíritu te enseñe a decir: “Jesús”, y a decir “Señor”, y a decir “Jesús es el Señor”.

Si su Espíritu te enseña, “Jesús” será siempre el nombre de tu amado, nombre que, pronunciado, dirá ausencia y deseo, tal vez presencia y consuelo, puede que súplica y esperanza, puede que herida, puede que cielo.

Si te unge el Espíritu, “Jesús” será siempre el nombre que des a tus hermanos, el nombre de los pobres. Sólo si te unge el Espíritu podrás decir: “los pobres son el Señor”.

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