Soy cura

Por pura gracia. Sin haberlo merecido y sin que mi proyecto vital me haga creer mejor que los demás. Soy cura. Por pura liberalidad de quien me ama desde siempre y me ha encomendado servir a mis hermanos. Sólo servir. Dios me abre cada día los ojos para mirar con su mirada la realidad y me despierta el oído para escuchar su susurro en el corazón de la ciudad. Allí, entre los que caminan junto a mí en medio de penumbras y búsquedas, quisiera contar a todos su bondad y su ternura.
Soy cura. Y así me siento hasta en el último poro de mi piel. Así me experimento en mis entrañas. Y sé que cuanto soy, en sus luces y en sus sombras, es puro don de Dios que me tejió en el seno de mi madre y desde ese instante pronunció mi nombre. No he dejado de experimentar cada día su ternura, no me ha faltado nunca su presencia protectora, no he vivido sin su aliento.
Soy cura. Y no me entiendo sin serlo. Identificado con Jesús, el Cristo, busco en medio de mis límites pasar por la vida haciendo el bien en el compromiso de sanar y liberar, levantar y sostener, alentar y amar. Sin pedir nada a cambio. Es largo el camino y angosto el sendero. En ocasiones, cuando todo está oscuro, me invaden la angustia y el miedo. Me golpea la tentación de abandonar. Es entonces cuando la mano de mi Dios me rescata y en la debilidad su fuerza me hace fuerte.
Soy cura. Y cada día parto el pan de la Palabra y el pan de la Eucaristía con mis hermanos. Y la memoria del Resucitado renueva la salvación de Dios en nuestro mundo en un pacto definitivo y liberador. Comprometida y subversiva Eucaristía. En ella Dios nos hace más hijos, más hermanos, más servidores. En ella, comprendemos mejor que no hay amor más grande que dar la vida por aquellos a los que amamos.
Soy cura. En la Iglesia y para los jóvenes. No podría serlo de otra manera. La comunidad de los seguidores de Jesús es mi patria, mi casa, mi madre. En ella nací a la vida y en ella recibí la fuerza y la luz del Espíritu. En ella creo, vivo y comparto mi fe. En ella soy signo de perdón y de misericordia. Con ella me siento en profunda comunión y la amo con todas mis fuerzas. A ella sirvo y en su nombre soy enviado a mis hermanos – especialmente a los jóvenes más pobres y excluidos – por la fuerza del carisma salesiano, don precioso del Espíritu al pueblo santo de Dios.
Soy cura y vivo agradecido al Señor de la vida. Entre balbuceos, esperanzas y desvelos, cada día elevo una plegaria rogando a Dios que me haga según su corazón. Pura gracia.

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Solo el amor es digno de fe

Una de las imágenes que siempre me ha parecido espléndida es la iconografía representada en numerosas ocasiones por la pintura y que expresa la muerte de Jesús en la cruz, sostenido en ella por el Padre. ¡Qué bien lo ha entendido la teología hecha arte en la tradición! Es justamente así. Jesús, abandonado de todos, que muere colgado del leño en la confianza ilimitada en el Padre. La oración de sus labios momentos antes de morir, es recogida en la tradición evangélica con las palabras del salmo 22, “¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?” (Mt 27, 46) Su plegaria expresa la angustia del sufrimiento pero apunta también a la confianza en Yahveh que, como continúa el salmo, dará el triunfo final a aquel que vive en sombras de muerte e implora a su Señor:
“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? ¡Lejos de mi salvación, las voces de mi rugido! Dios mío, de día clamo, y no respondes, también de noche, y no hay silencio para mí. ¡Más tú eres el Santo, que moras en las laudes de Israel! En ti esperaron nuestros padres, esperaron y tú los liberaste; a ti clamaron, y salieron salvos, en ti esperaron, y nunca quedaron confundidos.
Y yo, gusano, que no hombre, vergüenza de lo humano, asco del pueblo, todos los que me ven de mí se mofan, tuercen los labios, menean la cabeza: ‘se confió a Yahveh, ¡pues que él le libre, que le salve, puesto que le ama!’(…) Porque no ha despreciado ni ha desdeñado la miseria del mísero; no le ocultó su rostro, más cuando le invocaba le escuchó” (Ps 22, 2-7. 25).
En manos del Padre. Quizás sea este un dato que a veces se nos escapa cuando pensamos en la muerte de Jesús. Y sin embargo, supone el rasgo más decisivo de una entrega que no tiene rasgos fatalistas ni desesperados sino que se justifica por puro amor y se apoya en la libertad de quien quiere conformar su vida al proyecto del Reino. Dios, una vez más, abrirá las aguas caudalosas y turbulentas de la muerte para el éxodo hacia la vida nueva. La plenitud de Dios será – en Cristo resucitado – la orilla de los hombres.
Puede que resulte una paradoja, pero así es. No se puede desligar la muerte de la vida y en Jesús aquella es consecuencia de ésta. La cruz es el momento culminante de la existencia de un hombre “apasionado” por la causa del Reino. La perspectiva justa la encontramos en la escena de Jesús desplegando el rollo de la Escritura en la sinagoga de Nazaret: “Esta Escritura que acabáis de oír se ha cumplido hoy” (Lc 4, 21).
Jesús pasó haciendo el bien, denunciando y combatiendo todas aquellas actitudes y situaciones que eran un obstáculo para la irrupción del Reino, es decir, contra todo lo que suponía una amenaza para la vida del hombre, para su dignidad y su libertad de hijo de Dios. Una propuesta desestabilizadora que inquietó a todos aquellos que vivían demasiado seguros de sí mismo y de sus tradiciones pero que alentó la esperanza en los corazones de los que anhelaban una nueva situación en la que poder recuperar el futuro que la historia y los poderosos les había arrebatado.
Aquel que dijo de sí mismo que había venido “para que todos tengan vida y vida en abundancia” (Jn 10, 10), se dejó la vida en el surco del sendero y su muerte fue la expresión más radical de una entrega generosa hacia la que apuntaba ya cada gesto liberador en el camino. La muerte de Jesús en la cruz no tendría sentido sin su vida y ésta – a su vez – sólo podía ser refrendada con la coherencia hasta el final de quien sabe que “el grano de trigo, si no cae en la tierra y muere, no puede dar fruto”.
Allí, en la soledad del madero recortado entre el cielo y la tierra, estaban todos; ciegos y paralíticos, putas y abandonados… todos atravesados con los mismos clavos clamando ¡Abba, Padre! Y en el oscurecerse de aquel atardecer retembló estremecida la tierra que gritó desde sus entrañas: “Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15, 13). 
La vida y la muerte… ¿no son, acaso, las dos caras de la misma realidad? En la historia del Nazareno, el madero marca la sutil distancia entre una y otra. En esa frontera, sólo el amor es digno de fe.

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¿Qué nos hace significativos?

Durante el periodo post-conciliar hemos vivido en la vida consagrada diferentes procesos congregacionales de refundación carismática tratando de responder a los signos de los tiempos, a la reflexión eclesial y a las demandas de la misión. Todos los caminos emprendidos en nuestros Institutos y Congregaciones tenían un solo objetivo: ser significativos desde el punto de vista evangélico y carismático para el anuncio creíble de la Buena Noticia liberadora del Cristo para los hombres y mujeres de hoy. No me cabe duda de que hemos acometido esta tarea con empeño y con gran sentido de la responsabilidad en estas últimas décadas. Nuestros Capítulos Generales, el magisterio y las opciones congregacionales así lo indican. Podemos decir que, en la mayoría de los casos, la relectura carismática de la identidad se ha concluido. Pero estoy seguro de que su traducción concreta sigue en marcha. Los nuevos contextos en los que vivimos, los desafíos culturales ente los que nos situamos y las dificultades al interno de la propia vida consagrada nos reclaman seguir buscando caminos de renovación y de crecimiento que hagan significativas nuestra vida y nuestra misión.
Para muchos, la vida consagrada ha dejado de ser significativa. También para algunos consagrados que se encuentran confusos ante la situación de crisis que parecen vivir nuestras instituciones y ante la aparente esterilidad de muchas de nuestras comunidades. La secularización parece haberse infiltrado en los muros del convento y nos afecta el mundo que nos rodea hasta el punto de colarse en nuestras comunidades estilos de vivir que nos alejan de la propuesta que un día nos sedujo y que nos condujo a seguir al Maestro con radicalidad entregando la vida entera. La mediocridad acaba con la profecía y la mímesis termina por hacer desaparecer la mística con la que emprendimos este viaje de pasión y autenticidad.
Ante la realidad que podamos estar viviendo, hay que cambiar de estrategia. Lo decisivo en este momento no son planificaciones y objetivos. Lo verdaderamente importante está en recuperar y actuar nuestra identidad de consagrados por Dios al servicio del Reino.
¿Qué nos hace significativos? Encontrarnos a nosotros mismos como personas integradas que viven un proyecto de vida unitario; centrar nuestra vida en Dios, el único Absoluto, que nos invita a seguir a su Hijo desde la entrega de la vida por amor; vivir la profecía de la comunión desde una fraternidad palpable y terapéutica; redescubrir la misión como nuestro Sinaí, el lugar del encuentro cara a cara con Dios, más allá de gustos, afectos o compensaciones.

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A la intemperie

Hay quien piensa que nuestra presencia en el mundo es cada vez más irrelevante. No falta quien, incluso desde dentro de la misma Iglesia, desprecia la vida consagrada juzgando superficialmente que su tiempo pasó. Religiosos y religiosas seguimos, sin embargo, en el corazón de la Iglesia fieles al espíritu de nuestros fundadores.
Somos seguidores de Jesucristo hasta las últimas consecuencias. Identificados con el Maestro y enviados por Él a anunciar la buena noticia del amor de Dios, a sanar y liberar, a alentar la esperanza. Hoy como ayer, la vida religiosa quiere ser fuego en las entrañas mismas de la Iglesia, en medio de una sociedad que busca un rescoldo donde abrigar el alma o un poco de luz para iluminar la noche. Somos consagrados por Dios para proclamar el año de gracia del Señor con nuestra vida sencilla, entregada y silenciosa. Aunque a veces el tesoro esté contenido en frágiles vasijas de barro.
Somos hombres y mujeres que sentimos con pasión el latido del Reino oculto en los avatares de la historia. En ella, miles y miles de nuestros hermanos y hermanas ponen rostro al samaritano del evangelio, sin dar rodeos, curando con el aceite de la entrega gratuita, pagando con la vida cabalgadura y posada a los apaleados al borde del camino.
Contemplativos y en el corazón del mundo, los consagrados y consagradas amamos profundamente la Iglesia. En ella somos y vivimos nuestra alianza con el Señor. Fieles al Magisterio, fieles al Papa, fieles a la comunidad cristiana.
Hoy, como muchos cristianos en occidente, vivimos a la intemperie nuestra fe. Y hace frio. Algunos nos culpabilizan y nos auguran un pronto final. Bien nos gustaría experimentar el calor de nuestros hermanos y el aliento fraterno que sostiene en los momentos de zozobra y confusión. Hemos de reconocer errores. Hay cosas que cambiar. Pero necesitamos la fuerza eclesial para afrontar dificultades e impulsar la renovación que nuestros institutos han acometido con ilusión y esperanza.
El Espíritu sigue soplando con fuerza haciendo nuevas todas las cosas. También la vida religiosa. Confiamos en Dios que precede y acompaña. Y que seguirá suscitando en su Iglesia hombres y mujeres consagrados para ser signos elocuentes de su presencia y portadores de su amor en medio del mundo.

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Don Bosco, buena noticia de Dios para los jóvenes

La antigua liturgia de la fiesta de Don Bosco se expresaba así al referirse al Padre y Maestro de la juventud: “Dios le dio a Don Bosco un corazón tan grande como las arenas de las playas de los mares”.
Pocas frases logran expresar con tanta nitidez y tanta contundencia el don de Dios a la Iglesia, a la Familia Salesiana y a los jóvenes: ¡Un corazón tan grande como las arenas de las playas! Corazón de Padre, corazón generoso y entregado, corazón libre y apasionado, corazón magnánimo y misericordioso, corazón de Buen Pastor.
Don Bosco es, sin duda, una buena noticia de parte de Dios para los jóvenes. Cuando sólo tenía nueve años la Providencia le marcó la senda por donde caminar: “No con golpes, con amor”. Y su mirada se hizo bondad; su corazón latió con la fuerza de la caridad; sus manos abiertas fueron solidaridad creativa para transformar la pobreza en un futuro de esperanza.
En el principio fue, claro, la madre. Margarita: una mujer entera y cabal, tierna y fuerte, madre y padre a la vez. Supo contagiar a sus hijos del sentido de Dios que inunda la vida y genera confianza; les enseñó el sentido del trabajo y la solidaridad con los más necesitados. Fue la mejor escuela de santidad de la que aprendió Don Bosco. Margarita Occhiena fue, sin duda, el pecho en el que se acunó la propia Congregación Salesiana.
Y la Maestra… siempre la Maestra que le ayudó a ser fuerte y humilde. Siempre la Madre de la Consolación que lo sostuvo con su auxilio en cada tramo del camino. Siempre la Madre buena que cubrió con su manto a los pequeños de su hijo predilecto, aquel que la soñó como columna fuerte y compañera de camino en el emparrado de rosas.
Si, Juan Bosco fue presencia entrañable de Dios que paseaba por los arrabales de Turín, por las cárceles, por el despoblado de la historia donde vagaban aquellos que no han sido invitados al banquete. Se hizo para ellos: presencia encarnada, palabra de Dios, esperanza inquebrantable. “¡Dios te quiere! ¿No lo notas?” Y abrió para ellos el mar hacia una nueva tierra mil veces prometida y siempre preñada de futuro.
Don Bosco se hizo pan partido para sus queridos jóvenes: “aunque no tuviera más que un pedazo de pan… lo partiría a medias contigo”. Y sus jóvenes sabían que era cierto.
Don Bosco se hizo vino de fiesta para todos: ¡estad alegres! ¡Os lo repito: estad alegres! Y Domingo, Miguel, Juan, Francisco y tantos otros aprendieron que en la casa de Don Bosco “hacemos consistir la santidad en estar siempre alegres”.
No hay mayor amor que dar la vida… ¡Qué bien lo entendió Don Bosco! Hasta su último suspiro fue para sus muchachos. Murió cansado, con las piernas hinchadas, casi ciego… como una sotana vieja… Ya se lo profetizó su amigo, el teólogo Borel, cuando Juan volvió a Turín después de recuperarse en I Becchi de la enfermedad que casi lo lleva a la tumba: ¡Lleva usted una sotana demasiado ligera! – le dijo – Se colgarán de ella muchos jóvenes! Así fue. Y aunque gastado, quedó siempre intacto el corazón.
Hubo un hombre enviado por Dios cuyo nombre era Juan Bosco: una buena noticia para los jóvenes. Auténtico evangelio que sigue resonando aquí y ahora para que, en nombre del único Señor, todos – especialmente los pobres y abandonados – tengan vida y la tengan en abundancia.

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Separando el polvo de la paja

Hay quien se empeña en obviarlo. O más bien en ponerle sordina a la voz que resonó esperanzada desde el interior de una Iglesia necesitada de renovación. El Concilio Vaticano II es, para la Iglesia en el mundo contemporáneo, el viento fresco del Espíritu que – sin estridencias – hace nuevas todas las cosas.
Yo soy hijo del concilio. En la Iglesia posconciliar creció mi fe y en ella maduró mi reflexión teológica. No concibo otra manera de ser Iglesia que desde la profunda conciencia de su misterio y desde la comunión del pueblo de Dios al servicio de los hombres en el corazón del mundo. Me siento parte de una Iglesia misionera llamada a ser signo de salvación, sacramento del Sacramento Fontal que es Cristo – el Verbo encarnado – en medio de la humanidad que él asumió y purificó.
Por eso me duelen las disquisiciones de aquellos que a fuerza de invocar vientos restauradores quieren alejar los malos espíritus de la renovación conciliar. Cierto que en estos más de cuarenta años no todo ha sido acierto en la recepción conciliar. Ha habido desmesura y algunos desenfoques frutos de lecturas parciales o mediatizadas por visiones ideológicas de la realidad o de la misma Iglesia y el modo de concebir su servicio a la humanidad. Pero sin duda, separado el polvo de la paja, la renovación conciliar ha portado frutos maduros en numerosos campos del pensar y del vivir eclesial: una vuelta a la Escritura, un retorno a los Padres y la Tradición, mayor conciencia cristológica, una renovada antropología, una Iglesia mejor situada en el mundo contemporáneo, una nueva concepción litúrgica… por poner sólo algunos ejemplos.
No estoy por la desmesura, ni por los excesos, ni por lecturas ideologizadas de la realidad que desfiguren el rostro de la reflexión conciliar. No me interesan quienes deliberadamente vulneran la comunión aprovechando que el tajo pasa por San Pedro. Pero tampoco me dejo llevar por quienes preconizan una ansiada restauración invocando con ello la tácita cancelación del Concilio o simplemente un borrón y cuenta nueva que nos devuelva a las seguridades de antaño.
Creo que es necesario, más que nunca, invocar el espíritu conciliar como criterio de actuación en el hoy eclesial. Creemos en (dentro de) una Iglesia mistérica, carismática y ministerial, que tiene su único centro en Cristo; comunión de comunidades al servicio de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, maestra en el arte de la paz y la concordia, abierta al diálogo con el mundo de hoy; utópica y escatológica, que anuncia a todos la fuerza del amor liberador de Dios revelado en Jesucristo.
No soy de derechas o de izquierdas, conservador o progresista. Soy un creyente que busca vivir su fe en profunda comunión con la Iglesia que ama y a la que sirve. Estoy convencido de la fuerza eclesial que brota del Concilio Vaticano II en continuidad con toda la Tradición. Su reflexión y su propuesta, después de estas décadas y cuando se cumplen cincuenta años de su apertura, son más necesarias que nunca. Con el poso que da el tiempo, volver al Concilio con serenidad y equilibrio podrá devolver a la Iglesia actual muchas de las esperanzas que en él alentaron y algunas claves desde las que poder afrontar algunos de los retos que la comunidad creyente tiene hoy planteados. Cuestión de fidelidad al Espíritu.

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Tiempo de salvación

Al echar la vista atrás en este año que está a punto de terminar me doy cuenta de que guardo en la retina, a modo de fotografías, algunas imágenes que bien podrían resumir lo que ha sido este 2011 desde el punto de vista eclesial. Me quedo con cinco de ellas:
El Atrio de los Gentiles, un espacio novedoso para el diálogo fe – cultura. La iniciativa impulsada por Benedicto XVI y coordinada por el Cardenal Ravasi, con vocación de perdurar en el tiempo, fue inaugurada en la capital francesa el 24 de marzo. La experiencia ha sido especialmente relevante para la Iglesia del siglo veintiuno que busca caminos de encuentro con el hombre contemporáneo. Nuestro mundo se ha convertido en un gran atrio de los gentiles. Como en París, la metáfora del diálogo con los no creyentes, nuestras calles y plazas son hoy una gran encrucijada en la que los cristianos estamos llamados a dar razón de nuestra esperanza. Sin parapetos. Sin fundamentalismos. Sólo con la audacia de la fe que busca nuevos espacios para re-proponerse con humildad y en libertad.
Costa de Marfil, entre la locura y el olvido. El país africano ha vivido este 2011 una de las crisis más duras de su historia reciente al recrudecerse el conflicto político y la violencia tras las elecciones presidenciales de noviembre 2010. Se produjo una auténtica limpieza étnica y más de 1.000 personas murieron en el oeste del país durante los cinco meses posteriores a los comicios. Más de 150.000 desplazados huyeron del conflicto. La Iglesia estuvo en primera línea cuando las agencias internacionales de ayuda humanitaria no pudieron responder inicialmente a la urgencia. Más de 30.000 personas se refugiaron durante meses en la única parroquia católica de Duekouè. Quedará para siempre en nuestra memoria la llamada dramática de los misioneros y la denuncia del exterminio para que esta locura no quede en el olvido. Es un símbolo de todos los conflictos, guerras, genocidios y vulneración de los derechos humanos en los que la Iglesia, en cualquier parte del mundo, sigue comprometida en una lucha sin cuartel para hacer emerger un mundo más justo y con más oportunidades para todos.
Caritas, el rostro más solidario de la Iglesia frente a la crisis económica. Especialmente en nuestro país y en este 2011, la crisis se ha cebado con los más débiles y con familias enteras aplastadas por la lacra del paro y la pobreza. Allí donde las instituciones no llegan, los subsidios no alcanzan ni los políticos resuelven, Caritas se hace cercana a los más desfavorecidos con una implicación efectiva en la transformación social. Auténtica punta de lanza de una Iglesia solidaria, nuestros hermanos y hermanas dan la batalla cotidiana al fantasma de la desocupación, el hambre, el frio y la miseria. La atención a personas sin hogar, la defensa del colectivo inmigrante, la ayuda directa a familias sin recursos, la implicación con las situaciones de catástrofes mundiales, la promoción de la justicia o la concienciación social son sólo algunos de los campos en los que miles de voluntarios se implican en primera persona haciendo de la solidaridad una forma de vida. Caritas nos dice a todos que otro mundo es posible.
Las Jornadas Mundiales de la Juventud, una fiesta de fe y esperanza. Una experiencia única, irrepetible, de las que te ensanchan el corazón. Participaron jóvenes cristianos venidos de todos los rincones del mundo a una ciudad amable y acogedora. Percibimos en aquellos días del mes de agosto el rostro de una Iglesia joven, comprometida y audazmente creativa. Una Iglesia respetuosa y abierta, acogedora y plural. Una Iglesia encarnada en miles de peregrinos que traían entre sus manos la realidad de sus contextos y el anhelo de una humanidad nueva. Una Iglesia evangelizadora, portadora de buenas noticias para la vida y la esperanza de las personas. Y en nuestra retina quedará la imagen de un Papa joven, de un anciano que expresó en su palabra y en su sonrisa toda la fuerza de su debilidad. Benedicto XVI quiere a los jóvenes y los jóvenes lo quieren. Será porque les habla de Dios y su hablar es creíble.
La Vida Consagrada es expresión de comunión. Contemplativos y en el corazón del mundo, los consagrados y consagradas amamos profundamente la Iglesia. En ella somos y vivimos nuestra alianza con el Señor. Fieles al Magisterio, fieles al Papa, fieles a la comunidad cristiana. Hoy, como muchos cristianos en occidente, vivimos a la intemperie nuestra fe. Y hace frio. Algunos nos culpabilizan y nos auguran un pronto final. Hemos de reconocer errores. Hay cosas que cambiar. Pero necesitamos la fuerza eclesial para afrontar dificultades e impulsar la renovación que nuestros institutos han acometido con ilusión y esperanza. Las Jornadas Nacionales de CONFER en este año 2011 han sido una palabra de comunión, nítida, sin ambages, que expresa lo que sentimos y vivimos: somos en el corazón de la Iglesia.

Cinco fotografías, cinco historias en la historia de este año que termina. Un tiempo para agradecer a Dios, dador de todo bien, que sigue sosteniendo a la Iglesia y haciendo de ella un signo universal de salvación en medio del mundo.

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Fuego

Cuando el abad escuchó al viejo monje preguntarle qué debía hacer para ser aún más perfecto no pudo evitar experimentar una sensación de tristeza y compasión. Aquel hermano a quien conocía bien, tras la pregunta, argumentó con satisfacción que había sido fiel y cumplidor; que había procurado ser siempre exacto en sus obligaciones y que se esforzaba por no faltar a la caridad con la comunidad; su vida de oración había sido regular y de vez en cuando aceraba su carácter con pequeñas penitencias y ayunos. Cuando terminó, el abad no dijo nada. Tras unos momentos de embarazoso silencio, el superior levantó las manos al cielo y sus dedos se convirtieron en ardientes llamaradas… Añadió ¿Por qué no te conviertes en fuego?
A veces, nos puede pasar a nosotros lo mismo. Nuestra vida religiosa puede llegar a ser mortecina y rutinaria. Nos olvidamos que el fuego de Dios quemó nuestra boca y nuestras entrañas. Cumplimos pero nos falta pasión. Hace tiempo que olvidamos el primer amor y nos hemos hecho tibios. Sacrificamos demasiadas cosas en el altar de un falso realismo que nos justifica.
¿Cómo reavivar la llama? Hemos sido consagrados por Dios y entregados completamente a las personas que cruzan su historia con la nuestra. Esta es nuestra pasión y la gracia que nos consume. Una llama, la de la caridad pastoral, que ha de ser avivada cada día con el soplo del Espíritu que está en nosotros y que hace nuevas todas las cosas recreando también nuestra existencia.
Si queremos ser fieles a nuestra vocación, sabemos bien que no podemos buscar el salvarnos a nosotros mismos. No tenemos otro derecho sobre nuestras vidas que no sea servir. Caminamos combatiendo la buena batalla sin mirar nuestras heridas, sirviendo sin pensar en la recompensa, poniendo todo ante la misericordia de Dios. Incluso a veces con la pesadumbre de no haber servido bien. Es una gracia devoradora porque Dios nos ha entregado por entero a nuestros hermanos y hermanas, para ser expresión de su amor entrañable.
¿Qué puedo hacer para ser perfecto….? Preguntó aquel viejo monje ¿Por qué no te conviertes en fuego?

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¡Bienvenido, Santidad!

Es la fuerza de la sonrisa amable y la palabra justa. La de la voz quebrada y el tono convencido. La de la idea madurada y sabiamente argumentada. La del gesto creíble y la mirada trasparente. La de los ojos serenos y las manos elocuentes. La de la timidez y el desparpajo, la sencillez y la energía.
Llegó sin hacer ruido. Con signos proféticos y una proverbial humildad. Camina paso a paso. Sin estridencias. Sabiendo bien hacia dónde. Afrontando con convicción los envites. Consciente de cuanto hay en juego y con una confianza ilimitada en el dueño de la viña. Solo es un humilde servidor.
Libre y con convicciones, busca siempre la caridad en la verdad. Pensador de largo recorrido y mil batallas libradas. Curtido en nobles causas y buscador de horizontes. Músico de sensibilidad exquisita. Humanista de vasta cultura y hondo pensamiento. No deja indiferente a nadie.
Benedicto XVI es la fuerza de la debilidad. La fuerza de quien sabe del peso de la cruz y se siente sostenido por Dios. La debilidad de los muchos años y el flanco al descubierto de quien no se oculta. La fuerza de la mansedumbre, la palabra libre y el gesto consecuente. Viene a Madrid, dentro de unas semanas, a encontrarse con los jóvenes y a confirmarlos en le fe.

1. QUERIDOS JOVENES

“Es una dicha encontrarme con vosotros aquí”, Son las primeras palabras que Benedicto XVI dirigió a los jóvenes congregados en Colonia en agosto de 2005 durante las JMJ. Llevaba pocos meses como Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia Universal. El Papa acudía por primera vez a un gran evento de este tipo convocado por Juan Pablo II años atrás y asumía el gran reto de conectar con el rostro joven de la Iglesia después de la profunda huella dejada por su predecesor. Benedicto XVI acogió con una sonrisa el afecto de los jóvenes congregados en Colonia y les abrió los brazos “con inmensa alegría”. No defraudó. Los jóvenes quieren al Papa. Los jóvenes quieren a este humilde servidor de los siervos de Dios, un trabajador de su viña que con sencillez y apertura de corazón ha conquistado en estos años a los cristianos jóvenes de todo el mundo.
Hubo quien especuló con su capacidad de convocatoria. Aún más: muchos pensaron que no teniendo el “tirón mediático” de Juan Pablo II, este tipo de concentraciones no tendrían el éxito y la resonancia de las anteriores. Se equivocaron. Los jóvenes están con él. Y él les responde con cariño: “Quiero saludaros con especial afecto a vosotros, queridos jóvenes, que habéis acudido en gran número a este primer contacto mío con vuestra diócesis. Vosotros representáis su esperanza y su futuro” (Pavía, 21 de abril de 2007).
Pero ¿qué tiene este Papa que conecta tan bien con los jóvenes? Benedicto XVI los mira con afecto. Para él “la disponibilidad al bien es muy fuerte en la juventud (…) los jóvenes son muy generosos” (Entrevista, Castelgandolfo, 5 de agosto de 2006). Esperanza y futuro, generosidad y entrega los caracterizan. A diferencia de quien piensa la realidad juvenil en tonos más grises, Benedicto XVI la mira con confianza positividad. Porque la juventud “sigue siendo en toda época la edad en la que se busca una vida más grande y se desea algo más que la cotidianidad regular de un empleo seguro” (A los jóvenes en la era de la globalización, 4 de septiembre de 2010).
Es verdad que los jóvenes viven “situaciones de inestabilidad, de turbación o de sufrimiento”, pero les dice el Papa: “¡No tengáis miedo de afrontar esas preguntas! Expresan las grandes aspiraciones que están presentes en vuestro corazón y esperan respuestas no superficiales, sino capaces de satisfacer vuestras auténticas esperanzas de vida y de felicidad” (A los jóvenes con motivo de la próxima JMJ, 15 de marzo de 2011).
Los jóvenes tienen expectativas y alimentan esperanzas. Aspiran a una vida no mediocre y de mayor plenitud. Desde esta convicción, Benedicto XVI no ha dudado en acentuar en todos sus mensajes la invitación a acoger sin ambages el anuncio evangélico y a abrir el corazón a Cristo, porque “quien deja entrar a Cristo (en la propia vida) no pierde nada, nada – absolutamente nada – de lo que hace la vida libre, bella y grande” (Vaticano, 24 de abril de 2005).

2. UN ANUNCIO SIEMPRE JOVEN

Benedicto XVI interroga a los jóvenes. Los sitúa con gran habilidad ante el propio yo y, como un auténtico maestro, el Papa toca la realidad humana: “La etapa de la vida en la que estáis inmersos es tiempo de descubrimiento (…) Es el momento, por tanto, sobre el sentido auténtico de la existencia y de preguntaros: ‘¿Estoy satisfecho con mi vida? ¿Hay algo que me falta? (…) ¿En qué consiste una vida lograda? ¿Qué tengo que hacer? ¿Cuál podría ser mi proyecto de vida?” (A los jóvenes con motivo de la próxima JMJ, 15 de marzo de 2010).
La experiencia se convierte en un punto de partida para conducir a sus interlocutores, como buen pedagogo, a la escucha atenta del anuncio de Cristo Jesús. Porque “el cristianismo no es en primer lugar una moral, sino una experiencia de Jesucristo que nos ama personalmente” (A los jóvenes con motivo de la próxima JMJ, 15 de marzo de 2011). El propio joven es invitado a hacer experiencia de Cristo Resucitado en su vida: “No tengáis miedo”, les dirá en muchas ocasiones: “abrid vuestro corazón a Dios, dejaos sorprender por Cristo (…) abrid las puertas de vuestra libertad a su amor misericordioso (Colonia, 18 de agosto de 2005). Y sus palabras tienen la convicción de quien ha vivido esta experiencia y camina por delante señalando el sendero. Es la credibilidad del testigo, de quien comunica lo que vive y lo hace con pasión.
La propuesta apunta lejos. Benedicto XVI invita a los jóvenes a acoger “con gozo la invitación al seguimiento de Jesús (…) que no se cansa nunca de volver su mirada de amor y de llamar a ser sus discípulos” (A los jóvenes con motivo de la próxima JMJ, 15 de marzo de 2010). Un camino de exigencia evangélica que los jóvenes pueden vivir con radicalidad sostenidos por la fuerza del Espíritu en la experiencia sacramental. El Papa recuerda a la jóvenes que “para crecer en la vida cristiana es necesario alimentarse del Cuerpo y de la Sangre de Cristo (…) si participáis frecuentemente en la Eucaristía (…) os llegará esa gozosa determinación de dedicar la vida a seguir las pautas del Evangelio” (A los jóvenes con ocasión de la XXIII JMJ, 20 de julio de 2007).

3. TRABAJAD POR LA JUSTICIA Y LA PAZ

La invitación a los jóvenes a vivir en profundidad la fe pasa por un triple compromiso: el de la coherencia de la propia vida, el del anuncio evangélico a otros jóvenes y el de la aportación en la transformación de la realidad. Estas tres dimensiones del seguimiento de Jesús son un leitmotiv en las intervenciones del Papa que contempla a los jóvenes como destinatarios del anuncio y, al mismo tiempo, como agentes de la misión. Algunos botones de muestra.
Benedicto XVI no duda en plantear una existencia que afronta los problemas de la realidad con coherencia y un código ético inspirado en el Evangelio de Jesucristo. Por eso invita a los jóvenes a “cultivar en el corazón deseos grandes de fraternidad, de justicia y de paz (…) Empeñaos en construir vuestro futuro a través de itinerarios serios de formación personal y de estudio, para servir de modo competente y generoso al bien común” (A los jóvenes con motivo de la próxima JMJ, 22 de febrero de 2010). “Seguid adelante; buscad las ocasiones para hacer el bien; el mundo necesita esta voluntad, necesita este compromiso” (Entrevista, 5 de agosto de 2006). Y en otro contexto, añade: la Iglesia “necesita vuestro compromiso para llevar, especialmente a vuestros coetáneos, el anuncio evangélico (…) La sociedad espera vuestra aportación para construir una convivencia común menos egoísta y más solidaria, realmente animada por lo grandes ideales de la justicia, la libertad y la paz. Esta es vuestra misión, queridos jóvenes amigos, trabajemos por la justicia, por la paz, por la solidaridad, por la verdadera libertad” (Pavía, 21 de abril de 2007).

4. OS BENDIGO CON GRAN AFECTO

¿Qué tiene este Papa que conecta tan bien con los jóvenes? Sin duda, la fuerza de su debilidad. Los jóvenes han sabido percibir en él el rostro amable de la Iglesia, la luminosidad de su mensaje y la trasparencia del Evangelio. Un pontífice que llegó sin hacer ruido pero que ha mostrado al mundo la fortaleza de su palabra, la reciedumbre de su pensamiento, la coherencia en sus decisiones y la bondad de su sonrisa. Será por eso que los jóvenes lo tienen en cuenta. Por eso y porque con gran sencillez los bendice con gran afecto.

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Nihilismo sonriente

Mauro Magatti, profesor de la Universidad Católica de Milán, se refirió al nihilismo sonriente en una lúcida reflexión sobre el papel de la fe cristiana y de la vida religiosa en Europa ante la Unión de Superiores Mayores en Roma hace unos meses. Es una expresión sugerente que describe la herencia del pensamiento de Occidente en la segunda mitad del siglo XX.
Coincido con Magatti en considerar que la caída de las ideologías en el ocaso de la modernidad deja vía libre para un nuevo papel de la experiencia religiosa en nuestras sociedades complejas. La superación del nihilismo, en germen en el propio pensamiento de Nietzsche y re-interpretado éste desde Heidegger, conduce la búsqueda hacia la experiencia religiosa entendida como un retorno, como un eco ya escuchado, como una herida abierta que la modernidad pensaba de haber suturado con el ideal iluminista de la razón desmedida.
La vida religiosa, en este nuevo contexto, no puede ser simplemente complaciente con este nihilismo sonriente marcado por el individualismo y la camaleónica adaptación que termina por asimilarnos a todos en una globalización mucho más que económica. La fe y la fraternidad, en el corazón de la tradición cristiana, son el contrapunto en una realidad que engulle todo anhelo de trascendencia en las arenas movedizas de la cotidianidad complaciente y adormecedora.
La vida religiosa, saliendo de sí misma y recuperando su capacidad profética, puede ser un signo que ayude a los hombres y mujeres de Europa a comprender que sólo podemos vivir como hermanos y, porque hermanos, hijos de Dios.
No todo da igual. No vale todo. No podemos camuflarnos en la realidad y mimetizarnos en ella. La nueva sensibilidad que emerge en la cultura tardo-moderna apunta hacia lo religioso entendido como experiencia del don y de la gracia que vienen de Otro, irrumpe en nuestra vida sin imponerse y abre cauces nuevos en las personas. La vida consagrada es, precisamente, expresión del don y de la gracia, de la Iniciativa iniciada, pura gratuidad. Nada más lejos del nihilismo sonriente. Nada más cerca del corazón humano.

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