La Pasión “es para los vivos… y solo se llega viviendo”

Estoy casi convencida de que, a partir de la distancia entre una u otra entrada de este blog, se podría intuir cómo anda mi agenda de cargada o, sobre todo, cuál es la velocidad de mi vida. Y es que parece sintomático que, cuando el ritmo se me va serenando soy capaz de descubrir mil guiños cotidianos capaces de llenar este espacio virtual. Después de esta confesión de mi necesidad de respirar un poco más profundo, os comparto el último “guiño”.

Hace unas semanas que, gracias a una alumna (un saludo, Laura), he descubierto a Paco Bello. Se trata de, como diría otro amigo, un “cansautor” (sí, tengo “debilidad” por ellos). El caso es que el estribillo de una de sus canciones se me viene a la cabeza últimamente. Una de sus frases dice: “El cielo es para los vivos y solo se llega viviendo”. Ahora, recién entrando estos días densos y profundos de Semana Santa, me da que la Pasión también es para los vivos, para aquellos que se lanzan a saborear la existencia poniendo toda la carne en el asador, volcando el corazón a cada paso y en cada encuentro y apostando por lo que pocos apuestan. Y, sí, solo se llega viviendo, porque hacerlo sin pasión, calculando y midiendo no es vivir.

Ojalá contemplar con asombro el amor sin cuartel y la vida apasionada de Jesucristo durante estos días nos contagie la existencia y nos ponga en camino de estar vivos y VIVIR con mayúsculas.

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“Una cuestión de tiempo”

Esta temporada paso muchas horas a la semana viajando. Entre las mejoras en los autobuses que me resultan más útiles, está una pantallita individual que te permite elegir cuándo y qué película ver. El otro día elegí una comedia romántica de esas que parecen evidentes para poder “dormirla” sin que me preocupara no ver el final. El caso es que resultó mucho más profunda de lo que parecía a simple vista. El protagonista descubre que los varones de su familia tienen la misteriosa capacidad de retornar al pasado cuando deseen hacerlo. Os podéis imaginar el juego que puede dar este extraño don para “corregir” todos esos momentos en los que metemos la pata u optamos por la elección inadecuada.

Pues bien, lo interesante de la película (al menos para mí) fue que el personaje recibe de su padre un “truco” que él había disfrutado: volver a repetir cada día para poder disfrutar de todos esos pequeños detalles que se le habían pasado inadvertidos en la primera ocasión. No se trataba de cambiar las cosas, sino de advertir las personas y situaciones que se nos escurren entre los dedos de la vida para llenar cada jornada de sentido. Adiestrar la mirada cotidiana para reconocer a Aquél que cada día nos sale al encuentro. Lo mejor de la película (también para mí) es que al final el protagonista confiesa que dejó de “repetir” los días. Ya no le hacía falta: vivía todos como si fueran el último. Aunque no tengamos posibilidad de regresar al pasado ¿no es un “truco” precioso para VIVIR (con mayúscula)?

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Otra vez Simeón… y la Vida Consagrada

Quien lea el título de este post va a pensar que empiezo a obsesionarme con Simeón, porque ya dediqué otra entrada en Navidad a este personaje tan curioso. Igual es verdad ¡quién sabe! El caso es que hoy, me he vuelto a fijar en este tipo al escuchar de nuevo los versículos que Lucas dedica a él y con el trasfondo del día de la Vida Consagrada (Lc 2,22-35).

Esta vez lo que me llamaba la atención es que Simeón “se aparta”, se sabe poner en un segundo plano en la narración y sus palabras sirven para centrar toda la atención en ese Niño que es Luz y salvación. Quizá no haya otro modo mejor de celebrar y agradecer en este día nuestra vocación en la Iglesia que hacer como Simeón: reconocer a Jesús en lo pequeño, bendecirle y echarnos a un lado para que sólo Él sea el centro.

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Una cuestión de mirada

El otro día fui al cine y, mientras esperaba en la fila para comprar la entrada, estaba muy entretenida escuchando a una señora que estaba detrás de mí. Ella le iba relatando a su amiga todas las cosas que no estaban bien. Que si se iba “anchando” la fila y que seguro que se colaba alguno, que si porqué le pregunta ese a la taquillera por las filas cuando hay un cartel diciendo que no están numeradas, que si habían subido el precio de la entrada… Aunque su compañera, con una paciencia infinita, iba quitando plomo a sus comentarios, me dio mucho que pensar. Y es que podemos vivir así la vida, prestando más atención a lo que no responde a nuestros deseos y expectativas que a lo bueno que se abre ante nosotros, acentuando lo que no es como debería y olvidando así todo aquello que sí se va pareciendo a lo que está llamado a ser.

Los religiosos/as deberíamos ir por la vida como la amiga de esa mujer, subrayando lo positivo y sacando “lo precioso de lo vil” (Jr 15,19)… y quizá, poco a poco, se nos iría pareciendo la mirada a la de Dios.

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Simeón y la Navidad

Hay algunos personajes del Evangelio que resultan un poco enigmáticos. Algo así sucede con Simeón, del que solo habla Lucas (Lc 2,25-35). Una de las cosas que me llama la atención es cómo insiste el evangelista en afirmar que el Espíritu Santo estaba en él. En apenas tres versículos lo repite otras tres veces, lo que, conociendo la tendencia de los autores bíblicos a ahorrarse los detalles innecesarios, parece que algo nos quiere decir. El texto dice que el Espíritu estaba con él, que le había hecho una revelación y que le movió al Templo. Y a mí se me ocurre que esto de vivir la Navidad tiene mucho que ver con ser un poco Simeón: que el Espíritu nos regale anhelar el consuelo de Dios, que nos mantenga la esperanza de ver a Jesús y que nos empuje ahí donde Él nos sale al paso. Quizá entonces también seamos capaces de reconocer al Señor, como Simeón, en un bebé… o en cualquier otro “disfraz” con el que le gusta camuflarse para encontrarse con nosotros en lo gris y rutinario de cada día.

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Autobuses y Evangelio

Hay reacciones que le reconcilian a una con la humanidad por más que nunca vayan a ser noticia en un periódico. Esta tarde, cuando iba al pueblo de la Sierra en el que vivo, el autobús se ha llenado antes de salir de la estación… como suele ser habitual.  Como el bus pasa por la autovía, nadie puede ir de pie y suele ser muy frustrante (y, además, frecuente) que alguien se tenga que bajar y quedarse a esperar el siguiente. Hoy ha sido un chico el que ha descubierto que no había espacio para él y, cuando se iba a dar la vuelta resignado, uno de los pasajeros le ha preguntado por su destino. Al conocerlo, le ha cedido su asiento. Ante un público asombrado, su argumento ha sido que, si bien él tenía que esperar “solo” quince minutos, el otro tenía que hacerlo durante una hora. Sí, ya sé que no es tan heroico como el intercambio de Maximiliano Kolbe con un condenado a muerte… pero no deja de ser llamativo, admirable y, sí, algo heroico para quien está deseando llegar a casa tras una larga jornada de trabajo.

Acciones como esta hacen palpable que el amor gratuito e incondicional que rezuma el Evangelio y, con frecuencia, nuestros discursos religiosos, tiene pequeñas y cotidianas encarnaciones. Vale la pena sacar del anonimato y del olvido estos pequeños gestos que interpelan y cuestionan nuestra vida, porque, a pesar de nuestras bonitas reflexiones sobre Evangelio y el mandamiento del amor, no tengo muy claro si seríamos capaces de hacer algo así por un desconocido.

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Caos y actividad en la VR

En muchas ocasiones me entra la tentación de cambiar el tema de mi Tesis doctoral, no porque no me apasione, sino porque encuentro en la vida diaria un montón de hipótesis que requerirían ser o no verificadas. Una de ellas es la convicción de que el caos de una mesa de trabajo, de un despacho o de un cuarto es siempre directamente proporcional al caos existencial que se está viviendo en ese determinado momento. No creo que lo llegue a comprobar nunca, pero al menos en mi caso sí que se cumple. Y es que, cuando más se me acumulan las actividades y las tareas pendientes, más “a mano” tengo que tener todo cuanto necesito para llevarlas adelante… y, claro, el caos es fácilmente predecible.

Y, si me apuras más con la hipótesis, también podría sugerir que ese caos espacial está relacionado con esas etapas de actividad frenética que se abalanzan con frecuencia en la VR. Y es que, en esto de rozar el activismo, “el que esté libre de pecado que tire la primera piedra”. Quizá por eso, el primer paso para ordenar el cuarto y nuestra vida tendría que pasar por recordar que ya tenemos un Salvador y que no podemos intentar usurpar su puesto a golpe de agendas a rebosar, que reconocer nuestros propios límites es abrir la puerta a que Dios pueda hacerse fuerte en nuestra fragilidad, y que más importante que hacer mil cosas es mantenernos vigilantes a la puerta de nuestra tienda, como Abrahán (Gn 18,1-3), para acoger al Señor que nos sale al encuentro en circunstancias y personas que nos pueden pasar desapercibidas si vamos demasiado rápido.

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“¿Has estudiado psicología?”

Esta tarde, cuando hacía cola para subir al AVE que me traería de regreso a Madrid desde Barcelona, he tenido una conversación simpática con la chica que estaba delante de mí y la que me seguía. De repente, sin que supiéramos el motivo, se había generado como por arte de magia una “segunda fila” para entrar en la misma vía donde estaba situado el tren. Este ha sido el motivo por el que hemos empezado a comentar cosas curiosas como el modo en que reaccionamos ante estas situaciones, que, por ley de Murphy, la fila de al lado siempre va más rápido o la seguridad que nos produce formar fila aunque aún falte tiempo para la salida del tren y podríamos permanecer sentados tranquilamente porque nadie nos va a quitar nuestro asiento.

Pero lo más gracioso es que, cuando ya nos separábamos para buscar nuestro vagón, la chica que estaba delante de mí me ha dicho: “¿has estudiado psicología?”. A mí me ha entrado la risa y le he respondido que no y que yo era teóloga (sí, muy consciente de que lo más probable es que no tuviera ni idea de qué significa eso). La respuesta ha sido aún más simpática: “Se te nota”.

No tengo muy claro qué es lo que le llevó a tomarme por una psicóloga, pero no estaría nada mal que a la VR se nos confundiera por este gremio con más frecuencia por el modo de descubrir, acoger y aceptar con cariño las dinámicas que se esconden tras nuestros comportamientos. Del mismo modo, ojalá aquello de mi ser teóloga que no puedo esconder y que me delata cuando hago comentarios tontos con gente desconocida sea la capacidad para hacer una lectura creyente de las cosas tan cotidianas como nuestras reacciones en la fila del tren. ¡Por desear, que no quede!

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De “suerte” y de Isabel Solá

Sé que no soy la única a la que el asesinato de Isabel Solá en Haití le ha conmocionado y le ha hecho pensar mucho durante la última semana. Y no es sólo por la cercanía que provoca que fuera de la misma nación, o por conocer a Hermanas suyas de Congregación que hace que entienda lo que supone perder de este modo a alguien con quien has compartido vocación, o porque su muerte delate que en muchos lugares la vida humana vale menos que el contenido de un bolso, o porque su tarea levantando un país destruido fuera loable… no, no es sólo por eso.

Lo que más me ha venido a la cabeza en estos días son unas palabras suyas tras el terremoto del 2010 que estaban llenas de doliente verdad: “No sé por qué estoy yo viva, me da rabia estar siempre entre los que tienen suerte”. Y se me ocurría pensar que quizá la vida creyente y también la Vida Religiosa tienen mucho de suerte.

Tenemos la suerte de poder servir a muchos de cuya suerte nos hacemos cómplices y en cuyas vidas nos implicamos, como hizo Isa en Haití. Y, además, tenemos la suerte de compartir la misma suerte de Aquél que nos amó hasta dar la vida… como Isa que, con la “mala” suerte de ser disparada por un desconocido, apuró una existencia volcada en otros.

De vez en cuando, como ha sucedido esta semana, algunas personas nos recuerdan que sentirse llamadas a dar la vida es la paradójica suerte de quienes seguimos a Jesús.

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Sartenes y castidad

Estos días me estoy acordando mucho de la costumbre que tiene la Hermana responsable de la cocina en mi casa de esconder la sartén con la que hace la tortilla de patatas. Ella dice que, como es la que menos se pega, prefiere quitarla “de circulación” para dedicarla a esa casi sagrada tarea (al menos para mí) de la tortilla española. Reconozco que a veces se me ocurren ideas un poco peregrinas pero recuerdo esta manía porque ando preparando algunas cosillas sobre la castidad. Ya sé que suena extraño, pero pienso que quizá las “sartenes” son una gráfica manera de ilustrar dos síntomas de un celibato que tiene que seguir creciendo.

Del mismo modo que hay sartenes a las que se les “pega” todo, también hay corazones célibes que andan “enganchándose” a personas, tareas, lugares… o a cualquier realidad que polariza un amor llamado a ser universal. Y que la sartén se pegue no es solo una dificultad para la tortilla, que acaba hecha un adefesio, sino también para la propia sartén que, al limpiarla, sigue perdiendo su capacidad de ser “anti-adhesiva”.

Pero también hay otras sartenes que no sirven para cocinas de inducción porque son incapaces de hacer aquello para lo que están llamadas: transmitir a los alimentos el calor que reciben del fuego. De la misma forma, hay célibes que, por miedo a que “se les pegue” algo, acaban optando inconscientemente por renunciar a poner en juego el corazón en medio de la vida, sin implicarse afectivamente en nada ni con nadie.

Unas y otras sartenes sirven para poco… y aquí está el límite de la imagen, porque, en vez de terminar en la basura, el Señor, que es el “fuego” de Amor a quien pertenecemos en exclusiva, nos va enseñando a lo largo de nuestra vida (si le dejamos) a conjugar el verbo amar en todos sus tiempos, modos y personas. Y así, de modo misterioso y por su sola Gracia, la sartén de cocina eléctrica puede ir adaptándose a la inducción  o la que se pega puede ir ganando en “anti-adherencia” para compartir sin arrebatar aquél calor que da sentido a nuestra vida.

(Esta entrada se la dedico a mi amigo Javier Izquierdo, pues siempre recuerdo que él, por su dominio del tema, era el encargado de comprar las sartenes en su casa).

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