Osito de peluche

Una de las iniciativas que más me gustan de la Universidad en la que trabajo es que tiene un plan de integración para personas con alguna discapacidad intelectual. Esto hace que el campus universitario sea más parecido al mundo real y encontremos en él a chicos y chicas diferentes que comparten espacio, trabajo y vida cotidiana.

Hoy, en la estación de tren, había una joven de este programa que estaba hablando con otras mientras abrazaba a un osito de peluche. Si bien ella no “desentonaba” con lo que suelo ver por aquí, sí lo hacía su suave compañero de jornada. Y a mí, que soy de Bilbao y no derrocho precisamente expresiones de cariño, me ha dado por pensar que, en realidad, todos estaríamos encantados de ir a trabajar con nuestro osito de peluche bajo el brazo: alguien suave y blandito dispuesto a ser achuchado en cualquier momento sin condiciones ni exigencias. Si no lo hacemos, es porque nos han enseñado que ser adulto pasa por mostrarnos fuertes, firmes e irrompibles ante cualquier revés que nos traiga la vida, como si la ternura y la fragilidad fueran los despojos de una infancia de la que hay que alejarse cuanto antes.

Es todo un consuelo que Jesús se empeñe en recordarnos que el Reino de Dios es para los que son como los niños (Mt 18,3) y que Él nos anime a sacar a pasear de vez en cuando nuestro lado más ingenuo, tierno y débil. Igual no lo haremos de modo tan evidente como esta alumna, pero confiar en las palabras del Galileo se parece mucho a “insensata” inocencia de ir por la vida con un osito de peluche.

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Una respuesta a Osito de peluche

  1. Marta dijo:

    ¡Qué chulo el post! Me siento identificada con lo que dices… en mi casa tengo algún que otro juguete jajajaja
    Un abrazo

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