De pies, excesos y derroches

Apenas hace unas horas que he regresado a casa después de una semana en un monasterio perdido de Navarra. Llego con el tiempo justo para poner la lavadora y situarme antes de la Vigilia Pascual pero con el regusto de haber vivido un tiempo providencial. Y es que confieso que, aunque muchos que tratan conmigo no se lo crean, que tengo un ramalazo eremita bastante interesante.

De todo lo vivido hay una escena de estos días que me ha hecho pensar y rezar. Para preparar la celebración del Jueves Santo, la hermana encargada de la hospedería estuvo repartiendo colaboraciones y me pidió que me dejara lavar los pies. En seguida se me vino a la cabeza Mario, compañero de estudios en Biblia, que un año vino protestando porque las monjas donde había celebrado la Semana Santa no habían querido hacer el gesto del lavatorio. Le dolía en el alma que le hubieran privado de un signo que a él le decía tanto… pero yo entendía perfectamente el motivo de esas religiosas: Descálzate, lucha con el calzado, si tienes pantys… ¡bufff! ¡qué lío! Pues algo así pensé yo. Me daba tanta pereza que casi convenzo a una abuelita que temía tirar las ofrendas de que me cambiara la tarea, aunque tuve que desistir en cuanto supo en qué consistía…

Pues bien, ahí me armé de valor deseando que el zapato no se me resistiera más de lo deseable, que el agua no estuviera muy fría y que ninguna pelusilla del calcetín se me quedara ridículamente pegada en el pie. A medida que el sacerdote se acercaba superando los pies de mis compañeros, me iba ganando un pudor terrible. Y no porque tenga unos pies feos (que, modestia aparte, aún se pueden lucir con mucha dignidad… ¡y no era el caso de algunos que me acompañaban!), sino por la delicadeza y la ternura de quien lavaba… ¡con beso sonoro incluido!

Quizá la reacción de Pedro y ese “¡no me lavarás los pies jamás!” (Jn 13,8) tiene que ver con esta sensación de ternura desproporcional que yo sentí, que descoloca y pone al descubierto cuánto nos cuesta perder el control y dejarnos querer así de exageradamente. Por eso, quien no se deja lavar los pies no puede tener parte con Jesús, porque sólo haciendo experiencia de amor desmedido e irracional podemos dejarnos introducir en esa dinámica de exceso y desmesura que nos lleva poco a poco a amar a su modo.

Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.
¡Comparte en Twitter este post!

6 respuestas a De pies, excesos y derroches

  1. Marta dijo:

    Precioso… gracias!!

  2. Dorian Gay dijo:

    ¡De cuantas cosas he de despojarme aun para revestirme del Resucitado! Al final mi falta de Fe hace que me embadurne de barnices de “seguridad” que me impide ponerme en las manos de Dios. Por eso es tan importante vivir y entender el Triduo y lo que significan.

    Un abrazo y feliz Pascua

  3. Guadalupe dijo:

    Querida Ianire: ¡Feliz Pascua! Leo tu reflexión y no tengo tiempo, ahora mismo para dejar que tus palabras susciten las mías. Gracias de todos modos. Con cariño, tu hermana en el Señor resucitado.

  4. MERCEDES GARCIA ECHANDI dijo:

    Ianire que bueno…Feliz Pascua!! Has estado por Navarra? la próxima dame un toque y nos vemos… Soy la recopiladora de páginas de internet . Yo la pasé en Soria en una Pascua familiar y les tocó a los niños lavarnos los pies a los padres y me has transpportado perfectamente al momento, gracias por tus escritos, son una gozadica abrazo!!

    • ianireangulo dijo:

      Mertxe!! Pues sí, he estado en Oteiza de Berrioplano… pero tienes razón, para la siguiente te doy un toque. Besotes!!

  5. Marcela Cundafé dijo:

    Ianire.. Interesante. siempre paso por aquí a leer.. pero su experiencia es linda y la reflexión, yo puse muchas resistencia para dejarme lavar los pies. Aun con el sabor a pascua disfruto su reflexión.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *