Tatuajes

Ahora que el calor saca a la luz todas nuestras miserias y que se multiplican los centímetros de piel a la vista, no hago más que constatar que quienes no tenemos un tatuaje somos una minoría en peligro de extinción. Es verdad que me resulta un poco cómico que, en un mundo alérgico a los compromisos permanentes, no exista reparo alguno en grabarse a perpetuidad lemas o diseños de todo tipo. Pero, más allá de esta llamativa paradoja, no hay más que abrir los ojos para ver que, entre aquellos que tienen más tinta en sus brazos que la que se concentra en las líneas del Quijote y quienes dejan asomar una discreta fecha hay un amplísimo abanico de letras y dibujos que ilustran las más variadas partes del cuerpo.

Y una, que es innegablemente freaky (y está orgullosa de ello), no puede evitar que le venga a la cabeza tanto la prohibición de Levítico de tatuarse (Lv 19,28) como la rotunda afirmación divina de que “aquí estás, tatuada en mis manos” (Is 49,16). Y me da a mí que ambos textos son menos contradictorios de lo que parece, porque tatuarse es, en realidad, resistirse con uñas y dientes a que algo fundamental se olvide. Se trata de desear tener algo siempre presente, ante los ojos, y sentirse definido “desde dentro” por esa realidad. Por eso, lo que el Levítico prohíbe como gesto de vinculación radical con un culto pagano, en el caso de Dios se transforma en expresión de un amor desmedido. Por eso, ante tanto tatuaje a la vista me brota preguntarme qué me tatuaría yo: “Escucha Israel…” (Dt 6,4-5).

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De Corpus y “hierba en el camino”

No sé exactamente qué es lo que hice ayer, pero el caso es que se me borraron todos los contactos del móvil. Después de reponerme del “impacto” de verme sin un solo teléfono grabado, me di cuenta de que podía recuperar con facilidad aquellos números con los que tenía una conversación de Whatsapp abierta. La grata sorpresa fue comprobar que últimamente había mantenido contacto con la mayoría de la gente que, por un motivo u otro, resulta importante para mí. Me vino a la cabeza una frase que se le atribuye a Platón: “No dejes crecer la hierba en el camino de la amistad”. De un modo u otro, a lo largo de los últimos meses no ha habido opción de que la senda que me distancia con la gente que quiero se llenara de maleza a costa de no transitar desde un lado u otro, lo que es, sin duda, un regalo a agradecer y mantener.

Y, claro, estando en la víspera del Corpus, me dio a mí por pensar que en realidad este día no hacemos sino celebrar algo parecido, que el Señor se empeña en que, al menos por su parte, no crezca la hierba en el camino que nos separa o, mejor, que nos une. El empeño obstinado de Jesucristo por mantenerse presente, cercano, amigo, recordándonos que nuestra vida tendrá sentido en la medida en que se parte y se comparte con la suya. Sí: ¡a Él no hay modo de que se le borren los contactos!

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“Siempre tengo tiempo para un café”

Quien me conoce sabe que eso de “siempre tengo tiempo para un café” es una frase que repito con facilidad. Y no es que me guste mucho el café o que tenga tiempo libre como para exportar, porque mi agenda es como un tetris en el que van cayendo piezas que tengo que encajar haciendo equilibrios… Pero, detrás de esta expresión se esconde una convicción que me ha acompañado desde hace años y se me va haciendo cada vez más fuerte: lo primero son las personas y el encuentro cara a cara con ellas. Y, claro, la consecuencia lógica de este convencimiento es la decisión firme de buscar siempre un hueco para ese encuentro personal.

En épocas del año como esta, en la que parece que todo se acumula y las tareas compiten en número y urgencia, una servidora se siente muy tentada a ser un poco más pragmática y renunciar a este lema personal en favor de arañar algún hueco más que me permita la ilusión de avanzar en alguno de los trabajos que se me acumulan.

Con todo, tengo la experiencia de que, cuando con más “ascesis” (de la buena) que seguridad me niego a posponer lo importante por lo urgente, se me devuelve con creces el esfuerzo por encontrar momentos en asombro ante el otro, en confianza regalada y acogida, en admiración ante el misterio de la Vida con mayúsculas que se cuece en lo pequeño, en adoración ante el Dios que se cuela en las rendijas de lo cotidiano, en agradecimiento por el paso del Señor en la existencia de las personas… Y, reconciliada con una agenda que nunca tendrá el tiempo suficiente para todo lo que desearía, agradezco la chispa de lucidez que me permitió mantenerme en la certeza de que “siempre tengo tiempo para un café”… porque es más lo que recibo que lo que doy.

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Conversaciones de tren

Me estoy dando cuenta de que muchas personas aprovechan los recorridos en cercanías para hablar por teléfono. Ahora mismo, cuando regreso a mi casa en las afueras de Madrid, tengo una chica frente a mí que está charlando con una amiga. Aunque no estaba prestando atención a la conversación, me ha llamado la atención que le estaba contando el enfrentamiento que ha tenido con una religiosa (“monja” la ha llamado ella) supongo que en un centro educativo. Le contaba a su amiga que, con el calor que está haciendo, lo normal es que acudieran con tirantes y que esta religiosa le había reprochado a ella que, por ese motivo, venía desnuda. Según he entendido, no se trataba de un enfrentamiento ni directo ni puntual, sino una gota más en un vaso que estaba lleno.

La conversación no me hubiera llamado la atención si no llega a ser por el convencimiento que esta joven le compartía a su amiga: “es como si se arrepintiera de su vocación y lo pagara fastidiando a todo el mundo… y esto sí me ha hecho pensar. ¿Qué nos pasa a la Vida Religiosa que damos esta sensación con tanta facilidad? ¿Pueden unos centímetros más o menos de piel al sol convertirnos en hurañas amargadas para tanta gente? ¿Estamos seguras de que todas las batallas en las que invertimos la carga pesada de nuestras municiones valen realmente la pena ser luchadas? El encuentro con Jesús ¿no tendría que hacernos más empáticas… y más simpáticas, más capaces de percibir cuándo las “bromas” no hacen gracia o cuando incomodamos con nuestros comentarios “sin mala intención”?

Es cierto que los prejuicios son eso, prejuicios, pero también es verdad que a veces los labramos golpe a golpe, comentario a comentario. Quizá, si fuéramos conscientes de que transmitimos sin querer aquello que expresaba esta joven de que, en realidad, no somos felices, tendríamos más cuidado… o nos cuestionaríamos con honestidad qué guardamos en el corazón y se transmite en nuestras actitudes.

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Trabajar y jugar

Eso de celebrar el día del trabajo me ha recordado algo que vimos el otro día con mis alumnos/as de Ciencias Religiosas. Estábamos estudiando con algo de detalle un texto del libro de Proverbios en el que la Sabiduría se presenta personificada y habla de sí misma intentando convencer al auditorio de la conveniencia de acogerla en su vida y dirigirnos según sus criterios (Prov 8,12-36).

Hay un momento en el que “Doña Sabiduría” empieza a describir la creación mientras insiste que, mientras Dios hacía todas esas “obras de ingeniería”, ella estaba a su lado, bien cerquita (Prov 8,22-30). Lo simpático es que, al final de detallar esa acción creadora, afirma que ella estaba jugando ante Él con el orbe de la tierra. La frase hebrea también se puede traducir que estaba jugando en la tierra:

“Yo estaba junto a Él, como aprendiz, yo era su delicia día tras día, jugando ante Él todo el tiempo, jugando en el orbe de la tierra, delicia con los hijos de Adán” (Prov 8,30-31).

La cosa es que, según este texto, ser aprendiz y colaborador de Dios en la Creación, que es la vocación profunda del ser humano, tiene que ver con jugar. Mientras que el trabajo esforzado es el fruto del pecado (cf. Gn 3,17), llevarlo adelante sabiamente tiene un aspecto lúdico. La tarea y nuestra responsabilidad ante ella será la misma, pero lo que no es igual es el modo de realizarla, pues según cómo lo hagamos estamos más o menos cerca de la Sabiduría, disfrutando o no con Ella.

Andamos siempre con las agendas hasta arriba, con miles de cosas que hacer… pero tendríamos que preguntarnos si las realizamos “jugando” o “con el sudor de nuestra frente”, esto es, si trabajamos “sabiamente” o “como fruto de pecado”.

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La burra de Balaam

Los días que estoy en Granada me gusta subir a la Facultad andando. A medida que van pasando los minutos, las calles se van llenando de gente que va al trabajo y de turistas que comienzan un intenso día de visitas. Atravesar la ciudad caminando y ser testigo de cómo va despertando ella y sus habitantes me ayuda a comenzar la jornada rezando y reconociendo la Presencia de Dios y a situarme yo también ante el día que comienza y cómo deseo vivirlo.

Pero, a veces, en medio de estas rutinas, algún gesto se convierte en significativo. Eso es lo que me ha sucedido esta mañana cuando me he cruzado con alguien que, a medida que pasaba ante otra persona se dirigía a él o a ella para decirle: “Dios te ama y te perdona”. No “asaltaba” de forma violenta como un predicador televisivo o algunos espontáneos en el metro de Madrid, sino que lo afirmaba con serenidad, sin pararse y casi pasando desapercibido.

Aunque ese hombre no tenía aspecto de estar demasiado sano psicológicamente hablando, decía una verdad como un puño. Me ha resultado inevitable recordar a un personaje bíblico que a mí me resulta muy significativo y con la que me siento identificada con frecuencia: la burra de Balaam. Y es que, si recordamos a este animal es porque el mismo Dios le hizo hablar para disuadir a su dueño, un vidente pagano, de que no maldijera a Israel.

Como sucedió con ese asno, con la persona con la que me he encontrado esta mañana o conmigo misma, todos tenemos capacidad para que el Señor nos convierta en su boca. Su Palabra puede llegarnos a través de cualquiera, sin hacerlo depender de sus facultades psicológicas, de su coherencia de vida o de su calidad humana. Nada puede condicionar, ni siquiera nosotros mismos, que nuestras palabras, gestos o nuestra vida entera se convierta en un momento determinado en una elocuente expresión de Dios para quien sea capaz de percibirlo… ¡Gracias a Dios! Creo que voy a dar mis clases de hoy con más confianza.

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La Pasión “es para los vivos… y solo se llega viviendo”

Estoy casi convencida de que, a partir de la distancia entre una u otra entrada de este blog, se podría intuir cómo anda mi agenda de cargada o, sobre todo, cuál es la velocidad de mi vida. Y es que parece sintomático que, cuando el ritmo se me va serenando soy capaz de descubrir mil guiños cotidianos capaces de llenar este espacio virtual. Después de esta confesión de mi necesidad de respirar un poco más profundo, os comparto el último “guiño”.

Hace unas semanas que, gracias a una alumna (un saludo, Laura), he descubierto a Paco Bello. Se trata de, como diría otro amigo, un “cansautor” (sí, tengo “debilidad” por ellos). El caso es que el estribillo de una de sus canciones se me viene a la cabeza últimamente. Una de sus frases dice: “El cielo es para los vivos y solo se llega viviendo”. Ahora, recién entrando estos días densos y profundos de Semana Santa, me da que la Pasión también es para los vivos, para aquellos que se lanzan a saborear la existencia poniendo toda la carne en el asador, volcando el corazón a cada paso y en cada encuentro y apostando por lo que pocos apuestan. Y, sí, solo se llega viviendo, porque hacerlo sin pasión, calculando y midiendo no es vivir.

Ojalá contemplar con asombro el amor sin cuartel y la vida apasionada de Jesucristo durante estos días nos contagie la existencia y nos ponga en camino de estar vivos y VIVIR con mayúsculas.

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“Una cuestión de tiempo”

Esta temporada paso muchas horas a la semana viajando. Entre las mejoras en los autobuses que me resultan más útiles, está una pantallita individual que te permite elegir cuándo y qué película ver. El otro día elegí una comedia romántica de esas que parecen evidentes para poder “dormirla” sin que me preocupara no ver el final. El caso es que resultó mucho más profunda de lo que parecía a simple vista. El protagonista descubre que los varones de su familia tienen la misteriosa capacidad de retornar al pasado cuando deseen hacerlo. Os podéis imaginar el juego que puede dar este extraño don para “corregir” todos esos momentos en los que metemos la pata u optamos por la elección inadecuada.

Pues bien, lo interesante de la película (al menos para mí) fue que el personaje recibe de su padre un “truco” que él había disfrutado: volver a repetir cada día para poder disfrutar de todos esos pequeños detalles que se le habían pasado inadvertidos en la primera ocasión. No se trataba de cambiar las cosas, sino de advertir las personas y situaciones que se nos escurren entre los dedos de la vida para llenar cada jornada de sentido. Adiestrar la mirada cotidiana para reconocer a Aquél que cada día nos sale al encuentro. Lo mejor de la película (también para mí) es que al final el protagonista confiesa que dejó de “repetir” los días. Ya no le hacía falta: vivía todos como si fueran el último. Aunque no tengamos posibilidad de regresar al pasado ¿no es un “truco” precioso para VIVIR (con mayúscula)?

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Otra vez Simeón… y la Vida Consagrada

Quien lea el título de este post va a pensar que empiezo a obsesionarme con Simeón, porque ya dediqué otra entrada en Navidad a este personaje tan curioso. Igual es verdad ¡quién sabe! El caso es que hoy, me he vuelto a fijar en este tipo al escuchar de nuevo los versículos que Lucas dedica a él y con el trasfondo del día de la Vida Consagrada (Lc 2,22-35).

Esta vez lo que me llamaba la atención es que Simeón “se aparta”, se sabe poner en un segundo plano en la narración y sus palabras sirven para centrar toda la atención en ese Niño que es Luz y salvación. Quizá no haya otro modo mejor de celebrar y agradecer en este día nuestra vocación en la Iglesia que hacer como Simeón: reconocer a Jesús en lo pequeño, bendecirle y echarnos a un lado para que sólo Él sea el centro.

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Una cuestión de mirada

El otro día fui al cine y, mientras esperaba en la fila para comprar la entrada, estaba muy entretenida escuchando a una señora que estaba detrás de mí. Ella le iba relatando a su amiga todas las cosas que no estaban bien. Que si se iba “anchando” la fila y que seguro que se colaba alguno, que si porqué le pregunta ese a la taquillera por las filas cuando hay un cartel diciendo que no están numeradas, que si habían subido el precio de la entrada… Aunque su compañera, con una paciencia infinita, iba quitando plomo a sus comentarios, me dio mucho que pensar. Y es que podemos vivir así la vida, prestando más atención a lo que no responde a nuestros deseos y expectativas que a lo bueno que se abre ante nosotros, acentuando lo que no es como debería y olvidando así todo aquello que sí se va pareciendo a lo que está llamado a ser.

Los religiosos/as deberíamos ir por la vida como la amiga de esa mujer, subrayando lo positivo y sacando “lo precioso de lo vil” (Jr 15,19)… y quizá, poco a poco, se nos iría pareciendo la mirada a la de Dios.

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