Me urge amar…¿vienes o voy?

Hace tiempo que la confesión de ser “de ciencias” para justificar mi ignorancia en temas de literatura se me queda un poco corto. Y no solo porque esa formación científica del Bachillerato está demasiado arrinconada en algún remoto lugar de mi cerebro como para que condicione realmente mi vida, sino también porque cada vez más desearía tener un paladar mucho más adiestrado para saborear la poesía. Estas ganas solo se acrecientan cuando me tropiezo con esas afortunadas frases que, sin mencionarme, siento que me dicen.

Eso me ha pasado hoy. En pleno adviento y cuando el final de cuatrimestre hace “de las suyas” y aprieta las agendas, me encuentro con: “Me urge amar… ¿vienes o voy?”. Amar es, sin duda, la verdadera urgencia en medio de tantas prisas y tareas… por eso ven, Jesús, a enseñarnos a hacerlo.

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“A los locos nos verán bailando”

No sé si mi reputación va a caer definitivamente al subsuelo cuando confiese públicamente que estoy descubriendo un grupo de música indie, Izal, que tiene muy buenas letras y que me está gustando mucho. Y, en esta época, cercana al final del año litúrgico en el que las lecturas bíblicas nos ponen en tensión escatológica, una de sus canciones me viene a la cabeza con fuerza.

En ella se presentan dos formas de enfrentarse a un inminente “final de los finales”. Los cuerdos gritan, lloran y sufren, mientras que los locos mantienen una actitud totalmente distinta. Ellos bailan, sienten lejos el dolor de otros momentos y los miedos de antes se transforman. En medio de un baile entre amigos, los locos apuestan por las relaciones y los encuentros. Todo queda relativizado por la cercanía del fin.

Por mucho que el Adviento nos invite, año tras año, a mantenernos expectantes ante la venida definitiva de Jesucristo, no tengo muy claro que saquemos todas las consecuencias cotidianas que implica esta certeza. Esperar en un final de la historia en el que la Palabra tenga la última palabra y en el que el Padre reine en plenitud nos tendría que permitir relativizar muchas preocupaciones, vivir con menos miedos, priorizar las relaciones personales… ¡y “bailar” la existencia como si no hubiera mañana! Sí, quizá se trate de estar un poco menos cuerdos y algo más locos ¿no?

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Osito de peluche

Una de las iniciativas que más me gustan de la Universidad en la que trabajo es que tiene un plan de integración para personas con alguna discapacidad intelectual. Esto hace que el campus universitario sea más parecido al mundo real y encontremos en él a chicos y chicas diferentes que comparten espacio, trabajo y vida cotidiana.

Hoy, en la estación de tren, había una joven de este programa que estaba hablando con otras mientras abrazaba a un osito de peluche. Si bien ella no “desentonaba” con lo que suelo ver por aquí, sí lo hacía su suave compañero de jornada. Y a mí, que soy de Bilbao y no derrocho precisamente expresiones de cariño, me ha dado por pensar que, en realidad, todos estaríamos encantados de ir a trabajar con nuestro osito de peluche bajo el brazo: alguien suave y blandito dispuesto a ser achuchado en cualquier momento sin condiciones ni exigencias. Si no lo hacemos, es porque nos han enseñado que ser adulto pasa por mostrarnos fuertes, firmes e irrompibles ante cualquier revés que nos traiga la vida, como si la ternura y la fragilidad fueran los despojos de una infancia de la que hay que alejarse cuanto antes.

Es todo un consuelo que Jesús se empeñe en recordarnos que el Reino de Dios es para los que son como los niños (Mt 18,3) y que Él nos anime a sacar a pasear de vez en cuando nuestro lado más ingenuo, tierno y débil. Igual no lo haremos de modo tan evidente como esta alumna, pero confiar en las palabras del Galileo se parece mucho a “insensata” inocencia de ir por la vida con un osito de peluche.

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Tesis con dolores de parto

Alguna vez ya he confesado que la intensidad de mi vida se puede medir por el tiempo que pasa entre un post y otro de este blog. Como se podrá comprobar con facilidad, este último tiempo está siendo, cuanto menos, “apretado”. A los “encantos” del comienzo de curso y a la acumulación de tareas que parece que se concentran en estos meses se le está sumando que mi tesis está con los últimos estertores antes de morir… o mejor, con dolores de parto de una criatura a punto de ver la luz.

Y, cuando en un trabajo tan arduo y prolongado en el tiempo (en mi caso algo más de cuatro años) empieza a verse el final, se mezclan un montón de emociones: vértigo, emoción, agradecimiento… y la sensación de que, por más alegría que dé ver el cercano final de esta etapa vital, lo importante de esta experiencia se juega más en el camino transitado que en el logro final.

Y me da a mí por pensar que, en realidad, toda nuestra vida es algo parecido a una tesis. Un aprendizaje existencial que requiere mucho tiempo, con la consiguiente paciencia para con una misma y para con las circunstancias, una paradójica mezcla de disciplina y flexibilidad que culmina reconociendo que no sabes prácticamente nada de casi ningún tema, pero del que brota el agradecimiento por lo vivido. Lo mejor es que, cuando tengamos que defender la tesis de la vida, vamos a tener a Quien la defienda por nosotros: el mismo Señor que acompañó escondidamente nuestros pasos cotidianos. Porque, al final, en esta existencia ¿no se trata de gestar una Vida con mayúsculas?

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“Mira al cielo y cuenta las estrellas” (Gn 15,5)

Dicen que el mundo se divide entre alondras, que son quienes están más lúcidas por la mañana, y los búhos, que empiezan a ser ellos mismos a medida que pasa el día. Yo soy, sin duda, búho, así que podéis imaginar lo “bien” que llevo el comienzo de curso y que el despertador decida atacarme sin previo aviso a las seis de la “madrugada”.

Sí, estos días me está costando salir de casa cuando aún es de noche cerrada. Una de las pocas cosas que me dan consuelo tan temprano es lo bien que se ven las estrellas. Siempre me acuerdo de esa promesa lanzada a Abrahán: “Mira al cielo y cuenta las estrellas, si puedes contarlas… así será tu descendencia” (Gn 15,5).

Quiero pensar que también a mí se me hace esta invitación a la esperanza en aquello que desborda con mucho mis capacidades humanas y que sólo Dios es capaz de llevar adelante, que esos luceros evidencian que en la noche siempre hay resquicios para la luz y que también a mí se me promete una Presencia que caminará silenciosamente a mi lado a lo largo de la jornada en forma, muchas veces de estrellas: personas capaces de reflejar sin pretenderlo una Luz mayor y que, de este modo, nos guían por un camino cierto.

Por eso, a pesar del sueño y de la pereza que supone siempre volver a las rutinas, tampoco yo puedo, como Abrahán, contar las estrellas de mi vida ni esquivar la propuesta del “Sol que nace de lo alto” (Lc 1,78) de acoger su brillo para convertirme también yo en su estrellasólo por hoy y mientras despierta el día.

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De atentados y fundadores

Aún no he podido salir del asombro. Esta mañana he celebrado la eucaristía en la parroquia a la que acudo cuando estoy de vacaciones en Bilbao. Mientras media nación seguía conmocionada por los atentados de ayer en Barcelona y todos teníamos el corazón encogido ante tanto sufrimiento gratuito, el sacerdote ha salido al altar diciendo que hoy iba a celebrar una misa votiva en honor de su fundador porque “se podía hacer”.

En ningún momento ha hecho mención a lo que seguramente estaba ocupando la mente y el corazón de cuantos nos reuníamos en la capilla. Ni un recuerdo por las víctimas, ni una petición por la reconciliación… nada que nos hiciera pensar que lo que estábamos celebrando era la vida, muerte y resurrección de Aquél que comparte nuestra condición humana. Nada que nos recordara que los gozos y esperanzas, sufrimientos y alegrías de todas las personas son también las de la Iglesia (cf. GS 1). Eso sí, no ha tenido ningún reparo en pedir a través de su fundador por ellos mismos, por su Congregación y por las vocaciones a su Instituto. No conozco mucho al santo en cuestión, pero me temo que ese buen hombre del s. XVIII se habría sonrojado al descubrir que un “hijo” suyo permanece tan alejado de las inquietudes de la gente corriente.

Quizá algo parecido a lo que mostraba este religioso nos sucede con demasiada frecuencia. Resulta muy fácil resguardarnos de la vida que se cuece a pie de calle escondiéndonos en inalcanzables torres de marfil, olvidarnos de que seguimos a un Jesús que se hizo “uno de tantos” y vibrar más por figuras idealizadas del pasado que por aquellas situaciones que conmovería el corazón de esos mismos personajes. Conmocionada y desconcertada por todo lo sucedido y por esta “peculiar” eucaristía, le pido a Dios que nos permita sentir con la humanidad, descubrir sus huellas también en los periódicos y no mantenernos inmunes ante el sufrimiento humano.

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De dulces y confianza

En los últimos días he disfrutado de unos días en Mallorca. Ahí he estado dando un retiro a unas Hermanas y el viaje ha sido ocasión para descubrimientos, reencuentros, descanso y oración. En el poco tiempo que pude invertir en conocer un poco la isla visité un pueblo precioso, Valldemossa, donde hay un dulce típico que se llama coca de patata y que, a pesar del nombre, no tiene nada de patata.

Últimamente me ha venido a la cabeza más de una vez el comentario que hizo Belén, la cuñada de mi amiga Arantza (un saludo a ambas), sobre la complejidad que esconde cocinar este bollo. Su esponjosidad se debe a que la masa tiene muy poca harina, lo que hace que esté tan “pegajosa” que, quien sigue la receta, no suele fiarse en que esté bien y acaba echando más harina de la recomendable. Vamos, que si una coca de patata está buena es precisamente porque es fruto de la confianza.

Y a mí me da que nos pasa algo muy parecido a lo de este pastel. No solo por lo engañosos que pueden resultar los nombres que damos a las realidades que nos rodean, haciéndonos dudar de que algo dulce pueda tener nombre de tubérculo. También porque la existencia “nos sale bien” cuando confiamos en la vida, en nuestras capacidades, en la palabra de otros y, sobre todo, en la Palabra de Otro.

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Tatuajes

Ahora que el calor saca a la luz todas nuestras miserias y que se multiplican los centímetros de piel a la vista, no hago más que constatar que quienes no tenemos un tatuaje somos una minoría en peligro de extinción. Es verdad que me resulta un poco cómico que, en un mundo alérgico a los compromisos permanentes, no exista reparo alguno en grabarse a perpetuidad lemas o diseños de todo tipo. Pero, más allá de esta llamativa paradoja, no hay más que abrir los ojos para ver que, entre aquellos que tienen más tinta en sus brazos que la que se concentra en las líneas del Quijote y quienes dejan asomar una discreta fecha hay un amplísimo abanico de letras y dibujos que ilustran las más variadas partes del cuerpo.

Y una, que es innegablemente freaky (y está orgullosa de ello), no puede evitar que le venga a la cabeza tanto la prohibición de Levítico de tatuarse (Lv 19,28) como la rotunda afirmación divina de que “aquí estás, tatuada en mis manos” (Is 49,16). Y me da a mí que ambos textos son menos contradictorios de lo que parece, porque tatuarse es, en realidad, resistirse con uñas y dientes a que algo fundamental se olvide. Se trata de desear tener algo siempre presente, ante los ojos, y sentirse definido “desde dentro” por esa realidad. Por eso, lo que el Levítico prohíbe como gesto de vinculación radical con un culto pagano, en el caso de Dios se transforma en expresión de un amor desmedido. Por eso, ante tanto tatuaje a la vista me brota preguntarme qué me tatuaría yo: “Escucha Israel…” (Dt 6,4-5).

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De Corpus y “hierba en el camino”

No sé exactamente qué es lo que hice ayer, pero el caso es que se me borraron todos los contactos del móvil. Después de reponerme del “impacto” de verme sin un solo teléfono grabado, me di cuenta de que podía recuperar con facilidad aquellos números con los que tenía una conversación de Whatsapp abierta. La grata sorpresa fue comprobar que últimamente había mantenido contacto con la mayoría de la gente que, por un motivo u otro, resulta importante para mí. Me vino a la cabeza una frase que se le atribuye a Platón: “No dejes crecer la hierba en el camino de la amistad”. De un modo u otro, a lo largo de los últimos meses no ha habido opción de que la senda que me distancia con la gente que quiero se llenara de maleza a costa de no transitar desde un lado u otro, lo que es, sin duda, un regalo a agradecer y mantener.

Y, claro, estando en la víspera del Corpus, me dio a mí por pensar que en realidad este día no hacemos sino celebrar algo parecido, que el Señor se empeña en que, al menos por su parte, no crezca la hierba en el camino que nos separa o, mejor, que nos une. El empeño obstinado de Jesucristo por mantenerse presente, cercano, amigo, recordándonos que nuestra vida tendrá sentido en la medida en que se parte y se comparte con la suya. Sí: ¡a Él no hay modo de que se le borren los contactos!

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“Siempre tengo tiempo para un café”

Quien me conoce sabe que eso de “siempre tengo tiempo para un café” es una frase que repito con facilidad. Y no es que me guste mucho el café o que tenga tiempo libre como para exportar, porque mi agenda es como un tetris en el que van cayendo piezas que tengo que encajar haciendo equilibrios… Pero, detrás de esta expresión se esconde una convicción que me ha acompañado desde hace años y se me va haciendo cada vez más fuerte: lo primero son las personas y el encuentro cara a cara con ellas. Y, claro, la consecuencia lógica de este convencimiento es la decisión firme de buscar siempre un hueco para ese encuentro personal.

En épocas del año como esta, en la que parece que todo se acumula y las tareas compiten en número y urgencia, una servidora se siente muy tentada a ser un poco más pragmática y renunciar a este lema personal en favor de arañar algún hueco más que me permita la ilusión de avanzar en alguno de los trabajos que se me acumulan.

Con todo, tengo la experiencia de que, cuando con más “ascesis” (de la buena) que seguridad me niego a posponer lo importante por lo urgente, se me devuelve con creces el esfuerzo por encontrar momentos en asombro ante el otro, en confianza regalada y acogida, en admiración ante el misterio de la Vida con mayúsculas que se cuece en lo pequeño, en adoración ante el Dios que se cuela en las rendijas de lo cotidiano, en agradecimiento por el paso del Señor en la existencia de las personas… Y, reconciliada con una agenda que nunca tendrá el tiempo suficiente para todo lo que desearía, agradezco la chispa de lucidez que me permitió mantenerme en la certeza de que “siempre tengo tiempo para un café”… porque es más lo que recibo que lo que doy.

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