Efectos especiales

En la Eucaristía de esta mañana hemos tenido un apagón de lo más oportuno. En el momento en que el sacerdote introducía el acto penitencial se apagaron todas las luces del presbiterio y empezaron a brillar con fuerza las de emergencia. La celebración siguió su ritmo normal, pero en el momento en que se iba a proclamar el Evangelio, volvieron las luces y la capilla se iluminó de nuevo. Quien celebraba, antes de empezar su homilía, comentó jocosamente que, después de esta “misa con efectos especiales”, no sabía muy bien qué decir.

Quizá por lo que en este inicio de cuaresma de ronda en el corazón, a mí se me ocurrió pensar que nos pasa con frecuencia lo de la Eucaristía de hoy. Cuando prestamos más atención a nosotros mismos y nos centramos en nuestro pecado, en nuestra fragilidad o en nuestra impotencia, no es difícil “quedarnos a oscuras” y regodeándonos en nuestro barro. Pero es la voz de Otro, con la Buena Noticia de que sólo Él es Quien transforma, Quien sana y Quien ama sin condiciones, lo que pone una luz nueva capaz de hacernos salir de esos agujeros negros en los que, una vez que entramos, resulta difícil salir.

Ojalá en este tiempo podamos confesar eso que canta Izal, “eres luz que va llenando cada espacio hueco que se va encontrando”.

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Tomar distancia

La verdad es que, aunque viajo bastante, pocas veces tengo que hacerlo en avión. El otro día fue una de esas ocasiones. Aunque era muy temprano y mi rutina favorita en estos casos es dormir, me estuve fijando en cómo íbamos cogiendo altura. A medida que subíamos, la bulliciosa ciudad de Madrid, que estaba amaneciendo a sus prisas, se quedaba pequeñita y daba la sensación de que su velocidad se iba menguando.

No sé muy bien cuál fue la relación de ideas, pero mientras ascendíamos me acordé de algo que me había contado una amiga. Ella me explicaba cómo una situación que había intentado evitar sin éxito le parecía una nimiedad desde que se había enterado de que una amiga suya tenía una grave enfermedad. Y es que sólo apreciamos las verdaderas dimensiones de cuanto nos sucede cuando nos alejamos de ellas y nos damos cuenta de que su tamaño no es tan grande, cuando, como sucede al despegar, trascendemos a nuestra percepción y miramos la realidad desde otra perspectiva.

Quizá confiar en Dios tiene que ver también con ser “aviones” que ascienden para descubrir que los problemas no son tan grandes, que las prisas son inútiles y que nuestras inquietudes son relativas porque “¿Quién de vosotros puede, por más que se preocupe, añadir un solo codo a la medida de su vida?” (Mt 6,27).

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Una “pareja de hecho”

En el tiempo ordinario y en las lecturas diarias no suele haber ninguna relación entre la primera y el evangelio, pero el otro día la liturgia presentaba dos personajes que me parecieron que hacían una muy buena pareja: Ana, la estéril madre de Samuel (1Sam 1,9-18), y el endemoniado que se encuentra con Jesús en la sinagoga (Mc 1,23-26). Ya sé que no lo parece a simple vista, pero ambos tienen en común un modo poco “políticamente correcto” de relacionarse con el Señor.

Ana es una mujer que sufre porque es incapaz de engendrar vida en su seno. Toda la amargura y el dolor que llenan su corazón los vuelca sin reserva ante Dios, hasta el punto de perder toda compostura y que los demás piensen que está borracha. Del endemoniado que nos dibuja Marcos no sabemos nada, sólo que salta por los aires toda censura para dirigirse a Jesús en unos términos trasgresores: “¿Qué tenemos contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos?” (Mc 1,24). Los dos, tras encontrarse con el Señor de esta manera tan desencarnada, quedaron transformados. Si bien Ana “ya no parecía la misma” después de desahogarse en el santuario (1Sam 1,18), también el espíritu inmundo abandonó al poseído obedeciendo al Galileo.

Quizá esta “pareja de hecho” que reunió el otro día las lecturas de la liturgia se nos convierte en una invitación a que nuestra relación con Dios no quede configurada por el formalismo o el lenguaje moderado, sino por esa honesta confianza de quienes no tienen reparo en perder las formas externas por expresarse en verdad o de quienes son capaces de verbalizar esa inconfesable sospecha de que, si dejamos entrar a Jesús en nuestra existencia, es muy capaz de ponerlo todo “patas arriba” y  algo en nosotros va a ser destruido. Quizá esta sea la forma de dejarle a Él que nos vaya transformando por dentro.

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El Rummy, las comunidades religiosas y los Sabios de Oriente

El otro día casi tengo que pedir perdón por no saber jugar al Rummy, un juego de mesa que debe ser tan “propio de la Vida Consagrada” como ver ciertos concursos de la tele o llevar gafas… pero que, a pesar de ello, no es tradición en mi Congregación. El caso es que, gracias a la paciencia de unas junioras (¡un saludo!), aprendí que se trata de desprenderse de unas fichas con números de colores. Para ello hay que hacer grupos con al menos tres piezas que, o bien estén formadas por números sucesivos del mismo color, o bien por el mismo número pero de colores diversos. En el empeño de cada jugador por librarse de sus fichas, esos grupos se van dividiendo, ampliando, cambiando de lugar… en una verdadera locura que te exige atención máxima.

Y a mí, que me da por pensar cosas raras, me daba la sensación de que con frecuencia la organización de comunidades religiosas se puede parecer a una partida de Rummy, donde hay que “agrupar” a todas las Hermanas en grupos de tres mínimo, tal y como pide el Derecho Canónico, en los que la pluralidad de valores o colores es lo que las caracteriza. Si el interés está en “colocar” todas las piezas, esta compleja tarea de distribuir Hermanas se parece a este juego de mesa.

Pero, si la inquietud fundamental está en adorar con nuestra vida a Jesús, el referente quizá sea otro. Los Sabios de Oriente, que la tradición creyente también ha imaginado como una tríada heterogénea, se agrupan movidos por una búsqueda compartida. Porque se pusieron en camino, supieron reconocer en una estrella lo que otros no eran capaces de ver, encontraron al Señor, le entregaron lo valioso de sus vidas y regresaron a lo cotidiano de su existencia por una senda distinta a la que conocían (Mt 2,1-12). ¡Ojalá se nos regale vivir la comunidad como Sabios y Sabias, y no como una partida de Rummy!

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Me urge amar…¿vienes o voy?

Hace tiempo que la confesión de ser “de ciencias” para justificar mi ignorancia en temas de literatura se me queda un poco corto. Y no solo porque esa formación científica del Bachillerato está demasiado arrinconada en algún remoto lugar de mi cerebro como para que condicione realmente mi vida, sino también porque cada vez más desearía tener un paladar mucho más adiestrado para saborear la poesía. Estas ganas solo se acrecientan cuando me tropiezo con esas afortunadas frases que, sin mencionarme, siento que me dicen.

Eso me ha pasado hoy. En pleno adviento y cuando el final de cuatrimestre hace “de las suyas” y aprieta las agendas, me encuentro con: “Me urge amar… ¿vienes o voy?”. Amar es, sin duda, la verdadera urgencia en medio de tantas prisas y tareas… por eso ven, Jesús, a enseñarnos a hacerlo.

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“A los locos nos verán bailando”

No sé si mi reputación va a caer definitivamente al subsuelo cuando confiese públicamente que estoy descubriendo un grupo de música indie, Izal, que tiene muy buenas letras y que me está gustando mucho. Y, en esta época, cercana al final del año litúrgico en el que las lecturas bíblicas nos ponen en tensión escatológica, una de sus canciones me viene a la cabeza con fuerza.

En ella se presentan dos formas de enfrentarse a un inminente “final de los finales”. Los cuerdos gritan, lloran y sufren, mientras que los locos mantienen una actitud totalmente distinta. Ellos bailan, sienten lejos el dolor de otros momentos y los miedos de antes se transforman. En medio de un baile entre amigos, los locos apuestan por las relaciones y los encuentros. Todo queda relativizado por la cercanía del fin.

Por mucho que el Adviento nos invite, año tras año, a mantenernos expectantes ante la venida definitiva de Jesucristo, no tengo muy claro que saquemos todas las consecuencias cotidianas que implica esta certeza. Esperar en un final de la historia en el que la Palabra tenga la última palabra y en el que el Padre reine en plenitud nos tendría que permitir relativizar muchas preocupaciones, vivir con menos miedos, priorizar las relaciones personales… ¡y “bailar” la existencia como si no hubiera mañana! Sí, quizá se trate de estar un poco menos cuerdos y algo más locos ¿no?

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Osito de peluche

Una de las iniciativas que más me gustan de la Universidad en la que trabajo es que tiene un plan de integración para personas con alguna discapacidad intelectual. Esto hace que el campus universitario sea más parecido al mundo real y encontremos en él a chicos y chicas diferentes que comparten espacio, trabajo y vida cotidiana.

Hoy, en la estación de tren, había una joven de este programa que estaba hablando con otras mientras abrazaba a un osito de peluche. Si bien ella no “desentonaba” con lo que suelo ver por aquí, sí lo hacía su suave compañero de jornada. Y a mí, que soy de Bilbao y no derrocho precisamente expresiones de cariño, me ha dado por pensar que, en realidad, todos estaríamos encantados de ir a trabajar con nuestro osito de peluche bajo el brazo: alguien suave y blandito dispuesto a ser achuchado en cualquier momento sin condiciones ni exigencias. Si no lo hacemos, es porque nos han enseñado que ser adulto pasa por mostrarnos fuertes, firmes e irrompibles ante cualquier revés que nos traiga la vida, como si la ternura y la fragilidad fueran los despojos de una infancia de la que hay que alejarse cuanto antes.

Es todo un consuelo que Jesús se empeñe en recordarnos que el Reino de Dios es para los que son como los niños (Mt 18,3) y que Él nos anime a sacar a pasear de vez en cuando nuestro lado más ingenuo, tierno y débil. Igual no lo haremos de modo tan evidente como esta alumna, pero confiar en las palabras del Galileo se parece mucho a “insensata” inocencia de ir por la vida con un osito de peluche.

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Tesis con dolores de parto

Alguna vez ya he confesado que la intensidad de mi vida se puede medir por el tiempo que pasa entre un post y otro de este blog. Como se podrá comprobar con facilidad, este último tiempo está siendo, cuanto menos, “apretado”. A los “encantos” del comienzo de curso y a la acumulación de tareas que parece que se concentran en estos meses se le está sumando que mi tesis está con los últimos estertores antes de morir… o mejor, con dolores de parto de una criatura a punto de ver la luz.

Y, cuando en un trabajo tan arduo y prolongado en el tiempo (en mi caso algo más de cuatro años) empieza a verse el final, se mezclan un montón de emociones: vértigo, emoción, agradecimiento… y la sensación de que, por más alegría que dé ver el cercano final de esta etapa vital, lo importante de esta experiencia se juega más en el camino transitado que en el logro final.

Y me da a mí por pensar que, en realidad, toda nuestra vida es algo parecido a una tesis. Un aprendizaje existencial que requiere mucho tiempo, con la consiguiente paciencia para con una misma y para con las circunstancias, una paradójica mezcla de disciplina y flexibilidad que culmina reconociendo que no sabes prácticamente nada de casi ningún tema, pero del que brota el agradecimiento por lo vivido. Lo mejor es que, cuando tengamos que defender la tesis de la vida, vamos a tener a Quien la defienda por nosotros: el mismo Señor que acompañó escondidamente nuestros pasos cotidianos. Porque, al final, en esta existencia ¿no se trata de gestar una Vida con mayúsculas?

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“Mira al cielo y cuenta las estrellas” (Gn 15,5)

Dicen que el mundo se divide entre alondras, que son quienes están más lúcidas por la mañana, y los búhos, que empiezan a ser ellos mismos a medida que pasa el día. Yo soy, sin duda, búho, así que podéis imaginar lo “bien” que llevo el comienzo de curso y que el despertador decida atacarme sin previo aviso a las seis de la “madrugada”.

Sí, estos días me está costando salir de casa cuando aún es de noche cerrada. Una de las pocas cosas que me dan consuelo tan temprano es lo bien que se ven las estrellas. Siempre me acuerdo de esa promesa lanzada a Abrahán: “Mira al cielo y cuenta las estrellas, si puedes contarlas… así será tu descendencia” (Gn 15,5).

Quiero pensar que también a mí se me hace esta invitación a la esperanza en aquello que desborda con mucho mis capacidades humanas y que sólo Dios es capaz de llevar adelante, que esos luceros evidencian que en la noche siempre hay resquicios para la luz y que también a mí se me promete una Presencia que caminará silenciosamente a mi lado a lo largo de la jornada en forma, muchas veces de estrellas: personas capaces de reflejar sin pretenderlo una Luz mayor y que, de este modo, nos guían por un camino cierto.

Por eso, a pesar del sueño y de la pereza que supone siempre volver a las rutinas, tampoco yo puedo, como Abrahán, contar las estrellas de mi vida ni esquivar la propuesta del “Sol que nace de lo alto” (Lc 1,78) de acoger su brillo para convertirme también yo en su estrellasólo por hoy y mientras despierta el día.

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De atentados y fundadores

Aún no he podido salir del asombro. Esta mañana he celebrado la eucaristía en la parroquia a la que acudo cuando estoy de vacaciones en Bilbao. Mientras media nación seguía conmocionada por los atentados de ayer en Barcelona y todos teníamos el corazón encogido ante tanto sufrimiento gratuito, el sacerdote ha salido al altar diciendo que hoy iba a celebrar una misa votiva en honor de su fundador porque “se podía hacer”.

En ningún momento ha hecho mención a lo que seguramente estaba ocupando la mente y el corazón de cuantos nos reuníamos en la capilla. Ni un recuerdo por las víctimas, ni una petición por la reconciliación… nada que nos hiciera pensar que lo que estábamos celebrando era la vida, muerte y resurrección de Aquél que comparte nuestra condición humana. Nada que nos recordara que los gozos y esperanzas, sufrimientos y alegrías de todas las personas son también las de la Iglesia (cf. GS 1). Eso sí, no ha tenido ningún reparo en pedir a través de su fundador por ellos mismos, por su Congregación y por las vocaciones a su Instituto. No conozco mucho al santo en cuestión, pero me temo que ese buen hombre del s. XVIII se habría sonrojado al descubrir que un “hijo” suyo permanece tan alejado de las inquietudes de la gente corriente.

Quizá algo parecido a lo que mostraba este religioso nos sucede con demasiada frecuencia. Resulta muy fácil resguardarnos de la vida que se cuece a pie de calle escondiéndonos en inalcanzables torres de marfil, olvidarnos de que seguimos a un Jesús que se hizo “uno de tantos” y vibrar más por figuras idealizadas del pasado que por aquellas situaciones que conmovería el corazón de esos mismos personajes. Conmocionada y desconcertada por todo lo sucedido y por esta “peculiar” eucaristía, le pido a Dios que nos permita sentir con la humanidad, descubrir sus huellas también en los periódicos y no mantenernos inmunes ante el sufrimiento humano.

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