Ad resurgendum cum Christo

“De la anécdota a la norma”

Cercanos a la liturgia del día de los difuntos, desde Roma nos sorprenden con un documento orientador en torno a las exequias y a las cenizas, cuando se elige la cremación como método de enterramiento.“Para resucitar con Cristo”: bonito título para un documento cristiano al recordarnos dónde está el horizonte de vida para nosotros, los que creemos en Jesús de Nazaret, el hombre que pasó por la vida haciendo el bien, el crucificado que, tras ser sepultado, fue resucitado. Pero está visto que nuestro mundo busca la polémica y, a veces, hasta la gracia de cualquier posibilidad periodística.

Recuerdo dos anécdotas sencillas y graciosas, una lejana en el tiempo y otra muy cercana. En mi pueblo, Granja de Torrehermosa, ha habido personas entrañables y muy ligadas en afecto al terruño. Uno de ellos fue el querido Pascasio que, desde su emigración a Madrid, siguió con el alma pegada a nuestro pueblo y, en su jubilación, dio la vida por darle realce en todos los lugares. Comentaban que su deseo era que, al morir, sus cenizas fueran extendidas desde lo alto –no sé con qué medio– por nuestras tierras. La gente, al morir este paisano, decía que a ese terrerno habría que ponerle coto porque, si no, al comer las ensaladas de lechuga, no íbamos a saber si nos estábamos comiendo también a Pascasio.

La otra es de ayer. Mi amigo Diego, me manda un whatsapp, en el que me escribe: «Mi mujer dice que, de ninguna manera, cuando yo muera voy a seguir en casa, que ya está bien; y ahora se ve que mi hijo, que recientemente ha estado en Roma, ha conseguido que el Papa saque esta norma de que por los campos tampoco. Así que, por narices en el camposanto…».

Fuera de bromas, lo que plantea esta nota orientadora es bastante sencillo. Quiere decir que la idea más básica es que las cenizas del difunto, por regla general, deben mantenerse en un lugar sagrado, es decir, en el cementerio o, si es el caso, en una iglesia o en algún lugar con jurisdicción eclesiástica. ¿La razón? Los cristianos hemos heredado de los judíos la práctica de la oración y las ofrendas por nuestros difuntos, y es una formar de mantener nuestra relación viva con ellos en una comunión que va más allá de la muerte en orden a nuestras creencias. Porque éstas no son solo de inmortalidad del alma –idea filosófica­–, sino de resurrección de los muertos. Es decir, nosotros aguardamos la resurrección universal, nueva creación que implica toda la realidad creada (naturaleza y humanidad en su conjunto), y a la que accedemos, desde la muerte, no de modo individual sino personal y colectivo.

Nuestra antropología no es dualista, hablamos del ser humano como realidad integral. Desde ahí viene el respeto y la consideración a los restos o despojos de nuestro cadáver. No porque sea necesario para la resurrección, en la que hablamos de novedad absoluta en continuidad con la persona, pero no con un elemento material o celular, ya muerto y transformado, cuestión claramente solventada desde los primeros momentos de la patrística cristiana. La relación con los cementerios y los modos de enterrar a los muertos ha venido más por la relación de afecto, recuerdo y el deseo de comunión en la oración. Por eso se advierte de la posibilidad de que la práctica de la desaparición de las cenizas lleve consigo el olvido, y esta orientación «puede ayudar a reducir el riesgo de sustraer a los difuntos de la oración y el recuerdo de los familiares y de la comunidad cristiana», como dice la nueva instrucción.

Por otra parte, ha sido un modo de mostrar respeto y veneración a los antepasados y de no olvidar la historia, muchas veces escrita en todas las culturas desde los enterramientos humanos. Al considerar este elemento material del recuerdo desde sus restos, de alguna manera nos dice la instrucción que «se evita la posibilidad de olvido, falta de respeto y malos tratos, que pueden sobrevenir sobre todo una vez pasada la primera generación, así como prácticas inconvenientes o supersticiosas». Además, lo que prohíbe el documento, con toda razón, es que los familiares de una persona que haya expresado su voluntad de ser cremado y sus cenizas esparcidas «por razones contrarias a la fe cristiana», soliciten las exequias religiosas porque le serán negadas, lo cual se entiende –no por prohibición y rechazo, sino por respeto y coherencia con el deseo y la voluntad del que fallece que debe ser respetada–. Otro tema es que la familia o la comunidad quieran rezar juntos y celebrar sacramentos en memoria de su persona, pero no las exequias frente a su voluntad.

En el fondo, también está el deseo de expresar con esta práctica algo fundamental para el pensamiento cristiano: que es la realidad de la singularidad del ser humano en medio de todas las demás criaturas, en lo que se refiere a su dignidad y valor absoluto, para los cristianos imagen de Dios. Los cristianos, inspirados por el Evangelio, consideramos que el hombre tiene un lugar único, como ser almado y encarnado, en medio del mundo, en la historia, y nos comulgamos con las ideas naturalistas sobre el círculo de la vida, donde el cuerpo humano, en su sentido antropológico, es considerado nada diferente a otra materia física. En este sentido, el Vaticano ha decidido aclarar su «posición antropológica desde esta costumbre cristiana de enterrar a los muertos y recomienda insistentemente que los cuerpos de los difuntos sean sepultados en cementerios u otros lugares sagrados».

Por cierto, a mí no me disgustaría descansar en un columbario, en un lugar de culto comunitario y que, ante mis cenizas, otros oraran y reflexionaran «como se pasa la vida y cómo se llega la muerte, tan callando». Porque, a veces, nos matamos en el deseo de callar la muerte cuando es un lenguaje estructural de lo humano, somos mortales. De todos modos y para acabar con anécdotas, mi abuelo Maximino decía que, después de muerto, como si lo querían llevar en una caja de sardinas… Cosa que no hicimos, claro, y cada vez que vamos a su tumba, donde también están nuestros padres, mis hermanos y yo rezamos con mucha devoción y nostalgia entrañable.

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